Crítica teatral: Hedda Gabler

María-Cruz Santos

Hedda Gabler, dramaturgia y dirección Àlex Rigola a partir del texto de Henrik Ibsen. Compañía Heartbreak Hotel. Teatre Lliure, Barcelona, diciembre 2022-enero 2023

 

Cuando pienso en Hedda Gabler se me viene a la cabeza inmediatamente la película que en 1962 dirigiera Alex Segal y que interpretó Ingrid Bergman, quizás sea porque no hace mucho se repuso en televisión. La película es una versión canónica del clásico de Ibsen. La propuesta de Alex Rigola está muy lejos de serlo.

En el programa de mano ya se advierte de que es una dramaturgia a partir de la obra de Ibsen, no es el texto original. Rigola repite una propuesta que ya ha hecho previamente otras dos veces, encerrar a público y actores en una caja de madera abierta por arriba. La primera vez que creó este espacio desnudo fue en el 2016. Ha sido, hasta el momento, el espacio más reducido que ha utilizado, lo hizo para su obra Who is me. Passolini. Repitió el experimento dos años después, en el 2018, para representar Tío Vania de Chejov y esta vez, la caja se había agrandado hasta las medidas que tiene la que se utiliza en el presente espectáculo, 6×8 m, donde se alojan 80 espectadores y los cuatro intérpretes. La cercanía entre espectadores y actores obliga a estos a un trabajo meticuloso, de precisión porque es fácil ver la impostura.

Es un montaje desnudo. «Desnudo» es la palabra que más se repite en las críticas porque en el limitado espacio por el que se mueven los personajes solo hay dos bancos para subrayar la acción, dos bancos de la misma madera de la caja con la que se confunden. «Desnudo» porque los actores conservan sus nombres reales, no se revisten con el nombre del personaje al que dan vida. «Desnudo» porque actúan vestidos con las mismas ropas con las que han salido de casa y, así, se han de sumergir en sus personajes sin que exista una transición ni un disfraz que predisponga al fingimiento. Es un trabajo que cuenta y descansa únicamente en los intérpretes. La voluntad confesada del director es precisamente que los actores no interpreten, sino que «sean» su personaje, que sientan y se comporten de acuerdo con el sentir de estos. Introducir a público e intérpretes en un espacio tan limitado crea una emoción especial. El mismo público se ve constreñido en sus actos porque el más leve movimiento puede afectar al curso de la función. La falta de decorado, incluso de elementos de attrezzo, sólo se usan una pistola y un cámara de fotos más la «foto» de la tía, un dibujo de Olivia, la novia de Popeye, confía el desarrollo de la obra únicamente a la solidez de la interpretación que en esta ocasión resulta más que eficaz. El reducido espacio juega en beneficio de los actores puesto que no han de forzar la voz y esto les permite expresar con mucha más sinceridad sus emociones, hablar literalmente en susurros, cuando el texto así lo requiere y, al espectador, le permite escudriñar hasta la mínima arruga de la frente.

El ritmo de la representación es pausado, ni gritos, ni gestos de desgarro. La compañía adopta un tono de distanciamiento, de mesura como si nada irremediable pudiese ocurrir. Pol López/Eljert Løvborg, el hombre atormentado, el hombre que acumula talento y autodestructivo, tampoco parece mostrar mucho interés en su futuro, ni siquiera cuando pierda el manuscrito, su hijo en palabras de Miranda Gas/ Thea Elvsted, hijo de ambos puesto que ella ha colaborado muy estrechamente en la investigación, no muestra un dolor ni una ansiedad a la altura de la enormidad de la pérdida. Más implicada se muestra Miranda claro que muy lejos de otras versiones de la obra de Ibsen. Miranda/Thea compone también un personaje que se distancia de las versiones más clásicas. No es una mujer insegura y acomplejada por Hedda, cuando habla de su pasado común en el colegio está reclamando compensación por los agravios, no se siente cohibida. Tampoco es la sobreprotectora Thea de Pol/Eljbert, es una mujer que conoce las debilidades de su amante y, no obstante, sabe que hay decisiones que todo individuo debe asumir.

Joan Solé/Jørgen Tesman, marido de Hedda/Nausicaa, la define al inicio de la obra como misteriosa y algo tímida, una timidez que enmascara su desinterés por todo lo que no sea ejercer su poder sobre los demás. Joan/ Jørgen es quizás el más convencional de los caracteres de la obra. Sinceramente enamorado de Nausicaa/Hedda, desea alcanzar un puesto de trabajo que le dé seguridad, pero no a cualquier precio. Teme tener a Pol como competencia en el concurso de la plaza de profesor lo que no le impide reconocer la inmensa capacidad de su amigo que es semejante a su capacidad de autodestrucción. La sinceridad de sus sentimientos queda demostrada cuando corre a reescribir el manuscrito perdido por Pol al fallecer este, en colaboración con Miranda la cual ha encontrado las notas usadas en su redactado. Joan y Miranda son los personajes más íntegros, los que tienen un objetivo. No es el caso de Nausicaa Bonin/Hedda Gabler ni de Marc Rodríguez/Juez Brack.

Marc Rodríguez es bien conocido por sus trabajos en TV3, en especial su presencia en Polònia. Su labor en este proyecto es absolutamente distinta de sus personajes en Polònia. Marc compone un juez cínico y cobarde con gestos leves y contenidos, usando un tono que descarta por sí mismo que cualquier otra conducta le sea posible. Un juez no puede comprometer su buen nombre viéndose relacionado con cualquier asunto poco claro y así retira el apoyo que le había prometido a Joan para alcanzar la plaza en la universidad y se aleja y desaparece cuando Pol sufra su mortal accidente sin brindar el menor apoyo, su nombre no puede verse relacionado con este asunto dudoso. Ni, por supuesto se sentirá concernido por la misma.

La Hedda Gabler que brinda Nausicaa Bonin mantiene este tono distante y pausado de toda la propuesta. Espectadora de sí misma, nada la perturba. Cuando algo parece despertar su curiosidad o interés no lo hace hasta el punto de emocionarla, todo le viene envuelto en un aburrimiento imposible de evitar. Cierto que la llegada de Pol, la presencia de Miranda y el enterarse del papel que esta tiene en la nueva vida de su antiguo amante parece despertarla de su letargo, pero nunca hasta el punto del entusiasmo. Lo que más parece satisfacerla es la pobre opinión que Pol/Eljbert parece tener de Thea/Miranda una satisfacción que no viene causada por la posibilidad de retomar la relación con su antiguo amante. Lo que la excita es poder ejercer el poder sobre su vida y sus decisiones. Más que el aburrimiento, esta Hedda Gabler expresa el vacío que solo se ve llenado a medias, ejerciendo su influencia destructiva. Cuando Pol muera y sepa que la causa ha sido un estúpido accidente, que no se ha suicidado como ella le había incitado, solo exclamará: «¡Qué ridículo!», la expresión más clara de su propia inconsistencia.

Alex Rigola asume un riesgo en el espectáculo que, en mi opinión supera con creces. Es largo hablar de su trayectoria. Fundador de la compañía Heartbreak Hotel, ha sido director del Teatre Lliure, codirector de los Teatros del Canal de Madrid y también director de la sección teatral de la Biennal de Venecia, entre otras muchas cosas, lo que le convierte en uno de los directores más interesantes e internacionales de España.

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