Joseph Roth: una aproximación cariñosa por Pep Traverso

Pep Traverso

“…es inútil buscar aquelles virtuts que solen anomenar-se nacionals, que encara són més problemàtiques que les individuals…”

Joseph Roth.

En la introducción a L’Anticrist, un ensayo en forma de reportaje de 1934, Pilar Estelrich, la especialista y traductora al català de Joseph Roth nos cuenta que en su entierro en el Cimetière Thiais de París, “Roth hi va ser beneït pel ritual catòlic en la línia del seu sant bevedor, però al costat mateix de la tomba també els jueus, dirigits per l’amic Joseph Gottfarstein, van recitar el kaddish, la pregària ritual corresponent, i el tercer grup de companys, sota el guiatge del periodista Egon Erwin Kisch, es va acomiadar d’ell cantant La Internacional”.

Quizás esta sorprendente circunstancia exprese de alguna manera lo que fue la vida de este hombre que gustaba llamarse a sí mismo apolítico y que dedicó una buena parte de sus escritos a relatar la vida cotidiana de las gentes, las aventuras y desventuras de los judíos del Este de los que él mismo formaba parte, la añoranza por la destrucción del imperio austro-húngaro o las transformaciones en el centro de Europa que llevaron al triunfo del nazismo y a la Segunda Guerra Mundial.

Había nacido, parece ser, en Brodi, en los confines orientales del imperio, cerca de la frontera rusa, un lugar donde convivían polacos, ucranianos, judíos, alemanes; quizás ese conglomerado de culturas y la cercana frontera con el constante tráfico legal e ilegal de mercancías y personas lo vacunaron desde muy joven contra los nacionalismos.

Prestó servicio militar en su Galitzia natal pero una gran parte de su vida transcurrirá en el centro de Europa, en Viena, en Berlín, viajando arriba y abajo como corresponsal de prensa de diversos diarios para acabar sus días como exiliado en París.

No quiso esperar más y con el nombramiento de Hitler como canciller del Reich a finales de enero de 1933 marchó a París donde siguió escribiendo y viajando hasta que la época histórica que le tocó vivir y el alcohol acabaron con su vida. Parece ser que la noticia del suicidio de su amigo Ernst Toller en Nueva York precipitó la crisis que lo llevó a la tumba. Algunos años antes había tenido que ingresar a su mujer, Friederike Reichler, en un centro psiquiátrico aquejada de un trastorno mental grave, Friedl acabó asesinada por los nazis.

Roth periodista. Desde joven hasta el final de su vida dedicó una gran parte de su actividad literaria al periodismo, ya en Viena en el año 1919, más tarde en Berlín, en París; una actividad que le llevó a viajar por Europa, incluida la URSS (1926), como corresponsal de diversos diarios, de izquierda y de derecha, Der Neue Tag, Neue Berliner Zeitung, Vorwärts, Frankfurter Zeitung,.. “Actualmente disponemos de una bibliografía que registra más de mil trescientos artículos en los que Berlín constituye una referencia fundamental”. Así lo afirma Michael Biernet en el posfacio a las Crónicas Berlinesas de Roth editadas por Editorial Minúscula. El libro recoge una colección de esas crónicas periodísticas escritas durante los años veinte y agrupadas bajo unos epígrafes bien significativos: Lo que veo, El Scheunenviertel, Refugios, El tráfico, Burgueses y bohemios, La industria berlinesa del entretenimiento…y algunos más.

Como periodista lo visitaba todo, barrios ricos y barrios pobres, las calles y los hoteles donde malvivían los judíos pobres del Este, las tabernas donde se reunían ladrones, estraperlistas, prostitutas, los albergues para indigentes, oficinas de la policía o del Tribunal Tutelar de menores, sanatorios psiquiátricos…llegaba allí donde ningún otro periodista se atrevía a llegar.

Observa con perspicacia las transformaciones que se producen en la ciudad, investiga, callejea como un buen flâneur, observa la vida de la gente incluso desde el ferrocarril suburbano: “Conozco algunas viviendas en esta o aquella estación. Es como si hubiera ido muchas veces de visita, creo saber cómo hablan sus inquilinos y si se mueven de tal o de cual manera. […] Hay siempre una atmósfera invisible, impenetrable, extraña, entre ellos y el mundo que los rodea. Ya no son conscientes de que sus tareas y su días, sus sueños y sus noches están impregnados de ruido. Se diría que los ruidos descansan en lo más hondo de su consciencia, y que sin ellos no hay impresión ni experiencia”.

Siendo minucioso en sus descripciones no cae en ningún tipo de costumbrismo, su mirada capta el sentido profundo de lo que está pasando, las consecuencias de las transformaciones que ocurren ante sus ojos; como afirma Biernert, “en sus artículos siempre se percibe el empeño de lograr, partiendo de la observación y pasando por la descripción, una expresión profunda, una afirmación que fuera más allá: sobre lo esencial de lo observado, sobre la dimensión social, política o filosófica, y sobre el espíritu del tiempo que allí se manifiesta”.

Pero hay mucho más en estas crónicas de la ciudad, una admiración no sé si inocente o irónica ante la máquina, ante el paisaje de hierro de las vías que florece en la ciudad, lo que él llama “el paisaje férreo” que obligará a las flores del futuro a crecer “tímidamente y llenas de polvo entre las traviesas de metal”.

Irónicas y críticas son sus observaciones sobre la arquitectura moderna, sobre los rascacielos que transformarán la mirada de las gentes o sobre las viviendas modernas con sus superficies acrisoladas, sus puntos de luz en vez de lámparas y sus “condiciones de salubridad exageradas”; lugares donde sus habitantes “descansan después de las comidas tumbados en mesas de operación de color blanco” .

Hay también, y es quizás uno de los aspectos más interesantes de estas crónicas, una crítica abierta a las nuevas tendencias en la diversión nocturna dirigidas por las nuevas “sociedades anónimas de la industria del placer” y como no, la añoranza de un tiempo que se acaba, antes -nos dice- “las mujeres iban vestidas hasta las orejas, pero eran de carne y hueso y no el producto de un higiénico ejercicio físico. El entretenimiento era ya entonces un negocio, aunque no todavía una industria”.

Roth apolítico, antinacionalista y enemigo del nacionalsocialismo. En la Confesión de un asesino, explicada en una noche (1936), Golubtschik, el exiliado ruso que contará su historia en la taberna Tari-Bari una vez echada la persiana, defenderá su alejamiento del mundo de la política afirmando “No soy en modo alguno una persona política. No me interesan nada los asuntos públicos […] si se prestara suficiente atención, habría que llegar necesariamente al resultado de que todos los llamados grandes acontecimiento históricos son atribuibles, en realidad, a algún momento de la vida privada de sus causantes, o a varios momentos”. Aclarado éste y otros puntos dará comienzo a un relato que durará toda la noche.

Parece que estemos oyendo a Roth acotando su mundo, su especialidad, aquello en lo que será grande, a lo que dedicará su vida, ese vivir, luchar y morir de las gentes que contó tantas veces, démosle pues la palabra:

El poble no viu pas de la política mundial, la qual cosa el diferencia agradablemente dels polítics. El poble viu de la terra que cultiva, del comerç que practica, dels oficis que coneix. (Tot i així, vota en les elecciones públiques, mor a les guerres, paga impostos a les agències tributàries.)”

Éste era su mundo y éste otro también:

Son miles las personas que mueren anónimamente en la gran ciudad. No tienen padres, ni amigos, han vivido solas y muerto en el olvido. No formaban parte de ninguna estructura social, de ninguna comunidad. Si cien de ellos mueren asesinados a golpes, aún quedan miles que siguen con vida, sin nombre, sin techo, hombres como piedras”.

Escritor atento al rumbo de esa Europa embarcada en una permanente guerra civil porque opiniones políticas sí que las tenía y exigencias para los políticos profesionales también. Basta leer su artículo para el Frankfurter Zeitung de 5 de marzo de 1925 con motivo del entierro del presidente del Reich Friedrich Ebert, la visita al museo Walter Rathenau o Un apolítico visita el Reichstag con motivo de la sesión inaugural del parlamento alemán: “El apolítico no alcanza a comprender por qué de todos los políticos del mundo es precisamente el alemán quien tiene la manía irrefrenable de hacer el ridículo antes de consagrarse a una política, la suya, que por sí sola amenaza ya con la ridiculez”.

Añoraba el imperio austro-húngaro en el que había nacido y lamentó profundamente su desmembramiento, parece que al final de su vida participó en algunas maniobras restauradoras que ya no tenían ningún sentido; aquel viejo mundo idealizado había sucumbido para siempre y otro nuevo se desplegaba a marchas forzadas. En una de sus obras más conocidas, La Marcha Radetzky (1932), asistimos al punto y final de una familia, los Trotta y al derrumbe de la monarquía imperial y real austro-húngara. El apellido Trotta provenía también de las tierras orientales del imperio, el abuelo, el viejo soldado Trotta, se había convertido en héroe salvando la vida del emperador Francisco José en la batalla de Solferino. Su hijo había dedicado su vida a servir al emperador como funcionario imperial y el nieto morirá en los primeros meses de la guerra como teniente de infantería.

Un mundo que viene de lejos desaparece:

Por aquel entonces, antes de la Gran Guerra, cuando ocurrieron los hechos de los que se informa en estas páginas, todavía importaba si un hombre vivía o moría. Cuando uno era retirado de la multitud de los terrestres, no llegaba otro enseguida para ocupar su lugar y borrar la memoria del difunto, sino que quedaba un hueco donde éste faltaba, y los testigos de su desaparición, tanto los cercanos como los lejanos, callaban cuando veían ese hueco. […] Así era entonces. Todo lo que crecía necesitaba mucho tiempo para crecer. Y todo lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado. Pero todo lo que una vez había existido dejaba su huella, y se vivía de los recuerdos igual que hoy en día se vive de la capacidad de olvidar rápida y deliberadamente.”

y otro nuevo y más cruel llama a la puerta, el doctor Skowronnek, amigo y contrincante al ajedrez del funcionario Capitán de Distrito, hablando de sus hijos pequeños, dice:

Uno tiene ocho años y el otro tiene diez, y mientras duermen sus rostros son redondos y rosados. Y sin embargo hay mucha crueldad en esos rostros dormidos. A veces me parece que es la crueldad de su época, el futuro, que viene a ellos mientras duermen. No quiero vivir en esa época.”

Otro personaje que asiste al hundimiento de ese mundo es el conde Franz Xaver Morstin, este aristócrata vivía en la antigua Galitzia Oriental, en el pueblo de Lopatyny y es el protagonista de la novela corta El Bust de l’Emperador; el conde “no tenía cap més passió que la de combatre la “qüestió de les nacionalitats” y asiste con estupor, rabia e incomprensión a la desaparición del imperio, o lo que es lo mismo, a la pérdida de sentido de su propia vida. El Bust… es una novela corta de 1934-1935, es decir, escrita ya en su último exilio de París, rezuma por los cuatro costados antinacionalismo y añoranza del imperio perdido. Es un relato con un tono ideológico muy marcado, quizás por eso, el autor en las primeras lineas nos aclara:

Prego als lectors que tinguin l’amabilitat de disculpar al narrador que acompanyi els fets que es disposa a relatar amb una explicació historicopolítica.”

En una cita, un poco larga, quedará patente ese antinacionalismo y ese dolor por la pérdida de una forma de vida a que nos referíamos:

Així, si per exemple li haguessin preguntat -però a qui se li hauria acudit una pregunta tan absurda?- de a quina “nació” o de quin poble se sentia part, el comte s’hauria sentit força perplex, fins i tot desconcertat davant del que l’interrogava, i probablement hauria reaccionat amb avorriment i potser amb indignació. De fet, ¿per quins indicis s’hauria hagut de regir per tal de constatar la seva pertinença a una nació o a una altra? Pràcticament parlava igual de bé quasi totes les llengües europees, se sentia acollit gairebé en tots els països europeus, els seus amics i familiars vivien dispersos pertot arreu d’aquell món tan divers i bigarrat. Justament la monarquia imperial i reial constituïa un petit reflex d’aquest món multicolor, i per aquest motiu era l’única llar on el comte se sentia acollit”.

Roth formaba parte de los judíos pobres del Este, se encontraba cómodo en calles de Berlín como la Grenadierstrasse donde aquellos se agrupaban, rezaban, negociaban y malvivían. Se opuso a la integración/disolución de los judíos en la cultura alemana, como si la esencia de ese pueblo fuese “sufrir como extranjeros entre los extranjeros porque son “diferentes”. Se opuso también al sionismo al que consideraba “un amargo experimento […] o cuando menos el regreso a una forma primaria, superada hace tiempo, de existencia nacional”.

En su obra La tela de Araña de 1923 publicada unos días antes del golpe de estado de Hitler y Ludendorff en Múnich ya había denunciado las conspiraciones secretas de las bandas de extrema derecha y diez años más tarde coincidiendo con el nombramiento de Hitler como canciller marchó al que sería su último exilio: París.

En los Cahiers Juifs (París) de septiembre-noviembre de 1933 publicó un vibrante artículo titulado El Auto de Fe del Espíritu donde denunciaba “la sangrienta irrupción de los bárbaros…el temible cortejo de los orangutanes mecanizados…”, recriminaba la rendición de la Europa espiritual y afirmaba con vehemencia: “En estos días en que la humareda de nuestros libros quemados sube hacia el cielo, nosotros, los escritores alemanes de sangre judía, debemos ante todo reconocer que hemos sido derrotados. Nosotros, que hemos sido la primera generación de soldados que lucharon bajo la bandera del espíritu europeo, debemos cumplir con el más noble deber de los guerreros vencidos con honor: reconocer nuestra derrota. Sí, hemos sido derrotados”.

Roth narrador. En El Narrador, W. Benjamin redactaba el acta de defunción de la figura del narrador, ¿la causa? aquella “facultad que nos parecía consustancial a la naturaleza de lo humano, la más segura entre las seguras, nos está siendo arrebatada: la facultad de intercambiar experiencias”, y añadía, “cada vez resulta más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo como es debido. Cada vez con más frecuencia la incomodidad se apodera de las tertulias cuando alguien expresa el deseo de escuchar una historia”.

Hay en la obra de Roth mucha tradición oral, muchas historias oídas aquí y allá, en tabernas, prostíbulos, en locales de mala reputación, lugares donde pocos se atreverían a entrar; además él mismo ha viajado mucho, es un judío del Este que se mueve sin cesar por toda Europa, viaja constantemente, vive en hoteles o en casa de amigos, escribe en los cafés.

No es tan sólo que el nombre de algún personaje se repita en una misma obra o que aparezca en obras diferentes (alguna vez Roth nos aclara que no es así, que en realidad está señalando con ese nombre un tipo humano); es que el lector tiene a veces la sensación de que por ese lugar ya ha pasado, que a ese personaje ya lo conoce como si en lo profundo del relato hubiera un túnel, una especie de laberinto que comunica, que conduce de una historia a otra.

Ese escuchar historias aparece, por ejemplo, en Abril, una historia de amor, donde el protagonista empieza la narración diciéndonos que “en aquella pequeña ciudad [el lugar donde transcurrirá esa extraña historia de amor] también los vivos tenían historias que se cruzaron en mi camino, me removieron y me arrastraron […] Oí lo que se decían unos a otros y percibí la miseria de sus destinos, la pequeñez de sus vidas, la estrechez y la escasa importancia de sus penalidades”.

También el asesino con el que ya nos hemos tropezado en la taberna Tari -Bari de París, al empezar a narrarnos esa historia que durará toda la noche, teniendo a su alrededor a los íntimos en los que confía, se aclarará la voz y comenzará poniendo nombre a aquellos a los que confiará su crimen, ”Ustedes conocen mi nombre, caballeros, o prefiero decir: amigos míos. Porque es mejor decir “amigos míos” cuando se cuenta, según la vieja costumbre de mi patria. Mi apellido, como saben es Golubtscchik [en ruso, palomita]. Pregúntense si está justificado. Siempre fui alto y fuerte, ya de niño…”. Trazará con ese “amigos míos” un vínculo especial entre el narrador y los que compartirán la secreta historia.

Acabemos. He titulado este escrito como una aproximación cariñosa y me gustaría justificarlo, aproximación porque la obra de Roth es inmensa y una parte muy importante de ella queda fuera de mis consideraciones que son por fuerza muy limitadas y cariñosa porque me gusta este hombre, uno se encariña con su escritura, con sus historias, con sus personajes. También porque transitó un tiempo histórico muy complicado que se iba cargando a pasos de gigante de tonalidades gris oscuro. Su tiempo vital y personal también fue muy difícil, nada de lo humano le fue ajeno, pero no se doblegó, escribió hasta que la miseria, el alcohol y vaya usted a saber cuantas cosa más lo llevaron a la tumba.

Estas letras por tanto no son nada más que una invitación a la lectura, y si se me permite, recomendaría, al que desconozca su obra, empezar por relatos no demasiado conocidos como El peso Falso o Fuga sin Fin porque aquí se puede observar mejor la potencia de la narrativa de Roth. Fuga…, traducida por el filósofo Juan Luis Vermal, nos cuenta la historia de un oficial austríaco, Franz Tunda, hecho prisionero por los soldados soviéticos y enviado a un campo de prisioneros. Desde Siberia iniciará un largo viaje, un retorno imposible a lo que había sido su vida, un camino que lo llevará a Berlín y finalmente a París; pero ese mundo reencontrado ya no es el suyo.

Roth nos asegura que en este relato él no ha compuesto nada, que no ha inventado nada, que se ha limitado a explicar lo que le ha contado su amigo Tunda. El lector, ante la historia de alguien que desde el Este viaja buscando un mundo que no encontrará, piensa si no será una metáfora, una aproximación, una más, a la vida del autor. El final del libro expresa con claridad la inutilidad del viaje: “Era el 27 de agosto de 1926, a las cuatro de la tarde […]. En ese momento vi a mi amigo Franz Tunda, treinta y dos años, sano y despierto, un hombre joven y fuerte, con todo tipo de talentos; estaba en la plaza frente a la Madeleine, en el centro de la capital del mundo, y no sabía qué hacer. No tenía profesión, ni amor, ni alegría, ni esperanza, ni ambición ni egoísmo siquiera. Nadie en el mundo era tan superfluo como él”.

Sacó de su condición como hombre y de su pasión por vivir todo lo que pudo y más, escribió muchísimo y muy bien en unas condiciones dificilísimas, en medio de un ruido histórico ensordecedor y de unos avatares personales muy complicados, durmiendo en pensiones, en hoteles o en casa de los amigos, escribiendo en los cafés, en las tabernas, allí donde pudo. El lector encontrará en su espléndida literatura, profundidad, ironía, compasión y humanidad ¿Qué más se puede pedir?

BIBLIOGRAFIA UTILITZADA:

  • Joseph Roth, La Marcha Radetzky, Alba Editorial, 2020. traducción de Xandru Fernández.

  • Històries d’exili, Pagès editors, 2020. Traducció i pròleg de Pilar Estelrich i Montserrat Franquesa.

  • Confesión de un asesino, contada en una noche, Mármara Ediciones, 2019. Traducción de Carlos Fortea.

  • L’Anticrist, Adesiara Editorial, 2020. Traducció i pròleg de Pilar Estelrich.

  • Crónicas Berlinesas, Editorial Minúscula, 2006. Posfacio de Michael Biernet y traducción de Juan de Sola.

  •  Abril. Historia de un amor, Acantilado, 2015. Traducción de Berta Vias.

  • Fuga sin fin, Acantilado, 2013. Traducción de Juan Luis Vermal.El peso Falso, Siruela, 1997. Traducción de Miguel Sáenz.

  • Walter Benjamin, Iluminaciones, Taurus, 2019.

Pep Traverso, Palma, 21 de gener de 2021.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *