Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Después de la huelga, después de otro hermoso día de movilización ciudadana pletórica de razones.

Salvador López Arnal

Después de la huelga, después de otro hermoso día de movilización ciudadana pletórica de razones.

Salvador López Arnal

Cuesta entender -o probablemente no, y sea de interpretación inmediata- que el conseller de Educación de Catalunya de un gobierno que se dice de izquierda haya afirmado en un entrevista de esta misma mañana que ya ha pasado el tiempo del grito y que irrumpe el tiempo de negociación con toda la comunidad educativa. ¿Qué gritos son esos a los que alude el conseller? ¿Las voces que claman contra la posibilidad de una mayor privatización de la enseñanza pública contemplada en la nueva Ley de Educación de Catalunya? ¿Las que se oponen a la gestión empresarial de los centros educativos? ¿Las que se manifiestan en contra del constante apoyo, no modificado, a la privada concertada? ¿Las que siguen protestando contra el ataque sufrido por los estudios nocturnos de bachillerato? ¿Las que afirman con poderosas razones que es imposible impartir una clase de lengua, matemáticas, inglés o biología en una clase con 30 o 33 alumnos de diferentes orígenes, con diferentes currículos, diversas capacidades de aprendizajes y muy diversas necesidades? ¿Esas voces son gritos?

Por lo demás, qué se puede esperar de esas negociaciones anunciadas, ahora que la ley ya está en el Parlament de Catalunya, después de que el conseller haya manifestado públicamente que las posiciones que él encarna están muy, pero que muy alejadas del sindicato mayoritario del profesorado, de USTEC, es decir, de la mayoría de los maestros y profesores de secundaria. Nada, nada puede esperarse razonablemente. Palabras, sólo palabras. Retórica política vacía para quien quiera contentarse dirigida, sin duda, al sector más conservador de la sociedad. El conseller por lo demás ya ha demostrado su espíritu negociador en ocasiones: asiste a unas jornadas sobre software libre en un instituto del extrarradio y se niega a recibir a unos alumnos de nocturno que le piden, con la máxima educación imaginable, sin protestar, sin montarle ningún cirio, una entrevista para comentar su situación.

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La izquierda y la “refundación del capitalismo”

Jesús Sánchez Rodríguez

La crisis financiera desencadenada en el verano del 2007 fue tomando impulso y un año después  se terminó convirtiendo en la crisis más profunda padecida por el capitalismo después de 1929. La quiebra de instituciones financieras iniciada en EE.UU. llevó primero a una actitud dubitativa del gobierno Bush  que, como campeón del neoliberalismo, se resistía a una intervención directa y definitiva del Estado sobre la amplia  discrecionalidad con la cual ha venido actuando el mercado en los últimos decenios, percibiendo que se trataba, en lo ideológico y en lo político, de la ruina de todo el prepotente discurso neoliberal sostenido durante tres décadas. Sin embargo, tras la reacción de los mercados a la quiebra del Lehman Brothers se impuso rápidamente la intervención estatal para intentar paliar el desastre producido por la política de desregulación de los mercados financieros. A las millonarias ayudas americanas la siguieron las europeas, donde se avanzaban en las medidas de intervencionismo estatal, nacionalizaciones encubiertas de bancos, intervención coordinada de los principales bancos centrales del mundo en la rebaja de intereses, reuniones en la cumbre de las principales potencias capitalistas para coordinar las intervenciones y las respuestas, para terminar, por el momento, con la propuesta de refundar el capitalismo para que siga sobreviviendo, encabezada por el presidente Sarkozy, que aparece como el abanderado de una mezcla política de neokeynesianismo, proteccionismo y nacionalismo que se enfrenta a la otra versión, en retirada ahora, del capitalismo neoliberal.

Junto a la vorágine de los acontecimientos del mes de septiembre y octubre también se producían ingentes cantidades de análisis sobre la propia crisis financiera, sus repercusiones futuras, las posibles salidas, las críticas de los excesos neoliberales o las reformulaciones capitalistas. El futuro estaba abierto y se desmentía, una vez más, aquella patraña tan difundida y elogiada por los neoliberales del “fin de la historia” de Fukoyama.

Se pueden encontrar múltiples análisis desde la izquierda que inciden en el aspecto del fracaso del neoliberalismo, después de tantos años combatiendo tanto su filosofía como los estragos que había venido produciendo en el mundo. Ya es más difícil encontrar no ya una alternativa posible al capitalismo en la actualidad, sino simplemente un programa de acción capaz de permitir avances estratégicos de la izquierda aprovechando este grave fracaso del capitalismo al inicio del siglo XXI. Entre las muchas frases  ingeniosas utilizadas para describir esta coyuntura ha habido una que se ha referido a que la crisis actual vendría a representar lo que la caída del muro de Berlín supuso para el socialismo real. Nada más lejos de la realidad desgraciadamente.

Se ha evocado también de forma  reiterada la similitud en la gravedad de la crisis actual con la acaecida en 1929. ¿Se puede hacer una comparación también de la situación de la izquierda en ambos momentos? ¿Nos puede aportar este estudio alguna indicación de la situación de los proyectos que buscan la superación del capitalismo? ¿Obtendremos a partir de estas conclusiones alguna pista de cual pueda ser la orientación que pueden derivarse de la actual crisis?. Las siguientes líneas intentarán ser una aproximación en este sentido. Los datos aportados intentarán ser lo más objetivos y fiables posibles, las conclusiones son siempre más abiertas a la predicción, su valor siempre será muy relativo.

La situación de la izquierda en el momento de la Gran Depresión de los años 30

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La ofensiva de las empresas transnacionales sobre la agricultura

João Pedro Stedile

Este texto tiene el objetivo de presentar de forma sucinta, algunos elementos para la reflexión y el debate, sobre las principales formas de actuación del capital internacional sobre la agricultura, a través de las empresas transnacionales.

Hay una lógica natural de funcionamiento del capitalismo, ahora en su fase dominada por el capital financiero, que actúa sobre la agricultura. Y hay características específicas determinadas por la reciente crisis del capital financiero. Y esto trae consecuencias para la agricultura y para los campesinos. Y trae también contradicciones que necesitamos entender para actuar sobre ellas.

1.- La ofensiva del capital sobre la agricultura

El desarrollo de la forma de producción capitalista ha atravesado por varias fases. Inició en el siglo XV como capitalismo mercantil, después evolucionó hacia el capitalismo industrial en los siglos XVIII y XIX. En el siglo XX se desarrolló como capitalismo monopólico e imperialismo. En las últimas dos décadas estamos viviendo una nueva fase del capitalismo, ahora dominada por el capital financiero, globalizado. Esta fase significa que la acumulación del capital, de las riquezas se realiza básicamente a través del capital financiero, en la forma de dinero. Pero este capital financiero necesita controlar la producción de las mercancías (en la industria, en las minas y la agricultura) y el comercio a nivel mundial.

El capital financiero internacional pasó a controlar la agricultura a través de varios mecanismos.

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La venganza de Karl Polanyi

Fred Halliday

En la década de 1930 escribió que los mercados deben ser regulados y gestionados por los estados

De todos los grandes libros que he utilizado en mis clases en el transcurso de las dos o más últimas décadas, pocos pueden compararse a la magnífica y estimulante obra publicada por Karl Polanyi en 1943, La gran transformación.Se trata de un imaginativo y amplio trabajo de sociología histórica que analiza el auge del mercado capitalista moderno desde la revolución industrial inglesa de finales del siglo XVIII (la "gran transformación" a la que hace referencia el título) hasta las convulsiones de las décadas de 1920 y 1930 y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Debería ser lectura obligatoria para todos los interesados en la gestión y el análisis de la crisis contemporánea del sistema financiero mundial.

El libro de Polanyi proporciona un relato absorbente, aunque algo digresivo, del modo en que funcionan los mercados modernos y, en particular, de su inestabilidad estructural y sus inexorables vaivenes y oscilaciones. Poniendo en duda la idea de que había algo "natural" o universal en el mercado moderno y sin dedicar tiempo a las elucubraciones sobre una "mano oculta", Polanyi hizo hincapié en las bases culturales y políticas de los mercados. Puso de manifiesto que lo que había dado lugar a ese complejo fenómeno, generador a la vez de riqueza y de inestabilidad y pobreza, era el resultado concreto de la sociedad industrial moderna. Escribiendo como escribía durante las secuelas de la Gran Depresión, en la década de 1930, que desembocó en el estallido de la guerra, su conclusión era un producto de la opinión liberal del momento, bien fundada, abierta y socialdemócrata: los mercados, entidades humanas y contingentes, deben ser regulados y gestionados por los estados. No hay nada parecido a una "mano oculta". Un mercado "puro" y sin restricciones no puede ni debe existir.

A lo largo de su vida, Polanyi (que murió en 1964 en Canadá) criticó, tanto en Austria como en Estados Unidos, la falta de realismo de las ideas económicas dominantes. Sin embargo, la tradición encarnada por él quedó marginada, y los financieros y especuladores del mundo de la práctica y la mayoría de los economistas del mundo académico se dedicaron a promover la idea de que los mercados son, a largo plazo, mecanismos autorregulados y, de algún modo, "naturales". Se generaron montañas de palabras y expresiones con el fin de respaldar y perpetuar dicha afirmación: "ajustes del mercado", "autocorrección natural", "leyes de hierro del comercio y las finanzas", unas "fuerzas del mercado" supuestamente inevitables y muchas cosas más…, esa clase de paparruchas con afán disculpatorio que hemos escuchado y leído un día tras otro a lo largo de muchos años en las noticias económicas de la radio, la televisión y los medios de comunicación impresos. El mayor de los mitos ha sido, claro está, el de un supuesto "libre mercado", como si el mercado moderno se hubiera visto alguna vez libre de garantías estatales, a saber, de seguridad, derecho internacional, control y reglamentación del trabajo; y como si pudiera decirse que un sistema en el que el poder está distribuido de un modo tremendamente desigual e inestable garantiza la "libertad" de la mayoría de las personas sometidas a él.

Si bien el punto álgido de semejante glorificación y cosificación "neoliberal" de los mercados se produjo en los años Reagan-Thatcher de la década de 1980, la tendencia pareció quedar confirmada por la caída de las economías planificadas socialistas a principios de la década de 1990, el auge de la tecnología de la información y el ascenso de China. Ahora bien, frente a esa idea de las finanzas en tanto que esfera autónoma de la actividad económica, los seguidores de la tradición de Polanyi han sostenido que ningún sistema económico, ya sea industrial, financiero o agrícola, puede funcionar sin el papel activo del Estado. La aspiración de tales autores era, como ocurrió con pensadores anteriores como Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx, reunir el estudio de la política, del Estado, y el estudio de la economía, de los mercados. Así, las prescripciones políticas fueron que el Estado moderno tenía que fomentar y proteger los mercados, del mismo modo que proporcionaba servicios públicos para garantizar la seguridad de los viajes y el transporte, la estabilidad de las monedas, la promoción de la educación y la investigación científica, así como todos los demás respaldos esenciales – y con frecuencia no reconocidos- que suministraba el Estado, incluso en las sociedades más supuestamente partidarias del laissez faire del mercado capitalista. La hybris, el cegador orgullo, de los dirigentes financieros y los encargados de formular políticas de los últimos años no sólo reside en la creencia de que, uno tras otro, los conjuntos de prácticas falaces y de sistemas desmedidos de préstamo podían sostenerse, sino en la creencia de que habían creado algo que se correspondía con un orden "natural" y, por ello, implícitamente, "eterno". Por encima de todo, la verdadera hybris ha consistido en no haber leído la historia ni, en particular, La gran transformación.Ahora, en estos momentos dramáticos en que durante las últimas semanas hemos presenciado una intervención sin precedentes del Estado estadounidense y sus homólogos europeos en los mercados financieros, la validez de lo defendido por Karl Polanyi y sus seguidores, por encima de todo la fragilidad y la artificialidad de los mercados, ha quedado demostrada a los ojos de todos.Polanyi podría advertirnos además de que, como en épocas anteriores en que los mercados se excedieron y tuvieron que verse corregidos por los estados, también esta vez cabe una reacción desmesurada: el supuesto mecanismo de autocorrección y búsqueda de equilibrio también era un mito. La falta de confianza y rumbo podría llevar a los estados demasiado lejos en la dirección opuesta. Quizá algún día, cuando no estén cegados por la especulación a corto plazo y la pura codicia, los encargados de controlar y dirigir las economías podrían decir algo acerca de esas entidades supuestamente "naturales" y "libres" que dicen manejar.

F. HALLIDAY, profesor-investigador de la ICREA (Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats) en el IBEI (Institut de Barcelona d´Estudis internacionals)

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Bolivia: Una guerra que había comenzado hace mucho tiempo

Ramiro Lizondo Díaz

ALAI AMLATINA

Para quien se interese en la historia, podrá darse cuenta que la de Bolivia, es la de las masacres indígenas, campesinas y obreras desde la colonia hasta hoy. La República se sostuvo sobre la explotación de la fuerza de trabajo indígena y la base de recursos naturales, hasta hoy. El expolio y explotación consolidó una estructura social e institucional vinculada a la producción y exportación de materias primas, consolidando en el largo plazo, una condición de dependencia que lo convirtió en uno de los países más pobres del hemisferio occidental.

Con una organización social extremadamente estratificada y un horizonte estatal frágil el transcurrir de su historia estuvo marcado por la exclusión y masacre. Los pueblos originarios nunca dejaron de manifestar sus anhelos de libertad, como lo prueban las innumerables sublevaciones, tanto las que culminaron con el gran alzamiento de 1780, como también las que se realizaron contra las haciendas, durante la República. Algunas de estas sublevaciones indígenas y campesinas tuvieron una magnitud enorme no sólo por el esfuerzo de la movilización y la tragedia que representó la masacre sino por la memoria y la herencia emancipatoria transmitida de generación en generación. Las de 1874 y 1899, tanto en las tierras altas como en las tierras bajas del país, ya en el siglo XX no dejarían de ser movilizaciones que terminarían en nuevas masacres como la rebelión de Jesús de Machaca en 1921 o la de Chayanta en 1928.

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La crisis del capitalismo. Demagogia y realismo

Santiago Alba Rico

La crisis del capitalismo. Demagogia y realismo

Santiago Alba Rico

A Eduardo Fernández Rubiño, joven comunista

El mismo día en que la FAO informa de que el hambre afecta ya a casi mil millones de seres humanos y valora en 30 000 millones de dólares la ayuda necesaria para salvar sus vidas, la acción concertada de seis bancos centrales (EE.UU., UE, Japón, Canadá, Inglaterra y Suiza), inyecta 180 000 millones de dólares en los mercados financieros para salvar a los bancos privados.

Frente a un dato como este solo caben dos alternativas: o somos demagógicos o somos realistas. Si invoco la ley natural de la oferta y la demanda y digo que en el mundo hay mucha más demanda de pan que de operaciones de cirugía estética y mucha más de alivios contra la malaria que de vestidos de alta costura (y mucha más también de viviendas que de créditos hipotecarios); si reclamo un referéndum kantiano que pregunte a los ciudadanos europeos si prefieren destinar las reservas monetarias de su país a salvar vidas o a salvar bancos, estoy siendo, sin duda, demagógico. Si, contra la razón y la ética, acepto que es más urgente, más necesario, más conveniente, más eficaz, más provechoso para la humanidad, impedir la ruina de una aseguradora y la quiebra de una institución bancaria que dar de comer a miles de niños, socorrer a las víctimas de un huracán o curar el dengue, entonces estoy siendo realista. No hay en mis palabras ni una brizna de ironía. Las cosas son así: una verdad redonda que no consiente aplicación es demagógica; una monstruosidad puntiaguda que no admite alternativa es realista. Para tener mucho o tener poco ―o incluso para tener solo las ganas de tener algo― hay que dejar de lado todas las redondeces y aceptar todas las puntas y todos los pinchos. La minoría organizada que gestiona el capitalismo ―ministros, banqueros, ejecutivos multinacionales, corredores de bolsa y periodistas económicos― puede invocar a Hayek con arrogancia en momentos de bonanza y exigir con aplomo la intervención del estado cuando está a punto de despeñarse porque sabe que su impunidad es proporcional a nuestra dependencia. Por eso mismo ―admitámoslo― los ciudadanos europeos convocados a un hipotético referéndum kantiano (“el banco o la vida”) responderíamos, sin duda, con realismo a favor de los bancos, conscientes de que todo lo que nos importa ―desde el abrazo de nuestras novias hasta la sonrisa de nuestros niños― es una concesión suya. La minoría organizada que nos gobierna ha tomado como rehén a la humanidad y, si no acudimos en ayuda de los secuestradores, puede ahora rematarnos a todos.

Para una humanidad cautiva es realista ceder al chantaje y dejar a un lado la verdad, la compasión, la sensibilidad, la solidaridad. Un sistema que, cuando las cosas van bien, mata de hambre a mil millones de personas y que si van mal puede acabar con todo el resto, es un sistema no solo moral sino también económicamente fracasado. En esto tiene razón el periodista Iñaki Gabilondo y es bueno, casi ya revolucionario, que lo escuche mucha gente1. Pero se equivoca al evocar la caída del Muro de Berlín, por muy retóricamente eficaz que sea la ocurrencia, porque si algo tuvo que ver el capitalismo en la derrota de la Unión Soviética, no puede decirse que la Unión Soviética ―ya desaparecida― sea la causa de la agonía capitalista. El capitalismo, sencillamente, no funciona.

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Crisis financiera, crisis en América Latina, ¿crisis del imperialismo?

En este verano de 2008 parece que se condensan toda una serie de tendencias explícitas o latentes que vienen desarrollándose desde hace tiempo y que dibujan en conjunto un panorama de cambios inciertos para los próximos meses e incluso años.

La política imperialista de EE.UU. impulsada  especialmente a partir de los atentados del 11-S del 2001 y orientada al control de las fuentes de materias primas, sobretodo energéticas[1], ha ido encontrando sucesivos obstáculos que la han llevado a una situación de impasse: los dos conflictos más serios, el de Irak y Afganistán, distan mucho de haber sido encauzados por la política de EE.UU. y sus aliados, incluso puede hablarse de un retroceso en el segundo de los casos. El contencioso con Irán se mantiene al nivel de las amenazas, mientras este país parece seguir avanzando en su programa de desarrollo nuclear, sin que esté despejada la incógnita de la reacción última de EE.UU. o Israel.

A ello se ha añadido de manera virulenta un enfrentamiento con Rusia, focalizado en este momento en Georgia, pero que deriva de las tensiones existentes en el glacis ruso. La sensibilidad histórica de este país a los intentos de ser acordonado ha alcanzado un nivel que le ha llevado a responder violentamente al desafío que se le venía planteando desde hace tiempo y en el que dos acontecimientos importantes recientes ayudan a explicar el desenlace del mes de agosto en Georgia; de un lado la amenaza del despliegue del escudo antimisiles en antiguos países del Pacto de Varsovia, interpretado por Rusia como una medida concebida contra ella misma, de otro lado la independencia reconocida a Kosovo respecto a Serbia por parte de las principales potencias de la OTAN a la que se oponía Moscú.

Otro acontecimiento menos dramático que los anteriores ha marcado también los desafíos del que algunos analistas denominan como imperialismo decadente. Los Juegos Olimpicos celebrados en Pekín han sido interpretados como una puesta en escena de la presentación de China como candidata a gran potencia en el siglo XXI, después de su espectacular crecimiento en el último cuarto del siglo XX, y cuando desde hace ya tiempo que disputa a nivel internacional por la influencia y el control de zonas ricas en materias primas y energía. En este caso, la solitaria superpotencia desde 1989 ve emerger un rival pausible a disputarla su posición.

Pero el final de este verano no va a ser marcado solo por la secuencia de huracanes que han azotado al Caribe sino por el huracán económico desatado por la crisis de diversas entidades financieras en EE.UU. y por lo que puede convertirse en otro huracán político en América Latina con la crisis en Bolivia y sus consecuencias en el subcontinente. El primer evento es la culminación, por el momento, de algunas de las consecuencias originadas por el neoliberalismo: En primer lugar, el estallido de la burbuja inmobiliaria en agosto de 2007 en EE.UU. que empieza a desestabilizar a los mercados financieros mundiales. En noviembre del año pasado, por ejemplo Eric Toussain ya advertía de la situación en un artículo en el que se autocitaba:

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Argentina: Endeudamiento hasta el infinito

José Castillo

 (LA ARENA)

La Presidenta anunció que pagará toda la deuda pendiente con el Club de París. Lo hará de contado y apelando a las reservas de libre disponibilidad del Banco Central. Se trata de una medida similar a la que implementó Néstor Kirchner para cancelar la deuda con el FMI.

Este pago de contado que se realiza en el mismo momento en que se sostiene, desde distintas instancias del gobierno, que no hay dinero para dar respuesta a reclamos de docentes, estatales y profesionales de la salud que en muchos lugares del país reclaman por sus haberes.

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La democracia como movimiento*

Joaquín Miras Albarrán

(*) Ponencia presentada en las jornadas sobre Democracia organizada por espaimarx en mayo de 2008.

 

Amigos: Joan ha expuesto el título del tema sobre el que quiero hacer hoy algún comentario: La democracia como movimiento. Pero antes, conviene que nos detengamos un poco en el significado y en la historia de la palabra democracia. La palabra democracia, como la palabra república, la palabra ciudadanía, la palabra asamblea, la palabra soberanía, que nos podemos encontrar en nuestras lenguas con algún matiz secundario distinto, quizá, entre ellas, y que proceden de las lenguas y la cultura greco latina, todas estas palabras, como digo, pertenecen a un depósito, a un saber. Ciudadanía, soberanía, dictadura, proletariado, patricios y plebeyos constituyen una constelación de palabras que se interrelacionan, que se dan sentido las unas a las otras y pertenecen a un depósito cultural de saber político que en estos momentos estamos denominando, creo que correctamente, como republicanismo. Es una buena palabra también republicanismo, que hemos fraguado en los últimos 20 o 25 años para referirnos a este depósito.

 

¿Qué es este republicanismo, qué es este depósito? Como previa, para darle un valor a la palabra democracia, hay que situar que este depósito que llamamos republicanismo es una tradición praxeológica, por usar una palabra técnica; una tradición praxeológica de pensamiento político. ¿Porqué tradición praxeológica? Estas palabras, no han sido inventadas por sabios científicos. Así como, por ejemplo, que la hipotenusa es la raíz cuadrada de la suma de los catetos al cuadrado fue inventado por alguien, estas palabras no tienen inventor, no tienen teórico científico que las construyera, que las elaborara. Tradición praxeológica quiere decir que proceden como saber reflexionado de luchas sociales tremendas, colectivas, sociales, que se dieron en la historia, que han sido mantenidas en uso a través de las generaciones, y han cambiado incluso de sentido y se han enriquecido, como consecuencia y resultado de tremendas luchas sociales colectivas que han ido produciéndose tras la aparición de esa tradición de pensamiento, a lo largo de la historia. Esto es lo que quiere decir que son una tradición praxelógica. En todo caso estas palabras son el producto de un saber segundo, el resultado de la reflexión de individuos que se pusieron a pensar sobre lo que había pasado, sobre la experiencia de lucha, -y las experiencias de lucha han de ser colectivas, sociales-, e intentaron mediante esta reflexión sobre su acción, recoger su experiencia de vida en palabras, en expresiones.

 

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