Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Un libro de M. Hardt y A. Negri El Imperio, ¿estadio terminal?

Daniel Bensaid

El libro de Michael Hardt y Antonio Negri, “Imperio” (1), ha obtenido una acogida más que calurosa por parte de eminentes intelectuales. Un elogio a veces excesivo, pero justificado en la medida en que se trata de saludar un esfuerzo de síntesis interdisciplinaria en el lado opuesto al pensar en migajas, que aborda la gran “travesía” en el que el mundo se ha embarcado desde un punto de vista materialista postmarxista, alimentado en Spinoza y Maquiavelo, Deleuze y Foucault.

Si es imposible abarcar aquí todas las cuestiones tratadas, la tesis central está, sin embargo, bien resumida por el título de la obra, “Imperio”. Michael Hardt y Toni Negri registran sin nostalgia las consecuencias del paso de la modernidad a la post-modernidad. Saludan esta “transición capital en la historia contemporánea” como la llegada de una liberación y la oportunidad de una política del mestizaje y del nomadismo, opuesta a las lógicas binarias y territoriales de la modernidad. Registran sin lamentarse el declive de las soberanías estatales y nacionales en beneficio de un Imperio sin límites: mientras que el imperialismo clásico significaba la expansión del Estado- Nación fuera de sus fronteras, no habría ya, en la actual fase imperial, estados naciones ni imperialismo: a este nuevo dispositivo “supranacional, mundial, total, le llamamos Imperio”. (2) El Imperio no es pues americano ­ni por otra parte europeo- sino “simplemente capitalista”.

“Sin exterior”

Se habría formado, al final de la guerra fría, a través de la concentración de un capital transnacional y las operaciones de policía en el Golfo o los Balkanes. Representaría “una nueva forma de poder”, no-lugar pascaliano cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Aboliendo la frontera entre una parte interna y otra externa, el Imperio estaría en adelante sin exterior. Esta situación haría obsoletas las preocupaciones de la “vieja escuela revolucionaria”. Pondría al orden del día una contra-mundialización, animada por un deseo inmanente de liberación. “Ser republicano, hoy” consistiría en “luchar en el interior del Imperio, y en construír contra él en terrenos híbridos y fluctuantes”. En su ambición totalizante, la hipótesis es seductora. Su justificación es, sin embargo, a menudo frágil, empírica y conceptualmente.

El análisis de la realidad actual de la acumulación capitalista permanece evasiva y el mercado mundial, cuando no es relegado a un segundo plano tenebroso, se reduce a una abstracción. ¿Cuál es la relación precisa de la concentración del capital con su localización territorial y sus logísticas estatales (monetarias y militares)?. ¿Cuáles son las estrategias geopolíticas actuantes? ¿Cómo opera la tensión entre un derecho supranacional emergente y un orden mundial que reposa aún en una estructura interestatal?. ¿Cuál es la relación entre movilidad de capitales y de mercancías, control de los flujos de mano de obra, y nueva división internacional del trabajo?. Que las dominaciones imperiales no puedan ya ser pensadas en los términos en que lo fueron a comienzos del siglo por Luxemburgo o Hilferding, que sea útil retomar el debate entre Lenin y Kautsky sobre el ultra-imperialismo, no significa que se pueda prescindir de esos clásicos sin reexaminar lo que ha cambiado. Si el Imperio funciona “sin exterior”, toda la cuestión está en saber cómo el desarrollo desigual y combinado necesario para su metabolismo ha podido ser “interiorizado” bajo forma de un sistema transformado de dominaciones y de dependencias.

La “multitud”

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Harry Magdoff, economista estadounidense

Diego Guerrero Jiménez

NECROLÓGICA.

Crítico del keynesianismo, defendió el socialismo y la planificación. Harry Magdoff (1913-2006), nacido en el Bronx neoyorquino, enseñó en la New School y dirigió la Monthly Review (MR). Fue investigado por los comités macartistas EL PAÍS – Gente – 05-01-2006 2006 no ha empezado bien para la Economía política: el 1 de enero murió Harry Magdoff (1913- 2006), no mucho después que el fundador de la Monthly Review (MR), su amigo Paul Sweezy. Henry Samuel Magdoff había nacido en el Bronx, en la familia de un pintor de brocha gorda judío-ucraniano. Antes de licenciarse en Economía, entró en contacto con la obra de Marx y fue expulsado de la universidad por radical. Luego ocupó cargos en la Administración y fue economista jefe del servicio de estudios del Departamento de Comercio. Ayudado por quien resultó ser un espía soviético, se vio implicado en acusaciones de espionaje, y tras dos años como asesor del candidato presidencial H. Wallace, a quien apoyaba el ala radical de los sindicatos, sufrió a los comités de investigación macartistas y fue vetado en la Administración. Trabajó entonces en el sector privado y enseñó en la New School antes de llegar a la dirección de la MR (1969), a la que, junto a Sweezy, consiguió situar durante décadas, y no sólo en EE UU, al frente del movimiento socialista, la nueva izquierda y la Economía Radical. Magdoff fue un teórico del imperialismo, estudioso precoz de la «financiarización» y fino crítico del keynesianismo. En La era del Imperialismo (1969) -un éxito de ventas en pleno movimiento por los derechos civiles y la oposición a la guerra de Vietnam – hacía un sistemático análisis del imperialismo estadounidense tras la II Guerra Mundial, de la «globalización» del capital monopolista y de las «fuerzas» que gobiernan su política exterior. Más allá de las «ambiciones personales» de sus actores, le interesaban las «causas profundas» del nuevo imperialismo («neocolonialismo»), que identificaba con «el monopolio» (aunque añadía confusas reflexiones sobre la composición del capital en los países pobres como causa de una relación real de intercambio favorable a los ricos). Desde esa posición, Magdoff no creía que la expansión imperialista de Bush fuera sólo el proyecto de un reducido grupo de la clase gobernante, ligado a los sectores militar y petrolero: en su opinión, creer en intrigas o conspiraciones es una ilusión, ya que no hay división seria en la oligarquía norteamericana ni en su política exterior. Magdoff señaló en 1965 el papel crucial de la expansión financiera como medio de contrarrestar la «tendencia al estancamiento», y en varios libros con Sweezy se inquietó por los efectos a largo plazo de una política dirigida a salvar el sistema financiero del tipo de «colapso y deflación» que preludiaron la Gran Depresión. En los setenta ambos resucitaron la tesis del estancamiento como «estado normal» del capitalismo monopolista, por su supuesta incapacidad para estimular la innovación y la inversión. Por eso, habría que «explicar» las etapas de rápido crecimiento (los sesenta) más que las de estancamiento (los setenta-ochenta). Hay, por último, un Magdoff menos conocido: el rotundo crítico del keynesianismo como nuevo liberalismo. Pensaba que «el espíritu y la sustancia del neoliberalismo estaban bien vivos en Washington y la comunidad financiera en la época de la socialdemocracia keynesiana», pero entonces era sólo «un aspecto callado de la disciplina que se imponía al tercer mundo, mientras que ahora los principios neoliberales se proclaman en voz alta como la fe verdadera». Denunciaba así «la mitología del Estado del bienestar keynesiano» y que «las propuestas reformistas de los progresistas buscaran vías para restablecer la armonía keynesiana, cuando deberíamos estar trabajando por cambios que cuestionen el capitalismo y la ideología del sistema de mercado». No sorprende esto en quien defendió siempre el socialismo y la planificación, la necesidad de desarrollar un «nuevo tipo de democracia que satisfaga las necesidades básicas de todos» y abogaba, en su último trabajo en la MR (2005), por la idea de que «el capitalismo debe ser sustituido por una economía y una sociedad al servicio de la humanidad». Diego Guerrero es profesor de Economía Política en la Universidad Complutense de Madrid. Participante en el foro de este sitio web profesionalespcm.org

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Guerra preventiva, americanismo, y antiamericanismo

Domenico Losurdo

Mito y realidad en el antiamericanismo de izquierdas

La invasión de Irak, en marzo de 2003, estuvo acompañada de un curioso fenómeno ideológico: el intento de silenciar a un movimiento de protesta sin precedentes y de grandes dimensiones, acusándolo de antiamericanismo. Con nuevas guerras asomando en el horizonte, este supuesto antiamericanismo fue y continúa siendo considerado como algo más que una posición política errónea. Es considerado como una enfermedad, un síntoma de desajuste con la modernidad y de indiferencia a los fundamentos de la democracia. Esta enfermedad –se alega- incluye a los antiamericanos de la derecha y de la izquierda y señala una de las peores páginas de la historia europea. Por lo tanto, la conclusión que se extrae es que la crítica a Washington y a la guerra preventiva representa una amenaza real. Sería fácil responder a esto señalando al antieuropeísmo, con una larga tradición detrás de él, que se instala en el otro lado del Atlántico. Es muy significativo que en este clima ideológico y político nadie recuerde el terror ejercido por le Ku Klux Klan en nombre del “americanismo puro”, o del “americanismo cien por cien”, frente a los negros y los blancos acusados de desafiar la supremacía blanca (en MacLean 1994, 4-5, 14). Así mismo nadie parece recordar la caza de brujas de McCarthy contra los sostenedores de ideas o sentimientos no americanos.

Consideremos entonces la cuestión principal. ¿Existe algún fundamento histórico para la equiparación entre antiamericanismo de izquierdas y de derechas? Evidentemente, el joven Marx declara que los Estados Unidos eran “el país de la completa emancipación política” y “el ejemplo más perfecto del estado moderno”, que aseguraba el dominio de la burguesía sin excluir a priori a ninguna clase social del disfrute de los derechos civiles (ver Losurdo 1993, 21-22). Ya puede verse en esto una cierta indulgencia: difícilmente ausentes, en los Estados Unidos las discriminaciones de clase adoptaban una forma “racial”.

La posición de Engels es aún más drásticamente pro-americana. Después de establecer una distinción entre la “abolición del estado” desde la perspectiva comunista, feudal y burguesa, agrega: “En las naciones burguesas la abolición del estado significa la reducción del poder estatal al nivel del de Norteamérica. Ahí, los conflictos de clase se desarrollan sólo de forma incompleta; los enfrentamientos entre las clases están constantemente camufladas por la emigración al Oeste de la superpoblación proletaria. "La intervención del poder estatal, reducida al mínimo en el Este, no existe en el Oeste” (Marx y Engels 1955, 7: 288). Más que un ejemplo de la abolición del estado (incluso en el sentido burgués), el Oeste aparece como el sinónimo de un crecimiento del ámbito de la libertad: no hay ninguna referencia al sufrimiento de los indios americanos, así como está silenciada la esclavitud de los negros. La posición es similar en Orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado: Estados Unidos es mencionado como el país donde, al menos durante determinados períodos de su historia y áreas geográficas, el aparato político y militar separado de la sociedad tiende a desaparecer (Marx y Engels 1955, 21: 166). El año es 1884: en ese momento la población negra no sólo está privada de los derechos civiles adquiridos inmediatamente después de la Guerra Civil, sino que está sometida a un sistema de apartheid y sujeta a una violencia que incluye las formas más crueles de linchamiento. En el Sur de los Estados Unidos el estado era probablemente débil; mucho más fuerte era el Ku Klux Klan, una expresión de la sociedad civil que, sin embargo, podía ser el lugar de ejercicio de un poder brutal como ese. Justo un año antes de la publicación del libro de Engels, la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos declaraba inconstitucional una ley que prohibía la segregación de la población de color en los centros de producción y en los servicios (como los ferrocarriles) administrados por compañías privadas, con el argumento de que tales compañías estaban exentas de cualquier interferencia gubernamental.

Es importante observar, al nivel de política internacional, que Engels parece hacerse eco de la ideología del destino manifiesto tal como sugiere su celebración de la guerra librada contra México: gracias al “coraje de los voluntarios americanos”, “la hermosa California fue arrebatada a los indolentes mexicanos que no sabían que hacer con ella”. Aprovechando la ventaja que le otorgaban estas enormes conquistas “los dinámicos Yankees” habían insuflado nueva vida a la producción y circulación de riqueza, al “comercio mundial”, y a la difusión de la “civilización” (Zivilisation) (Marx y Engels 1955, 6: 273 – 275). Engels pasa por alto un hecho destacado en esa misma época por los abolicionistas norteamericanos: la expansión de los Estados Unidos significaba la expansión de la esclavitud.

En la historia del movimiento comunista es bien conocida la influencia del taylorismo y el fordismo en Lenin y Gramsci. En 1923 Nikolai Bujarin llega aún más lejos al afirmar que: “Necesitamos el marxismo más el americanismo” (en Figes 2003, 24). Un año después, Stalin parece considerar al mismo país que participó en la intervención contra la Rusia soviética con tanta admiración que advierte a los cuadros del partido que si realmente aspiran a realizar los “principios del leninismo” deberán asimilar “el pragmático espíritu americano”. Aquí, “Americanismo” y “pragmático espíritu americano” significan no sólo espíritu positivo sino también rechazo a los prejuicios, lo que ellos consideran en definitiva democracia. Como Stalin explica en 1932, Estados Unidos es ciertamente un país capitalista; sin embargo, “las tradiciones industriales y la práctica productiva tienen algo de democrático en sí, lo que no puede decirse de las viejas naciones capitalistas en Europa, donde el espíritu de la aristocracia feudal pervive” (ver Losurdo 1997, 81-86).

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Sexta Declaración de la Selva Lacandona

Ésta es nuestra palabra sencilla que busca tocar el corazón de la gente humilde y simple como nosotros, pero, también como nosotros, digna y rebelde. Ésta es nuestra palabra sencilla para contar de lo que ha sido nuestro paso y en donde estamos ahora, para explicar cómo vemos el mundo y nuestro país, para decir lo que pensamos hacer y cómo pensamos hacerlo, y para invitar a otras personas a que se caminan con nosotros en algo muy grande que se llama México y algo más grande que se llama mundo. Esta es nuestra palabra sencilla para dar cuenta a todos los corazones que son honestos y nobles, de lo que queremos en México y el mundo. Ésta es nuestra palabra sencilla, porque es nuestra idea el llamar a quienes son como nosotros y unirnos a ellos, en todas partes donde viven y luchan.

I.- DE LO QUE SOMOS.

Nosotros somos los zapatistas del EZLN, aunque también nos dicen "neo zapatistas". Bueno, pues nosotros los zapatistas del EZLN nos levantamos en armas en enero de 1994 porque vimos que ya está bueno de tantas maldades que hacen los poderosos, que sólo nos humillan, nos roban, nos encarcelan y nos matan, y nada que nadie dice ni hace nada. Por eso nosotros dijimos que "¡Ya Basta!", o sea que ya no vamos a permitir que nos hacen menos y nos traten peor que como animales. Y entonces, también dijimos que queremos la democracia, la libertad y la justicia para todos los mexicanos, aunque más bien nos concentramos en los pueblos indios. Porque resulta que nosotros del EZLN somos casi todos puros indígenas de acá de Chiapas, pero no queremos luchar sólo por su bien de nosotros o sólo por el bien de los indígenas de Chiapas, o sólo por los pueblos indios de México, sino que queremos luchar junto con todos los que son gente humilde y simple como nosotros y que tienen gran necesidad y que sufren la explotación y los robos de los ricos y sus malos gobiernos aquí en nuestro México y en otros países del mundo.

Y entonces nuestra pequeña historia es que nos cansamos de la explotación que nos hacían los poderosos y pues nos organizamos para defendernos y para luchar por la justicia. Al principio no somos muchos, apenas unos cuantos andamos de un lado a otro, hablando y escuchando a otras personas como nosotros. Eso hicimos muchos años y lo hicimos en secreto, o sea sin hacer bulla. O sea que juntamos nuestra fuerza en silencio. Tardamos como 10 años así, y ya luego pues nos crecimos y pues ya éramos muchos miles. Entonces nos preparamos bien con la política y las armas y de repente, cuando los ricos están echando fiesta de año nuevo, pues les caímos en sus ciudades y ahí nomás las tomamos, y les dejamos dicho a todos que aquí estamos, que nos tienen que tomar en cuenta. Y entonces pues que los ricos se dieron su buena espantada y nos mandaron a sus grandes ejércitos para acabarnos, como de por sí hacen siempre que los explotados se rebelan, que los mandan acabar a todos. Pero nada que nos acabaron, porque nosotros nos preparamos muy bien antes de la guerra y nos hicimos fuertes en nuestras montañas. Y ahí andaban los ejércitos buscándonos y echándonos sus bombas y balas, y ya estaban haciendo sus planes de que de una vez matan a todos los indígenas porque bien no saben quién es zapatista y quién no es. Y nosotros corriendo y combatiendo, combatiendo y corriendo, como de por sí hicieron nuestros antepasados. Sin entregarnos, sin rendimos, sin derrotarnos.

Y entonces que la gente de las ciudades se sale a las calles y empieza con su gritadera de que se pare la guerra. Y entonces pues nos paramos nuestra guerra y lo escuchamos a esos hermanos y hermanas de la ciudad, que nos dicen que tratemos de llegar a un arreglo, o sea un acuerdo con los malos gobiernos para que se soluciona el problema sin matazón. Y pues nosotros lo hicimos caso a la gente, porque esa gente es como decimos "el pueblo", o sea el pueblo mexicano. Así que hicimos a un lado el fuego y sacamos la palabra.

Y resulta que los gobiernos dijeron que sí se van a estar bien portados y van a dialogar y van a hacer acuerdos y los van a cumplir. Y nosotros dijimos que está bueno, pero también pensamos que está bueno que conocemos a esa gente que se salió a las calles para parar la guerra. Entonces, mientras estamos dialogando con los malos gobiernos, pues también lo hablamos a esas personas y vimos que la mayoría era gente humilde y sencilla como nosotros, y ambos entendemos bien por qué luchamos, o sea ellos y nosotros. Y a esa gente la llamamos "sociedad civil" porque la mayoría no era de los partidos políticos, sino que era gente así común y corriente, como nosotros, gente sencilla y humilde.

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Rosa, Vladimir y la democracia

Joaquín Miras Albarrán, Joan Tafalla

“Los bolcheviques son los herederos históricos de los “levellers” ingleses y de los jacobinos franceses”

Rosa Luxemburgo, 1917.

Nota previa: Cómo relacionarnos con dos clásicos

Nos aproximamos a dos personas que participaron plenamente en la oleada de luchas de clase de principios del siglo XX y usaron de su capacidad intelectual para tratar de comprender y reorientar la situación por la que transcurría el movimiento revolucionario. Ambos estuvieron a la altura de las circunstancias y dieron lo mejor de sí mismos en la lucha. Nos legaron su pensamiento y su obra. Las luchas de clases en las que participaron ocurrieron al otro extremo del siglo que nos antecede, al comienzo del ciclo de luchas revolucionarias más intenso de la historia de la humanidad.

Hoy, como entonces, la explotación capitalista sigue siendo el enemigo de la humanidad. No debemos olvidar esto; porque, entre otras cosas, implica que las clases subalternas fueron derrotadas en ese ciclo de lucha de clases. El enemigo explotador es el mismo, el capitalismo, pero el mundo en el que ellos vivieron tiene poco que ver con el nuestro. Incluso los movimientos políticos que ellos animaron ya no existen. No podemos apelar a ellos para que su pensamiento nos procure la fórmula adecuada en la que orientar nuestra lucha, la estrategia a seguir.

Pero su pensamiento trató de aferrar los problemas que se planteaban a los revolucionarios durante la lucha de clases revolucionaria en un determinado momento histórico. Si comprendemos su momento, los dilemas que afrontaron, encontraremos en las respuestas que trataron de elaborar una fuente de inspiración para nuestro presente y nuestra lucha. No podemos ser luxemburguistas, o leninistas, o trotskistas, pero sí podemos inspirarnos en ellos porque su talla intelectual hace que su pensamiento sea perenne: son parte de nuestros clásicos. Compararlos puede ser tarea útil si la emprendemos para comprender mejor las peculiaridades respectivas de su pensamiento, esto es, la forma original con la que dieron respuesta a los problemas políticos de su época. Puede ser un disparate si tratamos de convertirlos en doctrina sistemática. Ellos pensaron su presente con cabeza propia, usando libremente de un legado intelectual revolucionario. Eso es lo que nos toca a nosotros.

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El Odio

Manuel Delgado Ruiz

Hace nueve años, estas mismas páginas sirvieron de escenario para una polémica en torno a lo que el arquitecto Amador Ferrer había denominado, titulando un artículo suyo, “el inmerecido descrédito de los polígonos de viviendas” (El País, 14-10-1996), crítica a la crítica fácil contra las agrupaciones de bloques dominante en aquel momento y ahora. Aquella defensa de los bloques de viviendas no ignoraba sus innumerables defectos, como consecuencia de la pésima calidad arquitectónica de la mayoría de proyectos, pero subrayaba que la construcción de grandes conglomerados de pisos implicó, en un momento determinado, una definición de las expansiones urbanas que colocaba en primer término la cuestión de la vivienda social, un asunto que adquiría un protagonismo que nunca había tenido antes y que no iba a recuperar con posterioridad a su abandono como fórmula de actuación urbanística. Además, se destacaba también cómo la forma de agregación de las viviendas y la provisión de espacios para el encuentro –derivadas de la inspiración de esa tipología en los postulados del Movimiento Moderno– potenciaron expresiones de intensa vida colectiva, entre las cuales la movilización y la lucha. Una exposición inminente del artista sevillano Pedro G. Romero en la Fundació Tàpies, centrada en buena medida en Badia del Vallès, va a insistir en ese elogio de las concentraciones de bloques como ámbito que demuestra las virtudes del conflicto como fuente de cohesión social. En ese sentido, habría que considerar si entre los factores que determinaron el abandono del modelo de ciudades dormitorio no merecería figurar la evidencia de que este tipo de agregaciones humanas acababan constituyéndose en un núcleo de conflictividad difícil de fiscalizar políticamente y complicado de someter en cuanto experimentaba alguno de sus periódicos estallidos de insubordinación o insolencia. De hecho, el sistema de bloques implicaba una alternativa al amontonamiento de la clase trabajadora en determinados barrios antiguos o en centros urbanos, fáciles de cerrar con barricadas y desde los que los sectores más ingobernables de la ciudad podían hacerse fuertes y resistir los embates de la policía o incluso del ejército. Es bien sabido que fue esa tendencia de las clases trabajadoras europeas a encerrarse en barrios intrincados y convertirlos en fortines insurreccionales lo que justificó en buena medida las grandes operaciones urbanísticas de esponjamiento e higienización a partir de las últimas décadas del siglo XIX, de las que la de Haussman en París sería el paradigma, pero que tendrían también en Barcelona un ejemplo no menos elocuente. Ahora bien, la opción de llevarse a la clase obrera a los suburbios y alejarla de los núcleos urbanos comportó resultados imprevistos, entre ellos el permitir formas de convivencia que tampoco eran tan distintas de las del vecindario tradicional y repetir la capacidad del barrio popular de devenir foco de antagonismo social. Ahí cabría evocar el estudio de Manuel Castells –recogido en La ciudad y las masas (Siglo XXI)– sobre el grand ensemble francés por excelencia, el de Sarcelles, donde se estaban desarrollando luchas sociales de gran embergadura. La tesis de Castells es que lo que allí se registraba era una situación prácticamente idéntica a la que había producido el primer sindicalismo obrero a mediados del siglo XIX, en la medida en que los altos niveles de socialización que estaban experimentando las viviendas de masas descubrieron un conjunto de intereses comunes, en una unidad de vecindario que reprodujo las condiciones de concentración capitalista de producción y una gestión parecida a la que habían conocido las grandes concentraciones fabriles de la revolución industrial, los mismos elementos que estuvieron en el origen de los primeros sindicatos obreros. En el fondo, de lo que se trataba es de que por primera vez se estaba produciendo una percepción en clave de lucha de clases del significado del fenómeno urbano. Esa condición problemática de los polígonos de viviendas populares ha tenido distintas oportunidades para ponerse de manifiesto cerca de nosotros. Piénsese en el caso de lo que sin duda fue la mayor explosión de lucha vecinal que ha conocido Cataluña en las últimas décadas: la revuelta del barrio del Besòs a finales del 1990, en la que los vecinos se opusieron violentamente al proyecto de edificar en unos terrenos inicialmente destinados a equipamientos. Aquello, que la prensa bautizó como “la intifada del Besòs”, supuso la ocupación policial del barrio durante varios días y auténticas batallas campales en las que se vio a los vecinos lanzar bombonas de butano y frigoríficos desde los balcones contra los mossos d’esquadra y en la que se llegaron a disparar armas de fuego. Pero la prueba más cercana la tenemos en los hechos de estos días en la banlieu de París y de otras ciudades francesas, erupciones de rabia que los medios de comunicación catalogan como “violencias urbanas”, protagonizados por esa nueva clase obrera en buena medida alimentada por los flujos migratorios, cuyos jóvenes son victimas de la explotación, la precariedad laboral, el paro, el racismo y la ausencia de expectativas de futuro. Contamos con una película que refleja esa situación de una forma especialmente lúcida y que debería ser revisada justamente estos días para constatar la naturaleza crónica del fenómeno y su significado. El propio título de la película es ya la clave: “La haine” (“El odio”), dirigida por Mathieu Kassovitz en 1994 En resumen. Estamos viendo, en la devastación que conocen las periferias malditas de París, una de las razones que probablemente animaron a abandonar la opción de las ciudades dormitorio para atender la demanda de vivienda por parte de los sectores más vulnerables de la población: demasiado rencor junto. Hace unas semanas supimos en qué consiste la manera como en París se “soluciona” el problema de la vivienda de los nuevos vecinos pobres. Los 24 inmigrantes africanos muertos como resultado de dos incendios en inmuebles en mal estado en que vivían en el centro de la capital francesa dan cuenta de que allí se enfrenta la cuestión de la “vivienda social” igual que aquí: obligando a los nuevos miserables a vivir en hogares insalubres, inseguros, con frecuencia clandestinos, pero sobre todo dispersos. Como aquí, allí la consigna es disolverlos por entre los intersticios y agujeros de la ciudad, difuminarlos, enterrarlos en vida bajo la alfombra de ciudades limpias y afables. Cualquier cosa menos permitir que se agrupen en territorios desde los que atrincherarse; cualquier cosa menos permitir que se den cuenta de que son muchos y de que cualquier momento puede ser bueno para la venganza.

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Le thé au harem d’ Archiméde

Carlos M. Gutiérrez.

¿Que está pasando en Francia?

El título de este artículo, que hace referencia al de una interesante película francesa de 1984, dirigida y escrita, con tono autobiográfico, por el francés nacido en Argelia Mehdi Charef, trata de apuntar y describir la clave de los acontecimientos que están sucediendo en los últimos días en Francia.

Las conmovedoras y duras imágenes del film nos muestran la historia de dos adolescentes, uno un inmigrante de origen magrebí y el otro de origen francés, que viven y luchan en esos auténticos ghettos de marginalidad y exclusión que fueron levantados en los años sesenta-hasta un total de 750 en toda Francia-, y que algunos llaman cités, y que han sido rebautizados, de modo ciertamente eufemístico, como "zonas urbanas sensibles".

En el pasaje más impactante de la ya antigua película se nos muestra la impotencia y la rabia del muchacho inmigrante al recibir toda la burla e incomprensión de sus compañeros de clase y de su propio maestro. El chico es interpelado por su profesor a escribir en la pizarra el Teorema de Arquímedes (Le théoréme d¨Archimede). Con mano temblorosa e insegura, el joven magrebí traza sobre el tablero la frase: "Le thé au harem d’ Archimede (El té en el harén de Arquímedes). Todo un signo de falta de integración cultural y fracaso del sistema educativo, y una clara muestra de cómo el repliegue en las propias señas culturales sirve como barrera y como defensa ante un entorno que se percibe como hostil y extraño.

En un momento en el que la prensa europea está usando parecidos métodos de descalificación a los que estamos habituados por estos pagos: vándalos, delincuentes, traficantes de drogas o radicales islámicos, no está de más recordar que éste fenómeno, la exclusión y la represión de los inmigrantes, pobres, por supuesto, no es nuevo en Francia ni en el resto de Europa. Las imágenes que nos han llegado por medio de la televisión en los últimos días nos mostraban como abigarrados policías, armados hasta los dientes, efectuaban auténticas razzias en las que se apuntaba directamente contra pacíficos vecinos que estaban en sus portales, ¿en este caso está "en suspenso" el sacrosanto derecho a la propiedad privada?, ¿para los pobres no rige el derecho de inviolabilidad del domicilio?. Las imágenes eran muy claras para todo el que tenga ojos y quiera ver, los elementos que determinaban hacia donde apuntaban los agentes sus armas eran muy claros: el color de la piel y la posición en la escala social.

Cualquiera que simplemente tenga un mínimo de sensibilidad, verá claro, también, el paralelismo entre estas incursiones punitivas de los cuerpos de seguridad franceses, fuertemente penetrados de elementos fascistas y racistas, como en los casos italiano y español, y las que, hace bastante más tiempo, efectuaban las SS en los numerosos ghettos, fundamentalmente de Europa Oriental, a la caza de judíos, o también, a las más recientes expediciones de castigo que continúa llevando a cabo el ejercito israelí contra el pueblo palestino. En el caso de los ghettos de los años 40 y en el más actual del pueblo palestino existen muros en el sentido físico de la expresión, en la Francia y en la Europa actuales esos muros son seguramente, al menos, igual de infranqueables, aunque su visibilidad sea menor. Unos muros que se basan en la exclusión social y cultural, en una polarización social cada vez más acusada y en un moderno modo de exclusión espacial a través de la privatización y la precarización del transporte urbano y de la construcción de diversas barreras arquitectónicas.

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El comunismo condenado

Carlos Taibo

La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa ha sido en las últimas semanas el escenario de agrias disputas sobre si convenía o no formalizar una condena de los regímenes llamados ‘comunistas’. Vaya por delante que todo me invita a concluir que hay razones sobradas para repudiar esos regímenes, protagonistas en el pasado de crímenes execrables, tanto en la URSS -y me ciño ahora al teatro europeo– como en sus satélites de la Europa central y balcánica. Agregaré, para dejar las cosas aún más claras, que me preocupan poco las discusiones relativas a si unos regímenes fueron más benignos que otros. Los crímenes deben ser condenados sean cuales sean los condicionantes comparativos que uno quiera invocar.

Aclarado lo anterior, hay que poner los puntos sobre las íes, sin embargo, en lo que se refiere a la presumible intención política y, en su caso, a la terminología comúnmente empleada por quienes están detrás de la iniciativa que nos ocupa. La tarea correspondiente reclama, como poco, cuatro precisiones que afectan a otras tantas cuestiones importantes.

La primera de ellas subraya lo que entre nosotros parece evidente: no puede colocarse en el mismo saco a los regímenes objeto de nuestro interés, por un lado, y a los partidos comunistas occidentales, por el otro. Fueren cuales fueren las dobleces de estos últimos –y las hubo, y muchas- parece fuera de discusión que configuraron instancias decisivas en la lucha contra los fascismos de entreguerras y en el derrocamiento de dictaduras de muy diverso corte.

No está de más recordar, por añadidura, que muchos de los militantes de esos partidos se dejaron la vida en ese empeño. Tampoco parece fuera de lugar la mención de que muchos comunistas disidentes se opusieron con coraje a los propios sistemas de tipo soviético.

Vaya una segunda consideración: mi percepción de siempre ha sido la que sugiere que es un craso e interesado error seguir etiquetando de ‘comunistas’ a lo que acabo de llamar, de manera más neutra, sistemas de tipo soviético. Y ello es así, en primer y marginal lugar, porque, aunque a menudo se olvide, esos sistemas rechazaron para sí la marca correspondiente: las más de las veces argüían que el comunismo era un objetivo final que se antojaba lejano. Mayor relieve tiene el hecho de que existen distancias alarmantes entre lo que una plétora de pensadores del XIX, con Marx a la cabeza, entendió que era el comunismo y la presunta concreción de éste en la Europa oriental del siglo siguiente. No nos engañemos mucho al respecto: si la idea comunista es muy anterior a los sistemas de tipo soviético -si así se quiere, es uno de los vectores siempre presentes en el pensamiento político occidental-, lo suyo es que convengamos que sobrevivirá también a esos sistemas, de la mano, acaso, de una crítica radical de lo que fueron.

Recelemos, en tercer lugar, de una palabra que aparece por doquier en estas discusiones:

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El racismo de Estado en Francia

Alain Vidal

De las leyes antiárabes a las leyes antijudías

El racismo de estado, de Jules Ferry al mariscal Petain.

El 28 de junio de 1881, Francia instituía oficialmente el racismo de Estado. Bajo la autoridad de Jules Ferry, entonces jefe de Gobierno, fue promulgado el Código del indigenismo. En aquella época, Argelia, formaba parte integrante del territorio de Francia, todos sus habitantes eran franceses. Con este Código, más de dos millones de franceses quedaron relegados "legalmente" al estatuto de sub-hombres.

Los Árabes de los tres departamentos de Argelia serán sometidos a una legislación racial. Reina desde ese momento, un estado de excepción permanente. Este Código transformó arbitrariamente al árabe, en un siervo de la gleba imponiéndole tallas y corvéas. En esa época, políticos y eminentes juristas, se elevaron contra ese "monumento de monstruosidad jurídica », pero fue en vano.

Con Jules Ferry triunfa « un principio jerárquico y racial que destruye el propio concepto de humanidad y de universalismo » proclamado en 1789. Es, sin reconocerlo, una puesta en cuestión radical de las ideas de la Revolución consideradas por los republicanos moderados como peligrosas para los intereses de la burguesía para el poder, peligrosas para la grandeza ( la "grandeur") de Francia. Digno heredero del Código Negro promulgado bajo Colbert, el Código del indigenismo hace regla de la excepción, con el fin de mantener un estado permanente de miedo en una población presuntamente culpable de todos delitos presentes y futuros. Delitos y penas instituidos son competencia directa de la administración, al margen de cualquier injerencia judicial.

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