Un punto de encuentro para las alternativas sociales

El Sur es el norte

Frei Betto

ALAI-AMLATINA, 06/02/06, Sao Paulo.- El mundo anda

desnorteado, vocablo derivado de la brújula, cuya aguja apunta hacia el Norte. El modelo imperante es el capitalismo neoliberal, mercadocéntrico. Y para justificarlo el lenguaje hace peripecias retóricas, asocia democracia con “mercado libre”, crecimiento del PIB con desarrollo, especulación financiera con inversión.

Habitus tabagium, bucalis degenerium (el uso de la pipa deja la boca torcida) decían los romanos mucho antes de que Marco Polo les enseñe a preparar un rico ravióli. Es eso, de tanto repetir mentiras ellas acaban con aires de verdad. Como estas bien contadas mentiras: los italianos inventaron la pasta, Hollywood es la mayor productora mundial de películas, el mercado es libre.

Pregúntese si el mercado es libre a quien abre una panadería, una gasolinera o una fábrica de fósforos. El hecho es que vivimos bajo la dictadura del lucro exorbitante, a tal punto que el Presidente celebraba el haber erradicado la deuda de Brasil con el FMI, por un valor de US$ 15 mil millones de dólares. Mejor si hubiera pasado por encima de la deuda y destinado el dinero para pagar la deuda social. El valor corresponde a un poco más que el presupuesto anual del Ministerio de la Salud.

Los datos de la ONU revelan que la coyuntura mundial se agrava:

de 6,3 mil millones de habitantes, 4 mil millones viven bajo la línea de la pobreza, con un ingreso mensual inferior a US$ 60. ¿Donde está la salida?, pregunta el Foro Social Mundial, reunido en Caracas. Lux ex Oriente, decían los antiguos.

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Su herencia aquí debe ser creación, no copia

Diálogo con el sociólogo Michael Löwy, director del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) en Francia y uno de los mayores especialistas en marxismo latinoamericano.

Michael Löwy (Brasil, 1938) es uno de los principales investigadores sobre el marxismo latinoamericano a nivel mundial. Radicado en París, donde es director de investigaciones en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), ha escrito numerosos libros, entre los que destacan El pensamiento del Che Guevara, La guerra de los dioses. Religión y política en América latina y Redención y utopía. Ya ha sido traducido a más de veinte idiomas. Löwy visitó recientemente la Argentina, invitado a participar de un congreso internacional sobre Max Weber organizado en el Instituto Goethe. – —Actualmente se cumplen 25 años de la publicación de su libro "El marxismo en América latina" (1980). ¿Qué cambió y qué hay de nuevo en el marxismo latinoamericano durante este último cuarto de siglo? – —¡Cambió todo! El mundo latinoamericano actual es completamente distinto del que era en 1980. Cambió, por ejemplo, la apropiación creciente del marxismo por parte de grupos cristianos. En el año 1980 yo recién comenzaba a percibirlo. Hoy considero que la historia del marxismo en América latina durante los últimos 30 o 40 años tiene mucho que ver con la aparición de una corriente sociopolítica —yo la denomino cristianismo de la liberación— que utiliza el marxismo de manera muy decisiva. – —¿Registró esos cambios en la segunda edición que apareció en Brasil, en 1999? – —En la segunda edición actualizada incluí estos aspectos nuevos: la teología de la liberación, el Movimiento Sin Tierra (MST), los zapatistas, etcétera. Ahora estamos preparando una nueva edición que incorporará otros elementos. Hace un año fui a dar un curso a Brasil para cuadros del MST sobre el marxismo latinoamericano. Las personas que estaban allí, en su mayoría mujeres, me dijeron que les gustaba mucho mi curso, pero que tenía un defecto: no había mujeres en esa historia. Y yo tuve que autocriticarme. Ahora estoy preparando para la tercera edición la introducción de mujeres marxistas latinoamericanas, luchadoras y pensadoras, desde los años 30 hasta hoy. Uno siempre aprende con la gente de los movimientos sociales. – —En esa reconstrucción del marxismo latinoamericano usted destaca dos figuras: José Carlos Mariátegui y el Che Guevara. ¿Por qué los elige? – —Ellos encarnan los dos momentos más creativos del marxismo en América latina. Primero, la aparición del pensamiento marxista latinoamericano, el más creativo de esta historia. Mariátegui es su figura más original, innovadora y radical; planteó que el marxismo no debe ser aquí un calco y una copia de otras experiencias sino una creación heroica de los mismos latinoamericanos. Por eso, él hablaba de socialismo indoamericano. Afirmaba que el comunismo en América latina debe beber de la tradición del socialismo internacional, pero también de una tradición americana que proviene de la experiencia comunitaria indígena precolombina: las civilizaciones inca, maya, etcétera. El pensamiento de Mariátegui es de una originalidad increíble, de una creatividad inigualable. Debemos redescubrir a Mariátegui. Es el gran pensador de nuestra América hasta el día de hoy. – —¿Qué papel jugó la revolución cubana? – —Tras 25 años de predominio del stalinismo, con la revolución en Cuba vuelve a florecer el marxismo. El Che Guevara, que no es sólo "el guerrillero heroico" sino un pensador marxista de primera calidad, trató de reflexionar sobre la realidad latinoamericana: la importancia de las clases campesinas, la violencia en el conflicto social, la nueva subjetividad, el comunismo como una ética y también la búsqueda de un modelo de socialismo distinto de los países del Este. Al Che, la URSS le parecía muy discutible y la criticaba. A través de esa búsqueda de un modelo alternativo de socialismo específicamente latinoamericano, también él hizo un gran aporte a esta historia. – —¿Se superó el obstáculo del eurocentrismo que durante muchos años impregnó a algunas corrientes marxistas? – —El eurocentrismo deja oír su eco en Europa y en los Estados Unidos (en los Estados Unidos bajo otra forma), pero dentro del marxismo europeo, el marxismo de las "metrópolis" capitalistas, también existió siempre una vertiente internacionalista identificada con las luchas del Tercer Mundo y defensora de las luchas antiimperialistas. Desde sus orígenes con Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, etcétera, el marxismo siempre tuvo esa impronta de universalidad. Pero hubo tendencias eurocentristas bastante importantes, incluso en América latina. – —¿Por ejemplo? – —Para el caso argentino, Juan B. Justo. No existe nada más eurocéntrico que esa socialdemocracia de carácter colonialista. Cuando habla de los indígenas, lo que aflora en Juan B. Justo es el espíritu colonialista. El creía que el desarrollo de la Argentina y de América latina entroncaría con el evolucionismo europeo; creía que ese desarrollo derivaba de la lucha de la "civilización" contra la "barbarie". Más tarde, con el auge del stalinismo, vuelven a aplicarse de modo mecanicista los modelos europeos, ahora soviéticos, para América latina. Hoy existen en América latina vertientes menores que siguen siendo eurocéntricas, pero no tan sistematizadas como la socialdemocracia y el stalinismo. La tentación continúa, pero no es predominante. Sin embargo, el marxismo más rico, como el de Mariátegui o el del Che Guevara, nada tiene que ver con ese eurocentrismo. – —¿Cuál será, desde su perspectiva, el marxismo del futuro? – —El marxismo del futuro dependerá de su capacidad para integrar el aporte de los movimientos sociales, enriqueciéndose y radicalizándose. Eso implica integrar el aporte de los movimientos de mujeres, de los movimientos indígenas y campesinos, de los movimientos negros y de la cuestión del medio ambiente y la ecología. Desde mi punto de vista, el despliegue futuro del marxismo latinoamericano se dará —de hecho ya se está dando— mediante la integración de esos elementos con el objetivo de la transformación revolucionaria. Publicado en Clarín 21 de enero de 2006

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Globocolonización

Frei Betto

La ONU divulgó un retrato estremecedor del mundo en que vivimos: el documento "La encrucijada de la desigualdad". Somos seis mil trescientos millones de habitantes en esta nave espacial llamada planeta Tierra. Apenas mil millones de ellos, ciudadanos de los países desarrollados, acaparan el 80% de la riqueza mundial.

La ONU divulgó un retrato estremecedor del mundo en que vivimos: el documento “The inequality predicament” (La encrucijada de la desigualdad). Somos seis mil trescientos millones de habitantes en esta nave espacial llamada planeta Tierra. Apenas mil millones de ellos, ciudadanos de los países desarrollados, acaparan el 80% de la riqueza mundial.

En las últimas cuatro décadas la renta per cápita de los países más ricos casi se triplicó. Entre los más pobres sólo creció un 25.94%. De 73 países con estadísticas confiables, entre 1950 y 1990 creció la desigualdad en 46 países, en 16 se mantuvo estable, y sólo se redujo en 9.

Imagine todos los bienes de consumo del mundo. Ahora piense que el 86% de ellos quedan en manos del 20% solamente de la población mundial. Y el 20% de los más pobres del mundo se reparten apenas el 1.3% de esos bienes.

El mundo está repartido en más o menos 240 naciones. Vea la diferencia entre los 20 países más ricos y los 20 más pobres. Los primeros usan el 74% de las líneas telefónicas, mientras los demás sólo el 1.5%. Los 20 más ricos consumen el 45% de la carne y del pescado ofrecido por el mercado, y los 20 más pobres apenas el 5%. En materia de energía, los 20 países más ricos consumen el 58%, en tanto que los 20 más pobres sólo el 4%. Respecto al papel, el 87% de la producción queda en los 20 países más ricos, y el 1% en los 20 más pobres.

En cuatro décadas la renta de los 20 países más ricos casi se triplicó: alcanzó en el 2002 el nivel de US$ 32,339 por persona. En los 20 países más pobres creció sólo el 26%, para llegar a los US$ 267.

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José-Amalia Villa se ha ido

Gregorio Morán

La Vanguardia, 04/02/200

La verdad es que no sé ni dónde nació. ¿En Madrid, en Gijón, en México, en Salamanca? Quizá en alguna de ellas porque eran las ciudades que siempre recordaba como vinculadas a su vida, de aquellas que tenía historias para contar y que aparecían difuminadas en una memoria en la que cada recuerdo era una muesca en carne viva. Para un puñado de gentes fue la representación de la coherencia, de la dignidad y de ese valor cívico que se ha ido achicando en el país conforme todos nos hicimos iguales o muy parecidos en el ejercicio de ventilación de la memoria. Seis personas la despedimos en un flamante cementerio de Madrid, La Paz, sarcástico nombre para incinerar a una persona que vivió en guerra con el destino, un lugar de esos donde la ciudad pierde su nombre, bordeando una carretera antaño frecuentada por cazadores de conejos, la de Colmenar. Un sitio apropiado para convertir en ceniza a una mujer que peleó por cambiar la vida con esa rara elegancia de los que están nimbados por la discreción. José-Amalia Villa fue una mezcla de símbolo y leyenda, o para mejor decir, primero fue leyenda, y el tiempo y la dignidad, que no suelen ir parejos, la fueron convirtiendo en símbolo. Pertenecía a una cofradía de ciudadanos insólitos, orgullosos de sí mismos en un sólo punto que los distinguía del común: habían pasado por todo y no eran alérgicos a nada, salvo a la estupidez. Un ejercicio de salud mental que tiene un costo demoledor en soledad y aislamiento. Había recorrido tantas cárceles, había aguantado tanta bobería con pretensiones universales, había conocido a tantos hijos de puta masculinos, femeninos y neutros, que con el tiempo y la sordera acentuada se rodeó de un blindaje humano hecho de carácter bronco, respuestas inequívocas y un desdén olímpico por todo lo que significara notoriedad y salseo. "Lo peor de las prisiones de mi época – me dijo un día- es que nunca estabas sola para poder llorar". Así que José-Amalia Villa tardó mucho en llorar y eso deja huella cuando la vida te ha dado tantos motivos para hacerlo. Lo consiguió en la de Segovia, prisión fría con notoriedad en tiempos donde no había recinto carcelario que no recordara al camposanto. Y fue gracias a una huelga de hambre, la primera que se recordaba en una cárcel de mujeres. Sucedió en 1949 y el hecho de que las recluyeran en celdas de castigo en condiciones infrahumanas se tradujo para ella en algo que nunca olvidaría; al fin estuvo sola para poder llorar sin que su dignidad se afectara. Lo afirmaba secamente con una frase muy suya: "No podía darles la satisfacción de verme llorar; ni a las carceleras ni a mis compañeras de celda". Y en verdad que tenía mucho que llorar. La detuvieron dos veces, lo suficiente. Se dio la particularidad, digna de la época, que fue su propio padre, un masón cobarde hasta la infamia, el que la denunció por su participación como enfermera en el ejército republicano. Voluntaria de excepción en tiempos en los que una señorita de buena familia como ella no se echaba al frente con un mosquete. La primera detención fue breve pero decisiva. La dejó dos secuelas que condicionaron su vida. La más evidente, la sordera. La manta de hostias que le aplicaron, en presencia de su padre, le provocaron perforación del tímpano. Tenía 21 años recién cumplidos. La casualidad hizo que en ese edificio – hoy museo y antaño centro de miserias, que se llamaba Dirección General de Seguridad, Puerta del Sol, kilómetro cero- compartiera celda con otra señora bien, que había estudiado en Salamanca con Unamuno, mal casada con un sobrino de Ángel Ganivet y que como él acabaría sus días en suicida. Se llamaba Matilde Landa y había vivido la Guerra Civil como compañera del italiano Vittorio Vidali, el legendario e inquietante Comandante Carlos de las Brigadas Internacionales, que moriría como respetado senador comunista en Trieste. El encuentro de José-Amalia con Matilde en la misma celda de la DGS marcará el resto de su vida. Convertida en un muñeco roto por las torturas y acuciada por la presión moral de estar detenida con una niña de apenas nueve años, Matilde Landa no tiene otra salida que confiar en su vecina de celda. No era difícil, José-Amalia Villa era de las que dejaban huella a primera vista. El caos de las últimas semanas de la Guerra Civil en Madrid, con el golpe de Casado y la incompetencia manifiesta de sus líderes, dejó al Partido Comunista en situación tan precaria que delegaron la secretaría general del Partido en Matilde Landa. Apenas si sobrevivió unos días en la clandestinidad imposible de aquel Madrid recién reconquistado. Y ahora estaba allí, contándole a una compañera de detención lo inmediato que debía hacer para informar que todo, es decir, lo poco que había, se había ido al demonio. José-Amalia Villa, esa muchacha que gustaba más de Mozart – ¡pobre, qué año te espera!- que de Beethoven, que leía a Romand Rolland y a Gorki, que le preocupaba la eternidad como a Unamuno, que admiraba al Ortega y Gasset anterior a la República, que hablaba francés de corrido, que tenía un padre masón y rico, y un hermano donjuán y socialista, se encuentra en el brete de tener que decidir si hacerse comunista. ¡Vaya escena! Dos mujeres jóvenes en una cochambrosa celda de la DGS metiéndose en la ciénaga sucia que deja la guerra y tratando de recuperar lo que ya está perdido para siempre. Allí se convirtió en militante José-Amalia Villa, y salió e hizo lo que había que hacer y pocos se atrevían. Y un buen día, perdonen el sarcasmo, se le acercó un tipo al parecer de mediana estatura y unos ojos vivos. Arrollador en su capacidad de atraer, de seducir y de mandar. Pasaría a la historia, es un decir, como Heriberto Quiñones, el personaje más ignorado y secreto de toda la historia del comunismo en España. Aún se desconoce su nombre verdadero y su origen, fuera de una supuesta procedencia de Besarabia, entonces territorio disputado entre Rumanía y la Rusia soviética. Lo único cierto es que se trataba de un hombre de la Komintern, la III Internacional Comunista, que había trabajado en Polonia, Francia, Sudamérica y España, donde se detecta su presencia a partir de 1931. Pasa por asturiano, con documentación impecablemente falsa. Será responsable del comunismo español en la clandestinidad durante el año 1941 y dejará una huella imborrable de talento político y de valor físico, porque no huyó, sino que asumió sus responsabilidades hasta el final. Un final atroz, torturado por la policía franquista, que solicitó la ayuda de la Gestapo y que le dejó con la columna vertebral quebrada. Lo fusilaron atado a una silla en las tapias del cementerio del Este, en Madrid, un día espantosamente frío junto a dos de sus ayudantes en la dirección del PCE, Luis Sendín y Ángel Cardín. Lo del día frío no es literatura. Lo recordaba José-Amalia Villa porque oyó los disparos desde la vecina cárcel de mujeres, entonces en Ventas, junto a la emblemática plaza de toros madrileña. Había vivido con él apenas nueve meses, los suficientes para una pasión tan acendrada que se mantendría durante toda la vida, con una fidelidad a su memoria que conmueve. Ella pasaría unos diez años de cárcel desde su detención en diciembre de 1941 y viviría otra escena que también marca: enterarse de que la dirección del Partido Comunista español, en el exilio, ha denunciado a Heriberto Quiñones como un agente inglés infiltrado.Lo conocían todos los dirigentes, lo habían tratado Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo y Fernando Claudín. Pero eran tiempos en los que lo mejor era buscar un chivo expiatorio, inventarse un traidor que cargara con tantos fracasos. En la misma cárcel de Segovia, donde lograría al fin estar sola y llorar, también le correspondería a José-Amalia Villa transcribir el documento en el que los tres líderes del comunismo español, Pasionaria, Carrillo y Claudín, acusaban a Heriberto Quiñones, el que había muerto con la columna destrozada gritando: "Viva la Internacional Comunista" , de "carroña infiltrada en el partido". Cuando José-Amalia salió de la cárcel siguió siendo la que era, y jamás quiso cruzar una palabra con aquella chusma que había sido capaz de quitarle a un valiente lo único que tenía, la dignidad de un revolucionario. Murió el jueves de la pasada semana, sola, como había vivido, atendida en sus cuidados por un puñado de amigos incombustibles. En los últimos meses de vida se fue despidiendo de todo; un buen restaurante, escogí Sacha y lo probó todo; un museo, y la volvieron a El Prado; un paisaje, y la llevaron al Guadarrama; una conversación, y estuvieron atentos a sus palabras. Ella hubiera querido morir antes, pero el destino no lo permitió. Hace ya veinte años le dediqué Miseria y grandeza del Partido Comunista de España y le puse unos versos de Luis Cernuda, como si fueran la joya que nunca hubiera aceptado de sus amigos: "Si renuncio a la vida es para hallarla luego, conforme a mi deseo, en tu memoria". Cuando nos vimos la última vez, hace unos días, me pidió dos cosas: que estuviera en su incineración y que no escribiera este artículo.

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¿Debemos Leer “El Capital” de Marx?

José Valenzuela Feijóo

Podemos suponer que en los comienzos del nuevo milenio, un hombre medianamente culto tendría que haber leído a Shakespeare, su Hamlet, su Macbeth o su Romeo y Julieta. También, que alguna vez leyó y recitó eso que escribiera el gran poeta:

“Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.”

O de lo que escribiera otro poeta, cuando empezaba a padecer el mal de la ceguera: “Esta penumbra es lenta y no duele; / fluye por un manso declive / y se parece a la eternidad. / Mis amigos no tienen cara, /las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, / las esquinas pueden ser otras, / no hay letras en las páginas de los libros./ Todo esto debería atemorizarme, / pero es una dulzura, un regreso.”

El primero fue comunista y nacido en el cono sur, hacia el lado del Pacífico: hablamos de Neruda. El segundo, también fue del cono sur, nacido en el lado opuesto, el del Atlántico, y fue también muy reaccionario: hablamos de Jorge Luis Borges.

De manera similar podemos y debemos suponer que se ha leído a Tolstoi, a Balzac, a Juan Rulfo, a Enrique Heine y a Bertold Brecht. Al Sartre de “Los caminos de la libertad” y de tantas obras teatrales memorables. Como bien se ha dicho, leer a estos autores va más allá del placer estético. También, nos permite profundizar en el conocimiento del ser humano, enriquecernos con esa experiencia de dolores y alegrías, infamias y noblezas.

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Los provocadores son gente sensible

Gregorio Morán

11/02/2006 No sé si somos conscientes de que estamos metidos en uno de los líos más graves desde 1914, cuando un descapotable rodaba amablemente una mañana de verano sobre uno de los coquetos puentes que jalonan el Miljacka a su paso por Sarajevo . Excelsa comitiva porque se trataba del viaje de bodas morganáticas del Príncipe Francisco-Fernando, heredero del imperio Austrohúngaro, interrumpido porque un chaval, estudiante de no sé qué llamado Gavrilo Princep, le descerrajó un par de tiros y lo destripo. El muchacho era un independentista serbio y los muertos principescos, un heredero y su señora, Sofía, duquesa Hohenburg; ambos un desastre de la postrera generación del reino de Kakania conocido como Austrohungría. Es posible que nadie derramara una lágrima por la pareja baleada. Da lo mismo, meses más tarde empezarían a llorar por turnos y luego a coro de millones. El incidente del puente sobre el río y el audaz muchacho con la pistola en ristre inauguraba una época, y al decir de muchos historiadores competentes, el siglo XX. Acababa de empezar la Primera Guerra Mundial. Recuerdo que cuando estuve en Sarajevo, durante el período en que la ciudad estaba sitiada y masacrada por los serbios, descendientes de aquel independentista simplón que fue Gavrilo Princep, el magnicida, busqué ansioso el Puente Latino donde empezó la historia. Estábamos en 1992, con la ciudad rodeada de francotiradores, serbios como Gavrilo, pero con fusiles de mira telescópica que te liquidaban como quien caza gamos, y Sarajevo era entonces ciudad de mayoría musulmana y bosnia, por más señas, y cuando yo preguntaba por el puente que había dado lugar a la Primera Gran Guerra de la humanidad, mis anfitriones musulmanes no entendían nada. No había ni siquiera una lápida para conmemorarlo; la habían retirado los bosnios porque homenajeaba a un serbio. Fleming Rose tiene 47 años y no sufre demasiado de las meninges pese a asumir la responsabilidad del suplemento cultural del diario Jyllands Posten. Es hombre de opiniones contundentes porque su experiencia de tres años como corresponsal danés en Washington le hace admirar Estados Unidos con pasión ferviente, igual que su otra experiencia en la Rusia soviética también de corresponsal, siete años, le convence de que los islamistas son lo mismo que los bolcheviques que él conoció; dogmáticos, fanáticos y poseedores de la verdad manipulada. A él se debe una iniciativa singular que sería la que iba a generar el comienzo de esta guerra que aún no sabemos a dónde va a llegar. En su condición de jefe de la sección cultural del diario danés se encontró ante un dilema que afectaba a su conciencia. Dinamarca es un país muy restrictivo en cuanto a la emigración – no llegan a doscientos mil los musulmanes en su territorio-, relajadamente pietista en su evangelismo protestante que tanto impresionó a nuestro Unamuno que se propuso estudiar danés para entender a quien él consideraba su alga gemela, aquel hirsuto e intratable Sören Kierkegaard. Lo que afectó a Fleming Rose en su conciencia de ciudadano libre de un país pequeño que le ha costado mucho sobrevivir ante los colosos que lo rodean, eran los tres o cuatro incidentes que demostraban el miedo que les entraba a las gentes de oficios artísticos cuando debían afrontar asuntos musulmanes. Un escritor de narraciones para niños no daba con ningún osado dibujante que ilustrara un cuento sobre Mahoma, una traductora del libro de la diputada holandesa Ayaan Hirsi Ali se negaba a poner su nombre en los títulos por temor a represalias… Una reunión de los redactores del suplemento cultural dio una pista de una audacia temeraria, por más que periodísticamente fuera impecable. Se trataba de pedir a los más notables ilustradores de Dinamarca un mono sobre Mahoma. De la solicitud que se hizo a 40 respondieron afirmativamente sólo 12, número con pretensión profética en el cristianismo, por aquello de los doce apóstoles. Y ahí empezó todo. De las caricaturas mahometanas he de decir, porque las he visto, que hay de todo; mientras que la denostada imagen del Profeta con turbante dinamitero carece de la más mínima gracia, hay una genial en la que Mahoma recibe en el cielo a un puñado de fundamentalistas y les advierte que el cupo de vírgenes se ha terminado; sarcástica respuesta humorística a las huríes prometidas por tantos imanes a quienes se inmolen en actos terroristas. El humor y la religión son literalmente incompatibles. En España, la única publicación capaz de superar cualquier barrera es la menos citada, me estoy refiriendo a esa revista insólita titulada El Jueves,que en un rasgo de humor memorable aparece los miércoles, y cuya sección ¡Dios mío! es un hallazgo para cualquier creyente desinformado. Fuera de eso no hay nada que juegue con esa goma-dos inmanejable que es el humor religioso. No hay que olvidar que estamos en un país, donde las revueltas se iniciaban quemando iglesias y conventos, cosa que parecen olvidar los sesudos comentaristas del liberalismo postfranquista. Las bestialidades a las que llegaron mis paisanos asturianos durante las revoluciones de 1934 o 36 sobre monjas, curas y edificios religiosos revelan una fijación obsesiva y patológica que sólo acababa con la exasperación de la muerte; no se trataba sólo de matar curas y monjas sino además de hacerlo de tal modo que fueran actos rituales de barbarie. Excuso decir lo que luego hicieron con los mineros supervivientes las gentes de orden y comunión diaria; bastaría decir que en la cuenca minera era habitual colgar de un gancho para el despiece del ganado a los detenidos, hasta que morían, como se hacía con las reses, sólo que a las vacas se las mataba antes y a los hombres se les colgaba vivos para que expiaran sus pecados. El fanatismo no distingue credos. El humor y la religión son incompatibles por naturaleza; porque a los cristianos les parece un exceso que los musulmanes se enerven por las representaciones chistosas del Profeta, pero saldrían a la calle si algún diario dibujara una felación de María Magdalena a Cristo, o como escribía un palestino, el acoplamiento de Jesús con Juan el Evangelista. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Nadie admite bromas sobre su religión, ¡porque es la verdadera!. No tiene ningún sentido, salvo el de la provocación, ponerse a orinar en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. En este terreno aún habitamos en la Edad Media y con gran contento de las jerarquías religiosas que apuntan sus mayores temores hacia el laicismo, no a cualquier competidor gremial. Lo laico puede matar el negocio, la fe lo renueva e incluso dinamiza el ejercicio de la competencia. Por eso no extraña que fuera el imán palestino Ahmed Abu Laban, un cínico de primer orden cuyas declaraciones muestran el doble lenguaje de estos tipos que afirman vivir para consagrarse a Dios y que son incitadores al odio entre los hombres. La raza de los Rouco, esa especie de individuos torvos hoy en plena expansión, que parece nacida para amenazar, chantajear y presionar con voz meliflua y apelaciones al amor que no cataron nunca. El imán Abu Laban, al que acogió Dinamarca y no precisamente como emigrante laboral, montó una manifestación que logró reunir a más de tres mil personas en Copenhague, pero no contento con eso e imbuido de la misión que el Profeta y los dioses en sesión plenaria le habrían encomendado, presionó a los embajadores árabes en Dinamarca que en número de 11 exigieron una rectificación al Gobierno, al periódico y hasta a la sociedad. Y como el asunto no funcionó y para ganarse aún más el cielo se desplazó a los países musulmanes e inició la cruzada al revés, menester nada difícil teniendo en cuenta que cualquier musulmán, cualquier árabe en general, tiene multitud de razones para rebelarse contra Occidente. De septiembre, que se reunieron los cerebros del suplemento cultural del Hyllands Posten,hasta esta segunda semana de febrero en que estamos al borde del colapso, han pasado cinco meses, y lo que habría que diferenciar, si a estas alturas es posible, es la desvergüenza de los regímenes criminales de los países árabes y la responsabilidad no menos criminal de las potencias occidentales que los sustentan. Con esa jeta de hormigón armado que utilizan los autoenviados de los dioses, ya sean católicos o mahometanos o del Septimo Día, el imán Abu Laban afirma que siente mucho la violencia que él ha promovido. A mí me remueve los interiores escuchar a los representantes religiosos, ya sean católicos o musulmanes, defender sus creencias como ofrenda de paz entre los hombres al tiempo que animan a la liquidación del adversario. En su condición de capellanes de la muerte su impostura debería ser desenmascarada. Ahora bien, no sé qué podemos hacer cuando los provocadores se han vuelto sensibles y aseguran que ellos no querían más que amor y comprensión. No es verdad que la profesión más vieja de la humanidad sea la prostitución, antes existieron los sacerdotes y fueron ellos los que predicaron que las prostitutas les habían precedido. La solución para estos nuevos profetas de la guerra santa está en hacer como que no ves lo que no debes ver, o lo que es lo mismo para el imán Abu Laban "si nos olvidamos de los profetas y de Dios al hacer caricaturas no perderemos nuestra libertad de expresión". Sería inútil recordarle a este imán y a muchos obispos, que si nos olvidáramos de muchas cosas volveríamos a tiempos oscuros donde no queremos volver por más que a ellos les gusten. Para estos tiempos de cuaresma laica, sobre la que volveremos, les sugiero que en vez de asaltar mezquitas, iglesias o embajadas, acérquense al quiosco más cercano y compren el último número de El Jueves. Exhibe una portada emblemática: "Íbamos a dibujar a Mahoma… ¡pero nos hemos cagao!". Eso sí, llévatelo a casa, porque en público la única risa socialmente admitida para asuntos de religión es la de la hiena.

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Qué pensó Marx sobre América latina

Néstor Kohan

Un libro reciente del mexicano Arturo Chavola comenta las ideas de Marx y los marxistas sobre Latinoamérica. Néstor Kohan hace aquí una lectura crítica de sus tesis; le objeta, sobre todo, no tener en cuenta las revisiones que el Marx maduro hizo a sus análisis de juentud. Además, una entrevista con el especialista Michael Löwy.

Ante su muerte, José Martí escribió: "Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles merece honor". Así le rendía tributo, sin ser marxista, una de las máximas plumas de América latina al fundador del socialismo revolucionario. No fue la única vez que el pensamiento insumiso se entrecruzó en América con la llama libertaria inaugurada por Marx. Durante los años 20, el peruano José Carlos Mariátegui se animó a recuperar el "comunismo incaico" como antecedente de las luchas socialistas. Treinta años más tarde, Fidel Castro identificó a Martí como "el autor intelectual" de la toma del cuartel Moncada que inicia la revolución cubana. Ernesto Che Guevara, estudiando con sus combatientes en Bolivia, leyó a Lenin entremezclado con las historias de Juana Azurduy. En los 70, sus discípulos más radicales de la insurgencia argentina eligieron la bandera del Ejército de los Andes de San Martín para representar su ideología guevarista. Inscribiéndose en esa dilatada herencia, Hugo Chávez desafía hoy a los EE.UU. reivindicando a Marx, Lenin, Trotsky, Mao, el Che y Rosa Luxemburgo abrazado a Simón Bolívar. ¿Cómo entender ese sincretismo latinoamericano, donde el judío alemán Karl Marx se viste de indígena, negro, mulato, cristiano revolucionario, campesino sin tierra o piquetero? ¿Es el marxismo parte central de la cultura de la rebelión latinoamericana o es una "ideología foránea", como acostumbraban vociferar los genocidas militares de 1976? A diferencia de los primeros inmigrantes europeos, que a fines del siglo XIX tradujeron y divulgaron algunas obras de Marx y Engels, los primeros marxistas latinoamericanos utilizaron sus categorías de un modo creador. Tenía razón el investigador italiano Antonio Melis cuando caracterizó a Mariátegui como "el primer marxista de América". El peruano no sólo citó a Marx. Apeló a su pensamiento para dilucidar el problema indígena, articulando la lucha anticapitalista, el antiimperialismo y el socialismo. Enfrentando tanto el populismo nacionalista de Víctor Raúl Haya de la Torre como el incipiente stalinismo de Victorio Codovilla, Mariátegui inauguró el marxismo latinoamericano. Tradición que, hasta hoy, se opone a los esquemas eurocéntricos y a los simulacros populistas que terminan reclamando, en nombre del "movimiento nacional", el apoyo de los trabajadores a fracciones de empresarios y banqueros. Entre los fundadores, Mariátegui es el más radical, original y audaz para descifrar incógnitas que Marx no había conocido. Pero no estuvo solo. En sus polémicas contra Haya de la Torre, Mariátegui estuvo acompañado por el joven marxista cubano Julio Antonio Mella. A ese brillante binomio podrían quizás agregarse otros dos nombres: el argentino Aníbal Norberto Ponce y el chileno Luis Emilio Recabarren. A este gran elenco le sucedió, durante 30 años, el eco de los esquemas mediocres implantados por Stalin en la Unión Soviética, donde Marx no era más que una caricatura. Recién con la revolución cubana y la hegemonía de Fidel Castro y el Che Guevara, el marxismo de este continente podrá sacudirse el polvo burocrático y dogmático de las Academias de Ciencias de la URSS. No es casual que en los 60 la revolución cubana recuperara el marxismo revolucionario de los 20 (antiimperialista y anticapitalista) y los escritos menos transitados de Marx. En especial, los artículos, cartas y manuscritos tardíos donde estudia el colonialismo y las sociedades periféricas y dependientes, revisando y superando las limitaciones eurocéntricas de juventud. Sobre este horizonte se inscriben investigaciones posteriores como El marxismo en América latina (1980) de Michael Löwy; Marx y América latina (1980) de José Aricó; Una lectura latinoamericana de "El Capital" de Marx (1988) de Alberto Parisi; El último Marx y la liberación latinoamericana (1990) de Enrique Dussel y De Marx al marxismo en América latina (1999) de Adolfo Sánchez Vázquez, entre otros. Más allá de los matices, estas obras coinciden en que, en su madurez, Marx revisa sus puntos de vista frente al problema del colonialismo, el mundo periférico y los pueblos sometidos a la dominación capitalista. Y llega a dos conclusiones. Primero, no hay "progreso" para los pueblos sojuzgados mientras sigan bajo la bota imperial. Inglaterra no sólo no hizo avanzar a la India colonial —como ingenuamente había esperado el joven Marx—: la hizo retroceder. Segundo, la historia no tiene un recorrido evolutivo por etapas. No hay un centro único (Europa occidental), del cual se irradiarían, escalón por escalón, sin saltarse ninguno, las diversas etapas del desarrollo histórico para todo el orbe. Estas dos conclusiones del Marx tardío son dinamita. Lo obligaron a repensar toda su concepción histórica y política. Están presentes, por ejemplo, en su correspondencia con Vera Zasulich y en otros escritos análogos. Apologista del imperio? Para los estudiosos serios constatar ese cambio de paradigma en los escritos de madurez ya constituye un lugar consensuado. Existe suficiente documentación empírica que lo prueba. Pero, a la hora de discutir a Marx, suele pasarse por alto el estudio riguroso de los documentos que hoy están al alcance de cualquier investigador. Marx sigue despertando pasiones encendidas. No es malo, siempre y cuando el ardor del corazón no nuble la vista. Tal es el caso de algunos ensayistas que, todavía hoy, se dejan llevar por su arrebato polémico. Por ejemplo, José Pablo Feinmann, en su libro Filosofía y Nación (escrito en plena euforia del populismo nacionalista entre 1970 y 1975, publicado en 1982 y reeditado en 1996) afirma con liviandad que Marx es "un pensador del imperio británico", un ingenuo apologista de la dominación colonial sobre los pueblos sometidos. Una lógica discursiva que comparte —pese a sus intenciones opuestas— el hoy neoliberal Juan José Sebreli, quien en El asedio a la modernidad (1992) caracteriza a Marx como un vulgar entusiasta de la expansión imperial. Algo que a Sebreli le servía, en los 90, para barnizar con jerga "filosófica" su apoyo a la derecha argentina y a las privatizaciones de la era menemista. Mucho más exquisito pero no menos superficial, Toni Negri en su celebrado Imperio (2000) termina aplaudiendo los escritos de Marx de 1853 sobre la dominación británica en la India. Le sirven para legitimar su actual apología de la globalización del capital, su defensa de la constitución europea, etcétera. Ni siquiera menciona la revisión que el propio Marx realizara al final de su vida de aquellos textos. Sea para rechazarlo, "defenderlo" o manipularlo, en estos casos se toma como axioma que Marx es un pensador eurocéntrico, modernista e ilustrado, y se dejan de lado sus incisivos textos tardíos, donde esa perspectiva es agudamente criticada. Después de todos ellos, ahora un académico mexicano se suma al coro de quienes quieren ver en Marx un acrítico partidario de la expansión imperial. Es el profesor Arturo Chavola, director del Instituto de Estética de la Universidad de Guadalajara, autor de La imagen de América en el marxismo (Prometeo, 2005). El libro de Chavola resulta un típico producto académico de esta época, donde el rechazo del marxismo se encubre con una terminología en apariencia neutral. Aunque su autor no lo aclara, está escrito para rendir examen en la Academia francesa. Esto tiñe muchas de sus conclusiones, de mal disimulada antipatía por el marxismo. Toda la bibliografía se cita en francés, aun cuando el idioma de Marx es el alemán y el del autor, el castellano. Hasta se citan en francés libros que sólo han sido editados en la Argentina o México, como los de Pasado y Presente. Como Feinmann, Sebreli o Negri, Chavola insiste con que Marx es un europeo que aplaude la dominación de las colonias y no entiende nada de los pueblos oprimidos. Pero mucha agua ha corrido bajo el puente. Al menos este profesor mexicano no desconoce algunos escritos tardíos de Marx. Sólo que en lugar de registrar el notable cambio de mirada del último Marx, ve en ellos la confirmación de los textos juveniles. Desconociendo la revisión que Marx emprende a partir de la creación de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), Chavola vuelve a dibujar un Marx iluminista, determinista, eurocéntrico y apologista de la burguesía europea. Y decreta cómodamente la inutilidad del marxismo para América latina. No conforme con esto, condena en forma tajante el "desarrollo nefasto" (sic) que produjo el marxismo en América. Lo curioso es que el autor reconoce explícitamente "no haber estudiado" las opiniones marxistas que han defendido las culturas latinoamericanas ni los documentos de la Internacional Comunista y sus repercusiones en este continente. ¿La ignorancia otorga derecho? Es incuestionable que el debate sobre la herencia de Marx no está saldado en América latina. Contribuyeron a que ahora haya resurgido el interés, entre otros, el Movimiento Sin Tierra, la teología de la liberación, el zapatismo, las rebeliones contra el neoliberalismo y los foros sociales mundiales. Superadas las secuelas que produjo la derrota de la revolución sandinista en los 90, la discusión sobre Marx ha regresado al centro de la escena. ¿Cómo será el marxismo del siglo XXI? Este interrogante y sus desafíos siguen abiertos. Es muy probable que la respuesta no venga de los papers académicos. N. Kohan es autor de Marx en su (Tercer) mundo y El Capital: Historia y método.

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Homenajes a Albert Soboul

Biografía

Soboul en la historia

El historiador Claude Mazauric firma una biografía científica del eminente investigador de la Revolución francesa, intelectual internacionalmente respetado. Un historiador en su tiempo. Ensayo de biografía intelectual y moral de Albert Soboul (1914-1982), seguido por las Entrevistas de Albert Soboul con Raymond Huard y Marie-Josèphe Naudin, por Claude Mazauric, prefacio de Hubert Delpont. Ediciones de Albret, Nérac, 2004, 256 páginas, 20 euros (*).

He aquí un libro que viene a punto, más de veinte años después de la desaparición del que fue y sigue siendo el faro de la historiografía de la Revolución francesa en el curso de la segunda mitad del siglo XX – el plazo que asegura la distancia necesaria para un análisis científico. Nadie mejor que Claude Mazauric, su discípulo y amigo entre los más fieles y más próximos, podía escribir lo que el subtítulo de la obra expresa perfectamente : Un ensayo de biografía intelectual y moral de Albert Soboul, con la ayuda de una documentación cuyas pruebas son publicadas en anexo, así como de notas y de memorias personales tan abundantes como precisas.

Guiado por tal compañero, el lector sigue al maestro – a quien le gustaba hacerse llamar "Mario" por sus íntimos-, los primeros tiempos de su vida argelina y en el Ardéche hasta las últimas semanas del verano de 1982. Los empeños y el destino de Soboul han sido marcados sin duda profundamente tanto por sus orígenes como por su infancia y su primera juventud. Naciendo de un padre que ha dejó algunos campos áridos en el Vivarais para hacerse colono de un pequeño dominio al otro lado del Mediterráneo, antes de ser matado cerca de Arras en noviembre de 1914, algunos meses después del nacimiento de su hijo Albert, éste sigue a su madre, de origen ardechés, en Argel, en el barrio Belcourt donde, siendo joven, él " descubre los comportamientos racistas y la brutalidad de las relaciones coloniales ". A consecuencia de la defunción de su madre con sólo ocho años, vuelve con su mayor hermana a la metrópolis, donde se hace cargo de la educación de ambos huérfanos la hermana de su padre, María, que desempeñó un papel fundamental en la formación intelectual y cultural del joven Soboul. Debido a sus aptitudes y gracias a las becas de la III República, esta joven mujer se hizo profesor, luego directora de la escuela normal de muchachas de Nîmes. Es en esta ciudad, en el liceo Alphonse-Daudet, que su sobrino, huérfano de guerra, prosigue sus estudios secundarios que le conducen luego en los cursos de dos años de preparación de Montpellier, luego del liceo Louis-le-Grand en París. Y muy más allá… Pero, además de la posibilidad ofrecida a su sobrino de seguir tales estudios universitarios, María Soboul le transmitió los valores republicanos, caros por su familia y por su medio profesional.

Es, no obstante, en París, dónde se encuentra a partir de 1932, dónde Albert Soboul se vuelve comunista, después de un proceso que él mismo describe en uno de las entrevistas publicadas en este libro. Se adhiere al PCF en 1939, y continuará fiel a este empeño hasta su último soplo; ¡ cosa poco común entre los intelectuales! Claude Mazauric ilumina muy bien el sentido y las ansias de tal fidelidad: " Adherente del PCF antes de la guerra, Soboul continuará su fidelidad al partido por encima desilusiones, inicios de disidencia, crisis y recuperaciones, hasta su muerte en 1982, en ningún momento desanimado para explicar las razones profundas de este empeño jamás renegado y quien, en valor de ejemplo, profundamente marcó a muchos de sus alumnos y discípulos. " Es verdad que jamás ejerció responsabilidades políticas ni administrativas, a pesar de las proposiciones que le han sido hechas en diversas ocasiones debido a su actitud y debido a su acción en la Resistencia y más tarde.

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Totalitarismo, triste historia de un no-concepto

Vladimiro Giacché

Al igual que la guerra de Bush, también el léxico ideológico contemporáneo esta animado por la lucha entre el Bien y el Mal. Una lucha sangrienta que ve contrapuestos a nuestros aliados, el “Mercado”, la “Democracia” y la “Seguridad”, a dos enemigos mortales: el “Terrorismo”, y el “Totalitarismo” –entre ellos cómplices-, y cada vez menos distinguibles el uno del otro. Como es lógico, la execración general circunda estas dos tristes figuras. El apelativo de “Totalitario”, en particular, está decididamente entre los insultos más en boga. De “comportamiento totalitario” ha sido recientemente acusado el ministro brasileño de cultura Gilberto Gil de Caetano Veloso, en el curso de una polémica sobre la distribución de los fondos públicos. “Típica de un estado totalitario” es según Vittorio Feltri la (sacrosanta) decisión de Rifondazione Comunista de expulsar a un concejal que primero ha defendido el derecho de Di Canio (futbolista del Lazio) a hacer el saludo fascista, y después lo ha imitado a beneficio del fotógrafo de un periódico local. Y “totalitario” es, obviamente, también, todo opositor de Berlusconi que sea sorprendido pronunciando con tono de reproche las tres palabras “conflicto de intereses”. Se trata de usos grotescos del término, pero, a su modo, significativos.

Aún más significativo es el uso del término por parte del ex director de la CIA, James Woolsey: el cual ha recientemente afirmado que “una misma guerra”, contrapone hoy a los Estados Unidos a “tres movimientos totalitarios, un poco como ocurría en el segundo conflicto mundial”. Los tres “movimientos totalitarios” estarían representados por el baasismo (sunnitas iraquíes y Siria), por los “chiitas islamistas jihadistas” (apoyados por Irán y ligados al Hezbollah libanés) y por los “islamistas jihadistas de matriz sunnita” (o sea “los grupos terroristas como Al Qaeda”) (entrevista “Borsa & Finanza”, 05-11-2005). Una duda surge espontáneamente: ¿qué diablos tienen en común hoy un nacionalista árabe laico, un fundamentalista islámico chiita y uno sunnita?.

Prácticamente nada. Excepto una cosa: el hecho de oponerse a los Estados Unidos.

“Totalitario”, en definitiva, es quién se opone a Occidente, y más precisamente a los Estados Unidos de América. Nada nuevo, realmente las cosas están así desde hace más de 50 años. La fortuna del concepto de “totalitarismo” nace de hecho en la inmediata posguerra mundial, y se explica con la necesidad política de unir a los regímenes comunistas, que representaban entonces el nuevo Enemigo de Occidente, al régimen nazi apenas derrotado. A posteriori, no podemos más que constatar el pleno éxito de esta operación. Aunque, sin embargo, ha conocido diversas fases.

Fase 1: “nazismo=estalinismo” (H.Arendt)

La fortuna de esta identificación se debe en buena parte al libro Los Orígenes del Totalitarismo (Einaudi, Torino 2004) de Hannah Arendt. En este libro, aparecido en primera edición en 1951, la Arendt identifica los “sistemas nazi y estaliniano” como dos “variaciones del mismo modelo” político: un modelo que tiende al “dominio total” sobre las personas, y al “dominio global” a nivel planetario (cap. LXIV y LXI, 539,569). Los elementos esenciales del totalitarismo son la “ideología”, entendida como una clave absoluta de comprensión de la historia (racista en el primer caso, “clasista” en el segundo), el “terror” (verdadera”esencia del poder totalitario”, que golpea no solo a los opositores, sino también a los “inocentes”), y el “partido único” (curiosamente, la Arendt no cita en cambio el poder absoluto de un jefe).

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El Republicanismo, una Tradición Política Histórica

-A propósito del 14 de abril, día de la República-

PRESENTACIÓN a cargo de Joaquín Miras Albarrán coordinador del monográfico

La presente colección de textos apareció en el número del mes de abril de la revista El Viejo Topo. Su propósito es dar razón de los fundamentos intelectuales, históricos, del pensamiento republicanista. Los autores de los textos que vienen a continuación creemos que esta tarea resulta inaplazable, porque el republicanismo se ha convertido en un concepto de moda y uso para tantos antiguos entusiastas acérrimos del liberalismo, que, tras el agotamiento ideológico y el descrédito de este pensamiento, como consecuencia de los catastróficos resultados consiguientes a su aplicación desde los años 70 –aún no su derrota política-, buscan cómo acomodar en otros odres los mismos mostos.

El republicanismo no es un pensamiento abstracto, que se postula a partir de la definición de teoremas sobre la justicia, la libertad, etc., traídos a la luz por actuales geómetras de las ciencias políticas. El republicanismo, como podrá comprobar el lector, es una tradición histórica de pensamiento, originaria del Mediterráneo clásico -Grecia, Roma- que se articula en torno a conceptos nacidos de las luchas sociales en ese momento, y que, a lo largo del tiempo, en diversos contextos genéticos concretos, desde los problemas históricos propios de cada uno, han dado origen a diversas opiniones públicas deliberativas, han ido inspirando distintos movimientos políticos. Los tres conceptos, históricos, matriciales del republicanismo son, en primer lugar, el de la Libertad republicana, esto es, entendida como no dominación del individuo por parte de ningún otro individuo, lo cual implica la independencia económica como base previa irrenunciable. En segundo lugar, la comunidad social como asunto público, político, prioritario –res publica- para todos los ciudadanos, pues de él depende la suerte de cada individuo, y las posibilidades de su autodesarrollo o autodeterminación individual. En tercer lugar, la soberanía política entendida como exigencia plena de participación por parte de la ciudadanía, sin delegación, en la deliberación política y en la elaboración de las leyes.

Este conjunto de ideas, de origen histórico, se ha transformado, a lo largo de la propia historia, en una tradición de pensamiento, al convertirse en núcleo de pensamiento inspirador de diversos filosofares praxeológicos internos a los diversos movimientos cívico políticos que se han inspirado en él.

Los diversos textos que componen este monográfico desarrollan las ideas que hemos resumido en esta presentación.

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