Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Muros

Eduardo Galeano

Altercom*       25 de abril de 2006       

El Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro…      Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros han brotado, siguen brotando, en el mundo, y aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada.     

Poco se habla del muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla.     

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Barbarie y modernidad en el siglo XX

Michael Löwy

La palabra "bárbaro" es de origen griego. Ella designaba, en la Antigüedad, a las naciones no griegas, consideradas primitivas, incultas, atrasadas y violentas. La oposición entre civilización y barbarie es, entonces, antigua. La misma encuentra una nueva legitimidad en la filosofía de los iluministas y será heredada por la izquierda. El término "barbarie" tiene, según el diccionario, dos significados distintos, pero relacionados: "falta de civilización" y "crueldad del bárbaro". La historia del siglo XX nos obliga a disociar esas dos acepciones y a reflexionar sobre el concepto -aparentemente contradictorio, más de hecho perfectamente coherente- de "barbarie civilizada". ¿En qué consiste el "proceso civilizatorio"? Como bien demostró Norberto Elias, uno de sus aspectos más importantes es que la violencia no es ejercida de manera espontánea, irracional y emocional por los individuos, sino que es monopolizada y centralizada por el Estado, más precisamente por las fuerzas armadas y la policía. Gracias al proceso civilizador, las emociones son controladas, el camino de la sociedad es pacificado y la coerción física queda concentrada en las manos del poder político. Lo que Elias parece no haber percibido es el reverso de esa brillante moneda: el formidable potencial de violencia acumulado por el Estado que, inspirado por una filosofía optimista del progreso, todavía podía escribir en 1939: "comparada con el furor del combate abisinio (…) o de aquellas tribus de la época de las grandes migraciones, la agresividad de las naciones más belicosas del mundo civilizado parece moderada (…), ella sólo se manifiesta en su fuerza brutal y sin límites en sueños y en algunos fenómenos que nosotros calificamos de ‘patológicos’".1 Algunos meses después de que esas líneas fueron escritas, comenzaba una guerra entre naciones "civilizadas" cuya "fuerza brutal y sin límites" es simplemente imposible de comparar con el pobre "furor" de los combatientes etíopes: tamaña es la desproporción. El lado siniestro del "proceso civilizador" y de la monopolización estatal de la violencia se manifestó en toda su terrible potencia. Si nos referimos al segundo sentido de la palabra "bárbaro" -actos crueles, inhumanos, la producción deliberada de sufrimiento y de muerte deliberada de no combatientes (en particular, niños)-, ningún siglo de la historia conoce manifestaciones de barbarie tan extensas, tan masivas y tan sistemáticas como el siglo XX. Ciertamente, la historia humana es rica en actos de barbarie, cometidos tanto por las naciones "civilizadas" como por las tribus "salvajes". La historia moderna, después de la conquista de América, parece una sucesión de actos de ese género: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de negros, las guerras coloniales. Se trata de una barbarie "civilizada", esto es, conducida por los imperios coloniales económicamente más avanzados, acumulación del capital.2 En El Capital, Karl Marx era uno de los críticos más feroces de esos tipos de prácticas maléficas y destructoras de la modernidad, que para él están asociadas a las necesidades de acumulación capitalista. Especialmente en el capítulo sobre la acumulación primitiva, se encuentra una crítica radical de los horrores de la expansión colonial: la esclavitud o el exterminio de los indígenas, las guerras de conquista o el tráfico de negros. Esas "barbaries y atrocidades execrables" -que, según Marx, citado de modo favorable por M. W. Howitt, no tienen paralelo en cualquier otra era de la historia universal, en ninguna raza por más salvaje, grosera , impiadosa y sin pudor que ella haya sido"- no fueron simplemente interpretadas como ganancias y pérdidas del progreso histórico, sino debidamente denunciadas como una "infamia".3 Considerando algunas de las manifestaciones más siniestras del capitalismo, como las leyes de los pobres o los worhouses – esas "fortalezas de obreros"-, Marx escribe en 1847 este pasaje sorprendente y profético, que parece anunciar a la Escuela de Frankfurt: "La barbarie reaparece, pero esta vez ella es engendrada en el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella. Es una barbarie leprosa, la barbarie como la lepra de la civilización". 4 Pero con el siglo XX, un límite es transgredido y se pasa a un nivel superior; la diferencia es cualitativa. Se trata de una barbarie específicamente moderna, del punto de vista de su etos, de su ideología, de sus medios y su estructura. Más adelante, volveremos a ese punto. La Primera Guerra Mundial inauguró esa nueva fase de barbarie civilizada. Dos autores, los primeros, dieron la señal de alarma en 1914: Rosa Luxemburgo y Franz Kafka. A pesar de sus evidentes diferencias, tienen en común el hecho de haber tenido la intuición -cada uno a su manera- de que en el curso de aquella guerra estaba por constituirse algo sin precedentes. Al usar una frase del orden "socialismo o barbarie", Rosa Luxemburgo en La crisis de la socialdemocracia, en 1915 (firmada con el seudónimo "Junius"), rompe con la concepción -de origen burguesa pero adoptada por la Segunda Internacional- de la historia como progreso irresistible, inevitable, "garantizado" por leyes "objetivas" del desenvolvimiento económico o de la evolución social. Esta frase está sugerida en ciertos textos de Marx o de Engels, pero es Rosa Luxemburgo quien le da esa formulación explícita y elaborada que implica una percepción de la historia como un proceso abierto, como una serie de "bifurcaciones" donde el "factor subjetivo" -conciencia, organización, iniciativa- de los oprimidos se torna decisivo. No se trata más de esperar que el fruto "madure", según las "leyes naturales" de la economía o de la historia, sino de actuar antes de que sea demasiado tarde. El otro término de la alternativa es un siniestro peligro: la barbarie. En un primer momento, ella parece considerar una "recaída en la barbarie" como "la aniquilación de la civilización", una decadencia análoga a aquella de la Roma antigua5. Pero luego se da cuenta de que no se trata de un "regresión" imposible a un pasado tribal, primitivo o "salvaje", sino más bien de una barbarie eminentemente moderna, de la cual la Primera Guerra Mundial brinda un ejemplo sorprendente, mucho peor en su asesina inhumanidad que las prácticas guerreras de los conquistadores "bárbaros" de fines del Imperio Romano. Jamás en el pasado tecnologías tan modernas -los tanques, los gases tóxicos, la aviación militar- habían sido colocadas al servicio de una política imperialista de masacre y agresión en una escala tan inmensa. Las intuiciones de Kafka son de una naturaleza totalmente diferente. Es bajo una forma literaria e imaginaria como él describe la nueva barbarie. Se trata de una novela titulada La colonia penal: en una colonia francesa, un soldado "indígena" es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la quintaesencia de lo arbitrario: "la culpabilidad no debe ser jamás colocada en duda". Su ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina de tortura que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que lo atraviesan la frase "Honra a tus superiores". El personaje central de la novela no es un viajero que observa los acontecimientos con una hostilidad muda, ni el prisionero que no reacciona de ninguna forma, ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la colonia. Es la misma máquina. Todo el relato gira en torno de ese siniestro aparato (Apparat), que parece más y más, en el curso de la detallada explicación que el oficial brinda al viajero, como un fin en sí mismo. El aparato no está allí para ejecutar al hombre sino al contrario, el hombre está para la máquina, para proporcionarle un cuerpo sobre el cual ella pueda escribir su estética obra maestra, su sangrienta inscripción ilustrada con "muchos adornos floridos". El oficial mismo es apenas un servidor de la Máquina y, finalmente, él también se sacrifica a ese insaciable Moloch6. ¿En qué "máquina de poder" bárbara, en que "aparato de autoridad" sacrificador de vidas humanas pensaba Kafka? La colonia penal fue escrita en octubre de 1914, tres meses después de la eclosión de la gran guerra. Hay pocos textos en la literatura universal que presentan de manera tan penetrante la lógica mortífera de la barbarie moderna como un mecanismo impersonal. Esos presentimientos parecen perderse en los años de posguerra. Walter Benjamin es uno de esos raros pensadores marxistas que entiende que el progreso técnico e industrial puede ser portador de catástrofes sin precedentes. De ahí proviene su pesimismo no fatalista, pero sí activo y revolucionario. En un artículo de 1929, él definía la política revolucionaria como "la organización del pesimismo", un pesimismo en todas las líneas: desconfianza en cuanto al destino de la libertad, desconfianza en cuanto al destino del pueblo europeo. Y añade irónicamente: "confianza ilimitada solamente en IG Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe".7 Ahora bien, el mismo Benjamin, el más pesimista de todos, no podía adivinar hasta qué punto esas dos instituciones iban a mostrar, algunos años más tarde, la capacidad maléfica y destructiva de la modernidad.8 Puede definirse como propiamente moderna la barbarie que presenta las siguientes características: Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del homicidio. Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta. Impersonalidad de la masacre. Poblaciones enteras -hombre y mujeres, niños y ancianos- son "eliminadas" con el menor contacto personal posible entre quien es el que toma la decisión y las víctimas. Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, "racional" (en términos instrumentales) de los actos de barbarie. Ideología legitimadora de tipo moderno: "biológica", "higiénica", "científica" (no religiosa ni tradicionalista). Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX no son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc., asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas. Las cuatro masacres que encarnan de manera más acabada la modernidad de la barbarie son el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba atómica en Hiroshima, el Gulag estalinista y la guerra norteamericana en Vietnam. Los dos primeros son probablemente los más integralmente modernos: la cámara de gas de los nazis y la muerte atómica norteamericana contienen prácticamente todos los ingredientes da la barbarie tecnoburocrática moderna. Auschwitz representa la modernidad no solamente por su estructura de fábrica de muerte, científicamente organizada y que utiliza las técnicas más eficaces: el genocidio de judíos y gitanos es también, como observa el sociólogo Zygmunt Bauman, un producto típico de la cultura racional burocrática, que elimina de las gestión administrativa toda interferencia moral. Es, desde este punto de vista, uno de los posibles resultados del proceso civilizador en cuanto a racionalización y centralización de la violencia y como producto social de indiferencia moral. "Como toda otra acción conducida de manera moderna -racional, planificada, científicamente informada, dirigida de forma eficaz y coordinada- el Holocausto dejó atrás todos sus pretendidos equivalentes premodernos, revelándolos en comparación como primitivos, antieconómicos e ineficaces… Se eleva muy por encima de los episodios de genocidios del pasado, de la misma forma que la fábrica industrial moderna está muy por encima de la oficina artesanal".9 La ideología legitimadora del genocidio es también de tipo moderno, seudocientífico, biológico, antropométrico, eugenista. La utilización obsesiva de fórmulas seudomédicas es la característica del discurso antisemita de los dirigentes nazis, lo cual puede ser notado en sus conversaciones privadas. En una carta a Himmler en 1942, Adolfo Hitler insistía: "La batalla en la cual estamos comprometidos hoy es del mismo tipo que la batalla liderada en el siglo pasado por Pasteur y Koch. Cuántas dolencias tuvieron su origen en el virus judío… Nosotros no encontraremos nuestra salud sin eliminar a los judíos".10 En su notable ensayo sobre Auschwitz11, Enzo Traverso destaca, con palabras sobrias, precisas y lúcidas, el contexto del genocidio. No se trata de una simple "resistencia irracional a la modernización" ni de un residuo de antigua barbarie, sino de una manifestación patológica de la modernidad, del rostro escondido, infernal, de la civilización occidental, de una barbarie industrial, tecnológica, "racional" (del punto de vista instrumental). Tanto la motivación decisiva del genocidio -una biología racial- como sus formas de realización -las cámaras de gas- eran perfectamente modernas. Si la racionalidad instrumental no basta para explicar Auschwitz, ella es su condición necesaria e indispensable. En los medios de exterminio nazis, se encuentra una combinación de diferentes instituciones típicas de la modernidad: al mismo tiempo, la prisión descripta por Foucalt, la fábrica capitalista de la cual hablaba Marx, "la organización científica del trabajo", de Taylor, la administración racional/burocrática según Max Weber. Este último había intuido, de manera muy convincente, la transformación de la razón occidental en fuerza destructiva. Su análisis de la burocracia como máquina "deshumanizada", impersonal, sin amor ni pasión, indiferente a todo aquello que no es su tarea jerárquica, es esencial para comprender la lógica reificada de los campos de la muerte. Eso vale también para la fábrica capitalista, que estaba presente en Auschwitz, al mismo tiempo que en las oficinas de trabajo esclavo de la empresa IG Farben y en las cámaras de gas, lugares de producción de asesinados "en cadena". Pero la "solución final" es irreductible a toda lógica económica: la muerte no es una mercancía ni una fuente de lucro. Traverso critica, de manera muy convincente, las interpretaciones -inspiradas, en un grado u otro, por la ideología del progreso- del nazismo y del genocidio como producto de la historia del irracionalismo alemán (George Lucács), de una "salida" de Alemania por fuera de la cuna occidental (Jürgen Habermas) o de un movimiento de "descivilización" (Entzivilisierung) inspirado por una ideología "preindustrial" (Norbert Elias). Si el proceso civilizatorio significa, ante todo, la monopolización por el Estado de la violencia -como lo muestran, después de Hobbes, tanto Weber como Elias-, es necesario reconocer que la violencia del Estado está en el origen de todos los genocidios del siglo XX. Auschwitz no representa una "regresión" en dirección al pasado, a una edad bárbara primordial, pero es realmente uno de las caras posibles de la civilización industrial occidental. Constituye al mismo tiempo una ruptura con la herencia humanista e universalista de los Iluministas y un ejemplo terrible de las potencialidades negativas y destructivas de nuestra civilización. Si el exterminio de los judíos por el Tercer Reich es comparable con otros actos bárbaros, no por eso deja de ser un evento singular. Es necesario rechazar las interpretaciones que eliminan las diferencias entre Auschwitz y los campos soviéticos, las masacres coloniales o los progroms, etc.12 El crimen de guerra que tiene más afinidades con Auschwitz es Hiroshima, como comprendieron tan bien Günther Anders y Dwight MacDonald: en los dos casos, se delega la tarea a una máquina de muerte formidablemente moderna, tecnológica y "racional". Pero las diferencias son fundamentales. Inicialmente, las autoridades americanas no tuvieron jamás como objetivo -como aquellas del Tercer Reich- realizar el genocidio de toda una población: en el caso de las ciudades japonesas, la masacre no era, como en los campos nazis, un fin en sí mismo, sino un simple "medio" para alcanzar objetivos políticos. El objetivo de la bomba atómica no era el exterminio de la población japonesa como fin autónomo. Se trataba, sobre todo, de acelerar el fin de la guerra y demostrar la supremacía militar norteamericana frente a la Unión Soviética. En un informe secreto de mayo de 1945 al presidente Truman, el Target Comittee -o "Comité Blanco", compuesto por los generales Groves, Norstadt y el matemático Von Neuman- observa fríamente: "La muerte y la destrucción no solamente intimidarán a los japoneses sobrevivientes y los presionarán para aceptar la capitulación, sino también (como una ganancia extra) asustarán a la Unión Soviética. En síntesis, EU podría terminar más rápidamente la guerra y, al mismo tiempo, ayudar a moldear el mundo de posguerra" 13. Para obtener esos objetivos políticos, la ciencia y la tecnología más avanzada fueron utilizadas en centenares de miles de civiles inocentes; hombres, mujeres y niños fueron masacrados, sin hablar de la contaminación por las radiaciones nucleares de las generaciones futuras. Otra diferencia con Auschwitz es, sin duda, un número muy inferior de víctimas. Pero la comparación de las dos formas de barbarie burocráticomilitar es muy pertinente. Los propios dirigentes norteamericanos eran conscientes del paralelo con los crímenes nazis: en una conversación con Truman el 6 de junio de 1945, el secretario de Estado, Stimson, relataba sus sentimientos: "dije a Truman que estaba inquieto con ese aspecto de la guerra… porque yo no quería que los americanos ganaran la reputación de sobrepasar a Hitler en atrocidades" 14. En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de modernidad, tanto por la novedad científica y tecnológica representada por la bomba atómica, como por el carácter todavía más lejano, impersonal, puramente "técnico" del acto exterminador: presionar un botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear. En el contexto particular y aséptico de muerte atómica entregada por vía aérea, se dejaron atrás ciertas formas manifiestamente arcaicas del Tercer Reich, como las explosiones de crueldad, el sadismo y la furia asesina de los oficiales de la SS. Esa modernidad se encuentra en la cúpula norteamericana que toma -después de haber pesado cuidadosa y "racionalmente" los pros y las contras- la decisión de exterminar la población de Hiroshima y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo compuesto por científicos, generales, técnicos, funcionarios y políticos tan grises como Harry Truman, en contraste con los accesos de odio irracional de Adolfo Hitler y sus fanáticos. En el curso de los debates que precedieron a la decisión de lanzar la bomba, ciertos oficiales, como el general Marshall, manifestaron sus reservas, en la medida en que ellos defendían el antiguo código militar, o sea, una concepción tradicional de la guerra que no admitía la masacre intencional de civiles. Estos oficiales fueron derrotados por un nuevo punto de vista, más "moderno", fascinado por la novedad científica y técnica del arma atómica, un punto de vista que no tenía nada que ver con códigos militares arcaicos y que no se interesaba sino por el cálculo de ganancias y pérdidas, esto es, en criterios de eficacia político-militar15. Sería necesario agregar que un cierto número de científicos que habían participado, por convicción antifascista, en los trabajos de preparación del arma atómica, protestaron contra la utilización de sus descubrimientos sobre la población civil de las ciudades japonesas. Una palabra sobre el Gulag estalinista: si bien tiene mucho en común con Auschwitz -campos de concentración, régimen totalitario, millones de víctimas-, se distingue por el hecho de que el objetivo de los campos soviéticos no era el exterminio de los prisioneros sino su explotación brutal como fuerza de trabajo esclava. En otras palabras puede compararse Kolyma y Buchenwald, pero no Gulag y Treblinka. Ninguna contabilidad macabra -como aquella fabricada por Stéphane Courtios y otros anticomunistas profesionales- puede negar esa diferencia. El Gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que estaba burocráticamente administrado por un Estado totalitario y colocado al servicio de proyectos estalinistas faraónicos de "modernización" económica de la Unión Soviética. Pero se caracteriza también por trazos más "primitivos": corrupción, ineficacia, arbitrariedad, "irracionalidad". Por esta razón, se sitúa en un grado de modernidad inferior al sistema de campos de concentración del Tercer Reich. En fin, la guerra estadunidense en Vietnam, el atroz número de víctimas exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones colectivas constituye, en varios aspectos, una interveción extremadamente moderna: fundada sobre una planificación "racional" -con la utilización de computadoras y de un ejército de especialistas-, moviliza un armamento muy sofisticado, usando tecnología de punta del progreso técnico de los años sesenta-setenta: napalm, herbicidas, bombas de fragmentación, etcétera. 16 Esa guerra no fue un conflicto colonial como los otros: basta recordar que la cantidad de bombas y explosivos lanzados sobre el Vietnam fue superior a la utilizada por todos los beligerantes durante la Segunda Guerra Mundial. Como en el caso de Hiroshima, la masacre no era un objetivo en sí, sino un medio político y, si bien la cifra de muertos es muy superior a la de las dos ciudades japonesas, no se encuentra en Vietnam aquella perfección de modernidad técnica e impersonal, aquella abstracción científica de la muerte que caracteriza a la muerte atómica.17 La naturaleza contradictoria del "progreso" y de la "civilización" moderna se encuentra en el corazón de las reflexiones de la Escuela de Frankfurt. En La Dialéctica del Iluminismo (1944), Adorno y Horkheimer constatan la tendencia de la racionalidad instrumental a transformarse en locura asesina: la "luminosidad helada" de la razón proyectista "acarrea la simiente de la barbarie". En una nota redactada en 1945 para Minima Moralia, Adorno utiliza la expresión "progreso regresivo" tratando de dar cuenta de la naturaleza paradojal de la civilización moderna.18 Entretanto, esas expresiones también son tributarias, a pesar de todo, de la filosofía del progreso. En verdad, Auschwitz e Hiroshima no constituyen para nada una "regresión a la barbarie" o, por lo mismo, una "regresión": no hay nada en el pasado que sea comparable a la producción industrial, científica, anónima y racionalmente administrada de la muerte en nuestra época. Basta comparar Auschwitz e Hiroshima con las prácticas guerreras de las tribus bárbaras del siglo IV para darse cuenta de que no tienen nada en común: la diferencia no es solamente de escala, sino de naturaleza. ¿Es posible comparar las prácticas más "feroces" de los "salvajes" (muerte ritual del prisionera de guerra, canibalismo, reducción de cabezas, etcétera) con una cámara de gas o una bomba atómica? Son fenómenos enteramente nuevos, que no serían posibles fuera del siglo XX. Las atrocidades en masa, tecnológicamente perfeccionadas y burocráticamente organizadas, pertenecen únicamente a nuestra civilización industrial avanzada. Auschwitz e Hiroshima no constituyen "regresiones": son crímenes irremediable y exclusivamente modernos. Existe entretanto un dominio específico de "barbarie civilizada" en la que se puede efectivamente hablar de regresión: se trata de la tortura. Como destaca Eric Hobsbawn en su admirable ensayo de 1994, Barbarie: una guía para el usuario: "A partir de 1782, la tortura fue formalmente eliminada del procedimiento judicial de los países civilizados. En teoría, no era más tolerada en los aparatos coercitivos del Estado. Un preconcepto contra esa práctica era tan fuerte que la misma no podría retornar después de la derrota de la Revolución Francesa que la había abolido… Puede sospecharse que en los reductos de la barbarie tradicional que resisten al progreso moral -por ejemplo, las prisiones militares u otras instituciones análogas- la tortura de hecho no desapareció…" Ahora, en el siglo XX, bajo el fascismo o el estalinismo, en las guerras coloniales (Argelia, Irlanda, etcétera) y en las dictaduras latinoamericanas, la tortura es empleada de nuevo a gran escala.19 Los métodos son diferentes -la electricidad substituye al fuego y los torniquetes-, pero la tortura de prisioneros políticos se tornó en el curso del siglo XX una práctica rutinaria -e igualmente oficial- de regímenes totalitarios, dictatoriales y también, en ciertos casos (las guerras coloniales), "democráticos". En ese caso, el término "regresión" es pertinente, en la medida en que la tortura era practicada en innumerables sociedades premodernas, y también en la Europa de la Edad Media y durante el siglo XVIII. Una metodología bárbara que el proceso civilizador parecía haber suprimido en el curso del siglo XIX retornó en el XX, bajo una forma más moderna -desde el punto de vista de las técnicas-, pero no menos inhumana. Considerar la barbarie moderna del siglo XX exige el abandono de la ideología del progreso lineal. Eso no quiere decir que el progreso técnico y científico sea intrínsecamente portador de maleficios ni tampoco lo inverso. Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista moderna o de su copia "socialista" burocrática. Tampoco se trata de reducir la historia del siglo XX a sus momentos de barbarie: esa historia conoce también la esperanza, las sublevaciones de los oprimidos, las solidaridades internacionales, los combates revolucionarios: México, 1914; Petrogrado, 1917; Budapest, 1919; Barcelona, 1936; París, 1944; Budapest, 1956; La Habana, 1961; París, 1968; Lisboa, 1974; Managua, 1979; Chiapas, 1994. Esos fueron algunos de los momentos fuertes -y también efímeros- de esa dimensión emancipadora del siglo. Ellos constituyen preciosos puntos de apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad humana y solidaria. Notas 1 Norbert Elias, La Dynamyque de l´Occident, Calmann-Lévy, Paris, 1975, pp. 181-190. Una referencia al combate abisinio suena extraña en el momento en que Etiopía combatía por su libertad contra la invasión colonial del fascismo italiano, portador de una pretendida misión "civilizadora". 2 Norbert Elias, La civilisation des moeurs, Calmann-Lèvy, Paris, 1973, p. 280. 3 Marx, Le Capital, vol. I, p.557-558,563 4 Marx, "Arbeitslohn", 1847, Kleine Ökonomische Schriften, Berlin, Dietz Verlag, 1955, p. 245 5 R. Luxemburgo, A crise da social-democracia, 1915. 6 Kafka, In del Strafkolonie, Erzählung und kleine Prosa, N. York, Schocken Books, 1946, pp. 181-113. 7 W. Benjamin, "O surrealismo. O último instante de inteligência européia", 1929, en Mythe et violence, Paris, Letras Novas, 1971, p. 312. 8 Recordemos que el gran trust químico IG Farben no solamente utilizó mano de obra esclava en Auschwitz, sino que también produjo el gas Zyklotron B, que servía para exterminar las víctimas de los campos de concentración nazis. 9 Zygmut Bauman, Modernity and the Holocaust, London, Polity Press, 1989, pp. 15 y 28 . 10 Citado por Zygmunt Bauman, obra citada en nota precedente, p. 71. 11 Enzo Traverso, L’Histoire dèchirèe. Essai sur Auschwitz et les intellectuels, Paris, Cerf. 1997. 12 Sobre ese asunto, remito a la excelente contribución de Enzo Traverso "La singularidad de Auschwitz. Hipótesis, problemas y derivaciones de la pesquisa histórica", Pour une critique de la barbarie modernes. Ecrits sur l’histoire des juifs e de l’antisémitisme, Lausanne, Ed. Page deux, 1997. 13 Citado de los archivos históricos recientemente abiertos al público en Barton J. Bernstein, "The Atomic Bombings Reconsidered", Foreign Affairs, febrero de 1995, p. 143. 14 Ib., p. 146 . 15 Sobre las reservas de Marshall, cf. Barton J. Bernstein, nota 13, p.143 . 16 De hecho, es enteramente racional si "razón" significa racionalidad instrumental, aplicar la fuerza militar norteamericana, los B-52, el napalm y todo el resto en Vietnam "bajo dominación comunista" (claramente una "causa indeseable") como un "operador" para transformarlo en "causa deseable". Joseph Weizenbaum, "Computer Power and Human Reason", en From Judgemente to Calculation, S. Francisco, W. H. Freeman, 1976, p. 252. 17 Otras guerras coloniales tuvieron lugar en el siglo XX ( Indochina, Argelia, Africa colonial portuguesa) pero ninguna alcanzó el grado de modernidad de la de Vietnam. En comparación parecen arcaicas, primitivas. 18 T. W. Adorno, M. Horkheimer, La Dialectique de la raison, Gallimard, Paris, 1974, p. 48, y T. W. Adorno, Minima Moralia, Payot, Paris, 1983, p.134. 19 E. Hobsbawn, Barbarism: An User Guide. On History, Weidenfelds and Nicholson, London, 1997, pp. 259-263 . Michael Löwy, brasileño, sociólogo e investigador del Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia y autor, entre otros, de Sublevación de melancolía: el romanticismo de contramano con la modernidad. Traducción, Elena Raimondi; colaboración, María Elena Saludas .

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Vietnam no se rendirá nunca

Ho Chi Minh

Publicado en Memoria 166 diciembre 2002 | Hacer Memoria | Memoria

A su excelencia Lyndon B. Johnson,

Presidente de los Estados Unidos de América

Excelencia:

Recibí su mensaje el día 10 de febrero de 1967. Esta es mi respuesta.

Vietnam se encuentra a miles de kilómetros de Estados Unidos. Los vietnamitas nunca han hecho ningún daño a EU, pero EU ha intervenido de forma continuada en Vietnam, en abierta contradicción con las promesas realizadas por su representante en la Conferencia de Ginebra de 1954, y ha intensificado la agresión militar contra Vietnam del Norte para prolongar la división de nuestro país y convertir a Vietnam del Sur en una colonia y en una base militar. Desde hace dos años, el gobierno de Estados Unidos mantiene una guerra contra la República Democrática de Vietnam, un país independiente y soberano, con el apoyo de sus fuerzas aéreas y navales.

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La Pregunta: ¿Cómo queda el Imperio después de la invasión en Irak?

Toni Negri

Antes de nada, nos interesa aquí definir el cuadro geopolítico que se ha venido presentando en esta primera década del siglo XXI. Para proceder a esta definición, tómese como clave los eventos de Seattle, inténtese comprender cómo de aquellas luchas contra la mundialización neoliberal (puesta en acto por un capitalismo que había triunfado sobre la gestión soviética del capital y, consecuentemente, unificado el mundo bajo el propio mando) se llega hasta el 15 de febrero de 2003, cuando 110 millones de personas, una multitud por la paz, se oponen al diktat de las potencias occidentales imperiales contra Irak: el cuadro geopolítico no podrá ser definido aquí más que a partir de la crisis (es decir, del enfrentamiento) de las superpotencias que actúan en la globalidad, es decir, el imperio y las multitudes. Desde esta perspectiva, está claro que el sistema soberano del Imperio es dual, y que solamente podrá ser definido considerando la dialéctica que pone en una relación destructiva y/o constructiva a las multitudes y al soberano: comencemos entonces por definir al soberano y cómo acosa su acción.

El soberano ha declarado su estrategia. Su táctica es discutida todos los días por la denominada opinión pública, propagada y contrastada, pero aún así está bien atada. El primer objetivo estratégico ha consistido en hacer madurar la crisis de las instituciones del viejo orden internacional. Si el soberano imperial quiere gobernar la globalización, debe de hecho privar a la Organización de Naciones Unidas de toda capacidad política y jurídica efectiva. Cuando al final de la segunda guerra mundial se creó la ONU, confluían en ella la aspiracion iluminística a un gobierno cosmopolita y al diseño democrático de los Estados que habían liderado y ganado la guerra antifascista. Las Naciones Unidas parecieron poder constituir tanto el núcleo de un futuro Estado mundial como el dispositivo gobernativo que preparase su realización. Todo esto ha terminado en el último medio siglo aproximadamente. Implicadas en la Guerra Fría y neutralizadas por su incapacidad de romper con los mecanismos burocráticos que se habían afirmado en su interior, bloqueando toda exigencia de renovación, con la caída del orden bipolar las Naciones Unidas han caído a su vez bajo el dominio de la única superpotencia imperial residual. La hegemonía estadounidense en la ONU se ha hecho pesadísima. La ONU se ha convertido en el lugar donde la hegemonía unilateral de Estados Unidos ha podido jugar mejor su juego. Y es también, paradójicamente, el lugar donde menos se ha podido expresar una imaginación de poder adecuada a la globalización. Actualmente es clara y violentamente activa la voluntad estadounidense de liquidar a la ONU después de la imprevista derrota diplomática sufrida en el momento de la declaración de la segunda guerra iraquí. Ahora se trata de comprender cuáles serán las formas en que se organizará esta voluntad.

Pero para considerar el cuadro actual pos-guerra contra Irak es preciso, tras haber subrayado la crisis de la ONU, recordar en segundo lugar que, a partir del final de la Guerra Fría, el soberano capitalista estadounidense de todos modos comenzó a penetrar en las tierras del ex-enemigo, a desplazar y redefinir los límites, a organizar una gran red de control, única en el mundo. Las políticas de contención del mundo occidental respecto a la Unión Soviética han sido ahora releídas en términos de un roll back que no tenía nada de abstracto, sino que consistía más bien en la construcción de bases militares en territorios de la ex-Unión Soviética, un proceso de infiltración militar antes que ideológica y humanitaria. Por lo tanto, la misión civilizatoria se había agotado muy rápido… la penetración imperial de Estados Unidos se presentaba en términos precisos, no equívocos: ahora, en una década, es como una gran media luna del mando imperial la que se extiende de Medio Oriente a Corea del Norte atravesando los territorios ex-soviéticos de Asia central, con un ahondamiento austral de bases estratégicas (Filipinas y Australia).

De este modo, se ha configurado un horizonte político nuevo y global. El soberano ha asumido un papel imperial. Un enorme poder militar se despliega por el mundo. La operación está, sin embargo, todavía inconclusa. Existen zonas con relevancia estatal y aspiraciones globales que ni están ni podrán estar nunca incluidas en el régimen imperial. Por consiguiente se tratará, por parte del poder imperial, de volver frágiles estas potencias, de encerrarlas en su “disposición zonal” y/o “continental”, así como de integrarlas eventualmente en una estructura jerárquica con el fin de controlarlas de forma segura y eficaz. Se trata sobre todo de las tres grandes potencias que, en el flujo geopolítico imperial, no pueden ser anuladas y que, antes o después, podrían constituir un peligro: Europa, Rusia y China. Obviamente, la voluntad hegemónica y el proyecto estratégico del soberano imperial estadounidense preven bajo presión a estas tres potencias: así, la guerra iraquí ha atacado directamente la posibilidad de existencia de la potencia industrial europea, arrebatándole todavía más el control de las fuentes energéticas; la designación de Irán como “Estado canalla” expande la amenaza imperial en el bajo vientre asiático de Rusia; el aislamiento y la represión de una eventual amenaza nuclear proveniente de Corea del Norte debilita el flanco de toda política de la potencia china. Las perspectivas geopolíticas y los instrumentos del poder imperial se definen así de forma plena: el proyecto de guerra preventiva, cuya concepción precede al 11 de septiembre, se ve aquí acelerado; los procesos de jerarquización, segmentación y de aislamiento eventual de mundos continentales alternativos se ven aquí afirmados definitivamente. Tras la guerra iraquí ya no existe la posibilidad de considerar el programa imperial como un programa aleatorio en las formas y particularmente intenso en el tiempo. El poder mundial no se comparte con nadie y la América posterior al 11 de septiembre parece haber elegido definitivamente la vía de la organización unilateral del orden global, liquidando de esta forma a sus partners, subordinando y articulando la alianza con ellos siempre dentro de “cooperaciones voluntariosas” diversas y contingentes. La OTAN y las otras organizaciones/alianzas militares ya no resultan útiles al soberano imperial —pues podrían influir en la toma de decisiones, aportando así sus exigencias aleatorias a la perspectiva hegemónica en el choque contra los globalistas.

Tras el 11 de septiembre, con la preparación y el desarrollo de las guerras afgana e iraquí se afirmó el unilateralismo norteamericano. Como hemos visto, este nuevo dispositivo ha generado consecuencias geopolíticas y ha producido un reordenamiento geoestratégico fundamental. Este reordenamiento, confirmado con el final de la guerra iraquí, se ha diseñado en torno a tres elementos, que intentaremos describir a continuación. Se trata de dispositivos en sí mismos críticos: en el momento en que se configuran nuevas posibilidades de ruptura, al mismo tiempo éstas cubren y mistifican viejas fracturas no resueltas.

Un primer elemento del reordenamiento geoestratégico consiste en la reorganización regional y jerárquica de las potencias mundiales. El Grupo de los 8 (G8) ya no se configura como un encuentro entre pares, sino como una corte con un primus inter pares. El orden imperial apuesta a gobernar mediante unidades y filtros regionales. Su mando se despliega en una relación jerárquica. La situación sigue estando ciertamente abierta: así al menos resulta oportuno considerarla si, en nuestra aproximación, tenemos en cuenta el carácter intempestivo a menudo presente en las relaciones de fuerza geopolíticas y en la realización efectiva de las tensiones normativas de la política internacional. Las unidades regionales pueden constituir de hecho elementos de contradicción respecto a la unidad jerárquica del orden geopolítico y del mando soberano imperial. Que coincidan el nuevo orden geopolítico y el imperial es puesto en duda de hecho por algunos protagonistas políticos y económicos del proceso. Es en esta perspectiva en la que, por ejemplo, se valoran las oscilaciones de la voluntad política contradictoria de la Unión Europea, unas veces abierta a la alianza atlántica hacia los Estados Unidos y otras a la perspectiva de la unificación continental con Rusia. Es aquí donde el mundo ex-soviético en ocasiones se dispone al acuerdo con el vértice imperial mientras que en otras intenta compactaciones internas y alianzas europeas, siguiendo viejas líneas geopolíticas que parecen mantener su fuerza propulsiva. Y en este cuadro es donde se desarrollan, como se ha dicho, los extraños experimentos chinos de “democracia de las clases medias” y las curiosas experimentaciones de una “globalización autocentrada”. Pero este impulso regional en el marco del reordenamiento estratégico del orden imperial no se afirma solamente en las políticas y en la acción económica de los grandes centros continentales sino que encuentra también correspondencias en América Latina, allí donde se producen experimentos de autonomía regional, sobre todo en torno a Brasil. Y además, ¿se puede imaginar un reordenamiento estratégico de las zonas mediorientales fuera de la organización de un poder regional?

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Imperialismo español en América Latina. La política latinoamericana de la derecha española

Juan Agullo

En 1992, la celebración del V Centenario del “Descubrimiento de América” marcó un punto de inflexión en la política latinoamericana de España. A partir esa fecha, Madrid promovió una política de penetración comercial y financiera en América Latina orientada a compensar la debilidad de sus empresas en Europa. La llegada de la derecha al poder –en 1996– reforzó dicha tendencia mediante la constitución de un lobby empresarial que en la actualidad determina el proceder político de España en la región

"América Latina nos importa: son 400 millones de consumidores", dijo alguna vez Rodrigo Rato, ministro de Economía del gobierno Aznar. Las recientes compras de Radiópolis, por parte del Grupo PRISA, y de Pegaso, por Telefónica– dan fe de ello pero sobre todo de que México sigue siendo importante para España. La estrategia de penetración no es nueva, en su tiempo ya fue practicada en Argentina, Brasil, Colombia o Perú. La raíz del problema está cercana: a finales de los ochenta, la privatización de empresas públicas propició la creación de enormes consorcios industriales, financieros y de servicios. Mientras que en España éstos quedaron en manos de capitales nacionales, en América Latina hubieron de abrirse –faltos de liquidez como estaban– a la inversión extranjera.

La pérdida de mercados internos que comenzaron a padecer las recién creadas multinacionales españolas, como consecuencia de la "liberalización" de los mismos, terminó por hacer de la inversión en América Latina una opción de supervivencia. Algo que supuso una ruptura para un capital de formación muy tardía (posterior a la experiencia colonial y a la Revolución Industrial) que, hasta entonces, bastante había tenido con centrarse, única y exclusivamente, en España. La aventura, sin embargo, en cuanto que apuesta estratégica que trascendió la lógica puramente empresarial, contó desde un primer momento con el aval de los sucesivos gobiernos de Madrid1.

Los primeros pasos

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Crisis económica mundial y anexión al imperio: El ALCA en el nuevo contexto internacional.

Jorge Beinstein

La ponencia que difundimos fue presentada por el autor en el ‘Encuentro hemisférico de lucha contra el ALCA’ (La Habana, Cuba, noviembre 13-16, 2001)

Argentino, Doctor de Estado en Ciencias Económicas (Univ. Franche Comté-Besançon, Francia); Profesor Titular Cátedra ‘Globalización y Crisis’: Univ. Buenos Aires, Univ. Córdoba (Argentina) y Univ. La Habana (Cuba); Director del Centro de Prospectiva y Gestión de Sistemas, Buenos Aires; Profesor Titular de Historia Económica Mundial en la Universidad Nacional de La Plata (1986 y 1996): Docente e investigador en diversas instituciones académicas francesas: Maison des Sciences de l’Homme, Conservatoire National des Arts et Métiers de Paris, Institut National Agronomique Paris-Gignon (1976 y 1986).

A.- Estrategia de anexión y crisis

En su etapa inicial el proyecto ALCA aparecía como un producto de la euforia imperial que atrapó a los Estados Unidos en los años 90. En esa época de optimismo imperialista, que aparece ahora tan lejana, luego de la caída del bloque soviético, Occidente fue atravesado por el convencimiento de que su dominación planetaria quedaría establecida de manera durable. En América Latina el neoliberalismo consiguió imponer su hegemonía ideológica legitimadora de un proceso de desestructuración económica y social de enormes proporciones. En casi todos los países de la región las burguesías nacionales se redujeron a niveles ínfimos y buena parte de sus integrantes pudieron sobrevivir incorporándose a las redes mafiosas, a los negocios especulativos y gangsteriles, su reconversión en lumpenburguesías formó parte, fue la expresión periférica de la marea financiera y parasitaria global. Frente a dicha degradación regional aparecía la superpotencia norteamericana, cuya prosperidad era presentada como infinita, de muy larga duración según los pronósticos de los gurús mediáticos y los tecnócratas del FMI y del Banco Mundial.

El proyecto ALCA era presentado como una imposición imperial (¿quienes eran los insensatos que se atrevían a oponerse al dictado del amo del mundo, a las ‘tendencias imparables de la historia’?) y también como una invitación a integrar el nuevo paraíso de la globalización capitalista (¿quienes eran los tontos que resistían la ‘avalancha del progreso’?).

Sin embargo como sabemos la euforia occidental era pura espuma financiera, ahora hemos ingresado en la recesión global, Estados Unidos ve peligrar sus sistemas de control y explotación a escala mundial. En este nuevo contexto el proyecto ALCA aparece como un mecanismo de dominación inscripto en una suerte de carrera contra-reloj, ‘defensivo’ del Imperio que busca asegurar su retaguardia estratégica latinoamericana, anexarla cuanto antes frente a las crecientes turbulencias económicas y políticas que atraviesan la región, producto del agotamiento de los modelos neoliberales, inscripto en un fenómeno mas general de declinación del capitalismo latinoamericano, tal como la historia lo fue modelando, de manera subdesarrollada, caótica.

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Impero, moltitudini, esodo

Toni Negri

Intervento di Toni Negri nel dibattito alla facoltà di Lettere dell’Università ‘La Sapienza’ promosso dal Laboratorio Sapienza Pirata Sono a disagio quando si considera la nascita del mondo globalizzato semplicemente come un dato effettuale, un espansione dell’impero che restava.

La globalizzazione, che parte in maniera definitiva nell’ ’89, non arriva solo dall’azione di un allargamento di un impero quando l’altro scompare, ma nasce da fenomeni storici maledettamente profondi. La globalizzazione è il punto di confluenza delle lotte operaie e proletarie, che non era più possibile regolare dentro lo spazio dello Stato-nazione. La dinamica lotte-determinazione di inflazione-regolamento dei conti statali-pressione sul welfare-rottura degli elementi materiali della costituzione borghese, hanno determinato man mano pirima una teoria dei limiti della democrazia (e stranamente troviamo lì lo stesso Huntington che scrive il ‘clash’ della civiltà, documento della Trilaterale degli anni ’70), poi una forte spinta al superamento dello Stato-nazione. D’altra parte lo Stato-nazione non era solo la capacità di mantenere le lotte in una regolazione interna. Lo Stato-nazione era stato anche lo Stato imperialista, lo Stato colonialista; anche quest’aspetto con la metà del secolo scorso abbiamo la fine definitiva dei processi coloniali, la nascita di un nuovo mondo (che sarà chiamato ‘terzo’), in cui con la libertà, la pressione sul salario salta per aria il meccanismo che manteneva i prezzi delle materie prime. Proprio in nome di questa liberazione cominciano queste grosse pressioni della forza-lavoro su tutto, nella globalità. Per non parlare della crisi sovietica, che nasce in un momento preciso, quando si tratta di passare dal modo di produzione fordista al modo di produzione postfordista: un passaggio impossibile senza le libertà del lavoratore. Questo movimento fortissimo è legato allo sviluppo della scienza, dell’educazione pubblica all’interno dei paesi socialisti, dove c’è la necessita di inserirsi in questo nuovo mondo. Un nuovo mondo in cui, appunto, cambia la natura della forza-lavoro, dei processi produttivi.

La globalizzazione nasce, quindi, come un elemento maledettamente positivo, è un segno di libertà, è un segno della forza dei processi storici che fanno saltare quella gabbia d’inferno che è lo Stato-nazione. Lo Stato-nazione, che ha fatto morire per secoli la gente nelle guerre più stupide, nelle trincee più assurde. Lo Stato-nazione, la cui ideologia non poteva che arrivare necessariamente ai forni di Auschwitz. Noi di fronte alla sua fine e di fronte alla liberazione delle forze proletarie del Terzo mondo abbiamo trovato questo formidabile passaggio: la globalizzazione. Finalmente! E’ chiaro che assumere questo passaggio non significa che il capitalismo è stato sconfitto. Il capitalismo assume questo passaggio, si riorganizza a questo livello, ed è qui che nasce la problematica dell’Impero. Badate bene, l’Impero nasce in maniera diversa dalla pura e semplice espansione dello Stato-nazione USA. Gli americani in tutta questa storia, soprattutto nella prima fase, c’entrano pienamente, ma c’entrano molto più come centro ed apice del capitalismo mondiale che come forza statuale. E’ il capitale colettivo che viene investito in un primo momento dell’organizzazione di questo mondo. Fra gli anni ’80 ed i ’90 si incominciano a cercare forme di governo. L’ONU non serve a questo, perchè dentro le Nazioni Unite si rivela il paradosso della democrazia mondiale: a livello mondiale ‘un uomo un voto’ è una frase insensata. Vorrebbe dire, come scherzano alcuni teorici, dare alla Cina la maggioranza imperiale. Quindi al problema dell’organizzazione si risponde con l’invenzione di una forma di sovranità diversa. La sovranità, che gli Stati-nazione non riescono ad organizzare in forma diversa, viene trasferita sempre di più verso quelle che sono le istituzioni nascenti, che man mano vengono formandosi, e amn mano vengono identificate a livello mondiale: il G8, il Fondo Monetario Internazionale, eccetera. Sono, in fondo, organizzazioni che erano state inventate per la gestione del keynesismo internazionale alla fine della seconda guerra mondiale, ma divengono organismi di mediazione del capitalismo, di regolazione capitalistica a livello mondiale. Questo processo, evidentemente, diventa sempre più difficile, perchè sposta una serie di conflitti dall’interno dei paesi sulla scena mondiale. Il ricomporsi delle lotte sulla scena mondiale, avvenuto negli anni ’80-’90, è stato assolutamente formidabile. Avevamo avuto delle lotte importanti (da Tien-a-men alla Corea, dall’Indonesia a Los Angeles, dal Chiapas alle lotte di Parigi del ’95), che avevano ormai identificato il potere mondiale capitalistico come avversario. Erano però lotte scomposte, non costituivano un ciclo, non riuscovano ad avere quella massa d’urto che solo delle lotte unite, che parlano lo stesso linguaggio, riescono ad avere.

Tutto questo nasce con il movimento di Seattle, che riesce ad opporsi al potere imperiale nello stesso momento in cui esso si dà. E abbiamo quindi un ciclo di lotte, che seppure ancora superficiale e con tutti i suoi limiti, viene percepito dall’opinione pubblica internazionale capitalista come un movimento di estrema pericolosità, nel formarsi del’Impero. A questo punto si deve decidere che cosa fare. Una delle cose da evitare è il considerare la nazione americana come un nuovo stato imperialista, non è semplicemente questo! C’è anche questo elemento ma l’unità del ceto capitalistico oggi è assolutamente fondamentale. Non c’è più la possibilità di rivolgersi allo Stato-nazione per opporsi alla nazione americana.

Le elites degli antichi Stati-nazione sono stati cooptati in maniera massiccia verso il vertice dell’Impero. Gran parte delle discussioni nella seconda metà degli anni ’90 che attraversa la gestione delle guerre in USA riguarda la possibilità che la capacità capitalistica intervenga in maniera diretta e forte sulla riorganizzazione dell’Impero e del nuovo ordine mondiale ed assumere un’accelerazione di questo processo. Da qui viene fuori tutta la tematica dell scudo spaziale, che diventa una grossa mediazione rispetto alla necessità di determinare il nuovo ordine. Si tenta di creare, come in un quadro bizantino, un centro protetto (gli USA e gli stati occidentali) in cui si mostra l’accumulazione del potere. Tutto questo, l’ultimo tentativo di tenere fuori il resto del mondo, salta l’11 settembre. E quindi la guerra. Ma quale guerra? Come si fa fare una guerra senza un ‘fuori’? Ed ecco la guerra come ‘polizia’ La scienza della guerra americana stava sviluppandosi da un lato attorno allo scudo stellare e dal’altro attorno alla trasformazione dell’esercito in truppe di facile utilizzazione e di immediate possibilità di spostamento nel mondo. L’esercito americano doveva diventare un esercito di marines. Ora ci troviamo di fronte a quella che è un’accumulazione di tutti gli strumenti tecnologici, diplomatici, economici, finanziari, di polizia, per l’organizzazione di questo mondo globale. Un mondo globale in cui finora sembrava essere assente l’azione del ‘grande governo’. ‘Big government is over’, si diceva, mentre ora si dice ‘big government is back’. Questa grande funzione di governo processuale, di ‘governance’ cioè di azione amministrativa continua che supera in sè qualsiasi fissazioine giuridica precedente. Questo dinamismo che confonde definizione della regola e garanzia di questa, che fa dell’esercito lo strumento giuridico, lo strumento costitutivo. Questo è quello che sta avvenendo.

Noi abbiamo oggi una maturazione che già da alcuni anni poteva essere largamente prevista. Nessuno avrebbe potuto naturalemte prevedere la causa prossima di questo processo, ma che il processo dovesse andare in questi termini era abbastanza evidente perchè seguiva le regole funzionali dello sfruttamento, dell’explotation, a livello globale. Bisognava inventare un modello altrettanto efficace quanto lo erano stati gli Stati-nazione, quanto lo era stato il diritto internazionale pattizio. Bisognava inventare degli altri strumenti. Se si guardano le teniche di riorganizzazione costituzionale che si stanno attuando per dare risposta a questa grande crisi, è evidente che si tratta di resistere. Ma resistere come? Resistere dove? Resistere dal punto di vista della nuova società mondiale dei lavoratori , dal punto di vista della mobilità. Cercheranno di bloccare la forza-lavoro nei suoi movimenti, ma nessuno ci riuscirà. Bisogna resistere allle nuove gerarchie che verranno imposte, bisogna farle saltare. Ma c’è ancora la possibilità di lottare in un mondo siffatto o non vale la pena veramente di disertare in tutti i sensi. Disertare col sapere, nell’esercito, nella forza-lavoro intellettuale. E dà lì che bisogna partire. Dei miei amici dicono: ‘contro l’arte della guerra, l’arte della diserzione’. Il mantenere uno stato di paura e formarlo in termini hobbesiani, come diceva Ferrajoli, sarà per loro molto difficile. Ma sarà molto difficile solo nella misura in cui non ci si fa più ‘popolo’, si resta ‘moltitudine’. E’ una moltitudine intelligente che si è riappropriata il lavoro è che non ha più bisogno del capitale. Noi non possiamo più diventare popolo. sovranità, non ha più senso a livello di globalizzazione.[…] Diserzione o conflitto? Io non sento la questione in termini alternativi. Questa forma nuova di sovranità globale porta con se un investimento dei modi di produzione e soprattutto di riproduzione della vita e della società, per questo insistiamo nel qualificare come biopotere il potere imperiale e come tessuto biopolitico quello della vita e del lavoro. Il lavoro ormai è diventato un tessuto sociale, in cui vita, formazione, lavoro salariato, la comunicazione, cooperazione sociale, vengono sfruttati. E’ su questo sfruttamento globale della vita che si svolge il biopotere. E’ qui che noi ci troviamo di fronte alla diserzione, o, meglio, all’esodo. Non c’è più la possibilità del sabotaggio classico, o di un rifiuto luddista, perchè ci siamo dentro. Oggi il lavoratore lo strumento di lavoro se lo porta in testa, come fa a rifiutare o a sabotare il lavoro? Si suicida? Il lavoro è la nostra dignità. Il rifiuto del lavoro era immaginabile in una società fordista, oggi diventa sempre meno pensabile. C’il rifiuto del comando sul lavoro, che è tutt’altra cosa. Qunado si dice esodo si tratta di riuscire a costruire delle nuove forme di vita. Questo tipo di società capitalista diverrà istituzionalizzata violentemente attraverso dei meccanismi costituenti di guerra. Noi non la vogliamo più! Non si può andare a manifestare contro il G8 dicendo ‘un altro mondo è possibile’ e poi non praticare collettivamente un esodo. Un esodo inevitabilmente conflittuale, perchè ti verranno a imporre di obbedire. Ma dobbiamo porre la questione in questi termini. Io capisco l’idealismo costituentte, giuridico, illuminista, bellissimo di Ferrajoli. Ma lo capisco solo in base a questa radicalità di scelta. Se mi costringete a reinventarmi la democrazia, io non ci sto. Ne ho abbastanza di una democrazia che calzava perfettamente al capitalismo. Oggi non calza più, perchè il potere non può essere riprodotto globalmente nella stessa forma e sugli stessi criteri di profitto che operavano a livello nazionale e quindi si fa la guerra. Un guerra che fa ad incidere sul quotidiano. Questa della guerra batteriologica è una terribile parabola, una metafora di quello che sta diventando il Potere. E’ su questo terreno che vale la pena di parlare dell’Impero.

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El futuro de las ciudades en el nuevo orden internacional

Tarso Genro

Las megalópolis constituyen el centro de articulación política y cultural de la modernidad. El papel que ocuparán a partir del caos mutante, generado por la globalización neoliberal, todLas ciudades y lavía esta por ser resuelto. “Las ciudades, como los sueños, son construidas por deseos y miedos” – dice Ítalo Calvino, en su libro “Ciudades invisibles”. Los muros que las cercaban, en la antigüedad, y los condominios cerrados (véase nota del traductor) de la ciudad “postmoderna” son reflejos del miedo. El enemigo esta del otro lado del muro: siempre “reinventado”, para dar garantías a los que pueden transformar el miedo en necesidad y el deseo en separación.

Las grandes ciudades hoy se constituyen como territorios que contienen los eslabones de una relación conmutativa con el mundo. Por ellas transita una socialización de nuevo tipo, basada en el tiempo virtual y una nueva concepción de espacio, donde las partes desintegradas son siempre nuevas y cada vez menos sorprendentes. Ellas son el lugar físico donde las partes del espacio fragmentado componen mega – espacios locales y globales al mismo tiempo. En este no-lugar fluyen las formas fantásticas del capital.

La construcción de la ciudad refleja la construcción ordenada de la exclusión, que tiene como base la aceptación de la exclusión y su colaboración dentro de un “orden” urbano. Mike Davis, relata, de manera emblemática, el siguiente retrato de Los Angeles a partir de un episodio circunstancial: Así, con el director de la comisión de planeamiento de la ciudad explicó la línea oficial para los reporteros incrédulos, no lo es contrario a la ley dormir en la calle per se, ‘sólo cuando se alza alguna especie de chabola’ (…) esta represión cínica transformó la mayoría de los sin techo en beduinos urbanos. Ellos son visibles en todos los rincones del centro, empujando sus pocas y patéticas pertenencias en carros de supermercado robados, siempre fugitivos en movimiento, prensados entre la política oficial de contención y el sadismo progresivo de las calles del Centro”[1]

Para que la ciudad pueda ser objeto de una nueva subversión “democratizante”, que tenga el mismo potencial constitutivo de la ilustración, es preciso encuadrarla en una perspectiva de proyecto político de sociedad, o mejor dicho, de un nuevo proyecto civilizatorio, una nueva propuesta de orden. El rey de España, en sus instrucciones de 1513, para la conquista de la “tierra firme”, que abre el violento proceso colonial, fija el sistema de diseñará el futuro de las ciudades con base a su visión de orden, que mezcla miedo y deseo: “ vistas las cosas que para los asentamientos de los lugares son necesarias, y elegido el lugar más provechoso y en que abunden las cosas para el pueblo son necesarias, tienes de repartir los solares del lugar para hacer las casas, y deberán ser repartidos conforme las cualidades de las personas y serán inicialmente dados por orden: de manera que hechos los solares, el pueblo parezca ordenado, tanto en el lugar que deje la plaza, como en el lugar que tenga la iglesia, como en el orden que han de tener las calles; porque los lugares que, de nuevo se hacen dando el orden en el comienzo sin ningún trabajo ni coste se quedan ordenados y los otros jamás se ordenan”.[2]

Para discutir el destino de la ciudad globalizada – por lo tanto- es necesario responder antes, qué haremos de nuestro destino social colectivo. ¿Cuál es el “orden” que dispondrá, en el tablero de la sociedad, la aceptación o no de la exclusión y las jerarquías del miedo? En este orden cuajará un deseo movido por la solidaridad que subordina el miedo, o el – miedo – espontáneamente será “contención “ y “sadismo”.

La comprensión del destino deseado y humanizado abrirá el espacio político para un nuevo tipo de harmonía: o la ciudad es “subjetivada” por la comunidad, que desea de esta manera “re-finalizar” su modo de vida, dar otra finalidad a su existencia (diversa de los procesos semibárbaros de la postmodernidad)[3], o la ciudad será el orden del desorden: una ciudad jerarquizada por la fuerza al borde del caos siempre inminente.

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El Cuarto Reich

Kiva Maidanik

23 de julio del 2003

Diez tesis acerca del Imperio

Lo del desgaste del modelo neoliberal ya suena como verdad de Perogrullo. La etapa de su hegemonía casi absoluta quedó atrás en los años 90, durante la primera fase de la transición actual. Esa fue la fase fácil.

Al aparecer en nuestro mundo hace treinta años, precisamente a través de América Latina, por la estrecha puerta chilena, el neoliberalismo está demostrando hoy, aquí mismo con mayor nitidez, sus límites y su fracaso. En Argentina y Brasil, Ecuador, El Salvador, Uruguay, Bolivia, en la Venezuela de 1989-92, y de nuevo en la Venezuela del 2002-03, país campeón al respecto. Por algo se proclamó en América Latina, desde el Foro de Porto Alegre, el lema «otro mundo es posible».

Todo eso ya no pertenece al terreno de la discusión científica. Querría comenzar por donde termina el espacio de lo reconocido, planteando una «hipótesis de trabajo», sobre uno de los temas en discusión hoy, desde hace, a mi parecer, un par de años.

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El Imperialismo hoy

Pablo González Casanova

A fines del siglo XX, el imperialismo, que es la formación más avanzada del capitalismo, domina en el mundo entero, con excepciones como Cuba, muy poco explicadas en la teoría de las alternativas. Desde los años 70 y 80, las redefiniciones o reestructuraciones del imperialismo dieron una fuerza especial al proceso conocido como "globalización". Bajo ese proceso se delinearon las nuevas formas de expansión de las grandes potencias, en particular de Estados Unidos. En la década de los setenta, Estados Unidos pasó a la ofensiva en el control mundial al imponer el dólar en vez del oro, que hasta entonces había sido el referente de todas las monedas. Con Europa y Japón, Estados Unidos formó una Triada a la que encabezó y con ella impulsó una política de endeudamiento interno y externo de los gobiernos que enfrentaban una crisis fiscal creciente o una crisis en la balanza de pagos. Sus víctimas principales fueron los gobiernos de los países dependientes, incapaces de alterar la relación de intercambio desfavorable, o el sistema tributario regresivo, y urgidos a la vez de satisfacer demandas populares mínimas para mantener su precaria estabilidad. La política global de endeudamiento de los poderes públicos y nacionales renovó el viejo método de sometimiento de los deudores por los acreedores y ocurrió a nivel mundial macroeconómico, incluyendo a muchos gobiernos de las ciudades metropolitanas. El proceso de endeudamiento correspondió al desarrollo de un capitalismo tributario y al sometimiento financiero renovado de los países dependientes. Con tasas de interés móviles, que podían aumentar a discreción del acreedor, la política de globalización impuso un sistema de renovación automática de una deuda creciente e impagable que hizo de la dependencia un fenómeno permanente de colonialismo financiero, fiscal y monetario. Desde l973, tras el golpe de Estado de Pinochet, se implantó en Chile el neoliberalismo. Desde los ochenta, el neoliberalismo se convirtió en la política oficial de Inglaterra, con la Tatcher, y de Estados Unidos, con Ronald Reagan. Las fuerzas dominantes enaltecieron al neoliberalismo como una política económica de base científica y de aplicación universal, reafirmando y renovando la ofensiva anglosajona que desde el siglo XVII impulsara Inglaterra bajo el manto del liberalismo clásico para aprovechar las ventajas que le daba en el comercio mundial ser el país más industrializado. La globalización neoliberal iniciada a fines del siglo XX tuvo también como objetivo central la privatización de los recursos públicos, la desnacionalización de las empresas y patrimonios de los Estados y los pueblos, el adelgazamiento y la ruptura de los compromisos del Estado social, la "desregulación" o supresión de los derechos laborales y de la seguridad social de los trabajadores; el desamparo y la desprotección de los campesinos pobres para beneficio de las grandes compañías agrícolas, en particular las de Estados Unidos; la mercantilización de servicios antes públicos (como la educación, la salud, la alimentación, etc.); la depauperación creciente de los sectores medios; el abandono de las políticas de estímulo a los mercados internos; la instrumentación deliberada de políticas de "desarrollo del subdesarrollo" con el fin de "sacar del mercado" globalizado a los competidores de las grandes compañías… El neoliberalismo globalizador exportó la crisis a las periferias del mundo al tiempo que se apropió de los mercados y medios de producción y servicios que habían creado en la post-guerra, , sustituyendo los que no eran rentables, y estableciendo un neocolonialismo cada vez más acentuado y represivo, en que compartió los beneficios con las oligarquías locales, civiles y militares, y negoció con ellas privatizaciones y desnacionalizaciones para asociarlas al proceso.

La negociación, como concesión, cooptación y corrupción adquirió características macroeconómicas y estuvo constantemente vinculada, a nuevos fenómenos de paternalismo, de humanitarismo caritativo, de cooptación y corrupción de líderes y clientelas, fenómenos que abarcaron incluso a las poblaciones más pobres y hostigadas contra las que se preparó un nuevo tipo de guerra llamada de baja intensidad con contingentes militares y paramilitares y con las más variadas formas de terrorismo de Estado a cargo de "fuerzas especiales", encargadas de "operaciones encubiertas" realizadas por agencias gubernamentales, o por agentes subsidiados y contratados por las mismas. En el montaje de un teatro de confusiones la pérdida de sentido de las luchas alternativas, los negocios de la droga aportaron contribuciones millonarias. Con ellas se logró la criminalización real y fingida de líderes y movimientos populares, sistémicos y antisistémicos. En los noventas la guerra económica entre las grandes potencias sucedió al proyecto de gobernabilidad del mundo por la Trilateral. Estados Unidos sometió en pocos años a Japón y a los Tigres asiáticos. El gran capital impuso una política de apoyo fiscal, político y militar creciente a los contribuyentes más ricos, muchos de ellos poseedores de los bancos y de las megaempresas, y a menudo también integrantes de los altos cargos públicos y de las viejas y nuevas élites dominantes. Los privilegios al gran capital legalizaron formalmente la apropiación de recursos públicos y privados en el centro y la periferia del mundo capitalista, incluyendo el derecho a especulaciones gigantescas como la que estuvo a punto de quebrar al Banco de Inglaterra. Muy pocos años después de iniciado el proceso, el complejo militarempresarial de Estados Unidos, expresión máxima del capitalismo organizado dominante, confirmó que sus mediaciones, instituciones y recursos de dominación ideológica, política y económica habían llegado a un punto de crisis amenazadora para su dominio y sus intereses. Eso los llevó a enducer su política y a emprender nuevas acciones que le permitieran mantenerse a la ofensiva y ampliar su situación de privilegio. La crisis de las mediaciones del capitalismo organizado se manifestó en un creciente desprestigio de su proyecto de democracia de mercado; en los graves escándalos de corrupción de que fueron actores principales gerentes y propietarios de las megaempresas que supuestamente eran más honrados que los funcionarios populistas y socialdemócratas de los gobiernos "adelgazados"; en el malestar abrumador de una ciudadanía sin opciones, aprisionada entre los mismos programas y políticas de demócratas y republicanos, y víctima de la inseguridad social y el desempleo en ascenso, del deterioro e insuficiencia de las escuelas públicas, de la falta de servicios médicos y de medicinas; de la criminalidad generalizada en ciudades y campos. Las elecciones fraudulentas y elitistas, en que Bush perdió la presidencia de Estados Unidos por 500,000 votos y poco después ganó por la decisión de una minoría de cuatro jueces a favor y tres en contra, fueron el punto de partida de un proceso de lógica totalitaria en que las mentiras no se dicen para que se crean sino para que se obedezcan. Y como a la crisis de instituciones y de mediaciones se añadiera el peligro de una recesión que no cedía, Estados Unidos llevó a Europa la guerra económica conque ya había controlado a Japón. Al mismo tiempo aceleró una ofensiva geopolítica mundial que ya había iniciado años antes. Con la invasión de Irak culminó sus intervenciones en Europa Central (Kosovo), en Asia Central (Afganistán), y en el "Medio Oriente" esta última a cargo de Israel, hechura de la estrategia militar de "Occidente" y cada vez más instrumentada por Estados Unidos. Diez años de bombardeos contra Irak, apoyados por las propias Naciones Unidas, tras debilitar y empobrecer terriblemente a ese país, facilitaron la ocupación de su territorio y, sobre todo, de sus inmensas riquezas petroleras. Estados Unidos mostró cada vez más ser el líder de la globalización neoliberal e incluso hizo gestos simbólicos y prepotentes que confirmaran su carácter de "Soberano" que puede estar por encima de las Naciones Unidas para declarar la guerra, de la Suprema Corte de Justicia para violar los derechos humanos, de los acuerdos de Koto para no firmar un compromiso que lo obligue a tomar las medidas necesarias para la preservación de la tierra. La nueva política globalizadora frente a la crisis interna y externa consistió en dar prioridad al neoliberalismo de guerra y a la conquista de territorios, empresas y riquezas mediante la fuerza. En el campo ideológico Estados Unidos complementó su ideología de lucha por la democracia y la libertad, gravemente desprestigiada, por la ideología de una guerra preventiva contra el terrorismo. Se adjudicó el derecho de definir a éste y de incluir en la definición a todos los opositores de que necesitara deshacerse, y de excluir de ella a todos los delincuentes que necesitaría y a sus propios cuerpos especiales militares y paramilitares "con derecho de matar" y "torturar". La guerra no estuvo incluida en los actos de terrorismo ni de bombardeo y exterminio de las poblaciones civiles, de pueblos, ciudades y países enteros. Al contrario, Estados Unidos afirmó emprender una guerra del Bien contra el Mal, que se disponía librar en todas partes del mundo y por un tiempo indefinido. No todos los falsos mitos de la Edad Moderna fueron suplantados. Muchos, como la democracia con sangre, fueron impuestos por las fuerza. El gobierno de Estados Unidos fingió que había ido a Irak para imponer la democracia y construir un país independiente mediante la conquista. Sus engaños razonados mostraron tanta violencia como la que ejerció sobre la población de Irak con el argumento de que su verdadero objetivo era aprender a Sadam Hussein, mientras para ello destruía al país ciudad por ciudad y casa por casa, y se apoderaba de sus ricos pozos petroleros. La consternación mundial frente a esa política inhumana se manifestó en el desfile de millones de gentes en las grandes capitales del mundo. También apareció en el desconcierto y la sensación de impotencia que vivieron los movimientos sociales partidarios de la paz y en lucha por "otro mundo posible" Estados Unidos se propuso demostrar al mismo tiempo su decisión de actuar solo cuando fuera necesario, y de asociar a sus proyectos de intervención mundial a los gobiernos de los países altamente desarrollados y de las potencias intermedias, así como a las demás burguesías y oligarquías del mundo que se plegaran a aceptar y apoyar "sus valores y sus intereses". A través de concesiones y represiones buscó forjar un complejo imperialista. Por sentido común entendió que el reparto del botín y de las zonas de influencia debía dar prioridad en todo caso a los Estados Unidos, con pequeños ajustes previa o posteriormente acordados. La política de represiones y de negociaciones abarcó a todos los actores y los actos. Orientada siempre por la política de privatización, incluyó la privatización de las empresas de guerra y de los ejércitos, y la privatización en profundidad y en extensión, incluyendo la tierra y el subsuelo, las fuentes energéticas, el agua y los mares, el aire y el espacio aéreo. En esta etapa de la globalización neoliberal, Estados Unidos, y sus complejos y redes de asociados y subordinados, siguieron aprovechando la crisis por la que atravesaban los movimientos de liberación, por la democracia y por el socialismo. Los movimientos alternativos, sistémicos y no sistémicos seguían padeciendo la desestructuración y enajenación de ideologías y estructuras y de los flujos de información y acción. Aunque desde los años noventa se hubiera iniciado el movimiento universal por una nueva alternativa que busca combinar y enriquecer las experiencias de las luchas anteriores, la claridad de ideas y la eficacia de la organización de pueblos, trabajadores y ciudadanos resultaron muy insuficientes para enfrentar la terrible ofensiva. Muchos de ellos habían pensado que la crisis creciente del capitalismo de por sí los favorecía. No habían imaginado la inmensa capacidad de reacción y de violencia de que era capaz el capitalismo. O no habían querido verla. La "guerra preventiva de acción generalizada" no sólo constituyó un cambio profundo frente a "la estrategia de la contención" que había privado durante la guerra fría sino la forma más adecuada -a corto plazo- para que el gran capital y las potencias imperialistas impidieran el desarrollo de la conciencia y la organización de las fuerzas alternativas emergentes. En esas circunstancias empezaron a atropellarse unas contradicciones a otras sin que destacaran las luchas por la liberación, la democracia y el socialismo como aquellas que dan un nuevo sentido a la historia. Junto a las grandes manifestaciones de protesta contra la guerra, aparecieron movimientos locales y globales de una riqueza teórica y organizativa extraordinaria; pero sus luchas tendieron a quedarse en actos de protesta, y a lo sumo en actos de presión pasajera, o de lenta construcción de alternativas. En su mayoría todavía mostraron ser incapaces de frenar la política neoliberal que en la paz y en la guerra está llevando el mundo a una catástrofe generalizada. A los movimientos a la vez alentadores e incipientes, se añadieron otros de un pensamiento religioso y fundamentalista que tiende a reproducir la situación anterior de opresión y enajenación de los pueblos oprimidos y fanatizados. Los líderes de la resistencia rara vez representaron a los líderes del pensamiento crítico y radical y a menudo lo representaron en sus formulaciones más autoritarias y confusas como en el caso de los maoístas de Nepal, que volvieron a actuar como líderes de movimientos armados incapaces de construir un mundo alternativo. En muchos otros casos los movimientos guerrilleros fueron penetrados la contrainsurgencia que, con el narcotráfico y los agentes especiales, los inhabilitaron para emprender la necesaria revolución éticopolítica. Buen número de guerrillas se transformaron en grupos de forajidos sin más ley ni ideología que el pillaje y que la dominación represiva de las propias poblaciones en que se insertaban y en que a veces llegaban a imponer políticas clientelistas y de privilegios excluyentes, étnicos o lingüísticos. Parecían estar hechas a la imagen y semejanza de los "terroristas bestializados" por el terrorismo de Estado. Por todas partes, y en las más distintas culturas se desarrollaron instintos autodestructivos, individuales y colectivos muchos de ellos vinculados a una violencia de la desesperación. En el campo de las luchas políticas y sociales, de los partidos y de las organizaciones de la sociedad civil, los modelos de corrupción y represión, de conformismo y de enajenación anularon buen número de movimientos que originalmente mostraban una salida a los pueblos. Sus líderes fueron cooptados o corrompidos, o simplemente se adaptaron a un mundo controlado en que predominan las filosofías individualistas en que cada quien "jala por lo suyo". Es cierto que al mismo tiempo fueron surgiendo grandes movimientos como los de Chiapas en México, Seattle en Estados Unidos, Porto Alegre en Brasil, el otro Davos en Europa, Mombay en la India, y muchos más que buscan unir lo local y lo universal y forjan los nuevos proyectos de un mundo libre, equitativo, independiente que se acerca a la verdadera democracia, al verdadero socialismo y a la verdadera liberación. Pero todas esas luchas ocupan un espacio demasiado pequeño en relación a las necesidades del cambio sistémico y de la sobrevivencia humana, amenazada por una guerra contra los pobres que puede terminar en guerra bacteriológica y nuclear. Aparecieron así, a la vez, las contradicciones entre el imperialismo y los países dependientes, neocoloniales y recolonizados; las contradicciones entre los trabajadores y el capital, muchas de ellas mediatizadas y estratificadas; las contradicciones entre las etnias y las naciones-Estado; las contradicciones entre las potencias atómicas y nucleares y entre los propios integrantes de la comunidad imperialista, celosos de sus cotos y temerosos de perder poder y privilegios. Todas esas y muchas contradicciones más se plantearon en un imperialismo dominante más o menos colectivo que tiende a identificarse con el capitalismo como sistema global. El desenlace de las contradicciones no apareció más o menos asegurado en el sentido de que un sistema más justo y libre que el sistema capitalista mundial pudiera alcanzarse en el tiempo de una generación de luchadores políticos, sociales o revolucionarios. Es más, la amenaza a la sobrevivencia de la humanidad hizo pensar a las fuerzas gobernantes en una alternativa aun más siniestra, que mantuviera sus privilegios y su poder: la destrucción de una parte de la humanidad para la sobrevivencia del resto de la humanidad. Ese razonamiento llevó a la imposición paulatina y constante de un régimen de "nazismocibernético" con eliminación de pueblos enteros en el mundo, a la manera de Pol-Pot o del equivalente a los siete millones de judíos víctimas del nazismo anterior, que ahora apunta en el campo de concentración y eliminación en que el imperialismo y sus asociados han convertido a Palestina. La inmoralidad y criminalidad enfermizas de los nuevos dirigentes del sistema, como la de los antiguos nazis, combinada con el conocimiento y uso que hacen de las tecnociencias y de los sistemas auto-regulados, adaptativos y creadores, anunciaron oscuramente un negro futuro para la humanidad si los pueblos de las periferias e incluso de las metrópolis no logran imponer la transición a un sistema de producción y democracia post-capitalista que asegure la vida humana y la sobrevivencia de la especie. Todas las redefiniciones del imperialismo de hoy parecen dirigirse a la construcción de un imperio encabezado por Estados Unidos, sus asociados y subordinados en el que es más probable una guerra entre las potencias nucleares que una revolución social, o que un cambio de ruta hacia la socialización, democratización e independencia real de las naciones, los ciudadanos y los pueblos. De ese hecho derivan, en parte, las afirmaciones irresponsables de Michael Hart y Antonio Negri en el sentido de que es necesario sustituir el concepto de imperialismo por el concepto de imperio y el de lucha de clases por el de una lucha de "la multitud" contra "el imperio". La superficialidad de esta interpretación se debe en gran medida a una coyuntura histórica en que es evidente que ha ocupado un primer plano de la escena la construcción del imperio mundial por Estados Unidos. También se debe al hecho evidente de que la lucha de clases original y actual ha sido fuertemente mediatizada por otras luchas políticas, económicas, ideológicas y sociales, y que las organizaciones que lucharon contra el sistema de dominación y acumulación característico del Capitalismo, fueron mediatizadas y derrotadas primero en el siglo XIX y después en el XX. Todavía a principios del siglo XXI se vive la desorganización de las fuerzas alternativas y de sus propias organizaciones o medios, para alcanzar el socialismo, la democracia, la liberación. El carácter relativamente informe y multitudinario que las fuerzas alternativas todavía presentan es evidente. Pero ni del proyecto americano de un Imperio Global ni de la crisis mundial de las alternativas, puede derivarse que en vez de pensar y actuar contra el imperialismo se debe pensar y actuar contra el imperio y que en vez de pensar en las nuevas organizaciones de la resistencia y de la organización del poder alternativo, se debe luchar en los vagos términos de un pensamiento libertario o neoanarquista conservador que pretende enfrentar la multitud desorganizada al capitalismo más organizado de toda la historia. El origen del planteamiento mistificador de Hart y Negri proviene de una lógica de las disyuntivas que generalmente ha sido reaccionaria. Consiste en pensar que lo nuevo del imperialismo acaba con el imperialismo y que lo nuevo de la lucha de clases se expresa en una lucha histórica a cargo de las multitudes, ese otro término con que el pensamiento conservador y elitista ha visto siempre a los pueblos y los ha temido agresivamente. La verdad es que hoy, más que nunca, el concepto del imperialismo como una etapa del capitalismo y de la historia de la humanidad, sigue siendo un concepto fundamental. Al articular la historia de los imperios con la historia de las empresas, el concepto de "imperialismo" puso al descubierto el poder creciente de las empresas monopólicas y del capital financiero. También replanteó la lucha antimperialista combinando la lucha de las naciones oprimidas con la lucha de las clases explotadas. Si hoy estamos asistiendo a la construcción de un imperio mundial por el complejo militar-empresarial de Estados Unidos (y la palabra imperio les resulta grata desde la reina Victoria) ese proyecto de Imperio corresponde a las más avanzadas políticas imperialistas y capitalistas: combina la creciente fuerza de las megaempresas y de las potencias en que se apoyan, y de que se sirven, con las nuevas formas de dominación y explotación de los pueblos y los trabajadores. De hecho articula cada vez más el imperialismo al capitalismo hasta hacer incomprensible uno sin el otro. Es más permite explorar las contradicciones en la construcción del imperio mundial norteamericano en pugna inevitable con otros imperios dada su creciente apropiación y dominación de territorios, recursos y poblaciones, y el hecho de que aparece como el beneficiario principal de la nueva acumulación original y ampliada de capitales, planteando problemas de inseguridad a las grandes potencias y a las potencias intermedias. La lucha contra el imperialismo y el capitalismo como una lucha por la democracia, la liberación y el socialismo corresponde por su parte a un fenómeno alternativo, de sistemas emergentes y tanto por sus tendencias naturales como por las que serán dirigidas a alcanzar esos objetivos puede tener un crecimiento exponencial que incluya a la propia población de los Estados Unidos, no se diga a la del resto del mundo. En ese futuro el ejemplo de Cuba, lejos de ser "excepcional" tiene características universales que aparecerán más y más conforme se descubra en ella la necesidad étnicopolítica que todo movimiento por la liberación, la democracia y el socialismo debe priorizar en la organización de su pensamiento y de sus actos.

Mayo, 2004

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