Un punto de encuentro para las alternativas sociales

El Manifiesto de los plebeyos

Babeuf que, había apoyado el movimiento de 9 de Termidor (que significó el fin del Comité de Salud Pública y la caida de los jacobinos robespierrista) se percató con bastante rapidez del sentido burgués del nuevo régimen que se construía y entró en contradicción con él. Ello le supuso la detención. Estuvo detenido hasta el 18 de diciembre de 1794. Para enmarcar el rumbo contrarevolucionario de Termidor, podemos citar que el 12 de noviembre ( 22 Brumario) había sido clausurado el Club de los jacobinos y que el 24 de diciembre (4 Nivoso), había sido abolida la ley del maximum. El conjunto de la política económica y social de Termidor fue de instauración del régimen capitalista de producción, el liberalismo económico más desatado. Como dice Guerin:’Se sacrificaba deliberadamente a los pobres…Al tiempo que se les quitaba el pan de la boca, privaban a los sans culottes de una de sus conquistas esenciales: la libertad política.’ El primero de abril de 1795 (12-13 Germinal del año III) se produjo una insurrección popular en Paris, como expresión de la desesperación popular que fue seguida de las jornadas de 1-4 de Pradial. La derrota del movimiento popular fue ya total. Por su parte, Babeuf había empezado a publicar su periódico ‘El Tribuno del Pueblo’ desde verano del 94, que siguió publicándose hasta el 24 de abril de 1796. A raíz de los artículos del Tribuno estuvo detenido entre febrero y noviembre de 1795,en Paris, en Baudets y en Arrás La cárcel le permitió realizar una reflexión sobre lo que estaba ocurriendo y trazar los planes de un nuevo proyecto político: establecer la igualdad de hecho. Babeuf, salido de la cárcel gracias a la amnistía concedida por el Directorio, reemprende inmediatamente la publicación de su periódico ‘Le Tribun du peuple’. Sus ideas sociales y políticas estaban claras y su Programa era coherente. Todavía era necesario propagarlas y continuar firme en las posiciones defendidas. Durante las semanas que separan la reaparición del ‘Tribun’ y el fracaso de la conspiración, Babeuf se comporta como un jefe de partido: designa los objetivos y critica los periódicos republicanos que pactan con el Directorio; contribuye eminentemente al renacimiento del movimiento democrático y a la organización de los grupos revolucionarios; denuncia la reacción y establece un balance en su periódico de los beneficios del ‘sistema de la igualdad’ y de las villanías dictatoriales. Sus últimas llamadas corresponden a la época en que fue construido el aparato insurreccional babouvista. Las frases apasionadas de Babeuf revelan a la vez la grandeza mesiánica del hombre y las incertidumbres de la tentativa. Babeuf presentó en el índice de su periódico el Manifiesto bajo el título ‘Extracto del gran manifiesto a proclamar para reestablecer la ‘igualdad de hecho’. Necesidad para todos los desgraciados franceses de una retirada al Monte Sagrado o de la formación de una Vendée plebeya’. En él se encuentra lo esencial de los proyectos socialistas y políticos de los babouvistas. Babeuf, que había constatado a su salida de la cárcel la desbandada popular y las vacilaciones de los demócratas, vió como una necesidad mostrar, lo más rápidamente posible, ‘lo que era necesario hacer’. En el Prospecto aparecido al mismo tiempo que el número 34 de ‘Le Tribun du peuple’, escribía: ‘Persuadido eternamente de que no se puede hacer nada grande sin todo el Pueblo, creo que es necesario aún, para hacer alguna cosa con él, mostrar- le continuamente ‘lo que es necesario hacer’ y temer menos los inconvenientes de la publicidad de los que la política se aprovecha, que contar con las ventajas de la fuerza colosal que delata siempre la política… Tenemos que calcular las fuerzas que se pierden dejando la opinión en la apatía, sin aliento y sin objeto, y todo lo que se gana activándola y enseñándole el ‘fin». Todo el número 34 de ‘Le Tribun du peuple’ que precede al Manifiesto, no es nada más que una llamada a la opinión para que despierte, a que no se deje ganar por aquellos que quieren llevar al movimiento popular por la vía de la moderación (Fouché, Barras, etc.) y para hablar, como a principios del siglo xx, de la vía de la ‘colaboración de clase y del reformismo’. El Manifiesto de los plebeyos, fue el pretexto para nuevas persecuciones contra Babeuf. ¡Patriotas! ¡Estáis un poco descorazonados!, ¡Me atrevería a decir que sois un poco pusilánimes! Estáis espantados porque sois muy pocos y teméis el fracaso. Pero acabáis de ver, y os lo han dicho, que queda muy poco que retroceder. ¡Vencer o morir!, no habéis olvidado que éste fue nuestro gran juramento. Vuestros enemigos os apresuran a llegar a la manos: y yo también. Procediendo de otra forma de la que ellos lo entienden, podéis salvar a la patria. Os haré ser, a pesar vuestro, valientes. Os forzaré a, llegar al enfrentamiento con nuestros adversarios comunes… ¡Hombres libres! No soy imprudente en absoluto… no soy prematuro en absoluto… Todavía no sabéis dónde y cómo quiero ir. Veréis pronto mi camino; y, o bien no sois demócratas, o juzgaréis que éste es el bueno y el seguro. En principio somos pocos obreros, es verdad; pero pronto habremos agrupado a los que hace falta. (… ) ¡Patriotas! Lo he hecho todo para haceros reconocer ‘atentos y convencidos’ la necesidad de detestar el régimen aristocrático bajo el que estamos encadenados, y para haceros ver, de una forma igualmente manifiesta, que solamente podréis vivir después del, retorno de la democracia, que ya habéis conquistado. Lo he hecho, porque he creído que ‘ha llegado la hora’ de emprender el combate entre vosotros y los pérfidos enemigos de un sistema equitativo. ¡Ahora sois vosotros quienes debéis forzar el combate! Esto es lo que yo he querido. Debe ser forzado, digo, porque vuestros enemigos no pueden desconocer, y vosotros mismos no lo podéis disimular, ‘lo que queremos’. Ya no tenemos tradición. Creo, he creído siempre, que si dejamos escapar este momento para llegar a las manos, no nos quedará por mucho más tiempo la esperanza de reconquistar este estado de libertad y de felicidad por el que hemos hecho tantos sacrificios. Que el gobierno, tan alabado por los republicanos y tan cordialmente aborrecido por los patricios y los monárquicos; que el gobierno justifique las esperanzas de unos y pague el odio de los otros con una retribución merecida. Que ayude, en lugar de impedir, los movimientos necesarios para devolver al pueblo sus derechos. Que los miembros del Directorio ejecutivo ‘tengan la suficiente virtud para minar su propio establecimiento’. Que se dediquen voluntariamente, y que sean los primeros en desdeñar, todo el andamiaje de la aristocracia ‘superlativa’, esta institución gigantesca que se sostiene siempre difícilmente, porque contrasta demasiado con los principios que nos han hecho hacer la revolución. Que rechacen todo este aparato, toda esta pompa veneciana, esta magnificencia casi monárquica , que escandaliza a nuestros ojos que sólo están acostumbrados ya a admirar lo simple y lo que se acerca a la igualdad. Que protejan, en lugar de continuar persiguiendo, a los apóstoles de la democracia, y que dejen predicar libremente la santa moral. Que sean tan grandes como lo fueron Agis y Cleomena, en situaciones muy parecidas a la suya ( … ) Babeuf condena seguidamente la quietud de los demócratas y sus vacilaciones para combatir al gobierno. Muestra que su fin no es establecer un nuevo régimen político, sino un nuevo régimen social basado en la igualdad, del que no se puede diferir la llegada. (… ) Las instituciones tienen que asegurar la ‘felicidad común’, la comodidad de todos los asociados. Recordemos algunos de los principios fundamentales desarrollados en nuestro último número, en el artículo De la guerra de los ricos y de los pobres. Repeticiones de este género no aburren lo que interesan. Señalábamos que la ‘perfecta igualdad’ es de derecho primitivo: que el pacto social lejos de atentar contra este derecho natural, tiene que dar a cada individuo garantías de que este derecho no será nunca violado; que además, nunca deberían existir instituciones que favorecieran la desigualdad, la codicia, que pudieran permitir evadir lo necesario para unos, para formar lo superfluo para otros. Que sin embargo había sucedido lo contrario, que convenciones absurdas se habían introducido en la sociedad y habían protegido la desigualdad, habían permitido el despojo de la mayoría de la minoría; que existieron épocas en las que los resultados de estas asesinas reglas sociales, fueron que la universalidad de las riquezas se había concentrado en las manos de unos pocos; que la paz que es natural cuando todos son felices, entonces era necesariamente precaria; que la masa que no podía continuar existiendo, al no poseer nada, encontrando solamente corazones inhumanos en la casta que se había apoderado de todo, estos efectos determinaban la época de estas grandes revoluciones, fijaban los períodos memorables, predichos en el libro del Tiempo y del Destino, en las que el cambio radical en el sistema de propiedad se convierte en inevitable, donde la revuelta de los pobres contra los ricos es una necesidad a la que ya nada puede vencer. Nosotros hemos demostrado que en 1789, estábamos en este momento, y que es por esto que entonces estalló la revolución. Hemos demostrado que, después de 1789, singularmente desde 1794 y 1795, la aglomeración de las calamidades y la opresión pública habían hecho urgente la conmoción majestuosa del pueblo contra sus expoliadores y sus opresores… Babeuf utiliza seguidamente un conjunto de situaciones sacado de la historia republicana de Roma, para demostrar que en una situación parecida, a la que, en su opinión, conocía el pueblo de París en 1795, el no ‘respetar las propiedades’ era conforme a la naturaleza humana. (… ) No es la igualdad mental lo que necesita un hombre que pasa hambre o que tiene necesidades: la tenía, esta igualdad, en el estado natural. Repito, porque no es un don de la sociedad; y porque para limitar aquí los derechos del hombre, era mejor para él quedarse en el estado natural, buscando y disputando su subsistencia en los bosques o al borde del mar o de los ríos… La primera y la más peligrosa de las objeciones, además de la más inmoral, es el pretendido derecho a la propiedad, en su acepción común. ¡El derecho a la propiedad! Pero, ¿cuál es pues este derecho a la propiedad? ¿Se entiende por ello el derecho de disponer de ella a su agrado? Si se entiende así, lo proclamo en voz alta, es reconocer la ‘ley del más fuerte’, es engañar el deseo de la asociación, es recordar a los hombres el ejercicio de los derechos de la naturaleza, y provocar la disolución del cuerpo político. Si, por el contrario, no se entiende así, me pregunto cuál será la medida y el límite de este derecho, ya que al fin de cuentas es necesario uno. ¿No lo esperáis de la moderación del propietario? (…) (… ) ¿Queréis de buena fe la felicidad del pueblo? ¿Queréis tranquilizarlo? ¿Queréis ligarlo indisolublemente al éxito de la revolución y al establecimiento de la República? ¿Queréis acabar con sus inquietudes y sus indigestiones intestinas?, declarad hoy que la base de la constitución republicana de los franceses será el limite al derecho de propiedad. (… ) No es más en ‘los espíritus’ donde hay que hacer la revolución; no es allí donde hay que buscar el éxito: desde hace tiempo ya está hecha y es perfecta, toda Francia os lo atestigua: es ‘en las cosas’ donde es necesario que esta revolución, de la que depende la felicidad del género humano, se haga. ¡Eh!, ¿qué importa al pueblo, qué importa a todos los hombres un cambio de opinión que no les procure nada más que una felicidad ideal? Uno puede quedarse extasiado, sin duda, ante este cambio de opinión; pero esta beatitud espiritual sólo conviene a los buenos espíritus y a los hombres que gozan de todos los bienes de la fortuna. Les es bien fácil a éstos, embriagarse de libertad y de igualdad: también el pueblo bebió la primera copa con delicia, también se embriagó. Pero temed que esta borrachera no pasa y que, estando más calmado y siendo más desgraciado que antes, no lo atribuya a la seducción de algunos facciosos, y no se imagine haber sido el juguete de las pasiones o de los sistemas de la ambición de algunos individuos. La situación moral del pueblo no es hoy nada más que un sueño que es necesario realizar, y no lo podéis hacer de otra forma que haciendo ‘en las cosas’ la misma revolución que habéis hecho ‘en los espíritus’. (… ) ¿Es ‘ley agraria’ lo que queréis?, se alarmarán mil voces de hombres honestos. NO: es más que esto. Sabemos qué argumento invencible nos opondrían. Nos dirían, con razón, que la ley agraria no puede durar más que un día; que desde la mañana siguiente de su promulgación, se restablecería la desigualdad. Los tribunales de Francia que nos han precedido, han concebido mejor el verdadero sistema de la felicidad social. Han sentido que tenía que residir en instituciones capaces de asegurar de mantener inalterablemente la ‘igualdad de hecho’. La ‘igualdad de hecho’ no es una quimera. El ensayo práctico fue emprendido felizmente por el tribuno Licurgo. Se sabe cómo llegó a instaurar este sistema admirable, en el que las cargas y las ventajas de la sociedad estaban igualmente repartidas, en el que todos tenían lo suficiente, y en el que nadie podía esperar lo superfluo. Todos los moralistas de buena fe reconocieron este gran principio e intentaron consagrarlo. Los que lo enunciaron más claramente fueron, en mi opinión, los hombres más estimables y los más distinguidos tribunos. El judío Jesucristo no merece este título sino es en forma mediocre, ya que expresó demasiado obscuramente su máxima: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. Esto insinúa, pero no dice explícitamente, es que la primera de todas las leyes es que ningún hombre puede pretender legítimamente que ninguno de sus semejantes sea menos feliz que él . J. Jacques ha precisado mejor este mismo principio, cuando ha escrito: ‘Para que el estado social sea perfeccionado, es necesario que cada uno tenga lo suficiente'[1], y que ninguno tenga demasiado. Este corto párrafo es, en mi opinión, el elixir del contrato social. Su autor lo ha hecho tan inteligible como le era posible en el tiempo en que escribía y pocas palabras bastan a quien sabe comprender. Escuchar a Diderot, no dejará equívoco sobre cuál es el único y verdadero sistema de sociabilidad conforme a la justicia: ‘Hablad tanto como queráis -dice- sobre la mejor forma de gobierno, no habréis hecho nada en tanto no hayáis destruido los gérmenes de codicia y de la ambición.’ No es necesario ningún comentario para explicar que, la mejor forma de gobierno, es que sea imposible a todos los gobernadores convertirse en más ricos o más fuertes en autoridad que cada uno de sus hermanos; para que en una justa, igual y suficiente parte de las ventajas para cada individuo, se encuentren los limites de la codicia y de la ambición. Robespierre os dirá también, que éstas son las bases de todo pacto fundado en la igualdad de los derechos primitivos o de la naturaleza. ‘El fin de la sociedad -dice en su Declaración de Derechos- es la felicidad común -es decir, evidentemente, la felicidad igual de todos los individuos- que nacen iguales en derechos y necesidades.’ Y más lejos esta otra máxima de moral eterna: ‘No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti – es decir- haz a los otros lo que querrías que te hicieran a ti ( … ).’ Y, ¿no es a esto, a lo que, armado con la razón más soberana, Saint-Just, cuando parecía querer responder a sus verdades incontestables, daba una doble protección, al dirigimos estas importantes palabras a vosotros, Sans-culottes, oprimidos siempre?: ‘Los desgraciados son las potencias de la tierra, tienen derecho a hablar como dueños a los gobiernos que actúan con negligencia hacia ellos.’ (…) La religión de la ‘pura igualdad’, que nos atrevemos a predicar a todos nuestros hermanos despojados y hambrientos, quizá les parezca a ellos mismos, por más natural que les sea; les parecerá, digo, quizá nueva pero por ser tan viejos en nuestras bárbaras y numerosas instituciones, que casi no podemos concebir que sean más justas y más simples (…). Babeuf hace seguidamente un llamamiento a la tradición propia de la Revolución Francesa, citando los textos igualitarios de los hombres que después del 9 termidor han ‘cambiado de camisa’ : Tallien, en ‘Ami des sans-culottes’ en 1793, y Fouché en su decreto del 24 brumario del año II (14 de noviembre de 1793). ¿Es necesario para restablecer los derechos del género humano y hacer cesar todos los males, es necesario una ‘ retirada al Monte Sagrado o una Vendée plebeya? ¡Que todos los amigos de la ‘igualdad’ estén listos y se den por aludidos! ¡Que cada uno de ellos se llene de la incomparable belleza de esta empresa! ¡Los Israelitas a liberarse de la servidumbre egipcia! ¡Llegar a la posesión de las tierras de Canaán! ¿Qué expedición fue nunca más digna de iluminar los grandes corajes? El Dios de la Libertad, estemos seguro de ello, protegerá a los ‘Moisés’ que la querrán dirigir. Nos lo ha prometido sin necesidad del intermediario Aaron, del que no sabemos qué hacer, como tampoco de su colega el vicario. Nos lo han prometido, sin aparición milagrosa en el zarzal ardiente. Dejemos a un lado todos estos pródigos, todas estas necedades. Las inspiraciones de las divinidades republicanas se manifiestan simplemente bajo los auspicios de la naturaleza (Dios Supremo) por la voz del corazón de los, republicanos [2]. Nos ha sido revelado, pues, que mientras numerosos ‘Josué’ combatirán en la llanura sin necesidad de detener el sol, muchos, en lugar del legislador de los Hebreos, estarán en la verdadera ‘Montaña Plebeya’. Allí trazarán, al dictado de la justicia eterna, el decálogo de la santa humanidad, del sans-culottisme, de la imprescriptible equidad. Proclamamos, bajo la protección de nuestras cien mil picas y de nuestras lenguas de fuego, el primer código verdadero de la naturaleza, que no podrá ser nunca quebrantado. Explicaremos claramente qué es la ‘ felicidad común, fin de la sociedad’. Demostraremos que la suerte de todo hombre no debe acabar al pasar del estado natural al social. Definiremos la propiedad. Probaremos que la tierra no es de nadie, sino que es de todos. Probaremos que todo lo que un individuo acapara más allá de lo que le es necesario para su alimentación, es un robo. Probaremos que el pretendido derecho a la alienabilidad es un infame atentado populicida. Probaremos que la ‘herencia por familia’ es un error no me- nos grande; que aísla a todos los miembros de la asociación, y que hace de cada familia una pequeña república, que no puede dejar de conspirar contra la más grande y que consagra la desigualdad. Probaremos que todo lo que un miembro del cuerpo social tiene ‘por debajo’ de los suficiente a sus necesidades de toda especie y de cada día, es el resultado de una expoliación de su propiedad individual hecha por los acaparadores de bienes comunes. Que, en consecuencia, todo lo que un miembro del cuerpo social tiene ‘por encima’ de los suficiente a sus necesidades de toda especie y de cada día, es el resultado de un robo hecho a los otros asociados, que priva necesariamente a un número más o menos grande de ellos, de su parte en los bienes comunes. Que los razonamientos, por más sutiles que sean, no pueden prevalecer sobre las verdades inalterables. Que la superioridad de los talentos y de las industrias no es más que una quimera y un cebo especial que siempre ha servido a los complots de los conspiradores contra la igualdad. Que la diferencia de valor y de mérito en el trabajo de los hombres, reposa en la opinión de que algunos de entre ellos han sentado y han sabido hacer prevalecer, Que es sin duda incorrecto que esta opinión haya apreciado la jornada del que hace un reloj, como veinte veces superior a la jornada de] que traza los surcos. Que es sin embargo con ayuda de esta estimación que la ganancia de un obrero relojero le ha llevado a adquirir el patrimonio de veinte obreros de arado, a los que ha expropiado por este medio. Que todos los proletarios lo son por el resultado de la misma combinación de todas las otras relaciones de la producción, pero que todas parten de la diferencia de valor, establecida entre las cosas por la única autoridad de la opinión. Que es absurda e injusta la pretensión de querer una recompensa más grande para aquel cuya tarea exige un mayor grado de inteligencia, y más aplicación y tensión de espíritu; esto no amplía en nada la capacidad de su estómago. Que ninguna razón puede pretender una recompensa que exceda de lo suficiente para las necesidades humanas. Que también es fruto de la opinión que el valor de la inteligencia, y quizá haya que examinarlo si el valor de la fuerza natural y física, no vale nada. Que son los inteligentes los que han dado tan alto precio a las concepciones de sus cerebros y que si hubieran sido los fuertes los que hubiesen reglamentado las cosas, habrían establecido sin duda que el mérito de los brazos vale tanto como el de la cabeza y que la fatiga de todo el cuerpo podría ser compensada con la de la única parte pensante. Que sin esta igualación, se da a los más inteligentes, a los más industrializados, una patente para acaparar, un título para despojar impunemente a los que lo son menos. Que es de este modo como se destruyó, derribando en el estado social, el equilibrio de la comodidad, ya que no hay nada que esté mejor demostrado que nuestra gran máxima: ‘no se llega a tener demasiado sino es haciendo que los otros no tengan lo suficiente’. Que nuestras instituciones civiles, nuestras transacciones recíprocas no son más que actos de un bandidaje perpetuo, autorizados por leyes bárbaras y absurdas, a la sombra de las cuales solamente nos ocupamos en despojarnos mutuamente. Que nuestra sociedad de bribones implica, a causa de sus atroces convenciones primordiales, toda clase de vicios, de crímenes y de desgracias contra las que algunos hombres de bien se unen en vano para hacerles la guerra, que no pueden hacerla triunfar porque no atacan los males desde su raíz y aplican únicamente paliativos sacados de la reserva de ideas falsas de nuestra depravación orgánica. Que queda claro, por lo que precede, que todo lo que poseen aquellos que tienen algo más que su parte individual de los bienes de la sociedad, es robo y usurpación. Que por tanto es justo recuperarlo. Que el que pudiera probar que, gracias solamente a las fuerzas naturales, es capaz de hacer tanto como hacen cuatro personas juntas y que, en consecuencia, exige la retribución de cuatro, no dejaría por ello de conspirar contra la sociedad, porque destruiría el equilibrio por este único medio y destruiría la preciosa igualdad. Que la prudencia ordena a todos los asociados a reprimir este tipo de hombre, a perseguirle como a una plaga social, a reducirle a no poder hacer más tarea que la de uno, para no poder exigir más recompensa que la de uno solo. Que solamente es una especie la que ha introducido esta locura asesina, de distinción de mérito y de valor, y que también es ella quien conoce la desgracia y las privaciones. Que no deben existir privaciones en las cosas que la naturaleza nos da a todos, que son producto de todos, sino es una causa de accidentes inevitables de la naturaleza, y en este caso, las privaciones tienen que ser soportadas y repartidas entre todos igualitariamente. Que de este modo las producciones de la industria y del genio se convierten en propiedad de todos, de dominio de toda la asociación desde el mismo momento en que los inventores y los trabajadores las han hecho aparecer; ya que no son más que compensaciones de las invenciones precedentes del genio de la industria, de los que estos inventores y estos trabajadores se han aprovechado gracias a la vida en sociedad, y que les han ayudado en sus descubrimientos. Que, ya que los conocimientos adquiridos son de dominio público, deben ser repartidos igualitariamente entre todos. Que es una verdad mal constatada por mala fe, prejuicio o irreflexión, es decir que esta repartición convertiría a todos los hombres en iguales, con la misma capacidad y el mismo talento. Que la educación cuando es desigual es una monstruosidad, del mismo modo que cuando es patrimonio exclusivo de una parte de la asociación, ya que entonces se convierte, en manos de esta parte, en un montón de máquinas, en una provisión de armas de toda clase, con ayuda de las cuales esta primera parte combate a la otra desarmada, llegando fácilmente, en consecuencia, a yugularla, a engañaría, a despojarla, a esclavizaría bajo las cadenas más vergonzosas. Que no es verdad menos importante que la que ya hemos citado y que un filósofo ha proclamado en estos términos: ‘Hablad tanto como queráis, sobre la forma de gobierno, no habréis hecho nada en tanto no hayáis destruido los gérmenes de la codicia y de la ambición. ‘ Que es necesario, pues, que las instituciones sociales nos lleven a un punto en el que nieguen a todo individuo la esperanza de llegar a ser más rico, más potente y más distinguido que ninguno de sus iguales. Que es necesario, para precisar todavía más esto, llegar a ‘encadenar la suerte’; a hacer la de cada asociado independiente de las circunstancias felices o desgraciadas; ‘a asegurar a cada uno y a su descendencia, por numerosa que sea, lo suficiente y nada más que lo suficiente’ ; y a cerrar todas las vías posibles para que nunca puedan obtener más allá de esta parte individual de los productos de la naturaleza y del trabajo. Que el único medio de llegar hasta aquí, es establecer la ‘administración común’; suprimir propiedad particular; ligar cada hombre al talento, a la industria que conoce; obligarle a depositar sus frutos en especie en el almacén común, y establecer una simple administración de distribución, una administración de subsistencia que, teniendo registrados a todos los individuos, y a todas las cosas, hará repartir estas últimas en la igualdad más escrupulosa y las depositará en el domicilio de cada ciudadano. Que este gobierno, que la experiencia nos demuestra que es practicable, ya que se aplica a un millón doscientos mil hombres de nuestros doce ejércitos (lo que es posible en pequeño lo es en grande)[3] , que este gobierno es el único del que puede resultar la felicidad universal, inalterable, sin mezcolanzas; ‘la felicidad común, fin de la sociedad’. Que este gobierno hará desaparecer los límites, las vallas, los muros, las cerraduras de las puertas, las disputas, los procesos, los robos, los asesinatos, todos los crímenes: los tribunales, las cárceles, las horcas, las penas, el desespero que causan todas estas calamidades; el ansia, la envidia, la insaciedad, el orgullo, los engaños, la duplicidad, en resumen, todos los vicios: y más aún, y sin duda este punto es el esencia, ‘el gusano roedor’ de la inquietud general, particular, perpetua de cada uno de nosotros, por nuestra suerte de mañana, del próximo mes, del año siguiente, de nuestra vejez, la de nuestros hijos y la de sus hijos. Este resumen de este terrible manifiesto que ofreceremos a la masa oprimida del Pueblo francés, del que te damos un primer esbozo para empezarle a ‘dar gusto’. ¡Pueblo, despierta a la esperanza!, acaba con la desesperación que te sepulta. (… ) Despierta a la vista de un futuro feliz. ¡Amigos de los reyes!, perded toda esperanza de que los mallos con los que habéis abrumado al pueblo le sometan para siempre jamás al yugo de uno solo. ¡Y vosotros, patricios!, ¡ricos!, ¡tiranos republicanos! renunciad igualmente, y todos a la vez, a vuestras especulaciones opresivas, sobre esta nación que no ha olvidado todavía sus juramentos a la libertad. Una perspectiva, más feliz que todo lo que podéis suponer, se abre a su vista. ¡Dominadores culpables!, en el momento en que creéis que podéis azotar sin peligro a este pueblo virtuoso con vuestro brazo de hierro, os hará sentir su superioridad, se liberará de vuestras usurpaciones y de vuestras cadenas, recuperará sus derechos primitivos y sagrados. Desde hace demasiado tiempo le estáis insultando en su agonía… ‘El pueblo -decís- está sin vigor; sufre y muere sin atreverse a quejarse.’ ¡El orgullo de la nación no se dejará pisar por estas humillaciones! ¡El nombre francés no pasará a la posterioridad acompañado de este envilecimiento! ¡Que este escrito sea la señal, la luz que reanime y vivifique todo lo que en otro tiempo tuvo calor y valentía!, todo lo que quemó con llama ardiente por la felicidad pública y la independencia perfecta. ¡Que el pueblo torne la primera idea verdadera de la Igualdad! Que estas palabras: ‘Igualdad’, ‘iguales’, ‘plebeyanismo’ sean palabras de unión de todos los amigos del pueblo. Que el pueblo ponga a discusión todos los grandes principios; ¡que el combate se centre sobre el famoso tema de esta ‘igualdad’ propiamente dicha y sobre el de la propiedad! ¡Que goce esta vez con la moral y que la llene de fuego sostenido hasta la consumación total de su obra! Que destruya todas las antiguas instituciones bárbaras y que las sustituya por aquellas que son dictadas por la naturaleza y la justicia eterna. Sí, ¡todos los males del pueblo están en el límite; no pueden empeorar! ¿No pueden repararse sino es un cambio total? ¿Que esta guerra del rico contra el pobre tome un color menos innoble? ¡Que deje de ser audaz por un lado y malvada por el otro! ¡Que los desgraciados respondan de una vez a sus opresores! Aprovechémonos de que nos han empujado hasta el límite. Avancemos sin rodeos, como hombres que se sienten llenos de todas sus fuerzas: Marchemos francamente hacia la Igualdad. Veamos el ‘fin de la sociedad’; ¡veamos la ‘felicidad común’! ¡Pérfidos o ignorantes! ¿Gritáis que es necesario evitar la guerra civil? ¿Que no hay que echar entre el pueblo la antorcha de la discordia? ( … ) ¿Qué guerra civil es más irritante que aquella que muestra a todos los asesinos en un bando y a todas las víctimas sin defensa en el otro? ¿Clasificaríais de criminal a quien arma a las víctimas contra los asesinos? ¿No es mejor una guerra civil en la que las dos partes puedan defenderse recíprocamente? Que se acuse, si se quiere, a nuestro periódico de avivar la discordia. Tanto mejor: la discordia es mucho mejor que una horrible concordia en la que la gente muere de hambre. Que los partidos tomen posiciones; que la rebelión sea parcial, general, instantánea, que retroceda, que se determine. ¡Nosotros estamos siempre satisfechos! ¡Que el ‘Monte sagrado’ o la ‘Vendée plebeya’ se formen en un solo punto o en los ochenta y seis departamentos! Que se conspire poco o mucho contra la opresión, secretamente o a la luz del día, en cien mil conciliábulos o en uno solo, poco nos importa ya que se conspira y los remordimientos e inquietudes acompañan siempre a los opresores. Hemos dado la seria¡ para que muchos se den cuenta; para llamar a muchos cómplices; les hemos dado motivos suficientes y algunas ideas, estamos casi seguros que se conspirará. Que la tiranía intente, si puede, interceptamos… El pueblo, se dice, no tiene guías. Que aparezcan, y el pueblo desde este mismo instante romperá las cadenas y conquistará el pan para él y para todas las generaciones venideras. Repetimos una vez más: Todos los males están en el límite; no pueden empeorar; ¡no pueden repararse si no es con un cambio total!… ¡Que todo se confunda!… ¡que todos los elementos se envuelvan, se mezclen y choquen entre sí!… ¡Que todo se convierta en caos y que del caos salga un mundo nuevo y regenerado! ‘Apresurémonos, después de mil años, a cambiar estas leyes groseras’. ‘Le Tribun du peuple’, número 35. 9 frimario del año IV (30 de noviembre de 1795), págs. 79-107. Nota: Para editar este texto se ha utilizado la siguiente biblografia: Babeuf. Ecrits presentés par Claude Mazauric. Messidor/Editions sociales. Paris, 1988. François-Noel Babeuf. Realismo y utopia en la revolución francesa. Sarpe . Biblioteca de la historia. Madrid, 1985. Irene Castells Oliván. La revolución francesa (1789-1799). Editorial Síntesis. Madrid 1997. Daniel Guerin. La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa. 1793-1795. Alianza Editorial, Madrid 1974. [2] Babeuf confirma aquí su ateísmo, o quizá mejor, su panteísmo naturalista. [3] Babeuf muestra aquí todo lo que su doctrina debe a la práctica del año II: tasación y requisicíón. La misma idea era entonces frecuentemente expresada y sería desarrollada por los socialistas utopistas en su proyecto de ‘ejércitos industriales’ (Cf. M. Dommanget pages choisies…, op. cit., notas, p. 262.)

©EspaiMarx 2002

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Maximilien Robespierre: la causa del poble

George Labica

De l’igualtat

El poble, "aquesta multitud d’homes dels quals jo defenso la causa" ( abril 1791), i el seus drets: totes les intervencions de Robespierre a la Constituent no tingueren altra finalitat que afirmar aquests drets i proposar la seva constant extensió, la de la pròpia democràcia. A partir de la modèstia dels èxits que va obtenir, es pot mesurar la força de les resistències amb les que s’hagué d’enfrontar. El poble, en tot cas, en tingué coneixement i li va agrair quan li oferí l’ovació, junt a Petion, el 30 de setembre.

L’exigència d’igualtat entre tots els ciutadans està clara en moltes de les seves intervencions. Aquesta exigència crida a l’ Assemblea a respectar la Constitució. És el cas del Discurs sobre l’organització de les guàrdies nacionals (5 de desembre del 90). Robespierre es revolta contra la idea que les guàrdies poguessin ésser considerades com un exèrcit: "Les guàrdies nacionals no poden ésser altra cosa que la nació sencera, armada per a defendre, per necessitat, els seus drets(…) despullar una porció qualsevol dels ciutadans del dret d’armar-se per la pàtria i investir-ne exclusivament una altra part, és doncs violar al mateix temps la santa igualtat que està en la base del pacte social, i les lleis més incontestables i més sagrades de la natura(…) Aquest principi no admet cap distinció entre allò que vosaltres denomineu ciutadans actius i els altres(…). És impossible que les guàrdies nacionals esdevinguin per elles mateixes perilloses per a la llibertat, donat que és contradictori que la nació vulgui oprimir-se ella mateixa". El discurs, llegit als Cordeliers , Sobre la necessitat de revocar el decret sobre la moneda de plata ( abril 91), és encara més eloqüent. El sistema electoral, que limitava el dret de vot als ciutadans que pagaven una contribució directa igual al valor local de tres dies de treball, excloïa tres milions de ciutadans sobre set. Robespierre en fou un adversari resolt. Per tal de revocar la distinció entre "actius" i "passius", ell no es limita a posar, de nou, a l’ Assemblea en contradicció amb la Declaració, si no que invoca les Llums, on es creuen "els camins de la raó i de la natura", fustiga els "rics" i presenta el poble com el garant absolut de la revolució. " Heu fet quelcom per apreciar-lo [ el poble] i per a conèixer els homes, vosaltres que… no els heu jutjat més que des de les idees absurdes del despotisme i de l’orgull feudal; vosaltres que… heu trobat fàcil degradar la major part del gènere humà, pels insults de canalla, de populatxo; vosaltres que heu revelat al món que existien persones sense naixement, com si tots els homes que hi viuen no haguessin nascut; que hi havien persones de res que eren homes de mèrit i que hi havien persones honestes, persones com cal, que eren els més vils i els més corromputs de tots els homes […] . Els abusos són l’obra i el domini dels rics, ells són els flagells del poble: l’interès del poble és l’interès general, el dels rics és l’interès particular; i vosaltres voleu anular el poble i fer omnipotents els rics!". Afegim, de passada, al dossier de la polisèmia de la paraula poble , aquesta rigorosa definició: " Fins aquí, jo he utilitzat el llenguatge d’aquells que semblen voler designar per la paraula poble una classe d’homes separada, a la qual els afegeixen una certa idea d’inferioritat i de menyspreu. Ja és hora d’expressar-se amb més precisió, recordant que el sistema que nosaltres combatem proscriu a les nou dècimes parts de la nació, que esborra de la llista d’aquells que ell anomena ciutadans actius una multitud innombrable d’homes que els prejudicis i inclòs l’orgull havien respectat, distingits per la seva educació, per la seva indústria i inclòs per la seva fortuna". "Poble", per tant, el conjunt dels dominats, mitjana i petita burgesia inclosa. Que Robespierre defensa encara, a propòsit del dret de petició ( 9 de maig del 91), contra Le Chapelier: " L’ Assemblea no pot atorgar el dret de petició de forma exclusiva als ciutadans actius". Ell hi tornarà encara el 29 de juliol del 92: "Per quina fatalitat hem arribat a una situació en que els únics amics fidels de la Constitució, que les veritables columnes de la llibertat siguin precisament aquesta classe laboriosa i magnànima que la primera legislatura despullà del dret de ciutadania? Expieu doncs aquest crim de lesa nació i de lesa humanitat esborrant aquestes distincions injurioses que mesuren les virtuts i els drets de l’home per la quota d’impost". Amb el mateix esperit, ell proposava, el 19 de juny del 91, d’indemnitzar els electors més pobres que sacrificaven una jornada de treball per a assistir a les assemblees electorals. Ell exigia igualment que els magistrats fossin escollits (15 de desembre del 91), que els administradors rendissin comptes ( 28 de desembre del 91), o que la col·lectivitat sencera, i no només els notables, tinguessin dret de votar els impostos ( 7 de gener del 92).

Seguint en el capítol de l’igualtat, la intervenció en favor del dret de vot per a els comediants i els jueus, curiosament barrejats per la Constituent. "Com s’ha pogut oposar als jueus les persecucions de les quals han estat víctimes en diferents pobles? Precisament aquest és un dels crims nacionals que hem d’expiar, tornant-los-hi els drets imprescriptibles de l’home, dels quals cap potencia humana no els podia despullar. S’ els imputa, a més, vicis i prejudicis; l’esperit de secta i d’interès s’exageren; però qué els hi podem imputar , si no son les nostres pròpies injustícies?".

El 9 de maig i el 22 d’agost del 91, Robespierre intervé en favor de la completa llibertat de premsa : "la premsa lliure és la guardiana de la llibertat"; "essent la llibertat de publicar el propi pensament el primer baluard de la llibertat no pot ésser molestat ni limitat de cap manera, si no és en els estats despòtics". Ell, el purità a qui se li posen els pèls de punta front a les publicacions llicencioses i de la venda d’imatges obscenes ( 7 de juliol del 91), dona prova d’una confiança plena: "Deixeu desenvolupar-se plenament les opinions bones i les dolentes, només les primeres estan destinades a romandre".

El 13 de maig i el 24 de setembre del 91, Robespierre, membre de la Societat dels amics dels Negres, fundada per l’abat Gegoire, denuncia amb vehemència el lobby colonial, a qui l’ Assemblea s’aprestava a seguir (i que ella seguirà): "Ho repeteixo: morin les colònies, si els colons volen, per amenaces, forçar-nos a decretar allò que els hi convé als seus interessos".

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Sobre el memorandum anticomunista.

Mikis Theodorakis

Document nº 1

Mikis Theodorakis, sobre el memorandum anticomunista.

Declaración del célebre compositor griego, Mikis Theodorakis, sobre el memorandum anticomunista

Los héroes comparados con los criminales

El Consejo de Europa ha decidido cambiar la historia. Quiere deformarla confundiendo a los agresores con las victimas, a los héroes con los criminales, a los liberadores con los conquistadores, a los comunistas con los nazis.

Considera que los más grandes enemigos del nazismo, es decir los comunistas, son criminales, ¡que incluso igualan a los nazis!. Y se inquieta y protesta hoy porque, mientras que los hitlerianos han sido condenados por la comunidad internacional, esto no ha pasado aún con los comunistas. Es por esto, por lo que propone que esta condena tenga lugar durante la sesión plenaria de la asamblea parlamentaria del Consejo de Europa que tendrá lugar del 24 al 27 de enero próximos.

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Un Fantasma que no deja de incomodar. Crítica al «Libro negro del comunismo» ANTICOMUNISMO NECROFÍLICO

Wolfgang Wippermann

En tiempos de creciente „malestar“ en la Europa del “bienestar”, donde partidos políticos se sirven de hechos históricos para legitimarse y afirmarse ante los tímidos vaivenes en las preferencias del electorado, se pareciera querer asestar el golpe de gracia a un antiguo fantasma: al ideal comunista. A fines del año pasado aparece en París “El Libro Negro del Comunismo. Crímenes, Terror, Opresión”, en el que bajo la labor compiladora del historiador Stéphane Courtois se reúne una serie de ensayos que pretenden documentar los crímenes de los llamados sistemas y movimientos comunistas y hacer una evaluación ética de los mismos. Su leitmotiv es satanizar toda práctica política que haya tenido como emblema el ideal de Marx. “El Libro …” no sólo ha generado airadas protestas, como la del Primer Ministro de Francia, Lionel Jospin, sino que ha motivado una fuerte polémica entre historiadores, básicamente en Francia y en Alemania. En Alemania, este libro ha sido recibido con beneplácito no solamente por la mayoría de historiadores, sino por amplios sectores del quehacer político y de la opinión pública: qué mejor manera de absolver los crímenes propios o los de padres y abuelos que consolándose con que otros fueron peores que los nuestros. La discusión en torno al “Libro…” trae consigo, pues, cuestionar el procesamiento histórico, político y ético del holocausto en la Alemania nazi; un país que se ufana de sus sólidas estructuras democráticas y donde sin embargo refugiados bosnios son sacados a la fuerza de sus alojamientos durante la madrugada y embarcados en aviones sin retorno. Ejemplo solamente de un pasado con una solución de continuidad hasta el presente. Hay quienes, sin embargo, rechazan estas expresiones de propaganda ideológica. Entre ellos se encuentra el autor del artículo que sigue a continuación, Wolfgang Wippermann, profesor de Historia Moderna en la Universidad Libre de Berlín, reconocido investigador del nacionalsocialismo, y quien a pesar de su filiación socialdemócrata es un crítico radical de los crímenes del nazismo. Es asimismo tenaz opositor de la llamada „Teoría del Totalitarismo“, que relativiza los crímenes del fascismo equiparándolos con los pretendidamente cometidos por „dictaduras comunistas“, omitiendo todo análisis de las estructuras ideológicas y políticas, y restando importancia a las particularidades de la ideología rascista -sustentando con ello su continuidad en nuestra época-. Con ello lo que se persigue es condenar toda forma de “dictadura”, buscando legitimar la democracia liberal, obviando cualquier crítica a sus fundamentos teóricos y prácticos sin mencionar, por ejemplo, que (se) sustenta (en) la desigualdad del libre mercado o que en su nombre se comete crímenes de lesa humanidad (ver Vietnam o la Cantuta). (*)

Crítica al «Libro negro del comunismo»

ANTICOMUNISMO NECROFÍLICO

Por: Wolfgang Wippermann

"¡Todos los caminos del marxismo llevan a Moscú!"- se podía leer en los años 50, en una propaganda de la CDU (Unión Democrático Cristiana). Y en el "Libro negro del comunismo" se lee que "la URSS de Lenin y Stalin" era "la matriz del comunismo moderno". ¿Qué es el comunismo? ¿No hubo ninguna diferencia entre Stalin y Gorbachov, y entre Dubcek y Pol Pot? ¿No hay que distinguir entre el comunismo al que se aspira y el "socialismo realmente existente"?. Tales diferencias o les son desconocidas, a los autores del "Libro negro…", o les da igual. No quieren reconocer que en otros análisis se diferencia con precisión entre "bolchevismo", "stalinismo", "trotskismo", "titoísmo", "maoísmo", "eurocomunismo", "reformismo", etcétera. En vez de esto, parten de la existencia de un comunismo único. Este es su primer error.

Los trucos baratos de Courtois

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In memoriam de Cristopher Hill

Joaquín Miras Albarrán, Joan Tafalla

“Si cuando nuestros cuerpos de barro reposen en la tumba, hay niños en nuestro lugar, será señal de que luchamos por la verdad, la paz y la libertad de nuestros días”

Gerardo Winstanley

Nuestro camarada Christopher Hill murió el pasado 26 de febrero de 2003. La desaparición de uno de los grandes historiadores del siglo XX, perteneciente al grupo conocido como “historiadores marxistas británicos” que ha revolucionado la historiografía mundial, sin embargo, ha pasado por completo desapercibida. Por ello, a pesar del retraso, creemos oportuno redactar esta breve semblanza intelectual, que recuerde su obra y que, quizá sirva como presentación y como invitación a la lectura para algún lector de las generaciones jóvenes.

Christopher Hill nació en York en 1912. Fue decano del Balliol College d’ Oxford y miembro de la Academia británica. De 1934 a 1938 fue fellow del All Souls College d’Oxford, y de 1936 a 1938 profesor ayudante de Historia Moderna en el University College de Cardiff. Fue felllow y tutor de Historia Moderna en el Balliol College de Oxford de 1938 a 1965, y profesor invitado de Historia Inglesa de los siglos XVI y XVII en la Universidad de Oxford entre 1958 a 1965. Christopher Hill y la historiografía marxista británica.

Hill ingresó en el Partido Comunista de la Gran Bretaña en 1937, tras una visita de un año a la Unión Soviética donde conoció a historiadores soviéticos que habían estudiado, aplicando criterios marxistas, la revolución inglesa del siglo XVII. Los autores de esta nota ignoramos los nombres de estos historiadores, pero conociendo la contribución de historiadores soviéticos a la historia de las rebeliones campesinas en la Francia del mismo siglo o a la vida de Babeuf, podemos comprender la profunda huella que imprimieron en la inteligencia del joven historiador inglés. Ya en fecha tan temprana como 1940 Christopher Hill publicó un ensayo sobre “La revolución inglesa de 1640”, en el que, frente a la predominante “tesis Gardiner” que interpretaba aquella revolución en clave de lucha religiosa, como “revolución puritana”, Hill desarrollaba una interpretación alternativa de la misma, basada en la lucha de clases a partir de tres fuentes de inspiración: la obra de R.H. Tawney, las indicaciones de historiadores soviéticos y la concepción sustentada por Marx y Engels. A partir de esta interpretación, ya no se verá el siglo XVII en clave de enfrentamiento religioso sino en clave de lucha de clases.

Entre 1945 y 1957 Christopher Hill perteneció a la Agrupación de Historiadores del PCGB. Aunque la parte más importante de su obra es posterior a 1957, Hill consideraba que el formidable equipo de historiadores reunido en aquella agrupación constituyó el fermento intelectual cuyas discusiones e intercambios intelectuales le permitieron desarrollar sus concepciones, puesto que su adhesión al grupo coincide con “debates que fueron el mayor estímulo que he conocido” (Harvey j. Kaye, 1989). Hill pertenece a una tradición teórica, historiográfica, a cuya creación él contribuye decisivamente, junto con otros tres grandes colosos: Rodney Hilton, Eric Hobsbawm, y Edward Palmer Thompson. Todos ellos comparten una problemática común, que es, sin duda, resultado de su experiencia política y que replica a los pseudo teoremas doctrinales que dominaban en el movimiento obrero organizado tras la segunda guerra mundial y cuyas consecuencias políticas experimentaron en carne propia. Hobsbawm, hablando del legado de aquellos historiadores ha dicho: “ (una) ventaja de nuestro marxismo – que debemos en gran manera a Hill…- fue que nunca redujimos la historia a mero interés económico o a un determinismo de “intereses de clase” ni devaluamos la política ni la ideología … ( y) la dedicación formal a la ideología plebeya – teoría que subyace a las acciones de los movimientos sociales- todavía se identifica en gran manera con las historiadores de este origen, porque la historia social de las ideas fue siempre ( en especial gracias a Hill) una de nuestras preocupaciones primordiales” (Hobsbawm, 1974)

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Héctor P. Agosti, introductor de Gramsci en América Latina

Néstor Kohan

El poder protege, difunde y promociona a sus intelectuales predilectos. Los críticos corren otra suerte. Cuando no los asesinan (Rodolfo Walsh, Silvio Frondizi, Raymundo Gleyzer, etc.), quedan sepultados por el polvo gris del olvido o el desconocimiento de las nuevas generaciones.

Héctor Pablo Agosti [1911-1984] fue un intelectual crítico. El rescate de su memoria, a 20 años de su muerte, invita a reflexionar sobre su obra: El hombre prisionero [1938]; Emilio Zola [1941]; Literatura francesa [1944]; Defensa del realismo [1945]; Ingenieros, ciudadano de la juventud [1945]; Cuaderno de bitácora [1949]; Echeverría [1951]; Para una política de la cultura [1956]; Nación y cultura [1959]; El mito liberal [1959]; Tántalo recobrado [1964]; La milicia literaria [1969]; Aníbal Ponce. Memoria y presencia [1974]; Las condiciones del realismo [1975]; Ideología y cultura [1978]; Cantar opinando [1982]; Mirar hacia delante [1983]; Correspondencia con Enrique Amorin [s/fecha].

Agosti fue uno de los teóricos del Partido Comunista en Argentina. Si bien muchísimos intelectuales pasaron por sus filas, algunos hicieron época. Como él, Aníbal Norberto Ponce [1898-1938], Rodolfo Puiggrós [1906-1980], Ernesto Giudici [1907-1991] y, sin ser un teórico, el poeta Raúl González Tuñón [1905-1974]. Ponce tuvo que exiliarse tempranamente en México. Allí, antes de morir, revisó su liberalismo sarmientino. Puiggrós cuestionó el antiperonismo y rompió con el PC en 1946. Giudici, disidente desde años atrás, renunció al PC en 1973. El único teórico que se mantuvo fiel hasta el último día, a pesar del dogmatismo de una dirección que no ocultaba sus simpatías por Stalin, fue Agosti. El joven discípulo de Ponce En 1927 Agosti se suma al PCA. Tiene 16 años. Queda fascinado por Aníbal Ponce. En 1929 ingresa a la Facultad de Filosofía y Letras. Con otros jóvenes funda la agrupación Insurrexit, homónima de otra anterior. En 1933, siguiendo las sugerencias de Ponce, el joven Agosti publica Crítica de la Reforma Universitaria (en la revista Cursos y Conferencias). Ese año aparece un folleto furioso: "Quince años de derrotas bajo el signo de la Reforma" (probablemente redactado por Ernesto Sábato, compañero de Agosti en Insurrexit). Durante la década infame Agosti es encarcelado varios años (hasta 1937). Al salir revaloriza la Reforma de 1918. En la cárcel nace su primer libro, El hombre prisionero, publicado en 1938. En él escribe: "En nuestra América sólo dos grandes figuras ejemplifican al verdadero intelectual revolucionario. Una es Mariátegui, el magnífico escritor que desde su sillón de inválido promueve la organización del proletariado peruano. La otra es Mella". Adviértase que no menciona ni a Victorio Codovilla [1894-1970] ni a Rodolfo Ghioldi [1897-1985], principales dirigentes del PCA, quienes habían enfrentado a Mariátegui y a Mella. Los Cuadernos de Cultura No obstante el stalinismo extremo de Codovilla y Ghioldi, Agosti logra al interior del PC un espacio de reflexión autónoma que se condensa en las revistas culturales Expresión y Cuadernos de Cultura. A ésta la fundan Roberto Salama e Isidoro Flaumbaun. Agosti comienza a dirigirla a los pocos números, convirtiéndose en su guía inspirador desde 1951 hasta 1976. Cuadernos de Cultura fue posible gracias a una "división del trabajo". Como alguna vez describió al PC brasileño Carlos Nelson Coutinho, los intelectuales se ocupaban de la cultura pero no interferían con la política partidaria. En el PCA sucedía lo mismo. Agosti se daba el lujo de explorar la cultura marxista, apartándose de las "autoridades" soviéticas… siempre y cuando no se metiera con la política de Codovilla y Ghioldi, quienes vibraban al ritmo de Moscú. Abría el juego en la teoría, pero aceptando esa disciplina, incluso a costa de su propio desarrollo intelectual. El reconocimiento de Henri Lefebvre Por ejemplo, el 4 de febrero de 1955 el filósofo francés Henri Lefebvre [1905-1991], uno de los pensadores más importantes del marxismo occidental, le envía una carta a Agosti: "Desde que recibí su trabajo Defensa del realismo llamo la atención de mis amigos franceses sobre lo que ocurre en la Argentina desde el punto de vista cultural […] Pocos textos se han escrito más serios, más profundos que esas líneas. Le confesaré que se adelantaban a casi todo cuanto se escribía en Francia por esa época (1949-50) […] Hemos conducido, usted y yo, conociéndonos muy poco, y de manera independiente, la misma lucha por la objetividad profundizada del arte nuevo". Era una consagración. Agosti, orgulloso, la incluye como prólogo en la segunda edición de Defensa del realismo [1955]. Pero en 1956 la URSS invade Hungría. Lefebvre no lo soporta y cuestiona. Lo expulsan del PCF. En la tercera edición de 1963, Agosti elimina aquel prólogo de su libro. Ese gesto, autoflagelante, resume su acatamiento de la disciplina.

Introducción de Gramsci Agosti es el introductor de Antonio Gramsci [1891-1937] en Argentina y América Latina. Su difusión es pionera en todo el mundo. Gracias a Agosti, el pensamiento de Gramsci es conocido antes en Argentina que en Inglaterra, Francia, Alemania o EEUU. Edita las cartas del italiano en 1950 y los Cuadernos de la cárcel entre 1958 y 1962. Más allá de estas traducciones, la recepción productiva de Gramsci comienza con el Echeverría [1951] de Agosti. Distante del revisionismo histórico, rosista-peronista, y del liberalismo antiperonista, este libro no glosa a Gramsci ni es un manual introductorio. En él, Agosti utiliza sus categorías para comprender la cultura nacional del siglo XIX y "la impotencia política de la burguesía argentina", en el XX. Concluye que "se agotó el papel histórico de la burguesía argentina", pues "esta clase nace desvalida de impulsos desde antes de emprender la marcha".

Ese análisis coincide con el "prusianismo" que le atribuía Ernesto Giudici, el otro intelectual comunista de relieve. Ambas descripciones sociológicas discrepaban implícitamente con la voz oficial del PCA, que otorgaba un papel absolutamente positivo a la "burguesía nacional" en el frente democrático. Sin embargo, Agosti nunca se animó a extraer todas las consecuencias políticas que se derivaban de su estudio. Dejó picando la pelota. Sólo sus discípulos se atreverían a lidiar -rompiendo con el PC- con esa tesis explosiva. Según Agosti, Echeverría representaba una tradición democrática, nacional-popular, diferente a Rosas, Mitre y Roca. Una tesis que reaparecerá, pulida y desarrollada, en Nación y cultura y El mito liberal, sus dos libros de 1959. Sus mejores libros En ambos textos, Agosti reconstruye el linaje de la tradición de izquierda, enfrentando al liberalismo y al nacionalismo cultural. Encontrar un camino socialista autónomo frente a las dos caras de la cultura dominante argentina impregna una búsqueda que seguramente todavía no ha concluido. En Nación y cultura reaparece Gramsci, en señal de alarma. En medio del nacimiento de la nueva izquierda, Agosti advierte: o se "moderniza" la cultura comunista, uniéndose al pueblo-nación, o se corre el riesgo de perder la hegemonía en la izquierda (lo que finalmente ocurre). Ese año la revolución cubana trastoca todo el andamiaje político y cultural del marxismo latinoamericano. El 1 de agosto de 1959 Agosti, aunque fiel a la URSS, le escribe a Enrique Amorin: "Mirá lo que pasa en Cuba. No quiero en esto pecar de ese optimismo exagerado de que siempre me acusás, pero a mí me entusiasman los episodios de Cuba". De la mano de Gramsci, y con el trasfondo de Cuba, Agosti reexamina la supuesta continuidad entre el comunismo del siglo XX y el liberalismo del XIX, tan cara a historiadores y ensayistas del PCA como Juan José Real, Álvaro Yunque, Leonardo Paso o incluso el joven Puiggrós. En 1959 esa afinidad había estallado. Ese año, Agosti pretende dar un curso sobre Gramsci (quizás el primero en Argentina), pero Frondizi clausura la Casa de la Cultura, en un adelanto de lo que vendría después. Los discípulos "herejes" y la nueva izquierda Con sus escritos y la ayuda de Gramsci, Agosti impulsa una corriente culturalmente renovadora dentro del PCA, en la que se inspiran sus discípulos José Aricó [1931-1991] y Juan Carlos Portantiero. Ambos, junto con Oscar del Barco, se animan a dar el paso que Agosti eludió: desobedecer a la dirección del PC. Prolongar la divergencia cultural al campo político. Así nace Pasado y Presente, primero como revista y luego como editorial. Lo mismo sucede con La Rosa Blindada de José Luis Mangieri, Andrés Rivera y Juan Gelman (aunque éstos estaban más vinculados a González Tuñón que a Agosti). En un informe -inédito- de 1965, después de la fractura de Pasado y Presente y La Rosa Blindada, Agosti reconoce su límite: "Creo que cuando enunciamos los principios de ‘tolerancia’ y ‘libre emulación’ estamos diciendo que, en las cuestiones no referidas a la línea política del Partido [El subrayado me pertenece. N.K.], el sólo método admisible es el de la confrontación (y aun la confrontación pública) de las diversas opiniones, sometidas por lo mismo a la prueba de la práctica, sin que ninguna de ellas aparezca investida con los caracteres de ‘escuela única’". Se puede discutir todo en teoría (en filosofía menciona a León Rozitchner, en historiografía a José Chiaramonte), pero el límite de la amplitud llega hasta… la política. Eso no se puede tocar. Al romper con el PC, Portantiero y Aricó pueden abocarse a la luz del día a las "herejías" que Agosti transitaba en puntas de pie y a escondidas, para no chocar con la línea partidaria. Pero hay una diferencia entre el maestro y los discípulos. Si bien Agosti se mantiene obediente, sin animarse a desafiar a la ortodoxia -seguramente su mayor debilidad-, cabe reconocerle una virtud. Nunca sigue la corriente. Se mantiene firme, aunque eso le cueste no pocas humillaciones en su rol de intelectual frente al rígido control de Codovilla y Ghioldi. Aricó y Portantiero, en cambio, se permiten romper. Así ganan prestigio en el campo cultural y pueden encarar una editorial como Pasado y Presente que, sin duda, quedará en la historia. Pero, a diferencia de Agosti, terminan navegando siempre con la ola del momento: stalinistas en los ’50, castristas y gramscianos en los ’60, montoneros en los ’70, alfonsinistas en los ’80, socialdemócratas de la "tercera vía" en los ’90 y así de corrido… Lo que se ganó en libertad intelectual se perdió en coherencia ético-política. Balance provisorio Agosti fue brillante, precursor y original. Asumió un compromiso. Estuvo preso. Fue lúcido y leal. No se acomodó. No tuvo miedo de contradecir la cultura oficial argentina. Ejerció un pensamiento propio, a contramano de las modas. Eso es lo mejor de Agosti, lo más rico, actual y perdurable. Sin embargo, al aceptar la "división del trabajo", terminó subordinando su reflexión a la vigilancia de Codovilla y a la implacable disciplina sectaria de su aparato. De este modo, sacrificó lo mucho que había en él de creador en aras de los moldes trillados, asfixiantes y rudimentarios del stalinismo. Ese fue su límite y su drama.

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Unión Soviética: la transición frustrada

Ariel Dacal Díaz

Cuba Literaria

El intento de transición al socialismo en la URSS ha suscitado los más diversos debates durante décadas, haciéndose más definitorio el antagonismo ideológico que el tema entraña, tras el colapso soviético. Aún cuando el corolario final fue el desdeño de una preciosa oportunidad para socavar las bases del dominio burgués; repensar, comprender y asumir (sobre todo asumir) las características del proceso soviético en su conjunto brindan elementos sustanciales para las alternativas anticapitalistas que demanda el siglo XXI.

En esta dirección desarrollamos nuestro trabajo, partiendo, dado su peso esencial en la comprensión de la historia de la URSS tanto dentro como fuera de sus fronteras, de las problemáticas siguientes: ¿quiénes detentaron el poder en la Unión Soviética?, ¿qué mentalidad portaban?, ¿en qué momento se puede hablar de ruptura con el proyecto bolchevique?. En estas páginas intentamos algunos apuntes sobre estas interrogantes.

“La clase imprevista” [1]

Stalin fue el rostro visible y representante de la burocracia que gradualmente rompió vínculos con la esencia bolchevique y que deshizo los endebles mecanismos de participación política de las masas.

Sería entonces oportuno preguntar ¿de qué fuentes se nutrió la burocracia soviética?. A los principales cargos administrativos ascendieron figuras de relieve secundario dentro de la revolución debido, entre otros factores, a que muchos viejos combatientes de la vanguardia perecieron durante la contienda civil, o se separaron de las masas al ocupar cargos de menor relevancia, acomodándose a las nuevas condiciones de poder. Al mismo tiempo, el poder soviético estuvo forzado a utilizar individuos del anterior aparato gubernamental, incorporando personal técnico y especializado, así como a las masas campesinas que fueron proletarizadas. De este modo se desclasó al partido de Lenin, cuyo requisito de ingreso de nuevos militantes debía ser el resultado de un largo y riguroso proceso de comprobación, excepto para los trabajadores que hubieran laborado en la industria por más de diez años[2].

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Dossier de “Andalucia Libre”

Analizando la experiencia de la URSS

Espai Marx ha recibido y reproduce con gusto un dossier elaborado por los compañeros del interesante boletin de noticias y opinión “Andalucia libre”. El análisis de la experiencia soviética está lejos de agotarse. El debate y, sobre todo, la investigación histórica deben continuar. Los artículos que publicamos en este dossier están lejos de agotar ese debate. Sin embargo aportan elementos de mucho interés. Quienes quieran seguir el trabajo de Andalucia Libre pueden encontrarlos en la siguiente dirección: http://www.andalucialibre.tk/

Indice del dossier:

*Aportaciones interesantes para un debate necesario, Andalucía Libre

*Unión Soviética: la transición frustrada, Ariel Dacal Díaz

*Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa, Hiram Hernández Castro

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Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa

Hiram Hernández Castro

Cuba Literaria

Queda atrás la última década de un Siglo que fue testigo de uno de los acontecimientos más reveladores de la Historia: el agotamiento y derrumbe de una estructura sociopolítica que devenida en modelo cerró su posibilidad de reproducción. Los intelectuales de todo el mundo, unos quizá más sorprendidos que otros, se lanzaron a un heterogéneo debate que intentaba indagar en las disímiles causas de aquellos hechos. Sin embargo, no todos los discursos se alejaron de la mera suma de calamidades sobre la experiencia “socialista”. En la medida en que el pensamiento emancipador logre agudizar sus instrumentos de análisis político deberá asumir aquel proceso histórico como un referente obligado para la teoría y la práctica revolucionaria. Será preciso volver siempre a repensar sobre los hechos, las figuras, los documentos y las prácticas de poder comprometidas con las experiencias de la Revolución y el socialismo real.

Es cierto que la trascendencia de la Revolución de Octubre como parte de ese proceso, no puede ser oscurecida por la posterior deformación y bochornoso final de la URSS. Sin embargo, y aunque las prácticas académicas se resientan, es preciso que la pasión no detenga la reflexión crítica y polémica sino, todo lo contrario, sea su elemento inmanente. Y es que en su momento la Revolución de Octubre fue el punto de encuentro de algunos de los debates más enconados de los que ha sido testigo el pensamiento humano. No fue teoría de gabinete, ni de torre de marfil, sino pensamiento gatillado por los problemas de la toma del poder en una experiencia inédita y concreta las condiciones sobre las cuales se ejerció la praxis política bolchevique.

Lenin, Trotsky, Bujarin, A. Kolontái entre otros, eran al tiempo que protagonistas, el centro de un copioso debate internacional, observado por furiosos detractores y emocionados amigos. La toma del poder institucional por un partido revolucionario fue un hecho pero su viabilidad en el tiempo dependía, en un contexto harto difícil, de las decisiones políticas de un pequeño grupo revolucionario. Lenin y Trotsky eran, entre otros, los líderes de aquel triunfo, pero discusión no era lo que faltaba entre ellos y otros no menos importantes teóricos revolucionarios, que desde dentro y fuera del Partido Bolchevique, acompañaban cada decisión con sus críticas. Esas enconadas discrepancias fueron la raíz de no pocos textos que hoy constituyen el más valioso legado político de aquella Revolución.

Sin embargo, el termidor estalinista cerró el debate. Como afirmará Trotsky, existía entre los “amigos de la U.R.S.S.” cierto trasnochado consenso en considerar cualquier crítica peligrosa para la edificación del socialismo[2]. Mientras que al interior Stalin se aseguraba de fusilar la más mínima sospecha de disidencia. Las prácticas de censura y la vulgar apología “izquierdista” sobrevivieron a Stalin, hasta el punto de amoldarse sintomáticamente a la reproducción del modelo hasta sus últimos días. Si bien el XX Congreso condenó los crímenes de Stalin, las prácticas inquisitivas contra el pensamiento crítico y la rebeldía, aún la de probado carácter revolucionario, no desapareció del todo, sino que se hizo más sutil, llegando a formar parte constitutiva de la cultura política institucional, social e individual del supuesto ciudadano socialista. Los comportamientos sociales inmediatos a la caída del muro constataron que aquel individuo presuntamente consciente volitivo se mostraba igual o más obnubilado que sus contemporáneos occidentales. La clase política que, por décadas, había asumido el papel de vanguardia del proyecto “socialista” prácticamente no se resistió y en muchos casos se convirtió en protagonista de la estructuración del “nuevo sistema económico y político”.

Incluso podríamos decir que, lamentablemente, la acriticidad del Kremlin no dañó sólo al modelo eurosoviético, sino que se extendió a través de su influencia a los partidos comunistas y grupos de izquierda de todo el mundo. En este sentido, uno de los espacios más afectados fue el teórico-académico e intelectual. El llamado “marxismo-leninismo” o DIAMAT socializado por la escolástica estaliniana y que fuera colocado en el pedestal de ciencia de las ciencias, para nada fue una alternativa válida del diverso pensamiento marxista, sino que constituyó un retroceso lamentable.

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¿Qué es la URSS?

León Trotsky

Capitulo IX de La Revolución Traicionada

Relaciones sociales

La propiedad estatizada de los medios de producción domina casi exclusivamente en la industria. En la agricultura sólo está representada por los sovjoses, que no abarcan más que el 10% de las superficies sembradas. En los koljoses, la propiedad cooperativa o la de las asociaciones se combina en proporciones variables con las del Estado y las del individuo. El suelo perteneciente jurídicamente al Estado, pero concedido “a goce perpetuo” a los koljoses, difiere poco de la propiedad de las asociaciones. Los tractores y las máquinas pertenecen al Estado; el equipo de menor importancia, a la explotación colectiva. Todo campesino de koljos tiene, además, su empresa privada. El 10% de los cultivadores permanece aislado.

Según el censo de 1934, el 28,1% de la población estaba compuesto por obreros y empleados del Estado. Los obreros célibes de industria y de la construcción eran 7,5 millones en 1935. Los koljoses y los oficios organizados por la cooperación constituían, en la época del censo, el 45,9% de la población. Los estudiantes, los militares, los pensionados y otras categorías que dependen inmediatamente del Estado, el 3,4%. En total, el 74% de la población pertenecía al “sector socialista” y disponía del 95,8% del capital del país. Los campesinos aislados y los artesanos representaban todavía (en 1934) el 22,5% de la población, pero apenas poseían un poco más del 4 % del capital nacional.

No ha habido censo desde 1934, y el próximo se efectuara en 1937. Sin embargo, es indudable que el sector privado de la economía ha sufrido nuevas limitaciones en favor del “sector socialista”. Los cultivadores individuales y los artesanos constituyen en la actualidad, según los órganos oficiales, cerca del 10 % de la población, o sea 17 millones de almas; su importancia económica ha caído mucho más bajo que su importancia numérica. Andreev, secretario del Comité Central, declaraba en abril de 1936: “En 1936, el peso específico de la producción socialista en nuestro país debe constituir el 98,5 %, de manera que no le quedará al sector no socialista más que un insignificante 1,5%…” Estas cifras optimistas parecen, a primera vista, probar irrefutablemente la victoria “definitiva e irrevocable” del socialismo. Pero, desdichado del que detrás de la aritmética no vea la realidad social.

Estas mismas cifras son un poco forzadas. Basta indicar que la propiedad privada de los miembros de los koljoses está comprendida en el “sector socialista”. Sin embargo, el eje del problema no está allí. La indiscutible y enorme superioridad estadística de las formas estatales y colectivas de la economía, por importante que sea para el porvenir, no aleja otro problema igualmente importante: el del poder de las tendencias burguesas en el seno mismo del “sector socialista”, y no solamente en la agricultura, sino también en la industria. La mejoría del estándar de vida obtenida en el país, basta para provocar un crecimiento de las necesidades, pero de ninguna manera basta para satisfacerlas. El propio dinamismo del desarrollo económico implica cierto despertar de los apetitos pequeñoburgueses, y no únicamente entre los campesinos y los representantes del trabajo “intelectual”, sino también entre los obreros privilegiados. La simple oposición de los cultivadores individuales a los koljoses y de los artesanos a la industria estatizada, no dan la menor idea de la potencia explosiva de estos apetitos que penetran en toda la economía del país y se expresan, para hablar sumariamente, en la tendencia de todos y de cada uno, de dar a la sociedad lo menos que pueden y sacar de ella lo más.

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