Un punto de encuentro para las alternativas sociales

El liberalismo igualitario de los jacobinos

Jean-Pierre Gross

Los jacobinos no elegían entre la libertad y la igualdad. Afirmaban una gracias a la otra, y unían una a la otra con el cemento de la fraternidad. Preocupados a la vez por no “alarmar a la propiedad” y no “ofender a la justicia”, juzgaban que la prosperidad de los ricos jamás debía contradecir la subsistencia de los pobres. Hoy, incluso esta moderación, aparece de nuevo revolucionaria…

Destacar el ideal igualitario de los jacobinos es un lugar común. Discípulos de Rousseau, se aplicaron a erradicar las desigualdades heredadas del Antiguo Régimen: si 1789 consagró la igualdad ante la ley, 1793 debía inaugurar la era de la igualdad real. Pero destacar, al mismo tiempo, el liberalismo de los jacobinos, discípulos de Montesquieu, parece una paradoja. ¿Acaso libertad e igualdad no son, a priori, incompatibles? Cuanto más libertad existe, la competencia tiende a engendrar más desigualdades e, inversamente, si se desea impulsar la igualdad, se tiende a caer en una limitación de la libertad, al redistribuir riqueza o ventajas. Por esto Montesquieu, en su proyecto de sociedad, se esforzó en dosificar estos dos ingredientes, siendo la libertad para él más deseable que la igualdad, y la desigualdad un mal menor frente al despotismo. A este dilema filosófico se agrega la problemática histórica del Terror. ¿Los autores modernos no nos han señalado que este fue también, además de un régimen represivo impuesto por las “circunstancias” y que llevaba a una necesaria restricción de las libertades, una ideología igualitaria cuyo objetivo era la regeneración moral, y la uniformidad de la sociedad? En este sentido, Luc Ferry y Alain Renaut 1 condenan el jacobinismo por su visión voluntarista y ética de los derechos del hombre, en la que el riesgo inherente a tal visión era la política del Terror, “históricamente verificable”. François Furet y Mona Ozouf 2, por su parte, han estimado que el consentimiento a la coacción fue la verdadera línea divisoria en la Convención: al desear imponer la igualdad a los ricos y al “forzarlos a ser honestos”, Robespierre y sus seguidores inauguraron la era totalitaria, el culto de la violencia, que únicamente esperaba “el injerto bolchevique” para transformarse, en el siglo XX, en necesidad revolucionaria.

Debe admitirse que los enfoques de los historiadores de izquierda favorecieron esta percepción de una inexorable continuidad histórica. ¿Acaso Albert Mathiez no veía en Robespierre al cómplice de Babeuf, en un momento en que éste último era reivindicado como el antepasado ilustre de la revolución proletaria? Cuando escribía en 1928, en la época de la “dekulakización” de la URSS, Albert Mathiez presentaba la política agraria de los jacobinos franceses del año II como una vasta tentativa de expropiación de una clase en beneficio de otra. Si bien esta interpretación fue sensiblemente modificada por sus sucesores, no es menos cierto que, a través del prisma marxista, la experiencia jacobina aparecía aún como una prefiguración de las luchas ideológicas de los tiempos modernos.

Tales asimilaciones, y las reservas que ellas suscitan, llaman a reflexionar. Revelan un profundo desprecio en cuanto a la naturaleza del igualitarismo jacobino, nacido del individualismo de 1789 y de la lógica de los derechos del hombre. La Declaración de derechos de 1793, redactada conjuntamente por Girondinos y Montañeses ( esencialmente por Condorcet y Robespierre), proclama los derechos naturales que son “la igualdad, la libertad, la seguridad y la propiedad”.

Ni laissez-faire ni dirigismo

Estos derechos emergieron de las tesis de Locke, padre del liberalismo moderno, que definía el derecho de propiedad como englobando “la vida, la libertad, los bienes”, comprendiendo en ello la facultad de acumular las riquezas y gozar de ellas; pero que afirmaba también la igualdad natural y el “derecho igual a la libertad”, implicando, según el principio de reciprocidad, el deber de respetar el derecho del otro a la libertad. Como lo hace notar Amartya Sen, teórico del utilitarismo norteamericano, la igualdad es no solo una característica esencial de las concepciones liberales de organización social (libertad igual para todos, igual consideración para todos), sino que la oposición entre libertad e igualdad es ficticia e inexacta, en cuanto que al ser la libertad uno de los posibles campos de aplicación de la igualdad, la igualdad forma parte de los esquemas de distribución posibles de la libertad.

Read more

Harry Magdoff, economista estadounidense

Diego Guerrero Jiménez

NECROLÓGICA.

Crítico del keynesianismo, defendió el socialismo y la planificación. Harry Magdoff (1913-2006), nacido en el Bronx neoyorquino, enseñó en la New School y dirigió la Monthly Review (MR). Fue investigado por los comités macartistas EL PAÍS – Gente – 05-01-2006 2006 no ha empezado bien para la Economía política: el 1 de enero murió Harry Magdoff (1913- 2006), no mucho después que el fundador de la Monthly Review (MR), su amigo Paul Sweezy. Henry Samuel Magdoff había nacido en el Bronx, en la familia de un pintor de brocha gorda judío-ucraniano. Antes de licenciarse en Economía, entró en contacto con la obra de Marx y fue expulsado de la universidad por radical. Luego ocupó cargos en la Administración y fue economista jefe del servicio de estudios del Departamento de Comercio. Ayudado por quien resultó ser un espía soviético, se vio implicado en acusaciones de espionaje, y tras dos años como asesor del candidato presidencial H. Wallace, a quien apoyaba el ala radical de los sindicatos, sufrió a los comités de investigación macartistas y fue vetado en la Administración. Trabajó entonces en el sector privado y enseñó en la New School antes de llegar a la dirección de la MR (1969), a la que, junto a Sweezy, consiguió situar durante décadas, y no sólo en EE UU, al frente del movimiento socialista, la nueva izquierda y la Economía Radical. Magdoff fue un teórico del imperialismo, estudioso precoz de la «financiarización» y fino crítico del keynesianismo. En La era del Imperialismo (1969) -un éxito de ventas en pleno movimiento por los derechos civiles y la oposición a la guerra de Vietnam – hacía un sistemático análisis del imperialismo estadounidense tras la II Guerra Mundial, de la «globalización» del capital monopolista y de las «fuerzas» que gobiernan su política exterior. Más allá de las «ambiciones personales» de sus actores, le interesaban las «causas profundas» del nuevo imperialismo («neocolonialismo»), que identificaba con «el monopolio» (aunque añadía confusas reflexiones sobre la composición del capital en los países pobres como causa de una relación real de intercambio favorable a los ricos). Desde esa posición, Magdoff no creía que la expansión imperialista de Bush fuera sólo el proyecto de un reducido grupo de la clase gobernante, ligado a los sectores militar y petrolero: en su opinión, creer en intrigas o conspiraciones es una ilusión, ya que no hay división seria en la oligarquía norteamericana ni en su política exterior. Magdoff señaló en 1965 el papel crucial de la expansión financiera como medio de contrarrestar la «tendencia al estancamiento», y en varios libros con Sweezy se inquietó por los efectos a largo plazo de una política dirigida a salvar el sistema financiero del tipo de «colapso y deflación» que preludiaron la Gran Depresión. En los setenta ambos resucitaron la tesis del estancamiento como «estado normal» del capitalismo monopolista, por su supuesta incapacidad para estimular la innovación y la inversión. Por eso, habría que «explicar» las etapas de rápido crecimiento (los sesenta) más que las de estancamiento (los setenta-ochenta). Hay, por último, un Magdoff menos conocido: el rotundo crítico del keynesianismo como nuevo liberalismo. Pensaba que «el espíritu y la sustancia del neoliberalismo estaban bien vivos en Washington y la comunidad financiera en la época de la socialdemocracia keynesiana», pero entonces era sólo «un aspecto callado de la disciplina que se imponía al tercer mundo, mientras que ahora los principios neoliberales se proclaman en voz alta como la fe verdadera». Denunciaba así «la mitología del Estado del bienestar keynesiano» y que «las propuestas reformistas de los progresistas buscaran vías para restablecer la armonía keynesiana, cuando deberíamos estar trabajando por cambios que cuestionen el capitalismo y la ideología del sistema de mercado». No sorprende esto en quien defendió siempre el socialismo y la planificación, la necesidad de desarrollar un «nuevo tipo de democracia que satisfaga las necesidades básicas de todos» y abogaba, en su último trabajo en la MR (2005), por la idea de que «el capitalismo debe ser sustituido por una economía y una sociedad al servicio de la humanidad». Diego Guerrero es profesor de Economía Política en la Universidad Complutense de Madrid. Participante en el foro de este sitio web profesionalespcm.org

Read more

Rosa, Vladimir y la democracia

Joaquín Miras Albarrán, Joan Tafalla

“Los bolcheviques son los herederos históricos de los “levellers” ingleses y de los jacobinos franceses”

Rosa Luxemburgo, 1917.

Nota previa: Cómo relacionarnos con dos clásicos

Nos aproximamos a dos personas que participaron plenamente en la oleada de luchas de clase de principios del siglo XX y usaron de su capacidad intelectual para tratar de comprender y reorientar la situación por la que transcurría el movimiento revolucionario. Ambos estuvieron a la altura de las circunstancias y dieron lo mejor de sí mismos en la lucha. Nos legaron su pensamiento y su obra. Las luchas de clases en las que participaron ocurrieron al otro extremo del siglo que nos antecede, al comienzo del ciclo de luchas revolucionarias más intenso de la historia de la humanidad.

Hoy, como entonces, la explotación capitalista sigue siendo el enemigo de la humanidad. No debemos olvidar esto; porque, entre otras cosas, implica que las clases subalternas fueron derrotadas en ese ciclo de lucha de clases. El enemigo explotador es el mismo, el capitalismo, pero el mundo en el que ellos vivieron tiene poco que ver con el nuestro. Incluso los movimientos políticos que ellos animaron ya no existen. No podemos apelar a ellos para que su pensamiento nos procure la fórmula adecuada en la que orientar nuestra lucha, la estrategia a seguir.

Pero su pensamiento trató de aferrar los problemas que se planteaban a los revolucionarios durante la lucha de clases revolucionaria en un determinado momento histórico. Si comprendemos su momento, los dilemas que afrontaron, encontraremos en las respuestas que trataron de elaborar una fuente de inspiración para nuestro presente y nuestra lucha. No podemos ser luxemburguistas, o leninistas, o trotskistas, pero sí podemos inspirarnos en ellos porque su talla intelectual hace que su pensamiento sea perenne: son parte de nuestros clásicos. Compararlos puede ser tarea útil si la emprendemos para comprender mejor las peculiaridades respectivas de su pensamiento, esto es, la forma original con la que dieron respuesta a los problemas políticos de su época. Puede ser un disparate si tratamos de convertirlos en doctrina sistemática. Ellos pensaron su presente con cabeza propia, usando libremente de un legado intelectual revolucionario. Eso es lo que nos toca a nosotros.

Read more

José-Amalia Villa se ha ido

Gregorio Morán

La Vanguardia, 04/02/200

La verdad es que no sé ni dónde nació. ¿En Madrid, en Gijón, en México, en Salamanca? Quizá en alguna de ellas porque eran las ciudades que siempre recordaba como vinculadas a su vida, de aquellas que tenía historias para contar y que aparecían difuminadas en una memoria en la que cada recuerdo era una muesca en carne viva. Para un puñado de gentes fue la representación de la coherencia, de la dignidad y de ese valor cívico que se ha ido achicando en el país conforme todos nos hicimos iguales o muy parecidos en el ejercicio de ventilación de la memoria. Seis personas la despedimos en un flamante cementerio de Madrid, La Paz, sarcástico nombre para incinerar a una persona que vivió en guerra con el destino, un lugar de esos donde la ciudad pierde su nombre, bordeando una carretera antaño frecuentada por cazadores de conejos, la de Colmenar. Un sitio apropiado para convertir en ceniza a una mujer que peleó por cambiar la vida con esa rara elegancia de los que están nimbados por la discreción. José-Amalia Villa fue una mezcla de símbolo y leyenda, o para mejor decir, primero fue leyenda, y el tiempo y la dignidad, que no suelen ir parejos, la fueron convirtiendo en símbolo. Pertenecía a una cofradía de ciudadanos insólitos, orgullosos de sí mismos en un sólo punto que los distinguía del común: habían pasado por todo y no eran alérgicos a nada, salvo a la estupidez. Un ejercicio de salud mental que tiene un costo demoledor en soledad y aislamiento. Había recorrido tantas cárceles, había aguantado tanta bobería con pretensiones universales, había conocido a tantos hijos de puta masculinos, femeninos y neutros, que con el tiempo y la sordera acentuada se rodeó de un blindaje humano hecho de carácter bronco, respuestas inequívocas y un desdén olímpico por todo lo que significara notoriedad y salseo. "Lo peor de las prisiones de mi época – me dijo un día- es que nunca estabas sola para poder llorar". Así que José-Amalia Villa tardó mucho en llorar y eso deja huella cuando la vida te ha dado tantos motivos para hacerlo. Lo consiguió en la de Segovia, prisión fría con notoriedad en tiempos donde no había recinto carcelario que no recordara al camposanto. Y fue gracias a una huelga de hambre, la primera que se recordaba en una cárcel de mujeres. Sucedió en 1949 y el hecho de que las recluyeran en celdas de castigo en condiciones infrahumanas se tradujo para ella en algo que nunca olvidaría; al fin estuvo sola para poder llorar sin que su dignidad se afectara. Lo afirmaba secamente con una frase muy suya: "No podía darles la satisfacción de verme llorar; ni a las carceleras ni a mis compañeras de celda". Y en verdad que tenía mucho que llorar. La detuvieron dos veces, lo suficiente. Se dio la particularidad, digna de la época, que fue su propio padre, un masón cobarde hasta la infamia, el que la denunció por su participación como enfermera en el ejército republicano. Voluntaria de excepción en tiempos en los que una señorita de buena familia como ella no se echaba al frente con un mosquete. La primera detención fue breve pero decisiva. La dejó dos secuelas que condicionaron su vida. La más evidente, la sordera. La manta de hostias que le aplicaron, en presencia de su padre, le provocaron perforación del tímpano. Tenía 21 años recién cumplidos. La casualidad hizo que en ese edificio – hoy museo y antaño centro de miserias, que se llamaba Dirección General de Seguridad, Puerta del Sol, kilómetro cero- compartiera celda con otra señora bien, que había estudiado en Salamanca con Unamuno, mal casada con un sobrino de Ángel Ganivet y que como él acabaría sus días en suicida. Se llamaba Matilde Landa y había vivido la Guerra Civil como compañera del italiano Vittorio Vidali, el legendario e inquietante Comandante Carlos de las Brigadas Internacionales, que moriría como respetado senador comunista en Trieste. El encuentro de José-Amalia con Matilde en la misma celda de la DGS marcará el resto de su vida. Convertida en un muñeco roto por las torturas y acuciada por la presión moral de estar detenida con una niña de apenas nueve años, Matilde Landa no tiene otra salida que confiar en su vecina de celda. No era difícil, José-Amalia Villa era de las que dejaban huella a primera vista. El caos de las últimas semanas de la Guerra Civil en Madrid, con el golpe de Casado y la incompetencia manifiesta de sus líderes, dejó al Partido Comunista en situación tan precaria que delegaron la secretaría general del Partido en Matilde Landa. Apenas si sobrevivió unos días en la clandestinidad imposible de aquel Madrid recién reconquistado. Y ahora estaba allí, contándole a una compañera de detención lo inmediato que debía hacer para informar que todo, es decir, lo poco que había, se había ido al demonio. José-Amalia Villa, esa muchacha que gustaba más de Mozart – ¡pobre, qué año te espera!- que de Beethoven, que leía a Romand Rolland y a Gorki, que le preocupaba la eternidad como a Unamuno, que admiraba al Ortega y Gasset anterior a la República, que hablaba francés de corrido, que tenía un padre masón y rico, y un hermano donjuán y socialista, se encuentra en el brete de tener que decidir si hacerse comunista. ¡Vaya escena! Dos mujeres jóvenes en una cochambrosa celda de la DGS metiéndose en la ciénaga sucia que deja la guerra y tratando de recuperar lo que ya está perdido para siempre. Allí se convirtió en militante José-Amalia Villa, y salió e hizo lo que había que hacer y pocos se atrevían. Y un buen día, perdonen el sarcasmo, se le acercó un tipo al parecer de mediana estatura y unos ojos vivos. Arrollador en su capacidad de atraer, de seducir y de mandar. Pasaría a la historia, es un decir, como Heriberto Quiñones, el personaje más ignorado y secreto de toda la historia del comunismo en España. Aún se desconoce su nombre verdadero y su origen, fuera de una supuesta procedencia de Besarabia, entonces territorio disputado entre Rumanía y la Rusia soviética. Lo único cierto es que se trataba de un hombre de la Komintern, la III Internacional Comunista, que había trabajado en Polonia, Francia, Sudamérica y España, donde se detecta su presencia a partir de 1931. Pasa por asturiano, con documentación impecablemente falsa. Será responsable del comunismo español en la clandestinidad durante el año 1941 y dejará una huella imborrable de talento político y de valor físico, porque no huyó, sino que asumió sus responsabilidades hasta el final. Un final atroz, torturado por la policía franquista, que solicitó la ayuda de la Gestapo y que le dejó con la columna vertebral quebrada. Lo fusilaron atado a una silla en las tapias del cementerio del Este, en Madrid, un día espantosamente frío junto a dos de sus ayudantes en la dirección del PCE, Luis Sendín y Ángel Cardín. Lo del día frío no es literatura. Lo recordaba José-Amalia Villa porque oyó los disparos desde la vecina cárcel de mujeres, entonces en Ventas, junto a la emblemática plaza de toros madrileña. Había vivido con él apenas nueve meses, los suficientes para una pasión tan acendrada que se mantendría durante toda la vida, con una fidelidad a su memoria que conmueve. Ella pasaría unos diez años de cárcel desde su detención en diciembre de 1941 y viviría otra escena que también marca: enterarse de que la dirección del Partido Comunista español, en el exilio, ha denunciado a Heriberto Quiñones como un agente inglés infiltrado.Lo conocían todos los dirigentes, lo habían tratado Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo y Fernando Claudín. Pero eran tiempos en los que lo mejor era buscar un chivo expiatorio, inventarse un traidor que cargara con tantos fracasos. En la misma cárcel de Segovia, donde lograría al fin estar sola y llorar, también le correspondería a José-Amalia Villa transcribir el documento en el que los tres líderes del comunismo español, Pasionaria, Carrillo y Claudín, acusaban a Heriberto Quiñones, el que había muerto con la columna destrozada gritando: "Viva la Internacional Comunista" , de "carroña infiltrada en el partido". Cuando José-Amalia salió de la cárcel siguió siendo la que era, y jamás quiso cruzar una palabra con aquella chusma que había sido capaz de quitarle a un valiente lo único que tenía, la dignidad de un revolucionario. Murió el jueves de la pasada semana, sola, como había vivido, atendida en sus cuidados por un puñado de amigos incombustibles. En los últimos meses de vida se fue despidiendo de todo; un buen restaurante, escogí Sacha y lo probó todo; un museo, y la volvieron a El Prado; un paisaje, y la llevaron al Guadarrama; una conversación, y estuvieron atentos a sus palabras. Ella hubiera querido morir antes, pero el destino no lo permitió. Hace ya veinte años le dediqué Miseria y grandeza del Partido Comunista de España y le puse unos versos de Luis Cernuda, como si fueran la joya que nunca hubiera aceptado de sus amigos: "Si renuncio a la vida es para hallarla luego, conforme a mi deseo, en tu memoria". Cuando nos vimos la última vez, hace unos días, me pidió dos cosas: que estuviera en su incineración y que no escribiera este artículo.

Read more

La lucha por la hegemonía en el frente intelectual: la práctica política de Manuel Sacristán Luzón

Joaquín Miras Albarrán

“El pecado del intelectual es echar un velo sobre la realidad”

M.S.L.

El propósito de esta ponencia es facilitar una primera aproximación a la obra de Manuel Sacristán Luzón para un posible  lector novel, imbuido, como Sacristán, de inquietud moral revolucionaria. Toda introducción esclarecedora  a la obra  de Manuel Sacristán Luzón debe comenzar refiriéndose a su compromiso político como comunista. Manuel Sacristán se organizó –es el término apropiado- en el Partido Comunista en Cataluña, el PSUC, en 1956, y fue hasta el final de su vida un Comunista y un marxista.

Como podemos leer en la penúltima conferencia que pronunció, sobre Lukacs, menos de 4 meses antes de su muerte,  al final de su vida seguía reiterándose en sus principios y reconociéndose públicamente comunista y marxista, aunque matizaba la primera palabra, y se decía “comunista de izquierdas” [1] .

Es necesario resumir  -hoy como siempre, por lo demás- lo que significa ser comunista. Más si se tiene la pretensión de que el texto sirva como aproximación hermenéutica a la obra de Sacristán por parte de las generaciones jóvenes actuales. El comunismo es una corriente de la tradición de la democracia que se caracteriza por considerar que la explotación económica y la dominación humanas sólo pueden ser resueltas mediante la lucha de clases y la transformación revolucionaria de la sociedad. Esta ruptura con el orden político y económico capitalista tiene como objetivo la socialización de los medios de producción y cambio, que deben convertirse en propiedad de la comunidad, es decir, en propiedad o cosa pública. En este proceso de lucha, el Estado debe comenzar a ser reabsorbido por la Sociedad Civil, pues se fundamenta en la división jerárquica, burocrática de la actividad entre los hombres –mandar/obedecer-  y reproduce la dominación.

Estas ideas eran compartidas por Manuel Sacristán. Consiguientemente, Sacristán militó, como ya he escrito en un partido comunista –el PSUC-. Conviene aclarar estas dos palabras subrayadas. Un partido comunista, tal como lo entendía Sacristán, no es una organización formada por profesionales de la política que elaboran programas electorales y ejecutan su actividad política desde las instituciones del Estado, a modo de ingeniería social, usando de los recursos financieros y humanos puestos a su alcance por el propio Estado. Este tipo de actividad política, basada en la división jerárquica del trabajo, aun cuando se impulse en nombre de ideales emancipatorios, se hace siempre por cuenta y a beneficio del capital, y no es sino un ejercicio de lo que Gramsci denominó Revolución Pasiva: El Estado atiende a la resolución de aquellas necesidades más exacerbadamente sentidas por los explotados a condición de que estos renuncien a su condición de ciudadanos y permanezcan desorganizados y políticamente inactivos, en lugar de ejercer su soberanía y constituirse en poder organizado.

Read more

7 enfoques sobre la revolución francesa

Joan Tafalla

Frente a quienes como Ferenc Feher nos invitan a "cerrar la Revolución francesa", pensamos que ésta puede continuar siendo fuente de reflexiones y enseñanzas para los que queremos un mundo de "libres e iguales". Tanto para nuestras reflexiones sobre los orígenes de la tradición comunista, como sobre el papel de la democracia en la humanización de la especie, como sobre los procesos de transición de un modo de producción a otro, como sobre la urgencia del comunismo frente a la crisis ecológica. Prueba de la potencia del modelo que ofrece la Revolución Francesa para pensar sobre todos estos problemas puede ser cualquiera de estos siete textos de siete autores bien diferentes entre ellos ( por su época, por su perspectiva, por su enfoque), pero que nos aportan visiones creemos que convergentes y complementarias para una reflexión emancipadora de futuro. Pedro Kropotkin "La Gran Revolución Francesa" De su obra "La Gran Revolución Francesa" publicada en 1909. El texto que extraemos corresponde a la edición argentina de Editorial Proyección, Buenos Aires, 1976. Traducción de Anselmo Lorenzo. Presentación de Diego Abad de Santillán. "Pero al mismo tiempo, la Gran Revolución nos ha legado otros principios, de un alcance mucho mayor: los principios comunistas. Ya hemos visto cómo durante toda la Gran Revolución trabajaron para salir a la luz, y también cómo, después de la caída de los girondinos, se hicieron muchos intentos, y alguno de ellos grandioso en esa dirección. El fourierismo desciende en línea recta de l’ Ange, por una parte, y por otra de Chalier; Babeuf es hijo directo de las ideas que apasionaron a las masas populares en 1793. Babeuf, Buonarroti y Sylvain Maréchal no hicieron más que sintetizarlas algo o exponerlas en forma literaria. Pero las sociedades secretas de Babeuf y de Bounarroti son el origen de las sociedades secretas de los "comunistas materialistas", en las que Blanqui y Barbés conspiraron bajo la monarquía burguesa de Luís Felipe. Después surgió La Internacional por filiación directa. En cuanto al ‘socialismo’, se sabe hoy que esa palabra fue puesta en boga para evitar la denominación de ‘comunista’, que en cierto período fue peligrosa, porque las sociedades secretas comunistas, convertidas en sociedades de acción , eran perseguidas a muerte por la burguesía gobernante. Así pues, hay filiación directa desde las ‘rabiosos’ de 1793 y el Babeuf de 1795 hasta la Internacional. Pero hay también filiación en las ideas. El socialismo moderno no ha añadido nada absolutamente, a las ideas que circulaban en 1789-1794 en el pueblo francés, y que se trató de poner en práctica durante el año II de la república. Lo único que ha hecho el socialismo moderno es poner esas ideas en sistemas y hallar argumentos en su favor, sea volviendo contra los economistas burgueses algunas de sus propias definiciones, sea generalizando los hechos del desarrollo del capitalismo industrial en el curso del siglo XIX. Pero yo me permitiré afirmar que, por vago que fuese, por poco apoyado que estuviera en argumentos de aspecto científico, por poco uso que hiciera de la jerga pseudo-científica de los economistas burgueses, el comunismo popular de los primeros años de la República veía más claro y analizaba más profundamente que el socialismo moderno. En primer lugar era el comunismo del consumo ( la comunalización y la nacionalización del consumo) lo que proponían los buenos republicanos del 1793, cuando querían establecer sus almacenes de trigos y de comestibles en cada municipio, cuando formulaban una estadística para fijar el ‘verdadero valor’ de los objetos de ‘primera y segunda necesidad’ y cuando inspiraban a Robespierre esta palabra profunda: lo superfluo de los artículos de consumo es lo único que puede ser objeto de comercio, porque lo necesario pertenece a todos. Procedente de las necesidades mismas de la vida tormentosa de aquellos años, el comunismo de 1793, con su afirmación del derecho de todos a las subsistencias, y a la tierra para producirlas, su negación de los derechos territoriales fuera de lo que una familia podía cultivar ( la hacienda de "120 arpentas, medida de 22 pies"), y su tentativa de comunalizar le comercio, iban más directamente al fondo de las cosas que todos los programas mínimos y aun los considerados máximos de la actualidad. Resulta, pues, que lo que se aprende hoy al estudiar la Gran Revolución es que fue el manantial de todas las concepciones comunistas, anarquistas y socialistas de nuestra época. Conocíamos mal todos a nuestra madre; pero la reconocemos hoy entre aquellos descamisados, y nos hacemos cargo de lo que puede enseñarnos. La humanidad marcha de etapa en etapa, y sus etapas están marcadas en centenares de años por grandes revoluciones. Después de los Países Bajos, después de Inglaterra, que hizo su revolución en 1648.1657, tocó el turno a Francia Cada gran revolución ha tenido además algo de original y propio. Inglaterra y Francia abolieron una y otra el absolutismo real; pero al abolirlo, Inglaterra se ocupó ante todo de los derechos personales del individuo, especialmente en religión, como también de los derechos locales de cada parroquia y de cada municipio; Francia fijó principalmente su atención sobre la propiedad de la tierra, y al herir en el corazón el régimen feudal hirió a la vez la gran propiedad y lanzó al mundo la idea de la nacionalización del suelo y de la socialización del comercio y de las principales industrias. ¿Qué nación tomará sobre sí la tarea terrible y gloriosa de la próxima Gran revolución? Se ha podido creer por el momento que sería Rusia; pero si Rusia lleva su revolución más allá de una simple limitación del poder imperial, si toca revolucionariamente la gran cuestión de la propiedad territorial, ¿hasta dónde llegará? ¿Sabrá y podrá evitar la falta cometida por las asambleas francesas, y dará el suelo, socializado, a quienes quieran cultivarle con sus brazos? No lo sabemos. La respuesta a esa pregunta pertenece al dominio de la profecía. Lo positivo y lo cierto es que, sea cual fuera la nación que entre hoy en la vía de las revoluciones, heredará lo que nuestros abuelos hicieron en Francia. La sangre que derramaron, la derramaron por la humanidad. Las penalidades que sufrieron, a la humanidad entera las dedicaron. Sus luchas, sus ideas, sus controversias constituyen el patrimonio de la humanidad. Todo ello ha producido sus frutos y producirá otros aún, más bellos y grandiosos, abriendo a la humanidad amplios horizontes con las palabras Libertad, Igualdad, Fraternidad, que brillan como un faro hacia el cual nos dirigimos. Antonio Gramsci Cuadernos de la Cárcel La concepción gramsciana del jacobinismo se desarrolla a lo largo de los Quaderni del Carcere en numerosas menciones. El índice temático de la edición completa de los cuadernos de Valentino Gerratana ( Publicada por Einaudi Editori , Torino 1975) registra 26 llamadas correspondientes al conjunto de los Cuadernos. Estas llamadas están complementadas con 34 llamadas sobre la historia de Francia, y muchas otras en temas como cesarismo, relación campo-ciudad, concepto de nacional-popular, hegemonia y capacidad de dirección… El conjunto revela toda una concepción orgánica y evolutiva del jacobinismo con diversos niveles conceptuales de gran potencia. Todo ello dependiente del desarrollo historiográfico contemporáneo a la época en que fueron escritos los Cuadernos. Parece que la obra de Mathiez era ampliamente conocida y utilizada por Gramsci. Traducimos del primer cuaderno.(1929-1930), algunos fragmentos significativos del conocido pasaje titulado: " §(44) Dirección política de clase antes i después de la entrada en el gobierno.( Tomo I. pags. 40-54) .Se indica la página de los Quaderni donde pueden encontrarse dichos fragmentos. (…)" Comparación entre jacobinos y Partito di Azione: los jacobinos lucharon animosamente para asegurar el ligamen entre ciudad y campo; fueron derrotados porque debieron sofocar las veleidades de clase de los obreros; su continuador es Napoleón y hoy son los radicales-socialistas(…)" ( pag. 43) "(…) Por muchos aspectos parece que la diferencia entre muchos hombres del Partito di Azione y los moderados era más de ‘temperamento’ que política. La palabra ‘jacobino’ acabó asumiendo dos significados: uno es el significado propio, históricamente caracterizado: un determinado partido de la revolución francesa, que concebía la revolución de una forma determinada, con un determinado programa, sobre la base de determinadas fuerzas sociales y que explicó su acción de partido y de gobierno con una determinada acción metódica caracterizada por una extrema energía y resolución que dependían de la creencia fanática en la bondad de aquel programa y de aquel método. En el lenguaje político los dos aspectos del jacobinismo fueron escindidos y se llamó jacobino al hombre político enérgico y resuelto porque estaba fanáticamente persuadido de les virtudes taumatúrgicas de sus ideas. Crispi es jacobino solo en éste sentido. Por su programa, él fue un moderado puro y simple. Su ‘obsesión’ jacobina fue la unidad político-territorial del país (…)"( pag. 45). "(…) A propósito del jacobinismo y del partito d’Azione un elemento a recordar es que los jacobinos conquistaron con la lucha su función de partido dirigente: ellos se impusieron sobre la burguesía francesa conduciéndola hasta una posición mucho más avanzada de aquella que la burguesía hubiera querido ‘espontáneamente’ e incluso mucho más avanzada de aquella que las premisas históricas habían de consentir, y por eso se dieron los contragolpes y la función de Napoleón. Este rasgo característico del jacobinismo y de la revolución francesa de forzar la situación ( aparentemente) y de crear hechos consumados irreparables, tirando hacia delante a la burguesía a base de patadas en el trasero, por parte de un grupo de hombres extremadamente enérgicos y resueltos puede ser ‘esquematizado’ así: el tercer estado era el menos homogéneo de los tres estados; la burguesía constituía su parte más avanzada culturalmente y económicamente; el desarrollo de los acontecimientos franceses muestra el desarrollo de esta parte, que inicialmente pone las cuestiones que solo interesan a sus componentes físicos actuales, sus intereses ‘corporativos’ inmediatos ( corporativos en un sentido especial, de inmediatos y egoistas de un determinado grupo restringido social); los precursores de la revolución son reformistas moderados, que elevan mucho la voz pero que en realidad piden muy poco. Esta parte avanzada pierde poco a poco su carácter ‘corporativo’ y se transforma en una clase hegemónica por la acción de dos factores: la resistencia de las viejas clases y la actividad política de los jacobinos. Las viejas clases no quieren ceder nada y si ceden algo es con la intención de ganar tiempo y de pasar a la contraofensiva; la burguesía habría caido en estos ‘engaños’ sucesivos sin la acción enérgica de los jacobinos, que se oponen a cualquier parón inmediato y mandan a la guillotina no sólo a los representantes de las viejas clases, sino también a los revolucionarios de ayer convertidos hoy en reaccionarios. Los jacobinos representan el único partido de la revolución, en cuanto ellos no sólo contemplan los intereses inmediatos de las personas físicas actuales que constituyen la burguesía francesa, sino que contemplan también los intereses también del mañana y no solo de aquellas determinadas personas físicas, sino de otros estratos sociales del tercer estado que mañana se transformarán en burgueses, porque ellos están convencidos de la ‘egalité’ y de la ‘fraternité’. Es preciso recordar que los jacobinos no eran idealistas, aunque su lenguaje ‘hoy’ en una nueva situación y después de más un siglo, parece ‘idealista’. El lenguaje de los jacobinos, su ideología, reflejaba perfectamente las necesidades de la época, según la tradición y la cultura francesa ( cfr. En La Sagrada familia el análisis de Marx del cual resulta que la fraseología jacobina correspondía perfectamente a las formulaciones de la filosofía clásica alemana, a la cual hoy se reconoce mayor concreción y que ha dado origen al historicismo moderno): 1ª necesidad: eliminar a la clase adversaria o al menos reducirla a la impotencia; crear la imposibilidad de una contrarrevolución; 2º ampliar los intereses de clase de la burguesía, encontrando los intereses comunes entre ella y los otros estratos del tercer estado, poner estos estratos en marcha, conducirlos a la lucha, obteniendo dos resultados: 1º oponer un adversario más amplio a los golpes de la clase adversaria, es decir crear una relación de fuerzas militar favorable a la revolución; 2º cortar a la clase adversaria cualquier zona de pasividad en la cual ella habría creado ejércitos vandeanos ( sin la política agraria de los jacobinos, París se hubiera visto rodeado por la Vendée hasta sus propias puertas: la resistencia de la Vendée propiamente dicha estaba ligada a la cuestión nacional determinada entre los Bretones por la fórmula de la ‘República única e indivisible’, a la que los jacobinos no podían renunciar so pena del suicidio: los girondinos buscaron apoyarse sobre el federalismo para amenazar a los jacobinos, pero las tropas provinciales conducidas hasta París se pasaron a los jacobinos: excepto la Bretaña y otras pequeñas zonas periféricas, la cuestión agraria se presentaba separada de la cuestión nacional, como se ve en estos y otros episodios militares: la provincia aceptaba la hegemonía de París, es decir los rurales comprendían que sus intereses estaban ligados a los de la burguesía). Los jacobinos forzaron la marcha pero siempre en el sentido del desarrollo histórico real, porque ellos fundaron no sólo el estado burgués, hicieron de la burguesía la clase ‘dominante’, pero hicieron más ( en cierto sentido), hicieron de la burguesía la clase dirigente, hegemónica, es decir dieron al Estado una base permanente. Que los jacobinos permanecieron siempre sobre el terreno de clase está demostrado por lo acontecimientos que señalaron su fin y el de Robespierre: ellos no quisieron reconocer a los obreros el derecho de coalición (ley Chapelier [ y sus consecuencias en la ley del maximum]) y así rompieron el bloque urbano de París; sus fuerzas de asalto que se reunían en la Comuna, se dispersaron desilusionadas, y el Termidor tuvo el viento en la popa: la revolución había encontrado sus límites de clase: la política de los ‘aliados’ había hecho desarrollar cuestiones nuevas que entonces no podían ser resueltas(…) "(pags. 50 y 51). Si en Italia no apareció un partido jacobino, deben existir razones a investigar en el campo económico, es decir, en la relativa debilidad de la burguesía italiana, en el clima histórico diferente del de Europa. La limitación encontrada por los jacobinos, en su política de avivamiento forzado de las energías populares francesas que era necesario aliar a la burguesía , con la Ley Le Chapelier[ y la ley del maximum] , se presentaba en el 48 como un "fantasma" amenazante, sabiamente agitado por Austria y por los viejos gobiernos, pero también por Cavour (además del Papa). La burguesía no podía ya extender su hegemonía sobre los vastos estratos que pudo abarcar en Francia, era cierto, pero la acción sobre los campesinos era siempre posible. Diferencia entre Francia, Alemania e Italia en el proceso de toma del poder por parte de la burguesía ( y de Inglaterra). En Francia tenemos el fenómeno completo, la mayor riqueza de elementos políticos. En Alemania el fenómeno se parece en algunos aspectos al italiano, en otros parece el de Inglaterra. En Alemania el 48 fracasa por la poca concentración burguesa ( la consigna de tipo jacobino fue dada en el 48 alemán por Marx: "revolución permanente") y también porque la cuestión se interrelaciona con la cuestión nacional; las guerras del 64, del 66 y del 70 resuelven la cuestión nacional y la cuestión de clase de forma intermedia: la burguesía obtiene el gobierno económico-industrial, pero las viejas clases feudales permanecen como clase gubernativa con amplios privilegios de casta en el ejército, en la administración estatal y sobre la tierra; pero por lo menos en Alemania estas viejas clases, si conservaron tanta importancia y mantuvieron tantos privilegios, ejercitaron una función, fueron los "intelectuales" de la burguesía con un determinado temperamento proporcionado por el origen de clase y por la tradición. En Inglaterra, donde la Revolución burguesa se desarrolló antes que en Francia, , tenemos el mismo fenómeno que en Alemania de fusión entre lo viejo y lo nuevo, a pesar de la extrema energía de los "jacobinos" ingleses, es decir de los "cabezas redondas" de Cromwell: la vieja aristocracia permanece como clase gubernativa, con ciertos privilegios, y se transforma también ella en la clase intelectual de la burguesía inglesa ( véase a propósito de esto las observaciones de Engels en el prefacio inglés de Utopía y Ciencia, que es necesario recordar para esta investigación sobre los intelectuales y sus funciones históricas de clase(…)".( pag. 53) "(…) A propósito de la consigna "jacobina" lanzada por Marx en la Alemania del 48-49 es necesario observar su complicada fortuna. Retomada, sistematizada, elaborada, intelectualizada por el grupo Parvus-Bronstein, se manifestó inerte e ineficaz en el 1905 y a continuación: era una cosa abstracta, de gabinete científico. La corriente que la combatió en esta manifestación intelectualizada, sin embargo, sin usarla " a propósito" la empleó de hecho en su forma histórica, concreta, viviente, adaptada al tiempo y al lugar como brotando de todos los poros de la sociedad que era preciso transformar, de alianza entre dos clases con la hegemonía de la clase urbana. En un caso, temperamento jacobino sin el contenido político adecuado, tipo Crispi; en el segundo caso, temperamento y contenido jacobinos según las nuevas relaciones históricos, y no según una etiqueta intelectualista." ( pag. 54). Daniel Guerin La revolución francesa y nosotros El autor de "La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa. 1793-1795 ( Alianza Editorial, Madrid, 1974), escribió el panfleto "La revolución francesa y nosotros" (Editorial Villalar , Colección Zimmerwald, Madrid 1977) en 1944. Lo escribió según el prólogo a la edición de Masperó en 1976 como presentación de su "La lucha de clases…".Finalmente, la presentación de la obra fue más técnica y no política aunque la propia obra tenía, según Guerin, una doble finalidad: "ofrecer un nueva interpretación de la revolución francesa, partiendo de la teoría de la revolución permanente y de la concepción libertaria de la revolución de los de abajo; sobre todo, extraer de la mayor, más prolongada y más profunda experiencia revolucionaria vivida por Francia, orientaciones susceptibles de regenerar el socialismo revolucionario y anarquista de hoy". Guerin decidió editar su inédita presentación tras el mayo del 68 que según su visión . "Fue un redescubrimiento de los problemas del socialismo, que confirmó las lecciones que yo había intentado extraer, hace más de un cuarto de siglo de la lejana Revolución francesa". "(…) Sin duda la burguesía tuvo su parte en la revolución. Ésta fue preparada por sus ideólogos. Sus parlamentarios la sacaron adelante a base de discursos y de decretos. NO puede desestimarse la obra legislativa, la acción militante de las asambleas revolucionarias. Pero la burguesía se mostró incapaz de acabar con al antiguo régimen feudal, clerical y absolutista sin el concurso de los brazos desnudos. Como escribe Kautsky, ‘para resistir a la contrarevolución, hacían falta otras gentes que la burguesía, gentes que no tuviesen nada que perder en la tormenta social(…) y que aportasen a al lucha la fuerza de sus brazos". La burguesía carecía de número y de fuerza física. Rehusaba, salvo algunas excepciones, salir a la calle con las armas en la mano. Finalmente, se mostraba vacilante por miedo a perder, al asestar golpes demasiado brutales al antiguo régimen, su propio protagonismo de clase. Sin la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, por los sans-culottes parisinos, la asamblea nacional había terminado por sucumbir en la rebelión contra las bayonetas reales. Sin la marcha sobre Versalles, el 5 de octubre, de los brazos desnudos hambrientos y sin su irrupción en el recinto de la Asamblea, la declaración de los derechos del Hombre no hubiera sido sancionada. Sin el irresistible movimiento de los campesinos , la asamblea no hubiera osado atacar, aunque tímidamente, la propiedad feudal, en la noche del 4 de agosto de 1789. Sin el poderoso concurso de las masas el 10 de agosto de 1792, la expropiación sin indemnización de las rentas feudales no hubiera sido, al fin, decretada; la burguesía hubiera vacilado ante la república y ante el sufragio universal. A medida que la revolución va progresando, se ve a los burgueses vacilar, detenerse a medio camino, y es siempre la presión de los brazos desnudos lo que les obliga a llevar hasta el final la revolución burguesa. Como escribe el mismo Kautsky: ¿Fueron ellos los que salvaron la revolución burguesa y destruyeron el régimen feudal, y ello de una forma que no tenía parangón en ningún país del mundo(…). Por una ironía de la historia, fueron los más encarnizados enemigos de los capitalistas, los que realizaron para los capitalistas lo que los capitalistas no habrían podido hacer por sí mismos". Ya por este hecho la revolución francesa es siempre actual. Porque incluso en la medida en que fue una revolución burguesa o que llevó al poder a la burguesía y no al proletariado, fue una revolución de masas. Su estudio nos ayuda a descifrar las leyes permanentes del movimiento autónomo de las masas y ofrece, al mismo tiempo, a nuestro examen las formas de poder popular que las masas forjan espontáneamente en el curso de sus lucha; en este sentido, la revolución francesa fue cuna, no sólo de la democracia burguesa, sino también de la democracia de tipo comunal o soviética, de la democracia de los consejos obreros. Pero la gran revolución no fue solo una revolución de masas que trabajó, sin saberlo, para la burguesía. Fue también, en cierta medida, una revolución de masas que actuaban por su propia cuenta. Las amasas no atacaron con la intención de hacer una revolución ¿burguesa?. Se sublevaron con la esperanza de aliviar su miseria, de sacudir su yugo secular. Ahora bien, el yugo secular no era sólo el de los señores, el clero y los agentes del absolutismo regio, sino también el de los burgueses; se olvida demasiado, en efecto, que la burguesía no era, en vísperas de 1789, una clase novata. La burguesía detentaba ya una parte considerable del poder económico. Además, ya había sido invitada a recoger las migajas del festín feudal: muchos burgueses habían recibido títulos de nobleza, gozaban de rentas feudales. En una palabra, la burguesía compartía con la aristocracia, la iglesia y la monarquía absoluta los beneficios derivados de la explotación de las clases trabajadoras. La idea de liberarse del yugo secular conducía, naturalmente, a los oprimidos a la idea de una lucha contra todo el cuadro de los privilegiados, incluidos los burgueses. Más tarde, Babeuf no hará más que expresar por escrito esta deducción espontánea: ¿¿Qué es una revolución política en general?¿ Qué es la revolución francesa en particular? Una guerra abierta entre los patricios y los plebeyos'(…)" Luckacs "El Hombre y la democracia" Este texto del viejo Luckács fue escrito en el año 1968, coincidiendo con una de las últimas explosiones revolucionarias que alcanzó caracteres mundiales y con la magnifica senectud del viejo luchador y filósofo comunista. Se trataba de una indagación sobre el papel de la democracia cuya tesis principal podemos resumir así: la salida del estalinismo no podía hacerse incorporando los dogmas del liberalismo sino profundizando en la democracia socialista. Los párrafos que siguen corresponden al análisis del papel de la Revolución Francesa en el proceso general de democratización. Desgraciadamente esta obra fue publicada por primera vez en húngaro el 1985. El hundimiento del socialismo real en el marasmo del neoliberalismo no ha supuesto ningún avance hacia la democracia real. Publicamos la traducción del texto alemán a cargo de Mario Prilick y Myrian Kohen para la edición española en Editorial Contrapunto Buenos Aires, 1989. La forma clásica de la moderna democracia burguesa, la de la Revolución francesa, ha surgido y se ha construido con eficacia tomando muchísimo – incluso de manera consciente – del ideal de este modelo. En el plano socio-económico se encuentra, sin embargo, exactamente en el polo opuesto. Al subrayar esta contradicción Marx destaca al mismo tiempo que la libertad e igualdad ( expresiones ideológicas centrales de la esencia de la democratización moderna) pueden asumir desde el punto de vista ideológico formas muy diferentes; pero en cuanto a la esencia económico-social "no sólo son respetadas en el intercambio de valores de cambio, sino que el intercambio de valores de cambio es la base productiva real, de toda igualdad y libertad". Esta realización práctica del dominio de la libertad y de la igualdad significa- con todas sus contradicciones- un enorme progreso en la prehistoria de la sociedad humana; el fundamento real, objetivo, de la esencia humana o en menor medida, a los límites naturales del ser social están contenidas en su manifestación. La lucha social que ha producido este hecho, en su forma inmediata, directa, esta dirigida contra la articulación de la sociedad por clases, estructuración surgida en el y del feudalismo. La feudalidad, que el joven Marx llamó "democracia de la no libertad", le da a la estructura de la sociedad "directamente" un carácter "político"; "los elementos de la vida burguesa, como por ejemplo la posesión o la familia, o el tipo y el modo de trabajo, se habían elevado al plano de elementos de la vida estatal, el estamento o la corporación. Determinaban bajo esta forma, las relaciones entre el individuo y el conjunto del Estado, es decir, sus relaciones políticas". La Revolución francesa destruyó radicalmente toda esta estructura social y, con ello por primera vez en la historia del mundo, construyó la relación entre Estado y sociedad civil en términos puramente sociales. Marx señala con razón que de este modo pudo unificarse materialmente por primera vez la vida política con respecto a la dispersión que existía en el feudalismo; liberada en lo inmediato de las características de la sociedad civil, elevada a asunto general del pueblo con independencia real de los elementos particulares. De este modo, el objetivo de la batalla ideológica de siglos por introducir el "reino de la razón" en la vida humana se convirtió en el fundamento de la vida social. Sólo que – cómo más tarde lo señaló Engels- este reino de la razón se evidenció como el reino idealizado de la burguesía. No debemos entender aquí el término idealizado como una acusación política – ideológica -, sino como una comprobación, objetiva, científica de la estructura social surgida en la realidad. El mismo Marx, en la comprobación teórica de las investigaciones que acabamos de citar sobre la transformación real del conjunto de la estructura social, dijo que el idealismo. del Estado, de la vida política, que se produce como superación del feudalismo, presupone como fundamento contrario la culminación del materialismo de la sociedad burguesa. Ejemplifica esta contradictoria unidad entre Estado y sociedad civil, entre idealismo y materialismo en la vida de la sociedad, en la vida de cada hombre individual en cuanto miembro suyo, analizando el primer gran documento práctico de esta transformación- el texto de las Constituciones de la Revolución francesa. Esta observación se basa en la oposición-unidad entre homme (bourgeois) y citoyen. Citoyen significa obviamente el ciudadano devenido idealmente, desligado de todas las ataduras materiales de la existencia socio-económica; el hombre, a la inversa, es el que forma parte de la sociedad civil. Marx no dejó de señalar que las Constituciones revolucionarias en lo que respecta a esta vinculación indisoluble (en tanto todo citoyen es también homme) denigran al ciudadano como servidor de los denominados derechos humanos. Con esto se reconoce la real supremacía social del hombre material, productivo (privado) sobre el ciudadano ideal. De esta manera, también se determina con precisión el lugar de esta democracia en el gran proceso de desarrollo de la humanidad, de la formación del género humano, de la humanización del hombre. Acerca de la forma más general de la situación social del hombre de la democracia burguesa, ahora un ser concreto – así reconocido -, Marx dice que los otros hombres constituyen para él no la realización sino el límite de su libertad. Y esa es la realidad social básica del capitalismo: el- sujeto- de la praxis real en la sociedad es el hombre egoista, el hombre y, por ello, simplemente particular. Aquí como componente necesarios de esta fase del desarrollo, la generalidad del hombre alcanza un nivel más alto, en términos sociales objetivos, que en cualquier otra formación precedente, menos social; la generalidad que realiza la vida genérica real del hombre se presenta como "oposición a su vida material". Naturalmente, en los días tumultuosos de la gran transformación todo está formulado con mayor pathos; con mayor pasión que luego durante el tiempo prosaico de la realización práctica. De estos momentos de entusiasmo parte la superabundancia -desde el Renacimiento reiteradamente. Actualizada – del modelo de la antigua democracia de la polis. No se trata de ninguna extravagancia literaria o intelectual. Fue necesario, dice Marx, a propósito de la Revolución francesa, el heroísmo para darle vida. Sus protagonistas necesitaron ideales, e incluso ilusiones "para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica". Estos momentos de pasión heroica con frecuencia vuelven a identificar, de manera históricamente falsa, las dos grandes formas de democratización – en realidad intrínsecamente antitéticas- pasando negligentemente por alto ante sus contradicciones sociales. Sin embargo, la revolución triunfó e instauró un proceso real en el cual las determinaciones ontológicas de la democracia burguesa se convirtieron en formas dominantes del mundo estatal capitalista. La máscara ideológica arcaica de la polis debió perder toda realidad social. Cuando fue utilizada como medio ideológico, después del triunfo de la revolución, resultó una mentira, una caricatura, un engaño consciente; 1a materialidad económica del democrática ciudadano de la polis que vive y comercia como poseedor de una parcela no podrá nunca más ser restaurada.. Su ser social no tiene nada en común con el sujeto del intercambio de mercancías, con la libertad y la igualdad que lo caracterizan en su práctica: materialmente en la circulación de mercancías, idealmente en su superestructura estatal. 2. Las tendencias necesarias del desarrollo de la democracia burguesa. Hasta aquí pudimos sólo señalar el principio económico más general que opone a estas dos formas de democracia entre sí. Una estructura no es, contrariamente a lo que hoy dicen las teorías de moda, un principio estático por su naturaleza, es decir no-histórico; sino el fundamento ontológíco y – justamente por esto, ante todo – dinámica desarrollo de toda formación. Habíamos visto como en la relación necesaria con el desarrollo de las fuerzas productivas terminaba por destruirse la igualdad de los propietarios de parcelas, base económica de la democracia de la polis. Observemos ahora las tendencias dinámicas que la antítesis entre el materialismo de la sociedad burguesa y el idealismo del Estado contiene en sí misma y desarrolla como tendencia del movimiento. La práctica materialmente orientada del homme de la sociedad burguesa tiene un carácter dinámico universal, posee entonces la tendencia de someter a sus intereses todos los fenómenos de la formación social con los cuales entra en relación. En consonancia con todas las observaciones imparciales de este período, Marx describe el consecuente proceso de acción con el cual el homme de la sociedad capitalista actúa hacia las instituciones de ésta, hacia la superestructura "ideal", en los términos siguientes: "El burgués se comporta ante las instituciones de su régimen como el judío ante la ley: la burla siempre que puede, en todos y cada uno de los casos concretos, pero quiere que todos los demás se atengan a ella y la respeten." El hecho en general no constituye desde el punto de vista histórico una novedad. El Estado de toda sociedad es un arma ideológica para combatir los conflictos de clase. Sin embargo, cuando un determinado sector de ciudadanos de la polis, por ejemplo, compra la propiedad de aquellos que se han empobrecido, contribuye a disolver la comunidad parcelaria y, cualquiera sea su intención, de hecho impulsa en la práctica la descomposición de la propia democracia de la polis. Esta conducta que describe Marx, y también otros (pensadores honestos, especialmente escritores), promueve en el plano económico el desarrollo del capitalismo y, al mismo tiempo, adapta la superestructura estatal a las necesidades económicas que se han desarrollado de este modo. La superestructura democrática debe mantener desde el nivel socio-ontológico en general su carácter "ideal", su contenido, cuyas formas de acción se ciñen cada vez más a las necesidades del homme. Que estos contenidos (y las formas de acción que se desprenden de ellos) adquieran una validez social general, representados por grupos económicos importantes, no cambia en nada los principios fundamentales de la cuestión (por lo menos para nuestra perspectiva). Para nosotros importa que los movimientos sociales tengan suficiente fuerza para provocar modificaciones en la base económica, para incidir sobre su relación dinámica-estructural con la superestructura "ideal". Quien intente estudiar tales tendencias en términos no fetichistas, no debe perder de vista que todo movimiento de masas puede ser sólo un tipo particular de síntesis de tales actos prácticos personales. Cuando Marx se remonta a la deformación interior del ser individual en todo comportamiento de este tipo, en el plano del ser adquiere una profunda justificación desde el punto de vista socio-ontológico. Es aquí donde se confirma la exactitud de la comprobación según la cual de este tipo de acciones del genero humano- se deduce la deformación de la generalidad del hombre (en términos individuales inmediatos: de su relación con el prójimo). Por contradictorio que aparente ser el aspecto lógico-formal o gnoseológico, la actuación social en los términos más puros posibles del "idealismo" de la superestructura es el medio más eficaz para posibilitar la realización sin dificultades de las tendencias materiales-egoístas en la vida social. No es ninguna casualidad que el formalismo abstracto del derecho se haya desarrollado de esta manera y merezca el mayor prestigio en tales condiciones. Tampoco es ninguna casualidad – volviendo a nuestro verdadero problema- que el más perfecto, el más explícito "idealismo" abstracto de las formas de gobierno del Estado, sea el instrumento más apropiado para que se afirmen los intereses egoístas-capitalistas sin dificultad bajo el pretexto de intereses generales, ideales. Resumiendo. cuanto más puro el. parlamentarismo; cuanto más típica la realización central de este idealismo estatal – aparentemente independiente, formalmente autónomo de la vida real de la sociedad -; cuando más llega a ser un instrumento con valor de figurar como un órgano puro de la voluntad ideal del pueblo, tanto más apropiado como instrumento para hacer valer los intereses egoístas de los grupos capitalistas, precisamente bajo la apariencia de una ilimitada libertad e igualdad. Por esto quizás la expresión "apariencia" no sea totalmente exacta. Pues aquí no se realiza simplemente una apariencia de libertad e igualdad, sino precisamente su esencia económica, la que ellas representan en verdad en la circulación capitalista de mercancías. La lucha para obtener una forma pura de parlamentarismo (por ejemplo, la lucha por el sufragio universal), por su omnipotencia como legisladora y supervisora de la vida de¡ Estado, ocupa en los hechos la vida política a partir de las grandes revoluciones de los siglos XVII y XVIII. Sobre una parte de estas luchas, sobre la superación de los restos de la estructura por estamentos, no vale la pena detenernos aquí; pertenecen en la esencial, por lo menos en los países capitalistas desarrollados, al pasado. Nos parece mucho más importante dirigir nuestra atención hacia los pasos decisivos en el intento de organizar una democracia" en el sentido de las grandes revoluciones, resultado de las luchas de masas en las cuales siempre debió emprenderse una corrección democrática" del parlamentarismo "puro" dispuesto. Los demócratas plebeyamente radica- les cuyas masas sirvieron en el ejército de Cromwell en la época de la Revolución inglesa, los revolucionarios plebeyos de las secciones parisinas, presionaron sobre el parlamento cuando fue necesario dispersarlo o diezmarlo para crear órganos que estuvieran en condiciones de expresar los verdaderos intereses del pueblo trabajador. Recién la "Gloriosa Revolución" en Inglaterra y el régimen de Luis-Felipe más tarde en la Tercera República Francesa fueron capaces de impedir tales intromisiones "no deseadas" y de asegurarle al parlamento esa libertad e igualdad formal que se correspondía con los intereses de los grupos capitalistas dominantes. No debemos nunca olvidar que en épocas de crisis – basta pensar en el affaire Dreyfuss – surgen en el horizonte político, desde luego ahora ya atenuadas, las posibilidades de correcciones plebeyo-democráticas. De hecho, en la teoría política del siglo XIX aparece continuamente la oposición entre el democratismo consolidado en el pueblo y el liberalismo parlamentario. No necesitamos destacarlo: con el triunfo prácticamente indiscutible del segundo. Wolfgang Harich ¿Comunismo sin crecimiento? Babeuf y el club de Roma Harich, comunista crítico en la RDA ( estuvo ocho años en la cárcel estalinista entre el 56 y el 64), publicó en occidente este libro de entrevistas el año 1975. Como escribiera Manuel Sacristán en la presentación de la edición española del libro ( ed. Materiales, Barcelona 1978) : "Él se caracteriza por poner en el centro de una revisión marxista revolucionaria el problema ecológico, el problema de la relación hombre naturaleza: ‘(…) nada hay más conforme a la época’ dice Harich en su entrevista al Extra-Dients (1977), ‘que ese lema de Rousseau. ¿Vuelta a la naturaleza ! Aunque hay que puntualizar que Rousseau no fue un romántica pasadista, sino un eminente pensador revolucionario, por lo que en realidad, ese lema debería transformarse, para permanecer fiel a su sentido, así: ¡Adelante a la naturaleza!’. Harich piensa que las fuerzas productivas materiales han alcanzado un estadio de desarrollo que ya no se puede rebasar sin consecuencias destructivas irreparables, de modo que ‘a partir de ahora el proceso de acumulación de capital choca con el límite último, absoluto, detrás del cual están ya al acecho los demonios de la aniquilación de la vida, de la autoaniquilación de toda vida humana". Publicamos a continuación un extracto de las cartas de Harich a Freimut Duve sobre la figura de Babeuf que sirve a nuestro autor como plataforma desde la que reformular el sistema de necesidades humanas que se esconde detrás de cada sistema económico. "Berlín 3 de mayo de 1975 ¿Quién fue Babeuf? Es fácil saberlo recurriendo a cualquier diccionario enciclopédico. Acerca del "babeufismo" como doctrina puede uno enterarse de la mejor manera por el Más reciente Phílosophísches Wörterbuch de la RDA, en dos tomos, editado por Manfred Burh y Georg Kiaus, Berlín 1974. Ilia Ehrenburg y Ferdinand May han escrito novelas históricas sobre la "conspiración de los iguales" de Babeuf, de 1795/96, utilizando en ambos casos las memorias de su amigo Filippo Buonarotti. En Wagenbach, Berlín Occidental, aparecerá próximamente un libro que trata tanto de las afinidades como de las diferencias entre Babeuf y Marx en relación con sus principios de organización y su táctica política. En estas condiciones me parece aconsejable dejar al margen todos los datos históricos acerca de Babeuf que yo pensaba exponer en el marco de la séptima entrevista y limitarme a unas breves observaciones. Babeuf intentó aportar, desde el principio, a la revolución francesa, tanto a su ideología como a su realización histórica, un concepto del comunismo agrario aprendido de Morelly, que era entonces prematuro y que, por tanto, estaba condenado al fracaso. Babeuf perteneció presumiblemente a la oposición de extrema izquierda a Robespierre; pero tras la caída de éste, en 1794, se sumó pronto a los perseguidos partidarios de Robespierre que hicieron retroceder el 9 de Termidor y que, contra la resistencia de la gran burguesía victoriosa, intentaron restablecer la democracia jacobina de 1793, es decir, la dictadura de la Convención dominada por el Comité de Salud Pública. Encerrados en prisión, los más decididos partidarios de este empeño se dieron cuenta de que había que movilizar y organizar a su favor a las capas populares más pobres y hambrientas y, en estas condiciones, el también prisionero Babeuf ganó sobre ellos, con sus amplios ideales comunistas, una gran influencia. El motivo: la dictadura de los jacobinos había fracasado por la contradicción que suponía proclamar, de un lado, la propiedad privada como un derecho humano inalienable e intentar, de otro lado, suprimir su consecuencia directa, la búsqueda capitalista del enriquecimiento individual, mediante decretos de prohibición y el terror. Con la exigencia de la prohibición de toda propiedad privada, Babeuf ofrecía la fórmula que prometía superar este dilema. Parece que en aquel momento los republicanos puros, los herederos de Robespierre, Saint-Just y Marat, veían mayoritariamente en las consignas comunistas un simple medio para ganarse a las masas miserables, mientras que, por el contrario, Babeuf y sus fieles aspiraban a la vuelta a la constitución democrática de 1793 únicamente como punto de partida de un poder político orientado a la transformación gradual de las relaciones de propiedad con la meta final del comunismo. Las relaciones entre ambos grupos parecen haber sido, no obstante, más bien fluidas y, en cualquier caso, contaban como elemento de unión con la oposición común a los termidorianos, al Directorio de la gran burguesía, al que inmediatamente después de la amnistía conseguida en 1795 se empezó a combatir con intensidad y con un notable empuje de masas. A la represión de sus actividades legales, Babeuf y sus camaradas respondieron con el paso a la lucha ilegal. Así se constituyó la "conspiración de los iguales". El levantamiento popular general que preparaban no se llevó, sin embargo, a cabo. Un traidor de entre sus propias filas entregó el plan del levantamiento al gobierno del Directorio, que hizo detener inmediatamente a las cabezas de la conspiración. Después de un largo proceso, Babeuf y algunos de sus más estrechos colaboradores en la conspiración fueron ejecutados en 1797, en tanto que los demás acusados fueron, en parte, deportados y, en parte, dejados en libertad por falta de pruebas. Uno de los deportados era Buonarotti. Años después escribió, basándose en sus recuerdos, un libro acerca de la historia y la doctrina de la conspiración de Babeuf. Publicado en 1828 en Bruselas, al principio mereció escasa atención, pero a partir de mediados de los años treinta encontró una gran audiencia en el joven movimiento obrero francés en proceso de formación cuando éste estaba empezando a dejar de ir a remolque de la oposición republicana – pequeñoburguesa – a la monarquía de julio, así como entre los cartistas ingleses. Si la ejecución de Babeuf eliminó, por tanto, el último obstáculo revolucionario-plebeyo en el camino del despliegue del capitalismo en el continente europeo, cuatro decenios más tarde, el renacimiento temporal de sus ideas, con la mediación del viejo Buonarotti, inició la independización de la moderna lucha de clases proletaria, su emancipación política con respecto a la tutela liberal. Así pues, Babeuf está como precursor más cerca del marxismo que el socialismo utópico estrictamente burgués (Saint-Simon, Fourier), aun cuando siga siendo verdad que éste, por su riqueza de ideas, estimuló en una medida mucho mayor a Marx y Engels que el primitivo patrimonio ideológico que Buonarotti podía ofrecerles. Berlín, 4 de mayo 1975. Sólo esto con respecto a Babeuf. Volvamos ahora a la primera "herejía" que usted, Señor Duve, cree ver en mí. En nuestra última conversación me puso frente a ese pasaje del Manifiesto Comunista donde Marx y Engels acusan al comunismo de Babeuf de ser "por su contenido, necesariamente reaccionario", pues predica "un ascetismo general y un tosco igualitarismo". A esto adjuntaba usted la observación de que quien, como yo, enarbola la consigna de "¡Vuelta a Babeuf!" es imposible que pretenda al mismo tiempo aparecer como un marxista ortodoxo. En principio debo decirle que se pueden encontrar otros pasajes de Marx y Engels en los que hay valoraciones muy positivas acerca de Babeuf. En él, dicen en una ocasión, el comunismo "aparece por primera vez como expresión de un partido comunista auténticamente en acción". En Babeuf ven a alguien que apoyándose en la experiencia práctica de la lucha popular, revolucionaria, se dio cuenta de que "con la eliminación de la cuestión social de la aristocracia y con la república no venía a solucionarse ninguna "cuestión social" en el sentido del proletariado." No obstante, no quiero extenderme con estas y similares citas. Para ir al núcleo del problema, hay que centrarse en otro punto. La historia europea de las ideas incluye una línea en la tradición del pensamiento social que es, en última instancia, de origen gran-burgués. Se trata de una línea que lleva de Voltaire, pasando por Condorcet, a Saint-Simon, y de éste y sus partidarios (Heine entre ellos) al marxismo. Se caracteriza esta tradición por una actitud favorable y afirmativa con respecto al progreso y ha estado en todo momento tan estrechamente ligada al ascenso de la producción industrial, a la que refleja, que incluso antes de la aparición de Marx y Engels empezó en parte a modificar, y en parte a sustituir por completo, el legado de Babeuf entre los trabajadores con consciencia de clase a medida que éstos se entendían a sí mismos como proletariado industrial moderno. Pienso, a este respecto, en la resonancia de la utopía de Cabet, en neobabeufistas como Dézamy y, por lo que a Alemania se refiere, en Weitling. La herencia de ideas utópico-socialistas que arrancan de aquí fue primero reelaborada críticamente por Marx y Engels, que las sintetizaron luego con las aportaciones racionales de la historiografía de la época de la Restauración, de la dialéctica hegeliana, del materialismo de Feuerbach, de las teorías de la economía política inglesa clásica (Smith, Ricardo). E hicieron bien dándole a todo esto la primacía. Porque la industrialización estaba en aquella época a la orden del día, estaba "en su momento" y se trataba de asegurar al proletariado, en tanto que productor de los logros que había que agradecer a aquélla, al menos una parte de sus bendiciones. De permanecer condenado al ascetismo babeufiano, el proletariado hubiera quedado atenazado en su miseria y en su penuria en vez de haber enviado, como Babeuf quería, a los ricos al diablo, tarea para la que en el siglo XIX faltaban aún todas las precondiciones. Lo que ahora estamos viviendo, sin embargo, es, simplemente, que el progreso industrial, tanto en condiciones socialistas, como, sobre todo, en condiciones capitalistas, choca con barreras naturales inesquivables, lo que hace que el dominio de la línea de tradición volteriana en el marxismo, o al menos eso afirmo yo, deje de resultar conforme a las exigencias de la época. Y si en este contexto recuerdo a Babeuf es porque quiero verle reivindicado como el primer adepto del Jean-Jacques Rousseau joven de orientación comunista, de quien, en mi opinión, parte otra línea de tradición que va a ser en el futura de más importancia para el marxismo que la de Voltaire, Condorcet y Saint-Simon. Es de origen preindustrial, campesino-pequeñoburquesa y desde un principio radical-democrática, pero democrática no en el sentido del sistema político pluralista de la burguesía, sino en el sentido del – altamente autoritario, extremadamente dictatorial – jacobinismo. Jacobinismo en relación con el cual acaso no convenga olvidar que su más glorioso representante, Robespierre, exactamente igual que su continuador comunista Babeuf, figuraba entre los más entusiastas roussonianos. Rousseau era el gran antípoda de Voltaire. Y ¿por qué lo era? Podemos encontrar la respuesta en el Diccionario filosófico de Voltaire, donde se rechaza la filosofía de Rousseau afirmando de ella que es la de "un paria miserable cuyo deseo es que todos los ricos sean desvalijados por los pobres para que la unión fraternal de los hombres se realice más fácilmente." Dado que el antagonismo de clase, articulado en este veredicto, es el núcleo del conflicto entre los dos grandes pensadores – como ocurre de hecho -, el marxismo, por mucho que reconozca la función históricamente progresiva de la riqueza burguesa en el siglo XVIII, no puede tomar abiertamente partido, aunque solo sea por su bien conocida preferencia por los "parias miserables", por Voltaire contra Rousseau. Aunque tan lejos nunca ha llegado a ir, desde luego. Ni siquiera en la valoración de la – aparentemente tan reaccionaria – crítica roussoniana de la civilización. Sobre ésta Voltaire le escribió en 1755 a Rousseau, con referencia al ejemplar dedicado que éste le había enviado de¡ Tratado acerca del origen y del fundamento de la desigualdad entre los hombres: "Leyéndolo dan ganas de andar a cuatro patas. Sin embargo, dado que hace ya 60 años que abandoné este hábito, me es, por desgracia, imposible recuperarlo de nuevo, por lo que dejo esta postura tan natural a hombres que sean más aptos para ella que usted y que yo." Es una invectiva humorística contra la "vuelta a la naturaleza" roussoniana. Otros ilustrados interpretaban la misma consigna como si se tratara de la recomendación de que los hombres volvieran a alimentarse, como los jabalíes, de raíces y bellotas. Al igual que Voltaire, sin embargo, estaban en un error y hay que decir que le corresponde a la filosofía clásica alemana, lo mismo que al marxismo, que adoptó como punto de partida la plenitud de ésta en manos de Hegel y Feuerbach, el honor de haber penetrado con mayor profundidad en este punto. Con otras palabras, que sin perjuicio de sus muy fuertes afinidades con la tradición favorable a la civilización de raíz volteriana, no compartían aquella mala interpretación de las auténticas intenciones de Rousseau. Lo cual, creo yo, capacita nuevamente, cuando no fuerza, a los marxistas de hay a relativizar también el juicio que se emite en el Manifiesto Comunista acerca de un Babeuf en la línea de Rousseau. En una época en que con la eliminación del feudalismo estaba a la orden del día de la historia el dominio de la gran burguesía, Rousseau dio imperturbablemente expresión a los intereses de las capas populares pequeño-burquesas y plebeyas. Para él, por tanto, resultaba inaceptable la idea de un progreso uniforme, lineal, mejorador y favorecedor de la sociedad en su conjunto. La historia mundial le demostraba que la masa de los pobres había sido siempre oprimida por los ricos y poderosos. De aquí concluía que el proceso de la civilización sólo resultaba beneficioso a quienes poseyeran la suficiente riqueza como para estar en condiciones de apropiarse de los bienes materiales y espirituales en aumento y que esto, por las desigualdades no naturales que persistirían, tenía necesariamente que llevar a la difusión de la depravación moral de toda la sociedad. Así se conjugaba en él el postulado democrático-plebeyo de igualdad con la crítica a la civilización, de resonancias conservadoras, inherentes a la ,,vuelta a la naturaleza". Sin embargo, Rousseau no entendía por ese regreso, en absoluto, tal como le imputaban los volterianos, la vuelta de¡ hombre a alimentarse de bellotas y a desplazarse a cuatro patas. Rousseau pensaba algo distinto, algo que, bien mirado, tendría que relacionarse más bien con esta fórmula: "adelante hacia la naturaleza "’ Lo que él vislumbraba era una cultura que con sus medios – de los que ya no podía hacerse abstracción en la historia- restableciera a un nivel superior el estado natural de igualdad entre los hombres, su vida armónica en común, su felicidad en ello basada, su común sensibilidad moral. Y sus escritos tendían a darle esta clase de orientación tanto al desarrollo de¡ todo social como al del individuo. El primer pensador que comprendió esto fue Kant. Rousseau quería, escribe Kant en 1786, "resolver el difícil problema de cómo tiene que proceder la cultura para desarrollar las potencialidades y disposiciones de la humanidad, en tanto que moral, de forma coherente con su determinación, de tal modo que ésta no se oponga ya a aquélla en tanto que especie natural." En 1794 Fichte adoptó análoga posición en relación con el empeño de Rousseau. Para Rousseau, subrayaba, el "regreso" era en realidad "avance": "Para él ese abandonado estado natural es la meta última a la que ha de proyectarse finalmente la humanidad ahora depravada y deformada. Procede a hacer precisamente lo que nosotros hacemos: trabaja para conformar ulteriormente a la humanidad a su manera y para fomentar su avance en dirección a su meta suprema." Esto se dice en el escrito de Fichte Über díe Bestímmung des Gelehrten. Y la filosofía de la historia propia de Fichte, expuesta en los Grundzügen des gegenwártigen Zeitalters (1806) representa un intento único de traducir la herencia intelectual así entendida de Rousseau en su dimensión histórico-universal. La historia mundial enlaza, según este texto, con un estado natural paradisíaco y armónico en el que la razón, aún sin comprenderse a sí misma, domina necesariamente como un impulso ciego. De aquí se pasa a una segunda época en la que la autoconsciencia inicial del individuo choca con la ley de la totalidad como si se tratase de un imperativo externo, pero al que aún se somete. Posteriormente, ambos entran en conflicto y se llega al rechazo, por parte del individuo, de toda autoridad. La razón parece perdida. Su ciego dominio ya se ha truncado; ya no reconocerá a ningún poder externo; sin embargo, aún no se ha alcanzado su dominio consciente querido y aceptado de modo universal. La humanidad vive en el "estadio de pecaminosidad consumada". Y solo a partir de él puede, con lo que se cierra el proceso, pasar la era del "arte de la razón" en la que nuevamente se recobra la armonía inicial, pero recuperada a través de la libertad, en tanto que obra consciente de los hombres, los cuales determinan de manera creadora y autónoma su vida de acuerdo con sus eternos fines naturales. (…)" Henri Guillemin ¡Los pobres a callar! Durante la celebración del segundo centenario de la revolución francesa (1989), frente a la operación revisionista algunos historiadores reaccionaron en clave de defender los aspectos sociales de aquella revolución y la necesaria continuidad entre cualquier pensamiento emancipador y aspectos de la obra revolucionaria sobre todo del 73 al 75. Uno de ellos, fue Henri Guillemin. Reproducimos aquí el prólogo de su obra ( "¡ Los pobres a callar!", Grijalbo Mondadori, Barcelona 1997), que consciente y acertadamente se autocalifica de libelo. "Había pensado en Elogio de los vencidos. Pero para entender este título había que leer antes este breve escrito.- ¿los "vencidos" ? Los que fueron liquidados el 9 de termidor, en la más bonita fiesta de la guillotina, ciento diez cabezas cortadas en cuarenta y ocho horas, el 10 y el 11. Los que habían creído en la Revolución, una revolución que no sólo cambiaría las estructuras, sino que ante todo y sobre todo modificaría la concepción humana de la vida, del uso de los días. Inmediatamente apareció, límpido, este título: ¡Los pobres, a callar! Dos razones me han como empujado por detrás para dictarme este… ¿qué? dicho en plan pedante, este compendio de los sucesos que se desarrollaron en Francia de 1789 a 1799, este "resumen didáctico" de la Revolución. Primer móvil: el estado violento de "insoportación" (el neologismo es de Flaubert) en que me ha sumido la ostentación estridente y perentoria de una doctrina según la cual la Revolución, por un lado, se diluye a lo largo de cerca de un siglo, y por otro – ahí está el gran invento- "pierde el control" (esa es la palabra clave, la contraseña, la marca del iniciado), pierde el control, sí, muy deprisa. Desde la Legislativa el mal está hecho; dicho de otra forma, lo sensato habría sido un gobierno al estilo Luis Felipe. De modo que la República es el resultado de un patinazo. No está mal para el bicentenario. Original, en todo caso. El otro móvil que se ha apoderado de mi bolígrafo para darle fiebre es el asunto de la propiedad, demasiado olvidado, creo yo, en los relatos y comentarios al uso sobre la Revolución. Lo que hay que saber, porque es fundamental, es que a partir de la reunión de los Estados Generales cundió el pánico entre les honnétes gens, la "gente honrada", fórmula que debemos, creo, a La Fayette; gente honrada = gente de bien, gente que "tiene bien", bienes, dicho de otra forma, los propietarios, frente a los que fueron excluidos del derecho a voto y de la guardia nacional ,los no propietarios, la "gente de nada" ( gens de rien). Robespierre fue de los pocos – de los poquísimos – revolucionarios que pretendieron crear una "conciencia de clase" entre los explotados ( del campo y de la ciudad). No lo consiguió. Demasiado pronto. Esperemos a la expansión industrial del siglo posterior y a las concentraciones de proletarios. En cambio, entre la gente de bien, vaya si está ahí, desde el 89, la conciencia de clase, viva, os lo aseguro, lúcida, asustada, agresiva. Basta con ver y escuchar a Madame de Stäel, a Sièyes, a Barnave y a otros muchos. Y todo giró en torno a este asunto, con el pavor (creciente durante cinco años) de "los que tienen" en presencia de "los que no tienen", y a los que a toda costa ( y constantemente) hay que vigilar y contener, primero con un despliegue amenazador de fuerza el 14 de julio de 1790, y luego con un uso crepitante y persuasivo, el 17 de julio de 1791. Las tres asambleas que gobernaron hasta el Directorio, La Nacional, la legislativa y la convención todas ellas- también la Convención- estuvieron formadas por propietarios. La primera, al día siguiente de los disturbios rurales de julio de 1789, tuvo buen cuidado de dotar a la Propiedad de un atributo inédito, reforzado, solemne. Y podremos admirar a Danton, que el día en que la Convención celebró su primera sesión aportó un adverbio inesperado y grandioso en apoyo de la fortuna adquirida. Odioso, intolerable ese Robespierre que en abril de 1793 osó proponer un límite oficial al derecho a la propiedad. Estaba loco, era un malhechor un "anarquista". Por fin, el 9 de termidor, la "gente honrada" respiró aliviada. ¡Que liberación! En el Comité de Salvación Pública habían llegado a intervenir en el orden económico -estableciendo un "máximo" para el precio de los artículos en otoño del 93-, cuando el dogma de los girondinos implicaba una abstención rigurosa, absoluta , del estado en este terreno. Fue la Convención -si, la misma-, mostrando su verdadero rostro después de quitarse la máscara que se había puesto por miedo a los robespierristas, la que aclamó a Boissy d’ Anglas cuando expuso en la tribuna esta verdad fundamental: "Un país gobernado por los propietarios está en el orden natural". Pero la rectificación de termidor era imperfecta, insuficiente. Subsistía el principio republicano, esencialmente temible en sí mismo. Brumario cerró el paréntesis siniestro abierto por el 10 de agosto de 1792 y el sufragio universal. Se acabaron las elecciones "del todo" y la república, Necker y sus amigos banqueros recuperaron la dicha y la beatitud. La "gente de nada" ¡chitón!, y de una vez por todas. E.J. Hobsbawn Los ecos de la marsellesa El historiador británico escribió su trascendental obra en 1989, ampliando los textos de unas conferencias que dio en la Rutgers University de New Brunswick. El libro constituye un interesante ensayo sobre las repercusiones políticas de la revolución francesa a lo largo de dos siglos, así como sobre la evolución de la historiografía revolucionaria. Por su interés, publicamos aquí un extracto de su último capítulo titulado "Sobrevivir al revisionismo, sin notas a pie de página. Insistimos en la importancia de la lectura completa de esta obra que hallaremos en Editorial Crítica, Barcelona 1992. " (…) En resumen, el revisionismo sobre la historia de la Revolución francesa no es más que un aspecto de un revisionismo mucho más amplio sobre el proceso del desarrollo occidental (y luego global) hacia, y en, la era del capitalismo. No afecta sólo a la interpretación marxista, sino a la mayoría de interpretaciones históricas de estos procesos, pues a la luz de los extraordinarios cambios que han transformado el mundo desde el final de la segunda guerra mundial, todos parecen defender la necesidad de reflexionar. No existe un precedente histórico de cambios tan rápidos, profundos y (en términos socioeconómicos) revolucionarios en un período tan breve. Muchas cosas que al principio pasaron inadvertidas se hicieron patentes a la luz de esta experiencia contemporánea. Muchas cosas que se dieron por sentadas aparecen cuestionadas. Además, no sólo los orígenes históricos y el desarrollo de la sociedad moderna requieren ciertas reconsideraciones, sino que encontrarnos en idéntica situación a los mismísimos objetivos de di- chas sociedades, los cuales vienen siendo aceptados desde el siglo XVIII por todos los regímenes modernos, capitalistas y (desde 1917) socialistas, a saber, el progreso tecnológico y el crecimiento económico ilimitados. Los debates sobre lo que tradicionalmente (y legítimamente) se ha considerado el episodio capital del desarrollo del mundo moderno, que constituye uno de sus hitos más destacado, deben situarse en el contexto más amplio del final del siglo xx, reconsiderando su pasado y su futuro en el contexto de la transformación del mundo. Mas la Revolución francesa no debería convertirse retrospectivamente en la cabeza de turco que justifique nuestra incapacidad para comprender el presente. Con revisionismo o sin él, no olvidemos lo que resultaba obvio para todas las personas con una educación en el siglo XIX y que todavía sigue siéndolo: la relevancia de la Revolución. El mismo hecho de que doscientos años después siga siendo objeto de apasionados debates políticos e ideológi

Read more

Román

Joan Tafalla

Recibo la noticia de la muerte Román por correo electrónico. La noticia, previsible, me golpea y extrae de algunos rincones de la memoria anécdotas que son categorías. Compartirlas con el lector es el modesto homenaje que puedo rendir a Román.

Con las horas, me indigno. Me indigna el silencio de los medios que deberían informar de un suceso tan importante. Una nota en El Periódico de Catalunya, una necrológica en El País, escrita por Jordi Miralles. Ese medio ni tan sólo consideró necesario reflejar el suceso como noticia. Ningún medio televisivo ( incluida la TV3 del tripartito) en el entierro. Ninguna representación de ese gobierno. Los buenos hacen mutis en silencio. Aquellos que mantenían el silencio cuando era preciso hablar y comprometerse, no consideran oportuno dedicar a Román ni un minuto en sus “partes” de noticias. Quizás no debiera indignarme. Pero aún conservo suficiente grado de ingenuidad para hacerlo.

Román pertenece a esa estirpe de gente que trajo las libertades a España, tras mantener un pulso de cuarenta años con la dictadura. Esa estirpe está constituida por unos escasos centenares de personas en el conjunto de España. En Catalunya quizás sólo lleguen a una cincuentena. Se trata de una estirpe de gente que, cuando la masa, golpeada hasta la saciedad, aterrorizada por el genocidio fascista, se resignaba a duras penas a la miseria y al hambre, se mostraron a la altura de las circunstancias históricas y se enfrentaron como enanos valerosos al gigante de la dictadura fascista. Un gigante a quien todos daban por vencedor definitivo de la contienda de clases en nuestro país. Román perteneció a esa ínfima minoría que no sólo no dio el combate por perdido sino que decidió continuarlo con todas las consecuencias.

A Román y a esa mínima minoría, le debemos los comunistas, los demócratas y los republicanos la dignidad. Como un inmenso “lager” España se levantaba y se acostaba al son del himno fascista. Las prisiones rebosaban, la represión acabó con toda una generación y trató de cercenar el comunismo del país. Las tapias de los cementerios asistían mudas a los fusilamientos en aras de la “paz”, mientras Román y la mínima minoría, aún a sabiendas que su futuro no podía ser otro que la tortura, la prisión, eventualmente la muerte arrostraban su destino con la certeza trágica de que la única forma de acabar con el fascismo era organizar la lucha contra él. No como los “demócratas de toda la vida” que “luchaban” por la democracia ostentando cargos en el franquismo, ni como los de la oposición pasiva que esperaban que la democracia llegara de la mano del Mercado Común o de los USA.

En Catalunya, Román ocupó , con un puñado de valientes el puesto de mando de un destacamento de combate que aseguró la transmisión de la tradición comunista, de la tradición republicana y frentepopulista entre generaciones separadas por la noche y la niebla fascistas. Con Gregorio López Raimundo, con Joan Comorera, Con Margarita Abril, con Pera Ardiaca, con Miguel Nuñez y algunos más, a pesar de las polémicas y las escisiones que los laceraron, cumplieron esa tarea histórica. Y a fe que la cumplieron bien. A fe que las nuevas generaciones obreras y estudiantiles que en los años sesenta y setenta se incorporaron a la lucha, encontraron gracias al trabajo de esas personas una tradición política y social a la que referirse cuando elaboraban su experiencia de lucha. Román y algunos, pocos más, están tras un “misterio” que nadie se explica: aquel misterio de que el PSUC fuera, en Catalunya “el partido”. El único, el inimitable, el auténtico “partido”.

Demasiado joven para haber conocido los tiempos heroicos de Román, recuerdo la primera vez que le ví y que le oí: era en otoño del año 1973 o 1974. Había sido convocado a una Conferencia local del PSUC de Barcelona que se celebraba en una parroquia del lado norte de la ciudad. Uno de los alicientes para asistir a un acto, la profundidad de cuyos debates se me escapaba, era ver y oír al “camarada Román”. Allí estaba, en la tribuna ( sí es que podía llamarse de este modo) del acto. Con un aspecto que francamente, me decepcionó: con su calva, su bigotillo, la orondez de su barriga y luciendo un jersey muy historiado, tejido con lanas verdes marrones y negras. Un jersey de los que le tejía el amor de otra persona de leyenda: Margarita Abril, a quién hemos perdido aún más silenciosamente el año pasado.

Read more

Els altres “misteris” de Vilanova: treball i política a la primera industrialització vilanovina (1851-1871)*

Albert Garcia-Balañà

“Así es como llegamos al terreno á que queríamos conducir á nuestros lectores, contra cuyo propósito hubieran formulado tal vez graves cargos á no hacerlo con la gradación y deducciones que al presente: á manifestar que la Industria algodonera, como exótica en España, tiene un porvenir incierto y continuamente amenazado, y ser necesario que se procure reducirla en vez de estenderla, empleando los capitales en beneficio de la agricultura é industrias indígenas y naturales del país.”[1]

A mig camí entre la paradoxa i el desconcert, aquest paràgraf resumeix l’únic misteri mereixedor de tal nom que s’amaga al mig miler llarg de planes de Los misterios de Villanueva (1851). És a dir: ¿com s’explica que aquest poti-poti de novel.la romàntica tronada i recreació “histórico-descriptiva” vilatana, tot plegat molt del gust vuitcentista, escrita a moltes mans per la plana major del respectable Diario de Villanueva y Geltrú, es desmarqués amb tanta contundència de la industrialització cotonera, la mateixa que aleshores xuclava capitals locals i transformava la fesomia econòmica i social de la vila?

Els joves promotors del que també fou un fulletó per entregues a les planes del Diario, l’impressor i editor Josep Pers i Ricart (1832-1855) i l’advocat i redactor Teodor Creus i Corominas (1827-1921), justificaren amb arguments explícits el perquè del seu antiïndustrialisme de primera hora: la dependència de primeres matèries i fonts energètiques estrangeres que comportava el negoci cotoner els semblava, en molts sentits, perillosa; també l’ombra aranzelària de l’antecedent britànic, amb les emblemàtiques Corn Laws (1815 i 1845) “sacrifican[do] la agricultura al interés de la industria”; alhora, lamentaven que el potencial de l’agricultura autòctona fos, deien, menystingut encara per l’Estat i pel capital més dinàmic.[2] Una mena de recels que suggereixen hipotètiques angúnies d’aquells grups socials consolidats al voltant de la propietat de la terra i de l’agricultura comercial de més abast, grups ben arrelats i influents al Garraf de mitjan segle XIX.[3] Però el crit d’alerta de la direcció del Diario de Villanueva y Geltrú prevenint contra l’expansió cotonera resulta incomprensible si en fem una lectura en clau estrictament “sectorial”, és a dir, si hi veiem la fractura ineludible entre la tradicional inversió agro-comercial i l’emergent inversió tèxtil. Raimon Soler ha documentat amb detall la contribució del capital comercial vilanoví -òbviament associat a l’exportació agro-alimentària- a l’arrencada industrial del Vuit-cents: la nòmina de “comerciants” inversors en la cotoneria local que Soler ha pogut refer és, per aclaparadora, la millor demostració que el pretès antagonisme entre negoci agro-comercial i negoci cotoner dissuadí ben poques butxaques a la Vilanova d’aleshores.[4] De fet, els mateixos Pers, Creus i companyia ja insinuaren en d’altres passatges més distesos de Los misterios de Villanueva, i sobretot en la trama novel.lada, que el seu malestar vista la incipient industrialització vilatana obeïa també a raons menys elaborades, raons que expressaven una certa psicologia col.lectiva a la Vilanova d’aquells anys.

La història d’amor, fidelitat i traïció que serpenteja per les planes de Los misterios de Villanueva no té més interès que el joc de referents contemporanis de què es val per a metaforitzar les virtuts i baixeses dels personatges. La ficció s’enceta l’any 1835, oposant a la figura de Eugenio, “joven de unos 23 años, hijo de una familia muy considerada en la población” i, sobretot, milicià vilanoví i liberal cristí i sensat, el perfil de Ernesto, també jove però cabdill d’una partida armada de la comarca que fa de Carles V la seva “real pantalla” per a “tener por verdadero rey nuestros caprichos y gustos […] y adquirir riquezas con que comprar luego los placeres que apetezcamos”. La topada entre el liberalisme d’ordre i la facción es produeix, simbòlicament, en el terreny de la disputa entre Eugenio i Ernesto pels favors de María, tota una Carmen de Merimée que arriba al Garraf seguint Ernesto i que s’hi redimeix en braços d’Eugenio.[5] La clau de volta de l’exemplar i inevitable desenllaç reposa però en un personatge satèl.lit, Pedro el tejedor, personatge que és una metàfora gens subtil de la contradictòria percepció que del món industrial tenia la balbucejant intelligentsia vilanovina de mitjan segle XIX. Pedro, teixidor de cotó foraster tot just desembarcat a Vilanova per treballar a la pionera fàbrica “de la Rambla”, s’erigeix, alhora, en un perill per a les vides del bon liberal Eugenio i de la futura esposa María -amenaça que s’estén a la pacífica i ordenada comunitat local- i, paradoxalment, en el seu potencial protector. L’equívoc es desprèn del fet que malgrat les bondats personals i la conducta sense queixa a la fàbrica, Pedro arrossega com la pròpia ombra els dimonis més vius -per recents- de la industrialització de la Catalunya urbana: l’estiu de 1835, teixidor al vapor barceloní de Bonaplata, Pedro havia estat xuclat per la bullanga que cremà la fàbrica, la culminació d’uns dies en què “llevado por un fanatismo igual al que pretendió destruir y esplotado y seducido por un agitador de oficio […] formó parte de las turbas incendiarias y asesinas, llegando a verter por su mano la sangre de un anciano religioso de un convento que de rodillas imploraba su compasión”. És d’aquests episodis, i de l’ull policial, que fuig el teixidor arribat a Vilanova, i són aquests antecedents els que Ernesto i un sinistre agitador carlí -qui coneix Pedro de Barcelona- esgrimiran per fer-li xantatge. Ernesto, per tal que li prepari el terreny a la vila per segrestar i assassinar Eugenio; l’agitador Sr. Munt, per empènye’l a “promover un alboroto y al igual que en aquella ciudad [Barcelona] pegar fuego durante él a esa maldita fábrica [“de la Rambla”]”.[6] Tot plegat es resoldrà d’acord amb les exigències argumentals del fulletó romàntic, en bona mesura perquè el temperat clima social vilanoví contribuirà a fer de Pedro el tejedor un home nou i virtuós. Però la prevenció davant d’un treball industrial indestriable de la guerra social i de la violència de la patuleia haurà impregnat de dalt a baix les planes de Los misterios, i potser també l’imaginari de molts lectors del Diario de Villanueva.

1. La industrialització d’una vila pagesa, marinera i menestral (i algunes bondats socials de la Vilanova no cotonera)

Read more

Jesús Albarracín, militante comunista (1943-2001)

Necrológica

"La humanidad esta más allá de la economía política, la inhumanidad esta en ella" Marx, Manuscritos de 1844

Conocí a Jesús Albarracín en noviembre de 1973 o 1974, ya no me acuerdo bien del año. Habiamos ido entrando en pequeños grupos de 3 o 4 personas a un consultorio médico en la Plaza de Lavapies, donde ibamos a celebrar una Conferencia de la LCR de Madrid. En el hall nos daban unas capuchas antes de entrar a la sala principal y así, como si fueramos todos penitentes de una extraña orden mendicante, empezamos aquella reunión en la que Jesus, con una voz a la que pondría cara unos años más tarde, le llevó la contraria en todo, con una seguridad que nos dejo a todos desconcertados, al camarada del Buró Político que hizó el informe sobre la situación política y económica de aquellos últimos años del franquismo.

Y es que Jesús tenía unas cualidades innatas para llevar la contraria.

Cualidades que, como si fuera un deportista, cultivó hasta ser un incansable nadador contracorriente para llegar a la orilla que el más ansiaba: la liberación de la clase obrera, y con ella de toda la humanidad, de la explotación capitalista.

En esta época puede parecer una ingenuidad, desde luego, pero Jesús no era un ingenuo, sabía de lo que hablaba.

Read more