Fascismo y antifascismo en la cultura comunista. La resistencia antifascista y la internacionalización del movimiento comunista
Universitat Autònoma de Barcelona1
Domenico Losurdo señala en su libro Il revisionismo storico, que la Resistencia contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial también fue blanco de la oleada ensayística e historiográfica revisionista que, principalmente desde los años ochenta del siglo pasado, se dedicó a demonizar el arco revolucionario que iniciado en 1789 se extendió hasta las luchas revolucionarias y anticoloniales de la segunda mitad del siglo XX.2 Las consecuencias nefastas del régimen de Stalin en la URSS, con los gulags y los crímenes cometidos en nombre de la revolución, fueron presentadas por ese pensamiento conservador como “pruebas” de la “perversidad originaria” inscrita en el propio proyecto e ideario emancipador moderno desde su arranque con la Revolución francesa, y por lo tanto todos los acontecimientos que estuvieran vinculados fáctica o ideológicamente con él debían ser igualmente condenados, o al menos reducidos en su jerarquía moral.3 Esa devaluación de la lucha antifascista responde a clichés confeccionados durante la Guerra Fría, confeccionados por los intereses ideológicos de uno de los bloques más que por el rigor académico, ya que no se detienen en la complejidad de las relaciones políticas nacionales e internacionales del período de entreguerras, donde la instauración de las dictaduras fascistas con su exaltación de la violencia, su militarismo y racismo exacerbaron los enfrentamientos en el seno de las sociedades europeas o crearon nuevas tensiones. Es por ello que la intención de este texto es la de explorar las relaciones que mantuvo el movimiento comunista con el problema del fascismo y concretamente con la resistencia antifascista, para ofrecer otra visión de esa etapa de la historia europea.
1. Definiciones del fascismo
Puede considerarse que el combate antifascista de los comunistas conoce dos etapas diferenciadas por la definición que hacen del fascismo. La primera, desde 1922 hasta 1935; se caracterizaría porque no establecen mayores diferencias entre fascismo y capitalismo, siendo el primero y la democracia parlamentaria dos formas de dictadura capitalista y por lo tanto la lucha antifascista sería un momento más del enfrentamiento histórico entre capital y trabajo que se resolvería con el derrocamiento revolucionario del capitalismo. La segunda etapa se iniciaría con la celebración del VIIº Congreso de la IC, en 1935 y finalizaría en 1945.4 En esta, en cambio, se establecerían ciertas diferencias entre ambos sistemas, por lo que no todos los sectores favorecidos por el capitalismo lo serían por el fascismo, lo que permitiría una amplia alianza de estos con la clase obrera para poder enfrentar a los sectores capitalistas monopólicos, ultranacionalistas y militaristas, por ende más agresivos, representados por el fascismo.
Zinoviev, en el IV Congreso de la COMINTERN (diciembre de 1922), definiría al fascismo como la forma en que se manifestaba la ofensiva política que la burguesía emprendía en el ámbito de la economía contra la clase obrera, como una guardia blanca que, al mismo tiempo intentaba ganar el apoyo de las clases medias urbanas y rurales así como de algunos sectores obreros decepcionados por los fracasos de la democracia liberal.5 Con él coincidiría, Clara Zetkin, en el pleno del Comité Ejecutivo de la IC (23/6/1923), agregando que el fascismo era un fenómeno típico del capitalismo en crisis, que expresaba el recurso a la violencia de las clases dominantes frente al fracaso del Estado burgués tradicional para defender sus intereses y del movimiento obrero revolucionario. Siguiendo ese hilo argumental, Karl Radek proponía considerarlo como “contra-revolución preventiva”.6 Eran declaraciones que se ajustaban a la promoción por la Comintern (IC) del Frente Único Proletario como respuesta al descenso de la oleada revolucionaria inmediata a la revolución de Octubre y al ascenso del fascismo, junto al fortalecimiento de regímenes autoritarios en varios países europeos.
Estas tesis sobre el fascismo serían influidas por el clima de hostilidad de los gobiernos europeos hacia la URSS, ya que además del enfrentamiento ideológico, o alimentado por él, los líderes conservadores de Gran Bretaña y Francia rechazaban cualquier acuerdo con la URSS si no reconocía la deuda contraída por el régimen zarista y no ofrecía reparaciones a los propietarios afectados por las nacionalizaciones decretadas por el gobierno revolucionario. Las presiones de las derechas británicas y francesas, a las que se sumaron las de la Standard Oil, cuyos intereses eran respaldados por el gobierno norteamericano, devolvieron a los soviéticos la impresión de que no cesaba la amenaza de una alianza ofensiva, similar a la experimentada durante la guerra civil de 1918.1920. Al rechazo diplomático a la URSS se agregaban las declaraciones favorables al fascismo de personalidades próximas o pertenecientes a esos mismos ámbitos políticos y culturales, que reforzaban la concepción del fascismo como una gran ofensiva, que en defensa del capital, pretendía acabar con el primer estado socialista y con todo el movimiento revolucionario internacional.7 Winston Churchill se referirá a Mussolini en los siguientes términos en su discurso ante la Liga Antisocialista británica, el 18 de febrero de 1933: “El genio romano personificado por Mussolini, el más grande legislador vivo, ha demostrado a muchas naciones cómo se puede resistir al avance del socialismo y ha señalado el camino que puede seguir una nación cuando es dirigida valerosamente. Con el régimen fascista, Mussolini ha establecido un centro de orientación por el que no deben dudar en dejarse guiar los países que están comprometidos en la lucha cuerpo a cuerpo con el socialismo”.8 También los medios políticos liberales norteamericanos saludarán al dictador italiano con estos términos: “Este es el momento del pragmatismo, no del dogmatismo- del realismo, pero de un realismo que puede también ser rico en ideas espirituales, y yo quiero dejar registrado en el inicio de este libro sin pretensiones mi fe en Benito Mussolini, el gran premier italiano, y en el fascismo, el fruto de su maravilloso cerebro, como la expresión más elevada de la filosofía pragmática de gobierno, cuya fórmula invariable es la pregunta «¿Esto funciona?»-”.9 Ludwig von Mises, pope del liberalismo, “… veía en el squadrismo mussoliniano un «un remedio momentáneo dada la situación de emergencia» y adecuado al objetivo de salvar la «civilización europea»: «El mérito de tal modo adquirido por el fascismo vivirá eterno en la historia»”.10
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