Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Entrevista con Maika García Clavero, estudiante de bachillerato nocturno en el Instituto Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona).

Salvador López Arnal

No es la única, desde luego, pero una de las medidas más antisociales que se recuerdan por estos lugares donde han vivido, trabajado, paseado y luchado Salvat Papasseit, Companys, Durruti, Puig Antich y López Raimundo, es la supresión de los estudios nocturnos de bachillerato en los institutos públicos de Catalunya. La medida no la ha tomado la derecha conservadora catalanista o la otra, la nacionalista españolista. La ha tomado el señor Maragall, conseller de Educación, con el apoyo implícito del gobierno al que pertenece presidido por el honorable Montilla, gobierno en el participan, sin desgarro de vestiduras hasta la fecha por el tema, ERC y ICV-EUiA. Como era previsible, los “partidos de la oposición” están mudos. El resto, en sede parlamentaria, es silencio.

El conseller, en su habitual tono de comandante en plaza, además de mentir públicamente sobre la finalidad de la medida y su comunicación a los centros, ha amenazado veladamente a los institutos “no autorizados por la Autoridad” que siguen prematriculando a estudiantes interesados en primero de bachillerato nocturno para el curso 2008-2009.

En el momento en que escribo, de la supresión total del nocturno se ha pasado a su supresión en la mitad de los centros públicos catalanes. Una bala guardada en la recámara: si hay silencio, acabamos ya con el nocturno; si hay protestas, nos hacemos los flexibles, damos muestra de reflexión y cintura y realizamos la operación deconstructora en tres o cuatro años. El tiempo dirá cuando tenemos que dar el toque definitivo.

 Para los estudiantes afectados, queda los estudios telemáticos (¡qué barbaridad pedagógica defendida por un conseller de educación que probablemente jamás haya estudiado nada telemáticamente!), ir a estudiar a otras localidades (con la correspondiente inversión de tiempo que ello comporta en alumnado que no siempre dispone de él) o iniciar otro tipo de estudios, ciclos formativos, por ejemplo, probablemente una de las estrategias ocultadas de esta perversión antisocial. Y si no lo primero, ni lo segundo ni lo tercero, pues ya se sabe: carne de cañón obrera sin especialización. Total, para qué, si se ganan lo mismo: entre 700 y 900 euros.

En el ámbito del profesorado -de quien el conseller ha dicho en palabras para consumo interno de su partido (PSC-PSOE), que son básicamente un grupo de vagos (no ha añadido maleantes hasta estos momentos)- la medida implicará desplazamientos, no de los profesores que hasta ahora han trabajado en nocturno, no siempre por voluntad propia sino por la necesaria distribución horaria del centro, sino del profesorado que ha legado a los institutos en los últimos años y que tienen, en general, una situación menos estable.

La medida, se mire como se quiera mirar, presentada públicamente como racionalización (neoliberal) de la inversión pública, es una agresión al ideario de la izquierda y a cualquier sensibilidad política que no haya claudicado definitivamente. No es condición suficiente ni necesaria, pero para todos aquellos que han estudiado en nocturno, para todos aquellos que hemos podido estudiar en horario nocturno mientras trabajábamos (cosa que, desde luego, nunca ha necesitado hacer el señor conseller ni la mayoría de sus coleguillas gubernamentales), es un dislate imperdonable que, además, y aquí no debería habitar el olvido, no merece perdón sea cual sea la evolución de la situación. Pedir, exigir la dimisión forzada (la voluntaria en alguien que lleva más de 30 años en el ámbito público y con coche oficial es un utopismo ingenuo) del conseller de Educación es una medida de racionalidad pública absolutamente necesaria. La comunidad educativa debería no reconocer la autoridad de este conseller antisocial y obrar en consecuencia.

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Entrevista: Rossana Rossanda, histórica militante comunista italiana

Giuseppe Maio

Madrid

Rossana Rossanda (1924), activista, periodista, ex directora del diario comunista Il Manifesto y escritora, es una de las grandes referencias de la izquierda anticapitalista italiana y europea del siglo XX. Alejada de la política activa, Rossana, que sigue colaborando con Il Manifesto, no ha abandonando el debate político y la reflexión sobre el movimiento obrero.

Foto : David Fernández

Participa en la resistencia partisana antifascista y al terminar la II Guerra Mundial se apunta al Partido Comunista Italiano (PCI), del que será nombrada responsable de política cultural. En 1963 es elegida por primera vez diputada. Expulsada en 1969 junto a un grupo de militantes, participa en el nacimiento de Il Manifesto, que en sus inicios será tanto una organización política como una revista mensual. En 1971, la publicación se transforma en diario, del que Rossanda será directora durante muchos años–. Tras 37 años de accidentada existencia, el periódico se mantiene como una de las pocas voces críticas de gran difusión –tiene unos 40.000 lectores– y prestigio que quedan hoy en Italia. Aprovechando su participación en el seminario Los Años Salvajes. Del 68 a la autonomía obrera, organizado por el colectivo Traficantes de Sueños, la entrevistamos para DIAGONAL.

DIAGONAL : Has escrito : “¿Cómo aguantar que la mayoría entre los que nacen, no tengan ni la posibilidad de pensar quiénes son, qué harán de sí ? O hay un Dios terrible quien te pone a prueba y compensa en el más allá o no se puede aceptar… por eso no había dejado el PCI en 1948 ni en 1956. Los comunistas eran los únicos en negar la inevitabilidad del no-humano”. ¿Sigues conforme con aquella elección ?

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«El comunismo es el intento de organizar un movimiento plebeyo o popular denominado democracia». Entrevista político-filosófica con Joaquín Miras, historiador marxista

Salvador López Arnal, Alexandre Carrodeguas

Rebelión

Joaquín Miras es una de las almas de Espaimarx. Colaborador y traductor infatigable de sinpermiso, de cuyo consejo editorial forma parte, marxista documentado, republicano comunista, estudioso de la revolución francesa, atento lector de Gramsci y Lukács, ex director de Realitat, autor de numerosos artículos y ensayos, revolucionario convencido, animador de mil y un encuentros culturales, estudioso de la tradición democrática no desvirtuada en los clásicos del marxismo, su tenaz militancia comunista sólo permite el reconocimiento más sentido y explícito. Esta misma entrevista es muestra de todo ello, de su amplia cultura, de su penetrante mirada política y de su espléndido “sentido común” tan próximo a la vida de la izquierda y a los sectores más desfavorecidos.

Del historiador marxista revolucionario Joaquín Miras es absolutamente recomendable, sin ámbito para la duda, Repensar la política, refundar la izquierda. El Viejo Topo, Barcelona.

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Empecemos si te parece por cuestiones político-biográficas. ¿Cuándo se inició tu militancia en organizaciones comunistas? ¿Por qué diste ese paso?

Me inicié en la política en la universidad autónoma de Bellatera (UAB), donde me matriculé en 1971 y donde estudié filología hispánica. Allí había un movimiento estudiantil muy activo. El acontecimiento que me llevó a dar el paso definitivo y a organizarme fue la indignación ante el salvaje golpe de estado de Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, con el que se liquidaba un proceso popular ejemplar, que habíamos podido seguir casi día a día a través de la prensa; la muerte de Allende –recuerdo su radiograma, sencillo y grande-, y la feroz represión que sobrevino. A los meses me organizaba en el PSUC.

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Diez razones y una arista moral complementaria

Salvador López Arnal

          Para Santiago Alba Rico, Joan Benach, Joan Pallisé, Jorge Riechmann, Joaquim Sempere y Enric Tello, por lo mucho que me enseñaron, por lo mucho que me enseñan.

Palabras de presentación del ensayo Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente. El Viejo Topo, Barcelona, 2008: 6 de mayo de 2008, C.S.I.C-Residencia de Investigadores de Barcelona.

     Bona tarda. Gràcies per la seva presència.

     Empezaré, si me permiten, con un cuento anónimo y finalizaré con un breve texto de Miguel Hernández.

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El hundimiento del centro del mundo. Estados Unidos entre la recesión y el colapso

Jorge Beinstein

Mayo 2008

jorgebeinstein@yahoo.com

La recesión se ha instalado en los Estados Unidos, los subsidios alimentarios que cubrían a unas 26 millones y medio de personas en 2006 subieron en 2007 a 28 millones, nivel nunca alcanzado desde los años 1960. Recientemente la OCDE ha revisado a la baja sus previsiones de crecimiento para la economía estadounidense asignándole una expansión igual a cero para el primer semestre del año actual, por su parte el FMI acaba de hacer un pronóstico aún más grave incluyendo períodos de crecimiento negativo. Estos organismos venían bombardeando a los medios de comunicación (que a su vez bombardeaban al planeta) con pronósticos optimistas basados en la supuesta fortaleza de la economía norteamericana; sostenían que no habría recesión y que lo peor podría ser un crecimiento bajo rápidamente desbordado por una nueva expansión… si ahora admiten la recesión es porque algo mucho peor está en el horizonte.

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Burgués sí, pero, ¿reformista?

Atilio A. Boron

En el marco del desafío planteado por el lockout de los empresarios agrícolas se planteó el debate sobre los alcances políticos de la medida. En estas páginas, el sociólogo Eduardo Grüner argumentó que estaba en juego la legitimidad del Estado       para intervenir en la economía y alertaba sobre los peligros ‘si la derecha gana’. El politólogo Atilio Boron se suma a la polémica cuestionando el ‘reformismo’ del actual gobierno.

Eduardo Grüner publicó un interesante y sugestivo artículo con el título ‘¿Qué clase(s) de lucha es la lucha del ‘campo’?’ (Página/12, 16 abril 2008) con el cual tengo algunos acuerdos pero también bastantes discrepancias. Quisiera tratar sólo una de éstas: su definición, a mi modo de ver muy generosa, del kirchnerismo como un gobierno ‘reformista-burgués’. Sin embargo, esta caracterización provocó pocos días después la crítica de José Pablo Feinmann quien dijo que sería infantil esperar que el gobierno de Cristina fuera ‘revolucionario socialista’. Y agregó, ‘hoy, un gobierno reformista burgués es mucho más de lo que la Sociedad Rural, todo el establishment y los Estados Unidos están dispuestos a aceptar en América latina. Al reformismo burgués le dicen populismo y, para ellos, es la peste’. Es cierto que el reformismo burgués sigue siendo tan inaceptable hoy como en 1954, cuando el ensayo tímidamente reformista burgués de Jacobo Arbenz en Guatemala fue ahogado en un baño de sangre, y el Che conoció muy bien esa historia como para sacar las adecuadas lecciones del caso. Pero, ¿sobre qué base califican tanto Grüner como Feinmann al gobierno de los Kirchner como ‘reformista’? ¿Cuáles fueron las reformas que impulsaron y ejecutaron? Por supuesto, no es este el lugar para realizar un balance de lo actuado en el período abierto con la asunción de Néstor Kirchner el 25 de mayo del 2003. Digamos, eso sí, que el mayor acierto del período fue la política de derechos humanos, más allá de algunas inconsistencias (entre otras cosas, expresadas en la total incapacidad para proteger testigos como Julio Jorge López, desaparecido como en los tiempos de la dictadura) y que el otro logro de la gestión, menos importante que el anterior, se produjo en el campo de la política exterior, acompañando –no obstante sin mayor protagonismo– el embate de Chávez en contra del ALCA. No obstante, mismo en este terreno el panorama no dejó de tener llamativos contrastes porque simultáneamente Kirchner rechazaba reiteradas invitaciones para visitar Cuba, se mantenía al margen de la Cumbre de los No Alineados realizada en La Habana y viajaba a Nueva York, en 2006, para participar en la Asamblea General de la ONU rematando su viaje con una insólita visita a la Bolsa de Valores de Nueva York y declaraciones, a cuál más desafortunada, sobre el futuro capitalista de la Argentina. Para colmo, el año pasado cedió ante la presión de Washington e impulsó la aprobación, con fulminante rapidez, de una absurda legislación ‘antiterrorista’ que en manos de cualquier otro gobierno puede ofrecer el marco legal necesario para la completa criminalización de la protesta social y la disidencia política. Esos son los dos puntos fuertes del kirchnerismo, ayer y hoy. Admitido. Pero, ¿dónde están las reformas que excitan la generosidad de Grüner y la réplica de Feinmann? No las veo. Para los incrédulos los invito a comparar la gestión del kirchnerismo ya no con el reformismo socialdemócrata escandinavo sino con las del primer peronismo, el del período 1946-1950. En aquellos años se fortaleció al movimiento obrero, se aprobó una vasta legislación laboral sin parangón en la periferia capitalista (vacaciones pagas, aguinaldo, jubilaciones, estabilidad laboral, indemnizaciones por despidos, tribunales de trabajo, accidentes laborales, obras sociales, etcétera), se creó el IAPI, el Banco de Crédito Industrial, la flota mercante del Estado, Aerolíneas Argentinas, y se nacionalizaron el Banco Central, los depósitos bancarios, los ferrocarriles, los teléfonos, la electricidad y el gas. Durante su exposición en la Cámara de Diputados, en 1946, Perón pronunció, a propósito de la nacionalización del Banco Central, unas palabras que es oportuno recordar en los tiempos que corren en donde el pensamiento único no cesa de alabar las virtudes de la supuesta independencia de los bancos centrales. ‘¿Qué era el Banco Central? –se preguntaba Perón–. Un organismo al servicio absoluto de los intereses de la banca particular e internacional. Por eso, su nacionalización ha sido, sin lugar a dudas, la medida financiera más trascendental de estos últimos cincuenta años.’ Aparte de eso, el Estado pasó a ocupar un lugar decisivo en la promoción de la industrialización y sus obras públicas –caminos, diques, escuelas, hospitales– cubrieron prácticamente toda la geografía nacional. Además se sancionó una nueva Constitución, en 1949, en la cual se establecía una serie de derechos sociales a tono con las conquistas que en ese terreno se estaban produciendo en el capitalismo europeo.     Un Estado inexistente ¿Y ahora? El Banco Central está en manos de un Chicago boy y la obra pública paralizada. El Estado, destruido por el menemismo, sigue postrado: no puede apagar un incendio de pastizales en una llanura porque carece sea del dinero, o de la idoneidad, para adquirir un avión hidrante canadiense que cuesta menos de veinte millones de dólares y que hubiera acabado con el fuego en un santiamén; no puede abastecer de monedas a la población; no puede regular ni supervisar el funcionamiento de las empresas privatizadas, y entonces los usuarios del ferrocarril periódicamente incendian estaciones y formaciones para hacer oír su protesta; no puede cobrarle impuestos a Aeropuertos 2000 y entonces se asocia en calidad de ‘socio bobo’ y minoritario a la empresa en lugar de exigir el pago de lo adeudado; no puede garantizar que los caminos y rutas privatizadas estén en correcto estado de mantenimiento mientras decenas de viajeros mueren a diario en horribles (y evitables) accidentes; asiste de brazos cruzados a la desintegración de la red ferroviaria nacional y como única política propone un ‘tren bala’; no exige a las aerolíneas privatizadas que cumplan un diagrama de vuelos que sirva para integrar las principales ciudades del país, que los fines de semana se quedan aisladas; se muestra indiferente ante el saqueo de los recursos naturales, desde el petróleo y el gas hasta los minerales, y ante el gravísimo deterioro del medio ambiente causado por las explotaciones mineras; prosigue sumido en un estupor catatónico ante el calamitoso derrumbe de la educación y la salud públicas, sin que se le ocurra poner un centavo para remediar la situación, al paso que se ufana de los 50.000 millones de dólares atesorados –al igual que Harpagón, el protagonista de El avaro de Molière– mientras el pueblo pasa hambre, no puede educarse ni cuidar de su salud. Pese a disponer de una mayoría absoluta en ambas Cámaras del Congreso –que vota a libro cerrado cualquier proyecto que ordene la Casa Rosada–, Kirchner no envió una sola propuesta para reformar la estructura tributaria escandalosamente regresiva de la Argentina o para establecer una legislación que posibilitase un combate efectivo contra el desempleo, la exclusión social y la pobreza. Tampoco iniciativa alguna para recuperar el patrimonio nacional rematado durante el menemismo. Un gobierno que, por otra parte, a más de cinco años de inaugurado todavía no definió una política de distribución de ingresos, consolidación del mercado interno y desarrollo nacional. Es cierto que se disminuyó la proporción de pobres e indigentes, pero ésta aún se encuentra por muy encima de los valores existentes al inicio de la actual fase democrática de la Argentina, hace un cuarto de siglo. Con un agravante: que este gobierno dispuso de una coyuntura económica excepcional, como ningún otro en nuestra historia, lo que torna aún más imperdonable que una parte al menos de esa riqueza no hubiera llegado a satisfacer las demandas populares. Y pese a sus estentóreas denuncias en contra de la dictadura, dos piezas maestras de ese régimen: la Ley de Entidades Financieras y la Ley de Radiodifusión continúan en vigencia hasta el día de hoy. La renta financiera sigue estando libre de impuestos así como las ganancias resultantes de la venta de sociedades anónimas. Y el Gobierno sigue sin otorgarle el reconocimiento oficial a la CTA y convalidando, de ese modo, el control político de los sectores populares en manos de una burocracia cuyo desprestigio es absoluto. Esto explica, en gran medida, la indiferencia popular ante la ofensiva del mal llamado ‘campo’: el pueblo no salió a la calle a defender su gobierno porque no lo siente suyo. Y tiene razón. Sería bueno que el Gobierno dedicara algún tiempo a reflexionar sobre la génesis de esta alarmante pasividad popular. La anterior es una lista incompleta y parcial, pero suficiente para demostrar que bajo ningún criterio mínimamente riguroso estamos en presencia de un gobierno reformista. Es un gobierno ‘democrático burgués’ (con todas las salvedades que suscita esta engañosa expresión), pero donde el componente ‘burgués’ gravita mucho más que el ‘democrático’ y en donde el reformismo sólo existe en el discurso, no en los hechos. Es asombroso escuchar, como ha ocurrido reiteradamente en los últimos años, las invocaciones de los distintos ocupantes de la Casa Rosada exhortando a los argentinos a redistribuir el ingreso y a repartir de modo más equitativo la riqueza. En fechas recientes la Presidenta volvió a insistir sobre el tema, a propósito del paro agrario. Pero, si no lo hace el Gobierno, ¿quién lo puede hacer? ¿Qué esperan? Si por mí fuera emitiría un decreto de necesidad y urgencia desde mi cátedra de Teoría Política y Social de la UBA instituyendo una radical reforma del régimen impositivo y utilizaría ese dinero para mejorar los ingresos de todos quienes estén por debajo o un poco por encima de la línea de pobreza, pero, ¿quién me haría caso?, ¿qué juez atendería la demanda de los eventuales beneficiarios?, ¿cómo podría obligar a los contribuyentes más ricos y a las grandes empresas a pagar el nuevo impuesto? El Gobierno debería abstenerse de formular ese tipo de estériles exhortaciones.     El posibilismo es inaceptable Creo que lo anterior demuestra con claridad que no hay ‘reformismo burgués’. ¡Ojalá lo hubiera! No porque el reformismo satisfaga mis esperanzas sino porque al menos nos posibilitaría avanzar unos pocos pasos en la construcción de una verdadera alternativa, es decir, una salida post capitalista a esta crisis sin fin en que se debate la Argentina, sea en el estancamiento tanto como en la prosperidad económica (que llega a unos pocos). Por eso es que disiento de lo que plantea Grüner cuando dice que ‘si alguien nos chicanea con que terminamos optando por el ‘mal menor’ no quedará más remedio que recontrachicanearlo exigiéndole que nos muestre dónde queda, aquí y ahora, el ‘bien’ o su posible realización inmediata.’ ¿Dónde queda el ‘bien’? Eso lo sabe Grüner tanto como yo: el ‘bien’ es el socialismo. Pero mientras maduran las complejas condiciones para su construcción es posible la realización inmediata de algún ‘bien’, de algunas reformas que pongan fin a la escandalosa situación en que nos hallamos. ¿O me va a decir que hará falta una revolución socialista para aproximar la estructura tributaria de la Argentina a la que tienen países como Grecia y Portugal en la Unión Europea, para no hablar de la que existe en Escandinavia? ¿Será preciso asaltar el Palacio de Invierno para que las retenciones al agro –totalmente justificadas en la medida en que se discrimine entre los distintos estratos del patronato agrario– se coparticipen con las provincias y sean asignadas exclusivamente a combatir la pobreza y a reconstruir la infraestructura física del país y no al pago de la deuda? ¿Tendremos que subirnos a la Sierra Maestra para que el Estado regule cuidadosamente el desempeño de las privatizadas y avance en un programa de ‘desprivatización’ para aquellas que se compruebe que han estafado al fisco y a los usuarios? ¿Habrá que esperar el cañonazo del Aurora para derogar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz? En suma: no es un tema de chicanas o recontrachicanas, sino de exigirle al Gobierno que haga lo que debe hacer. Que tenga la osadía de ser un poquito reformista. Y si no hace lo que hay que hacer es porque no quiere, no porque no puede. Y si no quiere no veo la razón para que tengamos que apoyarlo en contra de un fantasmagórico ‘mal mayor’, espectro invariablemente agitado por quienes quieren que nada cambie en este país y que termina en el posibilismo y la resignación. Como creo que estas dos actitudes son inadmisibles, ética y políticamente, es que me opongo a entrar en el repetido juego de ‘nosotros’ o el ‘mal mayor’, que desde hace décadas viene empujando a la Argentina hacia el abismo y hacia nuestra degradación como sociedad. Tiene razón Grüner cuando dice que ‘no estamos ante una batalla entre dos modelos de país; el modelo del Gobierno no es sustancialmente distinto al de la Sociedad Rural’. Corrijo: es un solo modelo, pero no es el de la Sociedad Rural, pobrecita, sino el de los grandes ausentes de este debate y que los compañeros del Mocase oportunamente trajeron al primer plano en su nota del viernes 25 en Página/12: es el modelo del gran capital transnacional, cuyas naves insignia en materia agraria son Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer, Nidera, Cargill, Bunge, Dreyfus, Dow y Basf. Y si este modelo prosperó fue porque desde Menem hasta nuestros días –aclaro, dada la susceptibilidad ambiente, que me parece un disparate decir como lo hace cierta izquierda trasnochada, que este gobierno es igual al de Menem– no hubo un solo gobierno, tampoco el de los Kirchner, que intentara cambiar el modelo agrario-exportador y poner fin a la sumisión de nuestro país a las transnacionales. Todos facilitaron cada vez más las cosas para que la Argentina se convierta en una especie de emirato sojero, y si hoy el Gobierno se queja de la rapacidad ‘del campo’ sería bueno que se interrogue por qué no hizo nada para impedir que lleguemos a esta situación. Por lo tanto, lo de ‘reformista’ es una concesión gratuita a un gobierno que, por lo menos hasta ahora, no ha hecho ningún esfuerzo serio para hacerse acreedor de ese calificativo. © 2000-2008 www.pagina12.com.ar <http://www.pagina12.com.ar>  |  República Argentina  |  Todos los Derechos Reservados

 

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Gestiones y escándalos privados; pasividad pública

Salvador López Arnal

     Mi tía, Joana, la hermana de mi madre, fue una joven cenetista. Su marido, un militante de la FAI, aprendió a leer en una de sus estancias en la cárcel modelo de Barcelona en la década de los veinte. Cuando murió, a finales de los setenta, Joana supo aguantar bien durante años. Conoció en una local para mayores a Joaquim. Él ha sido su compañero en estos últimos años.

     Quim, un trabajador del transporte que emigró a Alemania en los años cincuenta gracias a cuya pensión pudo vivir, con ayuda de Cáritas, sus veinte últimos años rozando la miseria más absoluta, murió en verano de 2007. Un cáncer de hígado acabó con él en apenas un año. No sufrió.

     Joana pareció aguantar. Acudió al entierro. Lloró su muerte. Mayor, viviendo en una residencia desde hacía unos dos años (donde era visitada mañana y tarde por Quim a pesar de su delicado estado de salud), enferma de Alzheimer, me permitía acompañarle a dar un paseo día sí, día no, por las calles de su barrio trabajador: la Verneda, Sant Martí (en esta estación de metro se filmó una de la escenas más brillantes de “El silencio después de Bach” de Pere Portabella). A todo el mundo que veíamos, a sus amigos, convecinos, les contaba lo mismo. Quim había muerto, sin sufrimiento, y ella seguía aquí, le echaba mucho en falta y pensaba en él en todo momento.

     Pero Joana cambió de opinión y no quiso aguantar más. Un día de octubre, dos meses después del fallecimiento de Quim, empezó a dejar de comer y a no tomar la medicación. Apenas bebía, no quería probar bocado. Insistimos: tienes que alimentarte, no podrás aguantar. Nos miraba y contestaba irritada: “Si Quim no està aquí, per què vull seguir?”. A punto estuvo de lograr su objetivo. Le llevamos de urgencias a un hospital público de Barcelona, el Hospital de Sant Pau. La admirable dedicación de una médica y de su equipo la salvó. Logró convencerla sin presión que valía la pena vivir, que era necesario que tomara la medicación más esencial. Empezó a comer de nuevo; lentamente, muy lentamente.

     Su regreso a la residencia no fue fácil. Las personas que la cuidan, en su mayoría mujeres (cuidadoras de planta, médica, enfermeras, limpiadoras, recepcionista, asistenta social), tienen que incrementar ahora sus esfuerzos. Joana es dependiente. No puede andar, va en silla de ruedas. Existe el temor justificado de que se llague si no se mueve cada dos horas y permanece demasiado tiempo en la misma posición. Por lo demás, ya no puede comer sola. La alimentan, la levantan diariamente, la visten, la llevan a convivir y jugar con sus compañeras, la acuestan. Los familiares, los pocos familiares que tiene, la hija de Quim, mi compañera y yo, hacemos poco, muy poco.

Pero agradecemos enormemente, como no podría ser de otro modo, el esfuerzo, el cuidado, el mimo como es tratada por las trabajadoras de una residencia de titularidad pública y gestión privada. No es nada fácil, es trabajo duro y sin apenas reconocimiento. Pero lo consiguen, lo están consiguiendo, a pesar de que en ocasiones la medicación, o la falta de ella, saca de Joana su carácter indómito e incluso la descortesía y la mala educación. A veces pierde los nervios y arroja al suelo comida y utensilios.

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La supresión del bachillerato nocturno en Catalunya y las incoherencias inadmisibles de un gobierno que se dice de izquierdas.

            Como es sabido, en Cataluña gobierna una coalición de partidos formada por el PSC (PSOE), ERC, ICV y EuiA. Se presentan, se presentaron, ante la ciudadanía en las últimas elecciones abanderando la formación de un gobierno nacionalista y de izquierdas, que pretendía superar la fase insistentemente identitaria, reconocieron, del primer gobierno tripartito.

            Muchos ciudadanos y ciudadanas, el que firma entre ellos, votó a partidos que forman parte del gobierno porque, aseguraron e insistieron, esta vez iban en serio, se trataba de generar un giro social de 180 grados en la trayectoria política del gobierno catalán. Lo social debía estar en el puesto de mando, se dijo y se repetió.

            La conselleria de Educación del actual gobierno está en manos del PSC. La estuvo antes, en el primer gobierno, menos en los últimos meses, en manos de ERC, y durante dos décadas ha estado en manos de CDC y Unió Democrática, especialmente en manos de UDC, larga etapa en la cual la escuela privada concertada fue tratada con la amplia generosidad que caracteriza a los gobiernos de centro derecha en estos y en otros ámbitos afines.

            El conseller de Educación es el señor Maragall, hermano del anterior presidente de la Generalitat. La carrera política del conseller ha sido, si no ando errado, interna al Partido, situándose y protegiéndose muy bien en las luchas de las diversas tendencias, y centrada básicamente en asuntos de gestión municipal, especialmente durante la época en la que su hermano fue alcalde de Barcelona. No se le conocen (no conozco cuanto menos) intereses, preocupaciones ni publicaciones en el ámbito de la enseñanza, pero la cuota entre los partidos del gobierno, la distribución de poder y, seguramente, el deseo de tocar más poder alzaron al señor Maragall a la conselleria de Educación.

            Se sabe lo que pasó con el proyecto de bases de la ley catalana de Educación. Originó la movilización ciudadana más importante (y más hermosa) que se recuerda en la historia reciente de Catalunya. Entre otras cosas, el proyecto pretendía dejar la puerta abierta para la privatización de la gestión educativa. El president José Montilla se reafirmó en los medios de comunicación en la defensa del carácter público de la enseñanza preuniversitaria en Catalunya (afirmación ciertamente extraña, cuanto menos, ya que en estos momentos cursan estudios en la escuela privada y privada concertada un 50% del alumnado catalán) y parece, por otra parte, que el proyecto de ley de Bases presentado al Parlamento catalán rectifica en este punto y se compromete a no transitar por el camino de una mayor privatización.

            Pero todo indica que al conseller no le ha bastado con esta marcha atrás. Su conselleria habrá querido racionalizar (esto es, reducir) el gasto público en enseñanza y ha pensado que era innecesario apuntar a gastos extraordinarios originados por encuentros insustanciales, a cargos de confianza que son, básicamente, premios políticos, a sueldos de gestores y consellers que superan toda cifra razonable, y que lo mejor era empezar por lo que tenía menos fuerza, suprimir el lado  más débil del poliedro: los estudios de bachillerato nocturno en la enseñanza pública catalana (ignoro si esa supresión se extiende a la privada concertada, ahora y en el futuro) señalando la posibilidad de seguir esos estudios on-line, vía informática. La razón alegada es la baja inscripción en estudios de bachillerato nocturno, aun menor en estos últimos años, debida a la contradictoriedad de las jornadas laborales y los horarios de estudios.

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Zapatero entrega a los empresarios el control de las universidades

Privatización

Enviado por admin1 o Sáb, 12/04/2008 – 18:42.

Zapatero entrega a los empresarios el control de las universidades La empresaria y dirigente de la CEOE Cristina Garmendia Méndizabal al frente del nuevo Ministerio de Ciencia e Innovación La política universitaria pasa al nuevo Ministerio

¿Quién mejor que los empresarios saben lo que les interesa a las empresas? Plenamente decidido a llevar adelante el programa de la European Round Table de poner las universidades en manos de las empresas, Zapatero crea el nuevo Ministerio de Ciencia e Innovación, que segrega la política universitaria del Ministerio de Educación, y sitúa a su frente a la empresaria y directiva de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) y de la Asociación Española de Bioempresas (Asebio) Cristina Garmendia.

Garmendia, fundadora, presidenta y consejera delegada de Genetrix, una corporación de seis empresas dedicadas al desarrollo de medicamentos y tecnologías biomédicas, es una ejecutiva de referencia en el sector biotecnológico español. Además de Genetrix, ha promovido otros proyectos empresariales, como Cellerix, Biotherapix, Sensia, Imbiosis, Biobide, BioAlma, Fenix Biotech y Coretherapix, de la que fue presidenta y consejera delegada.

Nació en 1962 en San Sebastián, Guipúzcoa (España). Es doctora en Biología y Máster en Administración de Empresas (MBA) por el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) de la Universidad de Navarra (universidad privada del Opus Dei). Comenzó su trayectoria profesional como profesora de genética en la Universidad Autónoma de Madrid, pero posteriormente se inclinó por el ámbito empresarial.

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De la memoria militante como educación política: Sobre «Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental» de Rossana Rossanda

Antón Corpas

Sobre "Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental" de Rossana Rossanda(1)

 

inSurGente (Antón Corpas).- La noción de "realismo", por lo general, es confiscada por el pragmatismo de terciopelo y paso corto cuando no por la resignación. Lo real suele ser un pretexto que oculta el cuerpo de los intereses o la impotencia y el miedo y, en definitiva, es una buena cobertura para batirse en retirada o pasar al otro lado, para sentarse a esperar un tren sin pasajeros ni maquinista o acostarse donde el sol que más calienta. Habitualmente, quienes utilizan el "ser realistas" como una bandera útil en cualquier discusión, más que en la realidad se fijan en su ombligo o, más en profundidad, su estómago. No es extraño, además, que muchos de aquellos superhombres que conformaban la vanguardia obrera, y que tras entrar en una cabina y desnudarse amanecieron con la piel de Vittorio y Luchino, se educaran en la razón cínica de la cultura política stalinista, tan aficionada a apelar al "método dialéctico" y "las condiciones objetivas" para justificar decisiones a menudo subjetivas y contraproducentes. Aún así, el realismo puede ser otra cosa. "Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental", publicado por Rossana Rossanda en Italia en 1981 y luego en castellano en 1984 (ed Laia), es un tipo de realismo que no busca confirmar juicios previos ni encontrar pretextos, que no va en busca de apuntalar triunfalismos ni darle coartada a esta o aquella pesadumbre. Que sólo o nada más y nada menos, tiene la intención y la necesidad de interpretar qué ocurre en verdad sobre el terreno. Es difícil dar con una actitud militante e intelectual que, como en este caso, en lugar de confirmar lo sabido y lo establecido sea capaz de observar qué está ocurriendo más allá de la punta de sus zapatos. Rossanda fue escogida entre los miembros del Comité Central del PCI para recorrer la España franquista -en concreto Barcelona, Madrid, Toledo, Sevilla, Donosti y Gasteiz­­- y recoger apoyos de la oposición interior al "congreso por la libertad en España" que más tarde se celebraría en Roma. Es un viaje que llevará a cabo la semana santa de 1962 bajo las indicaciones del entonces clandestino Federico Sánchez (Jorge Semprún), que no tardaría en ser expulsado del PCE junto con Fernando Claudín, por disentir ambos de la línea oficial. Durante el mes que dura un trayecto en el que mal que bien trata de camuflarse como turista, la viajera se esfuerza para cumplir con su trabajo lo mejor que le permiten las circunstancias, pero también quiere comprender una realidad que, a medida que pasan los días, se vuelve oscura y resbaladiza. Rossanda se refiere reiteradamente a la "ambigüedad", la indefinición, de la situación pero también de las estrategias y las alianzas de cada uno de los actores, de sus intenciones y sus posibilidades reales de acción. Ve una realidad desdibujada donde, si está pasando algo, no hay nada que lo indique, donde es difícil saber verdaderamente quién es quién, que peso tiene cada cual, como se relacionan los actores entre sí, y cuales son las líneas de actuación comunes o diferenciadas. Se encuentra, pues, con un limbo, un tiempo estático, un silencio general que a ella misma le cuesta admitir porque se aleja demasiado del perfil heroico de "la revolución española" trazado durante la primera mitad del siglo XX. En su primer destino, Barcelona, la italiana no consigue ningún encuentro con el PSUC; pero se entrevistará con José Agustín Goytisolo, el dirigente socialista Joan Reventós, algún miembro del Front Nacional de Catalunya, con Heribert Barrera de ERC, y con tres representantes de la diezmada CNT que no le ocultan el estado de muerte clínica de la organización. En Madrid ve a un desesperado militante del PCE, Javier Pradera (hoy columnista de cámara de El País) que le relata el estrepitoso fracaso de la Huelga General Política de 1959; se encuentra con militantes del incipiente Frente de Liberación Popular (FLP o Felipe); con el autor del "Cara al Sol", Dionisio Ridruejo, por entonces reconvertido en oposición tolerada; y con el viejo Gil Robles, líder de la CEDA durante la República, y que ya le anticipa algunos trazos elementales del futuro: "España debe entrar en el Mercado Común y en la Alianza Atlántica". En Sevilla, no consigue entrevistarse con los comunistas -maltrechos y asustados por un reciente golpe represivo- y sí con el catedrático Manuel Giménez Fernández, que tiene la intención de construir una democracia cristiana de centro izquierda a imitación del partido italiano. Finalmente, entre Donosti y Gasteiz, Rossana Rossanda contacta con Rocío Laffón y Luis Martín Santos -autor de "Tiempo de Silencio"-, y con Antonio Amat, abogado del PSOE y dirigente sindical. Esta, como la mayoría de las expediciones políticas por el estilo, tiene un objetivo subyacente al objetivo declarado. Además de difundir la celebración del congreso y recoger adhesiones, Rossanda debía confirmar algo; ratificar lo que decían los documentos de la dirección exterior del PCE, que consideraban que en el país existía un clima propicio a la insurrección democrática contra la dictadura. En la misma línea, el viaje debería confirmar que los movimientos que se daban dentro del aparato franquista eran señales de una falla suficientemente abierta como para permitir un movimiento popular. De hecho, la convocatoria del congreso de Roma era fruto de esa percepción que, como se verá a lo largo del relato, tenía más de ilusión que de realidad. La primera lección de realismo que ofrece este cuaderno de bitácora es, de hecho, un desmentido rotundo. Aunque, para no provocar asperezas con el PCE de Carrillo, Rossanda suavizará algunas consideraciones en el informe presentado al Comité de Exteriores del PCI, las impresiones transmitidas por la gente del interior resultan diametralmente opuestas a lo leído y lo escuchado por ella hasta entonces. Las personas que consigue visitar no indican, en ningún caso, un proceso de rebelión o insurrección más o menos incipiente o cercana, sino todo lo contrario. Salvo en Euskadi y en menor medida en Catalunya -donde existe una mayor actividad pero donde tampoco se distingue una atmósfera de revuelta-, la delegada italiana se encuentra con una situación de debilidad, desmoralización y aislamiento: "Toda la izquierda me ha parecido dislocada y en dificultades… Puede suceder que se me escape el potencial efectivo de la lucha y de rebelión que puede existir, y que una oleada revolucionaria supere estas incertidumbres; pero ciertamente, si existe, no está expresado por la articulación política y por los grupos dirigentes de la oposición democrática". En cuanto al régimen, su "descomposición" no indica un debilitamiento sino una transformación y más que grietas se ven movimientos y cambios en la correlación de fuerzas, pero nunca un monstruo que se tambalee. La segunda lección de realismo es ya conocida pero obviada, una verdad embarazosa sobre la que los más notables dirigentes de la época prefieren echar pelillos a la mar, y que suele andar a la sombra de la imagen más o menos heroica del exilio. La dureza y las implicaciones del destierro no pueden ocultar el papel nefasto y miope que, según la inmensa mayoría de los estudios sobre la cuestión, jugaron las direcciones exteriores al concentrar el poder de decisión y al señalar unas u otras directrices, sin contar con la opinión de la militancia que tenía que desenvolverse cotidiana y clandestinamente bajo la dictadura. El de Rossana Rossanda es un testimonio más en esa dirección. El malestar de Javier Pradera, el mismo hecho de que tres años después de la huelga de 1959 aquella frustración fuera todavía el centro de la angustia del entonces militante comunista, es una estampa fiable del abismo entre las proyecciones de la dirección de Santiago Carrillo y las dificultades de los militantes del PCE en el interior, abocados a defender y aplicar una política imposible. Comparable a esa distancia es el contraste entre la espera pasiva y durmiente del PSOE de Rodolfo Llopis y los esfuerzos de Antonio Amat para tejer lazos y núcleos organizativos estables en el norte peninsular: "los obreros se desperezaban por todas partes y en cambio su partido hacía algo peor que dormir, dividía, se destruía. En esto Amat se parecía a los demás militantes o cuadros del interior con quienes me había entrevistado: nadie ocultaba, o muy poco, el mayor o menor resentimiento con respecto a las direcciones de su partido en la emigración". Al respecto, la viajera también repara en que la relativa autonomía orgánica de catalanes y vascos supone una diferencia palpable, una relación entre la coyuntura y la acción política diferente y más apegada a la realidad. Ahí sí, algo se movía. En el caso vasco, se trataba de una correlación social e histórica distinta, una resistencia contenida pero latente, que ya el 1 de Mayo de 1947 había convocado una huelga general secundada por al menos 20.000 trabajadores de Bilbao y su cinturón industrial: "el País Vasco parecía más legible que otros: no sólo era una zona no integrada sino también no opaca. Resistente. Aquel dudoso margen en el que, en el resto de la península, se diseñaban democratizaciones limitadas y compromisos, aquí no existía". Y justo el dirigente socialista vasco Antonio Amat es el que señala a Catalunya como el otro polo de diferencia y referencia: "para reconstruir el PSOE había que escindirse, los de fuera y los de dentro, siguiendo el ejemplo de la autonomía del Movimiento Socialista de Cataluña, que era un partido de verdad con una base de verdad". La delegada italiana también llama la atención sobre algunos conflictos que todavía son finísimas líneas sobre un paisaje sin demasiados accidentes, y que se producen fuera del ámbito de actuación de las siglas hegemónicas: "En los primeros años sesenta el movimiento nace fábrica por fábrica, como algo prohibido porque están prohibidos los convenios de empresa; pero nace y obligará al Gobierno, que no los puede impedir, a legalizarlos. ¿Nace dirigido por comunistas? No siempre. En el País Vasco nunca. En cada caso es distinto. Pero ¿se puede llamar simplemente sindical una lucha que puede costar años de cárcel? Sin embargo es una lucha que se intenta, que termina, que pide poco y obtiene poco como ‘generalización’". Ese agujero entre las organizaciones históricas y las luchas que salen a la luz, también indica una variación del territorio político, de la cultura política, de la estrategia y la táctica del comunismo y la socialdemocracía europea desde los años 30: "ni por arriba ni por abajo funcionaba ya el frentismo, porque las fuerzas del cambio pasaban por otros lugares, subterránea y paralelamente". La realidad que, a veces, supera a la normalidad. La tercera lección de realismo en el recorrido de Rossanda son, por un lado la atrofia de la solidaridad antifascista europea, y por otro las expectativas y la dependencia de los factores externos incubadas por las organizaciones de la oposición a Franco. Ella lo ve vagamente, más desde su propio campo, haciendo un examen autocrítico sobre la implicación de los comunistas y los demócratas europeos en la lucha contra el franquismo. Comprende, a través de los fragmentos que apenas puede recoger y comprender por el camino, que el congreso que viene a difundir se funda sobre falsas esperanzas y que tiene una función detergente, que no resuelve el problema del mediocre apoyo ofrecido hasta entonces, y que no responde a una sola de las necesidades que tiene en ese momento la gente del interior. Esa revisión autocrítica, es replicada y completada por una reflexión de Antonio Amat nada complaciente con la actitud que reina en las organizaciones clandestinas o semiclandestinas: "Desde 1951 no hacemos más que esperar que alguien nos saque las castañas del fuego. Primero la guerra, luego el final de la guerra, luego la nueva administración americana, luego el Mercado Común. Así, nuestros problemas, que nadie podrá resolver por nosotros, quedan aplazados una y otra vez". La última lección de realismo es la humildad de quien pese tener el antifascismo como una seña de identidad personal, política e intelectual, ha de reconocer, ya medio avanzada su ruta, la inutilidad de las certezas manejadas sobre el ser del fascismo europeo para comprender y abordar el fascismo franquista. Fuera por el abatimiento de la oposición, fuera por el arrinconamiento del populismo falangista y el sólido dominio del poder financiero y la burguesía agraria, fuera por la opción de Franco de no participar en la II Guerra Mundial, al régimen no le cuadraba el atributo de "furioso pero débil" aplicado hasta entonces al fascismo europeo. El estado franquista era una estructura, efectivamente "furiosa", pero también estable política y económicamente, frente a la que se producían movimientos internos y externos, pero que disponía de una notable capacidad estratégica y diplomática en el exterior; y que era capaz responder a los conflictos interiores incluso con mejor y mayor "sentido de la oportunidad" que sus enemigos. Pese al duro retrato reniega Rossanda de cualquier resentimiento: "En esta trama, sector español, año 1962, he vivido menos de un mes. Inútil para España, decisivo para mí. Alguien ya lo ha clasificado rápidamente en la categoría, hoy muy de moda, del desentanto: desencantado será usted, me dan ganas de contestar. Fue una bellísima historia, de la que sales escurrido como si fueras un trapo en la lavadora y te tendieran luego para que te secaras. Si la vida no es esto, ¿qué es?" En el postfacio, titulado "La muerte de las formas" Rossana Rossanda sitúa aquel recorrido decepcionante en un contexto que marcaría líneas de frontera en el seno de la izquierda. En aquel momento las organizaciones históricas del comunismo europeo viraban hacía la razón de estado. Se gestaba un movimiento atravesado de contradicciones pero que suponía un reto al orden y la prueba de fuego de una nueva generación militante europea, el movimiento del 68, y los grandes y viejos organismos obreros se iban desmarcando y atrincherando en el consenso parlamentario y la paz social. Ese cruce de caminos, que captura a una Rossanda aún viva y atenta a los acontecimientos dentro de una encrucijada histórica, política y generacional, terminaría en 1969 con su expulsión del PCI tras la fundación de Il Manifesto, uno de los periódicos de la izquierda europea que aún hoy sobrevive fiel a sí mismo, y que le da a Rossanda un fragmento de razón histórica y resistente. El mismo postfacio vuelve al viaje reconociendo cómo "en 1962 no había visto un fantasma, una sombra que pasaba de una habitación de la historia a otra; sino algo que se había convertido en cuerpo, parte de verdad, continuidad de un modo de ser España". La cabeza gacha y el cuerpo inerte de los "veinticinco años de paz", como la democracia silenciosa de los actuales treinta años de normalidad, que no son una casualidad sino un resabío cultural por ahora inexpugnable, bien agarrado a la existencia, el terreno y los hábitos. "Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental" es una muestra de humildad, implicación y realismo. Es memoria sin nostalgia, memoria militante, memoria útil; un ejemplo de la memoria como educación política. (1)(ed. Laia 1984)

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