Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Anotaciones de Manuel Sacristán a La crítica y el desarrollo del conocimiento (I)

Manuel Sacristán Luzón

Las actas del Congreso Internacional de Filosofía de la Ciencia celebrado en Londres en 1965 fueron editadas por Imre Lakatos y Alan Musgrave en 1970 en Cambridge University Press. La segunda edición de 1972 sirvió de base a Francisco Hernán para su versión castellana publicada en 1975, en “Teoría y realidad” (Grijalbo), con un largo, documentado e influyente prólogo de Javier Muguerza: “La teoría de las revoluciones científicas”.

“Teoría y realidad”, con subtítulo “Estudios críticos de filosofía y ciencias sociales, se presentaba como una colección que se proponía “reunir en versión castellana trabajos, ensayos y documentos polémicos, de diferentes ámbitos políticos y culturales, que de manera paradigmática reflejan la autoconsciencia actual de las ciencias sociales y sus diferentes momentos conflictivos. Desde un enfoque crítico: porque su planteamiento central se sitúa en ruptura perfectamente definida con toda concepción del conocimiento teórico no gobernada por el principio de la práctica. Práctica -consumación del conocimiento- que se identifica con una conducta mental hecha de esfuerzo de conocer y voluntad de transformar.”

Los ecos sacristanianos resuenan en esta declaración. Se publicaron en esta colección de la editorial Grijalbo ensayos tan imprescindibles como El comunismo de Bujarin, de A. G. Löwy; La disputa del positivismo en la sociología alemana, de Adorno y otros; Sociedad antagónica y democracia política, de W. Abendroth; Georg Lukács: el hombre, su obra, sus ideas, editado por G.H.R. Parkinson,… El primer y tercer volumen fueron traducidos por Sacristán; el dedicado a Lukács contó con su entrañable amigo J. C. García Borrón como traductor. Se anunciaron, si bien no llegaron a publicarse: Historia y dialéctica en la economía, de Otto Morf; Corrientes actuales de la filosofía de la ciencia, de Gerard Radmitzky (corresponsal y amigo detallista de Sacristán), Marxismo y revisionismo, de Bo Gustafson y Marx en la sociología del conocimiento, de Hans Lenk.

En una carta de 20 de mayo de 1972, dirigida al Sr. Grijalbo con referencia “Maquetas para la colección ‘Teoría y realidad”, Sacristán señalaba refiriéndose a uno de los anteriores volúmenes:

“No me convence ninguna de las cuatro. Si hay que elegir por fuerza entre ellas, prefiero la de formato grande y color ocre, sin trazo horizontal. Pero en ella habría que corregir, aparte de la falta de ortografía que será un simple descuido, la información que comunica. Pues el libro, no es, como parece decir la portada, un libro de Lukács, sino sobre Lukács. Por lo tanto creo que en alto debería situarse el nombre del editor (en sentido inglés) de la obra, o el nombre del autor del primer artículo y la mención “y otros”, y luego:

GEORG LUKÁCS

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La declinación del dólar… y de los Estados Unidos. Las grandes potencias en la trampa global

Jorge Beinstein

jorgebeinstein@yahoo.com

 

Desde comienzos de 2002 el dólar inició un descenso que actualmente continúa y que según la mayor parte de los expertos se agravará en los próximos meses. La declinación despegó poco tiempo después de los atentados (o auto-atentados) del 11 de Septiembre de 2001, es decir del lanzamiento de la ofensiva bélica global de los Estados Unidos. Existe un encadenamiento causal claro entre la decadencia económica del Imperio y la tentativa desesperada de sus dirigentes por frenarla a través de una sucesión de victorias militares en Asia Central y Medio Oriente. Si esa estrategia hubiera sido exitosa la superpotencia controlaría hoy la mayor parte de la franja eurasiática que se extiende desde los balcanes hasta Pakistán atravesando Turquía, la cuenca del Mar Caspio, Irak, e Irán, dominando así cerca del 70 % de los recursos petroleros mundiales. Ese hecho le habría permitido asegurar su hegemonía financiera internacional simbolizada por el reinado universal del dólar.

Pero la aventura fracasó y hoy los norteamericanos están empantanados en Irak y Afganistán mientras se reduce su influencia sobre Eurasia.

Andre Gunder Frank sostenía que el poder de los Estados Unidos descansa sobre dos pilares decisivos: el dólar y el Pentágono, el primero (la hegemonía financiera) sosteniendo al segundo y este último imponiendo los privilegios económicos del Imperio. Esta fortaleza doble ha predominado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y tuvo su período de auge entre 1945 y 1971, año en que la Casa Blancaa decidió liquidar la conversión de dólares en oro amenazada por las reservas dolarizadas en poder de las otras potencias industriales.

A partir de ese momento se desarrolló una etapa monetaria turbulenta donde el dólar siguió reinando en el planeta gracias a un juego perverso que acordaron los países ricos y que culmina ahora con un empapelamiento global que puede conducir a una incontrolable sucesión de crisis financieras.

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La declinación del dólar… y de los Estados Unidos. Las grandes potencias en la trampa global

jorgebeinstein@yahoo.com

Desde comienzos de 2002 el dólar inició un descenso que actualmente continúa y que según la mayor parte de los expertos se agravará en los próximos meses. La declinación despegó poco tiempo después de los atentados (o auto-atentados) del 11 de Septiembre de 2001, es decir del lanzamiento de la ofensiva bélica global de los Estados Unidos. Existe un encadenamiento causal claro entre la decadencia económica del Imperio y la tentativa desesperada de sus dirigentes por frenarla a través de una sucesión de victorias militares en Asia Central y Medio Oriente. Si esa estrategia hubiera sido exitosa la superpotencia controlaría hoy la mayor parte de la franja eurasiática que se extiende desde los balcanes hasta Pakistán atravesando Turquía, la cuenca del Mar Caspio, Irak, e Irán, dominando así cerca del 70 % de los recursos petroleros mundiales. Ese hecho le habría permitido asegurar su hegemonía financiera internacional simbolizada por el reinado universal del dólar.

Pero la aventura fracasó y hoy los norteamericanos están empantanados en Irak y Afganistán mientras se reduce su influencia sobre Eurasia.  

Andre Gunder Frank sostenía que el poder de los Estados Unidos descansa sobre dos pilares decisivos: el dólar y el Pentágono, el primero (la hegemonía financiera) sosteniendo al segundo y este último imponiendo los privilegios económicos del Imperio. Esta fortaleza doble ha predominado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y tuvo su período de auge entre 1945 y 1971, año en que la Casa Blancaa decidió liquidar la conversión de dólares en oro amenazada por las reservas dolarizadas en poder de las otras potencias industriales.

A partir de ese momento se desarrolló una etapa monetaria turbulenta donde el dólar siguió reinando en el planeta gracias a un juego perverso que acordaron los países ricos y que culmina ahora con un empapelamiento global que puede conducir a una incontrolable sucesión de crisis financieras.

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Trotsky en los años treinta

Pepe Gutiérrez-Àlvarez

En los años treinta, León Davidovich Bronstein era la encarnación viviente del “espíritu de Octubre”, el par de Lenin, apartado de la primera línea de la vida política por un tercer exilio, subestimado por un dictador en ciernes que acabaría removiendo mar y tierra para asesinarlo. Trotsky era la mayor leyenda revolucionaria de aquel tiempo, hacía tiempo que Lenin y Rosa Luxemburgo habían muerto, Gramsci estaba neutralizado en una cárcel fascista (1), apenas si se sabían cuatro cosas de Stalin al que desde hace tiempo se le publicitaba como el sucesor de Lenin. Esta leyenda se había forjado en una intensa actividad militante que se remontaba cuanto menos a la revolución rusa de 1905, cuando llegó a ser el presidente del soviet de Petrogrado, y desde entonces sobresalió como un socialista de izquierdas, escritor y polemista, políglota, amén de destacado internacionalista durante la Gran Guerra durante la cual ejerció como agitador y periodista, viajó por Europa, con una parada en España y Estados Unidos donde su huella fue especialmente importante.

Se trata de un revolucionario cuyo talante contradice los tópicos reaccionarios, ya que salvo cuando dirigió el Ejército Rojo, nunca tuvo otras “armas” que sus ideas, su pluma y sus palabras. Los que en los últimos años han tratado infructuosamente de encontrar en su trayectoria, en plena guerra civil por ejemplo, una muestra de crueldad, tienen que limitarse a señalar que firmó tal o cual documento, actos cuyas consecuencias, a la larga, fueron otras que las previstas, cosa que en el marco del drama de aquellos tiempos puede entenderse y explicarse (2). Como todo el mundo sabía, su nombre fue inseparable de la revolución rusa fue noticia –alarmante y siempre denostada- en los periódicos de todo el mundo. Fue un desbordante comisario del pueblo para Asuntos Exteriores en 1918 y, a continuación, de Asuntos Militares y Navales, de 1918 a 1925. Desde 1923 dirigió movimientos de oposición a la deformación, y luego contra la creciente deformación de la revolución llevada a cabo por la burocracia soviética.

Como teórico marxista, la aportación más reconocida de Trotsky fue la teoría del “desarrollo desigual y combinado y la doctrina acorde de la "revolución permanente”. Con la teoría de la “revolución permanente” desafió la opinión de que un prolongado período de desarrollo capitalista debe seguir a una revolución antifeudal, durante la cual gobernaría la burguesía o cualquier otra combinación de fuerzas sociales (por ejemplo, la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros y campesinos”) como sustitutivo. Por otros caminos, Lenin adoptó en las Tesis de abril de 1917 una línea semejante a estas concepciones (por eso fue tildado de “trotskista”) y las puso en práctica en la revolución de Octubre en contra de la línea tradicional del Partido Bolchevique, defendida en la época por Kamenev, Zinoviev y Stalin…

Otra de las características del pensamiento de Trotsky es el rechazo de las falsas pretensiones que hacen del marxismo un sistema universal que proporciona la clave de todos los problemas. Se opuso a los charlatanes que adoptaban el disfraz de marxismo en la esferas tan complejas como la “ciencia militar”, y combatió los intentos de someter la investigación científica, la literatura y el arte en nombre del marxismo, ridiculizando el concepto de “cultura proletaria”. Subrayó el papel de los factores no racionales en la política (“En la política no hay que pensar de forma racional, sobre todo cuando se trata de la cuestión nacional”) y desechó las grandes generalizaciones cuando se olvidaban de lo más concreto, de los individuos. Lector voraz y políglota, marxista de gran cultura en la tradición de Marx y Engels, ensayista, crítico literario, historiador, economista, etc., Trotsky se granjeó muchos enemigos entre aquellos cuyo marxismo combinaba la estrechez y la ignorancia con una propensión a plantear exigencias fantásticas, revistió tales características que hicieron exclamar a Marx: “No soy marxista”.

Su evolución desde finales del siglo XIX hasta sus últimas aportaciones sobre la Segunda Guerra Mundial está marcada por continuas rectificaciones y audacias que a veces entran en abierta tensión con sus esquemas militantes, obsesionados por dar respuesta a una situación política trágica que desborda, con mucho, la extrema debilidad organizativa del movimiento que contribuyó a crear. Hay múltiples Trotsky: normalmente volaba como un águila, pero en ocasiones lo hacía también mucho más bajo, una diferencia que estaba muy determinada por la proximidad o la lejanía del tema que abordaba, un factor perfectamente verificable por sus torpezas y limitaciones….

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Guerra y anarquismo en Rusia

Pepe Gutiérrez-Àlvarez

El rechazo libertario al “comunismo” no proviene –ni mucho menos- de la revolución de Octubre, que fue saludada con entusiasmo por todos ellos. Proviene de unos acontecimientos y unas medidas que no se pueden comprender fuera del análisis de lo que significó la guerra civil.

Repasando algunos de los trabajos publicados sobre lo que podemos llamar la “cuestión anarquista en la revolución rusa”, todo parece indicar que entre éstos y la corriente derivada del bolchevismo (los comunistas) no exista más posibilidad que el diálogo de sordos. Cierto es que sí por “comunistas” se entiende la historia oficial estaliniana, no hay mucho que hablar.

En ella, los anarquistas suelen ser olvidados, o catalogados –en el mejor de los casos- como una variante menor del populismo o del izquierdismo, y como tales fueron triturados por la marcha triunfal de una historia que, como finalmente se ha visto, caminaba hacia la descomposición y la destrucción, y no solamente del estalinismo ya que en su caída ha comprometido la propia idea de socialismo y de la revolución. La consecuencia de esta caída no ha beneficiado las alternativas democráticas del socialismo, sino que ha dado lugar a una hegemonía neoconservadora tan apabullante que la historia social ha llegado a semejar un túnel sin salida. Una anécdota que encuentro significativa me la brindó un viejo amigo libertario al que, casualmente, me encontré que salía de una tertulia de radio, allá por la mitad de los años noventa. Cuando me explicó algo de la discusión, me confesó bastante turbado: “Chico, al final he tenido hasta que defender que no todo en Stalin había sido malo…

No pude por menos que decirle aquello de “Quién te ha visto, y quién te ve”, pero el asunto era serio. La prepotencia neoliberal ha acabado situando a toda la izquierda radical en el banquillo de la historia. Baste anotar a título de ejemplo los comentarios de Hugh Thomas, comparando a Durruti con Ben Laden. Se ha creado una historia oficial neoconservadora en la que el comunismo es el Gulag, y punto. Así lo certifican en el Babelia (04-06-05) que reseña el libro de Anna Applebaum, Gulag, y otros. A lo largo de un amplio “dossier” con este pretexto, no hay la menor referencia antecedente zarista, ni a la “Gran Guerra”, tampoco a la guerra civil, ni al cerco internacional. Ni media palabra sobre el esquema de Octubre justificado como prólogo de una revolución europea…Con el Gulag se ha querido condenar la revolución francesa de 1789, y hasta el insigne Vargas Llosa lo utilizó como admonición en un acto internacional sobre el “apartheid”, advirtiendo a los líderes nacionalistas que no fueran a crear un Gulag, ¿y qué dientres era lo que había existido antes?.

La conversación con mi amigo fue o más o menos por el siguiente cauce. Después de casi un siglo de historia, hay que constatar que el triunfo de la revolución social no se ha mostrado precisamente como un camino tan fácil y lineal, tal como pudieron llegar a la creer los clásicos. Por lo tanto, el proceso histórico que le acompaña, lejos de resultar breve. Tal como se puede comprender desde la actual situación reaccionaria, puede abarcar un tiempo histórico muy dilatado. Desde este punto de vista, la impaciencia revolucionaria puede haber sido en muchos casos una manera de confundir los sueños con la realidad, todo un peligro al decir certero de Rosa Luxemburgo. Nos ha tocado un momento en el que, si bien sigue siendo meridiano que el capitalismo conlleva la barbarie y pone en peligro la propia supervivencia de la especie humana (de la animal, no hablemos), sin embargo, no existe ninguna alternativa que aparezca tan evidente como la combinación de socialismo y libertad, que para aplicarse tendría que hacerse sobre el cadáver del egoísmo propietario.

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La configuración inicial del “trotskismo”

Pepe Gutiérrez-Álvarez

No han falta voces que –al igual que con el “caso” de la guerra española-, han mostrado su “hartazgo” ante nuevas reediciones sobre el gran dilema comunista entre estalinismo y trotskismo, a su parecer una historia ya perdida. Sin embargo, quizás ocurra –como con la guerra española- que resulta que es ahora más que antes, que contamos con la perspectiva y la “distanciación” suficiente para precisar unas cuestiones cuya importancia “histórica” está fuera duda, y que también lo está por cuento todo proceso de reconstrucción requiere un balance objetivo y preciso de los grandes nudos de una historia que continúa bajo otros imperativos.

Comencemos con dos notas. Una, Lenin polemizo con sus adversarios dentro de la socialdemocracia rusa lo mismo que con sus propios partidarios, entre otras cosas porque la polémica y la libertad de tendencias fue algo connatural al socialismo de su tiempo; segundo, no se empezó a oponer “leninismo” y “trotskismo” hasta la confrontación de la primera Oposición de izquierda con la di­rección en 1923, o sea que Lenin no tienen da que ver con este debate. Los adversarios de Trotsky se han dedicado a definir una continuidad entre la lucha política de Trotsky en esta época y el “trotskismo” de 1904 a 1917.

Se pretende que los conflictos entre Trotsky y Lenin durante estos trece años anunciaban ya el enfrentamiento que se dará a partir de 1923, todo es una misma cosa al margen de lo sucedido en los años constituyentes de la revolución. De esta manera se transfería a las polémicas de Lenin contra Trotsky al presente pretendiendo que tenían el mismo significado, Trotsky era culpable de un “pecado original”, y la “troika” pasaba a representar a Lenin agonizante (1). El conflicto se insinúa en el discurso del 15 de diciembre de 1923 de Zinoviev, aunque éste se remite todavía al “viejo trotskismo”. Poco después se estructura la publicación de tres discursos de Zinoviev, Kamenev y Stalin bajo los no muy originales títulos -sucesivamente- de ¿Bolchevismo o trotskismo?, Leninismo o trotskismo y Trotskismo o leninismo. Finalmente, Bujarin, que se encuentra en su fase más moderada (él es el teórico del “socialismo en un solo país” y del avance al socialismo “a paso de tortuga”), será el que ofrezca una mayor base teórica a esta filiación en su discurso del 13 de diciembre de 1924, y que editara con el nombre de Sobre la teoría de la Revolución Permanente.

Trotsky ofreció a menudo una afirmación similar a la que coloca al pie de página en su obra La Revolución Permanente: “En casi todos los casos, al menos en los más importantes, en que me he opuesto a Lenin, desde el punto de vista táctico o de organización, él tenia la razón” Al mismo tiempo, afirma la justeza de su “pronóstico político”, considerando, por otra parte, que no era esto lo que le separaba de Lenin verdaderamente. Lo que les enfrentaba eran “sus divergencias sobre la concepción del partido”.

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Tras la era de la codicia

Daniel Raventós, Antoni Domènech

La resaca. Amenazantes terrores procedentes de enigmáticos fanatismos -nacidos, al parecer, de la nada-. Intempestivas guerras preventivas "imperiales" -¡ipsissima verba!-. Un alza imparable de los precios del crudo que trae inopinadamente a la memoria lo que interesadamente habíamos olvidado por unos lustros -que estamos en la recta final de la era de los combustibles fósiles, la base energética de nuestra civilización-. La catástrofe ecológica planetaria del efecto invernadero -ahora traducida ya a unas cifras crematísticas inteligibles hasta para los ejecutivos y los tertulianos-. Aparición de nuevos colosos económica y geopolíticamente intranquilizantes al Este -que, encima, aceleran el fin de la era fósil-. La llaga más y más lacerante de la agonía palestina -en el corazón del polvorín que es el Oriente Medio-. El drama del sistemático despojo a que, "planes de ajuste estructural" mediante, vienen siendo sometidas las economías y los ecosistemas del llamado Tercer Mundo, y las difícilmente represables oleadas migratorias consiguientes -que algunos han comparado históricamente a las oleadas generadas por catástrofes bélicas de grandes dimensiones-. Una verdadera rebelión "populista" (sedicentemente "socialista": ¡lo que faltaba!) en América Latina, e irrupción política allí, por vez primera en la historia, de los pueblos "sin historia" -esa mayoría de población indoamericana premedita e inveteradamente excluida en las falsas repúblicas neocoloniales-. Socavación de los derechos sociales conquistados por cinco generaciones del movimiento obrero mundial, no ya por efecto de misteriosas fuerzas competitivas anónimas de la "globalización", sino por apuesta políticamente decidida de lo que gentes tan poco sospechosas como los editorialistas del New York Times o el archimillonario William Buffet han dado en llamar "lucha de clases desde arriba". Incremento indecible, año tras año, no sólo de la pobreza en el mundo, sino de la polarización social por doquier -también, y sobre todo, en Estados Unidos; también en Europa-.

También en Europa. Hasta los publicistas del establishment se percatan. "El centro se encoge", lamenta en el prestigioso semanario social-liberal alemán Die Zeit Werner Perger. "El centro pierde cada vez más poder", constata un editorial del conservador diario suizo Neue Zürcher Zeitung. Los grandes partidos de centro (a derecha e izquierda) cada vez suman menos votos y escaños. La CDU-CSU y la SPD alemanas recogen hoy, juntas, menos votos y escaños que nunca desde el final de la II Guerra Mundial. Lo mismo en Holanda, en Dinamarca, en Suecia, hasta en Cataluña. El famoso "duopolio político espacial" que, de acuerdo con el teorema de Hotelling, obligaba a los partidos a maximizar sus votos pescando electoralmente en el centro, está desapareciendo a ojos vistas.

La "crisis del centro" y la consiguiente tendencia a la radicalización y/o fragmentación de la "oferta política" en Europa occidental no nace de la mala voluntad o de la impericia de la élite política duopólica tradicional, como dan a entender los habituales columnistas de opinión biempensantes o los "teóricos" sociales mediáticos ajenos a la investigación empírica, sino que parece hundir su raíz más profunda en la acelerada polarización de la estructura social europea. La "crisis del centro" viene del fin del tipo de sociedad en que se sustentaba su predominio duopólico. Los mileuristas crecen sin parar: ya son el 57% de la población trabajadora en el Reino de España, en donde, dicho sea de paso, en los dos últimos años la remuneración salarial ha pasado de representar el 47,71% al 46,12% del PIB, mientras que los beneficios empresariales han pasado del 41,78% al 42,25%. La Fundación Ebert acaba de publicar un concienzudo estudio que ha significado un verdadero aldabonazo en la opinión pública alemana, incluso por el léxico retro empleado ("subclases", "precariado dependiente"). Y el politólogo británico Colin Crouch habla del fin de la democracia bienestarista en Europa y de una incipiente "posdemocracia" autoritaria (¿à la Blair o à la Sarkozy?) que se amoldaría supuestamente mejor a los miedos que despiertan en los ciudadanos europeos las restricciones disciplinantes de la "sociedad de concurrencia global" del capitalismo contrarreformado de nuestros días.

Los ciudadanos europeos son cabalmente conscientes -todos los estudios empíricos competentes coinciden- de la impotencia, dígase así, de los grandes partidos tradicionales frente a la transformación de la vida social impulsada sin estorbos aparentes por las empresas transnacionales y los mercados financieros internacionales. El ala izquierda del "centro" paga ahora su incapacidad para defender siquiera el capitalismo reformado y el consenso social básico forzados manu militari por los estadounidenses en la Europa de posguerra, y aun su colaboración más o menos vergonzante en la contrarreforma neoliberal.

El auge de la Linkspartei en Alemania, el espectacular éxito del nuevo Partido Socialista de Marijnissen en Holanda -que ha sabido capitalizar el no holandés al Tratado Constitucional europeo de impronta neoliberal, arrancando centenares de miles de votos a un desnortado partido socialdemócrata que no tuvo mejor idea que poner de mascarón de proa electoral a un antiguo ejecutivo de la transnacional petrolera Shell-, o la estimable subida de ICV-EUiA en las últimas elecciones autonómicas catalanas, son tal vez indicios de que hay alternativas político-electorales a las nada halagüeñas perspectivas que ofrece el statu quo político europeo: o la abstención creciente, o el voto ritualmente fiel a un "centro" más y más desacreditado y escépticamente resignado a un mal menor que es cada vez mayor, o, finalmente, la capitulación ante el ascenso de la demagogia xenófoba y autoritaria de la "posdemocracia".

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La filosofía y el fuego (Lukács ante Lenin)

Néstor Kohan

Prólogo del libro de Lukács "Lenin (La coherencia de su pensamiento)"

La filosofía y el fuego (Lukács ante Lenin)

Néstor Kohan

Para José Luis Mangieri, compañero y amigo, quien editó por primera vez en Argentina y América Latina este libro de Lukács sobre Lenin a través de LA ROSA BLINDADA. En agradecimiento por todo lo que nos enseñó.

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Imágenes marxistas II. Antología de textos de Manuel Sacristán

Manuel Sacristán Luzón

Una cosa es estudiar y explicar el pensamiento de Marx; otra hacer marxismo hoy. Muchas cosas que enseñaban Althusser y Colletti hace cinco años (tal vez todas) se estudian más provechosamente como pensamiento (de tradición) marxista de uno y otro de esos autores que como pensamiento de Marx. Por lo demás, esta confusión entre el tratamiento filológico de un clásico y la continuación productiva de su legado es frecuente en las tradiciones en cabeza de las cuales hay un clásico que lo es no sólo en el sentido de paradigma de pensamiento teórico -en particular, científico- sino también en el de inspirador moral, práctico o poético.

Manuel Sacristán (1978)

La afirmación de que el marxismo no ha predicho nada desde 1917 no me convence: 1917 no fue predicho como predice una teoría científica. La teoría científica predice acontecimientos puntuales y repetibles. 1917 ocurrió una sola vez. Por otra parte, si 1917 fue predicho, entonces también la revolución china y la cubana, puesto que la imprecisión era la misma. El marxismo no es una ciencia, no es una teoría científica. No predice nada en el mismo sentido.

Manuel Sacristán

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Reencontremos la dimensión utópica. Carta a los amigos

Alberto Flores Galindo

El historiador Alberto Flores Galindo nació en el Callao el 28 de mayo de 1949. Desde muy joven, se estableció como un analista agudo y enormemente respetado de la realidad peruana, estableciéndose como uno de los intelectuales más destacados del pensamiento socialista peruano en las décadas de 1970 y 1980. Su abundante obra incluye los libros Los mineros de la Cerro de Pasco (1974), Arequipa y el sur andino (1977), Apogeo y crisis de la República Aristocrática (1978, con Manuel Burga), La agonía de Mariátegui (1980), Aristocracia y plebe (1984), y el recientemente reeditado Buscando un Inca. Identidad y utopía en los Andes con el cual ganó el Premio Casa de las Américas (ensayo) en 1986, y cuya importancia sigue aumentando. Fue el fundador y motor principal de SUR, Casa de estudios para el socialismo, desde donde promovió un intercambio intelectual cuyo registro se encuentra principalmente en la revista Márgenes. En pleno auge de su actividad intelectual, una enfermedad acabó con su vida en poco más de un año. De apenas 41 años, Tito Flores Galindo murió el 26 de marzo de 1990. Lo que sigue es la carta final que escribió a sus amigos: como gran parte de su trabajo y de sus ideas, tiene mucha relevancia actual. (DM)

Lima, 14 diciembre, 1989.

Queridos amigos:

El 3 de febrero pasado fui asaltado sorpresivamente por una dolencia: un glioblastoma multiforme en el lado izquierdo del cerebro. En otras palabras, un tipo poco frecuente de cáncer que por su difícil diagnóstico y ubicación requería un tratamiento fuera del país. Gracias a los amigos pude viajar para tratarme durante dos meses en New York (Presbyterian Hospital). Tiempo después tuve que regresar una semana más a ese mismo hospital.

Imaginarán lo costoso que fue todo esto. A pesar de la buena voluntad de algunos funcionarios públicos, del Seguro Social Peruano sólo recibimos promesas, que condujeron a dilatadas reuniones, trámites y pérdida de tiempo. El Seguro Social, además, apenas reembolsaría parte de los gastos. Durante varios meses, casi todos los días, debimos ir a una y otra dependencia, buscar los papeles. Parte de nuestra documentación se perdió, el resto daba vueltas por las oficinas y tontamente nosotros también. Este engaño lleva ya diez meses. Estuvieron a pesar de todo, amigos y, excepcionalmente, algunos dirigentes nacionales que efectivamente quisieron ayudar, pero después de casi un año no pudieron pasar de la intención. Esto, sin embargo, es lo que más vale. El mío no es un caso excepcional. Al Seguro Social no le interesa ayudar a nadie, dificulta intencionalmente los trámites y la atención. El Estado y su burocracia no sirvieron, hasta ahora.

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