Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Alberto Flores Galindo y los pueblos indígenas. Entrevista.

Javier Lajo

Alberto Flores Galindo y los Pueblos Indígenas

Entrevista realizada por Javier Lajo – Peru – (Posted on Jan-12-2006)

Utopía Andina y Socialismo

Esta es la primera parte de una extensa entrevista que en el año 1982, "Tito" Flores Galindo concedió al primer equipo que la revista indianista “Pueblo Indio”, y que fue responsable de los cuatro primeros números. Desgraciadamente el informe no se publicó, truncándose el fructífero diálogo indianista – socialista, con el definitivo alejamiento del mencionado equipo de la revista y del Consejo Indio de Sud América (CISA). El grupo que quedó al frente de “Pueblo Indio” tomó un camino aislacionista por su reduccionismo etnicista y su negativa al diálogo debido a la incapacidad ideológica de sus dirigentes y que condujo al CISA y a la revista a su práctica liquidación. Sin embargo, queda aquí testimonio de un diálogo que debe servir de ejemplo en la polémica sobre la utopía andina y el socialismo. – J. L. ¿Una de las necesidades que se plantea desde hace un buen tiempo es la revisión de la historia. Desde Gonzáles Prada y José Carlos Mariátegui se habla de una república de criollos y una república de indios. ¿Podría definirse una historia paralela, que junto a la de los países criollos, hable de las poblaciones indígenas colonizadas? – A.F.G. Creo que no por varias razones. La primera sería pensar o considerar que junto a las vertientes indígenas y criollas occidentales en los países latinoamericanos han existido otras vertientes culturales, pongo algunos ejemplos. El 50 por ciento del territorio del Perú es un territorio de selva, habitado por personas cuya cultura o modelo de ver al mundo, difiere en muchos aspectos de la cultura andina indígena y que además en algunos periodos de la historia inclusive han estado enfrentadas entre sí. Pero, aparte de considerar la existencia de los grupos nativos que pueblan la selva, creo que uno no puede entender la historia del Perú, sin considerar la existencia de la migración negra, sobre todo, lo que significó no sólo a nivel de las relaciones de tipo esclavista, sino, además, todos los aportes que a nivel cultural trajeron ellos, sobre todo, para la cultura de la costa central peruana, para la misma costa central es igualmente significativo el aporte de la migración china durante el siglo XIX y finalmente vemos la migración japonesa y, por qué no, la migración europea constante desde el siglo XVI, aunque ésta, está vinculada más bien a la vertiente criolla occidental; lo que pasa es que, creo que el Perú como muchos otros países latinos es una especie de encrucijada. Hasta el siglo XVI, la historia del Perú fue una historia autónoma sin relación con ninguna otra civilización en el mundo; del siglo XVI, en adelante, no sólo la sociedad peruana se volvió dependiente del resto del mundo, sino que se convirtió, además, en el lugar donde desembocaron diversas corrientes migratorias. Esta sería la primera razón para decir que aparte de lo criollo y de los indígenas, hay otras vertientes culturales más. Una segunda razón sería considerar que en esta contraposición entre lo andino y lo criollo occidental, hay un error de fondo que procede de imaginar a lo andino como una unidad y como un grupo culturalmente homogéneo, de la misma manera que al grupo criollo occidental, y parece que en la cultura andina, más que primar a lo largo de su historia la homogeneidad, lo que ha primado ha sido la heterogeneidad, una variedad de versiones culturales muy regionalizadas y heterogéneas. Esto tal vez no lleve a entender por qué, inclusive aún hoy en día, los hombres andinos no se identifiquen ni por su apellido, como lo hacen los occidentales, sino más bien en relación con su localidad de origen.

Ahora, habría una tercera razón que añadir, que es la siguiente: del siglo XVI en adelante las relaciones entre lo andino y lo occidental no sólo han sido de enfrentamiento y contraposición sino de asimilación de ciertos elementos de manera tal, que se ha producido una situación muy peculiar en la que en el Perú del siglo XVI en adelante, no podemos concebir estos problemas del desarrollo de dos vertientes como cada una por su lado, y tampoco sólo como enfrentados entre sí. Es evidente que ha habido un enfrentamiento, pero es evidente que ha habido también elementos del mundo occidental que han sido incorporados por los hombres andinos, algunas veces como mecanismos de defensa, pero otras veces en calidad de nuevos aportes. Yo creo que por estas tres razones no podemos pensar el Perú de una manera dualista, este esquema no funcionaría, hay que pensar más bien en un esquema heterogéneo. Algún día, quizás, la heterogeneidad de aportes culturales puedan configurar la nación peruana. – J.L. Estas dos heterogeneidades, la andina y la occidental, ¿no están contrapuestas? – A.F.G. Lo andino y lo occidental, sí. Yo creo que buena parte de la historia es una historia de contraposición, de enfrentamiento, pero creo que junto con estas historia de enfrentamiento y de afirmación de una identidad, que en buena medida nos explica la vitalidad de la cultura andina, junto con eso también ha habido un proceso de asimilación de los elementos occidentales; la difusión del español en el Perú, la difusión de ciertos símbolos cristianos, la difusión de ciertas entidades cristianas y la difusión de ciertas costumbres y alimentos occidentales en el Perú, La identificación de los hombres andinos con ciertos productos venidos de Occidente y que han sido incorporados.

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Orwell y el comunismo

Pepe Gutiérrez-Álvarez

      Desde que en la edición del domingo 22 de junio del 2003, el corresponsal de El País en Londres, Walter Oppenheimer, ofreció la crónica sobre como “Orwell delató a 38 simpatizantes comunistas”, se han dado diversas polémicas sobre este gesto final, efectuado cuando estaba enfermo de tuberculosis en el pulmón izquierdo. Orwell fue hospitalizado en junio de 1948, y aunque se recupera vuelve a recaer. Es también la época en acaba la redacción de 1984, que en un principio quiso titular El último hombre en Europa.

        La recaída le lleva a ser ingresado en el sanatorio de Graham, en el sur de Inglaterra, y fuertemente medicado, falleció el 21 de enero de 1950. Entre sus papeles se encontraron unas notas sobre los sueños que le habían obsesionado durante los dos últimos años: “A veces es el mar o la playa, más a menudo grandes y espléndidos edificios, o calles, o barcos, en los que suelo perderme, pero siempre con un peculiar sentimiento de felicidad y de estar al sol al despertar. Indudablemente todos estos edificios, etc, significan la muerte. Soy casi consciente de ello incluso soñando, y estos sueños se hacen más frecuentes cuando mi salud empeora y pierde la esperanza de recuperarme. Lo que nunca puedo entender es por qué, si no tengo miedo a la muerte (miedo al dolor y al momento de morir, pero no a la extinción), esta idea tiene que aparecer en más sueños bajo distintos disfraces” (1).

      De entre sus últimos papeles de este tiempo se encontraba un cuaderno sobre el que el gobierno británico no ha levantado el secreto oficial, y que por lo tanto se han hecho públicos. Se trata del documento FO 1110/189 (FO indica Foreign Office), ya de lectura libre en el Archivo Nacional Británico y en que se ofrece una lista de 38 "criptocomunistas”. Se trata de un cuaderno informal que en el que el escritor fue estableciendo una lista privada de ciudadanos occidentales a su parecer eran criptocomunistas o “compañeros de ruta”, según el término acuñado por Trotsky en Literatura y revolución para describir  los que hacía parte del viaje con la revolución, y luego aceptado como parte del léxico del movimiento comunista aunque ya no se trataba de la revolución sino de colaborar con la política exterior soviética, una colaboración concebida por los más idealistas como un contrapeso del nazi-fascismo, o bien de la prepotencia imperialista que continuaba subyugando a los pueblos colonizados.

      El cuaderno dejó de ser un secreto cuando fueron reseñados en la biografía autorizada, George Orwell. A life, de Bernard Crick publicada a principios de los años ochenta.  Crick defiende la lista de Orwell, argumentando que “no era distinto de los ciudadanos responsables que hoy pasan información a la brigada antiterrorista sobre personas que conocen y piensan que son activistas del IRA. Se consideraba una época muy peligrosa, el final de los cuarenta” (2). Y añadía que Orwell siempre se manifestó contrario a cualquier medida represiva contra el Partido Comunista británico. Al biógrafo le otorgaron la razón un sector de la intelectualidad británica que coincidía en la reafirmación del mito de la exis­tencia de un grupo intelectual, unido por sus vínculos con Moscú, y agrupados oscuramente en un intento sedicioso de preparar el terreno para el es­talinismo en Gran Bretaña, un temor que a finales de los años cuarenta podía hacer perder el sueño a mucha gente, pero que actualmente carece del más mínimo fundamento documental. No obstante había algo que fallaba en el razonamiento, primero por que, como se verá, ninguno de los implicados tuvo la menor relación con actividades ilegales, nada que permita una más que abusiva comparación con los republicanos irlandeses. De hecho, muy pocos entre los señalados se distinguieron como  tales “compañeros”. Solamente uno de ellos (Peter Smollet), se ha comprobado que fue ciertamente un agente soviético.

      No obstante, el cuaderno se convirtió en “gran noticia” cuando un intelectual tan orgánico –y tan bien pagado- como Timoty Garton Ash publicó en el diario The Guardian (22-06-03) una relación de 38 componentes incluidos en el documento oficial, asegurando que Orwell recurrió a la delación (según su propia definición) por su amor imposible con Celia Kirwan, militante laborista ligada a la corriente de izquierdas presidida por Aneurin Bevan (con la que Orwell estaba muy identificado tiempo atrás) y funcionaria. Fue la hija de Celia la que lo entregó a Garton Ash como si fuera una primicia. El artículo apareció en varias cadenas de prensa internacional. La prensa amarilla no desaprovechó la ocasión. Así el Daily Telegraph cuando divulgó la noticia  la tituló de la siguiente manera  en primera plana:  "Icono socialista con­vertido en un delator”.  Anotemos que normalmente el socialismo de Orwell no es algo que suela subrayar en la prensa convencional. 

      Garton Ash era lo suficientemente inteligente para no tener que destruir el “icono socialista”, la bastaba con darle la vuelta siguiendo las pautas del neolenguaje. El suyo es un Orwell mediáticamente consagrado como “el escritor que captó la esencia del totalitarismo y avistó el futuro con libros como Rebelión en la granja y 1984”. En aras de esta tentativa de un Orwell a la medida neoliberal, Garton en imponer varias maniobras con concuerdan con las tesis sobre el “final de la historia”. Desde este canon, el socialismo de Orwell no era más que una respuesta quijotesca a unos molinos de vientos (el Capital, el colonialismo británico, el fascismo, etc), que ya no existían (al menos no lo busquen en los escritos de Garton Ash). El comunismo tampoco, pero debe de estar algo más vivo porque para el popular historiador,  Orwell es ante todo un anticomunista. Y esto en el sentido que la gente como Garton le dan al concepto.

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¿ Existió el milagro económico chileno?

Lisandro Otero

¿Existió el milagro económico chileno? LOS EMBUSTES DE PINOCHET Altercom* Lisandro Otero*

15 de diciembre de 2006

Tras la muerte de Pinochet la derecha cavernaria se ha lanzado a su reivindicación. Lamentan con lágrimas de cocodrilo su salvaje represión (es imposible negarla), pero dicen: “al menos dejó un país con la primera economía de América Latina”. Es una falacia que repiten una y otra vez para hacer creer en el llamado “milagro económico chileno”.

Gran parte de la propaganda del neoliberalismo se ha basado en proclamar ese súbito bienestar que se habría logrado bajo los «Chicago boys» y Milton Friedman, recién fallecido, y ello habría elevado a Chile hacia una prosperidad ilimitada.

El otro embuste es que Pinochet impidió que el marxismo leninismo se apoderara de Chile.

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Los jacobinos negros

Alejandro Portelli

Il Manifesto, 7 diciembre 2006

Los esclavos de la Ilustración en la toma de la Bastilla

Se ha reeditado el libro de C. L. R. James Los jacobinos negros, un clásico de la historiografía social[1]. Páginas rigurosas y a la vez cautivadoras en las que se reconstruye la revolución antiesclavista que concluyó con la expulsión de los franceses y la fundación de la República de Haití. Un gigantesco levantamiento social que, desde el Caribe, se difunde hasta los Estados Unidos y cambia la historia mundial. Para ser después ignorado por la historia de los vencedores

Alejandro Portelli

Hay libros que transforman radicalmente la percepción occidental sobre la historia, la imagen que Occidente tiene de sí mismo, que sitúan en el centro, de una forma tan radical, la periferia y la marginalidad,  que nuestra cultura finge, que en la práctica no existen. A fines de los años treinta se publicaron  dos de estos libros. Black Reconstruction in America de W. E. B. DuBois, y Los jacobinos negros. Toussaint de L´Overture y la Revolución de Haití , de C.L. R. James. Sus autores son dos colosos del siglo XX, sin embargo, para la mayor parte de nuestros historiadores y politólogos, podrían no haber existido. Y quizá no existen verdaderamente: después de todo, ni tan siquiera eran blancos, y encima –cada uno a su manera y en periodos diversos- ambos fueron comunistas, y  junto con otro comunista, George Padmore (sí, claro: “¿y ese, quién era?”), fueron miembros participantes desde sus orígenes, del movimiento panafricano y anticolonialista.

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Antologia de textos de Manuel Sacristán sobre la Escuela de Frankfurt

Manuel Sacristán Luzón

Nota SLA:

                Sobre la adscripción marxista de la Escuela de Frankfurt, este paso del coloquio de la conferencia “Sobre Lukács” de 1985 (ahora en M. Sacristán, Seis conferencias, op. cit). Comentaba aquí Sacristán: “Yo no sé por qué se sigue siendo tan generoso en meter la escuela de Frankfurt ahí, no hay porqué. Son otros, la escuela de Frankfurt son otros, son unos sociólogos dialécticos idealistas; Marcuse es otra caso claro, hay que separarlo del resto. Pero Adorno, Horkheimer, Habermas, ninguno de ellos, ni siquiera ellos, dicen que han sido marxistas”.

            Igualmente, de una de las carpetas de resúmenes depositada en Reserva de la UB, estas sucintas anotaciones a Antworten auf Herbert Marcuse [Respuestas a H. Marcuse]. Sacristán cita por la edición alemana de Suhrkamp Verlag de 1968.

            A. Jurgen Habermas Presentación.

1. p. 10. También Habermas usa laxamente “Theorie”. Por ejemplo: “(…) la teoría del hombre unidimensional” (p. 10).

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Cambios “inesperados” en la coyuntura mundial, tres aspectos decisivos. Y el regreso de la revolución en América Latina

Jorge Beinstein

Cambios “inesperados” en la coyuntura mundial, tres aspectos decisivos. Y el regreso de la revolución en América Latina

Jorge Beinstein (*)

(*) Economista e intelectual revolucionario, doctor de Estado en Ciencias Económicas (Universidad de Franche Comté – Besançon, Francia), fue titular de cátedras de economía internacional y prospectiva tanto en Europa como en América Latina. Actualmente es profesor titular de las cátedras libres ‘Globalización y Crisis’ en las universidades de Buenos Aires y Córdoba (Argentina) y de La Habana (Cuba). Ha escrito diversos libros y artículos como:

– LARGA CRISIS DE LA ECONOMIA GLOBAL

– La autofagia del capitalismo

-La declinación de la economía global

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Los primeros pasos de la megacrisis

Jorge Beinstein

La euforia neoliberal de los años 1990 y los delirios militaristas que le siguieron son hoy desdibujados recuerdos, sus impactos mediáticos se han agotado. Así como en ese remoto pasado abundaban los expertos que profetizaban el milenio burgués ahora muchos de ellos anuncian la próxima llegada de una megacrisis mundial mucho más potente que la de los años 1970. En una nota publicada en agosto del 2005 Stephen Roach, economista jefe de Morgan Stanley, alertaba sobre la inminencia de la “primera crisis energética de la era de la globalización” y los numerosos puntos débiles de la economía norteamericana ante dicho fenómeno (1). Sin embargo un mes mas tarde y en el mismo newsletter Roach colocaba en el primer nivel de peligrosidad al déficit del balance de cuenta corriente de Estados Unidos (2). Por su parte “The Economist” apuntaba también en agosto hacia otro detonador: la burbuja inmobiliaria mundial con centro en Estados Unidos, cuyo desinfle sería inevitable a no muy largo plazo (3), aunque durante ese año la revista también puso el acento en el déficit de cuenta corriente, la deuda publica, el déficit fiscal y otros males de la superpotencia.

Una rápida recorrida por las principales fuentes de información económica internacional nos llevaría a engrosar la lista de amenazas: la fragilidad del dólar, el circulo vicioso comercial-financiero establecido entre Estados Unidos y China (el primero acumulando deudas y déficits y el segundo dólares y bonos del Tesoro norteamericano) o la desaceleración de la Unión Europea (donde el motor alemán aparece con crecientes dificultades económicas, sociales y políticas). Y mirando más allá de la economía asoman las consecuencias del fracaso de la ocupación de Irak que podría desatar una reacción en cadena; por ejemplo enlazando la caída del dólar con la reconversión de grandes reservas dolarizadas hacia otras monedas, el encarecimiento recesivo del crédito en Estados Unidos y la contracción de su consumo interno impactando sobre la demanda global.

Varios meses antes de concluir el 2005 el FMI repronosticaba a la baja las tasas de crecimiento de varios países centrales (Alemania, Italia, Inglaterra, Japón, etc.), los burócratas del Fondo diversifican las culpas: Katrina, los déficits norteamericanos, la suba del precio del petróleo… (4), dejando entrever que el 2006 no sería mejor.

La incertidumbre aumenta cuando son recordados los errores de previsión que antecedieron a la última megacrisis desatada a partir del shock petrolero de 1973-1974. Los pocos economistas de renombre convencidos de que se avecinaba una crisis mundial de gran envergadura apostaban en su mayoría a las turbulencias monetarias agravadas desde 1971 cuando el presidente Nixon decidió no entregar más oro a cambio de dólares, sepultando así el sistema monetario construido luego de la Segunda Guerra Mundial.

De todos modos esas previsiones eran marginales, la mayoría aplastante de economistas, políticos y comunicadores endiosaban los mecanismos keynesianos capaces según ellos de controlar cualquier perturbación seria. Cuando la crisis estalló casi todos anticiparon el comienzo de una era de mayor regulación estatal del mercado en Occidente acompañada por el fortalecimiento internacional del bloque soviético, pero ocurrió lo contrario; el keynesianismo clásico entró en declinación, emergió triunfante el neoliberalismo y las desregulaciones de todo tipo, la URSS desapareció… en síntesis, se produjo una enorme bifurcación que no entraba en la visión conservadora de los expertos. Una sorpresa similar sucedió en la época de la primera guerra mundial una de cuyas principales víctimas fue el capitalismo liberal considerado entonces eterno por los formadores de opinión de Occidente. Ahora que estamos ingresando en una era de alta inestabilidad predominan nuevamente los errores de percepción; el grueso de los medios de comunicación (administradores del “sentido común”) dan por sentado que las transformaciones estructurales del capitalismo de las tres últimas décadas son irreversibles mientras que una minoría crecientemente influyente apunta hacia un cierto retorno del pasado keynesiano; es casi seguro que ambos se equivocan.

Expansión del parasitismo

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Crisis mundial, escenarios: Una ciénaga a la medida del Imperio

Jorge Beinstein

jorgebeinstein@yahoo.com

Se acumulan las malas noticias para el Imperio. La economía norteamericana no despega, aumentan los desequilibrios fiscal y comercial. En cuanto a la guerra la situación es aún peor, Irak se ha convertido en un infierno para las tropas de ocupación.

Durante el 2003 dos oleadas sucesivas de manipulación mediática global terminaron por estrellarse contra la realidad. La primera llegó a su punto más alto en mayo de ese año cuando Bush anunciaba la victoria completa en Irak y el fin de las grandes operaciones militares. Los medios de comunicación pronosticaban que esa triunfo armado sería pronto seguido por otros (Siria, Irán…) lo que otorgaría a Estados Unidos un poder político mundial aplastante. Que le permitiría obtener significativas ventajas en el plano económico, reactivando su aparato productivo e imponiendo condiciones irresistibles a la periferia y las otras potencias centrales. Cuando está ilusión se esfumó pocos meses después al ritmo del avance de la resistencia iraquí, fue rápidamente remplazada por otra. Aunque la guerra no anda demasiado bien, decía la desinformación masiva, la economía ha empezado a recuperarse y ello ayudará a Estados Unidos para obtener por medios comerciales lo que tarda en conseguir por la vía militar, reforzando de paso a esta última. Pero durante los primeros meses de 2004 la segunda mentira tuvo la misma suerte que la primera.

La guerra en auxilio de la economía

La ilusión militarista se apoyaba en un mito, el de la hegemonía militar absoluta de Estados Unidos, y en una enseñanza económica obsoleta, la del keynesianismo blindado.

En el primer caso se trataba de un reduccionismo tecnológico ignorante de otras componentes esenciales de dicha hegemonía, como el estado psicológico de la población colonizada, la existencia o no de grupos sociales colaboracionistas importantes, de rivalidades internas (étnicas, religiosas, regionales) que podrían ser eventualmente exacerbadas por el ocupante para así dominar sobre una sociedad dividida (como ocurrió en el caso yugoslavo). También cuenta la capacidad imperial para remodelar de manera colonial a la economía conquistada y para desactivar o aislar los focos de resistencia. Tener armamento superior no alcanza, más aún cuando las tropas ocupantes carecen del espíritu de combate necesario para enfrentar a una resistencia extendida y heroica, muy enraizada en la población. Tampoco esa demostración de poderío militar fue capaz de arrastrar al resto de Occidente, el quiebre de la OTAN señalaba que el Imperio estaba perdiendo el liderazgo indiscutible del centro del mundo.

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El contramodelo cubano. Un muerto que goza de buena salud

Jorge Beinstein

La economía cubana, por la que luego de la implosión soviética nadie daba un céntimo, ha salido de su gravísima crisis y crece desde hace un lustro a ritmo sostenido. Los problemas están lejos de haber sido resueltos, pero el gobierno y la sociedad `‑ esa pequeña isla han atraído inversiones y diversificado su producción, incluso energética, manteniendo un Estado fuerte, severas regulaciones y lo esencial de sus conquistas sociales. Todo ello a pesar de la intensificación del bloqueo de Estados Unidos, que habla apostado a un rápido hundimiento de la revolución.

A comienzos de los ’90, luego del derrumbe soviético dos acontecimientos solían ser presentados como inminentes: la descomposición china y la debacle de Cuba. Los medios internacionales confrontaban las penurias chinas con la emergencia de tigres y dragones asiáticos, paraísos del nuevo capitalismo. La comparación regional mostraba al país comunista abrumado por la burocracia mientras las inversiones fluían alegremente hacia Filipinas, Corea del Sur o Indonesia. Pero ya a mediados de la década, la expansión económica china ‑con más aportes externos de capitales que el conjunto de naciones emergentes asiáticas‑ no podía ser ignorada. En 1997 llegó la crisis que arrasó con los países modelos de la región, pero China siguió creciendo a tasas anuales espectaculares.

El caso cubano es aún más llamativo, ya que si en el anterior podía ser esgrimido el argumento de la inmensidad del país, de su aparato dirigente, de las masas humanas encuadradas por el Partido Comunista Chino, con Cuba nada de eso es válido. Se trata de un Estado pequeño (unos 11 millones de habitantes), pobre en recursos naturales, con fuerte dependencia de los suministros externos de petróleo, alimentos y una amplia gama de insumos productivos indispensables. ¿Que ocurrió? ¿Por qué no sufrió el mismo destino que el conjunto de naciones del bloque soviético, al que estaba estrechamente integrado? Hacia fines de los ’80, cerca del 85% del comercio exterior de la isla era realizado con ese grupo de países, pero a comienzos de los ’90 la vinculación se quebró y desaparecieron de la noche a la mañana cuantiosas inversiones productivas, el suministro de combustibles, de materias primas y el apoyo militar que le servía de seguro frente ala hostilidad de Estados Unidos. También la gran referencia ideológica y política que mostraba a los cubanos que su aislamiento regional y la tozudez del enemigo estadounidense eran gradualmente superados por sus aliados socialistas, cuya influencia se iba extendiendo por el planeta. La URSS desapareció, hundida en el fracaso. Estados Unidos creyó entonces, luego de tres décadas de confrontación ininterrumpida, que era el momento del golpe de gracia y agravó el bloqueo, ahogando aún más a esa pequeña economía.

En 1989 las exportaciones de Cuba llegaban a 5.400 millones de dólares y las importaciones a 13.500 millones, pero en 1994 las primeras habían descendido a 1.300 millones y las segundas a 3.600 millones.[1] El déficit comercial ‑un mal crónico‑ seguía, pero ahora alimentando a un sistema productivo notablemente reducido. Durante el periodo 1989‑93 el PBI y la productividad del trabajo cayeron a un ritmo anual real promedio del 12% [2] y el impacto sobre la población fue devastador: el consumo per capita de carne cayó de 39 Kg. en 1989 a 21 en 1994; el de pescados de 18 a 8 Kg.; el de productos lácteos de 144 a 53 Kg.; el de hortalizas de 59 a 27 Kg..[3] La penuria energética, provocada por la desaparición de los suministros soviéticos de petróleo, aparecía como el hecho más espectacular de un panorama de desastre. La economía estaba al borde del derrumbe, la revolución parecía haber entrado en su hora final, la mayor utopía latinoamericana del siglo XX agonizaba.

En América Latina, mientras tanto, la combinación de liberalismo económico y democracia formal aparecía como una marea irresistible. Algunas voces críticas alertaban acerca de las crecientes desigualdades que acarreaban esos modelos acompañados por regímenes políticos corruptos y elitistas donde la participación de las clases bajas era inexistente, pero eran sepultadas por el triunfalismo reinante.

México era presentado corto el ejemplo a seguir, con sus privatizaciones y apertura a la entrada indiscriminada de capitales bajo el liderazgo de Carlos Salinas de Gortari. En Argentina, el peronismo habla regresado al poder, pero sepultando su vieja historia nacionalista adoptaba el liberalismo extremo, eliminaba las barreras proteccionistas, vendía las empresas estatales, restringía la seguridad social y la legislación obrera. En Perú, Alberto Fujimori abría las puertas al capitalismo salvaje y liquidaba el peligro guerrillero.

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