Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Democracia participativa en Brasil

Joan Tafalla

El proceso de constitución del nuevo proletariado surgido del boom económico del llamado “milagro brasileño” en clase autónoma, con proyecto político propio y con la creación del “Partido dos Trabalhadores” (PT), en 1979, la Central Única dos Trabalhadores (CUT), en 1983, y, también en la misma onda, del Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST), en 1985, coincidiendo com el “proceso de liberalización política” (“transição à brasileira”), es el marco político en que se desarrolló una concepción de la democracia en la izquierda brasileña que, desde aquellos años, ha ido desarrollándose de forma original y muy contextualizada. A pesar de la irreductibilidad de un fenómeno tan complejo y de la dificultad de su exportación mecánica, esta experiencia democrática merece ser conocida para extraer de ella criterios y filosofia política válidos más allá del contexto brasileño. No podemos entrar a resumir aquí los hitos que marcaron el camino de esta constitución de clase por razones de espacio, aunque sería de interés si queremos realmente contextualizar este proceso, analizar las condiciones de posibilidad de un fenómeno social y de masas tan amplio como la democracia popular brasileña. Aquí a duras penas podremos entrar en algunos de los elementos centrales del debate político.Centramos la atención en este artículo y en  el conjunto del dossier,en las experiencias institucionales que no resumen ni  agotan la totalidad del proceso democrático brasileño ya sea en el movimiento sindical, en el MST o en otros movimientos sociales[1].

El PT y la democracia

Las condiciones de nacimiento del PT no pueden ser más sorprendentes a los ojos de un europeo. Entre otras cosas se puede resaltar la siguiente:el PT fue legalizado cuando aún existía la dictadura militar, aprovechando las grietas legales. Tenemos pues, un partido con la estructura quizás más democrática y plural de América Latina, naciendo en un contexto de dictadura. Una dictadura en crisis pero  dictadura al fin y al cabo.

En la “Carta de principios del PT”, publicada el 1 de mayo de 1979 podemos leer: “El PT afirma su compromiso con la democracia plena ejercida directamente por las masas, pues no hay socialismo sin democracia ni democracia sin socialismo”[2]. Esta idea se desarrolla en el Manifiesto del PT de 10 de febrero de 1980, que en su apartado “Por la participación política de los trabajadores”, afirma: “El PT pretende que el pueblo decida qué hacer con la riqueza producida y con los recursos naturales del país. Las riquezas naturales sólo han servido hasta hoy a los intereses del gran capital nacional e internacional, deberán ser puestas al servicio del bienestar colectivo. Para esto es necesario que las decisiones sobre la economía sean sometidas a los intereses populares. Pero estos intereses no prevalecerán mientras el poder político no exprese una real representación  popular, asentada en las organizaciones de base, para que se haga efectivo el poder de decisión de los trabajadores sobre la economía y los demás niveles de la sociedad”[3].

El proyecto petista de sociedad, que va más allá de la afirmación de la democracia representativa y inicia una reflexión sobre la democracia directa, no es un elemento voluntarista de algún teórico aislado de la realidad sino que surge de uno de los procesos de movilización social más amplios, duros y masivos que se conocen en los últimos treinta años a nivel mundial. La intensa movilización obrera y popular en Brasil, especialmente en la década de los años 70 y primera mitad de los 80, a partir de y dando lugar a numerosas organizaciones sociales en defensa de habitación, salud, educación, transporte, de los derechos de la mujer, la infancia, negros, indios, homosexuales, dá lugar a creaciones tan potentes como el proprio PT, la CUT y el MST. Es precsio resaltar aquí la importancia de la Teologia de laLiberación y de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) y de las Pastorales Sociales en este proceso. Una parte muy importante de los dirigentes del PT, de la CUT  y, posiblemente más aún, del MST, vienen de esta experiencia de organización y de mobilización. Según  Frei Betto, en una entrevista que nos concedió: “no  hay lideres nacionales expresivos que no hubieran  pasado per las CEBs”. Quizás exagerado, pero lo cierto es que si no  formaven parte deesemovimiento, no estaban muy lejos del mismo. Un partido que hunde sus raíces en un suelo nutricio tan movilizado y autoorganizado, no podía crecer con una concepción dirigista o sustituista de las energías populares. Dificilmente podía adoptar una concepción de la democracia formal y representativa, como han hecho diversas fuerzas de la izquierda europea, pasando en muchos casos de los dogmas del marxismo-leninismo al acatamiento de las fórmulas y procedimientos de la democracia representativa sin más preocupaciones.

El PT sostiene una visión de la política , de la democracia y de la transformación social basada en la democracia participativa, asentada en la tradición de la democracia directa. Es una propuesta que se basa en la propia experiencia de constitución del partido, previamente en un vasto movimiento asambleario y participativo, en sindicatos, barrios  y, como ya se ha dicho, en grupos cristianos de base y, también, de experiencias partidistas alternativas a las clásicas de la ortodoxia moscovita, pekinesa o albana; y  también directamente en la forma misma de constitución del PT, a partir de grupos y debates abiertos sobre y desde el trabajo y la lucha. Ese era el mandato de la sociedad civil alternativa que reclamaba la formación de una representación política que articulase en proyecto nacional las aspiraciones de clase.

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Democratización del Estado: la experiencia del Presupuesto Participativo

Raul Pont

El texto que sigue es la transcripción de una conferencia del alcalde de Porto Alegre (POA), Raul Pont, con el título: "Democratización del Estado: la experiencia del Presupuesto Participativo", que tuvo lugar en el Seminario de Economía Política en la Universidad Federal de Río Grande del Sur (UFRGS), durante un congreso de la Sociedad Brasileña de Economía Política, el 14 de julio de 1999, en POA. El texto, en portugués, fue amablemente cedido por el propio Raul Pont al responsable de la presente traducción y adaptación, Pep Valenzuela.

Nuestra experiencia del Presupuesto Participativo (OP, siglas en portugués) está íntimamente ligada a una concepción que marca la sociedad, o sea, comprender la íntima relación entre la economía y la política sin caer en una visión meramente tecnocrática o que restrinja esta relación a una mera aplicación de algunas fórmulas matemáticas o a un proyecto y propuestas que desconozcan las consecuencias que tienen paras las personas que viven en una ciudad, un Estado, un país. La ciencia social es una ciencia donde nosotros somos los propios cobayas, por tanto, tenemos que tener mucho cuidado con eso.

Es conocida con ese nombre de OP, pero tiene una concepción que está ligada al programa del partido (Partido de los Trabajadores). Es una concepción del partido y del frente político que gobierna la ciudad, hace ya tres mandatos. En este sentido, quería establecer algunas preliminares, para que eso pueda ser comprendido. Cuando llegamos al gobierno, teníamos algunas visiones, previas, que partían del presupuesto de la necesidad de ir más allá de aquello que nosotros conocemos en el país como democracia representativa.

Es evidente que la democracia representativa es mucho mejor que el régimen autoritario, dictatorial, pero también genera muchas debilidades, favorece una cierta burocratización; aparta al ciudadano de la "cosa pública" o permite que él se aproxime a ella apenas periódicamente. Nuestra preocupación era cómo hacer algo que retomase una tradición histórica de la humanidad y, principalmente, una tradición histórica de la izquierda: la experimentación, la búsqueda en torno de un proceso más sustantivo de democracia. Recuperar una visión de la democracia como algo mucho más participativo de lo que es el puro hecho de llamar a los ciudadanos a ejercer el derecho a voto y delegar, de 4 en 4 años o de 8 en 8 años, para ejecutivos, parlamentarios, el poder de decidir.

Entendemos que eso es insuficiente, que tenemos que marchar en la búsqueda de formas que envuelvan más a la comunidad, que permitan al ciudadano tener un mayor control sobre el poder público. Es en ese sentido es que digo que nosotros retomamos una idea muy querida, una idea de los grandes momentos en que la humanidad pensó esa relación de la sociedad con el Estado. En cierta forma, ese ha sido el grande debate sobre la democracia en los últimos siglos. Para retomar algunos momentos marcantes de eso, vale la pena recordar todo el debate sobre los regímenes constitucionales, sobre las concepciones del proceso de representación, de delegación, donde destacan grandes teóricos de los regímenes constitucionalistas modernos y otros autores del mismo período, especialmente en el caso de Rousseau, donde esta cuestión estaba íntimamente ligada con aquello que debería ser un verdadero concepto de democracia: la idea de que, cuanto menos delegación, cuanto menor fuera el grado de delegación de poder y cuanto más el pueblo o la sociedad organizada pudiera ejercer la soberanía de sus decisiones, esto es mejor y nos aproxima más de un régimen efectivamente democrático que los proceso de delegación representativa.

En aquel momento, nosotros teníamos eso en la mente, sin tener, sin embargo, ninguna experiencia práctica, cualquier experiencia, ni en el conjunto de Brasil, que se aproximase a eso. Nosotros no teníamos una tradición, como en otro lugares, en Europa principalmente, experiencias de autogestión, experiencias de gobierno con base en conceptos de democracia directa, como fue el caso de un pequeño periodo, aunque riquísimo en experiencias, inmediatamente después de la Revolución Rusa.

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Develando el holograma del poder

Introducción

En el número 7 de Rebeldía, el Subcomandante Insurgente Marcos publicó un artículo titulado: “El mundo: siete pensamientos en mayo de 2003”. En la introducción del mismo se plantea que esta contribución representa una aportación del zapatismo a la elaboración de una agenda de discusión, que no de puntos de acuerdo. Esta contribución reafirma la visión que varios hemos planteado de que desde el inicio de la insurrección zapatista del 1 de enero de 1994 se vive un proceso de reanimamiento de un debate indispensable para el desarrollo de un pensamiento emancipador. Esto se debe no únicamente a que la insurrección estalla en el momento en que los teóricos del capitalismo mundial cantaban las glorias al fin de las teorías revolucionarias o rebeldes sino a algo aún más significativo: ese avance del pensamiento de la derecha no era producto principalmente de su fuerza sino del callejón sin salida al que había llegado el pensamiento de la izquierda. El zapatismo abrió una brecha, por la cual se generó un proceso de reorganización del movimiento social y, en función de lo anterior, una discusión teórica plural. Aunque es necesario señalar que ésta avanza más lentamente que el primero. En ese marco, el texto arriba citado permite ubicar algunos puntos centrales de discusión. Muy probablemente no sean los únicos, ni forzosamente se tendrá que estar de acuerdo con lo que en ellos se expresa, pero su importancia es innegable. Por eso y para provocar una discusión mayor es que comento el tema 2 de ese documento: “El Estado nacional y la polis”. 1. “En el agónico calendario de los Estados nacionales, la clase política era quien tenía el poder de decisión. Un poder que sí tomaba en cuenta al poder económico, al ideológico, al social, pero mantenía una autonomía relativa respecto a ellos […] Balance de administración, política y represión, una democracia avanzada. Mucha política, poca administración y represión encubierta un régimen populista. Mucha represión y nada de política y administración, una dictadura militar”. La vieja clase política, que actuaba en los marcos de los Estados nacionales, tenía el poder de decisión sobre una serie de elementos fundamentales de la vida nacional. Su poder contaba con algunos márgenes de autonomía relativa que le permitían “ver más allá”. Aquí nos encontramos con la descripción de cómo funcionaba en la prehistoria (el siglo XX) el poder político. Los políticos profesionales de esa época se veían a sí mismos y eran vistos por la sociedad como estadistas, capaces de unir a la nación por objetivos determinados. Esto no les otorga ningún tipo de simpatía. La descripción no implica aval. Más aún. La dificultad para enfrentar ese tipo de poder político era mayúscula, en tanto ese poder contaba con bases de legitimidad y de consenso muy fuertes, lo mismo que la utilización de mecanismos de coerción cuando el consenso se fracturaba. La política era entendida como un arte, el arte de engañar, esconder, hacer pasar gato por liebre. Los estadistas eran auténticos magos que llevaban a cabo actos de prestidigitación, ante los ojos atónitos de la ciudadanía. Y cuando esos actos no funcionaban tenían la posibilidad de utilizar la represión para retomar el camino anterior. Atrás se contaba con una forma de organización de la vida económica, social y política que le daba sustento a ese tipo de poder. Indudablemente, ese poder estaba diseñado para garantizar la propiedad privada, las ganancias privadas y los niveles de explotación y opresión; lo que sucedía era que la forma para garantizar dicho dominio estaba íntimamente relacionada con la idea de presentarse frente a los ciudadanos como neutrales o simples árbitros entre los conflictos sociales. Existe una relación estrecha entre el fordismo productivo, el Estado benefactor, el incremento del consumo de los trabajadores y la existencia de una clase política que ubica su espacio de desarrollo en función de las fronteras nacionales. Esa clase política es hoy pieza de museo, su transformación ha sido paralela al proceso de reorganización productiva, a la eliminación del Estado benefactor y a la crisis del consumismo de los trabajadores. Pero, desde luego, también esa clase política, lo mismo que todos los otros factores que hemos descrito, tenía como objetivo frenar los procesos revolucionarios que se habían venido desarrollando como consecuencia del triunfo de la revolución Rusa. 2. “La globalización, es decir la mundialización del mundo […] encontró medios y condiciones para destruir las trabas que le impedían cumplir con su vocación: conquistar con su lógica todo el planeta”. La globalización significa, entonces, antes que nada, la política seguida por el poder para romper con una serie de viejos paradigmas, con el objetivo de que los señores del dinero no tan sólo reinen sino que también gobiernen. La idea que estaba atrás era que los viejos Estados-Nacionales y la vieja clase política habían cumplido su papel y que ahora, libres de la amenaza de la revolución socialista, lo que seguía era conquistar el planeta pasando por destruir las trabas que el viejo Estado-Nacional le imponía, o para ser más preciso, resolviendo la antinomia fundamental con la que ha sobrevivido el capitalismo, desde su origen: ser el primer sistema de producción que tiene como esencia la conformación de un sistema-mundo (internacionalización del capital) y tener que construir Estados nacionales como la herramienta esencial para su conformación, dominio y hegemonía. Ese proceso de globalización ha significado, en la práctica, la rendición del viejo Estado-Nacional, en todos los terrenos: político, militar, ideológico y económico. El neoliberalismo ha pasado sobre el Estado nacional de la misma manera que pasa el conquistador por las tierras conquistadas, pisando todo lo que encuentra a su paso. Esto ha generado dos dinámicas: la de los enamorados de este impresionante viento, que en la práctica significa la nueva modernidad, y la de los despechados y nostálgicos del pasado. Entre los primeros están los que sin quererlo o queriéndolo, al narrar la gesta de conquista del neoliberalismo, elaboran una oda a un proceso que ha significado ya millones de asesinados, millones de muertos de hambre, millones de enfermos de las nuevas epidemias, etcétera. Y, por otro lado, los que aferrados a los viejos esquemas de pensamiento, añoran al viejo Estado Nacional (normalmente estamos hablando de un sector importante de pensadores de izquierda), en tanto éste les daba la seguridad y la certeza sobre el quehacer político, su internacionalismo llegaba hasta sus fronteras nacionales y a lo más que se podía llegar era a mantener una política de solidaridad. La IV Guerra Mundial se manifiesta como una confrontación entre la globalización y los Estados Nacionales. Los casos de las guerras de los Balcanes, de Afganistán y de Irak no son sino el inicio de ese proceso. Los Estados Nacionales más débiles por su conformación original son simples observadores de esta dinámica, mientras que los Estados Nacionales más fuertes, a pesar de sus molestias, no son otra cosa que clientes respondones de la globalización. 3. “El nuevo orden mundial sigue siendo un objetivo en el orden de batalla del dinero, pero en el campo yace ya, agonizando y esperando la llegada de auxilio, el Estado Nacional”. Al otro día de la caída del muro de Berlín y, desde luego, inmediatamente después de la caída de la Unión Soviética, George Bush padre decretó el inicio de un nuevo orden mundial. Sin embargo estaba claro quién era el derrotado pero no quién era el triunfador. El viejo orden mundial (el bipolar) había generado una inercia que permitía la estabilidad. La competencia intercapitalista desde luego existía, pero de alguna manera estaba subordinada a la lógica de la confrontación bipolar. El mejor símbolo de lo anterior era la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Desde luego, a Francia o a Alemania no les gustaba mucho depender en el terreno militar de Estados Unidos pero no tenían otra opción, tanto por la situación en la que quedaron después de la segunda guerra mundial como por el profundo temor que les creaba la existencia de la Unión Soviética. Los gobiernos capitalistas trabajaron duro para el rompimiento de ese viejo orden, pero no estaban del todo preparados para gestionar sin problemas el surgimiento de un nuevo orden. Eliminado el enemigo (el otro) que los unía, ahora se desataban todas las fuerzas internas dando paso a una feroz competencia, con el debilitamiento extremo de los Estados nacionales. La vieja clase política es así sustituida por lo que el Subcomandante Insurgente Marcos llama la “sociedad del poder”. Ésta “no sólo detenta el poder económico y no sólo en una nación” sino que actúa más allá de una nación y más allá del poder económico. Es decir, busca sustituir al viejo Estado Nacional y su poder rebasa el meramente económico por medio del control de los organismos financieros internacionales, mecanismo ideal para controlar países enteros, medios de comunicación, centros educativos, etc. En especial los organismos financieros internacionales han jugado un papel clave en el estallido de crisis sumamente graves. En el caso de los Estados Nacionales latinoamericanos esto fue preparado desde la década de los años ochenta. La crisis de la deuda permitió conseguir una injerencia más significativa y menos costosa que las intervenciones militares del pasado o que el financiamiento de los golpes militares. Todos los países latinoamericanos fueron cediendo espacios fundamentales de soberanía al aceptar las cartas de intención elaboradas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM), al establecer los planes de ajuste, al autonomizar los bancos centrales, al aceptar el remate de sus bienes nacionales, etcétera. En el campo de una batalla nunca declarada quedó el viejo populismo nacionalista latinoamericano, la vieja concepción de una izquierda nacionalista que pensaba que el socialismo solamente se podía realizar aliándose con la burguesía nacional. Ambas corrientes cayeron en la dialéctica de aceptar un poco para ir aceptando todo poco a poco. Un viejo partido nacionalista o una corriente de izquierda tradicional pueden llegar al gobierno de su país, pero su espacio y su tiempo están determinados por la incapacidad que demostraron frente al viento arrasador del neoliberalismo. Y, al revés, a la “sociedad del poder” le importa poco quién gobierna (la derecha o la izquierda), lo que le importa es que siendo una u otra, no se salgan del script diseñado por ella sobre cuál es su papel en la nueva división internacional del trabajo. Hace años, si un partido de izquierda ganaba las elecciones y asumía un gobierno, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos inmediatamente comenzaba su trabajo de desestabilización. Hoy, si no se sale de los marcos prefijados, es mejor recibirlo en la Casa Blanca, invitarlo a los foros internacionales de los hombres del dinero (posiblemente Davos sea la capital de la “sociedad del poder”) e incluso señalarlo como uno de sus mejores alumnos. 4. “La “sociedad del poder” desea un Estado Mundial con un gobierno supranacional, pero no trabaja en su construcción”. Desde luego, desde hace muchos años, los ideólogos de la globalización neoliberal saben que la única manera para resolver la antinomia que marca al capitalismo desde el inicio es construir un Estado supranacional, pero ese conocimiento no sirve de nada; en dado caso permite la creación de fuegos artificiales que buscan nublar la capacidad de análisis. El Estado supranacional no existe y ni siquiera lo podemos encontrar en el orden del día de la “sociedad del poder”. Representa una borrachera para los señores del dinero, se habla mucho de él en las fiestas pero una vez que la borrachera pasa se elude el tema, incluso se tiene cierta vergüenza de lo que irresponsablemente se llegó a decir. La cuestión es que no se da ese paso pero en cambio se han dinamitado las bases de sustentación del Estado nacional. El viejo orden ya no existe, pero en su lugar no se ha construido un nuevo orden; más claro aún, el viejo orden de los Estados nacionales ya no existe pero el orden del Estado supranacional no existe y más aún no se trabaja en su construcción. Eso permite la existencia de una fase mórbida en que algunas veces se busca refugio tímidamente en el cascarón de los viejos Estados nacionales y eso es inmediatamente interpretado por sus añoradores como un signo inequívoco de que el viejo orden se mantiene. En realidad se trata más de un wishful thinking que los viste de cuerpo entero. La reciente guerra en contra de Irak evidenció estos dos procesos: por un lado, los Estados nacionales se mostraron completamente ineficaces para enfrentar la situación a partir de las viejas herramientas heredadas del viejo orden mundial; en especial la Organización de las Naciones Unidas (la organización de los Estados nacionales) fue totalmente inoperante e ineficaz. Por otro lado, la inexistencia de un Estado supranacional permitió que esa guerra provocara una fractura en la misma “sociedad del poder”, en tanto los roles económicos a jugar no están ya definidos y sobre todo no son definitivos. Más aún, cada quien se vio obligado a recurrir a sus cascarones para buscar una renegociación en la repartición de la riqueza de los nuevos territorios a conquistar. Y, en este nivel, el problema de los energéticos es clave. Pero, más allá, la carencia de una nueva estabilidad permite que la hegemonía económica siga en disputa. La cuestión es que el desequilibrio militar está siendo utilizado por los señores del dinero de Estados Unidos y sus aliados europeos para controlar los recursos estratégicos en una fase del capitalismo donde el control de esos recursos cobra una importancia más grande que nunca. La inexistencia del Estado supranacional permite que la competencia intercapitalista no tan sólo se mantenga sino que se haga más virulenta que nunca. 5. “El Estado Nacional de la sociedad del poder sólo aparenta un vigor que mucho tiene de esquizofrenia. Un holograma, eso es el Estado Nación en las metrópolis”. Si como algunos suponen, el debilitamiento y la crisis de los Estados nacionales son fenómenos que se reducen a los países del llamado tercer mundo, mientras que en las metrópolis lo que se vive es un fortalecimiento y más aún una extensión de los Estados nación, entonces es difícil de entender lo que sucedió con Francia, Alemania, Rusia, Bélgica, etcétera, frente al unilateralismo norteamericano. La incapacidad del Consejo de Seguridad de la ONU para frenar la guerra, en última instancia revela la crisis y la debilidad. Pero incluso en el campo de los triunfadores la situación no es muy diferente. Pensar que el más viejo de los Estados nacionales, Gran Bretaña, vive una fortaleza es cerrar los ojos ante su profunda debilidad. Un solo ejemplo. Un poco después del 11 de septiembre, cuando George Bush hizo un homenaje a los bomberos neoyorquinos en el Congreso norteamericano, entre los asistentes estaba Tony Blair, quien fue presentado y tratado no en su calidad de jefe de Estado, sino en el mismo nivel del jefe de la policía de esa ciudad. Gran Bretaña no es otra cosa que una extensión de los territorios de Norteamérica. Es un nuevo barrio de Manhattan. Pero el mismo Estado norteamericano ha sido víctima de un asalto por parte de los señores del dinero. Ese proceso tuvo su punto culminante con el fraude electoral que permitió que Bush fuera nombrado presidente. La conformación de su gabinete fue la demostración de que el golpe de Estado que se había llevado a cabo, no había sido realizado por la vieja clase política republicana sino por los grandes consorcios económicos, en especial los que están vinculados a las empresas petroleras y armamentistas. Desde luego, la ideología que se está utilizando es ultra nacionalista. Es imposible pensar que se puede conquistar el apoyo mayoritario de un pueblo confesando que se llevará a cabo una guerra para quedarse con la segunda reserva petrolera del mundo o que se va a enviar a los soldados norteamericanos para hacer más poderoso a un puñado de multimillonarios. Se tuvo que inventar que la nación norteamericana estaba en peligro. Pero eso es ideología pura. Como nunca antes en la historia los objetivos de la guerra estaban vinculados a una serie de empresas trasnacionales y como nunca el objetivo fue perjudicar a otras empresas trasnacionales. Claro, en medio existía un Estado nación, un pueblo, una cultura, una forma de vida, pero todas esas cosas (para los señores del dinero) son total y absolutamente prescindibles. El holograma del Estado nacional nos da una imagen nacionalista distorsionada. Deconstruir ese holograma es una de las tareas más ingentes. 6. “La Polis moderna […] sólo tiene de la clásica (Platón), la imagen superficial y frívola de las ovejas (el pueblo) y el pastor (el gobernante). Pero la modernidad trastocó por completo la imagen platónica. Ahora se trata de un complejo industrial: algunas ovejas se trasquilan y otras se sacrifican para obtener alimento, las “enfermas” son aisladas, eliminadas y “quemadas” para que no contaminen al resto”. El objetivo, ahora que el comunismo ha sido derrotado (así lo piensan en la “sociedad del poder”, extrapolando la derrota de los regímenes burocráticos poscapitalistas) no es disputar la mente y los corazones de los pobres; tampoco competir con otro sistema económico para demostrar que los trabajadores pueden tener mejores condiciones de vida bajo el capitalismo; mucho menos pensar en cómo asegurar que los viejos tengan condiciones favorables de retiro, o que los enfermos por el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida puedan tener acceso a la seguridad social y a medicinas baratas y de calidad. Todos esos elementos que fueron llevados a cabo por los viejos Estados nacionales, (bajo su etapa de Estado benefactor, como una necesidad para limitar al capitalismo voraz en un mundo en que las revoluciones socialistas o de liberación nacional estaban a la orden del día) hoy no tienen razón de ser bajo la nueva lógica de la acumulación de capital. Los elementos coercitivos han sustituido en gran medida a los elementos de consenso. La humanidad, no una clase en específico, está en peligro de desaparecer. Y esto no es simplemente una visión terrorífica. Las nuevas armas de destrucción masiva, el impresionante desequilibrio ecológico (la desertificación, la escasez del agua, el hoyo de la capa de ozono, la destrucción de bosques y selvas…), las terribles pandemias, la extensión del hambre, etcétera, son los nuevos jinetes del Apocalipsis. Nada más que ahora cabalgan sobre el “desarrollo” de la técnica y el progreso. Pero, como para el capital neoliberal ya no hay enemigo global, nada de esto parece preocuparle lo suficiente para ameritar una intervención reguladora por parte del Estado; el pastor es carnicero y que el rebaño se apañe como pueda. 7. “La imagen de la ciudad rodeada (y amenazada) por cinturones de miseria y la imagen de la nación hostigada por otros países, se han empezado a transformar. La pobreza y la inconformidad (esas “otras” que no tienen el buen gusto de desaparecer) ya no están en la periferia, sino que se pueden ver casi en cualquiera de las urbes… y de los países. Quien gobierna la ciudad, sólo administra el proceso de fragmentación de la polis, en espera de poder administrar el proceso de fragmentación nacional”. La vieja relación centro-periferia se desvanece, no porque los niveles de opresión y explotación se hayan hecho más tenues sino exactamente al contrario. El fracaso del viejo capitalismo periférico (así fue conocido por muchos) en varios niveles —pero fundamentalmente en dos: fracaso de la cuestión agraria y fracaso de la industrialización— generó en un primer momento el crecimiento desmedido de las ciudades, pero en un segundo momento la huida del país. Los 250 millones de migrantes del mundo son el resultado de ese doble proceso. Esos 250 millones de migrantes han cambiado la conformación de las viejas clases obreras (simplemente observemos cuál es la composición de la actual clase obrera alemana o francesa), sus puntos de referencias, sus adquisiciones culturales, sus historias, sus identidades. Los “otros” se han colado por las paredes porosas de las nuevas polis, sobreviven sin integrarse. Cada vez más los “otros” cumplen una doble función: ser el motor de la acumulación de capital y paralelamente ser la fuente principal (o de las principales) del envío de divisas a sus países de origen. Una nueva clase obrera a la cual el viejo sindicalismo no le dice gran cosa. Los temidos “otros” son hoy uno de los factores claves del nuevo modelo económico neoliberal y al mismo tiempo los receptores de los odios racistas y clasistas de la “sociedad del dinero”. Por eso la guerra contra los “otros” es una guerra sin fin, pero también por eso es una guerra perdida. Y los otros no son sólo migrantes. En nuestro país, millones de “otros” salen hacia Estados Unidos, pero la mayoría aquí queda, y para el imperio ellos también forman parte de los “otros”. Son, por ejemplo, los millones de jóvenes sin trabajo que también viven en las polis al lado de los cotos de riqueza exclusivos para unos cuantos. Para defenderse de la irrupción masiva de los “otros”, las polis desarrollan sus programas de seguridad interna que representan auténticos planes militares estratégicos. “Cero Tolerancia” no es sólo un programa de seguridad, sino que es antes que nada una declaración de guerra contra los “otros”. En última instancia se están ensayando dos visiones: “cero tolerancia”, “cero atención” o “cero tolerancia, uno por ciento de ayuda”. Con el afán de entregar las polis a los señores del dinero, se duda del camino a seguir. Parecería que en los últimos tiempos los amanuenses del poder del dinero han llegado a la conclusión de que deben de establecer pequeños programas que otorguen cierta imagen de interés social. La ideología porrista está basada en la idea de que hay que otorgar caridad a los pobres mientras se les quitan todos los derechos sociales que antes habían conquistado (el derecho a la salud hoy está siendo contrarrestado por el seguro popular, el derecho al trabajo está siendo sustituido por la idea de la changarrización, el derecho a la educación hoy está siendo sustituido por el paulatino avance de la privatización…). Al final, dar el Pa’que te alcance o la ayuda a los miembros de la tercera edad es más barato que invertir en hospitales, escuelas, vivienda, etcétera. 8. Casi al final, el Subcomandante Insurgente Marcos se pregunta: ¿“Se podría pensar que de lo que se trata no es de “humanizar” el corral-fábrica-matadero de la polis moderna, sino de destruir esa lógica, arrancarse la piel de oveja y, sin ovejas, descubrir que el “pastor-carnicero-trasquilador” no sólo es inútil sino que estorba?” Parecería que sí. La otra visión sería una vuelta al pasado. Pero esto no aparece en el horizonte como una posibilidad para los señores del dinero. El proceso de globalización ha significado antes que nada una dislocación de las viejas formas de organización productiva, una movilidad nunca antes vista del capital y por ende del trabajo, una fragmentación de las relaciones laborales y de la misma fuerza de trabajo. Volver atrás significaría desmontar lo ya construido. ¿Cómo se puede humanizar lo inhumano? ¿Señalando los excesos y llamando a la comprensión a los que no tienen más religión que la ganancia? ¿Limando las aristas más filosas del neoliberalismo, repartiendo migajas, al mismo tiempo que se les entrega a los hombres más ricos el control de la Polis? ¿Cómo se puede pretender volver al pasado y luchar por un Estado benefactor, nacionalista, populista o como quiera que se le llame, si las bases económicas, sociales y políticas de esa forma estatal están siendo dinamitadas por la globalización neoliberal? ¿Y además luchar por ese tipo de Estado, que ya vimos que es imposible de revivir, aliándonos a los viejos políticos que lo detentaban, olvidándonos de su práctica a favor del capital, justificando nuestra ceguera al retomar el discurso demagógico que tenían como parte del control que ejercían sobre nuestros pueblos? Locos tendríamos que estar, por ponerlo de la forma más suave. Nosotros apostamos a que la única alternativa posible es la rebeldía, la que parte de la idea de que no tiene sentido gastar los esfuerzos en humanizar el crimen masivo. La rebeldía como fuerza creadora, como constituyente y soberana, como elemento civilizatorio. Esto de alguna manera significa reinventar las formas de lucha y de acción. Si el viejo Estado nacional es una herramienta mellada, las viejas formas de lucha que surgieron bajo el amparo de ese mismo Estado no tienen la misma efectividad del pasado. Desde luego entendemos lo anterior como un proceso, producto de la propia experiencia del movimiento social, en particular entre los trabajadores. Tema central sin duda, la necesaria reflexión sobre el mismo tiene hoy una importancia fundamental, no para un simple debate de ideas sino antes que nada para sacar conclusiones prácticas. El holograma del poder busca crear la imagen de que nada hay como alternativa, de que incluso las diversas alternativas pueden y deben ser encuadradas en su propio holograma. Romper con el holograma es romper con los tiempos y los espacios de la sociedad del poder. Creo que de eso se trata.

(Publicado en Rebeldia, México, julio 2003)

©EspaiMarx 2003

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El futuro de las ciudades en el nuevo orden internacional

Tarso Genro

Las megalópolis constituyen el centro de articulación política y cultural de la modernidad. El papel que ocuparán a partir del caos mutante, generado por la globalización neoliberal, todLas ciudades y lavía esta por ser resuelto. “Las ciudades, como los sueños, son construidas por deseos y miedos” – dice Ítalo Calvino, en su libro “Ciudades invisibles”. Los muros que las cercaban, en la antigüedad, y los condominios cerrados (véase nota del traductor) de la ciudad “postmoderna” son reflejos del miedo. El enemigo esta del otro lado del muro: siempre “reinventado”, para dar garantías a los que pueden transformar el miedo en necesidad y el deseo en separación.

Las grandes ciudades hoy se constituyen como territorios que contienen los eslabones de una relación conmutativa con el mundo. Por ellas transita una socialización de nuevo tipo, basada en el tiempo virtual y una nueva concepción de espacio, donde las partes desintegradas son siempre nuevas y cada vez menos sorprendentes. Ellas son el lugar físico donde las partes del espacio fragmentado componen mega – espacios locales y globales al mismo tiempo. En este no-lugar fluyen las formas fantásticas del capital.

La construcción de la ciudad refleja la construcción ordenada de la exclusión, que tiene como base la aceptación de la exclusión y su colaboración dentro de un “orden” urbano. Mike Davis, relata, de manera emblemática, el siguiente retrato de Los Angeles a partir de un episodio circunstancial: Así, con el director de la comisión de planeamiento de la ciudad explicó la línea oficial para los reporteros incrédulos, no lo es contrario a la ley dormir en la calle per se, ‘sólo cuando se alza alguna especie de chabola’ (…) esta represión cínica transformó la mayoría de los sin techo en beduinos urbanos. Ellos son visibles en todos los rincones del centro, empujando sus pocas y patéticas pertenencias en carros de supermercado robados, siempre fugitivos en movimiento, prensados entre la política oficial de contención y el sadismo progresivo de las calles del Centro”[1]

Para que la ciudad pueda ser objeto de una nueva subversión “democratizante”, que tenga el mismo potencial constitutivo de la ilustración, es preciso encuadrarla en una perspectiva de proyecto político de sociedad, o mejor dicho, de un nuevo proyecto civilizatorio, una nueva propuesta de orden. El rey de España, en sus instrucciones de 1513, para la conquista de la “tierra firme”, que abre el violento proceso colonial, fija el sistema de diseñará el futuro de las ciudades con base a su visión de orden, que mezcla miedo y deseo: “ vistas las cosas que para los asentamientos de los lugares son necesarias, y elegido el lugar más provechoso y en que abunden las cosas para el pueblo son necesarias, tienes de repartir los solares del lugar para hacer las casas, y deberán ser repartidos conforme las cualidades de las personas y serán inicialmente dados por orden: de manera que hechos los solares, el pueblo parezca ordenado, tanto en el lugar que deje la plaza, como en el lugar que tenga la iglesia, como en el orden que han de tener las calles; porque los lugares que, de nuevo se hacen dando el orden en el comienzo sin ningún trabajo ni coste se quedan ordenados y los otros jamás se ordenan”.[2]

Para discutir el destino de la ciudad globalizada – por lo tanto- es necesario responder antes, qué haremos de nuestro destino social colectivo. ¿Cuál es el “orden” que dispondrá, en el tablero de la sociedad, la aceptación o no de la exclusión y las jerarquías del miedo? En este orden cuajará un deseo movido por la solidaridad que subordina el miedo, o el – miedo – espontáneamente será “contención “ y “sadismo”.

La comprensión del destino deseado y humanizado abrirá el espacio político para un nuevo tipo de harmonía: o la ciudad es “subjetivada” por la comunidad, que desea de esta manera “re-finalizar” su modo de vida, dar otra finalidad a su existencia (diversa de los procesos semibárbaros de la postmodernidad)[3], o la ciudad será el orden del desorden: una ciudad jerarquizada por la fuerza al borde del caos siempre inminente.

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El cambio político (1962-1976) Materiales para una perspectiva desde abajo

Xavier Domènech Sampere

La historia social –tradicionalmente ocupada más en la historia de los de abajo que en la historia desde abajo–, se ha preocupado poco de interpretar la transición política, mientras que la historia política se ha ocupado aún menos de explicar la historia social de la transición. Y si lo primero es realmente sorprendente, ya que entre las mejores obras sobre el franquismo y el período de la transición se pueden contar las monografías de historia social, lo segundo no lo es tanto a juzgar por la calidad de la mayoría de historias políticas de la transición al uso.

Esta formación en paralelo de la historia social y política tiene una explicación fundada. Y es que el paradigma explicativo de la transición cumple, a la vez que una función “científica”, una clara función normativa en la legitimación de origen del orden político actual. Lo que pasó durante las oscuras horas de la dictadura y confusos años de la transición es fuente de legitimación política para instituciones –como la monarquía o la democracia tal como la conocemos– y discursos dominantes –la moderación, el centrismo como valor clave o la retórica de la modernización– que a pesar de su aparente solidez actual se movieron desde sus inicios en una gran debilidad real. Para poderse consolidar se realizó una operación de grandes implicaciones para la memoria histórica: se convirtieron estas instituciones y retóricas en los ejes claves de la transición. Emergió así una explicación histórica en la cual las elites se convirtieron en el motor explicativo del proceso que trajo las libertades políticas en España. Y en este proceso la historia social, sino contaba cosas de una mayoría que se ve que era silenciosa –a lo cual se prestaban gustosamente algunos sociólogos– , fue expulsada de la historia política.

Pero más allá de esto, surge un problema aún más grande, un problema de cariz pre-político y pre-científico para afrontar la transición desde la historia social. El carácter genético del período de la transición ha determinado su distorsión hasta el punto de hacer imposible verlo como un período propio, autónomo con relación a su pasado y preñado de líneas de futuro. Fijémonos tan sólo en la denominación del período, transición: Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto (Diccionario de la Real Academia). La palabra misma evoca su principio, el franquismo, y su fin, la democracia, pero nada nos dice sobre el mismo; es más, se considera que la única importancia del período se deriva por lo que devino, no por lo que pasó y menos aún por lo que podía haber pasado. No deja de ser curioso que en una ciencia con tantas prevenciones contra la teleología y el presentismo, este término se haya impuesto sin merecer ni una línea de reflexión. La transición es probablemente, más que ninguna otra etapa de nuestra historia, una construcción ideológica en la que se han confundido consecuencias –la monarquía, la supervivencia de elites políticas y sociales, la moderación, el centrismo– con causas; se ha construido una línea ascendente y única de un punto de partida a un punto de llegada, vaciándola de toda aquello que no indicaba su rectitud; y, en el proceso, el paradigma dominante ha eliminado, o ha subsumido como meras anécdotas, gran parte de las experiencias de la generación que la protagonizó en la memoria publicada, confundida a menudo con la memoria colectiva.

La necesidad de presentar la transición como un gran acto de reconciliación de las “dos” Españas nos ha llevado a una necesaria reinterpretación-deformación de nuestro pasado. Toda noción de conflicto colectivo, de lucha de fuerzas e imposiciones, fue abandonada para explicar el pasado y presente de España. Si la transición había sido posible fue desde el libre convencimiento racional de las partes –se diría que desde la república de las ideas puras, donde la realidad no llega a manchar–, régimen y oposición, que evolucionando a lo largo del tiempo habrían abandonado los maximalismos anteriores. El régimen vio en la llegada de un nuevo jefe de estado de talante demócrata contrastado la necesidad de avanzar hacia una democracia moderna; y la oposición abandonó las posiciones rupturistas desde la comprensión de su futilidad y aceptó el necesario entendimiento con unas autoridades con voluntad democrática, yendo hacia el pacto entorno a la ruptura pactada. Este es el núcleo central de la teoría o teorías de la transición, extremadamente reducido al intentar insertar en las elites de dos actores sociales (régimen y oposición) la complejidad de fenómenos que llevaron la democracia a España. Con el paso del tiempo, se han visto las limitaciones explicativas de este paradigma y se han establecido tres modelos que permiten ampliar sus prestaciones, uno se atrevería a decir que con un poco de zilitione. No es que la historia social haya establecido un nuevo modelo para reconceptualizar la transición, sino que, a la inversa, la historia política –o al menos las presunciones que la apoyan– ha asaltado la historia social del período, no sin cierta perplejidad por parte de los historiadores que provienen de esta tradición. Así se ha intentado, sin tocar el núcleo central del paradigma de la transición, establecer como mínimo tres modelos explicativos, y un cuarto posible que se empieza a vislumbrar en el horizonte, que aquí sólo mencionaremos brevemente, dado que no es nuestra intención realizar un artículo historiográfico. A) La transición por modernización económica[1]: según ésta, la triada mercado capitalista, Mercado Común y democracia es inseparable para explicar el cambio político. El desarrollo del mercado capitalista habría integrado en una solidaridad casi mecánica –en el sentido durkheimniano del concepto– lo que en la república era una convivencia imposible entre clases sociales. La demostración de esta integración, y su mayor garantía, era el anhelo de la gran mayoría de la población de entrar en el Mercado Común, como plasmación madura de una realidad que se empezaba a vivir en España. Y como resultado de todo lo anterior habría llegado la democracia. B) La transición por omisión del sujeto social[2]: en este caso se postularía que la máxima contribución que hicieron los sujetos sociales, los de abajo se entiende, al cambio político, fue precisamente no hacer nada. Ante la amenaza que la movilización obrera podía suponer para la llegada de la democracia, su principal virtud radicó en su capacidad de autocontrol. C) La transición de los de abajo es igual a los de arriba[3]: según esta muy reciente línea de interpretación, no sólo la “mayoría silenciosa” quería una transición tal como finalmente se dio –resguardo último de la legitimidad de toda teoría de la transición, y de la transición misma–, sino que los movimientos antifranquistas contenían en su seno y aspiraciones los mismos preceptos. D) Todo fue una cuestión de giro lingüístico[4]: esta última línea no reproduce, tiempo al tiempo, los análisis propios del giro lingüístico que han hecho furor en otros campos de la historia, pero mantiene algunos parecidos con ella: la centralidad del problema del lenguaje en la explicación del devenir histórico. De hecho esta línea, si es que de momento se puede catalogar ya como tal, emerge como consecuencia necesaria de todas las anteriores: si lo central que hizo la oposición y el régimen fue olvidarse –o echar al olvido– de un pasado tortuoso y establecer el consenso como valor supremo de la dinámica política, necesariamente lo realmente significativo para el cambio político de la historia de los movimientos de oposición no son sus luchas, ni las consecuencias de las mismas que en si no llevaron a nada, sino cómo aprendieron el “lenguaje de la democracia” que les enseñó a comportarse de una forma diferente a como lo habían hecho en el pasado. Ni que decir tiene que en absoluto estas líneas son contradictorias, ya que emergen del mismo tronco común, si acaso algunas podrán ser elaboradas –y algunas realmente lo son con brillantez– con más fortuna que otras.

En este artículo intentaremos ofrecer, en sintonía con las interpretaciones que han venido desarrollando autores como S. Balfour[5] o Carme Molinero y Pere Ysàs[6], entre otros, materiales interpretativos –basados en investigaciones realizadas para la área metropolitana de Barcelona, con lo que ya se comprueban todos sus alcances y límites– que pueden ayudar a entender de una forma diferente la relación de los movimientos sociales, específicamente el movimiento obrero[7], con el cambio político. Partimos de la presunción que esta relación va más allá del corto período donde ha sido encerrado por el paradigma de la transición y que tiene mucho que decir sobre el marco real en que se realizó. Se pueden delimitar, como mínimo, tres grandes períodos de esta relación: A) Un primera etapa que se iniciará con el renacimiento que vivirán los movimientos sociales, y especialmente el movimiento obrero, durante la década de los sesenta. Fue en este momento cuando una renovada acción colectiva habría hecho inviable la continuidad del régimen a largo plazo y redefinido los espacios y las posibilidades de la acción política bajo el franquismo. B) Un segundo momento, como etapa diferenciada y autónoma –en el sentido de un marco de acciones alternativas abiertas por la especificidad del período aunque construidas con los materiales del pasado reciente– que se iniciaría con la muerte de Franco y se cerraría con el referéndum para la reforma política. Es en este corto espacio de tiempo donde el movimiento obrero tendrá un papel activo, crucial, en el devenir de la historia española. C) Habrá aún un tercer momento, en el cual, una vez determinado el modelo de transición, el movimiento obrero dejó de tener una influencia determinante en el proceso político y de hecho su propia conformación pasó a ser más consecuencia que causa del mismo. La(s) teoría(s) de la transición han privilegiado el tercer momento en detrimento del primero y el segundo. Esto, que se entiende por su funcionalidad dentro de la propia teoría, ya que es la etapa de consenso, ha eliminado las etapa más activas de la relación entre movimientos sociales y cambio político. Las reflexiones que presentamos aquí, por el contrario, nos hablan del primer y segundo momento de esta relación.

Pequeños grandes cambios

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El Cuarto Reich

Kiva Maidanik

23 de julio del 2003

Diez tesis acerca del Imperio

Lo del desgaste del modelo neoliberal ya suena como verdad de Perogrullo. La etapa de su hegemonía casi absoluta quedó atrás en los años 90, durante la primera fase de la transición actual. Esa fue la fase fácil.

Al aparecer en nuestro mundo hace treinta años, precisamente a través de América Latina, por la estrecha puerta chilena, el neoliberalismo está demostrando hoy, aquí mismo con mayor nitidez, sus límites y su fracaso. En Argentina y Brasil, Ecuador, El Salvador, Uruguay, Bolivia, en la Venezuela de 1989-92, y de nuevo en la Venezuela del 2002-03, país campeón al respecto. Por algo se proclamó en América Latina, desde el Foro de Porto Alegre, el lema «otro mundo es posible».

Todo eso ya no pertenece al terreno de la discusión científica. Querría comenzar por donde termina el espacio de lo reconocido, planteando una «hipótesis de trabajo», sobre uno de los temas en discusión hoy, desde hace, a mi parecer, un par de años.

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El Manifiesto de los plebeyos

Babeuf que, había apoyado el movimiento de 9 de Termidor (que significó el fin del Comité de Salud Pública y la caida de los jacobinos robespierrista) se percató con bastante rapidez del sentido burgués del nuevo régimen que se construía y entró en contradicción con él. Ello le supuso la detención. Estuvo detenido hasta el 18 de diciembre de 1794. Para enmarcar el rumbo contrarevolucionario de Termidor, podemos citar que el 12 de noviembre ( 22 Brumario) había sido clausurado el Club de los jacobinos y que el 24 de diciembre (4 Nivoso), había sido abolida la ley del maximum. El conjunto de la política económica y social de Termidor fue de instauración del régimen capitalista de producción, el liberalismo económico más desatado. Como dice Guerin:’Se sacrificaba deliberadamente a los pobres…Al tiempo que se les quitaba el pan de la boca, privaban a los sans culottes de una de sus conquistas esenciales: la libertad política.’ El primero de abril de 1795 (12-13 Germinal del año III) se produjo una insurrección popular en Paris, como expresión de la desesperación popular que fue seguida de las jornadas de 1-4 de Pradial. La derrota del movimiento popular fue ya total. Por su parte, Babeuf había empezado a publicar su periódico ‘El Tribuno del Pueblo’ desde verano del 94, que siguió publicándose hasta el 24 de abril de 1796. A raíz de los artículos del Tribuno estuvo detenido entre febrero y noviembre de 1795,en Paris, en Baudets y en Arrás La cárcel le permitió realizar una reflexión sobre lo que estaba ocurriendo y trazar los planes de un nuevo proyecto político: establecer la igualdad de hecho. Babeuf, salido de la cárcel gracias a la amnistía concedida por el Directorio, reemprende inmediatamente la publicación de su periódico ‘Le Tribun du peuple’. Sus ideas sociales y políticas estaban claras y su Programa era coherente. Todavía era necesario propagarlas y continuar firme en las posiciones defendidas. Durante las semanas que separan la reaparición del ‘Tribun’ y el fracaso de la conspiración, Babeuf se comporta como un jefe de partido: designa los objetivos y critica los periódicos republicanos que pactan con el Directorio; contribuye eminentemente al renacimiento del movimiento democrático y a la organización de los grupos revolucionarios; denuncia la reacción y establece un balance en su periódico de los beneficios del ‘sistema de la igualdad’ y de las villanías dictatoriales. Sus últimas llamadas corresponden a la época en que fue construido el aparato insurreccional babouvista. Las frases apasionadas de Babeuf revelan a la vez la grandeza mesiánica del hombre y las incertidumbres de la tentativa. Babeuf presentó en el índice de su periódico el Manifiesto bajo el título ‘Extracto del gran manifiesto a proclamar para reestablecer la ‘igualdad de hecho’. Necesidad para todos los desgraciados franceses de una retirada al Monte Sagrado o de la formación de una Vendée plebeya’. En él se encuentra lo esencial de los proyectos socialistas y políticos de los babouvistas. Babeuf, que había constatado a su salida de la cárcel la desbandada popular y las vacilaciones de los demócratas, vió como una necesidad mostrar, lo más rápidamente posible, ‘lo que era necesario hacer’. En el Prospecto aparecido al mismo tiempo que el número 34 de ‘Le Tribun du peuple’, escribía: ‘Persuadido eternamente de que no se puede hacer nada grande sin todo el Pueblo, creo que es necesario aún, para hacer alguna cosa con él, mostrar- le continuamente ‘lo que es necesario hacer’ y temer menos los inconvenientes de la publicidad de los que la política se aprovecha, que contar con las ventajas de la fuerza colosal que delata siempre la política… Tenemos que calcular las fuerzas que se pierden dejando la opinión en la apatía, sin aliento y sin objeto, y todo lo que se gana activándola y enseñándole el ‘fin». Todo el número 34 de ‘Le Tribun du peuple’ que precede al Manifiesto, no es nada más que una llamada a la opinión para que despierte, a que no se deje ganar por aquellos que quieren llevar al movimiento popular por la vía de la moderación (Fouché, Barras, etc.) y para hablar, como a principios del siglo xx, de la vía de la ‘colaboración de clase y del reformismo’. El Manifiesto de los plebeyos, fue el pretexto para nuevas persecuciones contra Babeuf. ¡Patriotas! ¡Estáis un poco descorazonados!, ¡Me atrevería a decir que sois un poco pusilánimes! Estáis espantados porque sois muy pocos y teméis el fracaso. Pero acabáis de ver, y os lo han dicho, que queda muy poco que retroceder. ¡Vencer o morir!, no habéis olvidado que éste fue nuestro gran juramento. Vuestros enemigos os apresuran a llegar a la manos: y yo también. Procediendo de otra forma de la que ellos lo entienden, podéis salvar a la patria. Os haré ser, a pesar vuestro, valientes. Os forzaré a, llegar al enfrentamiento con nuestros adversarios comunes… ¡Hombres libres! No soy imprudente en absoluto… no soy prematuro en absoluto… Todavía no sabéis dónde y cómo quiero ir. Veréis pronto mi camino; y, o bien no sois demócratas, o juzgaréis que éste es el bueno y el seguro. En principio somos pocos obreros, es verdad; pero pronto habremos agrupado a los que hace falta. (… ) ¡Patriotas! Lo he hecho todo para haceros reconocer ‘atentos y convencidos’ la necesidad de detestar el régimen aristocrático bajo el que estamos encadenados, y para haceros ver, de una forma igualmente manifiesta, que solamente podréis vivir después del, retorno de la democracia, que ya habéis conquistado. Lo he hecho, porque he creído que ‘ha llegado la hora’ de emprender el combate entre vosotros y los pérfidos enemigos de un sistema equitativo. ¡Ahora sois vosotros quienes debéis forzar el combate! Esto es lo que yo he querido. Debe ser forzado, digo, porque vuestros enemigos no pueden desconocer, y vosotros mismos no lo podéis disimular, ‘lo que queremos’. Ya no tenemos tradición. Creo, he creído siempre, que si dejamos escapar este momento para llegar a las manos, no nos quedará por mucho más tiempo la esperanza de reconquistar este estado de libertad y de felicidad por el que hemos hecho tantos sacrificios. Que el gobierno, tan alabado por los republicanos y tan cordialmente aborrecido por los patricios y los monárquicos; que el gobierno justifique las esperanzas de unos y pague el odio de los otros con una retribución merecida. Que ayude, en lugar de impedir, los movimientos necesarios para devolver al pueblo sus derechos. Que los miembros del Directorio ejecutivo ‘tengan la suficiente virtud para minar su propio establecimiento’. Que se dediquen voluntariamente, y que sean los primeros en desdeñar, todo el andamiaje de la aristocracia ‘superlativa’, esta institución gigantesca que se sostiene siempre difícilmente, porque contrasta demasiado con los principios que nos han hecho hacer la revolución. Que rechacen todo este aparato, toda esta pompa veneciana, esta magnificencia casi monárquica , que escandaliza a nuestros ojos que sólo están acostumbrados ya a admirar lo simple y lo que se acerca a la igualdad. Que protejan, en lugar de continuar persiguiendo, a los apóstoles de la democracia, y que dejen predicar libremente la santa moral. Que sean tan grandes como lo fueron Agis y Cleomena, en situaciones muy parecidas a la suya ( … ) Babeuf condena seguidamente la quietud de los demócratas y sus vacilaciones para combatir al gobierno. Muestra que su fin no es establecer un nuevo régimen político, sino un nuevo régimen social basado en la igualdad, del que no se puede diferir la llegada. (… ) Las instituciones tienen que asegurar la ‘felicidad común’, la comodidad de todos los asociados. Recordemos algunos de los principios fundamentales desarrollados en nuestro último número, en el artículo De la guerra de los ricos y de los pobres. Repeticiones de este género no aburren lo que interesan. Señalábamos que la ‘perfecta igualdad’ es de derecho primitivo: que el pacto social lejos de atentar contra este derecho natural, tiene que dar a cada individuo garantías de que este derecho no será nunca violado; que además, nunca deberían existir instituciones que favorecieran la desigualdad, la codicia, que pudieran permitir evadir lo necesario para unos, para formar lo superfluo para otros. Que sin embargo había sucedido lo contrario, que convenciones absurdas se habían introducido en la sociedad y habían protegido la desigualdad, habían permitido el despojo de la mayoría de la minoría; que existieron épocas en las que los resultados de estas asesinas reglas sociales, fueron que la universalidad de las riquezas se había concentrado en las manos de unos pocos; que la paz que es natural cuando todos son felices, entonces era necesariamente precaria; que la masa que no podía continuar existiendo, al no poseer nada, encontrando solamente corazones inhumanos en la casta que se había apoderado de todo, estos efectos determinaban la época de estas grandes revoluciones, fijaban los períodos memorables, predichos en el libro del Tiempo y del Destino, en las que el cambio radical en el sistema de propiedad se convierte en inevitable, donde la revuelta de los pobres contra los ricos es una necesidad a la que ya nada puede vencer. Nosotros hemos demostrado que en 1789, estábamos en este momento, y que es por esto que entonces estalló la revolución. Hemos demostrado que, después de 1789, singularmente desde 1794 y 1795, la aglomeración de las calamidades y la opresión pública habían hecho urgente la conmoción majestuosa del pueblo contra sus expoliadores y sus opresores… Babeuf utiliza seguidamente un conjunto de situaciones sacado de la historia republicana de Roma, para demostrar que en una situación parecida, a la que, en su opinión, conocía el pueblo de París en 1795, el no ‘respetar las propiedades’ era conforme a la naturaleza humana. (… ) No es la igualdad mental lo que necesita un hombre que pasa hambre o que tiene necesidades: la tenía, esta igualdad, en el estado natural. Repito, porque no es un don de la sociedad; y porque para limitar aquí los derechos del hombre, era mejor para él quedarse en el estado natural, buscando y disputando su subsistencia en los bosques o al borde del mar o de los ríos… La primera y la más peligrosa de las objeciones, además de la más inmoral, es el pretendido derecho a la propiedad, en su acepción común. ¡El derecho a la propiedad! Pero, ¿cuál es pues este derecho a la propiedad? ¿Se entiende por ello el derecho de disponer de ella a su agrado? Si se entiende así, lo proclamo en voz alta, es reconocer la ‘ley del más fuerte’, es engañar el deseo de la asociación, es recordar a los hombres el ejercicio de los derechos de la naturaleza, y provocar la disolución del cuerpo político. Si, por el contrario, no se entiende así, me pregunto cuál será la medida y el límite de este derecho, ya que al fin de cuentas es necesario uno. ¿No lo esperáis de la moderación del propietario? (…) (… ) ¿Queréis de buena fe la felicidad del pueblo? ¿Queréis tranquilizarlo? ¿Queréis ligarlo indisolublemente al éxito de la revolución y al establecimiento de la República? ¿Queréis acabar con sus inquietudes y sus indigestiones intestinas?, declarad hoy que la base de la constitución republicana de los franceses será el limite al derecho de propiedad. (… ) No es más en ‘los espíritus’ donde hay que hacer la revolución; no es allí donde hay que buscar el éxito: desde hace tiempo ya está hecha y es perfecta, toda Francia os lo atestigua: es ‘en las cosas’ donde es necesario que esta revolución, de la que depende la felicidad del género humano, se haga. ¡Eh!, ¿qué importa al pueblo, qué importa a todos los hombres un cambio de opinión que no les procure nada más que una felicidad ideal? Uno puede quedarse extasiado, sin duda, ante este cambio de opinión; pero esta beatitud espiritual sólo conviene a los buenos espíritus y a los hombres que gozan de todos los bienes de la fortuna. Les es bien fácil a éstos, embriagarse de libertad y de igualdad: también el pueblo bebió la primera copa con delicia, también se embriagó. Pero temed que esta borrachera no pasa y que, estando más calmado y siendo más desgraciado que antes, no lo atribuya a la seducción de algunos facciosos, y no se imagine haber sido el juguete de las pasiones o de los sistemas de la ambición de algunos individuos. La situación moral del pueblo no es hoy nada más que un sueño que es necesario realizar, y no lo podéis hacer de otra forma que haciendo ‘en las cosas’ la misma revolución que habéis hecho ‘en los espíritus’. (… ) ¿Es ‘ley agraria’ lo que queréis?, se alarmarán mil voces de hombres honestos. NO: es más que esto. Sabemos qué argumento invencible nos opondrían. Nos dirían, con razón, que la ley agraria no puede durar más que un día; que desde la mañana siguiente de su promulgación, se restablecería la desigualdad. Los tribunales de Francia que nos han precedido, han concebido mejor el verdadero sistema de la felicidad social. Han sentido que tenía que residir en instituciones capaces de asegurar de mantener inalterablemente la ‘igualdad de hecho’. La ‘igualdad de hecho’ no es una quimera. El ensayo práctico fue emprendido felizmente por el tribuno Licurgo. Se sabe cómo llegó a instaurar este sistema admirable, en el que las cargas y las ventajas de la sociedad estaban igualmente repartidas, en el que todos tenían lo suficiente, y en el que nadie podía esperar lo superfluo. Todos los moralistas de buena fe reconocieron este gran principio e intentaron consagrarlo. Los que lo enunciaron más claramente fueron, en mi opinión, los hombres más estimables y los más distinguidos tribunos. El judío Jesucristo no merece este título sino es en forma mediocre, ya que expresó demasiado obscuramente su máxima: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. Esto insinúa, pero no dice explícitamente, es que la primera de todas las leyes es que ningún hombre puede pretender legítimamente que ninguno de sus semejantes sea menos feliz que él . J. Jacques ha precisado mejor este mismo principio, cuando ha escrito: ‘Para que el estado social sea perfeccionado, es necesario que cada uno tenga lo suficiente'[1], y que ninguno tenga demasiado. Este corto párrafo es, en mi opinión, el elixir del contrato social. Su autor lo ha hecho tan inteligible como le era posible en el tiempo en que escribía y pocas palabras bastan a quien sabe comprender. Escuchar a Diderot, no dejará equívoco sobre cuál es el único y verdadero sistema de sociabilidad conforme a la justicia: ‘Hablad tanto como queráis -dice- sobre la mejor forma de gobierno, no habréis hecho nada en tanto no hayáis destruido los gérmenes de codicia y de la ambición.’ No es necesario ningún comentario para explicar que, la mejor forma de gobierno, es que sea imposible a todos los gobernadores convertirse en más ricos o más fuertes en autoridad que cada uno de sus hermanos; para que en una justa, igual y suficiente parte de las ventajas para cada individuo, se encuentren los limites de la codicia y de la ambición. Robespierre os dirá también, que éstas son las bases de todo pacto fundado en la igualdad de los derechos primitivos o de la naturaleza. ‘El fin de la sociedad -dice en su Declaración de Derechos- es la felicidad común -es decir, evidentemente, la felicidad igual de todos los individuos- que nacen iguales en derechos y necesidades.’ Y más lejos esta otra máxima de moral eterna: ‘No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti – es decir- haz a los otros lo que querrías que te hicieran a ti ( … ).’ Y, ¿no es a esto, a lo que, armado con la razón más soberana, Saint-Just, cuando parecía querer responder a sus verdades incontestables, daba una doble protección, al dirigimos estas importantes palabras a vosotros, Sans-culottes, oprimidos siempre?: ‘Los desgraciados son las potencias de la tierra, tienen derecho a hablar como dueños a los gobiernos que actúan con negligencia hacia ellos.’ (…) La religión de la ‘pura igualdad’, que nos atrevemos a predicar a todos nuestros hermanos despojados y hambrientos, quizá les parezca a ellos mismos, por más natural que les sea; les parecerá, digo, quizá nueva pero por ser tan viejos en nuestras bárbaras y numerosas instituciones, que casi no podemos concebir que sean más justas y más simples (…). Babeuf hace seguidamente un llamamiento a la tradición propia de la Revolución Francesa, citando los textos igualitarios de los hombres que después del 9 termidor han ‘cambiado de camisa’ : Tallien, en ‘Ami des sans-culottes’ en 1793, y Fouché en su decreto del 24 brumario del año II (14 de noviembre de 1793). ¿Es necesario para restablecer los derechos del género humano y hacer cesar todos los males, es necesario una ‘ retirada al Monte Sagrado o una Vendée plebeya? ¡Que todos los amigos de la ‘igualdad’ estén listos y se den por aludidos! ¡Que cada uno de ellos se llene de la incomparable belleza de esta empresa! ¡Los Israelitas a liberarse de la servidumbre egipcia! ¡Llegar a la posesión de las tierras de Canaán! ¿Qué expedición fue nunca más digna de iluminar los grandes corajes? El Dios de la Libertad, estemos seguro de ello, protegerá a los ‘Moisés’ que la querrán dirigir. Nos lo ha prometido sin necesidad del intermediario Aaron, del que no sabemos qué hacer, como tampoco de su colega el vicario. Nos lo han prometido, sin aparición milagrosa en el zarzal ardiente. Dejemos a un lado todos estos pródigos, todas estas necedades. Las inspiraciones de las divinidades republicanas se manifiestan simplemente bajo los auspicios de la naturaleza (Dios Supremo) por la voz del corazón de los, republicanos [2]. Nos ha sido revelado, pues, que mientras numerosos ‘Josué’ combatirán en la llanura sin necesidad de detener el sol, muchos, en lugar del legislador de los Hebreos, estarán en la verdadera ‘Montaña Plebeya’. Allí trazarán, al dictado de la justicia eterna, el decálogo de la santa humanidad, del sans-culottisme, de la imprescriptible equidad. Proclamamos, bajo la protección de nuestras cien mil picas y de nuestras lenguas de fuego, el primer código verdadero de la naturaleza, que no podrá ser nunca quebrantado. Explicaremos claramente qué es la ‘ felicidad común, fin de la sociedad’. Demostraremos que la suerte de todo hombre no debe acabar al pasar del estado natural al social. Definiremos la propiedad. Probaremos que la tierra no es de nadie, sino que es de todos. Probaremos que todo lo que un individuo acapara más allá de lo que le es necesario para su alimentación, es un robo. Probaremos que el pretendido derecho a la alienabilidad es un infame atentado populicida. Probaremos que la ‘herencia por familia’ es un error no me- nos grande; que aísla a todos los miembros de la asociación, y que hace de cada familia una pequeña república, que no puede dejar de conspirar contra la más grande y que consagra la desigualdad. Probaremos que todo lo que un miembro del cuerpo social tiene ‘por debajo’ de los suficiente a sus necesidades de toda especie y de cada día, es el resultado de una expoliación de su propiedad individual hecha por los acaparadores de bienes comunes. Que, en consecuencia, todo lo que un miembro del cuerpo social tiene ‘por encima’ de los suficiente a sus necesidades de toda especie y de cada día, es el resultado de un robo hecho a los otros asociados, que priva necesariamente a un número más o menos grande de ellos, de su parte en los bienes comunes. Que los razonamientos, por más sutiles que sean, no pueden prevalecer sobre las verdades inalterables. Que la superioridad de los talentos y de las industrias no es más que una quimera y un cebo especial que siempre ha servido a los complots de los conspiradores contra la igualdad. Que la diferencia de valor y de mérito en el trabajo de los hombres, reposa en la opinión de que algunos de entre ellos han sentado y han sabido hacer prevalecer, Que es sin duda incorrecto que esta opinión haya apreciado la jornada del que hace un reloj, como veinte veces superior a la jornada de] que traza los surcos. Que es sin embargo con ayuda de esta estimación que la ganancia de un obrero relojero le ha llevado a adquirir el patrimonio de veinte obreros de arado, a los que ha expropiado por este medio. Que todos los proletarios lo son por el resultado de la misma combinación de todas las otras relaciones de la producción, pero que todas parten de la diferencia de valor, establecida entre las cosas por la única autoridad de la opinión. Que es absurda e injusta la pretensión de querer una recompensa más grande para aquel cuya tarea exige un mayor grado de inteligencia, y más aplicación y tensión de espíritu; esto no amplía en nada la capacidad de su estómago. Que ninguna razón puede pretender una recompensa que exceda de lo suficiente para las necesidades humanas. Que también es fruto de la opinión que el valor de la inteligencia, y quizá haya que examinarlo si el valor de la fuerza natural y física, no vale nada. Que son los inteligentes los que han dado tan alto precio a las concepciones de sus cerebros y que si hubieran sido los fuertes los que hubiesen reglamentado las cosas, habrían establecido sin duda que el mérito de los brazos vale tanto como el de la cabeza y que la fatiga de todo el cuerpo podría ser compensada con la de la única parte pensante. Que sin esta igualación, se da a los más inteligentes, a los más industrializados, una patente para acaparar, un título para despojar impunemente a los que lo son menos. Que es de este modo como se destruyó, derribando en el estado social, el equilibrio de la comodidad, ya que no hay nada que esté mejor demostrado que nuestra gran máxima: ‘no se llega a tener demasiado sino es haciendo que los otros no tengan lo suficiente’. Que nuestras instituciones civiles, nuestras transacciones recíprocas no son más que actos de un bandidaje perpetuo, autorizados por leyes bárbaras y absurdas, a la sombra de las cuales solamente nos ocupamos en despojarnos mutuamente. Que nuestra sociedad de bribones implica, a causa de sus atroces convenciones primordiales, toda clase de vicios, de crímenes y de desgracias contra las que algunos hombres de bien se unen en vano para hacerles la guerra, que no pueden hacerla triunfar porque no atacan los males desde su raíz y aplican únicamente paliativos sacados de la reserva de ideas falsas de nuestra depravación orgánica. Que queda claro, por lo que precede, que todo lo que poseen aquellos que tienen algo más que su parte individual de los bienes de la sociedad, es robo y usurpación. Que por tanto es justo recuperarlo. Que el que pudiera probar que, gracias solamente a las fuerzas naturales, es capaz de hacer tanto como hacen cuatro personas juntas y que, en consecuencia, exige la retribución de cuatro, no dejaría por ello de conspirar contra la sociedad, porque destruiría el equilibrio por este único medio y destruiría la preciosa igualdad. Que la prudencia ordena a todos los asociados a reprimir este tipo de hombre, a perseguirle como a una plaga social, a reducirle a no poder hacer más tarea que la de uno, para no poder exigir más recompensa que la de uno solo. Que solamente es una especie la que ha introducido esta locura asesina, de distinción de mérito y de valor, y que también es ella quien conoce la desgracia y las privaciones. Que no deben existir privaciones en las cosas que la naturaleza nos da a todos, que son producto de todos, sino es una causa de accidentes inevitables de la naturaleza, y en este caso, las privaciones tienen que ser soportadas y repartidas entre todos igualitariamente. Que de este modo las producciones de la industria y del genio se convierten en propiedad de todos, de dominio de toda la asociación desde el mismo momento en que los inventores y los trabajadores las han hecho aparecer; ya que no son más que compensaciones de las invenciones precedentes del genio de la industria, de los que estos inventores y estos trabajadores se han aprovechado gracias a la vida en sociedad, y que les han ayudado en sus descubrimientos. Que, ya que los conocimientos adquiridos son de dominio público, deben ser repartidos igualitariamente entre todos. Que es una verdad mal constatada por mala fe, prejuicio o irreflexión, es decir que esta repartición convertiría a todos los hombres en iguales, con la misma capacidad y el mismo talento. Que la educación cuando es desigual es una monstruosidad, del mismo modo que cuando es patrimonio exclusivo de una parte de la asociación, ya que entonces se convierte, en manos de esta parte, en un montón de máquinas, en una provisión de armas de toda clase, con ayuda de las cuales esta primera parte combate a la otra desarmada, llegando fácilmente, en consecuencia, a yugularla, a engañaría, a despojarla, a esclavizaría bajo las cadenas más vergonzosas. Que no es verdad menos importante que la que ya hemos citado y que un filósofo ha proclamado en estos términos: ‘Hablad tanto como queráis, sobre la forma de gobierno, no habréis hecho nada en tanto no hayáis destruido los gérmenes de la codicia y de la ambición. ‘ Que es necesario, pues, que las instituciones sociales nos lleven a un punto en el que nieguen a todo individuo la esperanza de llegar a ser más rico, más potente y más distinguido que ninguno de sus iguales. Que es necesario, para precisar todavía más esto, llegar a ‘encadenar la suerte’; a hacer la de cada asociado independiente de las circunstancias felices o desgraciadas; ‘a asegurar a cada uno y a su descendencia, por numerosa que sea, lo suficiente y nada más que lo suficiente’ ; y a cerrar todas las vías posibles para que nunca puedan obtener más allá de esta parte individual de los productos de la naturaleza y del trabajo. Que el único medio de llegar hasta aquí, es establecer la ‘administración común’; suprimir propiedad particular; ligar cada hombre al talento, a la industria que conoce; obligarle a depositar sus frutos en especie en el almacén común, y establecer una simple administración de distribución, una administración de subsistencia que, teniendo registrados a todos los individuos, y a todas las cosas, hará repartir estas últimas en la igualdad más escrupulosa y las depositará en el domicilio de cada ciudadano. Que este gobierno, que la experiencia nos demuestra que es practicable, ya que se aplica a un millón doscientos mil hombres de nuestros doce ejércitos (lo que es posible en pequeño lo es en grande)[3] , que este gobierno es el único del que puede resultar la felicidad universal, inalterable, sin mezcolanzas; ‘la felicidad común, fin de la sociedad’. Que este gobierno hará desaparecer los límites, las vallas, los muros, las cerraduras de las puertas, las disputas, los procesos, los robos, los asesinatos, todos los crímenes: los tribunales, las cárceles, las horcas, las penas, el desespero que causan todas estas calamidades; el ansia, la envidia, la insaciedad, el orgullo, los engaños, la duplicidad, en resumen, todos los vicios: y más aún, y sin duda este punto es el esencia, ‘el gusano roedor’ de la inquietud general, particular, perpetua de cada uno de nosotros, por nuestra suerte de mañana, del próximo mes, del año siguiente, de nuestra vejez, la de nuestros hijos y la de sus hijos. Este resumen de este terrible manifiesto que ofreceremos a la masa oprimida del Pueblo francés, del que te damos un primer esbozo para empezarle a ‘dar gusto’. ¡Pueblo, despierta a la esperanza!, acaba con la desesperación que te sepulta. (… ) Despierta a la vista de un futuro feliz. ¡Amigos de los reyes!, perded toda esperanza de que los mallos con los que habéis abrumado al pueblo le sometan para siempre jamás al yugo de uno solo. ¡Y vosotros, patricios!, ¡ricos!, ¡tiranos republicanos! renunciad igualmente, y todos a la vez, a vuestras especulaciones opresivas, sobre esta nación que no ha olvidado todavía sus juramentos a la libertad. Una perspectiva, más feliz que todo lo que podéis suponer, se abre a su vista. ¡Dominadores culpables!, en el momento en que creéis que podéis azotar sin peligro a este pueblo virtuoso con vuestro brazo de hierro, os hará sentir su superioridad, se liberará de vuestras usurpaciones y de vuestras cadenas, recuperará sus derechos primitivos y sagrados. Desde hace demasiado tiempo le estáis insultando en su agonía… ‘El pueblo -decís- está sin vigor; sufre y muere sin atreverse a quejarse.’ ¡El orgullo de la nación no se dejará pisar por estas humillaciones! ¡El nombre francés no pasará a la posterioridad acompañado de este envilecimiento! ¡Que este escrito sea la señal, la luz que reanime y vivifique todo lo que en otro tiempo tuvo calor y valentía!, todo lo que quemó con llama ardiente por la felicidad pública y la independencia perfecta. ¡Que el pueblo torne la primera idea verdadera de la Igualdad! Que estas palabras: ‘Igualdad’, ‘iguales’, ‘plebeyanismo’ sean palabras de unión de todos los amigos del pueblo. Que el pueblo ponga a discusión todos los grandes principios; ¡que el combate se centre sobre el famoso tema de esta ‘igualdad’ propiamente dicha y sobre el de la propiedad! ¡Que goce esta vez con la moral y que la llene de fuego sostenido hasta la consumación total de su obra! Que destruya todas las antiguas instituciones bárbaras y que las sustituya por aquellas que son dictadas por la naturaleza y la justicia eterna. Sí, ¡todos los males del pueblo están en el límite; no pueden empeorar! ¿No pueden repararse sino es un cambio total? ¿Que esta guerra del rico contra el pobre tome un color menos innoble? ¡Que deje de ser audaz por un lado y malvada por el otro! ¡Que los desgraciados respondan de una vez a sus opresores! Aprovechémonos de que nos han empujado hasta el límite. Avancemos sin rodeos, como hombres que se sienten llenos de todas sus fuerzas: Marchemos francamente hacia la Igualdad. Veamos el ‘fin de la sociedad’; ¡veamos la ‘felicidad común’! ¡Pérfidos o ignorantes! ¿Gritáis que es necesario evitar la guerra civil? ¿Que no hay que echar entre el pueblo la antorcha de la discordia? ( … ) ¿Qué guerra civil es más irritante que aquella que muestra a todos los asesinos en un bando y a todas las víctimas sin defensa en el otro? ¿Clasificaríais de criminal a quien arma a las víctimas contra los asesinos? ¿No es mejor una guerra civil en la que las dos partes puedan defenderse recíprocamente? Que se acuse, si se quiere, a nuestro periódico de avivar la discordia. Tanto mejor: la discordia es mucho mejor que una horrible concordia en la que la gente muere de hambre. Que los partidos tomen posiciones; que la rebelión sea parcial, general, instantánea, que retroceda, que se determine. ¡Nosotros estamos siempre satisfechos! ¡Que el ‘Monte sagrado’ o la ‘Vendée plebeya’ se formen en un solo punto o en los ochenta y seis departamentos! Que se conspire poco o mucho contra la opresión, secretamente o a la luz del día, en cien mil conciliábulos o en uno solo, poco nos importa ya que se conspira y los remordimientos e inquietudes acompañan siempre a los opresores. Hemos dado la seria¡ para que muchos se den cuenta; para llamar a muchos cómplices; les hemos dado motivos suficientes y algunas ideas, estamos casi seguros que se conspirará. Que la tiranía intente, si puede, interceptamos… El pueblo, se dice, no tiene guías. Que aparezcan, y el pueblo desde este mismo instante romperá las cadenas y conquistará el pan para él y para todas las generaciones venideras. Repetimos una vez más: Todos los males están en el límite; no pueden empeorar; ¡no pueden repararse si no es con un cambio total!… ¡Que todo se confunda!… ¡que todos los elementos se envuelvan, se mezclen y choquen entre sí!… ¡Que todo se convierta en caos y que del caos salga un mundo nuevo y regenerado! ‘Apresurémonos, después de mil años, a cambiar estas leyes groseras’. ‘Le Tribun du peuple’, número 35. 9 frimario del año IV (30 de noviembre de 1795), págs. 79-107. Nota: Para editar este texto se ha utilizado la siguiente biblografia: Babeuf. Ecrits presentés par Claude Mazauric. Messidor/Editions sociales. Paris, 1988. François-Noel Babeuf. Realismo y utopia en la revolución francesa. Sarpe . Biblioteca de la historia. Madrid, 1985. Irene Castells Oliván. La revolución francesa (1789-1799). Editorial Síntesis. Madrid 1997. Daniel Guerin. La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa. 1793-1795. Alianza Editorial, Madrid 1974. [2] Babeuf confirma aquí su ateísmo, o quizá mejor, su panteísmo naturalista. [3] Babeuf muestra aquí todo lo que su doctrina debe a la práctica del año II: tasación y requisicíón. La misma idea era entonces frecuentemente expresada y sería desarrollada por los socialistas utopistas en su proyecto de ‘ejércitos industriales’ (Cf. M. Dommanget pages choisies…, op. cit., notas, p. 262.)

©EspaiMarx 2002

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El mundo: Siete pensamientos en mayo de 2003

Subcomandante Marcos

Publicado en Rebeldia, Mayo de 2003

Introducción Conforme se van deteriorando los calendarios del Poder y las grandes corporaciones de los medios de comunicación titubean entre los ridículos y las tragedias que protagoniza y promueve la clase política mundial, abajo, en el gran y extendido basamento de la tambaleante Torre de Babel moderna, los movimientos no cesan y, aunque aún balbuceantes, empiezan a recuperar la palabra y su capacidad de espejo y cristal. Mientras arriba se decreta la política del desencuentro, en el sótano del mundo los otros se encuentran a sí mismos y al otro que, siendo diferente, es otro abajo.

Como parte de esta reconstrucción de la palabra espejo y cristal, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional retomó diálogos con movimientos y organizaciones sociales y políticas en el mundo. Inicialmente, con hermanos y hermanas de México, Italia, Francia, Alemania, Suiza, el Estado Español, Argentina y la Unión Americana, se trata de ir construyendo una Agenda común de discusión.

No se pretende establecer acuerdos políticos y programáticos, ni de intentar una nueva versión de la Internacional. Tampoco se trata de unificar conceptos teóricos o uniformar concepciones, sino de encontrar y/o construir puntos comunes de discusión. Algo así como construir imágenes teóricas y prácticas que son vistas y vividas desde lugares distintos.

Como parte de este esfuerzo de encuentro, el EZLN presenta ahora estos 7 pensamientos. El ‘anclarlos’ en un horizonte espacial y temporal significa, por parte nuestra, un reconocimiento de nuestras limitaciones teóricas, prácticas y, sobre todo, de visión universal. Este es nuestro primer aporte a la construcción de una Agenda mundial de discusión.

Agradecemos a la revista mexicana Rebeldía el que nos haya abierto sus páginas para estos pensamientos. Igualmente agradecemos a las publicaciones que en Italia, Francia, el Estado Español, la Unión Americana y América Latina hacen lo mismo. I. Teoría El lugar de la teoría (y del análisis teórico) en los movimientos políticos y sociales suele obviarse. Sin embargo, todo lo evidente suele esconder un problema, en este caso: el de los efectos de una teoría en una práctica y el ‘rebote’ teórico de ésta última. Y no sólo, el problema de la teoría es también el problema de quién produce esa teoría.

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El Nuevo Mundo

Subcomandante Marcos

Este texto fue publicado en la revista política mexicana Rebeldía.

Introducción

Conforme se van deteriorando los calendarios del poder y las grandes corporaciones de los medios de comunicación titubean entre los ridículos y las tragedias que protagoniza y promueve la clase política mundial, abajo, en el gran y extendido basamento de la tambaleante Torre de Babel moderna, los movimientos no cesan y, aunque aún balbuceantes, empiezan a recuperar la palabra y su capacidad de espejo y cristal. Mientras arriba se decreta la política del desencuentro, en el sótano del mundo los otros se encuentran a sí mismos y al otro que, siendo diferente, es otro abajo.

Como parte de esta reconstrucción de la palabra espejo y cristal, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) retomó diálogos con movimientos y organizaciones sociales y políticas en el mundo. Inicialmente, con hermanos y hermanas de México, Italia, Francia, Alemania, Suiza, el Estado español, Argentina y la Unión Americana, se trata de ir construyendo una agenda común de discusión.

No se pretende establecer acuerdos políticos y programáticos, ni intentar una nueva versión de la Internacional. Tampoco se trata de unificar conceptos teóricos o uniformar concepciones, sino de encontrar y/o construir puntos comunes de discusión. Algo así como construir imágenes teóricas y prácticas que son vistas y vividas desde lugares distintos.

Como parte de este esfuerzo de encuentro, el EZLN presenta ahora estos siete pensamientos. Anclarlos en un horizonte espacial y temporal significa, por parte nuestra, un reconocimiento de nuestras limitaciones teóricas, prácticas y, sobre todo, de visión universal. Este es nuestro primer aporte a la construcción de una agenda mundial de discusión.

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