Un punto de encuentro para las alternativas sociales

¿Imperio o imperialismo?

Juan Chingo, Gustavo Dunga

Estrategia Internacional

Una polémica con “El largo siglo XX” de Giovanni Arrighi e “Imperio” de Toni Negri y Michael Hardt

Los cambios acaecidos en el sistema capitalista mundial en los últimos treinta años, desde el fin del boom de la posguerra, han llevado a una importante discusión teórica sobre la magnitud y las características de estos y sus consecuencias sobre las perspectivas trazadas por el pensamiento marxista revolucionario. Así, para muchos teóricos contemporáneos, la globalización de la producción capitalista y el mercado mundial, traen aparejados fundamentalmente una nueva situación y un giro histórico significativo. Este es el caso por ejemplo, del teórico del autonomismo, Toni Negri, quien sostiene estas definiciones junto a Michael Hardt en su último libro “Imperio”, al que definen como el nuevo orden político de la globalización. Otros teóricos asociados a la escuela de sociología histórica del sistema mundial, por el contrario, argumentan que desde su inicio el capitalismo siempre ha funcionado como una economía mundial y en consecuencia rechazan la novedad de la globalización como una incomprensión de la historia. Uno de los mejores exponentes de esta escuela es Giovanni Arrighi, que a mediados de los noventa ha publicado el libro “El largo siglo XX” (recientemente editado en español) donde expone estas posturas. Estas teorizaciones cuestionan desde presupuestos opuestos la definición clásica del imperialismo, formulada por Lenin y sostenida por los marxistas revolucionarios a lo largo del siglo que se fue.

La importancia de este debate radica en que los cambios acontecidos obligan a una interpretación de los acontecimientos políticos, económicos y sociales, que revalide o no las categorías utilizadas por el marxismo, como punto de partida, para su interpretación. La discusión actual, recuerda, salvando las distancias, la enorme efervescencia teórica e intelectual, que se dio en el seno del movimiento socialista internacional, e incluso más allá de este, en la transición del capitalismo de libre competencia al imperialismo, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. A la luz de estas nuevas querellas, vuelven a replantearse problemas fundamentales del materialismo histórico y la dialéctica, para poder comprender o interpretar los nuevos desafíos que presenta esta realidad compleja del mundo y el nuevo siglo. Este último fue el método de Lenin que retomó las categorías de la dialéctica para responder a la complejidad de problemas que presentaba la nueva fase del capitalismo, entre ellas la Gran Guerra. No era para Lenin cuestión de repetir escolásticamente las categorías del marxismo, sino de aplicarlas en forma creativa a la nueva realidad, incorporando críticamente aspectos de las elaboraciones desarrollados por sus antagonistas e interlocutores, como Kautsky o Hilferding, e incluso ideólogos liberal burgueses como Hobson, desterrando el carácter reformista que pretendían darle sus autores. Se trataba para Lenin de integrar estos avances en una totalidad que demostrara las potencialidades revolucionarias de la época que se abría.

Las dos visiones con las que polemizaremos tienen el mérito de intentar dar una visión global de la realidad contemporánea. Sin embargo, las limitaciones de su matriz teórica les impide comprender de manera certera, a pesar de los señalamientos y problemas reales sobre los que fundan en muchos casos sus elaboraciones, los cambios producidos en el orden mundial en los últimos 30 años. Por eso antes de desarrollar plenamente nuestra propia visión haremos un análisis crítico de las proposiciones sostenidas por Arrighi y Negri, los que nos permitirá profundizar y comprender mejor el método del marxismo clásico desarrollado en la nueva época por Lenin y Trotsky.

En este artículo intentaremos criticar las dos variantes señaladas anteriormente, que atacan las definiciones sobre el imperialismo, aprehendiendo el método dialéctico materialista para el análisis del sistema capitalista mundial y actualizando la noción del mismo para comprender la escena contemporánea.

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La desaparición de la sociedad civil

Michael Hardt

El concepto de sociedad civil ha gozado últimamente de renovado interés, no solamente en Europa occidental o en Norte América, donde existe una larga y gloriosa tradición a sostén de las posiciones políticas más variadas, sino aquí y allá en el mundo; particularmente en aquellos países en Asia y en Europa oriental que están viviendo la transición del socialismo al capitalismo, tal como en los regímenes postautoritarios y postdictatoriales en América latina. La sociedad civil es vista cómo el carácter determinante de cada democracia: la infraestructura institucional príncipal por las mediaciones de la política y por el mercado. Sin embargo, al analizar las funciones democráticas que el concepto y la realidad de la sociedad civil han hecho posibles, es importante también darse cuenta de las funciones de disciplina y explotación que son inherentes e inseparables de estas mismas estructuras. Además, tenemos que preguntarnos si las instituciones sociales necesarias para la construcción y el funcionamiento de la sociedad civil todavía están presentes en las formaciones sociales contemporáneas. Lo que quiero mantener es que en los últimos años las condiciones de posibilidad para la sociedad civil se han debilitado progresivamente en Norte América, Europa y en otros lugares (si bien es verdad nunca ha existido más allá del mundo europeo)[1]. Aunque consideráramos la sociedad civil como la realidad políticamente más deseable, cualquier evocación del concepto al momento actual corre el riesgo de quedar vacío e inútil.

Concentrar el análisis alrededor del concepto de sociedad civil nos desafía así a nuevas perspectivas sobre una problemática más general. Dicho de otro modo, reconocer el deterioro de la sociedad civil nos da los términos para mejor agarrar aquellos fenómenos que demasiado a menudo son indicados vagamente con referencia al final de la modernidad o al final de la sociedad moderna. Los términos modernos y posmodernos están faltos de aquella especificidad necesaria que les hagan útiles más de cierto punto. La sociedad que estamos viviendo, más específicamente, es definible como una sociedad postcivil.

La sociedad de la organización del trabajo abstracto

En la filosofía política, el concepto de sociedad civil es conectado fundamentalmente a la noción moderna de trabajo, una conexión hecha extraordinariamente evidente de G.W.F. Hegel. Más bien, quizás sea el concepto de sociedad civil la más importante contribución de Hegel a la filosofía política, aunque ciertamente él no fue el primer teórico a emplearlo. Por todo el primer período de la modernidad, de Hobbes a Rousseau al menos, la distinción entre sociedad natural y sociedad civil, o mejor entre estado de naturaleza y estado civil, desempeñó un papel fundamental en cuanto dualismo que fundó y justificó el orden político. En estas primeras teorías de la era moderna, la preocupación principal fue que el orden racional de la sociedad civil fuera contrastado por el desorden irracional de la sociedad natural. El paso de una sociedad de naturaleza a una civil fue presentado como el movimiento histórico y teóretico de la civilización humana.

El tiempo en que Hegel desarrolló su teoría política, en todo caso, el eje fundamental de esta distinción fue cambiado, así que Hegel se concentró ante todo no en el contraste entre sociedad de naturaleza y sociedad civil sino sobre entre sociedad civil y sociedad política, o bien entre sociedad civil y Estado. Así, cuando miramos el empleo del concepto de sociedad civil que Hegel hace con respecto del fondo histórico en que se introdujeron las primeras teorías de la modernidad, somos golpeados por dos innovaciones estrechamente relacionadas. La primera, que debería ser acreditada a la tonalidad del período histórico más que al propio Hegel, es que la sociedad civil tiene ganada una definición económica más compleja, debida al menos en parte a la progresiva extensión y a la consolidación del capitalismo. Muchos estudiosos han subrayado como Hegel ha desarrollado su concepción de sociedad civil sobre la base de los escritos de los economistas ingleses del tiempo, y que la traducción alemana del inglés "civil society", que Hegel usó, fue bürgerliche Gesellschaft o "sociedad burguesa" Este hecho debería empujarnos a subrayar el nexo entre la concepción de la sociedad civil en Hegel y las concepciones, abundantemente vigentes al tiempo, que miraron al mercado y las relaciones capitalistas de producción como proceso de civilización. Según Hegel (Hegel 1952, ƒ255), por las necesidades, el trabajo, los cambios y la búsqueda del propio interés particular, los "átomos no organizados de la sociedad civil" van organizándose hacia lo universal – no justo a través de la misteriosa acción de la mano invisible de Adam Smith, sino por las instituciones competitivas de la producción y la circulación capitalista. Desde este punto de vista, por lo tanto, se puede decir que el ámbito económico de la sociedad civil cumple el papel típico de la naturaleza, con respecto del que Hegel opone el orden racional del reino de la política.

La segunda innovación en el empleo que Hegel hace del concepto de sociedad civil, estrechamente relacionada a la primera pero que asume en la formulación hegeliana una seña específica, es relativo a la acentuación del carácter educativo de la sociedad civil. Aquí aparece con evidencia como Hegel no quiere reemplazar el dualismo originario (sociedad natural/sociedad civil) con otro dualismo (sociedad civil/sociedad política), cuanto encaminar una concepción articulada en tres partes (natural, civil, política). El estado de naturaleza como reino de las necesidades y la búsqueda del propio interés, no tienen para Hegel una relación directa con el Estado político sino que tiene que pasar por encontrar una mediación con la sociedad civil antes de convertirse en política. La sociedad civil, subraya Hegel (ƒ209),comparte con la sociedad de naturaleza el hecho de ser el reino de las necesidades y del interés particular, pero la sociedad civil también es "la esfera del emparentamiento -la esfera de la educación" En otras palabras, la sociedad civil asume el sistema humano natural de necesidades e intereses privados y pone en relación unos con otros a través de las instituciones sociales capitalistas de la producción y el mercado y, así, sobre la base de la mediación y de la subsunción de lo particular, pone las bases sobre las que el Estado puede realizar el interés universal de la sociedad" en la realización de la Idea ética" (ƒ257). El concepto hegeliano de educación en la sociedad civil es un proceso de subsunción formal , un proceso en que las diferencias particulares, extraños a lo universal, son negadas e integradas en unidad.

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Trabajo afectivo

Michael Hardt

http://aleph-arts.org/io_lavoro/index.html 04-1999

La preocupación con la producción de afectividad en el entorno laboral y social a menudo ha servido como una buena base para desarrollar proyectos anticapitalistas dentro del discurso en torno a conceptos como deseo y valor y uso. El trabajo afectivo constituye directamente y en sí mismo la creación de comunidades y de subjetividad colectivas. El circuito productivo dentro del que se mueven los afectos y los valores se ha visto en gran medida como un circuito autónomo de creación de subjetividad, una alternativa al proceso de valoración capitalista. Sistemas de pensamiento que acercan a Marx y Freud asocian el concepto del trabajo afectivo con ideas como el trabajo dentro de la familia y el cuidado de otros. Cada uno de estos análisis revela procesos mediante los que, dentro de la actividad laboral, producimos subjtividades colectivas, socialidad y que, en último término, dan lugar a la sociedad en sí.

Esta manera de concebir el trabajo afectivo hoy en día (aquí entro en el asunto principal de este ensayo) debe, sin embargo, percibirse en relación con el papel cambiante que en la economía capitalista tiene el trabajo afectivo. En otras palabras, aunque el trabajo afectivo nunca ha sido completamente ajeno a la producción capitalista, los procesos de posmodernización económica que se han estado desarrollando durante los últimos 25 años han situado el trabajo afectivo en una posición donde, no sólo produce capital sino también está en la cima de la jerarquía de formas de trabajo. El trabajo afectivo es una de las manifestaciones de lo que denominaré "trabajo inmaterial", que ha adquirido una posición predominante con respecto a los otros tipos de trabajo dentro de la economía capitalista global. Afirmar que el capital ha incorporado y exalta el trabajo afectivo como una de las más rentables formas de trabajo productor de valor no significa que este tipo de trabajo, contaminado por su relación con el capitalismo no tenga ya un lugar en proyectos anticapitalistas. Por el contrario, dado el importante papel que desempeña el trabajo afectivo como uno de los principales eslabones en la cadena de la posmodernización capitalista, su potencial subversivo y su autonomía no hacen sino crecer.

Dentro de este marco reconocemos el potencial biopolítico del trabajo, entendido el biopoder según la concepción de Foucault, que a la vez se invierte. Quiero proceder, por tanto, en tres fases: la primera, situar el trabajo inmaterial dentro de la fase contemporánea de la posmodernización capitalista; segunda, situar el trabajo afectivo en relación con otras formas de trabajo inmaterial; y finalmente, explorar el potencial del trabajo afectivo en relación con el biopoder. Posmodernización Resulta muy común hoy en día percibir el relevo de paradigmas económicos sucesivos dentro del ámbito de los principales países capitalistas como un proceso en tres fases bien definidas, cada una por un sector económicamente aventajado: en el primer paradigma, la agricultura y la obtención de materias primas eran el motor de la economía, en el segundo, la industria y la fabricación de bienes duraderos ocupaban una posición privilegiada, y en el tercero, los servicios y la manipulación de información están en el núcleo de la producción de capital. La posición hegemónica ha pasado, por tanto, del sector primario, al secundario y más tarde al terciario. La modernización económica fue la seña de identidad de la primera transición, de la hegemonía de la agricultura a la de la industria. Modernización era sinónimo de industrialización. La segunda transición, de la hegemonía de la industria a la de los servicios e información se podría denominar posmodernización de la economía, o, para ser más exactos, informatización.

Los procesos de modernización e industrialización llevaron consigo la transformación y redefinición de todos los elementos configuradores del plano social. A medida que la agricultura se modernizó convirtiéndose en una industria, la granja se fue convirtiendo en fábrica aplicando la disciplina, la tecnología, las relaciones salariales, etc. características de ésta. En general, la sociedad se industrializó gradualmente, hasta llegar al punto en que las relaciones y la naturaleza humanas también se transformaron. La sociedad se convirtió en una fábrica. A principios de siglo, Robert Musil hizo una bella reflexión sobre la transformación de la humanidad en esta transición del mundo agrícola a la fábrica social. "Hubo un tiempo en que la gente se adaptaba naturalmente a las condiciones con las que se topaban, y esto era una manera muy coherente de convertirse en uno mismo. Pero hoy en día, con toda esta agitación que separa las cosas de la tierra en la que se criaron , incluso en lo que se refiere a la producción de almas, realmente se debería, por decirlo de algún modo, reemplazar la artesanía tradicional por el tipo de inteligencia característica de las máquinas y las fábricas." [1] La humanidad y su alma se producen dentro de los procesos mismos de producción económica. El proceso de transformación en ser humano y la naturaleza misma del ser humano se trastocaron fundamentalmente en el cambio cualitativo que supuso la modernización.

En nuestros días, sin embargo, la modernización ha llegado a su fin, o, como expone Robert Kurz, la modernización se ha venido abajo. En otras palabras, la producción industrial ya no extiende su área de control sobre otras formas económicas y fenómenos sociales. Un síntoma de este cambio aparece en los cambios cuantitativos en el ámbito del empleo. Mientras los procesos de modernización se vieron reflejados en la migración de la mano de obra, de la agricultura y minería (sector primario) a la industria (sector secundario), los procesos de posmodernización o informatización se reflejan en una migración del empleo en el sector de la industrial al del sector servicios (terciario), un cambio que se viene produciendo en los principales países capitalistas (especialmente en los Estados Unidos) desde principios de 1970. [2] El concepto "servicios" engloba una amplia gama de actividades, desde la sanidad, la educación y la cultura al transporte, los espectáculos y la publicidad. Los empleos requieren, en su mayoría disponibilidad para viajar y adaptabilidad a diferentes funciones. Pero, lo que es más importante, también se caracterizan por el papel esencial que en ellos desempeñan el conocimiento, la información, la comunicación y la emoción. En este sentido, podemos referirnos a la economía postindustrial como una economía de la información.

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7 enfoques sobre la revolución francesa

Joan Tafalla

Frente a quienes como Ferenc Feher nos invitan a "cerrar la Revolución francesa", pensamos que ésta puede continuar siendo fuente de reflexiones y enseñanzas para los que queremos un mundo de "libres e iguales". Tanto para nuestras reflexiones sobre los orígenes de la tradición comunista, como sobre el papel de la democracia en la humanización de la especie, como sobre los procesos de transición de un modo de producción a otro, como sobre la urgencia del comunismo frente a la crisis ecológica. Prueba de la potencia del modelo que ofrece la Revolución Francesa para pensar sobre todos estos problemas puede ser cualquiera de estos siete textos de siete autores bien diferentes entre ellos ( por su época, por su perspectiva, por su enfoque), pero que nos aportan visiones creemos que convergentes y complementarias para una reflexión emancipadora de futuro. Pedro Kropotkin "La Gran Revolución Francesa" De su obra "La Gran Revolución Francesa" publicada en 1909. El texto que extraemos corresponde a la edición argentina de Editorial Proyección, Buenos Aires, 1976. Traducción de Anselmo Lorenzo. Presentación de Diego Abad de Santillán. "Pero al mismo tiempo, la Gran Revolución nos ha legado otros principios, de un alcance mucho mayor: los principios comunistas. Ya hemos visto cómo durante toda la Gran Revolución trabajaron para salir a la luz, y también cómo, después de la caída de los girondinos, se hicieron muchos intentos, y alguno de ellos grandioso en esa dirección. El fourierismo desciende en línea recta de l’ Ange, por una parte, y por otra de Chalier; Babeuf es hijo directo de las ideas que apasionaron a las masas populares en 1793. Babeuf, Buonarroti y Sylvain Maréchal no hicieron más que sintetizarlas algo o exponerlas en forma literaria. Pero las sociedades secretas de Babeuf y de Bounarroti son el origen de las sociedades secretas de los "comunistas materialistas", en las que Blanqui y Barbés conspiraron bajo la monarquía burguesa de Luís Felipe. Después surgió La Internacional por filiación directa. En cuanto al ‘socialismo’, se sabe hoy que esa palabra fue puesta en boga para evitar la denominación de ‘comunista’, que en cierto período fue peligrosa, porque las sociedades secretas comunistas, convertidas en sociedades de acción , eran perseguidas a muerte por la burguesía gobernante. Así pues, hay filiación directa desde las ‘rabiosos’ de 1793 y el Babeuf de 1795 hasta la Internacional. Pero hay también filiación en las ideas. El socialismo moderno no ha añadido nada absolutamente, a las ideas que circulaban en 1789-1794 en el pueblo francés, y que se trató de poner en práctica durante el año II de la república. Lo único que ha hecho el socialismo moderno es poner esas ideas en sistemas y hallar argumentos en su favor, sea volviendo contra los economistas burgueses algunas de sus propias definiciones, sea generalizando los hechos del desarrollo del capitalismo industrial en el curso del siglo XIX. Pero yo me permitiré afirmar que, por vago que fuese, por poco apoyado que estuviera en argumentos de aspecto científico, por poco uso que hiciera de la jerga pseudo-científica de los economistas burgueses, el comunismo popular de los primeros años de la República veía más claro y analizaba más profundamente que el socialismo moderno. En primer lugar era el comunismo del consumo ( la comunalización y la nacionalización del consumo) lo que proponían los buenos republicanos del 1793, cuando querían establecer sus almacenes de trigos y de comestibles en cada municipio, cuando formulaban una estadística para fijar el ‘verdadero valor’ de los objetos de ‘primera y segunda necesidad’ y cuando inspiraban a Robespierre esta palabra profunda: lo superfluo de los artículos de consumo es lo único que puede ser objeto de comercio, porque lo necesario pertenece a todos. Procedente de las necesidades mismas de la vida tormentosa de aquellos años, el comunismo de 1793, con su afirmación del derecho de todos a las subsistencias, y a la tierra para producirlas, su negación de los derechos territoriales fuera de lo que una familia podía cultivar ( la hacienda de "120 arpentas, medida de 22 pies"), y su tentativa de comunalizar le comercio, iban más directamente al fondo de las cosas que todos los programas mínimos y aun los considerados máximos de la actualidad. Resulta, pues, que lo que se aprende hoy al estudiar la Gran Revolución es que fue el manantial de todas las concepciones comunistas, anarquistas y socialistas de nuestra época. Conocíamos mal todos a nuestra madre; pero la reconocemos hoy entre aquellos descamisados, y nos hacemos cargo de lo que puede enseñarnos. La humanidad marcha de etapa en etapa, y sus etapas están marcadas en centenares de años por grandes revoluciones. Después de los Países Bajos, después de Inglaterra, que hizo su revolución en 1648.1657, tocó el turno a Francia Cada gran revolución ha tenido además algo de original y propio. Inglaterra y Francia abolieron una y otra el absolutismo real; pero al abolirlo, Inglaterra se ocupó ante todo de los derechos personales del individuo, especialmente en religión, como también de los derechos locales de cada parroquia y de cada municipio; Francia fijó principalmente su atención sobre la propiedad de la tierra, y al herir en el corazón el régimen feudal hirió a la vez la gran propiedad y lanzó al mundo la idea de la nacionalización del suelo y de la socialización del comercio y de las principales industrias. ¿Qué nación tomará sobre sí la tarea terrible y gloriosa de la próxima Gran revolución? Se ha podido creer por el momento que sería Rusia; pero si Rusia lleva su revolución más allá de una simple limitación del poder imperial, si toca revolucionariamente la gran cuestión de la propiedad territorial, ¿hasta dónde llegará? ¿Sabrá y podrá evitar la falta cometida por las asambleas francesas, y dará el suelo, socializado, a quienes quieran cultivarle con sus brazos? No lo sabemos. La respuesta a esa pregunta pertenece al dominio de la profecía. Lo positivo y lo cierto es que, sea cual fuera la nación que entre hoy en la vía de las revoluciones, heredará lo que nuestros abuelos hicieron en Francia. La sangre que derramaron, la derramaron por la humanidad. Las penalidades que sufrieron, a la humanidad entera las dedicaron. Sus luchas, sus ideas, sus controversias constituyen el patrimonio de la humanidad. Todo ello ha producido sus frutos y producirá otros aún, más bellos y grandiosos, abriendo a la humanidad amplios horizontes con las palabras Libertad, Igualdad, Fraternidad, que brillan como un faro hacia el cual nos dirigimos. Antonio Gramsci Cuadernos de la Cárcel La concepción gramsciana del jacobinismo se desarrolla a lo largo de los Quaderni del Carcere en numerosas menciones. El índice temático de la edición completa de los cuadernos de Valentino Gerratana ( Publicada por Einaudi Editori , Torino 1975) registra 26 llamadas correspondientes al conjunto de los Cuadernos. Estas llamadas están complementadas con 34 llamadas sobre la historia de Francia, y muchas otras en temas como cesarismo, relación campo-ciudad, concepto de nacional-popular, hegemonia y capacidad de dirección… El conjunto revela toda una concepción orgánica y evolutiva del jacobinismo con diversos niveles conceptuales de gran potencia. Todo ello dependiente del desarrollo historiográfico contemporáneo a la época en que fueron escritos los Cuadernos. Parece que la obra de Mathiez era ampliamente conocida y utilizada por Gramsci. Traducimos del primer cuaderno.(1929-1930), algunos fragmentos significativos del conocido pasaje titulado: " §(44) Dirección política de clase antes i después de la entrada en el gobierno.( Tomo I. pags. 40-54) .Se indica la página de los Quaderni donde pueden encontrarse dichos fragmentos. (…)" Comparación entre jacobinos y Partito di Azione: los jacobinos lucharon animosamente para asegurar el ligamen entre ciudad y campo; fueron derrotados porque debieron sofocar las veleidades de clase de los obreros; su continuador es Napoleón y hoy son los radicales-socialistas(…)" ( pag. 43) "(…) Por muchos aspectos parece que la diferencia entre muchos hombres del Partito di Azione y los moderados era más de ‘temperamento’ que política. La palabra ‘jacobino’ acabó asumiendo dos significados: uno es el significado propio, históricamente caracterizado: un determinado partido de la revolución francesa, que concebía la revolución de una forma determinada, con un determinado programa, sobre la base de determinadas fuerzas sociales y que explicó su acción de partido y de gobierno con una determinada acción metódica caracterizada por una extrema energía y resolución que dependían de la creencia fanática en la bondad de aquel programa y de aquel método. En el lenguaje político los dos aspectos del jacobinismo fueron escindidos y se llamó jacobino al hombre político enérgico y resuelto porque estaba fanáticamente persuadido de les virtudes taumatúrgicas de sus ideas. Crispi es jacobino solo en éste sentido. Por su programa, él fue un moderado puro y simple. Su ‘obsesión’ jacobina fue la unidad político-territorial del país (…)"( pag. 45). "(…) A propósito del jacobinismo y del partito d’Azione un elemento a recordar es que los jacobinos conquistaron con la lucha su función de partido dirigente: ellos se impusieron sobre la burguesía francesa conduciéndola hasta una posición mucho más avanzada de aquella que la burguesía hubiera querido ‘espontáneamente’ e incluso mucho más avanzada de aquella que las premisas históricas habían de consentir, y por eso se dieron los contragolpes y la función de Napoleón. Este rasgo característico del jacobinismo y de la revolución francesa de forzar la situación ( aparentemente) y de crear hechos consumados irreparables, tirando hacia delante a la burguesía a base de patadas en el trasero, por parte de un grupo de hombres extremadamente enérgicos y resueltos puede ser ‘esquematizado’ así: el tercer estado era el menos homogéneo de los tres estados; la burguesía constituía su parte más avanzada culturalmente y económicamente; el desarrollo de los acontecimientos franceses muestra el desarrollo de esta parte, que inicialmente pone las cuestiones que solo interesan a sus componentes físicos actuales, sus intereses ‘corporativos’ inmediatos ( corporativos en un sentido especial, de inmediatos y egoistas de un determinado grupo restringido social); los precursores de la revolución son reformistas moderados, que elevan mucho la voz pero que en realidad piden muy poco. Esta parte avanzada pierde poco a poco su carácter ‘corporativo’ y se transforma en una clase hegemónica por la acción de dos factores: la resistencia de las viejas clases y la actividad política de los jacobinos. Las viejas clases no quieren ceder nada y si ceden algo es con la intención de ganar tiempo y de pasar a la contraofensiva; la burguesía habría caido en estos ‘engaños’ sucesivos sin la acción enérgica de los jacobinos, que se oponen a cualquier parón inmediato y mandan a la guillotina no sólo a los representantes de las viejas clases, sino también a los revolucionarios de ayer convertidos hoy en reaccionarios. Los jacobinos representan el único partido de la revolución, en cuanto ellos no sólo contemplan los intereses inmediatos de las personas físicas actuales que constituyen la burguesía francesa, sino que contemplan también los intereses también del mañana y no solo de aquellas determinadas personas físicas, sino de otros estratos sociales del tercer estado que mañana se transformarán en burgueses, porque ellos están convencidos de la ‘egalité’ y de la ‘fraternité’. Es preciso recordar que los jacobinos no eran idealistas, aunque su lenguaje ‘hoy’ en una nueva situación y después de más un siglo, parece ‘idealista’. El lenguaje de los jacobinos, su ideología, reflejaba perfectamente las necesidades de la época, según la tradición y la cultura francesa ( cfr. En La Sagrada familia el análisis de Marx del cual resulta que la fraseología jacobina correspondía perfectamente a las formulaciones de la filosofía clásica alemana, a la cual hoy se reconoce mayor concreción y que ha dado origen al historicismo moderno): 1ª necesidad: eliminar a la clase adversaria o al menos reducirla a la impotencia; crear la imposibilidad de una contrarrevolución; 2º ampliar los intereses de clase de la burguesía, encontrando los intereses comunes entre ella y los otros estratos del tercer estado, poner estos estratos en marcha, conducirlos a la lucha, obteniendo dos resultados: 1º oponer un adversario más amplio a los golpes de la clase adversaria, es decir crear una relación de fuerzas militar favorable a la revolución; 2º cortar a la clase adversaria cualquier zona de pasividad en la cual ella habría creado ejércitos vandeanos ( sin la política agraria de los jacobinos, París se hubiera visto rodeado por la Vendée hasta sus propias puertas: la resistencia de la Vendée propiamente dicha estaba ligada a la cuestión nacional determinada entre los Bretones por la fórmula de la ‘República única e indivisible’, a la que los jacobinos no podían renunciar so pena del suicidio: los girondinos buscaron apoyarse sobre el federalismo para amenazar a los jacobinos, pero las tropas provinciales conducidas hasta París se pasaron a los jacobinos: excepto la Bretaña y otras pequeñas zonas periféricas, la cuestión agraria se presentaba separada de la cuestión nacional, como se ve en estos y otros episodios militares: la provincia aceptaba la hegemonía de París, es decir los rurales comprendían que sus intereses estaban ligados a los de la burguesía). Los jacobinos forzaron la marcha pero siempre en el sentido del desarrollo histórico real, porque ellos fundaron no sólo el estado burgués, hicieron de la burguesía la clase ‘dominante’, pero hicieron más ( en cierto sentido), hicieron de la burguesía la clase dirigente, hegemónica, es decir dieron al Estado una base permanente. Que los jacobinos permanecieron siempre sobre el terreno de clase está demostrado por lo acontecimientos que señalaron su fin y el de Robespierre: ellos no quisieron reconocer a los obreros el derecho de coalición (ley Chapelier [ y sus consecuencias en la ley del maximum]) y así rompieron el bloque urbano de París; sus fuerzas de asalto que se reunían en la Comuna, se dispersaron desilusionadas, y el Termidor tuvo el viento en la popa: la revolución había encontrado sus límites de clase: la política de los ‘aliados’ había hecho desarrollar cuestiones nuevas que entonces no podían ser resueltas(…) "(pags. 50 y 51). Si en Italia no apareció un partido jacobino, deben existir razones a investigar en el campo económico, es decir, en la relativa debilidad de la burguesía italiana, en el clima histórico diferente del de Europa. La limitación encontrada por los jacobinos, en su política de avivamiento forzado de las energías populares francesas que era necesario aliar a la burguesía , con la Ley Le Chapelier[ y la ley del maximum] , se presentaba en el 48 como un "fantasma" amenazante, sabiamente agitado por Austria y por los viejos gobiernos, pero también por Cavour (además del Papa). La burguesía no podía ya extender su hegemonía sobre los vastos estratos que pudo abarcar en Francia, era cierto, pero la acción sobre los campesinos era siempre posible. Diferencia entre Francia, Alemania e Italia en el proceso de toma del poder por parte de la burguesía ( y de Inglaterra). En Francia tenemos el fenómeno completo, la mayor riqueza de elementos políticos. En Alemania el fenómeno se parece en algunos aspectos al italiano, en otros parece el de Inglaterra. En Alemania el 48 fracasa por la poca concentración burguesa ( la consigna de tipo jacobino fue dada en el 48 alemán por Marx: "revolución permanente") y también porque la cuestión se interrelaciona con la cuestión nacional; las guerras del 64, del 66 y del 70 resuelven la cuestión nacional y la cuestión de clase de forma intermedia: la burguesía obtiene el gobierno económico-industrial, pero las viejas clases feudales permanecen como clase gubernativa con amplios privilegios de casta en el ejército, en la administración estatal y sobre la tierra; pero por lo menos en Alemania estas viejas clases, si conservaron tanta importancia y mantuvieron tantos privilegios, ejercitaron una función, fueron los "intelectuales" de la burguesía con un determinado temperamento proporcionado por el origen de clase y por la tradición. En Inglaterra, donde la Revolución burguesa se desarrolló antes que en Francia, , tenemos el mismo fenómeno que en Alemania de fusión entre lo viejo y lo nuevo, a pesar de la extrema energía de los "jacobinos" ingleses, es decir de los "cabezas redondas" de Cromwell: la vieja aristocracia permanece como clase gubernativa, con ciertos privilegios, y se transforma también ella en la clase intelectual de la burguesía inglesa ( véase a propósito de esto las observaciones de Engels en el prefacio inglés de Utopía y Ciencia, que es necesario recordar para esta investigación sobre los intelectuales y sus funciones históricas de clase(…)".( pag. 53) "(…) A propósito de la consigna "jacobina" lanzada por Marx en la Alemania del 48-49 es necesario observar su complicada fortuna. Retomada, sistematizada, elaborada, intelectualizada por el grupo Parvus-Bronstein, se manifestó inerte e ineficaz en el 1905 y a continuación: era una cosa abstracta, de gabinete científico. La corriente que la combatió en esta manifestación intelectualizada, sin embargo, sin usarla " a propósito" la empleó de hecho en su forma histórica, concreta, viviente, adaptada al tiempo y al lugar como brotando de todos los poros de la sociedad que era preciso transformar, de alianza entre dos clases con la hegemonía de la clase urbana. En un caso, temperamento jacobino sin el contenido político adecuado, tipo Crispi; en el segundo caso, temperamento y contenido jacobinos según las nuevas relaciones históricos, y no según una etiqueta intelectualista." ( pag. 54). Daniel Guerin La revolución francesa y nosotros El autor de "La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa. 1793-1795 ( Alianza Editorial, Madrid, 1974), escribió el panfleto "La revolución francesa y nosotros" (Editorial Villalar , Colección Zimmerwald, Madrid 1977) en 1944. Lo escribió según el prólogo a la edición de Masperó en 1976 como presentación de su "La lucha de clases…".Finalmente, la presentación de la obra fue más técnica y no política aunque la propia obra tenía, según Guerin, una doble finalidad: "ofrecer un nueva interpretación de la revolución francesa, partiendo de la teoría de la revolución permanente y de la concepción libertaria de la revolución de los de abajo; sobre todo, extraer de la mayor, más prolongada y más profunda experiencia revolucionaria vivida por Francia, orientaciones susceptibles de regenerar el socialismo revolucionario y anarquista de hoy". Guerin decidió editar su inédita presentación tras el mayo del 68 que según su visión . "Fue un redescubrimiento de los problemas del socialismo, que confirmó las lecciones que yo había intentado extraer, hace más de un cuarto de siglo de la lejana Revolución francesa". "(…) Sin duda la burguesía tuvo su parte en la revolución. Ésta fue preparada por sus ideólogos. Sus parlamentarios la sacaron adelante a base de discursos y de decretos. NO puede desestimarse la obra legislativa, la acción militante de las asambleas revolucionarias. Pero la burguesía se mostró incapaz de acabar con al antiguo régimen feudal, clerical y absolutista sin el concurso de los brazos desnudos. Como escribe Kautsky, ‘para resistir a la contrarevolución, hacían falta otras gentes que la burguesía, gentes que no tuviesen nada que perder en la tormenta social(…) y que aportasen a al lucha la fuerza de sus brazos". La burguesía carecía de número y de fuerza física. Rehusaba, salvo algunas excepciones, salir a la calle con las armas en la mano. Finalmente, se mostraba vacilante por miedo a perder, al asestar golpes demasiado brutales al antiguo régimen, su propio protagonismo de clase. Sin la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, por los sans-culottes parisinos, la asamblea nacional había terminado por sucumbir en la rebelión contra las bayonetas reales. Sin la marcha sobre Versalles, el 5 de octubre, de los brazos desnudos hambrientos y sin su irrupción en el recinto de la Asamblea, la declaración de los derechos del Hombre no hubiera sido sancionada. Sin el irresistible movimiento de los campesinos , la asamblea no hubiera osado atacar, aunque tímidamente, la propiedad feudal, en la noche del 4 de agosto de 1789. Sin el poderoso concurso de las masas el 10 de agosto de 1792, la expropiación sin indemnización de las rentas feudales no hubiera sido, al fin, decretada; la burguesía hubiera vacilado ante la república y ante el sufragio universal. A medida que la revolución va progresando, se ve a los burgueses vacilar, detenerse a medio camino, y es siempre la presión de los brazos desnudos lo que les obliga a llevar hasta el final la revolución burguesa. Como escribe el mismo Kautsky: ¿Fueron ellos los que salvaron la revolución burguesa y destruyeron el régimen feudal, y ello de una forma que no tenía parangón en ningún país del mundo(…). Por una ironía de la historia, fueron los más encarnizados enemigos de los capitalistas, los que realizaron para los capitalistas lo que los capitalistas no habrían podido hacer por sí mismos". Ya por este hecho la revolución francesa es siempre actual. Porque incluso en la medida en que fue una revolución burguesa o que llevó al poder a la burguesía y no al proletariado, fue una revolución de masas. Su estudio nos ayuda a descifrar las leyes permanentes del movimiento autónomo de las masas y ofrece, al mismo tiempo, a nuestro examen las formas de poder popular que las masas forjan espontáneamente en el curso de sus lucha; en este sentido, la revolución francesa fue cuna, no sólo de la democracia burguesa, sino también de la democracia de tipo comunal o soviética, de la democracia de los consejos obreros. Pero la gran revolución no fue solo una revolución de masas que trabajó, sin saberlo, para la burguesía. Fue también, en cierta medida, una revolución de masas que actuaban por su propia cuenta. Las amasas no atacaron con la intención de hacer una revolución ¿burguesa?. Se sublevaron con la esperanza de aliviar su miseria, de sacudir su yugo secular. Ahora bien, el yugo secular no era sólo el de los señores, el clero y los agentes del absolutismo regio, sino también el de los burgueses; se olvida demasiado, en efecto, que la burguesía no era, en vísperas de 1789, una clase novata. La burguesía detentaba ya una parte considerable del poder económico. Además, ya había sido invitada a recoger las migajas del festín feudal: muchos burgueses habían recibido títulos de nobleza, gozaban de rentas feudales. En una palabra, la burguesía compartía con la aristocracia, la iglesia y la monarquía absoluta los beneficios derivados de la explotación de las clases trabajadoras. La idea de liberarse del yugo secular conducía, naturalmente, a los oprimidos a la idea de una lucha contra todo el cuadro de los privilegiados, incluidos los burgueses. Más tarde, Babeuf no hará más que expresar por escrito esta deducción espontánea: ¿¿Qué es una revolución política en general?¿ Qué es la revolución francesa en particular? Una guerra abierta entre los patricios y los plebeyos'(…)" Luckacs "El Hombre y la democracia" Este texto del viejo Luckács fue escrito en el año 1968, coincidiendo con una de las últimas explosiones revolucionarias que alcanzó caracteres mundiales y con la magnifica senectud del viejo luchador y filósofo comunista. Se trataba de una indagación sobre el papel de la democracia cuya tesis principal podemos resumir así: la salida del estalinismo no podía hacerse incorporando los dogmas del liberalismo sino profundizando en la democracia socialista. Los párrafos que siguen corresponden al análisis del papel de la Revolución Francesa en el proceso general de democratización. Desgraciadamente esta obra fue publicada por primera vez en húngaro el 1985. El hundimiento del socialismo real en el marasmo del neoliberalismo no ha supuesto ningún avance hacia la democracia real. Publicamos la traducción del texto alemán a cargo de Mario Prilick y Myrian Kohen para la edición española en Editorial Contrapunto Buenos Aires, 1989. La forma clásica de la moderna democracia burguesa, la de la Revolución francesa, ha surgido y se ha construido con eficacia tomando muchísimo – incluso de manera consciente – del ideal de este modelo. En el plano socio-económico se encuentra, sin embargo, exactamente en el polo opuesto. Al subrayar esta contradicción Marx destaca al mismo tiempo que la libertad e igualdad ( expresiones ideológicas centrales de la esencia de la democratización moderna) pueden asumir desde el punto de vista ideológico formas muy diferentes; pero en cuanto a la esencia económico-social "no sólo son respetadas en el intercambio de valores de cambio, sino que el intercambio de valores de cambio es la base productiva real, de toda igualdad y libertad". Esta realización práctica del dominio de la libertad y de la igualdad significa- con todas sus contradicciones- un enorme progreso en la prehistoria de la sociedad humana; el fundamento real, objetivo, de la esencia humana o en menor medida, a los límites naturales del ser social están contenidas en su manifestación. La lucha social que ha producido este hecho, en su forma inmediata, directa, esta dirigida contra la articulación de la sociedad por clases, estructuración surgida en el y del feudalismo. La feudalidad, que el joven Marx llamó "democracia de la no libertad", le da a la estructura de la sociedad "directamente" un carácter "político"; "los elementos de la vida burguesa, como por ejemplo la posesión o la familia, o el tipo y el modo de trabajo, se habían elevado al plano de elementos de la vida estatal, el estamento o la corporación. Determinaban bajo esta forma, las relaciones entre el individuo y el conjunto del Estado, es decir, sus relaciones políticas". La Revolución francesa destruyó radicalmente toda esta estructura social y, con ello por primera vez en la historia del mundo, construyó la relación entre Estado y sociedad civil en términos puramente sociales. Marx señala con razón que de este modo pudo unificarse materialmente por primera vez la vida política con respecto a la dispersión que existía en el feudalismo; liberada en lo inmediato de las características de la sociedad civil, elevada a asunto general del pueblo con independencia real de los elementos particulares. De este modo, el objetivo de la batalla ideológica de siglos por introducir el "reino de la razón" en la vida humana se convirtió en el fundamento de la vida social. Sólo que – cómo más tarde lo señaló Engels- este reino de la razón se evidenció como el reino idealizado de la burguesía. No debemos entender aquí el término idealizado como una acusación política – ideológica -, sino como una comprobación, objetiva, científica de la estructura social surgida en la realidad. El mismo Marx, en la comprobación teórica de las investigaciones que acabamos de citar sobre la transformación real del conjunto de la estructura social, dijo que el idealismo. del Estado, de la vida política, que se produce como superación del feudalismo, presupone como fundamento contrario la culminación del materialismo de la sociedad burguesa. Ejemplifica esta contradictoria unidad entre Estado y sociedad civil, entre idealismo y materialismo en la vida de la sociedad, en la vida de cada hombre individual en cuanto miembro suyo, analizando el primer gran documento práctico de esta transformación- el texto de las Constituciones de la Revolución francesa. Esta observación se basa en la oposición-unidad entre homme (bourgeois) y citoyen. Citoyen significa obviamente el ciudadano devenido idealmente, desligado de todas las ataduras materiales de la existencia socio-económica; el hombre, a la inversa, es el que forma parte de la sociedad civil. Marx no dejó de señalar que las Constituciones revolucionarias en lo que respecta a esta vinculación indisoluble (en tanto todo citoyen es también homme) denigran al ciudadano como servidor de los denominados derechos humanos. Con esto se reconoce la real supremacía social del hombre material, productivo (privado) sobre el ciudadano ideal. De esta manera, también se determina con precisión el lugar de esta democracia en el gran proceso de desarrollo de la humanidad, de la formación del género humano, de la humanización del hombre. Acerca de la forma más general de la situación social del hombre de la democracia burguesa, ahora un ser concreto – así reconocido -, Marx dice que los otros hombres constituyen para él no la realización sino el límite de su libertad. Y esa es la realidad social básica del capitalismo: el- sujeto- de la praxis real en la sociedad es el hombre egoista, el hombre y, por ello, simplemente particular. Aquí como componente necesarios de esta fase del desarrollo, la generalidad del hombre alcanza un nivel más alto, en términos sociales objetivos, que en cualquier otra formación precedente, menos social; la generalidad que realiza la vida genérica real del hombre se presenta como "oposición a su vida material". Naturalmente, en los días tumultuosos de la gran transformación todo está formulado con mayor pathos; con mayor pasión que luego durante el tiempo prosaico de la realización práctica. De estos momentos de entusiasmo parte la superabundancia -desde el Renacimiento reiteradamente. Actualizada – del modelo de la antigua democracia de la polis. No se trata de ninguna extravagancia literaria o intelectual. Fue necesario, dice Marx, a propósito de la Revolución francesa, el heroísmo para darle vida. Sus protagonistas necesitaron ideales, e incluso ilusiones "para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica". Estos momentos de pasión heroica con frecuencia vuelven a identificar, de manera históricamente falsa, las dos grandes formas de democratización – en realidad intrínsecamente antitéticas- pasando negligentemente por alto ante sus contradicciones sociales. Sin embargo, la revolución triunfó e instauró un proceso real en el cual las determinaciones ontológicas de la democracia burguesa se convirtieron en formas dominantes del mundo estatal capitalista. La máscara ideológica arcaica de la polis debió perder toda realidad social. Cuando fue utilizada como medio ideológico, después del triunfo de la revolución, resultó una mentira, una caricatura, un engaño consciente; 1a materialidad económica del democrática ciudadano de la polis que vive y comercia como poseedor de una parcela no podrá nunca más ser restaurada.. Su ser social no tiene nada en común con el sujeto del intercambio de mercancías, con la libertad y la igualdad que lo caracterizan en su práctica: materialmente en la circulación de mercancías, idealmente en su superestructura estatal. 2. Las tendencias necesarias del desarrollo de la democracia burguesa. Hasta aquí pudimos sólo señalar el principio económico más general que opone a estas dos formas de democracia entre sí. Una estructura no es, contrariamente a lo que hoy dicen las teorías de moda, un principio estático por su naturaleza, es decir no-histórico; sino el fundamento ontológíco y – justamente por esto, ante todo – dinámica desarrollo de toda formación. Habíamos visto como en la relación necesaria con el desarrollo de las fuerzas productivas terminaba por destruirse la igualdad de los propietarios de parcelas, base económica de la democracia de la polis. Observemos ahora las tendencias dinámicas que la antítesis entre el materialismo de la sociedad burguesa y el idealismo del Estado contiene en sí misma y desarrolla como tendencia del movimiento. La práctica materialmente orientada del homme de la sociedad burguesa tiene un carácter dinámico universal, posee entonces la tendencia de someter a sus intereses todos los fenómenos de la formación social con los cuales entra en relación. En consonancia con todas las observaciones imparciales de este período, Marx describe el consecuente proceso de acción con el cual el homme de la sociedad capitalista actúa hacia las instituciones de ésta, hacia la superestructura "ideal", en los términos siguientes: "El burgués se comporta ante las instituciones de su régimen como el judío ante la ley: la burla siempre que puede, en todos y cada uno de los casos concretos, pero quiere que todos los demás se atengan a ella y la respeten." El hecho en general no constituye desde el punto de vista histórico una novedad. El Estado de toda sociedad es un arma ideológica para combatir los conflictos de clase. Sin embargo, cuando un determinado sector de ciudadanos de la polis, por ejemplo, compra la propiedad de aquellos que se han empobrecido, contribuye a disolver la comunidad parcelaria y, cualquiera sea su intención, de hecho impulsa en la práctica la descomposición de la propia democracia de la polis. Esta conducta que describe Marx, y también otros (pensadores honestos, especialmente escritores), promueve en el plano económico el desarrollo del capitalismo y, al mismo tiempo, adapta la superestructura estatal a las necesidades económicas que se han desarrollado de este modo. La superestructura democrática debe mantener desde el nivel socio-ontológico en general su carácter "ideal", su contenido, cuyas formas de acción se ciñen cada vez más a las necesidades del homme. Que estos contenidos (y las formas de acción que se desprenden de ellos) adquieran una validez social general, representados por grupos económicos importantes, no cambia en nada los principios fundamentales de la cuestión (por lo menos para nuestra perspectiva). Para nosotros importa que los movimientos sociales tengan suficiente fuerza para provocar modificaciones en la base económica, para incidir sobre su relación dinámica-estructural con la superestructura "ideal". Quien intente estudiar tales tendencias en términos no fetichistas, no debe perder de vista que todo movimiento de masas puede ser sólo un tipo particular de síntesis de tales actos prácticos personales. Cuando Marx se remonta a la deformación interior del ser individual en todo comportamiento de este tipo, en el plano del ser adquiere una profunda justificación desde el punto de vista socio-ontológico. Es aquí donde se confirma la exactitud de la comprobación según la cual de este tipo de acciones del genero humano- se deduce la deformación de la generalidad del hombre (en términos individuales inmediatos: de su relación con el prójimo). Por contradictorio que aparente ser el aspecto lógico-formal o gnoseológico, la actuación social en los términos más puros posibles del "idealismo" de la superestructura es el medio más eficaz para posibilitar la realización sin dificultades de las tendencias materiales-egoístas en la vida social. No es ninguna casualidad que el formalismo abstracto del derecho se haya desarrollado de esta manera y merezca el mayor prestigio en tales condiciones. Tampoco es ninguna casualidad – volviendo a nuestro verdadero problema- que el más perfecto, el más explícito "idealismo" abstracto de las formas de gobierno del Estado, sea el instrumento más apropiado para que se afirmen los intereses egoístas-capitalistas sin dificultad bajo el pretexto de intereses generales, ideales. Resumiendo. cuanto más puro el. parlamentarismo; cuanto más típica la realización central de este idealismo estatal – aparentemente independiente, formalmente autónomo de la vida real de la sociedad -; cuando más llega a ser un instrumento con valor de figurar como un órgano puro de la voluntad ideal del pueblo, tanto más apropiado como instrumento para hacer valer los intereses egoístas de los grupos capitalistas, precisamente bajo la apariencia de una ilimitada libertad e igualdad. Por esto quizás la expresión "apariencia" no sea totalmente exacta. Pues aquí no se realiza simplemente una apariencia de libertad e igualdad, sino precisamente su esencia económica, la que ellas representan en verdad en la circulación capitalista de mercancías. La lucha para obtener una forma pura de parlamentarismo (por ejemplo, la lucha por el sufragio universal), por su omnipotencia como legisladora y supervisora de la vida de¡ Estado, ocupa en los hechos la vida política a partir de las grandes revoluciones de los siglos XVII y XVIII. Sobre una parte de estas luchas, sobre la superación de los restos de la estructura por estamentos, no vale la pena detenernos aquí; pertenecen en la esencial, por lo menos en los países capitalistas desarrollados, al pasado. Nos parece mucho más importante dirigir nuestra atención hacia los pasos decisivos en el intento de organizar una democracia" en el sentido de las grandes revoluciones, resultado de las luchas de masas en las cuales siempre debió emprenderse una corrección democrática" del parlamentarismo "puro" dispuesto. Los demócratas plebeyamente radica- les cuyas masas sirvieron en el ejército de Cromwell en la época de la Revolución inglesa, los revolucionarios plebeyos de las secciones parisinas, presionaron sobre el parlamento cuando fue necesario dispersarlo o diezmarlo para crear órganos que estuvieran en condiciones de expresar los verdaderos intereses del pueblo trabajador. Recién la "Gloriosa Revolución" en Inglaterra y el régimen de Luis-Felipe más tarde en la Tercera República Francesa fueron capaces de impedir tales intromisiones "no deseadas" y de asegurarle al parlamento esa libertad e igualdad formal que se correspondía con los intereses de los grupos capitalistas dominantes. No debemos nunca olvidar que en épocas de crisis – basta pensar en el affaire Dreyfuss – surgen en el horizonte político, desde luego ahora ya atenuadas, las posibilidades de correcciones plebeyo-democráticas. De hecho, en la teoría política del siglo XIX aparece continuamente la oposición entre el democratismo consolidado en el pueblo y el liberalismo parlamentario. No necesitamos destacarlo: con el triunfo prácticamente indiscutible del segundo. Wolfgang Harich ¿Comunismo sin crecimiento? Babeuf y el club de Roma Harich, comunista crítico en la RDA ( estuvo ocho años en la cárcel estalinista entre el 56 y el 64), publicó en occidente este libro de entrevistas el año 1975. Como escribiera Manuel Sacristán en la presentación de la edición española del libro ( ed. Materiales, Barcelona 1978) : "Él se caracteriza por poner en el centro de una revisión marxista revolucionaria el problema ecológico, el problema de la relación hombre naturaleza: ‘(…) nada hay más conforme a la época’ dice Harich en su entrevista al Extra-Dients (1977), ‘que ese lema de Rousseau. ¿Vuelta a la naturaleza ! Aunque hay que puntualizar que Rousseau no fue un romántica pasadista, sino un eminente pensador revolucionario, por lo que en realidad, ese lema debería transformarse, para permanecer fiel a su sentido, así: ¡Adelante a la naturaleza!’. Harich piensa que las fuerzas productivas materiales han alcanzado un estadio de desarrollo que ya no se puede rebasar sin consecuencias destructivas irreparables, de modo que ‘a partir de ahora el proceso de acumulación de capital choca con el límite último, absoluto, detrás del cual están ya al acecho los demonios de la aniquilación de la vida, de la autoaniquilación de toda vida humana". Publicamos a continuación un extracto de las cartas de Harich a Freimut Duve sobre la figura de Babeuf que sirve a nuestro autor como plataforma desde la que reformular el sistema de necesidades humanas que se esconde detrás de cada sistema económico. "Berlín 3 de mayo de 1975 ¿Quién fue Babeuf? Es fácil saberlo recurriendo a cualquier diccionario enciclopédico. Acerca del "babeufismo" como doctrina puede uno enterarse de la mejor manera por el Más reciente Phílosophísches Wörterbuch de la RDA, en dos tomos, editado por Manfred Burh y Georg Kiaus, Berlín 1974. Ilia Ehrenburg y Ferdinand May han escrito novelas históricas sobre la "conspiración de los iguales" de Babeuf, de 1795/96, utilizando en ambos casos las memorias de su amigo Filippo Buonarotti. En Wagenbach, Berlín Occidental, aparecerá próximamente un libro que trata tanto de las afinidades como de las diferencias entre Babeuf y Marx en relación con sus principios de organización y su táctica política. En estas condiciones me parece aconsejable dejar al margen todos los datos históricos acerca de Babeuf que yo pensaba exponer en el marco de la séptima entrevista y limitarme a unas breves observaciones. Babeuf intentó aportar, desde el principio, a la revolución francesa, tanto a su ideología como a su realización histórica, un concepto del comunismo agrario aprendido de Morelly, que era entonces prematuro y que, por tanto, estaba condenado al fracaso. Babeuf perteneció presumiblemente a la oposición de extrema izquierda a Robespierre; pero tras la caída de éste, en 1794, se sumó pronto a los perseguidos partidarios de Robespierre que hicieron retroceder el 9 de Termidor y que, contra la resistencia de la gran burguesía victoriosa, intentaron restablecer la democracia jacobina de 1793, es decir, la dictadura de la Convención dominada por el Comité de Salud Pública. Encerrados en prisión, los más decididos partidarios de este empeño se dieron cuenta de que había que movilizar y organizar a su favor a las capas populares más pobres y hambrientas y, en estas condiciones, el también prisionero Babeuf ganó sobre ellos, con sus amplios ideales comunistas, una gran influencia. El motivo: la dictadura de los jacobinos había fracasado por la contradicción que suponía proclamar, de un lado, la propiedad privada como un derecho humano inalienable e intentar, de otro lado, suprimir su consecuencia directa, la búsqueda capitalista del enriquecimiento individual, mediante decretos de prohibición y el terror. Con la exigencia de la prohibición de toda propiedad privada, Babeuf ofrecía la fórmula que prometía superar este dilema. Parece que en aquel momento los republicanos puros, los herederos de Robespierre, Saint-Just y Marat, veían mayoritariamente en las consignas comunistas un simple medio para ganarse a las masas miserables, mientras que, por el contrario, Babeuf y sus fieles aspiraban a la vuelta a la constitución democrática de 1793 únicamente como punto de partida de un poder político orientado a la transformación gradual de las relaciones de propiedad con la meta final del comunismo. Las relaciones entre ambos grupos parecen haber sido, no obstante, más bien fluidas y, en cualquier caso, contaban como elemento de unión con la oposición común a los termidorianos, al Directorio de la gran burguesía, al que inmediatamente después de la amnistía conseguida en 1795 se empezó a combatir con intensidad y con un notable empuje de masas. A la represión de sus actividades legales, Babeuf y sus camaradas respondieron con el paso a la lucha ilegal. Así se constituyó la "conspiración de los iguales". El levantamiento popular general que preparaban no se llevó, sin embargo, a cabo. Un traidor de entre sus propias filas entregó el plan del levantamiento al gobierno del Directorio, que hizo detener inmediatamente a las cabezas de la conspiración. Después de un largo proceso, Babeuf y algunos de sus más estrechos colaboradores en la conspiración fueron ejecutados en 1797, en tanto que los demás acusados fueron, en parte, deportados y, en parte, dejados en libertad por falta de pruebas. Uno de los deportados era Buonarotti. Años después escribió, basándose en sus recuerdos, un libro acerca de la historia y la doctrina de la conspiración de Babeuf. Publicado en 1828 en Bruselas, al principio mereció escasa atención, pero a partir de mediados de los años treinta encontró una gran audiencia en el joven movimiento obrero francés en proceso de formación cuando éste estaba empezando a dejar de ir a remolque de la oposición republicana – pequeñoburguesa – a la monarquía de julio, así como entre los cartistas ingleses. Si la ejecución de Babeuf eliminó, por tanto, el último obstáculo revolucionario-plebeyo en el camino del despliegue del capitalismo en el continente europeo, cuatro decenios más tarde, el renacimiento temporal de sus ideas, con la mediación del viejo Buonarotti, inició la independización de la moderna lucha de clases proletaria, su emancipación política con respecto a la tutela liberal. Así pues, Babeuf está como precursor más cerca del marxismo que el socialismo utópico estrictamente burgués (Saint-Simon, Fourier), aun cuando siga siendo verdad que éste, por su riqueza de ideas, estimuló en una medida mucho mayor a Marx y Engels que el primitivo patrimonio ideológico que Buonarotti podía ofrecerles. Berlín, 4 de mayo 1975. Sólo esto con respecto a Babeuf. Volvamos ahora a la primera "herejía" que usted, Señor Duve, cree ver en mí. En nuestra última conversación me puso frente a ese pasaje del Manifiesto Comunista donde Marx y Engels acusan al comunismo de Babeuf de ser "por su contenido, necesariamente reaccionario", pues predica "un ascetismo general y un tosco igualitarismo". A esto adjuntaba usted la observación de que quien, como yo, enarbola la consigna de "¡Vuelta a Babeuf!" es imposible que pretenda al mismo tiempo aparecer como un marxista ortodoxo. En principio debo decirle que se pueden encontrar otros pasajes de Marx y Engels en los que hay valoraciones muy positivas acerca de Babeuf. En él, dicen en una ocasión, el comunismo "aparece por primera vez como expresión de un partido comunista auténticamente en acción". En Babeuf ven a alguien que apoyándose en la experiencia práctica de la lucha popular, revolucionaria, se dio cuenta de que "con la eliminación de la cuestión social de la aristocracia y con la república no venía a solucionarse ninguna "cuestión social" en el sentido del proletariado." No obstante, no quiero extenderme con estas y similares citas. Para ir al núcleo del problema, hay que centrarse en otro punto. La historia europea de las ideas incluye una línea en la tradición del pensamiento social que es, en última instancia, de origen gran-burgués. Se trata de una línea que lleva de Voltaire, pasando por Condorcet, a Saint-Simon, y de éste y sus partidarios (Heine entre ellos) al marxismo. Se caracteriza esta tradición por una actitud favorable y afirmativa con respecto al progreso y ha estado en todo momento tan estrechamente ligada al ascenso de la producción industrial, a la que refleja, que incluso antes de la aparición de Marx y Engels empezó en parte a modificar, y en parte a sustituir por completo, el legado de Babeuf entre los trabajadores con consciencia de clase a medida que éstos se entendían a sí mismos como proletariado industrial moderno. Pienso, a este respecto, en la resonancia de la utopía de Cabet, en neobabeufistas como Dézamy y, por lo que a Alemania se refiere, en Weitling. La herencia de ideas utópico-socialistas que arrancan de aquí fue primero reelaborada críticamente por Marx y Engels, que las sintetizaron luego con las aportaciones racionales de la historiografía de la época de la Restauración, de la dialéctica hegeliana, del materialismo de Feuerbach, de las teorías de la economía política inglesa clásica (Smith, Ricardo). E hicieron bien dándole a todo esto la primacía. Porque la industrialización estaba en aquella época a la orden del día, estaba "en su momento" y se trataba de asegurar al proletariado, en tanto que productor de los logros que había que agradecer a aquélla, al menos una parte de sus bendiciones. De permanecer condenado al ascetismo babeufiano, el proletariado hubiera quedado atenazado en su miseria y en su penuria en vez de haber enviado, como Babeuf quería, a los ricos al diablo, tarea para la que en el siglo XIX faltaban aún todas las precondiciones. Lo que ahora estamos viviendo, sin embargo, es, simplemente, que el progreso industrial, tanto en condiciones socialistas, como, sobre todo, en condiciones capitalistas, choca con barreras naturales inesquivables, lo que hace que el dominio de la línea de tradición volteriana en el marxismo, o al menos eso afirmo yo, deje de resultar conforme a las exigencias de la época. Y si en este contexto recuerdo a Babeuf es porque quiero verle reivindicado como el primer adepto del Jean-Jacques Rousseau joven de orientación comunista, de quien, en mi opinión, parte otra línea de tradición que va a ser en el futura de más importancia para el marxismo que la de Voltaire, Condorcet y Saint-Simon. Es de origen preindustrial, campesino-pequeñoburquesa y desde un principio radical-democrática, pero democrática no en el sentido del sistema político pluralista de la burguesía, sino en el sentido del – altamente autoritario, extremadamente dictatorial – jacobinismo. Jacobinismo en relación con el cual acaso no convenga olvidar que su más glorioso representante, Robespierre, exactamente igual que su continuador comunista Babeuf, figuraba entre los más entusiastas roussonianos. Rousseau era el gran antípoda de Voltaire. Y ¿por qué lo era? Podemos encontrar la respuesta en el Diccionario filosófico de Voltaire, donde se rechaza la filosofía de Rousseau afirmando de ella que es la de "un paria miserable cuyo deseo es que todos los ricos sean desvalijados por los pobres para que la unión fraternal de los hombres se realice más fácilmente." Dado que el antagonismo de clase, articulado en este veredicto, es el núcleo del conflicto entre los dos grandes pensadores – como ocurre de hecho -, el marxismo, por mucho que reconozca la función históricamente progresiva de la riqueza burguesa en el siglo XVIII, no puede tomar abiertamente partido, aunque solo sea por su bien conocida preferencia por los "parias miserables", por Voltaire contra Rousseau. Aunque tan lejos nunca ha llegado a ir, desde luego. Ni siquiera en la valoración de la – aparentemente tan reaccionaria – crítica roussoniana de la civilización. Sobre ésta Voltaire le escribió en 1755 a Rousseau, con referencia al ejemplar dedicado que éste le había enviado de¡ Tratado acerca del origen y del fundamento de la desigualdad entre los hombres: "Leyéndolo dan ganas de andar a cuatro patas. Sin embargo, dado que hace ya 60 años que abandoné este hábito, me es, por desgracia, imposible recuperarlo de nuevo, por lo que dejo esta postura tan natural a hombres que sean más aptos para ella que usted y que yo." Es una invectiva humorística contra la "vuelta a la naturaleza" roussoniana. Otros ilustrados interpretaban la misma consigna como si se tratara de la recomendación de que los hombres volvieran a alimentarse, como los jabalíes, de raíces y bellotas. Al igual que Voltaire, sin embargo, estaban en un error y hay que decir que le corresponde a la filosofía clásica alemana, lo mismo que al marxismo, que adoptó como punto de partida la plenitud de ésta en manos de Hegel y Feuerbach, el honor de haber penetrado con mayor profundidad en este punto. Con otras palabras, que sin perjuicio de sus muy fuertes afinidades con la tradición favorable a la civilización de raíz volteriana, no compartían aquella mala interpretación de las auténticas intenciones de Rousseau. Lo cual, creo yo, capacita nuevamente, cuando no fuerza, a los marxistas de hay a relativizar también el juicio que se emite en el Manifiesto Comunista acerca de un Babeuf en la línea de Rousseau. En una época en que con la eliminación del feudalismo estaba a la orden del día de la historia el dominio de la gran burguesía, Rousseau dio imperturbablemente expresión a los intereses de las capas populares pequeño-burquesas y plebeyas. Para él, por tanto, resultaba inaceptable la idea de un progreso uniforme, lineal, mejorador y favorecedor de la sociedad en su conjunto. La historia mundial le demostraba que la masa de los pobres había sido siempre oprimida por los ricos y poderosos. De aquí concluía que el proceso de la civilización sólo resultaba beneficioso a quienes poseyeran la suficiente riqueza como para estar en condiciones de apropiarse de los bienes materiales y espirituales en aumento y que esto, por las desigualdades no naturales que persistirían, tenía necesariamente que llevar a la difusión de la depravación moral de toda la sociedad. Así se conjugaba en él el postulado democrático-plebeyo de igualdad con la crítica a la civilización, de resonancias conservadoras, inherentes a la ,,vuelta a la naturaleza". Sin embargo, Rousseau no entendía por ese regreso, en absoluto, tal como le imputaban los volterianos, la vuelta de¡ hombre a alimentarse de bellotas y a desplazarse a cuatro patas. Rousseau pensaba algo distinto, algo que, bien mirado, tendría que relacionarse más bien con esta fórmula: "adelante hacia la naturaleza "’ Lo que él vislumbraba era una cultura que con sus medios – de los que ya no podía hacerse abstracción en la historia- restableciera a un nivel superior el estado natural de igualdad entre los hombres, su vida armónica en común, su felicidad en ello basada, su común sensibilidad moral. Y sus escritos tendían a darle esta clase de orientación tanto al desarrollo de¡ todo social como al del individuo. El primer pensador que comprendió esto fue Kant. Rousseau quería, escribe Kant en 1786, "resolver el difícil problema de cómo tiene que proceder la cultura para desarrollar las potencialidades y disposiciones de la humanidad, en tanto que moral, de forma coherente con su determinación, de tal modo que ésta no se oponga ya a aquélla en tanto que especie natural." En 1794 Fichte adoptó análoga posición en relación con el empeño de Rousseau. Para Rousseau, subrayaba, el "regreso" era en realidad "avance": "Para él ese abandonado estado natural es la meta última a la que ha de proyectarse finalmente la humanidad ahora depravada y deformada. Procede a hacer precisamente lo que nosotros hacemos: trabaja para conformar ulteriormente a la humanidad a su manera y para fomentar su avance en dirección a su meta suprema." Esto se dice en el escrito de Fichte Über díe Bestímmung des Gelehrten. Y la filosofía de la historia propia de Fichte, expuesta en los Grundzügen des gegenwártigen Zeitalters (1806) representa un intento único de traducir la herencia intelectual así entendida de Rousseau en su dimensión histórico-universal. La historia mundial enlaza, según este texto, con un estado natural paradisíaco y armónico en el que la razón, aún sin comprenderse a sí misma, domina necesariamente como un impulso ciego. De aquí se pasa a una segunda época en la que la autoconsciencia inicial del individuo choca con la ley de la totalidad como si se tratase de un imperativo externo, pero al que aún se somete. Posteriormente, ambos entran en conflicto y se llega al rechazo, por parte del individuo, de toda autoridad. La razón parece perdida. Su ciego dominio ya se ha truncado; ya no reconocerá a ningún poder externo; sin embargo, aún no se ha alcanzado su dominio consciente querido y aceptado de modo universal. La humanidad vive en el "estadio de pecaminosidad consumada". Y solo a partir de él puede, con lo que se cierra el proceso, pasar la era del "arte de la razón" en la que nuevamente se recobra la armonía inicial, pero recuperada a través de la libertad, en tanto que obra consciente de los hombres, los cuales determinan de manera creadora y autónoma su vida de acuerdo con sus eternos fines naturales. (…)" Henri Guillemin ¡Los pobres a callar! Durante la celebración del segundo centenario de la revolución francesa (1989), frente a la operación revisionista algunos historiadores reaccionaron en clave de defender los aspectos sociales de aquella revolución y la necesaria continuidad entre cualquier pensamiento emancipador y aspectos de la obra revolucionaria sobre todo del 73 al 75. Uno de ellos, fue Henri Guillemin. Reproducimos aquí el prólogo de su obra ( "¡ Los pobres a callar!", Grijalbo Mondadori, Barcelona 1997), que consciente y acertadamente se autocalifica de libelo. "Había pensado en Elogio de los vencidos. Pero para entender este título había que leer antes este breve escrito.- ¿los "vencidos" ? Los que fueron liquidados el 9 de termidor, en la más bonita fiesta de la guillotina, ciento diez cabezas cortadas en cuarenta y ocho horas, el 10 y el 11. Los que habían creído en la Revolución, una revolución que no sólo cambiaría las estructuras, sino que ante todo y sobre todo modificaría la concepción humana de la vida, del uso de los días. Inmediatamente apareció, límpido, este título: ¡Los pobres, a callar! Dos razones me han como empujado por detrás para dictarme este… ¿qué? dicho en plan pedante, este compendio de los sucesos que se desarrollaron en Francia de 1789 a 1799, este "resumen didáctico" de la Revolución. Primer móvil: el estado violento de "insoportación" (el neologismo es de Flaubert) en que me ha sumido la ostentación estridente y perentoria de una doctrina según la cual la Revolución, por un lado, se diluye a lo largo de cerca de un siglo, y por otro – ahí está el gran invento- "pierde el control" (esa es la palabra clave, la contraseña, la marca del iniciado), pierde el control, sí, muy deprisa. Desde la Legislativa el mal está hecho; dicho de otra forma, lo sensato habría sido un gobierno al estilo Luis Felipe. De modo que la República es el resultado de un patinazo. No está mal para el bicentenario. Original, en todo caso. El otro móvil que se ha apoderado de mi bolígrafo para darle fiebre es el asunto de la propiedad, demasiado olvidado, creo yo, en los relatos y comentarios al uso sobre la Revolución. Lo que hay que saber, porque es fundamental, es que a partir de la reunión de los Estados Generales cundió el pánico entre les honnétes gens, la "gente honrada", fórmula que debemos, creo, a La Fayette; gente honrada = gente de bien, gente que "tiene bien", bienes, dicho de otra forma, los propietarios, frente a los que fueron excluidos del derecho a voto y de la guardia nacional ,los no propietarios, la "gente de nada" ( gens de rien). Robespierre fue de los pocos – de los poquísimos – revolucionarios que pretendieron crear una "conciencia de clase" entre los explotados ( del campo y de la ciudad). No lo consiguió. Demasiado pronto. Esperemos a la expansión industrial del siglo posterior y a las concentraciones de proletarios. En cambio, entre la gente de bien, vaya si está ahí, desde el 89, la conciencia de clase, viva, os lo aseguro, lúcida, asustada, agresiva. Basta con ver y escuchar a Madame de Stäel, a Sièyes, a Barnave y a otros muchos. Y todo giró en torno a este asunto, con el pavor (creciente durante cinco años) de "los que tienen" en presencia de "los que no tienen", y a los que a toda costa ( y constantemente) hay que vigilar y contener, primero con un despliegue amenazador de fuerza el 14 de julio de 1790, y luego con un uso crepitante y persuasivo, el 17 de julio de 1791. Las tres asambleas que gobernaron hasta el Directorio, La Nacional, la legislativa y la convención todas ellas- también la Convención- estuvieron formadas por propietarios. La primera, al día siguiente de los disturbios rurales de julio de 1789, tuvo buen cuidado de dotar a la Propiedad de un atributo inédito, reforzado, solemne. Y podremos admirar a Danton, que el día en que la Convención celebró su primera sesión aportó un adverbio inesperado y grandioso en apoyo de la fortuna adquirida. Odioso, intolerable ese Robespierre que en abril de 1793 osó proponer un límite oficial al derecho a la propiedad. Estaba loco, era un malhechor un "anarquista". Por fin, el 9 de termidor, la "gente honrada" respiró aliviada. ¡Que liberación! En el Comité de Salvación Pública habían llegado a intervenir en el orden económico -estableciendo un "máximo" para el precio de los artículos en otoño del 93-, cuando el dogma de los girondinos implicaba una abstención rigurosa, absoluta , del estado en este terreno. Fue la Convención -si, la misma-, mostrando su verdadero rostro después de quitarse la máscara que se había puesto por miedo a los robespierristas, la que aclamó a Boissy d’ Anglas cuando expuso en la tribuna esta verdad fundamental: "Un país gobernado por los propietarios está en el orden natural". Pero la rectificación de termidor era imperfecta, insuficiente. Subsistía el principio republicano, esencialmente temible en sí mismo. Brumario cerró el paréntesis siniestro abierto por el 10 de agosto de 1792 y el sufragio universal. Se acabaron las elecciones "del todo" y la república, Necker y sus amigos banqueros recuperaron la dicha y la beatitud. La "gente de nada" ¡chitón!, y de una vez por todas. E.J. Hobsbawn Los ecos de la marsellesa El historiador británico escribió su trascendental obra en 1989, ampliando los textos de unas conferencias que dio en la Rutgers University de New Brunswick. El libro constituye un interesante ensayo sobre las repercusiones políticas de la revolución francesa a lo largo de dos siglos, así como sobre la evolución de la historiografía revolucionaria. Por su interés, publicamos aquí un extracto de su último capítulo titulado "Sobrevivir al revisionismo, sin notas a pie de página. Insistimos en la importancia de la lectura completa de esta obra que hallaremos en Editorial Crítica, Barcelona 1992. " (…) En resumen, el revisionismo sobre la historia de la Revolución francesa no es más que un aspecto de un revisionismo mucho más amplio sobre el proceso del desarrollo occidental (y luego global) hacia, y en, la era del capitalismo. No afecta sólo a la interpretación marxista, sino a la mayoría de interpretaciones históricas de estos procesos, pues a la luz de los extraordinarios cambios que han transformado el mundo desde el final de la segunda guerra mundial, todos parecen defender la necesidad de reflexionar. No existe un precedente histórico de cambios tan rápidos, profundos y (en términos socioeconómicos) revolucionarios en un período tan breve. Muchas cosas que al principio pasaron inadvertidas se hicieron patentes a la luz de esta experiencia contemporánea. Muchas cosas que se dieron por sentadas aparecen cuestionadas. Además, no sólo los orígenes históricos y el desarrollo de la sociedad moderna requieren ciertas reconsideraciones, sino que encontrarnos en idéntica situación a los mismísimos objetivos de di- chas sociedades, los cuales vienen siendo aceptados desde el siglo XVIII por todos los regímenes modernos, capitalistas y (desde 1917) socialistas, a saber, el progreso tecnológico y el crecimiento económico ilimitados. Los debates sobre lo que tradicionalmente (y legítimamente) se ha considerado el episodio capital del desarrollo del mundo moderno, que constituye uno de sus hitos más destacado, deben situarse en el contexto más amplio del final del siglo xx, reconsiderando su pasado y su futuro en el contexto de la transformación del mundo. Mas la Revolución francesa no debería convertirse retrospectivamente en la cabeza de turco que justifique nuestra incapacidad para comprender el presente. Con revisionismo o sin él, no olvidemos lo que resultaba obvio para todas las personas con una educación en el siglo XIX y que todavía sigue siéndolo: la relevancia de la Revolución. El mismo hecho de que doscientos años después siga siendo objeto de apasionados debates políticos e ideológi

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La escuela nacional Florestan Fernandes

Queridos amigos y amigas del MST:

Querríamos socializar con vosotros una nueva conquista de la solidaridad entre los brasileños y los pueblos del mundo: la inauguración de la Escuela Nacional Florestan Fernandes, el día 23 de enero de 2005. Construida en Guararema (a 60km de São Paulo) por 1.115 trabajadores rurales Sin Tierra, la Escuela es el fruto valioso de nuestra lucha. Fueron cuatro años y medio de trabajo de voluntarios de asentamientos y acampamentos de todo Brasil. Una obra realizada por muchas manos con callos de usar el azada.

Después de largos años de discusiones colectivas en las diversas instancias del MST, la Escuela surge con el propósito de hacer pensar, planear, organizar y desarrollar la formación política, técnica e ideológica de los militantes y dirigentes del Movimiento. Por nacer con el objetivo de capacitar a jóvenes, mujeres y hombres del medio rural para la producción, comercio y gestión de los acampamentos y asentamientos, la ENFF tendrá una pedagogía y metodología adaptada a la realidad de los trabajadores del campo.

Sobre un terreno de 30 mil metros cuadrados, fueron construidas instalaciones de ladrillos de solo-cimento (lit., suelo-cemento) fabricados en la propia escuela. Esta técnica es agro-ecológica, evita la necesidad de revocar las fachadas, contribuye a disminuir la cantidad de hierro, acero y cemento en la obra y es más resistente y fácil de asentar. En total se dispone de tres aulas que juntas pueden llegar a albergar hasta a 200 personas, un auditorio y dos anfiteatros. Los recursos para la construcción de la escuela fueron recaudados mediante la venta del libro "Tierra", con textos de José Saramago, canciones de Chico Buarque y fotos de Sebastião Salgado, contribuciones de organizaciones no gubernamentales (ONGs) europeas y donaciones de amigos y amigas brasileños e internacionales.

Al maestro con cariño

El homenaje al maestro y sociólogo Florestan Fernandes es el resultado de la admiración y reconocimiento del MST por su trayectoria de vida incansable y coherente con la lucha de los trabajadores y trabajadoras. Crítico severo del capitalismo, Florestan Fernández defendió la libertad, la democracia y una sociedad más justa y fraterna. Diez años después de su muerte, su legado y sus ideas orientan nuestras acciones.

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Nació el Consenso de Porto Alegre

Porto Alegre (Brasil) Se trata de una serie de propuestas de un grupo de 19 personalidades y busca establecer distancias con el llamado ‘Consenso de Washington’, y aboga entre otras cosas por una profunda reforma de los organismos internacionales.            A modo replica a quienes sistemáticamente achacan a los Foros Sociales Mundiales falta de propuestas un grupo de intelectuales y personalidades que posee un amplia consenso emitieron un documento denominado ‘Declaración de Porto Alegre’ que sintetiza con meridiana claridad el pensamiento del movimiento alterglobalizador reunido en Porto Alegre hasta mañana.            Entre los primeros firmantes se encuentran Aminata Traoré, Adolfo Pérez Esquivel, Eduardo Galeano, José Saramago, François Houtart, Boaventura de Sousa Santos, Armand Mattelart, Roberto Savio, Ricardo Petrella, Ignacio Ramonet, Bernard Cassen, Samir Amin, Atilio Boron, Samuel Ruiz Garcia, Tariq Ali, Frei Betto, Emir Sader, Walden Bello, Immanuel Wallerstein.            El documento posee doce puntos y propone, entre otras cosas, trasladar la sede de la ONU a un país del Sur si Estados Unidos sigue violando las leyes internacionales.

Manifiesto De Porto Alegre

Doce Propuestas para Otro Mundo Posible

(texto completo)

Desde el primer Foro Social Mundial realizado en Porto Alegre en enero de 2001, el fenómeno de los foros sociales se ha extendido a todos los continentes, incluso a niveles nacional y local.          El Foro ha favorecido la emergencia de un espacio público planetario de la ciudadanía y de sus luchas, así como la elaboración de propuestas de políticas alternativas a la tiranía de la globalización neoliberal impulsada por los mercados financieros y las transnacionales, cuyo brazo armado es el poder imperial de los Estados Unidos. Por su diversidad, así como por la solidaridad entre los actores y los movimientos sociales que lo componen, el movimiento altermundialista se ha transformado en una fuerza que ya es tenida muy cuenta en todo el planeta. Entre las innumerables propuestas que han salido de los foros, un gran número de ellas cuenta sin duda son un amplio apoyo en el seno de los movimientos sociales. Los firmantes del Manifiesto de Porto Alegre, que nos expresamos a título estrictamente personal y que no pretendemos, en ningún caso, hablar a nombre del Foro, hemos identificado doce de esas propuestas, que en conjunto dan sentido a la construcción de otro mundo posible. Si fuesen aplicadas, permitirían que la ciudadanía comenzara por fin a reapropiarse de su futuro. Sometemos estos puntos fundamentales a la apreciación de los actores y movimientos sociales de todos los países. Son ellos los que, a todos los niveles –mundial, continental, nacional y local- podrán llevar adelante los combates necesarios para que se transformen en realidad. No nos hacemos ninguna ilusión sobre la real voluntad de los gobiernos y de las instituciones internacionales de que apliquen espontáneamente estas propuestas.       a) Otro Mundo Posible debe respetar el derecho a la vida de todos los seres humanos, mediante nuevas reglas económicas. Por lo tanto, es necesario: 1) Anular la deuda pública de los países del Sur, que ya ha sido pagada varias veces y que constituye, para los Estados acreedores, los establecimientos financieros y las instituciones financieras internacionales, la mejor manera de someter a la mayor parte de la humanidad a su tutela y mantenerla en la miseria. 2) Aplicar tasas internacionales a las transacciones financieras (especialmente la tasa Tobin a las transacciones especulativas de divisas), a las inversiones directas en el extranjero, a los beneficios consolidados de las transnacionales, a la venta de armas y a las actividades que emiten de forma sustantiva gases que producen el efecto invernadero. 3) Desmantelar progresivamente todas las formas de paraísos fiscales, jurídicos y bancarios que no son más que refugios de la criminalidad organizada, la corrupción, y todo tipo de tráficos, fraudes y evasiones fiscales, operaciones delictivas de grandes empresas e incluso de gobiernos. 4) Cada habitante del planeta debe tener derecho a un empleo, a la protección social y la jubilación respetando la igualdad entre hombres y mujeres, siendo esto un imperativo de políticas públicas nacionales e internacionales. 5) Promover todas las formas de comercio justo rechazando las reglas librecambistas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y poniendo en ejecución mecanismos que permitan, en los procesos de producción de bienes y servicios, dirigirse progresivamente hacia una nivelación por lo alto de las normas sociales (tal como están consignadas en las convenciones de la Organización Internacional del Trabajo, OIT) y ambientales. Excluir totalmente la educación, la salud, los servicios sociales y la cultura del terreno de aplicación del Acuerdo General Sobre el Comercio y los Servicios (AGCS) de la OMC. La convención sobre la diversidad cultural, que actualmente se negocia en la UNESCO, debe hacer prevalecer explícitamente el derecho a la cultura sobre el derecho al comercio. 6) Garantizar el derecho a la soberanía alimenticia y seguridad de cada país mediante la promoción de la agricultura campesina. Esto supone la supresión total de las subvenciones a la exportación de los productos agrícolas, en primer lugar por Estados Unidos y la Unión Europea, y la posibilidad de aplicar impuestos a las importaciones para impedir las prácticas de dumping. De la misma manera cada país o conjunto de países debe poder decidir soberanamente prohibir la producción y la importación de organismos genéticamente modificados destinados a la alimentación. 7) Prohibir todo tipo de patentamiento del conocimiento y de los seres vivos (tanto humanos, como animales o vegetales), del mismo modo que toda privatización de los bienes comunes de la humanidad, en particular el agua.      b) Otro Mundo Posible debe alentar la vida en común en paz y con justicia, a escala de toda la humanidad. Por lo tanto, es necesario: 8) Luchar, en primer lugar, por las diferentes políticas públicas contra toda discriminación, sexismo, xenofobia, antisemitismo y racismo. Reconocer plenamente los derechos políticos, culturales y económicos (incluyendo el dominio de los recursos naturales), de los pueblos indígenas. 9) Tomar medidas urgentes para poner fin a la destrucción del medio ambiente y a la amenaza de cambios climáticos graves debidos al efecto invernadero, resultado además en primer lugar de la proliferación del transporte individual y del uso excesivo de energías no renovables. Comenzar a ejecutar otro modelo de desarrollo fundado en la sobriedad energética y en el control democrático de los recursos naturales, en particular el agua potable, a escala de todo el planeta. 10) Exigir el desmantelamiento de las bases militares extranjeras y sus tropas en todos los países, salvo que actúen bajo mandato expreso de la Organización de Naciones Unidas (ONU).         c) Otro Mundo Posible debe promover la democracia desde el plano vecinal al planetario.            Por lo tanto, es necesario: 11) Garantizar el derecho a la información y el derecho a informar de los ciudadanos mediante legislaciones que: a) pongan fin a la concentración de medios en grupos de comunicación gigantes; b) garanticen la autonomía de los periodistas ante los accionistas y; c) favorecer a la prensa sin fines de lucro, en particular a los medios alternativos y comunitarios. El respeto de estos derechos implica contrapoderes ciudadanos, en particular en forma de observatorios nacionales e internacionales de medios de comunicación. 12) Reformar y democratizar en profundidad las organizaciones internacionales, entre ellas la ONU, haciendo prevalecer en ellas los derechos humanos, económicos, sociales y culturales, en concordancia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esto implica la incorporación del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de la OMC al sistema y mecanismos de decisión de Naciones Unidas. En caso de persistir las violaciones de la legalidad internacional por parte de los Estados Unidos, transferir la sede de la ONU fuera de Nueva York y hacía otro país, preferentemente del Sur. Porto Alegre, 29 de enero del 2005.

Algunos de los firmantes: Aminata Traoré, Adolfo Pérez Esquivel, Eduardo Galeano, José Saramago, François Houtart, Boaventura de Sousa Santos, Armand Mattelart, Roberto Savio, Ricardo Petrella, Ignacio Ramonet, Bernard Cassen, Samir Amin, Atilio Boron, Samuel Ruiz Garcia, Tariq Ali, Frei Betto, Emir Sader, Walden Bello, Immanuel Wallerstein.do Alberto Arrúa

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Política, capitalismo, democracia y sujeto hiperproletario global en la Europa actual

Carlos Prieto del Campo

(este artículo ha sido publicado por la revista VIento Sur º 75)

Resulta rigurosamente imposible pensar la política en las sociedades modernas sin pensar simultáneamente el capitalismo histórico y resulta incongruente pensar éste sin conceptualizar el funcionamiento del antagonismo de clase de los sujetos productivos en su fisiología estructural. El horizonte inmediato de referencia de la política contemporánea se conforma durante el último ciclo sistémico de acumulación de capital (1873-1968-2004) –aunque hunde sus raíces subversivas en la modernidad (Maquiavleo, Spinoza, Marx)– y coincide con la emergencia definitiva e irreversible de la fuerza de trabajo colectiva como sujeto político. Este sujeto productivo –que ha definido intrínseca e inherentemente la trama de la política del largo siglo XX y ha trazado con nitidez la línea roja del comunismo que ha dotado de densidad y sentido a la política de la modernidad– ha demostrado de modo simultáneo e inescindible (a) que desencadena mediante el funcionamiento de su antagonismo los procesos de estructuración que permiten a la relación-capital dotarse de formas coherentes y temporalmente estables de explotación y reproducción estructural, (b) que experimenta procesos de autovalorización y de deconstrucción de las propias relaciones de poder que han conformado históricamente las estrategias de producción de la mercancía fuerza de trabajo (crítica del racismo, del sexismo, del patriarcado y de la colonialidad del poder), y (c) que sus procesos de existencia social se han dotado paulatinamente de una autorreflexividad teórico-práctica cada vez mayor que le ha obligado a expresar su potencia social como sujeto político que únicamente razona en términos de poder constituyente. El cruce abigarrado de estos tres procesos se ha hecho masivamente visible en torno a la revolución mundial de 1968, momento a partir del cual el eje de coordenadas construido mediante su articulación define las condiciones de posibilidad epistémicas y prácticas de la política actual. Esto quiere decir que no hay política posible hoy susceptible de satisfacer las exigencias de la actual composición de clase definida por el general intellect del sujeto hiperproletario global (a) si no se cuenta con una teoría del capitalismo histórico, esto es, si no se piensa el capitalismo como un sistema histórico coherente en toda su pertinencia temporal (siglo XVI-siglo XXI), espacial (economía-mundo capitalista) y estructural (estructura1 de estructuras2 de poder/explotación de clase) y (b) si no se cuenta con una teoría del antagonismo de clase, esto es, si no se piensa éste como haz de procesos que trazan simultáneamente líneas de constitución subversiva radical en todo punto y respecto a toda práctica social susceptible de reproducirse en la estructura social capitalista en un momento determinado, y que definen al mismo tiempo –como contenido elemental de las mismas– estrategias de deconstrucción de la producción de subjetividad sometida (racismo, sexismo, colonialidad) y de constitución biopolítica del cuerpo en el escenario irrebasable del capitalismo histórico realmente existente.

Este doble eje apunta fundamentalmente a la definición del antagonismo del sujeto productivo como red de comportamientos esenciales para definir formas de acción política que puedan tener un impacto fuerte sobre las dinámicas de reproducción del capitalismo y por ende en la política inmediata de las sociedades en las que vivimos, esto es, en la política del Estado español y de la Unión Europea. Las formas democráticas actuales operan a partir de la supresión de la cualidad de los sujetos productivos y de sus dinámicas de constitución antagonista mediante la generación de un dispositivo democrático cuya realidad histórica ha sido uno de los productos fundamentales de las estrategias de autovalorización proletaria. En este sentido, es preciso afirmar que la existencia de las llamadas sociedades democráticas constituyen un producto innegable de la tendencia a la constitución antagonista de la fuerza de trabajo colectiva contra las dinámicas estructurales de la relación-capital que han caracterizado hasta día de hoy al capitalismo histórico. El dispositivo democrático es el campo de fuerzas definido por la reproducción de la estructura1 de estructuras2 de la relación-capital y de sus dinámicas sistémicas de dominación y explotación de clase, que históricamente ha tendido a eludir cualquier tipo de control y restricción social, y por la autovalorización del sujeto proletario que ha pretendido durante el ciclo político constituyente que se inicia con la emergencia de los movimientos antisistémicos que se conforman durante los últimos 150 años someter toda nk-práctica social de dominación a un tratamiento antagonista que permita constituir sujetos políticos capaces de revertir la reproducción de las relaciones de producción capitalistas mediante procesos fuertes estructuración social igualitaria, justa e hiperdemocrática.

El dispositivo democrático funciona hoy dentro de la tensión definida por la intensificación de las dinámicas de reproducción estructural de la relación-capital, que durante los últimos 30 años ha pretendido reducir el proceso de constitución de ese espacio democrático y vaciar de contenido los procesos de constitución social que los movimientos antisistémicos habían cartografiado en este primer ciclo maduro de constitución política antagonista, el cual estaba experimentando una aceleración exponencial a partir de 1968. Esto quiere decir que el dispositivo democrático y, por lo tanto, las posibilidades de enunciación de una política de izquierdas en la actualidad siempre operan sobre el diferencial estratégico de una estructura de poder/explotación que excede –con una gran diversidad empírica– lo que los modelos de legitimación política democrática que se articulan mediante el Estado y las diversas Administraciones públicas pueden enunciar como objeto de la práctica política normalizada: el cúmulo y el ritmo de reproducción estructural de las relaciones de poder y explotación globales de la relación-capital, que históricamente han debido leerse en las formas-Estado históricamente vigentes, sobrepasan y desplazan el bloque real de relaciones de poder que pueden ser objeto de control por parte del dispositivo democrático. La reproducción de las relaciones de explotación y dominación formalmente controladas por el dispositivo democrático generan continuamente ese vacío no enunciado en el que las opciones políticas se disuelven en la inmediatez de su enunciación. El problema real es que el dispositivo democrático juega a una escala distorsionada respecto a la composición real de los flujos de relaciones de poder y explotación que definen la realidad del capitalismo histórico en un momento dado. Colmar ese vacío constituye la tarea preliminar de una política de izquierdas que no sea la nostalgia trasnochada de los viejos tiempos del partido y el antiimperialismo o el nuevo espejismo de un anticapitalismo nominal, opaco y rígido.

Ese vacío únicamente puede enunciarse primero y operar después como zócalo de constitución política si partimos de la constitución material de los sujetos productivos y de la composición de clase de la fuerza de trabajo colectiva que es explotada económicamente en estos momentos y compactada como sujeto político mediante el funcionamiento del dispositivo democrático actual. Las opciones estratégicas al respecto son finitas: o se apuesta por una operatividad espuria del concepto de ciudadano, que constituye el trasunto de ese vacío y de la distorsión producida por la reproducción de las relaciones de poder capitalistas realmente existentes en un entorno debilitado de operatividad del dispositivo democrático por mor del impacto feroz del último subperiodo de lucha de clases que se desencadenó a finales de la década de 1970 y que se saldo con la derrota de los movimientos antisistémicos; o bien se apuesta por trazar la cartografía del antagonismo que expresa el actual sujeto hiperproletario como red de comportamientos y de materialidades productivas del general intellect de masas que se expresa en las estructuras de explotación del capitalismo global. Esta última posibilidad se halla facilitada en la actualidad por dos procesos que constituyen inequívocamente expresiones del poder constituyente de los movimientos antisistémicos contemporáneos y de la sólida difusión del antagonismo de clase en el interior del metabolismo del capital: el proceso de globalización y el proceso de construcción europea. Ambos conjuntos de dinámicas ofrecen a la izquierda condiciones inmejorables para pensar cabalmente la constitución antagonista del actual sujeto hiperproletario global y su potencia política más allá de la forma Estado del Estado-nación, de la codificación territorial de lo público/común y de la sobresaturación identitaria de las formas nacionales –sean estatales o aestatales– que han calcado sus procesos de constitución política a partir de la misma dinámica de vaciamiento de la realidad estructural de las relaciones de producción capitalistas y de elisión de la problematicidad que supone tener en cuenta toda su pertinencia y eficacia reales, cuando además éstas operan, como en la actualidad, en entornos democráticos débiles y ciegos respecto a los vectores de su verdadera reproducción estructural. En este sentido, la tendencia de la autovalorización del sujeto proletario y subalterno ha apuntado sido históricamente a desplazar la constitución política desde los sujetos territoriales –tradicionalmente los Estados dominantes de las potencias hegemónicas o las formas Estados subalternas que han sido por primera vez históricamente posibles durante la hegemonía de la potencia estadounidense– a los sujetos sociales –las clases obreras y los diversos movimientos obreros junto con todos los procesos intrínsecos a los mismos de deconstrucción del racismo, el sexismo y la colonialidad– que son explotados y que constituyen su antagonismo y su potencia política dentro de la estructura1 de estructuras2 de la relación-capital.

La globalización del antagonismo y la construcción europea de una primera cartografía de las dinámicas productivas del sujeto hiperproletario actual parecen parámetros sugerentes y atractivos para pensar la política antagonista de los próximos 25 años. Se trata, además, de una política que tendencialmente opera sobre el concepto vaciado de ciudadano para dotarlo de todo el poder constituyente de un antagonismo que se juega totalmente en las dinámicas de la (re)producción y que como decíamos anteriormente es inescindible de la biopolítica de los sujetos y de los cuerpos que únicamente funcionan políticamente si su poder constituyente se construye a partir de la cartografía y organización subversiva de la potencia productiva que el capitalismo explota en los lugares secretos de la producción (la f@brica y la sociedad) y que el dispositivo democrático invisibiliza en una esfera pública pobre y degradada que tan solo es capaz de percibir y de retribuir una mínima parte de toda la riqueza social que cierra todos y cada uno de los procesos de producción de valor y de legitimación política realmente existentes. Los procesos constituyentes actuales se juegan en su totalidad en la visibilización del antagonismo que circula por la composición política, técnica y social de los actuales sujetos productivos, y en las nuevas modalidades de definición de una esfera pública hiperdemocrática: ambos procesos harán converger la pálida definición de ciudadano de las democracias de nuestros días con el proteico y densísimo peso específico de la constitución material de los sujetos hiperproletarios globales que habitan y producen el mundo globalizado actual. Europa será, en este sentido, nuestro primer laboratorio posnacional de constitución subversiva de la actual composición de clase de la fuerza de trabajo colectiva del siglo XXI.

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¿Por qué COO-BAS / Tarragona?

Las sociedades cambian permanentemente y las instituciones que los hombres creamos para el mejor gobierno de ella, generalmente evolucionan a la saga de los acontecimientos y aunque los ajustes organizativos se realicen oportunamente llega un momento en que se vuelven inoperantes y es en ese instante que la crisis de representatividad se hace presente. Es el instante en que aparecen las rupturas, las fracciones, en fin, las divisiones, mostrándonos finalmente a las instituciones ineficaces para defender las demandas justas de las gentes. Presenciamos que dirigentes honestos se van de una institución a otra y al poco tiempo anuncian su nuevo cambio a otra y el proceso de confianza entre pueblo y dirigencia termina quebrandose. La tragedia para el pueblo se completa por la consciente traición de gran parte de esa dirigencia. A esto no escapa la historia del movimiento sindical.

Alguno de nosotros viene de la lucha antifranquista y desde los mismos orígenes del sindicalismo clasista y combativo que se le enfrentó, inclusive ocupando puestos de dirección. Algunos pasamos de una Central a otra, ilusionados con la radicalidad oral que les escuchábamos y honestamente creímos tenia su correlato en la práctica cotidiana y al poco de andar comprobamos que lo único diferente era el portal.

Otros, emigrantes, en busca de un paraguas protector, nos afiliamos a la organización sindical que tropezamos primero sin conocer historias y trayectorias y al poco tiempo comprobamos que si bien hay todo un andamiaje legal y una infraestructura sindical extendida, es poco y nada lo que pueden hacer por defender nuestros derechos, mas allá de hacer que nos liquiden un finiquito correctamente.

Las causas de esta indefensión de las organizaciones sindicales históricas son diversas, aunque concatenadas, que van desde la lisa y llana traición de los dirigentes hasta la obsoleta organización para operar sobre una realidad laboral presente muy dinámica, pasando por políticas y concepciones ideológicas opuestas a los intereses de los trabajadores.

Hasta 1975 que se desató la gran crisis del petróleo dando lugar a la creación de la OPEP, en trazos generales afirmamos que el modo de producción capitalista podía definirse como expansivo-inclusivo y la forma política que garantizaba la reproducción del sistema era el Estado de Bienestar, basado en el consenso para una correlación de fuerzas dada entre las burguesías y los trabajadores. Las burguesías ampliaban sus capitales a partir de la expansión de los mercados, la clase obrera se “beneficiaba” con el aumento de puestos de trabajo. Además, el pleno empleo garantizaba en gran medida el éxito en las luchas reivindicativas.

Pues, en este marco nació y se desarrolló el sindicalismo que perdura, con cambios formales, hasta nuestros días.

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Prefacio Multitud: Vida en común

Michael Hardt, Toni Negri

La posibilidad de democracia en escala global está hoy emergiendo por primera vez. Este libro trata de esa posibilidad, de lo que denominamos el proyecto de la multitud. El proyecto de la multitud no solamente expresa el deseo de un mundo de igualdad y libertad, no sólo demanda una sociedad democrática global abierta e incluyente, sino que también provee los medios para lograrlo. Ese es el modo en que finalizará nuestro libro, pero no puede comenzar allí.

Hoy, la posibilidad de democracia está oscurecida y amenazada por el aparentemente permanente estado de conflicto en todo el mundo. Nuestro libro debe comenzar por este estado de guerra. Es verdad que la democracia ha permanecido como un proyecto incompleto durante toda la era moderna, en todas sus formas nacionales y locales, y también es cierto que los procesos de globalización de las décadas recientes han sumado nuevos desafíos, pero el principal obstáculo para la democracia es el estado de guerra global. En nuestra era de globalización armada, el sueño moderno de democracia puede parecer irremediablemente perdido. La guerra siempre ha sido incompatible con la democracia. Tradicionalmente, la democracia ha sido suspendida durante los tiempos de guerra y de temporarios emplazamientos del poder en una fuerte autoridad centralizada para confrontar la crisis. Como el actual estado de guerra es tanto a escala global como de larga duración, sin final a la vista, también la suspensión de la democracia se torna indefinida o incluso permanente. La guerra adopta un carácter generalizado, estrangulando toda la vida social e imponiendo su propio orden político. Así, la democracia parece inalcanzable, enterrada bajo las armas y los regímenes de seguridad de nuestro permanente estado de conflicto.

Sin embargo, nunca ha sido tan necesaria la democracia. Ningún otro camino nos proveerá de una salida para el miedo, la inseguridad y la dominación que invaden nuestro mundo en guerra; ningún otro camino nos conducirá a una pacífica vida en común.

Este libro es la continuación de nuestro libro Imperio, que se ocupó de la nueva forma global de soberanía. Aquel libro intentó interpretar la tendencia del orden político global durante su formación, es decir, reconocer cómo, desde una diversidad de procesos contemporáneos, está surgiendo una nueva forma de orden global, que llamamos Imperio. Nuestro punto de partida fue el reconocimiento de que el orden global contemporáneo ya no puede ser entendido adecuadamente en términos de imperialismo, tal como era practicado por los poderes modernos, basados principalmente en la soberanía del Estado-nación extendida sobre territorios extranjeros. En su lugar, una “red de poder”, una nueva forma de soberanía, está emergiendo, e incluye entre sus elementos primarios, o nodos, a los Estados-nación dominantes junto con instituciones supranacionales, las grandes corporaciones capitalistas y otros poderes. Este poder en red, afirmamos, es “imperial”, no “imperialista”. Por supuesto, no todos lo poderes dentro de la red del Imperio son iguales-al contrario, algunos Estados-nación poseen un enorme poder y otros casi ninguno, y lo mismo es cierto para las diversas corporaciones e instituciones que conforman la red-pero pese a las diferencias deben cooperar para crear y mantener el actual orden global, con todas sus divisiones internas y jerarquías.

De este modo, nuestra noción de Imperio corta en diagonal los debates sobre unilateralismo o multilateralismo o pro-Americanismo o Anti-Americanismo como las únicas alternativas políticas globales. Por una parte sostenemos que ningún Estado-nación, ni siquiera el más poderoso, ni siquiera los Estados Unidos, pueden “ir solos” y mantener el orden global sin colaborar con los otros grandes poderes en la red del Imperio. Por otra, declaramos que el orden global contemporáneo no se caracteriza y no puede ser sostenido por una participación igual de todos, ni siquiera por una elite de Estados-nación, como en el modelo de control multilateral bajo la autoridad de las Naciones Unidas. En realidad, múltiples divisiones y jerarquías, a lo largo de líneas regionales, nacionales y locales, definen nuestro actual orden global. Nuestra afirmación no se refiere simplemente a que el unilateralismo y el multilateralismo como han sido presentados no son deseables, sino que no son posibles dadas nuestras actuales condiciones, y que los intentos por ir tras ellos no podrán mantener al actual orden global. Cuando decimos que el Imperio es una tendencia, queremos decir que es la única forma de poder con posibilidad de sostener al actual orden global de un modo perdurable. Por ello, se debe responder a los proyectos globales unilaterales de Estados Unidos con la irónica amonestación del Marqués de Sade: “Américains, encore un effort si vous voulez étre imperials” (“¡Americanos, deben esforzarse más si quieren ser imperiales!”)

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Román

Joan Tafalla

Recibo la noticia de la muerte Román por correo electrónico. La noticia, previsible, me golpea y extrae de algunos rincones de la memoria anécdotas que son categorías. Compartirlas con el lector es el modesto homenaje que puedo rendir a Román.

Con las horas, me indigno. Me indigna el silencio de los medios que deberían informar de un suceso tan importante. Una nota en El Periódico de Catalunya, una necrológica en El País, escrita por Jordi Miralles. Ese medio ni tan sólo consideró necesario reflejar el suceso como noticia. Ningún medio televisivo ( incluida la TV3 del tripartito) en el entierro. Ninguna representación de ese gobierno. Los buenos hacen mutis en silencio. Aquellos que mantenían el silencio cuando era preciso hablar y comprometerse, no consideran oportuno dedicar a Román ni un minuto en sus “partes” de noticias. Quizás no debiera indignarme. Pero aún conservo suficiente grado de ingenuidad para hacerlo.

Román pertenece a esa estirpe de gente que trajo las libertades a España, tras mantener un pulso de cuarenta años con la dictadura. Esa estirpe está constituida por unos escasos centenares de personas en el conjunto de España. En Catalunya quizás sólo lleguen a una cincuentena. Se trata de una estirpe de gente que, cuando la masa, golpeada hasta la saciedad, aterrorizada por el genocidio fascista, se resignaba a duras penas a la miseria y al hambre, se mostraron a la altura de las circunstancias históricas y se enfrentaron como enanos valerosos al gigante de la dictadura fascista. Un gigante a quien todos daban por vencedor definitivo de la contienda de clases en nuestro país. Román perteneció a esa ínfima minoría que no sólo no dio el combate por perdido sino que decidió continuarlo con todas las consecuencias.

A Román y a esa mínima minoría, le debemos los comunistas, los demócratas y los republicanos la dignidad. Como un inmenso “lager” España se levantaba y se acostaba al son del himno fascista. Las prisiones rebosaban, la represión acabó con toda una generación y trató de cercenar el comunismo del país. Las tapias de los cementerios asistían mudas a los fusilamientos en aras de la “paz”, mientras Román y la mínima minoría, aún a sabiendas que su futuro no podía ser otro que la tortura, la prisión, eventualmente la muerte arrostraban su destino con la certeza trágica de que la única forma de acabar con el fascismo era organizar la lucha contra él. No como los “demócratas de toda la vida” que “luchaban” por la democracia ostentando cargos en el franquismo, ni como los de la oposición pasiva que esperaban que la democracia llegara de la mano del Mercado Común o de los USA.

En Catalunya, Román ocupó , con un puñado de valientes el puesto de mando de un destacamento de combate que aseguró la transmisión de la tradición comunista, de la tradición republicana y frentepopulista entre generaciones separadas por la noche y la niebla fascistas. Con Gregorio López Raimundo, con Joan Comorera, Con Margarita Abril, con Pera Ardiaca, con Miguel Nuñez y algunos más, a pesar de las polémicas y las escisiones que los laceraron, cumplieron esa tarea histórica. Y a fe que la cumplieron bien. A fe que las nuevas generaciones obreras y estudiantiles que en los años sesenta y setenta se incorporaron a la lucha, encontraron gracias al trabajo de esas personas una tradición política y social a la que referirse cuando elaboraban su experiencia de lucha. Román y algunos, pocos más, están tras un “misterio” que nadie se explica: aquel misterio de que el PSUC fuera, en Catalunya “el partido”. El único, el inimitable, el auténtico “partido”.

Demasiado joven para haber conocido los tiempos heroicos de Román, recuerdo la primera vez que le ví y que le oí: era en otoño del año 1973 o 1974. Había sido convocado a una Conferencia local del PSUC de Barcelona que se celebraba en una parroquia del lado norte de la ciudad. Uno de los alicientes para asistir a un acto, la profundidad de cuyos debates se me escapaba, era ver y oír al “camarada Román”. Allí estaba, en la tribuna ( sí es que podía llamarse de este modo) del acto. Con un aspecto que francamente, me decepcionó: con su calva, su bigotillo, la orondez de su barriga y luciendo un jersey muy historiado, tejido con lanas verdes marrones y negras. Un jersey de los que le tejía el amor de otra persona de leyenda: Margarita Abril, a quién hemos perdido aún más silenciosamente el año pasado.

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