Alejandra Kollontaï: De revolucionaria a diplomática
El largo proceso del movimiento revolucionario ruso -que va desde el intento insurreccional de los "decembristas" hasta la consolidación del estalinismo-, es extraordinariamente rico en cuanto a su participación femenina se refiere. Bastante reducido a una vanguardia muy estricta por las propias exigencias de la clandestinidad, este movimiento fue llevado, hasta la eclosión popular de 1905 y de 1917, por militantes surgidos, fundamentalmente, -del seno de las clases opresoras. Se puede decir que, sobre todo en su etapa final, no existió una familia perteneciente a las clases privilegiadas que no tuviera una o varias «ovejas negras» entre los suyos y que, entre éstos, no hubiera una mujer que, en ruptura con el ambiente conservador, se lanzara a una incierta aventura revolucionaria que equivalía a una terrible clandestinidad y casi invariablemente. la cárcel, los malos tratos, el destierro en Siberia o, en el mejor de los casos, el exilio en Europa o en Norteamérica, donde la militancia revolucionaria se curtía culturalmente absorbiendo ávidamente la producción cultural de la izquierda occidental cuya producción intentaba aplicar y enriquecer en una praxis interior en la que el diletantismo era muy difícil.
La historia de estas mujeres está en gran medida, todavía por hacer. Durante su estancia en la Rusia soviética, la compañera de John Reed, Louise Bryant, escribió un amplio reportaje sobre la aportación femenina a la revolución y descubrió, algo que Lenin y los historiadores reconocerían más tarde, a saber, que habían sido las mujeres las que habían desencadenado el proceso revolucionario un 8 de febrero (8 de marzo, Día de la mujer trabajadora, en el calendario occidental). Su testimonio no ha llegado hasta nosotros y posteriormente los trabajos sobre cl papel de la mujer en la revolución rusa representan una ínfima porción dentro de la inmensa bibliografía escrita sobre este acontecimiento.
La mujer rusa necesitaba todavía más que los hombres un cambio revolucionario. Habían sido las esclavas de los esclavos y todavía, en pleno siglo XX, la legislación zarista reconocía a los maridos el derecho de maltratar a sus esposas. Sin embargo, aunque esta necesidad fuese apremiante, el atraso cultural, la represión y por supuesto, la incomprensión del propio movimiento revolucionario, hizo que la incorporación de las mujeres a la lucha fuera tardía y subordinada. Rusia careció de un período de libertades democráticas amplias que permitiera la creación de organizaciones de mujeres con una sólida implantación, con un importante número de cuadros capaces de establecer sus propios criterios… La revolución, la guerra civil, el ascenso de la burocracia, la sucesión vertiginosa de acontecimientos no permitió que las grandes ideas desarrolladas por diferentes generaciones de mujeres revolucionarias rusas, empezando por las audaces nihilistas y continuando por las que lucharon en cada una de las ramas del movimiento revolucionario, cobraron cuerpo a través de organizaciones estables y capaces de imponerse…Por todo ello, la historia del feminismo revolucionario ruso se ilustra primordialmente a través de las grandes individualidades, de figuras legendarias como lo fueron las populistas Maria Spiridonova y Vera Figner, la menchevique Vera Zasúlitch, o las bolcheviques Alejandra Kollontaï, Angélica Balabanov, Larissa Reissner, Nadia Krupskaya, Inessa Armand, Elena Stássova, Eugenia Bosch, etc.
No hay duda: ninguna de las mujeres que dieron vida a la revolución rusa han alcanzado una popularidad internacional tan intensa como Alejandra Kollontaï, a la que el cronista francés de la revolución Jacques Saboul llamaría "la egeria bolchevique del amor libre". Esta gran popularidad se deriva, sobre todo, de la notable importancia de sus escritos feministas, de su papel al frente de la efímera y polémica Oposición Obrera, pero sobre todo del hecho de que fue la representante femenina más cualificada del bolchevismo triunfante y como tal, fue una de las “bestias negras” para la derecha, su candidata de mayor prestigio (tercera en las listas para la Asamblea Constituyente), la primera mujer ministra de la historia… Además, quizá nadie mejor que ella define el alcance y las limitaciones, los aciertos y los errores de la revolución, y representa más fielmente la corrupción que conllevó el surgimiento y la consolidación de un poder burocrático cuya actitud hacia los derechos de la mujer, refleja mejor que con cualquier otro ejemplo, su naturaleza reaccionaria.
En un balance escrito ya en la vejez, la propia KollontaÍ establece su trayectoria militante sobre una triple aportación: “Mi primera aportación, naturalmente, es la que he dado en la lucha por la emancipación de las mujeres trabajadoras y por el afianzamiento de su igualdad en todas las esferas del trabajo, de la actividad estatal, la ciencia y demás. Con la particularidad de que enlazaba indisolublemente, la lucha por la emancipación y la igualdad con la doble misión de la mujer: la de ciudadana y la de madre (…) segunda aportación a la lucha por la agitación de una sociedad nueva es mi labor internacional, la agitación y la propaganda realizadas en muchos países y, esencialmente, en los Estados Unidos de Norteamérica durante la primera guerra imperialista. La labor realizada, por indicación de Lenin, para apartar de la II Internacional a los elementos de izquierda y sentar los fundamentos de la III Internacional (…) tercera aportación a la política de fortalecimiento de la Unión Soviética es mi actuación en la diplomacia, desde 1922 hasta marzo de 1945…” (1)
Quizás de acuerdo con Voltaire que afirma que “el amor propio dura toda la vida”, Alejandra reescribe la historia en función de las exigencias de la historia oficial. Ya no se presenta como una mujer sexualmente emancipada, ni como una inconformista dentro de los rangos marxistas y bolcheviques, no menciona para nada a Stalin que viene a ser algo así -salvando las distancias- como hablar del siglo de Pericles sin mencionar a Pericles. Se sitúa bajo el amparo de Lenin con el que mantuvo sus acuerdos, pero también sus desacuerdos y adapta su feminismo a la versión oficial del Estado: la mujer debe ser ciudadana y madre.
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