Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Las ideas socialistas

Pepe Gutiérrez-Álvarez

              Para la práctica totalidad de los movimientos sociales de la 2ª República, el socialismo era un ideal a inmediato y a largo plazo; algo por el estilo ocurrió con la izquierda antifranquista de los sesenta-setenta…sin embargo, esta percepción alternativa comenzó a cambiar en los años ochenta, y esto se hizo notar muy especialmente en el ámbito editorial. Como recopilador y divulgador pude darme de este cambio con la edición de un viejo proyecto titulado Diccionario biográfico del socialismo (Hacer, 1982) para el cual se habían preparado varias entregas más.

               Aparecido en 1982, en una época en que esta editorial desplegaba una voluntariosa tentativa de edición y/o reedición de los clásicos protosocialistas, la coyuntura no dio para más. Un segundo volumen, Libertarios, libertarias que se paseó por media docena de editoriales, e incluso se anunció en los catálogos de una, pero finalmente fue considerado como un riesgo excesivo, y acabó su destino en un "cajón de sastre", con otras tentativas fallidas más.  Con ocasión de su presentación pública en Barcelona con la presencia de Josep Termes, éste me contaba que un ambicioso proyecto iluminado al calor de Nova Terra, y al calor del auge del PSOE, había acabado también en el limbo de los proyectos perdidos. Semejante auge sería a la postre fatal para otros proyectos similares, como el de la edición en fascículo Crónica y vida del socialismo (Ed. Acanto, Salamanca), que contaba con la colaboración de  un buen número de especialistas en la historia social española. Silverio Cañada también tuvo que cancelar una Historia del socialismo, igualmente en fascículo.

                 El paso siguiente de estas tentativas, verdadero canto de cisne de la expansión bibliográfica, socialista iniciada en los años sesenta, ocuparía el lugar las ofertas de los grandes almacenes o las librerías de segunda mano. Y es que el triunfo electoral del PSOE (como los de Miterrand, Soares, Craxi, y CIA) venía precedida por acontecimientos de clara significación regresiva como lo fueron, entre nosotros,  el simbólico "abandono" del marxismo a instancias de Felipe González y el 23-f que marcaba en oscuro los límites del proyecto social y democrático. Lo que habíamos vivido como una lucha por la libertad no era el comienzo sino un abuso, y nos tocaba andar para atrás cuando apenas sí habíamos comenzado a tirar hacia delante. Entrábamos en una nueva fase que bien se podía definir con una cita de alguien tan representativo del matrimonio franquismo-neoliberalismo, Vizcaíno Casas, y según la cual el socialismo no era la solución sino el problema. Una cita a la que podíamos añadir otras muchas otras, como aquella de Felipe González según la cual, la verdadera izquierda la representaban los empresarios emprendedores. La victoria electoral del PSOE, era la de la única izquierda posible, o sea la de una izquierda transformada, no practicante.

                Durante todo un período ulterior, la intelligentzia instalada se dedicó a pregonar no solamente el fin del comunismo (un ideal al que la URSS ni llegó a apuntar), sino también la descalificación del estatismo (la socialdemocracia del "Estado del Bienestar), por no hablar de los anarquismos o los izquierdismos de los mayos del 68, que entraban en un mismo saco. El fin de la historia era también el finiquito de cualquier atisbo de utopía. Por decirlo con palabras de Cioran, el paradigma del final del siglo XX era que confirmaba que no había donde ir, o sea que lasciate ogni speranza. Tribunalistas de todo tipo arremetían contra Trotsky que era comparado con el nazi disidente Rohm, el Che Guevara era descrito como un Rambo de izquierdas (Fernando Savater), Rosa Luxemburgo volvía a ser la sanguinaria. En un juego de malabares extraordinario cualquier referente revolucionario aparecía conectado con Stalin, Pol Pot o Ceacescu, a lo que se le podían añadir Lenin, y claro está, Hitler, a veces hasta Franco o Pinochet, en estos casos en una evidente muestra de ingratitud, ya que su contribución al neoliberalismo no tenía precio.  Establecida esta lógica denigratoria, la revisión histórica sentaba sus reales con ocasión del segundo Bicentenario de la Revolución Francesa, el discurso dominante ligaba a la izquierda jacobina e igualitaria con un Gulag que, además, poseía la virtud milagrosa de blanquear toda el historial de guerras coloniales o mundiales, de océanos de sangres ocultos en los que el egoísmo propietario quedaba libre de cualquier pecado que no fuera profundizar el abismo entre los ricos y los pobres.

                    Esta restauración conservadora no tuvo misericordia con ninguna ilusión igualitaria, y frente a cualquier logro revolucionario (Nicaragua, cono sur africano), colocó sus "guerras sucias" y su contra con la bendición papal y de los intelectuales arrepentidos. En esta batalla, la historia no podía quedar al margen., para llegar hasta Marx, descrito a través de sus malaventuras eróticas, para llegar sin piedad hasta Thomas Münzer, Savonarola, alcanzado hasta Cristo (Jean-Fronçois Revel, Ni Marx ni Jesús), o Platón, prohibido por la dictadura argentina. La finalidad de este proceso cuyos efectos devastadores en los países mayoritarios resulta aterrador, y que ecológicamente nos sitúa en un tiempo de límites (no respetados), en esto lares  no es otro que privatizar el Estado y desreguralizar toda la legislación laboral, o sea liquidar las conquistas sociales logradas por siglo y medio de historia del movimiento obrero, y plasmadas como un compromiso histórico tras la Segunda Guerra Mundial…Razones pues, más que sobrada,  aunque sea desde las estancias más modestas,  para tratar recuperar una aportación didáctica con la que dar a conocer y divulgar una idea que, bajo diversos ropajes es tan antigua como su otra cara: la injusticia social…

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Crónica de Lenin en 1917. Datos sobre su vida y su obra, de Gerda y Hermann Weber

Gerda Weber, Hermann Weber

     ENERO: (Día 4) Lenin rellena un cuestionario de la Oficina de Alojamiento de Zurich, donde hace constar que se dedica a escribir, que realiza «trabajos literarios y periodísticos para editores de Petrogrado», que no posee bienes, y que no es «desertor ni refractario, sino emigrante político desde la revolución de 1905»; (6): Lenin escribe a Inés Armand: «No tenemos ningún mecenas» La cuestión de sí Lenin recibió (a través de diferentes canales) dinero de fuentes alemanas, todavía continúa muy discutida y sin esclarecer también 30 de marzo, 31 de marzo a 10 de abril, 25 de abril y 4 de mayo de 1917]. Existieron los más diversos contactos entre los emigrantes rusos, y probablemente hubo dinero alemán que a través de diversos canales pasó a manos de los bolcheviques. Por otra parte, durante la guerra, el gobierno imperial alemán gastó entre 40 y 80 millones de marcos para actividades subversivas en Rusia. Queda establecido que: «Antes de mediados de 1917 no pueden demostrarse contactos directos entre Lenin y enlaces alemanes en Suiza, y tampoco los contactos indirectos resultan claros».

    (14): Lenin escribe a Inés Armand: «…créame, un trabajo cautivador es lo más importante para recobrar la salud y la tranquilidad» .(15): Lenin informa a Inés Armand que ha tenido lugar una deliberación contra «la actuación de Grimm», en la cual también ha participado un alemán del grupo «Internationale» (Paul Levi). Lenin quiere que Inés Armand se «alegre»: «gustosamente le diría a usted palabras amigables para que su corazón se aligere algo mientras no encuentre un trabajo que la llena por completo. Le estrecho la mano con fuerza. Su Lenin". (16): En una carta a Inés Armand Lenin desarrolla el siguiente plan: «Caso de que Suiza quede envuelta en la conflagración, los franceses ocuparán de inmediato Ginebra. Encontrarse en Ginebra significará estar en Francia y estar en contacto con Rusia.

      Debido a ello pienso hacerle entrega de la caja del partido (para que la lleve encima en un bolso cosido especialmente para este fin…». (19): Lenin escribe a Inés Armand: «¿Que Engels es el padre del "radicalismo pasivo"? iFalso! Nada de eso. Jamás lo podrá demostrar. (Bogdanov y cia lo intentaron y se pusieron en ridículo.». (22) : Durante un acto juvenil celebrado en la Casa del Pueblo de Zurich, Lenin pronuncia una conferencia en lengua alemana sobre la revolución de 1905. Lenin subraya que uno no debe «dejarse engañar por el actual silencio de cementerio que reina en Europa». Sin embargo, se muestra poco optimista sobre la fecha del estallido de la revolución: «Nosotros, los viejos, quizás no lleguemos a presenciar las batallas decisivas de esta futura revolución. Pero creo poder expresar la esperanza de que los jóvenes, que trabajan de forma tan excelente en el movimiento socialista de Suiza y del mundo entero, tendrán la suerte no sólo de luchar, sino también vencer en la revolución socialista que se avecinda.» (30): En una carta a Inés Armand, Lenin dice: «Todavía, estoy "enamorado" de Marx y Engels y no puedo tolerar ningún tipo de injuria contra ellos. ¡Esos sí que son auténticos hombres! De ellos puede aprenderse mucho. No debemos abandonar esta base».

      FEBRERO: (Día 1) Lenin se reúne en Olten con representantes de la asociación de Zimmervald, entre ellos Rádeck, Levi y Münzenberg. (6): Lenin participa en la asamblea general del Partido Socialdemócrata de Zurich.  (14 ): Lenin escribe a Inés Armand que en el Partido Socialdemócrata suizo existe «la base para el establecimiento de una tendencia izquierdista»: (15): Lenin escribe a su hermana María para acusar recibo de 808 y 500 francos, y le dice que no comprende «de dónde procede tanto dinero», por lo que pide las liquidaciones del editor. «Nadia me dice bromeando: vaya, te están pagando la jubilación iJa, ja! Vaya chiste con la terrible carestía de la vida y las pésimas condiciones para el trabajo a causa de los nervios destrozados». (17) Lenin escribe a Inés Armand que era «triste» que Trotsky hubiera formado un bloque con la derecha de Zimmervald. «iQué marrano es ese Trotsky! ¡Fraseologías izquierdistas y luego un bloque con la derecha contra la izquierda de Zimmervald!». (19): Lenin escribe a Inés Armand: «Últimamente me he ocupado especialmente de la actitud del marxismo para con el Estado, he reunido bastante material y, según me parece he llegado a unas conclusiones muy interesantes e importantes. ."Tengo enormes deseos de escribir sobre este tema. . . Nadia está’ enferma: ha contraído una bronquitis y está en cama con fiebre…», (22): En una carta a Inés Armand, Lenin dice: «Sólo vale la pena trabajar con la juventud.» Kruspkaya se ha restablecido.

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Lenin y la cuestión judía

(*)

     Contrariamente a Marx, Lenin conocía bastante bien la situación de las masas judías del imperio ruso. Si se refiere a los trabajos de Karl Kautsky y de Otto Bauer, precisamente es en la medida en que va a pronunciarse sobre las tendencias a la asimilación en el mundo civili­zado, es decir, no en Europa oriental, sino en las democra­cias burguesas occidentales.(1) Por ello, extrajo más clara­mente que Marx las consecuencias de la función social específica asumida históricamente por los judíos. Forman –escribe– una nación –"la más oprimida y la más acosa­da"– que, en Galitzia y en Rusia, "países atrasados, semisalvajes", se "(mantiene) por la violencia en la situación de una casta" (2). Descripción que pone muy bien de relieve la doble naturaleza, social y nacional, de la condición judía, que (Abraham) León expresará bajo una forma aunada en su fórmula "pueblo-clase". Lenin corrige, de esta manera, las aprecia­ciones demasiado rígidas que había emitido en 1903 en el transcurso de su polémica con el Bund, período durante el cual se preocupó sin demasiado matizar sobre el hecho de que el pueblo judío había perdido sus características nacionales. En esta época estimaba que las tesis del Bund sobre Ia existencia de una nacionalidad judía conducían a un autoaislamiento reaccionario, a repliegue sobre el espíritu de getto"(3).

      En sus Notas críticas sobre la cuestión nacional (1913), extrae en primer lugar las "dos tendencias históricas en la cuestión nacional": eI despertar de la vida nacional y la formación de los estados nacionales al comienzo del desarrollo de la sociedad capitalista y la "destrucción de las ba­rreras nacionales, la creación de la unidad internacional del capital, de la vida económica en general, de la política de la ciencia etc. que caracteriza al capitalismo que llega a la madurez".(4) Ahora bien, sí se sitúa a la cuestión judía en esta perspectiva, está claro que en Europa del Este el atraso general refuerza el particularismo judío, mientras que las condiciones favorables a la asimilación se presentan en los Estados occidentales liberales: "…sobre diez millones y medio de judíos en el mundo entero, casi la mitad viven en el mundo civilizado, en condiciones. de la más favorable "asimilación", mientras que los judíos de Rusia y Galitzia, desdichados, oprimidos, privados de derechos, aplastados por los Purichkevitch (rusos y polacos), viven en condiciones de la menor "asimilación", con el particularismo de la "zo­na de residencia forzosa" para los judíos, el establecimiento, para ellos, de una "norma porcentaje" y otras maravillas a lo Purichkevitch" (5)

      Resulta que los judíos no constituyen, propiamente ha­blando, una nación ni en los países semifeudales, en donde forman una casta, ni en los Estados occidentales en donde se asimilan. Estos hechos "atestiguan que sólo pueden clamar contra la "asimilación" los pequeños burgueses reaccionarios judíos, que quieren hacer marchar a contrapelo el sentido de la historia, obligándolo a girar, no comen­zando por el régimen de Rusia y Galitzia hacia el régimen de París y de Nueva York, sino a la inversa» (6)

     Un partido marxista «(elabora) un programa nacional a. partir del punto de vista del proletariado» (7) Lo que significa que «en el lugar del nacionalismo, el marxismo coloca al internacionalismo». «Reconoce plenamente la legitimidad histórica de los movimientos nacionales», «pero para que este reconocimiento no se convierta en una apo­logía del nacionalismo, es preciso que se limite estrictamente a lo que hay de positivo en estos movimientos, y que este reconocimiento no conduzca a oscurecer la conciencia proletaria por la ideología burguesa. De aquí el deber y el interés del proletariado en «sacudir todo yugo feudal, toda opresión de las naciones cualquier privilegio para una de las naciones o para una de las lenguas», pues se trata, en este caso, de un nacionalismo progresista: Pero el nacionalis­mo no puede mantenerse más que en estos límites estric­tos y en este marco históricamente determinado. Ir más allá de esta tarea esencialmente negativa –combatir las injus­ticias por el «democratismo más decisivo y más consecuen­te»– sería reforzar al nacionalismo burgués».(8)

    Cada cultura nacional comporta una cultura burguesa dominante y «elementos, incluso sin desarrollar, de una cultura democrática y socialista», engendrados por las condiciones de vida de la masa trabajadora y oprimida. «También la "cultura nacional", en general, es la de los terratenientes, la del clero y la de la burguesía».(9) En con­secuencia, la consigna del movimiento obrero no es la cultura nacional, sino más bien el internacionalismo prole­tario, "la cultura internacional de la democratización y del movimiento obrero universal», (10) la lucha contra el naciona­lismo burgués, el «suyo propio» en particular. (11)I

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¿Lukács y Brecht intelectuales orgánicos de la KGB?

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Encuentro indignante un artículo titulado El KGB de la cultura (El País (17-10-06), firmado por César Antonio Molina (director del Instituto Cervantes). Uno se podría creer que el autor hablaría de los responsables “culturales” de este siniestro departamento, pero me encuentro que con motivos de sus respectivos aniversarios, el autor juzga a dos de los mayores intelectuales del siglo XX, Berthold Brecht (1898-1956) y Giorgy von Lukács (1885-1971).

De entrada, con este título, todo lo que dice el autor queda –irremisiblemente- ligado al terror estaliniano, incluso cuando el propio autor detalla que tanto uno como otro escaparon por los pelos de su represión. La reducción se cumple con otro requisito básico: Molina no da un paso fuera de la historia del estalinismo, de tal manera que uno y otro quedan encerrados en el estigma de la KGB. Se trata de una metodología muy en consonancia con las ya practicadas por los expertos de la casa, en unas practicas ya consagradas por la famosa (y se nos quiere convencer que definitiva) obra de François Furet, El pasado de una ilusión (1). Es una técnica con la que se vacían cómodamente los océanos de sangre provocados, no ya por los fascismos (como el nuestro al que se nos indica miremos sin ira), sino por las democracias mejor homologadas (2), se llena de estalinismo las biografías de unos autores comunistas de larga y compleja trayectoria. Una trayectoria en la que los momentos de complicidades puntuales con el estalinismo hacen olvidar tanto sus repulsas como la amplitud de sus aportaciones.

César Antonio Molina se despacha sobre todo con Lukács sobre el que su cara más oscura. Una parte oscura que no se puede desligar de la propia “pata de palo” del autor de Historia y conciencia de clase, pero tampoco de los abismos abiertos por una época en la que convergieron tres grandes desastres: el “crack” financiero y político de las democracias liberales, el ascenso del nazi-fascismo, así como la inusitada contrarrevolución burocrática en la URSS. Sin embargo, por más que sus partes oscuras fueran de dominio común (se solía bromear con sus “autocríticas” y con sus “excomuniones”), lo cierto es que a nadie se le ocurría negar el valor de su obra por mayores que fuesen sus pecados (¿se imagina alguien que algo así se pueda hacer con Ortega y Gassett?), tanto fue así que los años sesenta-setenta, se editaron entre España y América Latina casi la práctica totalidad de su obra, sobre todo en Grijalbo en las traducciones de Manuel Sacristán y Gustau Muñoz, amén de numerosos estudios (3). Eso sí, en los ochenta casi desapareció, y para encontrarlo había que ir a las librerías de segunda mano. Una anécdota harto sintomática de este cambio lo observaba alguien (que no recuerdo) que contaba que había escuchado el siguiente comentario en las puertas del Liceo después del “tejerazo”: “!Y ahora que no nos vengan con el Lukács¡”

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Los judíos bajo el bolchevismo

Edward H. Carr

            (*)

            Entre las enojosas cuestiones heredadas de la Rusia zarista y que la revolución de 1917 prometió erradicar, el antisemitismo ocupaba un lugar preeminente, Nada había de raro en ello. Con frecuencia se ha presentado la adhesión de gran número de judíos a la causal revolucionaria como justificante de los prejuicios contra ellos y las brutales medidas de represión a que se vieron sometidos. Después de la revolución, los rusos «blancos» y sus partidarios extranjeros, entre los que hay que incluir a un sector de la prensa británica, invocaron constantemente el antisemitismo, con el fin de desacre­ditar a un régimen que contaba entre sus dirigentes a varios judíos eminentes. Pero el antisemitismo era algo que estaba profundamente arraigado en las costumbres rusas tradicionales, especialmente en las zonas rurales; y en este aspecto, lo mismo que en muchos otros, los hábitos tradicionales cuestan de hacer desaparecer. La historia de los judíos en la Unión Soviética es un rosario de buenas inten­ciones gradualmente ahogadas por una praxis defectuosa y a veces malintencionada. Desde 1930, aproximadamente, los judíos ya no han vuelto a sentirse seguros en la Unión Soviética. Sin embargo, la única pregunta que, honradamente, debiéramos formularnos es sí, por lo menos en determinados períodos, su situación era más incier­ta que la de otros muchos sectores de la población.

        The jews in soviet Russia (1) es una colección de ensayos rigurosos, tanto desde el punto de vista histórico como analítico, elaborados por autores judíos y sobre diversos aspectos del problema. Tal con­centración sobre un único tema tiende a dar la impresión de una versión demasiado exhaustiva y unilateral. Pero no cabe duda de que cada uno de los autores se ha esforzado por mantener un alto nivel de objetividad y por evitar toda exageración. El profesor Schapiro, el autor de la introducción, marca la pauta al señalar que «ningún autor serio, de la talla de quienes han contribuido a estas páginas que siguen, osaría afirmar que la situación de los judíos en la Unión Soviética hoy en día es análoga a la que padecieron en la Rusia de 1883 o 1903», además de señalar que se entrevén «indicios para un optimismo moderado», incluso en la situación actual.

        Los bolcheviques, por dos razones íntimamente relacionadas, no consideraban que los judíos constituyeran una nación. En primer lugar porque aceptaban, más que el concepto alemán de nación, el concepto europeo-occidental, que definía la «nación» entre otras cosas, por la posesión de un territorio nacional. Esta carencia distin­guía a los judíos de las demás minorías nacionales de la Unión Soviética. En segundo lugar, porque les bolcheviques consideraban que las diferencias de carácter racial y religioso entre judíos y gen­tiles eran básicamente irrelevantes, y creían que el destino de los judíos era el de quedar asimilados por la población con la que con­vivían. Tal opinión era compartida por bolcheviques y mencheviques (que aún contaban con una mayor proporción de judíos entre sus filas que los bolcheviques ). Y, a principios del siglo XX, esta creencia la compartían la práctica totalidad de los liberales y muchísimos judíos influyentes de la Europa occidental.

         Esta opinión influyó en la«doctrina del partido desde sus prime­ros pasos. Al tiempo que se consideraba la existencia de minorías nacionales ucranianas o letonas en el seno del partido socialdemócrata como algo perfectamente normal, la asociación judía -el Bund­ provocaba celos y resentimientos, en parte porque competía con éxi­to con otras secciones del partido en la captación de miembros. Después de la revolución, cuando se disolvió el Bund, se creyó nece­saria o conveniente la creación de «secciones judías» (lo mismo que otras secciones nacionales) a distintos niveles, pero dentro de la organización del partido. Estas secciones se mantuvieron hasta 1930. Pero eran tratadas más bien con tolerancia que con entusiasmo, y ninguno de los dirigentes judíos del partido llegó a asociarse a ellas. Por extraño que parezca, la única figura de primera fila en la jerar­quía gubernamental que expresó públicamente sus simpatías por las aspiraciones nacionales judías fue el gentil Kalinin.

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La obra de E.H. Carr sobre la Rusia soviética

Pepe Gutiérrez-Álvarez

          Después de pasar por una época en la que parecía cobrar vida aquella pesadilla que describía Trotsky en su inacabado Stalin, y en la que se preguntaba sobre lo que podría haber ocurrido en el caso de que once de los doce apóstoles de Jesús hubieran tomado partido por Judas, no estará de más recordar que existieron ejemplos –y existirán sin duda- de conservadores que toman partido por le comunismo y la revolución…Estoy hablando de Edward Halleath Carr (1), quien además de ser un marxista tardío puede ser justamente considerado como  uno –sino el que más- de los historiadores más exhaustivos y riguroso sobre la compulsiva historia de la Rusia Soviética, tema al que dedicó buena parte de su vida, y que apareció publicada en castellano en la segunda mitad de los años setenta, en una fase en la que autores como Carr, se imponían tanto a la escuela de falsificaciones oficialistas que comenzó a instaurarse en la URSS después de la muerte de Lenin, y a la “sovietología” dedicada a descalificar una experiencia en la que querían ver el estigma totalitario como algo inherente a su propia existencia… 

        La monumental Historia de la Rusia Soviética, a la que el célebre historiador británico dedicó aproximadamente un tercio de su larga existencia (2). La última entrega se cerró con la edición del estudio sobre las relaciones exteriores de la Rusia soviética durante los años que van desde 1926 a 1929, concluye la entrega del cuarto apartado, cuyo título general es "Bases de una economía planificada". Sobre la importancia de esta obra escribió muy tempranamente (1954). Isaac Deutscher que fue posiblemente el crítico que más influyó sobre E.H. Carr: “El mérito notable de Carr consiste en que él ha sido el primer genuino historiador del régimen soviético, Ha emprendido una tarea de enorme alcance ya gran escala (,..) Contempla la escena con la imparcialidad del que está, si no au-dessus de la melée, al menos au-delá de la mêlée. Desea dejar a sus lectores la comprensión, y él mismo investiga los hechos y las tendencias, los árboles y el bosque. Es tan austeramente concienzudo y escrupuloso como penetrante y agudo. Tiene instinto especial para ver el esquema y orden de las cosas, y presenta sus hallazgos con lucidez. Su Historia tiene que ser estimada como un logro verdaderamente notable (3) .

      La Historia del profesor Carr cobró en su momento nuevos relieves en un momento como el presente en el que con la reedición de la "guerra fría", la cuestión del comunismo y de la URSS ha recobrado sus añejas con­notaciones demoníacas, y en la que -como ya ocurrió en los años cincuenta­ una hornada de antiguos liberales izquier­distas renegados se citan a la hora de des­calificar como "muy sospechosa" una obra como la suya en la que se ve el perverso deseo de justificar la URSS, la actuación de un falso demócrata y científico a la manera de los viejos "compañeros de viaje" (cate­goría de la que formaron a veces la peor parte algunos de los anticomunistas más furibundos de la época), y lo en el mejor de los casos, de un "ingenuo optimista" ante las conquistas del sistema soviéticos. El propio Carr en una de sus contadas decla­raciones públicas ha replicado con vigor estas acusaciones y ha subrayado su tras fondo (4).

        Uno de los méritos incuestionables de Carr es de por sí la propia obra. Se trata, sin lugar a dudas, del trabajo más documentado y riguroso que se ha escrito hasta el momento sobre la formación de la URSS y su publicación marca un antes y un des­pués en una bibliografía que por su ampli­tud sobrepasa a cualquier otro aconteci­miento del siglo, y dentro de la cual el capítulo de los que merecen el olvido es muy superior a los títulos imperecederos. El mérito siguiente radica en el equilibrio ana­lítico del autor, tiene su capacidad para no ceder a más presiones que las exigidas de su propia y exhaustiva investigación. Se puede hablar en este sentido de un tour de force gigantesco no sólo por la extrema amplitud de la empresa cuya complejidad desbordó el proyecto inicial de ocho volú­menes, sino también del esquema mental de un hombre que empezó su viaje como un conservador opuesto a la utopía revolu­cionaria y lo concluyó dominando una con­cepción de la historia renovada tal como se manifiesta en su obra teórica ¿Qué es la his­toria?, que "representó en su época un valiente ataque contra las ortodoxias de la "guerra fría" y durante dos decenios ha gozado de merecido renombre por ser la crítica más radical y accesible de los su­puestos que subyacen en la práctica histó­rica ortodoxa. Es una mezcla rara de ele­gancia de viejo estilo y compromiso con el cambio revolucionario"(5).

       El propio Carr estima en el prefacio de uno de sus volúmenes que todavía queda mucho por hacer, particularmente en lo que se refiere a los problemas de la política exterior soviética ( no en vano su obra pós­tuma tiene como eje el VII Congreso del Komintern), sobre la que existe una inmensa documentación dispersa en los archivos de numerosos países (por ejem­plo, todavía se está por escribir un estudio serio sobre el papel de la URSS en la España de los años treinta), sobre todo en los soviéticos que, como es sabido, tienen bloqueado su acceso. Esto último ha obli­gado a Carr a investigar en base a un material por lo general ya conocido, proble­ma que en opinión de expertos como Isaac Deutscher, Carr ha resuelto, pudiendo afir­mar que ((es dudoso que los archivos, cuando sean abiertos, obliguen al historia­dor a revisar fundamentalmente el cuadro que ahora puede formar sobre la base de los materiales ya publicados (6). En otro de sus prefacios Carr hace constar las incon­veniencias pero también las ventajas que conlleva analizar un tiempo históricamente tan próximo: en pocas vicisitudes históricas se reflexionó tanto y tan abiertamente sobre los hechos, y nunca una dirección revolucionaria ha poseído una conciencia histórica tan extremadamente desarrollada como la tuvo la élite militante y dirigente del bolchevismo y del primer comunismo internacional.

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Siglo XX Grácil, amargo, áspero, tres anotaciones sobre una autobiografía

Rossana Rossanda

Quería la luna, de Pietro Ingrao. Retrato privado de un hombre público. De la clandestinidad antifascista a la larga militancia en el grupo dirigente comunista. De los recuerdos sobre su amada Laura a las preguntas sobre el fallecimiento del PCI.

Cuando Pietro Ingrao publicó en 1986, su primer libro de poesía (La duda de los vencedores, Ed. Mondadori) más de uno quedó confundido: cómo podía ser aquéllo; era el dirigente comunista más querido, el más firme, el seguro punto de referencia en la crisis del partido, y de repente revelaba una dimensión personal propia tumultuosa e inquietante, que pugnaba por encontrar un espacio en la forma, era como si dijese: no os pertenezco por entero a vosotros, mi comunidad política. Hoy, al volver sobre su vida, (Quería la luna, Einaudi, pp. 376, 18,75 €) aparta de sí nuevamente el icono de líder del pueblo y padre de la patria, de una pieza, el que en la sobrecubierta habla a las masas, de rostro aseverativo y mano levantada en ademán de exhortación. El icono –según dicen sus páginas-, es la cristalización forzosa de una trayectoria, interior y pública, de la cual, en el momento de hacer cuentas, se reordenan prioridades y pesos, y corre un gran riesgo de parecer vanidad. Ingrao sabe que es un hombre público, y se atiene a ello, incluso si acepta ceder algo al halago, pero sopesa sus logros y admite sus errores. Es una vida auténtica. El propio título abre un interrogante. ¿Quería lo inalcanzable o simplemente aquello que quería se ha quedado lejos? La respuesta queda en el aire. Pienso en los versos de Eluard: “Et s’il était à refaire, je referais ce chemin”. Sí, si hubiera que volver a hacerlo, volvería a recorrer este camino”. Con algo menos de ilusión o de arrogancia comunista.¿Y con qué resultado? Su actual camarada de partido, Fausto Bertinotti, no cesa de citar los versos de Kavafis en Itaca: lo importante no es el destino, sino el viaje. Pero el destino da sentido al viaje. El destino de Ingrao es que la revolución de los oprimidos contra la opresión, que está por realizarse, será distinta de como él la imaginó durante su anterior militancia y el sujeto de la misma será múltiple. Como camino, permanece, con todos sus escombros, el leninismo – estalinismo, pareja de sustantivos a los que todavía no se había enfrentado. Y la violencia

Un retiro sin aspavientos

A diferencia de su último trabajo de investigación, Anotaciones finiseculares (manifestolibri) en el que se interrogaba en primer lugar sobre la precarización del trabajo, Quería la luna, recorre, a partir de su propia experiencia personal cincuenta años de historia del siglo XX. Desde su infancia en el seno de una familia meridional de señores pobres, contradicción relevante, a su formación intelectual y política, ya de joven, en la (grácil) resistencia romana, y a la larga militancia en la cúpula del PCI, que se convierte en la posguerra en enfrentamiento (áspero) con la arrogancia del estamento dominante y con los campos en los que el mundo quedó dividido. Después vendrá la (amarga) división en el partido, preludio de una derrota mucho mayor, hasta la muerte de Moro.¿Por qué la muerte de Moro? Ingrao no había sido un incondicional del compromiso histórico, conocía suficientemente a la Democracia cristiana como para dudar del mismo, se lo había dicho a Berlinguer, no había sido escuchado y se había mantenido al margen. La razón es interior: desde aquel año no volverá a aceptar cargo alguno en el PCI, comenzando por la presidencia de la cámara que el partido quería encomendarle por segunda vez, después de habérsela encargado anteriormente para quitárselo de encima en la sede Botteghe Oscure. Siente “la necesidad de reflexionar sobre el fracaso de la estrategia del PCI en Italia”, sobre Europa, sobre el mundo que cambia. Quiere estudiar, investigar, comprender. Se trata de hacer política, pero ya no de “hacer de político”. Ingrao siempre ha abrigado dudas sobre la “febrilidad del hacer”, y no se ha hecho nunca ilusiones sobre lo que sea o deje de ser hacer de político. Se retira sin aspavientos. En el libro se trata esto en tan solo unos pocos, secos, renglones, antes de concluir con la figura solitaria y emblemática del Disperso de Marburgo, según el relato de Nuto Revelli. No abandonaba la militancia activa a causa de la edad; tiene en esa época alrededor de sesenta años y, por otra parte, aún no hace un par de años se incorporaba a una manifestación atravesando una Roma atascada en el sillín posterior de una moto. La dejaba a consecuencia de sus dudas, sobre las que había meditado largamente, respecto de la capacidad del partido para entender la evolución de los acontecimientos y de hacerles frente. En aquel momento se mantuvo en silencio al respecto, y en la actualidad no le achaca la responsabilidad de ello a éste o aquél. Y, a mi juicio, no porque haya llegado a la conclusión de que, desde el comienzo, el intento comunista estaba llamado a fracasar, porque su fruto estaba agusanado. En el crepúsculo de la izquierda que también fue la suya, siempre estuvo atento al despuntar de aquéllos que él ha sido el primero en llamar “los nuevos sujetos”. Pero en buena medida debe haber dejado de creer que el PCI lo comprendiese, y tampoco cree que ninguno otro lo haya entendido mejor. Vano, cuando no peligroso, debe haberle parecido el tormento padecido durante los años setenta. El adjetivo que más frecuentemente surge de su pluma ahora es “amargo”. Pero sin resentimientos. También él ha fallado, se ha equivocado. ¿En qué? En la supeditación al modo de ser del partido. Ésta le pesa mucho más que los errores de análisis y de previsión, de los cuales aquél es una causa. Si en la actualidad no propone una lectura diferente del cambio en las relaciones de fuerza, acaecido de los años sesenta en adelante, es por la complejidad del envite, no se le escapa la envergadura de la misma, y es una firme convicción suya que tan sólo un gran partido –no un totum revolutum de opiniones, sino un “intelectual colectivo”- hubiera podido hacerle frente. Pero, ni siquiera él mismo, recalca, ha podido apuntar preguntas y respuestas. Es demasiado severo consigo mismo. Muchos de nosotros sabemos que estaba mucho más atento que los otros dirigentes al cambio de las cosas, y que sobre ello ha pensado y escrito mucho. Aunque nunca se resolviera a extraer las consecuencias de ello cuando el partido no las extraía, Ingrao estuvo siempre un poco fuera y más allá de la línea del partido, pero estaba convencido de que no se hace política en solitario. Como si dentro de él resonase el brechtiano: “Camarada, no existe razón al margen de nosotros”

Tanto más cuanto existe una íntima consonancia entre su formación y la de la cúpula comunista italiana, la propia de su generación: una fuerte impronta moral antifascista, nacional – popular más que marxista, una aguda sensibilidad en favor de los oprimidos más que por los explotados, más por los vejámenes infligidos por los patrones o por el aparato represivo del estado que por el mecanismo capitalista de producción, que se le antoja abstracto, e incluso casi no humano. Humanismo contra “economicismo” es la “vía italiana”, y siempre me ha reprochado ser economicista. Este talante moral al que se ha plegado (porque se plegaba también) incluso Gramsci, y que en el debate interno, ha sido convertido inadecuadamente en la disputa entre meridionalistas nacional – populares y septentrionales – cosmopolitas, ha sido dentro del PCI, mucho más decisivo que la obediencia a la Vulgata marxista leninista de la URSS. En Ingrao se encuentra reforzado por aquel “historicismo absoluto”, que es lo contrario del determinismo (los poperianos jamás lo entendieron) y que procede del poshegelianismo filtrado a través del tamiz de Labriola y Gramsci. El descubrimiento cálido del abuelo garibaldino confluye con una Weltanschaung caracterizada por el entrelazamiento entre Risorgimento, antifascismo, democracia y opresiones del presente.

El cuerpo y la sangre del partido

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Sobre las contribuciones filosóficas de Manuel Sacristán en Horitzons y Nous Horitzons

Manuel Sacristán Luzón

*Para Toni Doménech y como a él le gusta: sin (pedir) permiso.

NH de 1960 se proponía llegar, sobre todo, a las organizaciones del partido, para promover su crecimiento intelectual, y a los intelectuales antifascistas, para darles constancia de la existencia de una intención cultural en el movimiento obrero marxista y para invitarles a una tarea que podía ser en parte común. No me atrevo a decir si se logró algo con ello.

                                                                       Manuel Sacristán (1977)

1. Un lógico y filósofo marxista que escribía en revistas del Partido.

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Varios textos de Manuel Sacristán

Manuel Sacristán Luzón

Anexo 1: Una carta de Sacristán al Ministerio de Educación traducida al catalán por Salvador Espriu.

Xavier Folch, compañero de militancia en el PSUC en los años sesenta, ha conservado un papel, traducido al catalán por Salvador Espriu, que fue escrito por Sacristán a instancias de unos estudiantes -entre ellos el mismo Folch- del incipiente movimiento universitario barcelonés de finales de los cincuenta. Pretendían dar respuesta con él a un artículo del entonces ministro franquista de Educación, Jesús Rubio.

            No he podido encontrar el original castellano del texto que lleva por título “La enfermedad nacional”. Presento a continuación una traducción castellana de la exquisita traducción de Salvador Espriu del original de Sacristán que ha contado con la generosa y competente ayuda de Carles Gil:

            “Bajo el título “La buena salud universitaria”, el ministro de Educación Nacional, don Jesús Rubio, publicó en La Hora un artículo en el que aseguraba que el estado de salud de la Universidad española era malo: lo explica de la manera siguiente: “Nuestros jóvenes universitarios, en contraste con lo que pasa en otros países, no son suficientemente aplicados”. Después de este diagnóstico y de su comentario (“Se precisa, por el propio equilibrio y por el equilibrio de la colectividad a la que pertenecen, que nuestro esfuerzo tenga una aplicación exacta…”), el núcleo del artículo queda redondeado con una promesa (“El resto le será otorgado por añadidura”), mezclada con una amenaza elegante: “…y no hay error más grave que el de intentar alcanzar directamente aquello que tan sólo por añadidura se puede conseguir”.

            Nosotros, los universitarios de Barcelona, muy especialmente afectados por la política y por las frases del señor Ministro, creemos que esa acusación no está fundamentada. Por el contrario, los funcionarios del Ministerio de Educación Nacional han repetido muchas veces que jamás se había estudiado en España con tanta aplicación como ahora. Es cierto que el testimonio de unos funcionarios no puede convencer de nada al ciudadano español actual, pero en este caso coincide con nuestra experiencia: muchos de nosotros hemos visitado en estos últimos años universidades extranjeras y hemos podido comprobar que nuestra inferioridad intelectual, respecto al estudiante europeo de nuestra edad y de nuestra misma especialidad, no consiste en una mayor aplicación por su parte. Por el contrario, es normal que el estudiante español sea, por decirlo así, más “erudito” que su colega extranjero: sabemos más cosas -datos, por ejemplo, o, títulos de obras, o nombres de cónsules romanos-, adquiridos con una paciente aplicación. Nuestra inferioridad proviene de otra fuente: del hecho de no conocer casi nunca el planteamiento actual de los grandes problemas ideológicos y científicos. Si no tenemos la suerte de encontrarnos con un profesor ajeno a los elaboradores de cuestionarios oficiales, o si alguna casualidad no nos ayuda a dirigir con buenas lecturas nuestro forzado autodidactismo, somos inevitablemente, con todas nuestras montañas de cosas con tanta aplicación aprendidas, unos rústicos provincianos en la cultura del siglo XX, unos provincianos a los que nadie ha mostrado donde radica la fuente, signo de estudio y de discusión, de la vida espiritual del mundo en que vivimos.

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Los otros trabajos lógico-filosóficos de Manuel Sacristán. El oficio de traductor y tareas complementarias

Manuel Sacristán Luzón

Nota: Una versión de este trabajo apareció publicado en el volumen: Salvador López Arnal, Albert Domin go y otros (eds), Donde no habita el olvido, Montesinos, Barcelona, 2005.

[17] Para una completa relación de las traducciones de Sacristán, véanse: Juan- Ramón Capella, “Aproximación a la bibliografía de Manuel Sacristán”, mientras tanto  nº 30-31, mayo 1987, pp. 197-223, y Juan-Ramón Capella, “Bibliografía de Manuel Sacristán Luzón: Addenda”, mientras tanto nº 63, 1995, pp. 155-159.

[18] Ahora en Manuel Sacristán Luzón, Escritos sobre El Capital (y textos afines). Barcelona, El Viejo Topo 2004 (con prólogo de Alfons Barceló y epílogo de Óscar Carpintero), pp. 37-41.

[19] Palabra y objeto y Desde un punto de vista lógico han sido reeditados recientemente por la editorial Paidós, este último ensayo con un nuevo (y muy elogioso) prólogo de Jesús Mosterín.

[20] Pueden consultarse en Reserva de la Universidad de Barcelona, fondo Manuel Sacristán Luzón (RUB-FMSL).

[21] Puede verse la carta de Sacristán en la nota del anejo 3 de este volumen.

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