Un punto de encuentro para las alternativas sociales

El trabajo atípico y precariedad como elemento determinante estratégico del capital en el paradigma del devenir postfordista.

Luciano Vasapollo

Introducción

¿Es posible solucionar el problema del desempleo a través de la introducción de nuevas formas de trabajo llamado atípico, es decir flexible o precario?. ¿Es posible solucionar los problemas de subsistencia y de calidad de vida de todos aquellos que viven en pobreza por falta de salario a través de trabajos temporales, precarios, atípicos en general o con muy pocas o casi inexistentes garantías salariales o reglamentarias?

El concepto de flexibilidad del trabajo, la idea de la necesidad de dejar el modelo del “trabajo con contrato a tiempo indeterminado”, son elementos que pertenecen ya a nuestra actual forma de pensar y muchos economistas y estudiosos tratan de declarar que sólo a través de un rápido intercambio de plazas y puestos de trabajo será posible adaptarse a las nuevas reglas impuestas por la globalización y por el nuevo paradigma socio económico productivo.

¿Pero será verdaderamente así?

En este ultimo decenio, el trabajador precario como figura marginal y de “suporte” a la producción, ha adquirido siempre más importancia, convirtiéndose en una componente consistente del mundo del trabajo.

Actualmente es difícil prever su “superación” en el trabajo estable, o su total sustitución; es cierto que las necesidades de estos trabajadores, sobre todo jóvenes, y su tutela se han convertido una cuestión central para cada fuerza antagonista y alternativa del actual sistema libelista.

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Obrerismo

«Operaïsme»[1], en Bensussan – Labica, Dictionnaire critique du marxisme, Paris, Quadrigue – Presses Universitaires de France, 1999.

Movimiento teórico y político italiano, el operaísmo es fundamentalmente activo durante los años sesenta y el comienzo de los setenta. En una época donde el movimiento obrero en crisis está dominado por los debates excesivamente “ideológicos”, el operaísmo se caracteriza esencialmente por proponer un “retorno a la clase obrera”. Se caracteriza por:

1) Un método. – “También nosotros hemos considerado en primer lugar el desarrollo capitalista, y sólo después las luchas obreras. Esto es un error. Es necesario invertir el problema, cambiar el signo, y recomenzar: y el comienzo es la lucha de la clase obrera” (M. Tronti, p. 105). Por lo tanto, no sólo la lucha de clases es el motor de la historia, sino que, sobretodo, la relación es asimétrica. Son los movimientos, siempre visibles, de la clase obrera los que explican los del Capital y de la sociedad capitalista, y no a la inversa.

Esta idea abstracta adquiere su sentido con la introducción del concepto composición de clase. La clase obrera no es una noción mitológica, sino un conjunto construido históricamente. Composición técnica: análisis del proceso de trabajo, de la tecnología, no en términos sociológicos, sino como sanción de las relaciones de fuerza entre las clases. Ejemplo: fordismo y taylorismo existen desde el principio para aplastar la resistencia de los obreros de oficio y de sus sindicatos imponiendo un nuevo tipo de proceso de trabajo. Conviene, pues, analizar en detalle el proceso de trabajo, sus modificaciones, para comprender lo que significa “lucha de clases”: “evidencia” marxista que no lo ha sido más. Composición política: en el seno de la clase obrera ciertas fracciones juegan un papel político menor. La clase obrera no se contenta con reaccionar frente al dominio del Capital, está inmersa en proceso continuo de recomposición política, y el Capital se ve obligado a responder con una continua reestructuración del proceso de trabajo. Conviene, por lo tanto, analizar esta recomposición política, la circulación de las luchas.

2) Un punto de vista global. – Desde los primeros textos de Raniero Panzeri la atención se centra sobre la planificación. El Capital adquiere más relevancia como poder social que procura controlar los movimientos de clase que como propiedad privada. De ahí surge una nueva visión del Estado: ya no es el simple garante, sino el organizador de la explotación, interviniendo directamente en la producción. La forma de Estado es una consecuencia de la composición de clase. Antonio Negri puede así mostrar que el Estado “keynesiano” y, en general, lo que el denomina “Estado-plan” no es otra cosa que la inserción de la Revolución de Octubre en el seno del desarrollo capitalista: el poder obrero es considerado como variable independiente.

3) Un movimiento político. – Si la clase obrera es el motor del desarrollo capitalista, puede igualmente ser, y es, una fuerza de ruptura. En un período de reflujo aparente, en el que se habla de voluntad de integración de la clase obrera, los obreristas predicen, e intentan organizar nuevas luchas impulsadas por una nueva figura: el “obrero masa”, el trabajador no cualificado de las grandes fábricas. Luchas por la igualdad del salario, no como reivindicaciones corporativas, sino como fuerza de ruptura política susceptible de bloquear el sistema y aumentar el poder obrero. El movimiento del 68 será percibido como una confirmación de estas tesis. Existe la posibilidad de ruptura, y por lo tanto de construcción del comunismo (contra el socialismo, forma nueva de desarrollo); pero el Estado puede igualmente imponer su reestructuración, transformando una vez más a las luchas obreras en simples motores del desarrollo.

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Crisis del Estado-crisis

Toni Negri

Parte 1

Para comenzar, resumamos algunos desarrollos de las políticas capitalistas y de estado que parecen caracterizar a los 80. Son sólo aproximaciones, ejemplos que vienen a la mente en forma inmediata: – (1) la transición del ‘estado benefactor’ al ‘estado de guerra’;

(2) el uso ‘negativo’ de la política económica Keynesiana como medio de reactivar un ‘uso’ positivo del mercado;

(3) la reestructuración de los intersticios de la economía (la economía intersticial), involucrando un nuevo ataque contra todo elemento de homogeneidad en la composición de la clase, especialmente en el área crítica que vincula producción con reproducción.

(4) el reatrincheramiento masivo, político y social de una ‘Nueva Derecha’, que apunta, por razones de consenso y productividad, a recomponer la fragmentación de la clase trabajadora en términos de nuevos valores institucionales y estatales.

Dado el pequeño monto de información que tengo a mi disposición (Negri escribe desde la prisión) los siguientes comentarios deben ser tomados como extremadamente provisorios y sujetos a mayor documentación. Aquí están algunos comentarios, bajo cada uno de los encabezamientos arriba listados.

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Ocho tesis preliminares para una teoría del poder constituyente

Toni Negri

A partir de la hipótesis teórica de una crisis de la teoría del valor y por un análisis de la absorción de la totalidad social en el seno de la lógica del Capital, el autor orienta hacia nuevas formas de intervención, con la constitución de una «subjetividad» revolucionaria no determinada según los modos clásicos de concebirla.

La confrontación con el pensamiento de Marx vuelve hoy a ser oportuna. No sólo para constatar cómo hemos cambiado (lo que siempre resulta agradable), sino sobre todo para comprender si y en qué medida puede el marxismo contribuir a la reconstrucción de la teoría social y política. Es un hecho que la crisis del marxismo ha dejado un auténtico, seco déficit de teoría. Algunos, con el marxismo, han tratado subrepticiamente de liquidar las categorías y los problemas que el marxismo «überhaupt» desvelaba: como si la crisis de la doctrina inscrita en Das Kapital eliminase del horizonte del mundo de la vida «el capital». 0 la explotación o la lucha de clases. Pero la realidad económica y social es tozuda: tal vez en otros campos la magia negra consiga modificar el real, pero no en éste. ¿Entonces? Volvamos a situar las cosas. Déficit de verdad de las nuevas lecturas de nuestra realidad político-social, hemos dicho -esta paradoja a la inversa, no podrá sin embargo hacernos fingir que el marxismo es nuevamente capaz de explicar el real, con la única justificación que sus adversarios explican tan sólo sus porciones nulas o menores – no, la crisis del marxismo permanece. Pero nosotros nos preguntamos si el marxismo, aunque agotado como Weltanschaung, no será, como otras veces en su ya larga historia política, capaz así y todo de desplazarse y ofrecer sus categorías modificadas a las modificaciones estructurales importantes del presente, e innovaciones conceptuales a las consiguientes determinaciones epistemológicas. El problema es arduo y el contexto emblemático no es desde luego soslayable mediante expedientes retóricos. Queda el hecho de que el pensamiento marxiano es, pese a todo, muy fértil. Me gustaría pues tratar de provocar aquí el déplacement del cuadro teórico marxiano, en torno a un tema que me interesa mucho: el de la composición de clase. Lo haré de una manera altamente hipotética, y en una forma literaria concisa, ofreciendo a la discusión ocho tesis de un grupo de veinte, redactadas para plantear la base de un trabajo colectivo de investigación. Las ocho tesis que presento se refieren pues al tópico: composición de clase, y se sitúan en un conjunto concerniente a la definición (desplazada) del concepto de valor/trabajo y las consecuencias (desplazadas) que se pueden derivar. De las otras doce tesis me limitaré a dar el enunciado.

Nos ocupamos aquí de ese periodo de la revolución industrial que, a partir de los años en torno a 1848, Marx describe como período de la ‘gran industria’. Marx estudia también el periodo precedente de la ‘manufactura’, que hunde sus raíces en la época de la ‘acumulación primitiva’ y de la construcción del Estado moderno: El interés específico de Marx se dirige sin embargo al período de la «gran industria». El arco de desarrollo de la «gran industria», descrito por Marx en sus orígenes y en los países capitalistas centrales, se ha tensado mucho más allá del horizonte de la experiencia científica de Marx, se ha prolongado de hecho más de un siglo, hasta la revolución de 1968.

Podemos aquí describir sumariamente este gran período de la revolución industrial, subrayando ante todo que se divide en dos fases, y que esta división se sitúa alrededor de la primera gran guerra mundial de 1914-1918.

La primera fase de la «gran industria» va pues de 1848 a 1914. Se caracteriza: 1.- Desde el punto de vista de los procesos laborales: el obrero es atraído por vez primera dentro del mando de la maquinaria y se convierte en apéndice de ésta. La fuerza aquí aneja al ciclo productivo es fuerza trabajo cualificada (período del «obrero profesional»), con cierto conocimiento del ciclo laboral. En cuanto al período de la «manufactura», la composición técnica de la clase obrera se ve ahora profundamente modificada porque el artesano es llevado a la fábrica y su cualificación, antes independiente, se torna aquí la prótesis de una maquinaria cada vez más pesada y compleja; 2. -Desde el punto de vista de las normas de consumo: esta primera fase se caracteriza por la creciente afirmación de una producción de masa únicamente regulada por la capacidad salarial adecuada a una demanda efectiva correlativa, por tanto por el determinarse de una profunda irregularidad del ciclo económico con frecuentes caídas catastróficas; 3.-Desde el punto de vista de los modelos de regulación: el Estado se desarrolla hacia niveles más y más rígidos de integración institucional entre construcción del capital financiero, consolidación de los monopolios y desarrollo imperialista; 4.-Desde el punto de vista de la composición política del proletario: se asiste a la formación de partidos obreros, basados en una organización dual (de masas y de vanguardia, sindical y política), y en el programa de gestión obrera de la producción industrial y de la organización social, según un proyecto de emancipación socialista de las masas. La composición técnica del obrero profesional se traduce aquí adecuadamente en la composición política de la organización socialista. Los valores del trabajo y la capacidad del trabajo productivo de fábrica para dominar y dotar de sentido a cualquier otra actividad y estratificación social se asumen como fundamentales.

La segunda fase del período de la «gran industria» va desde la primera guerra mundial hasta la revolución de 1968. Se caracteriza: 1.-Desde el punto de vista de los procesos laborales: por la nueva composición técnica del proletariado, es decir, por un tipo de fuerza trabajo que se ha vuelto completamente abstracta en relación con la actividad industrial a la que está unida, y, como tal, reorganizada por el taylorismo. Grandes masas de trabajadores, de este modo descalificadas, son introducidas en procesos de elaboración tan alienantes como complejos. Él «obrero masa» pierde el conocimiento del ciclo. 2. -Desde el punto de vista de las normas de consumo: ésta es la fase en la que se constituye el fordismo, o sea una concepción del salario como anticipación sobre la adquisición de los bienes producidos por la industria de masa. 3. -Desde el punto de vista de las normas de regulación: poco a poco se va formando, bajo el impulso de políticas keynesianas (pero también, en general, por la reflexión sobre las crisis cíclicas de la fase precedente), el modelo de Estado intervencionista, para el sostenimiento de la actividad productiva, para el mantenimiento del pleno empleo y como garantía de la asistencia social. 4. -Desde el punto de vista de la composición política del proletariado, mientras se prolongan las experiencias en las organizaciones obreras socialistas (es sobre todo la experiencia soviética la que perpetúa la desastrosa hegemonía política de las viejas figuras del «obrero profesional», convertido ahora en stajanovista!), Se configuran, sobre todo en los Estados Unidos y en los países capitalistas avanzados, nuevas formas de organización. En estas formas de organización del «obrero masa», la vanguardia actúa al nivel de masa, desarrollando las grandes contraseñas del «rechazo al trabajo» y del «igualitarismo salarial», rechazando radicalmente toda forma de delegación y volviendo a apropiarse del poder bajo formas de masa y de base.

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De la transición al poder constituyente

Toni Negri

Futur Anterieur, nº 2, L´Harmattan, Paris, 1990, pp. 38-53

1. El comunismo como objetivo mínimo

A partir del Bersteindebatte, tanto la tradición revolucionaria como la reformista han considerado siempre el socialismo como un periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo ( o, según la terminología socialdemócrata, el pos capitalismo) y, por lo tanto, como un concepto independiente el primero y del segundo. Que los socialdemócratas hayan abandonado enseguida el terreno de la utopía para reconocerse como simples administradores de la modernización capitalista es un problema, pero se convierte en el nuestro desde que, por un juego de manos, esta transición que todos llamaban socialismo es hoy definida como comunismo. La responsabilidad mayor de esta banalización de la utopía  proviene sin duda de las ideologías del estalinismo y de los políticos del “futuro radiante”. Lo cual no altera en absoluto nuestro deprecio por los que en la actualidad celebran unánimemente  el fin del comunismo, transformándolo en apología del  estado actual de cosas.Pero volvamos a nuestra distinción. Ni el Marx de La comuna de París, ni el Lenin de El estado y la revolución, han considerado el nunca socialismo como una época histórica: lo han concebido como un periodo de transición, corto y poderoso que hacía realidad la extinción del aparato de poder. El comunismo vivía ya en la transición, como su motor, no como un ideal, sino como una subjetividad activa y eficaz –que se enfrentaba con el conjunto de las condiciones de producción y reproducción capitalistas, reapropiándose de ellas, y podía con esta condición destruirlas y superarlas. El comunismo, en tanto que proceso de liberaciones definía como el movimiento real que destruye el estado de cosas actual.

Durante los años treinta el grupo dirigente soviético consideró el socialismo como una actividad productiva que crea, cueste lo que cueste, las bases materiales de una sociedad en competición  con el ritmo de su propio desarrollo y el de los países capitalistas A partir de este momento, el socialismo no se identifica tanto con la superación del sistema del capital  del trabajo asalariado como con una alternativa socioeconómica, al capitalismo. En el socialismo, según esa teoría sobreviven ciertos elementos del capitalismo: ahora bien, uno de los dos, el Estado, se encuentra exacerbado en las formas autoritarias extremas; el otro, el mercado, se halla ahogado y eliminado como criterio microeconómico  del cálculo del valor. Tanto la posición luxemburguista, que insistía en el proceso democrático, creativo, antiestatal, de la transición, como la trotskista, cuya crítica se refería a la totalidad de las relaciones de explotación en el mercado mundial, fueron destruidas. Lo que ha tenido como consecuencia en el primer caso, la atrofia, después la asfixia mortal del intercambio político; en el segundo el estrangulamiento del socialismo en el interior del mercado mundial, o la imposibilidad de recuperar mediante líneas interiores el impetuoso desarrollo de la lucha de clases antifascista y revolucionaria que en el curso de diferentes épocas se ha desencadenado a escala mundial. Y por más que se insista –y nosotros mismo estamos  profundamente convencidos de ello- sobre el alma revolucionaria de la reforma gorvachoviana, verdaderamente no parece que la Unión Soviética pueda recuperar ya esta función hegemónica en la lucha de clases que la revolución de 1917 le había asignado.

La Plaza Roja ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, y a través de innumerables tragedias, el punto de referencia de los comunistas. Dicho esto, el comunismo vive.Vive allí donde la explotación persiste. Constituye la única respuesta al anticapitalismo natural de las masas. O más bien, cuanto más se reproduce el capitalismo, más se extiende y enraíza dl deseo del comunismo –determinando, por un lado, las condiciones de producción colectiva, por otro, una irresistible voluntad colectiva de reapropiarse libremente de las mismas-. El que, en la orgía actual de anticomunismo, crea sinceramente que la explotación y la voluntad subversiva han desaparecido no puede sino evidenciar su ceguera. Ha llegado por lo tanto el momento de volver a repensar la transición comunista como algo que se constituye  -como pensaban los clásicos del marxismo- en el seno del desarrollo capitalista. Desde los años sesenta, a corrientes críticas del marxismo occidental habían trabajado en ese sentido, sin ilusiones respecto a la Plaza Roja y al socialismo de la pobreza. El comunismo, como objetivo mínimo, constituye desde entonces el único tema de la ciencia política de la y transición. Sobre este punto se han acumulado una enorme cantidad de experiencias y  conocimientos. El método es materialista: sumergir el análisis en el modo de producción actual, reconstruir las contradicciones que se anuncian, bajo figuras siempre nuevas, entre éste y los procesos  los sujetos productivos, criticar la modernidad y sus consecuencias trabajar en la recomposición de las subjetividades  colectivas y sus redes de comunicativas, transformar el conocimiento en voluntad consecuente. Nos encontramos, pues, ante una serie de prerrequisitos del comunismo que viven en nuestras sociedades y que han alcanzado u nivel de madurez sin presentes. Y si la palabra “prerrequisito” asusta e insinúa la sospecha de que confrontáosla realidad con un ideal, don´t wory: Nuestra única teleología es la que extraemos del dicho marxismo “es la anatomía del hombre la que explica la del mono”.

2. La irreversibilidad de las conquistas obreras

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Toni Negri entrevistado por Herramienta

Nuestra revista viene desarrollando desde hace más de tres años una campaña por la libertad del filósofo Antonio Negri, encarcelado injustamente en Italia desde el 1º de julio de 1997. Hoy, junto con la reiteración de este reclamo, queremos acercar al lector la palabra del protagonista.

Este reportaje es parte de una entrevista con Toni Negri que realizaron dos compañeros del Consejo de Redacción de Herramienta en Roma durante el mes de junio del 2000. Con posterioridad se le hizo llegar una serie de preguntas cuyas respuestas nos envió hacia finales de noviembre y que publicamos a continuación.

 

Herramienta: –¿Cuál sería tu evaluación sobre la actualidad de El capital y la importancia de su actualización?

Toni Negri: –El capital de Karl Marx es una obra insuperable desde muchos puntos de vista: bastaría recordar el análisis de la explotación y la teoría del plusvalor. No obstante, Marx no logró desarrollar completamente el plan de su libro: en particular, nos faltan el libro sobre el salario y el correspondiente al Estado. Hoy es posible completar El capital a propósito de la teoría del Estado (construyendo una teoría del Estado imperial –no más simplemente nacional e imperialista– como forma política y jurídica posnacional del mercado global), y a propósito de la teoría del salario (reconociendo claramente que si la productividad del trabajo ya no es más sólo relacionable a la “fuerza de trabajo” industrial sino al conjunto de la “cooperación” social, por lo tanto, el salario debe ser reconocido a todos los que cooperan en la actividad social de producción). Sobre estas bases, es posible también actualizar El capital en sus partes insuperadas, llevándolo a confrontarse con realidades nuevas. Por ejemplo, la teoría del plusvalor: la explotación sigue existiendo e incluso ha aumentado terriblemente, la extracción de plusvalor se ha extendido a una gran parte de la humanidad y ha arremetido contra el trabajo intelectual. Todo esto nos muestra cómo la teoría del plusvalor (mejor que alguna reminiscencia fuera de foco de la teoría del valor clásica) representa, en la actualidad más que en el pasado, la violencia del dominio estatal y la ferocidad de la organización capitalista del trabajo. ¿Por qué hoy más que ayer? Porque actualmente la producción de plusvalor es: a) global, b) esencialmente cooperativa y c) cada vez más inmaterial (intelectual). En consecuencia, cuando muestra que la cooperación social global e inmaterial de los trabajadores es la base fundamental de la riqueza y que, por lo tanto, ella no puede ser apropiada por el egoísmo privado sino que, por el contrario, debe ser comúnmente recompuesta en la potencia de la multitud, el análisis marxiano de la explotación invoca el odio de masas contra el capital y transforma la indignación contra el plustrabajo en una pasión plena de felicidad, portadora de un porvenir positivo.

H: –¿Cómo ves las transformaciones del siglo XX y el rol del Estado?

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La primera crisis del posfordismo

Toni Negri

Una de las raras diversiones de esa izquierda lúgubre, agobiada por los remordimientos, las derrotas y la ausencia de imaginación ha sido, durante los últimos años, debatir sobre el hecho de saber si habíamos entrado o no en una nueva fase de la organización del trabajo y la sociedad– tras el taylorismo, el fordismo y el keynesianismo. Lo que parecía evidente para la mayoría de la gente dotada de buen sentido se revelaba tan difícil de digerir para la izquierda que, incluso cuando la evidencia se imponía (la informatización de lo social, la automatización en las fábricas, el trabajo difuso, la hegemonía creciente del trabajo inmaterial, etc.), sólo la aceptaba con fuertes gestos de repugnancia, amorfismo caracterizado, acompañados de ‘sí… pero’, y de una tendencia irresistible a girar en círculo. El efecto era singularmente cómico. No se quería admitir a ningún precio, en fin, que todo había cambiado después de 1968– y por tanto durante los últimos veinte años, y que, en particular, el rechazo del trabajo expresado por la clase obrera, combinándose con la innovación tecnológica que le siguió (precisamente los fenómenos de inmaterialización del trabajo a gran escala), había determinado una situación nueva e irreversible, tanto en la organización del trabajo como en la del Estado, y que obligatoriamente tenía que derivarse una emancipación total del movimiento obrero frente a toda su tradición, y la invención de formas de lucha y organización adecuadas.

Pronto la comedia se ha tornado en tragedia. Vaciadas de toda referencia a la realidad, la ideología e incluso la pasión sincera que animaban a tantos militantes se han revelado pura estupidez.

En el número 10 de Futur Antérieur, como en el presente número, hemos tratado de dar cuenta de la intensidad y la profundidad de las mutaciones del trabajo, tanto en su situación como en su concepto, y de las leyes sociales que determinan su nueva valorización. Hoy se hace cada vez más urgente poner en el orden del día la cuestión de la producción de una subjetividad adecuada a estas mutaciones. Se trata de actuar desde el interior mismo de las modificaciones de la estructura de clase, de la sociedad, de lo ideológico, de lo político. Se trata de plantear en el corazón del debate nuevas categorías: comunicación, nueva cotidianeidad, nuevas experiencias de explotación y de antagonismo.

Durante mucho tiempo, hemos trabajado en esta elaboración casi en la clandestinidad. Hoy, toda una serie de acontecimientos políticos– con frecuencia superficiales pero no por ello menos importantes y repetidos– parecen imponer una aceleración del debate, parecen obligar a todo el mundo a abandonar tanto las antiguas convicciones como los resentimientos históricos y las incertidumbres teóricas. ¿Qué pasa? Lo que pasa es que en el imperio neoliberal dominante, un nuevo Presidente vuelve a lanzar un New Deal extravagante, que en la Alemania monetarista el industrialismo vuelve al primer plano para responder al desafío de la unificación nacional, que la derecha francesa, ahora victoriosa sobre diez años de mitterrandismo, está, también, a la búsqueda de nuevos corporativismos y nuevos industrialismos. Y, en fin, está el big bang de Rocard: el enarca de servicio propone a los socialistas y a la izquierda reconocerse y reorganizarse en el posfordismo. Sin embargo, un hecho es más fundamental: era preciso que se desencadenara la primera crisis del posfordismo, sin que nadie sepa cómo controlarla, para que todo el mundo acepte reconocer finalmente que nos encontramos en una situación nueva– económicamente, políticamente, simbólicamente. ¡Ahí estamos, y de lleno! Es cierto, lo sabemos desde hace años. Pero ¿será posible– para militantes que han vivido la crisis del antiguo modo de producción y de las viejas organizaciones no como una derrota, sino como una necesidad– reunir las energías, reinventar el porvenir, construir comunidades de investigación y acción vastas y determinadas? ¿Lograremos estudiar la primera crisis del posfordismo como la forma en la que se presentarán las próximas crisis del nuevo modo de producción y en cuyo seno la pasión del comunismo podrá hacerse de nuevo experiencia de masa? Volvamos a nuestro tema: el análisis del trabajo. ¿Cuáles son los puntos en torno a los cuales se concentra la primera crisis del posfordismo y que la hacen evidente de ahora en adelante? El primer punto reside en la formidable asimetría que revela el sistema del mando internacional entre los instrumentos de control monetario-financiero y la valorización productiva. Asimetría que equivale a crisis. Porque el mando monetario y financiero, reclamando la socialización de la producción, la participación de las clases trabajadoras, la recuperación de los fenómenos de cooperación productiva, que necesitan la anticipación de la empresa capitalista pero que están preconstituidos por el desarrollo social del trabajo inmaterial, dejando de lado las contradicciones que revela en sí mismo… y que son enormes, se vuelve caótico e incapaz de un proyecto racional cuando se ve enfrentado a las nuevas modalidades de valorización del capital. El segundo punto consiste en la salida a la luz de nuevos antagonismos en el interior de la nueva organización del trabajo. Allí, en la empresa automatizada, la nueva valorización tiene que apelar al ‘alma’ misma del obrero, a la floración de su libertad y su inteligencia; en el trabajo terciario, la nueva valorización se basa en la capacidad del sujeto que trabaja de recoger y utilizar la relación social en el acto productivo; en el trabajo de la comunicación, la nueva valorización se instaura sobre la creatividad de la cooperación, de la elaboración de sentido, en el despliegue total de la subjetividad interactiva; en la ciencia, la nueva valorización opera agenciamientos de máquinas complejas que construyen con toda libertad una nueva naturaleza. En cada uno de estos casos la valorización productiva se opone, radicalmente, al mando. El capital, la propiedad, la disciplinarización, la jerarquía, el Estado son parasitarios en esencia. Asimetría del mando y la producción igual a crisis, ecuación válida a nivel económico-político macroscópico y que se verifica cada vez más a medida que el análisis se sumerge en lo microscópico, al nivel de las individualidades y de los sujetos colectivos de producción. La vida productiva reacciona contra un orden que pretende ser legítimo pero que no sabe ni puede organizar el consenso, la participación, la representación.

En esta crisis objetiva, son numerosas las vías que intentan tomar las fuerzas sociales y políticas.

Hay las que, en la desesperación y el extravío, amplias capas de la población buscan casi espontáneamente, prótesis ilusorias para agarrarse antes de tiempo a un punto de referencia cualquiera. En ese registro, los viejos nacionalismos y los nuevos localismos, las ideologías de la seguridad y los fantasmas de proximidad se articulan en formas confusas y monstruosas. Por Europa pululan especies de este nuevo zoo arcaico. Las guerras que no puede dejar de producir esta irracionalidad insidiosa, guerras intestinas tanto como internacionales, ya han resurgido ante nuestros ojos. Existe otra opción, más reflexionada pero igual de reaccionaria, que cobra también un vigor inesperado: es la vía populista, entendida en el sentido de la defensa del statu quo, que consiste– en particular, en el seno de los nuevos parámetros de la producción– en mantener bajo nuevas formas viejos compromisos institucionales y corporativos. Lo que se explica en los ambientes de la jerarquía imperial del orden monetario (reconociendo al mismo tiempo que este aspecto de la crisis es fundamental) es que la salvación sólo puede venir de la recodificación de los flujos del mando internacional, en función de las normas de un orden productivo que ha dado muestras de sus capacidades: si no, nos espera el salto al vacío… No hay ninguna dificultad para reconocer ahí el buen número de soluciones que hoy se presentan con el nombre de nuevo industrialismo, keynesianismo renovado, nuevo impulso ‘comunitario’ (en el sentido norteamericano del término) de compromisos institucionales.

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ENTRE « COMPROMIS HISTORIQUE » ET TERRORISME Retour sur l’Italie des années 70

Toni Negri

EX-DIRIGEANT historique du groupe Pouvoir ouvrier, l’équivalent italien de la Gauche prolétarienne (maoïste), Antonio (dit Toni) Negri est actuellement incarcéré à la maison d’arrêt Rebibbia, à Rome. Décidé à mettre un terme à son « histoire judiciaire » et à celle des militants d’extrême gauche encore poursuivis, il s’est livré, le 1er juillet 1997, après quatorze ans d’exil à Paris. Condamné à trente ans de prison pour « insurrection armée contre l’Etat » et à quatre ans et demi pour « responsabilité morale » des affrontements entre militants et police à Milan entre 1973 et 1977, il lui reste théoriquement – compte tenu du temps passé en détention préventive et des remises de peine – plus de quatre ans à purger. En attendant l’ indulto (remise de peine) général que les parlementaires italiens se refusent jusqu’ici à voter, Toni Negri a été autorisé, fin juillet, à travailler à l’extérieur. Il évoque ici l’expérience politique des années 70 en Italie.

 

Parler des années 70 dans l’histoire italienne, c’est parler du présent. Non seulement parce que les conséquences des politiques répressives d’alors perdurent – les lois spéciales n’ont pas été abrogées, deux cents personnes au moins sont encore incarcérées et autant en exil (1). Non seulement parce que la désagrégation du système politique d’après-guerre, réduit en miettes par la chute du mur de Berlin, avait atteint des limites insoutenables. Mais aussi, et surtout, parce que le traumatisme social (et psychologique) de cette décennie n’a encore été ni refoulé ni cicatrisé.

Les années 70 sont présentes parce qu’elles ont posé à l’Italie le problème de la représentation démocratique dans la transformation des modes sociaux de production, ce noeud central des sociétés capitalistes avancées qui n’est pas encore dénoué. En Italie, la présentation de ce noeud de problèmes a pris à ce moment-là une tournure tragique.

Toutes les forces politiques impliquées dans ce drame ont été vaincues. Deux auteurs, plus que d’autres, ont témoigné sur cette tragédie radicale : d’un côté Leonardo Sciascia (2), de l’autre Rossana Rossanda (3). Le premier assurait la chronique des événements en soulignant combien la crise tenait du labyrinthe, la seconde relatait chaque jour, sans jamais se désengager, l’impuissance désespérée des protagonistes à trouver une issue.

En Italie, les années 70 commencent, en fait, en 1967-1968 et se terminent en 1983. En 1967-1968 le mouvement étudiant, comme dans tous les pays développés, érigea des barricades. Pourtant, son envergure et son impact n’eurent pas la même ampleur que dans les autres pays européens : en Italie, le mai 68 étudiant proprement dit fut faible.

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Entrevista a Toni Negri No es casualidad que las luchas se desarrollen contra el G-8 o el FMI, el centro del imperio

Luis Hernández Navarro

La Jornada ( México). 12 de julio 2001

Roma, Italia. La trayectoria política e intelectual de Antonio Negri ha sido siempre sugerente y polémica. Autor de tratados notables sobre el pensamiento de Spinoza, Descartes y Marx; profesor universitario; animador cultural, y dirigente político, Negri fue uno de los teóricos mas destacados de la izquierda extraparlamentaria italiana de los años sesenta y setenta.

Nacido en la ciudad de Padua en 1933, fue detenido en abril de 1979, acusado de ser el jefe de las Brigadas Rojas, del asesinato de Aldo Moro y de haber fomentado la insurrección contra las instituciones. Pese a una primera absolución en 1980, permaneció en prisión preventiva durante cuatro años y medio, hasta que en julio de 1983 fue elegido como diputado.

Tras el retiro de su inmunidad parlamentaria se refugió en Francia durante casi 20 años. "¿Habéis oído hablar de un tal Toni Negri? -decía Michel Foucault- ¿No está en prisión simplemente por ser un intelectual?" Las graves anomalías jurídicas de su caso fueron denunciadas por Amnistía Internacional.

En 1997 regresó a Italia, donde fue detenido. Su objetivo era poner en el centro de la discusión la cuestión de una amnistía general para los prisioneros políticos italianos. Actualmente se encuentra en detención domiciliaria en su casa en Roma.

Inspirados destacado del debate político y filosófico sobre el futuro de la democracia; pensador riguroso y ordenado de los procesos de cambio de la economía y la política en el mundo, Toni Negri conversó con La Jornada en la sala de su departamento.

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