Sobre el drama sureño

Cristina García

El drama sureño (también llamado southern gothic) es un subgénero literario y cinematográfico que floreció durante el siglo XX, como bien indica su nombre, en la mitad sur de Estados Unidos. Heredero de la derrota militar y moral del Sur, retrata las confrontaciones y cambios sociales que transformaron para siempre el mundo. Heredero, también, de la novela gótica inglesa y americana, hace suyo el lenguaje del pánico y la ansiedad irracional; si bien es cierto que en Estados Unidos no existían viejos castillos, sí que había plantaciones en quiebra y deterioradas mansiones que no eran, bajo ningún concepto, edénicos jardines agrarios.

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Sobre la novela Tango satánico (1985)

Cristina García

La obra del novelista László Krasznahorkai (Hungría, 1954) se ha abierto paso por Europa y Estados Unidos gracias a la recepción, en 2015, del prestigioso premio Man Booker International, pero a ello también han contribuido el trabajo de brillantes traductores y las adaptaciones cinematográficas que de sus obras ha realizado el maestro húngaro Béla Tarr. Su trabajo completo consiste en un total de once novelas publicadas entre 1985 y 2019, seis de las cuales poseen traducción reciente al español (Al norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río; Guerra y guerra; Ha llegado Isaías; Melancolía de la resistencia; Tango satánico; Y Seiobo descendió a la Tierra

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Comentario de cine: Black ’47 (La gran hambruna)

Antonio Ruiz

Tema: Año 1847. Durante lo peor de la Gran Hambruna (1845-1849) de Irlanda. Un soldado irlandés del ejército imperial británico que ha estado luchando en el extranjero, deserta con la intención de emigrar al continente americano, pero antes quiere despedirse de la familia. A pesar de haber experimentado los horrores de la guerra queda anonadado por la destrucción de la comunidad donde se crió; la brutalidad de, la policía, sus jueces, lacayos oportunistas, todos al servicio del gobierno inglés. Su pueblo y su familia han muerto o están muriendo de hambre o de injusticia. Su corazón no lo soporta y se dedica a castigar a los responsables cercanos que operan, y son, el sistema. Él sabe que nunca verá el Nuevo Continente y que no llegará lejos, pero también, que no lo puede evitar.

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Auschwitz o Hiroshima. Lo nunca visto

Santiago Alba Rico

Auschwitz o Hiroshima

Lo nunca visto

Santiago Alba Rico

Fueron muchísimos, sí, unos seis millones, pero hubo que matarlos uno por uno mediante un remedo atroz del trabajo humano: sacarlos uno por uno de sus casas, apriscarlos uno por uno en los vagones atestados de cuerpos, conducirlos uno por uno a los barracones, a los campos de trabajo, a las cámaras de gas. ¿No era esto, después de todo, lo siempre visto? ¿Lo que había sucedido desde el primer día? ¿Lo que venía repitiéndose monótonamente desde Troya? Auschwitz, lo he dicho otras veces, no representa sino el colofón industrial de un modelo antropológico muy familiar, el del exterminio horizontal del otro, que produce escalofríos precisamente porque es inteligible, comprensible, representable. Nos lo podemos imaginar, lo podemos memorizar: caemos fascinados, angustiados, contagiados, en el abismo. Pero no es nada nuevo ni particularmente inhumano; no entraña ninguna iniquidad “absoluta”. No es el Mal porque viene a ras de tierra, con botas y gorra de plato, y nos mira a los ojos y nos hace bajar la mirada antes de destruirnos; y porque incluso podemos concebir también -a poco honrados que seamos- el placer viscoso del destructor y su moral fangosa tratando de degradar, puesto que no puede elevarse por encima de ella, la existencia concreta de las víctimas.

Trabajar cansa, pero es humano. ¿Y matar sin trabajar? ¿Matar sin ningún esfuerzo? ¿Qué pasa con el otro modelo? ¿Qué pasa con el bombardeo aéreo? Tratar a un hombre como a un animal es ignominioso, sí, ¡pero tratarlo como a un residuo! Hacer listas minuciosas, como Eichmann, es atroz, de acuerdo, ¡pero no ver sino panoramas! Acercarse para destruir a muchos uno por uno es abyecto, sin duda, pero, ¡alejarse para poder matar a todos en una sola gavilla y de una sola vez! Y en cuanto a las víctimas, ¿qué hacer con ellas? ¿Cómo explicarlas? ¿Morir sin haber llegado a existir siquiera como obstáculo? ¿Sin un cuerpo propio? ¿Ser desnudado -sin manos- por una luz intensa? ¿Ser herido -sin cuchillo- por una nube de gloria? ¿Ser quemado -sin fuego- por un aire coloreado? ¿Ser asesinado -sin garras- por una mirada ausente? Lo nuevo, lo nunca visto, el cero inaugural es Hiroshima: la ruina naturalizada por la ausencia del agresor, el agresor sobrenaturalizado por su propia lejanía aniquiladora, la eliminación virtual -y la fundación real- de la humanidad como conjunto. La bomba atómica es tan inhumana, tan posthumana, que ni agresores ni víctimas pueden representarse el drama del que participaron y que iguala potencialmente a las dos partes. Tampoco -reconozcámoslo- se ha hecho ningún esfuerzo para explicar a los hombres la época nueva; todo lo contrario: los juicios de Nuremberg, que condenaron justamente Auschwitz, declararon legal, normal, aceptable, inevitable Hiroshima y sus consecuencias. Este mundo nuevo, en el que son los contempladores, y no los trabajadores, los que más destruyen, no puede ser asido en una novela y mucho menos en una telenovela. La propaganda contra Auschwitz, interesada o no, será siempre mucho más emocionante.

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