Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Trotsky en los años treinta

Pepe Gutiérrez-Àlvarez

En los años treinta, León Davidovich Bronstein era la encarnación viviente del “espíritu de Octubre”, el par de Lenin, apartado de la primera línea de la vida política por un tercer exilio, subestimado por un dictador en ciernes que acabaría removiendo mar y tierra para asesinarlo. Trotsky era la mayor leyenda revolucionaria de aquel tiempo, hacía tiempo que Lenin y Rosa Luxemburgo habían muerto, Gramsci estaba neutralizado en una cárcel fascista (1), apenas si se sabían cuatro cosas de Stalin al que desde hace tiempo se le publicitaba como el sucesor de Lenin. Esta leyenda se había forjado en una intensa actividad militante que se remontaba cuanto menos a la revolución rusa de 1905, cuando llegó a ser el presidente del soviet de Petrogrado, y desde entonces sobresalió como un socialista de izquierdas, escritor y polemista, políglota, amén de destacado internacionalista durante la Gran Guerra durante la cual ejerció como agitador y periodista, viajó por Europa, con una parada en España y Estados Unidos donde su huella fue especialmente importante.

Se trata de un revolucionario cuyo talante contradice los tópicos reaccionarios, ya que salvo cuando dirigió el Ejército Rojo, nunca tuvo otras “armas” que sus ideas, su pluma y sus palabras. Los que en los últimos años han tratado infructuosamente de encontrar en su trayectoria, en plena guerra civil por ejemplo, una muestra de crueldad, tienen que limitarse a señalar que firmó tal o cual documento, actos cuyas consecuencias, a la larga, fueron otras que las previstas, cosa que en el marco del drama de aquellos tiempos puede entenderse y explicarse (2). Como todo el mundo sabía, su nombre fue inseparable de la revolución rusa fue noticia –alarmante y siempre denostada- en los periódicos de todo el mundo. Fue un desbordante comisario del pueblo para Asuntos Exteriores en 1918 y, a continuación, de Asuntos Militares y Navales, de 1918 a 1925. Desde 1923 dirigió movimientos de oposición a la deformación, y luego contra la creciente deformación de la revolución llevada a cabo por la burocracia soviética.

Como teórico marxista, la aportación más reconocida de Trotsky fue la teoría del “desarrollo desigual y combinado y la doctrina acorde de la "revolución permanente”. Con la teoría de la “revolución permanente” desafió la opinión de que un prolongado período de desarrollo capitalista debe seguir a una revolución antifeudal, durante la cual gobernaría la burguesía o cualquier otra combinación de fuerzas sociales (por ejemplo, la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros y campesinos”) como sustitutivo. Por otros caminos, Lenin adoptó en las Tesis de abril de 1917 una línea semejante a estas concepciones (por eso fue tildado de “trotskista”) y las puso en práctica en la revolución de Octubre en contra de la línea tradicional del Partido Bolchevique, defendida en la época por Kamenev, Zinoviev y Stalin…

Otra de las características del pensamiento de Trotsky es el rechazo de las falsas pretensiones que hacen del marxismo un sistema universal que proporciona la clave de todos los problemas. Se opuso a los charlatanes que adoptaban el disfraz de marxismo en la esferas tan complejas como la “ciencia militar”, y combatió los intentos de someter la investigación científica, la literatura y el arte en nombre del marxismo, ridiculizando el concepto de “cultura proletaria”. Subrayó el papel de los factores no racionales en la política (“En la política no hay que pensar de forma racional, sobre todo cuando se trata de la cuestión nacional”) y desechó las grandes generalizaciones cuando se olvidaban de lo más concreto, de los individuos. Lector voraz y políglota, marxista de gran cultura en la tradición de Marx y Engels, ensayista, crítico literario, historiador, economista, etc., Trotsky se granjeó muchos enemigos entre aquellos cuyo marxismo combinaba la estrechez y la ignorancia con una propensión a plantear exigencias fantásticas, revistió tales características que hicieron exclamar a Marx: “No soy marxista”.

Su evolución desde finales del siglo XIX hasta sus últimas aportaciones sobre la Segunda Guerra Mundial está marcada por continuas rectificaciones y audacias que a veces entran en abierta tensión con sus esquemas militantes, obsesionados por dar respuesta a una situación política trágica que desborda, con mucho, la extrema debilidad organizativa del movimiento que contribuyó a crear. Hay múltiples Trotsky: normalmente volaba como un águila, pero en ocasiones lo hacía también mucho más bajo, una diferencia que estaba muy determinada por la proximidad o la lejanía del tema que abordaba, un factor perfectamente verificable por sus torpezas y limitaciones….

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Guerra y anarquismo en Rusia

Pepe Gutiérrez-Àlvarez

El rechazo libertario al “comunismo” no proviene –ni mucho menos- de la revolución de Octubre, que fue saludada con entusiasmo por todos ellos. Proviene de unos acontecimientos y unas medidas que no se pueden comprender fuera del análisis de lo que significó la guerra civil.

Repasando algunos de los trabajos publicados sobre lo que podemos llamar la “cuestión anarquista en la revolución rusa”, todo parece indicar que entre éstos y la corriente derivada del bolchevismo (los comunistas) no exista más posibilidad que el diálogo de sordos. Cierto es que sí por “comunistas” se entiende la historia oficial estaliniana, no hay mucho que hablar.

En ella, los anarquistas suelen ser olvidados, o catalogados –en el mejor de los casos- como una variante menor del populismo o del izquierdismo, y como tales fueron triturados por la marcha triunfal de una historia que, como finalmente se ha visto, caminaba hacia la descomposición y la destrucción, y no solamente del estalinismo ya que en su caída ha comprometido la propia idea de socialismo y de la revolución. La consecuencia de esta caída no ha beneficiado las alternativas democráticas del socialismo, sino que ha dado lugar a una hegemonía neoconservadora tan apabullante que la historia social ha llegado a semejar un túnel sin salida. Una anécdota que encuentro significativa me la brindó un viejo amigo libertario al que, casualmente, me encontré que salía de una tertulia de radio, allá por la mitad de los años noventa. Cuando me explicó algo de la discusión, me confesó bastante turbado: “Chico, al final he tenido hasta que defender que no todo en Stalin había sido malo…

No pude por menos que decirle aquello de “Quién te ha visto, y quién te ve”, pero el asunto era serio. La prepotencia neoliberal ha acabado situando a toda la izquierda radical en el banquillo de la historia. Baste anotar a título de ejemplo los comentarios de Hugh Thomas, comparando a Durruti con Ben Laden. Se ha creado una historia oficial neoconservadora en la que el comunismo es el Gulag, y punto. Así lo certifican en el Babelia (04-06-05) que reseña el libro de Anna Applebaum, Gulag, y otros. A lo largo de un amplio “dossier” con este pretexto, no hay la menor referencia antecedente zarista, ni a la “Gran Guerra”, tampoco a la guerra civil, ni al cerco internacional. Ni media palabra sobre el esquema de Octubre justificado como prólogo de una revolución europea…Con el Gulag se ha querido condenar la revolución francesa de 1789, y hasta el insigne Vargas Llosa lo utilizó como admonición en un acto internacional sobre el “apartheid”, advirtiendo a los líderes nacionalistas que no fueran a crear un Gulag, ¿y qué dientres era lo que había existido antes?.

La conversación con mi amigo fue o más o menos por el siguiente cauce. Después de casi un siglo de historia, hay que constatar que el triunfo de la revolución social no se ha mostrado precisamente como un camino tan fácil y lineal, tal como pudieron llegar a la creer los clásicos. Por lo tanto, el proceso histórico que le acompaña, lejos de resultar breve. Tal como se puede comprender desde la actual situación reaccionaria, puede abarcar un tiempo histórico muy dilatado. Desde este punto de vista, la impaciencia revolucionaria puede haber sido en muchos casos una manera de confundir los sueños con la realidad, todo un peligro al decir certero de Rosa Luxemburgo. Nos ha tocado un momento en el que, si bien sigue siendo meridiano que el capitalismo conlleva la barbarie y pone en peligro la propia supervivencia de la especie humana (de la animal, no hablemos), sin embargo, no existe ninguna alternativa que aparezca tan evidente como la combinación de socialismo y libertad, que para aplicarse tendría que hacerse sobre el cadáver del egoísmo propietario.

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La configuración inicial del “trotskismo”

Pepe Gutiérrez-Álvarez

No han falta voces que –al igual que con el “caso” de la guerra española-, han mostrado su “hartazgo” ante nuevas reediciones sobre el gran dilema comunista entre estalinismo y trotskismo, a su parecer una historia ya perdida. Sin embargo, quizás ocurra –como con la guerra española- que resulta que es ahora más que antes, que contamos con la perspectiva y la “distanciación” suficiente para precisar unas cuestiones cuya importancia “histórica” está fuera duda, y que también lo está por cuento todo proceso de reconstrucción requiere un balance objetivo y preciso de los grandes nudos de una historia que continúa bajo otros imperativos.

Comencemos con dos notas. Una, Lenin polemizo con sus adversarios dentro de la socialdemocracia rusa lo mismo que con sus propios partidarios, entre otras cosas porque la polémica y la libertad de tendencias fue algo connatural al socialismo de su tiempo; segundo, no se empezó a oponer “leninismo” y “trotskismo” hasta la confrontación de la primera Oposición de izquierda con la di­rección en 1923, o sea que Lenin no tienen da que ver con este debate. Los adversarios de Trotsky se han dedicado a definir una continuidad entre la lucha política de Trotsky en esta época y el “trotskismo” de 1904 a 1917.

Se pretende que los conflictos entre Trotsky y Lenin durante estos trece años anunciaban ya el enfrentamiento que se dará a partir de 1923, todo es una misma cosa al margen de lo sucedido en los años constituyentes de la revolución. De esta manera se transfería a las polémicas de Lenin contra Trotsky al presente pretendiendo que tenían el mismo significado, Trotsky era culpable de un “pecado original”, y la “troika” pasaba a representar a Lenin agonizante (1). El conflicto se insinúa en el discurso del 15 de diciembre de 1923 de Zinoviev, aunque éste se remite todavía al “viejo trotskismo”. Poco después se estructura la publicación de tres discursos de Zinoviev, Kamenev y Stalin bajo los no muy originales títulos -sucesivamente- de ¿Bolchevismo o trotskismo?, Leninismo o trotskismo y Trotskismo o leninismo. Finalmente, Bujarin, que se encuentra en su fase más moderada (él es el teórico del “socialismo en un solo país” y del avance al socialismo “a paso de tortuga”), será el que ofrezca una mayor base teórica a esta filiación en su discurso del 13 de diciembre de 1924, y que editara con el nombre de Sobre la teoría de la Revolución Permanente.

Trotsky ofreció a menudo una afirmación similar a la que coloca al pie de página en su obra La Revolución Permanente: “En casi todos los casos, al menos en los más importantes, en que me he opuesto a Lenin, desde el punto de vista táctico o de organización, él tenia la razón” Al mismo tiempo, afirma la justeza de su “pronóstico político”, considerando, por otra parte, que no era esto lo que le separaba de Lenin verdaderamente. Lo que les enfrentaba eran “sus divergencias sobre la concepción del partido”.

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Los jacobinos negros

Alejandro Portelli

Il Manifesto, 7 diciembre 2006

Los esclavos de la Ilustración en la toma de la Bastilla

Se ha reeditado el libro de C. L. R. James Los jacobinos negros, un clásico de la historiografía social[1]. Páginas rigurosas y a la vez cautivadoras en las que se reconstruye la revolución antiesclavista que concluyó con la expulsión de los franceses y la fundación de la República de Haití. Un gigantesco levantamiento social que, desde el Caribe, se difunde hasta los Estados Unidos y cambia la historia mundial. Para ser después ignorado por la historia de los vencedores

Alejandro Portelli

Hay libros que transforman radicalmente la percepción occidental sobre la historia, la imagen que Occidente tiene de sí mismo, que sitúan en el centro, de una forma tan radical, la periferia y la marginalidad,  que nuestra cultura finge, que en la práctica no existen. A fines de los años treinta se publicaron  dos de estos libros. Black Reconstruction in America de W. E. B. DuBois, y Los jacobinos negros. Toussaint de L´Overture y la Revolución de Haití , de C.L. R. James. Sus autores son dos colosos del siglo XX, sin embargo, para la mayor parte de nuestros historiadores y politólogos, podrían no haber existido. Y quizá no existen verdaderamente: después de todo, ni tan siquiera eran blancos, y encima –cada uno a su manera y en periodos diversos- ambos fueron comunistas, y  junto con otro comunista, George Padmore (sí, claro: “¿y ese, quién era?”), fueron miembros participantes desde sus orígenes, del movimiento panafricano y anticolonialista.

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Orwell y el comunismo

Pepe Gutiérrez-Álvarez

      Desde que en la edición del domingo 22 de junio del 2003, el corresponsal de El País en Londres, Walter Oppenheimer, ofreció la crónica sobre como “Orwell delató a 38 simpatizantes comunistas”, se han dado diversas polémicas sobre este gesto final, efectuado cuando estaba enfermo de tuberculosis en el pulmón izquierdo. Orwell fue hospitalizado en junio de 1948, y aunque se recupera vuelve a recaer. Es también la época en acaba la redacción de 1984, que en un principio quiso titular El último hombre en Europa.

        La recaída le lleva a ser ingresado en el sanatorio de Graham, en el sur de Inglaterra, y fuertemente medicado, falleció el 21 de enero de 1950. Entre sus papeles se encontraron unas notas sobre los sueños que le habían obsesionado durante los dos últimos años: “A veces es el mar o la playa, más a menudo grandes y espléndidos edificios, o calles, o barcos, en los que suelo perderme, pero siempre con un peculiar sentimiento de felicidad y de estar al sol al despertar. Indudablemente todos estos edificios, etc, significan la muerte. Soy casi consciente de ello incluso soñando, y estos sueños se hacen más frecuentes cuando mi salud empeora y pierde la esperanza de recuperarme. Lo que nunca puedo entender es por qué, si no tengo miedo a la muerte (miedo al dolor y al momento de morir, pero no a la extinción), esta idea tiene que aparecer en más sueños bajo distintos disfraces” (1).

      De entre sus últimos papeles de este tiempo se encontraba un cuaderno sobre el que el gobierno británico no ha levantado el secreto oficial, y que por lo tanto se han hecho públicos. Se trata del documento FO 1110/189 (FO indica Foreign Office), ya de lectura libre en el Archivo Nacional Británico y en que se ofrece una lista de 38 "criptocomunistas”. Se trata de un cuaderno informal que en el que el escritor fue estableciendo una lista privada de ciudadanos occidentales a su parecer eran criptocomunistas o “compañeros de ruta”, según el término acuñado por Trotsky en Literatura y revolución para describir  los que hacía parte del viaje con la revolución, y luego aceptado como parte del léxico del movimiento comunista aunque ya no se trataba de la revolución sino de colaborar con la política exterior soviética, una colaboración concebida por los más idealistas como un contrapeso del nazi-fascismo, o bien de la prepotencia imperialista que continuaba subyugando a los pueblos colonizados.

      El cuaderno dejó de ser un secreto cuando fueron reseñados en la biografía autorizada, George Orwell. A life, de Bernard Crick publicada a principios de los años ochenta.  Crick defiende la lista de Orwell, argumentando que “no era distinto de los ciudadanos responsables que hoy pasan información a la brigada antiterrorista sobre personas que conocen y piensan que son activistas del IRA. Se consideraba una época muy peligrosa, el final de los cuarenta” (2). Y añadía que Orwell siempre se manifestó contrario a cualquier medida represiva contra el Partido Comunista británico. Al biógrafo le otorgaron la razón un sector de la intelectualidad británica que coincidía en la reafirmación del mito de la exis­tencia de un grupo intelectual, unido por sus vínculos con Moscú, y agrupados oscuramente en un intento sedicioso de preparar el terreno para el es­talinismo en Gran Bretaña, un temor que a finales de los años cuarenta podía hacer perder el sueño a mucha gente, pero que actualmente carece del más mínimo fundamento documental. No obstante había algo que fallaba en el razonamiento, primero por que, como se verá, ninguno de los implicados tuvo la menor relación con actividades ilegales, nada que permita una más que abusiva comparación con los republicanos irlandeses. De hecho, muy pocos entre los señalados se distinguieron como  tales “compañeros”. Solamente uno de ellos (Peter Smollet), se ha comprobado que fue ciertamente un agente soviético.

      No obstante, el cuaderno se convirtió en “gran noticia” cuando un intelectual tan orgánico –y tan bien pagado- como Timoty Garton Ash publicó en el diario The Guardian (22-06-03) una relación de 38 componentes incluidos en el documento oficial, asegurando que Orwell recurrió a la delación (según su propia definición) por su amor imposible con Celia Kirwan, militante laborista ligada a la corriente de izquierdas presidida por Aneurin Bevan (con la que Orwell estaba muy identificado tiempo atrás) y funcionaria. Fue la hija de Celia la que lo entregó a Garton Ash como si fuera una primicia. El artículo apareció en varias cadenas de prensa internacional. La prensa amarilla no desaprovechó la ocasión. Así el Daily Telegraph cuando divulgó la noticia  la tituló de la siguiente manera  en primera plana:  "Icono socialista con­vertido en un delator”.  Anotemos que normalmente el socialismo de Orwell no es algo que suela subrayar en la prensa convencional. 

      Garton Ash era lo suficientemente inteligente para no tener que destruir el “icono socialista”, la bastaba con darle la vuelta siguiendo las pautas del neolenguaje. El suyo es un Orwell mediáticamente consagrado como “el escritor que captó la esencia del totalitarismo y avistó el futuro con libros como Rebelión en la granja y 1984”. En aras de esta tentativa de un Orwell a la medida neoliberal, Garton en imponer varias maniobras con concuerdan con las tesis sobre el “final de la historia”. Desde este canon, el socialismo de Orwell no era más que una respuesta quijotesca a unos molinos de vientos (el Capital, el colonialismo británico, el fascismo, etc), que ya no existían (al menos no lo busquen en los escritos de Garton Ash). El comunismo tampoco, pero debe de estar algo más vivo porque para el popular historiador,  Orwell es ante todo un anticomunista. Y esto en el sentido que la gente como Garton le dan al concepto.

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La revuelta húngara no fue sofocada por el comunismo

La revuelta húngara no fue sofocada por el Comunismo

por Etienne Balibar y otros firmantes

Liberazione del 01/12/2006

La resolución aprobaba por el Parlamento europeo, el 24 de octubre de 2006, referente al cincuenta aniversario de la revolución húngara de 1956 y a su significado histórico para Europa, en el Párrafo 3, « subraya que la comunidad democrática debe rechazar inequívocamente la ideología comunista represiva y antidemocrática y defender los principios de libertad, democracia, derechos humanos y estado de derecho y tomar una clara posición cada vez que ellos sean violados». Sin embargo, ha sido rechazada una enmienda que condena tudas las iniquidades cometidas en nombre del comunismo, pero en realidad incompatibles con aquel movimiento en cuanto aspiración a la justicia y a la libertad. Los redactores de este documento se asocian a la condena de cualquier acción  represiva dirigida a imponer un orden autoritario de tipo imperialista que ahogue la expresión de necesidades, aspiraciones, concepciones en continuo desarrollo en la sociedad civil. Sabemos que la distorsión estalinista del comunismo ha dato lugar, a vasta escala, a acciones repressivas que han comprometido, en la consciencia de millones y millones de mujeres y de hombres, el valor de una idea: la construcción de un sentido común o comunista a partir del cual edificar nuevas formas de vida asociada y de participación civil. Por esto consideramos que los parlamentarios europeos, que han expresado un juicio sumario sobre el comunismo, si exponen a la sospecha o bien de una formación cultural insuficiente o bien de una larvada aquiescencia oportunista. Es preocupante carencia cultural ignorar un largo itinerario que es historia porque es pensamiento alto, cuyas raíces se llama (por decir solo algunos nombres) el Platón assertore de un mundo inmaterial y de valores ideales que culminan en el Bien y en la Justicia, el Tomás Moro santificado por la iglesia católica también en razón de su utopía igualitaria, un Karl Marx che invocaba la libertad di cada uno como condición de la libertad de todos, y che anche la opinión común de nuestro tiempo reconoce como un grande maestro de la humanidad, un Antonio Gramsci, cuyo pensamiento puede resumirse en el concepto de la historia como anhelo de libertad, y que es el pensador italiano, después de Dante Alighieri, más estudiado y más traducido en todos los continentes. La civilización europea querrá pues, cortar una de sus raíces históricas? Y aquellos cue, desde sus cátedras, imparten a los jóvenes estudiosos o estudiantes la lección de aquellas obras clásicas deberán dejarlas de lado olvidando aquella otra raíz que es la Ilustración? En la historia del siglo XX, mientras la lucha contra el fascismo (en el cual ideología totalitaria y represión política policial coincidían plenamente y bajo cualquier perfil) ha sido la necesaria premisa para reconquistar la democracia, al contrario el anticomunismo virulento ha abierto camino en todos sitios, in Europa como en las Américas, a la subida del fascismo. A chi giova, dunque, ribattezzare sotto il segno dell’anticomunismo la rivolta ungherese, se la stessa mozione del Parlamento europeo, nel punto F delle premesse, contraddicendosi, rende «omaggio al coraggio umano e politico di Imre Nagy, il primo ministro comunista-riformatore dell’Ungheria» e se quel sommovimento fu attivamente sostenuto dal grande pensatore comunista György Lukács? Se anche la Primavera di Praga fu salutata e guidata dall’altrettanto generoso dirigente comunista Alexander Dubcek? E i tanti comunisti perseguitati o fatti fucilare da Stalin dovremo (in quanto essi sarebbero stati perseguitati e fucilati dall’«ideologia comunista») considerarli anche noi nemici del comunismo, come li giudicava Stalin? Ma, dicevamo, altri denegatori del comunismo in assoluto potrebbero esporsi al sospetto, direbbe Gramsci, di trasformismo sia pure inconsapevole, se il loro assecondare gli ignari o gli intolleranti fosse dettato da cattiva coscienza o dal bisogno di far perdere le tracce del loro passato: se così fosse, non di quel loro passato converrebbe vergognarsi, ma della loro miseria presente. Il giudizio sulle azioni liberticide come la repressione dell’Ungheria del 1956 non può e non deve essere contestualmente mitigato neppure adducendo altre colpe di altri soggetti e di altri tempi. Ma, confessiamo, ci consolerebbe il sapere che, in altre circostanze o in altre sedi, autorevoli rappresentanti dei popoli e delle tradizioni europee fossero più propensi a riconoscere i limiti, passati e presenti, delle politiche praticate e predicate dal cosiddetto mondo opulento. Voci maligne potrebbero insinuare che il muro di Berlino ha fatto scuola: sulla linea di frontiera che separa il Messico dal suo più potente vicino di casa o sulla terra palestinese nella quale le tre grandi religioni monoteiste dovrebbero incontrarsi, non scontrarsi. Ma è forse ancor più inquietante il muro ideologico (certamente incompatibile con i classici principi di libertà e con le cristiane massime della carità e dell’accoglienza, anch’esse una radice profonda della civiltà europea), quel muro che eguaglia a una sterminata moltitudine di quasiparia, su scala mondiale e all’interno delle stesse nazioni occidentali, coloro che sono strutturalmente esclusi dal mercato, dal lavoro e persino dal cibo quotidiano. Etienne Balibar, philosophe, Université La Sorbonne, Paris Giorgio Baratta, Presidente della International Gramsci Society-Italia, Università di Napoli “L’Orientale” Jacques Bidet, philosophe, Directeur de la revue “Actuel Marx”, Paris Derek Boothman, Professore di Traduzione, Università di Bologna Giuseppe Cacciatore, Direttore del Dipartimento di Filosofia, Napoli Carlos Nelson Coutinho, Profess. Univers. Federal Rio de Janeiro Patrizio Esposito, fotografo e artista grafico Dario Fo, Premio Nobel per la Letteratura Rada Ivekovic, Professeur università, Paris Guido Liguori, Università di Calabria e dirigente International Gramsci Society-Italia Marina Paladini Musitelli, Professoressa di Letteratura Italiana, Università di Trieste Alessandro Portelli, Professore nell’Università di Roma La Sapienza Giuseppe Prestipino, Università di Siena, Presidente onorario del Centro per la Filosofia Italiana Franca Rame, attrice, eletta nel Senato della Repubblica Italiana Annamaria Rivera, Professore di Etnologia, Università di Bari Rossana Rossanda, scrittrice e giornalista Edoardo Sanguineti, poeta, critico, Professore nell’Università di Genova Silvano Tagliagambe, Professore nell’Università di Sassari

André Tosel, Professeur de Philosophie, Université de Nice Mario Tronti, Università di Siena, Presidente del Centro per la Riforma dello Stato Pasquale Voza, Università di Bari, Presidente del Centro Interuniversitario per gli Studi Gramsciani

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De Juan de Mairena a Robespierre

Carlos Abel Suárez

Florence Gauthier

Muy sorprendente puede resultar hoy para nosotros saber que a esa Declaración de Derechos Humanos es lo que propiamente recibió el nombre de Terror por parte de los contrarrevolucionarios. Se llamó Terror al intento de poner por obra una soberanía popular efectiva a partir de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Carlos Abel Suárez entrevistó en el programa La memoria del puente el pasado 18 de septiembre a Florence Gauthier, la gran historiadora de la Revolución Francesa, catedrática en la Universidad de Pari­s VII (Jusieux), editora de las Obras completas de Robespierre y de Mably y miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

El 18 de septiembre pasado la historiadora francesa Florence Gauthier fue entrevistada por Carlos Abel Suárez en el programa La memoria del puente, que se emite por radio Palermo de Buenos Aires. Florence Gauthier participó en Buenos Aires, junto con Antoni Doménech en la presentación del nº 1 de la revista Sin Permiso en su versión gráfica y dio una conferencia en Buenos Aires, organizada conjuntamente por el Centro de Investigaciones Filosóficas y el Instituto H. Arendt, sobre la influencia del sacerdote jesuita Juan de Mariana en los revolucionarios franceses.

Carlos A. Suárez.- Florence, ¿cómo podrí­amos resumir lo dicho en la conferencia y, particularmente, la notable relación que estableciste entre Mariana y la Marianne de la emblemática pintura de Delacroix, sí­mbolo de la República francesa revolucionaria?

Florence Gauthier.- La teorí­a polí­tica del padre Juan de Mariana generó un vínculo entre los pensadores de la Revolución francesa. Mariana, que era español, desarrolló la idea del tiranicidio y del derecho a la resistencia a la opresión. Hay algo muy notable en la teorí­a polí­tica de este jesuita español, que vivía a caballo entre los siglos XVI y XVII, y fue su nombre el que pasó a Marianne, convertida en símbolo de la república revolucionaria. Y ese ví­nculo traí­a su origen en el hecho de que, en la teoría polí­tica del Padre Mariana, desempeñó un papel fundamental la confianza en el pueblo, y la confianza en el pueblo lleva a la soberanía popular, a una soberaní­a no entendida retóricamente, sino de forma efectiva y consecuente.

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Tres anotaciones sobre una autobiografia de Pietro Ingrao

Rossana Rosanda

Siglo XX

Grácil, amargo, áspero, tres anotaciones sobre una autobiografía

Quería la luna, de Pietro Ingrao. Retrato privado de un hombre público. De la clandestinidad antifascista a la larga militancia en el grupo dirigente comunista. De los recuerdos sobre su amada Laura a las preguntas sobre el fallecimiento del PCI.

Rossana Rosanda

Cuando Pietro Ingrao publicó en 1986, su primer libro de poesía (La duda de los vencedores, Ed. Mondadori) más de uno quedó confundido: cómo podía ser aquéllo; era el dirigente comunista más querido, el más firme, el seguro punto de referencia en la crisis del partido, y de repente revelaba una dimensión personal propia tumultuosa e inquietante, que pugnaba por encontrar un espacio en la forma, era como si dijese: no os pertenezco por entero a vosotros, mi comunidad política. Hoy, al volver sobre su vida, (Quería la luna, Einaudi, pp. 376, 18,75 €) aparta de sí nuevamente el icono de líder del pueblo y padre de la patria, de una pieza, el que en la sobrecubierta habla a las masas, de rostro aseverativo y mano levantada en ademán de exhortación. El icono –según dicen sus páginas-, es la cristalización forzosa de una trayectoria, interior y pública, de la cual, en el momento de hacer cuentas, se reordenan prioridades y pesos, y corre un gran riesgo de parecer vanidad. Ingrao sabe que es un hombre público, y se atiene a ello, incluso si acepta ceder algo al halago, pero sopesa sus logros y admite sus errores. Es una vida auténtica. El propio título abre un interrogante. ¿Quería lo inalcanzable o simplemente aquello que quería se ha quedado lejos? La respuesta queda en el aire. Pienso en los versos de Eluard: “Et s’il était à refaire, je referais ce chemin”. Sí, si hubiera que volver a hacerlo, volvería a recorrer este camino”. Con algo menos de ilusión o de arrogancia comunista.¿Y con qué resultado? Su actual camarada de partido, Fausto Bertinotti, no cesa de citar los versos de Kavafis en Itaca: lo importante no es el destino, sino el viaje. Pero el destino da sentido al viaje. El destino de Ingrao es que la revolución de los oprimidos contra la opresión, que está por realizarse, será distinta de como él la imaginó durante su anterior militancia y el sujeto de la misma será múltiple. Como camino, permanece, con todos sus escombros, el leninismo – estalinismo, pareja de sustantivos a los que todavía no se había enfrentado. Y la violencia

Un retiro sin aspavientos

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