Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Adios a la vieja izquierda

Ernesto Salinas

Este artículo habla sobre la muerte de la izquierda elitista. Es una crítica a las organizaciones que tienen una concepción elitista de representación y mando político.

Este artículo habla sobre la muerte de la izquierda elitista. Entendemos por izquierda elitista el conjunto de organizaciones que plantean alcanzar el socialismo a través de relaciones jerárquicas, en las que unos "piensan y dirigen" mientras los demás se limitan a ejecutar tareas. De estas organizaciones, la más voluminosa, por su burocracia y cantidad de afiliados, es el Partido Comunista, pero no es la más importante. Esta crítica es a las organizaciones que dicen estar a la izquierda del PC, y que desde allí reproducen esta concepción elitista de representación y mando político.

"Sin embargo, al arrebatar a las personas un suelo sobre el que podían posar sus pies pero que les impedía tener alas, este proceso ofrece algo más que el dolor de la caída; es la ausencia completa – cruda, implacable – desde donde la plenitud, al poder llegar a ser distinguida y reconocida como necesidad y como aptitud, se vuelve posible."

(El club de lucha, noviembre del 2002)

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La década de los 90 fue para la izquierda elitista un tiempo descorazonador. Si las heridas sufridas bajo la dictadura habían sido parte inevitable de un combate en el que muchos supieron preservar su dignidad, el capítulo abierto en 1989 no fue tan decoroso: una parte de la militancia tuvo que soportar las maniobras de claudicación de sus líderes frente a los vencedores; otra parte, obligada a nadar en aguas enturbiadas, mordió uno a uno los anzuelos tendidos por el siniestro dúo Schilling-Carpenter, con resultados desastrosos; mientras que por todas partes las masas militantes se dispersaban dando la espalda a sus jefes. Las capas dirigentes no quisieron ver en ello más que la consecuencia del "vacío" dejado por la salida de Pinochet, y por inercia, los demás se acostumbraron a creer que la desbandada se había producido al no haber un enemigo claramente identificable al cual oponerse (la impotencia llega al extremo de que algunos añoran "los buenos tiempos de la dictadura, cuando al menos había algo por qué luchar").

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¿Cómo queda el mundo después de la guerra?

La guerra de invasión y ocupación de Estados Unidos en contra de Irak fue doblemente anunciada. Claramente por el discurso de George Bush del 20 de septiembre de 2001 (una semana después de los atentados de Manhattan), en el que decretaba el mundo entero en estado permanente de guerra y de excepción. Pero la lógica de guerra ya estaba en marcha desde 1990-1991 con el derrumbe del Muro de Berlín, la unificación alemana y la desintegración de la Unión Soviética. Después de esas modificaciones en la correlación de fuerzas mundiales, un nuevo reparto general del mundo se hizo posible: control de las fuentes y las rutas de la energía, redistribución de los territorios, reorganización de las alianzas y rediseño de las instituciones internacionales. En agosto de 1990, antes incluso de la entrada de las tropas iraquíes en Kuwait, una reunión de alto nivel realizada en Aspen, en las Rocallosas, sentó las primeras bases de la reorientación estratégica norteamericana: con la conclusión victoriosa de la guerra fría, en adelante la prioridad la obtuvieron la fuerza aérea, las fuerzas de intervención rápida y el mantenimiento del orden imperial en las turbulentas zonas del sur.

Contrariamente a los discursos de George Bush padre, anunciando la llegada de un nuevo orden mundial más justo y más pacífico, la docena de años transcurridos ha conocido una sucesión de guerras calientes (en al Golfo Pérsico, en los Balcanes, en el África de los Grandes Lagos, en Medio Oriente, Afganistán y de nuevo en Irak). Las desigualdades no han dejado de ahondarse como lo muestra el índice de desarrollo humano utilizado por las Naciones Unidas o bien el impacto ecológico. La fractura ecológica se suma, en efecto, a las fracturas sociales.

El mundo está, así, muy lejos de ser homogenizado en un "espacio liso", contrariamente al diagnóstico de Toni Negri, según el cual ya no existiría "la fractura Norte-Sur", puesto que no se mantendría "la diferencia geográfica entre los Estados-nación" (entrevista a Le Monde, 22 de enero de 2002). La acumulación planetaria del capital sigue regida por las leyes del desarrollo desigual y combinado, por un movimiento pendular entre la desterritorialización y la reterritorialización (solamente en Europa, durante la última década, fueron trazados 17 mil kilómetros de nuevas fronteras y catorce nuevos países han sido admitidos en las Naciones Unidas).

A pesar de las deslocalizaciones productivas, las grandes firmas trasnacionales que se reparten los mercados siguen respaldadas por la potencia de sus Estados de origen. El peso de las grandes sociedades petroleras o de las grandes empresas de armamento estadunidenses depende directamente de la potencia política de Estados Unidos, del papel del dólar, de su supremacía militar. Si la soberanía de los Estados dominados es cada vez más ficticia, la de las potencias dominantes se mantiene, como lo ilustra el rechazo norteamericano a ratificar el protocolo de Kyoto o a asociarse a una institución penal internacional; como lo ilustran también las medidas proteccionistas de apoyo a la agricultura o a la siderurgia. Según la famosa definición schmithtiana de la soberanía -es soberano aquel que decide sobre el estado de excepción-, Estados Unidos es más soberano que nunca.

En el seno mismo de la Unión Europea, las fusiones y concentraciones de empresas capitalistas aspiran más a constituirse en "campeones nacionales" del automóvil, la banca, los seguros, etcétera, que en "campeones europeos" (excepto en algunos sectores de punta como el espacial).

Los ideólogos neoconservadores hablan hoy sin complejos y positivamente de imperialismo, a pesar de que el término había sido prácticamente abandonado y considerado obsoleto por parte de la izquierda oficial y respetuosa. Así, Robert Kagan reivindica con orgullo "la dulce influencia imperial de América". Peter Rosen reivindica para Estados Unidos el derecho a "mantener el orden imperial". El consejero personal de Tony Blair, Robert Cooper, se jacta de los beneficios de un nuevo "imperialismo liberal" que tendría por vocación "aportar el orden y la organización, transmitir sus leyes, proveer a sus ciudadanos con un poco de dinero y construirles algunos caminos". Richard Haass, consejero de George W. Bush, desde el año 2000 recomendó a Estados Unidos "redefinir su papel, pasando de un Estado-nación tradicional a una potencia imperial". Afirmaba preferir el adjetivo "imperial" sobre el de "imperialista", en la medida en que este último conlleva una idea de explotación con fines comerciales y de control territorial, mientras que, a partir de ahora, se trata de "extender el control imperial informalmente si fuera posible y formalmente si fuera necesario" (citado por John Bellamy Foster, Monthly Review, mayo 2003). Las bases militares estadounidenses o las de la OTAN están instaladas en más de cincuenta países.

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La Fábrica de la Infelicidad. Nueva Economía y Movimiento del Cognitariado

Franco Berardi (Bifo)

PRÓLOGO A LA EDICIÓN CASTELLANA

Traducción de P. Amigot y M. Aguilar.

Cuando este libro fue escrito en la primavera de 2000, la new economy mostraba los primeros signos de una crisis que se agravó hasta desencadenar la recesión en la que el mundo entró en 2001. La crisis se precipitó de forma trágica cuando, el 11 de septiembre, el símbolo del poder económico occidental, las torres del World Trade Center, fueron destruidas por el ataque de un comando suicida.

En el último decenio hemos visto sucederse con vertiginosa rapidez tres fases diferentes: el ascenso de una clase social ligada a la virtualización, que halló su triunfo en la impresionante subida de las acciones tecnológicas en la Bolsa; la crisis ideológica, psíquica, económica y social del modelo new economy; y, por último, la precipitación de la crisis y su revés angustioso en forma de violencia y guerra, de militarización de la economía.

La fábrica de la infelicidad es un libro dedicado al análisis de la ideología virtual, de sus aporías teóricas y, sobre todo, de su fragilidad cultural.

La ideología virtual es una mezcla de futurismo tecnológico, evolucionismo social y neoliberalismo económico. Floreció a mediados de los años noventa, cuando la revista californiana Wired se convirtió en el Evangelio de una nueva clase cosmopolita y libertaria, optimista y sobreexcitada.

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El horizonte de la lucha de clases durante el próximo decenio

Colectivo Nuevo Proyecto Histórico

Multitud, movimiento, obrero social: ¿proceso sin sujeto?: ¿Qué ocurriría si, realmente, no existieran más empleos?, se preguntaba una tapa de la revista Newsweek. El desempleo en el mundo ha alcanzado en la actualidad su nivel más elevado desde la gran depresión de los años ’30. Más de mil millones de seres humanos componen hoy el ejercito industrial de reserva. En la década del ’50 en nivel de desempleo natural estuvo en el 4%; en los años ’60 se situó en el 4,8%, en los setenta se elevó hasta el 6%, mientras que en los ’80 trepó a un 7,3%. Sin embargo un problema es siempre algo para lo que existe, al menos, una solución. Una encrucijada tiene su camino correcto, todo laberinto, por definición, tiene una salida. Vista de esta manera las cosas el "desempleo" no es un "problema", sino una situación con visos de fatalidad o de catástrofe natural. El desempleo no es un problema porque la solución de una época dorada de pleno empleo no es una solución realista y, por lo tanto, algo que pueda fijarse responsablemente como un objetivo político. Como sintetizaba el famoso gurú Peter Drucker, la desaparición del trabajo como factor clave de la producción se transformó en el proceso inacabado de la sociedad capitalista. Previsiones de consultoras alemanas de inmaculado ADN liberal (son de 1999) dan el siguiente futuro para los próximos quince años: 25% de trabajadores permanentes, semicalificados, protegidos y sindicalizados; 25% de trabajadores periféricos, subcontratados, subcalificados, mal pagados y sin sindicalización; 50% desempleados o trabajadores marginales dedicados a empleos marginales, economías sumergidas o empleos parciales con ayuda estatal.

En Argentina estamos viviendo lo que se conoce como el "Jobless Growth", el crecimiento sin empleo del posfordismo. Es un fenómeno internacional, un proceso que implica el inicio del fin de la sociedad salarial, tal como la conocemos desde la década del ’50. La evolución del empleo se desvincula dramáticamente de la dinámica de la economía. Esto marca la rídiculez de volver a fórmulas neokeynesianas de los años ’40 o ’50. Según Jean-Claude Paye, Secretario General de la OCDE, en los diez años venideros la industria europea no podría emplear más que el 2% de la población activa. La sociedad argentina es relativamente rica, pero le falta un mecanismo institucional adecuado que permita distribuir su propia riqueza en el conjunto de la comunidad. Para la mayor parte de los argentinos una cosa es cierta: sólo aquel que tiene trabajo y que a través del trabajo obtiene ingresos, bien por medio de la familia o de la seguridad social, tiene posibilidades de participar en la riqueza so cial y ser un ciudadano pleno. Pero la ciudadanía se ha separado definitivamente del trabajo asalariado. Se le llama con distintos nombres: toyotismo, re-engineering, gestiones ligeras (lean production and lean management), postfordismo, todas tienen un objetivo central: no sólo reducen el número de empleos, también modifican profundamente la situación de los asalariados y las mismas condiciones de empleo.

Y finalmente la forma estado. El fin del llamado crecimiento "fordista" (en honor a Henry Ford) dejó a las empresas con la tarea de crear trabajo que anulara trabajo. Un nivel elevado de informatización y robotización con un nuevo modelo de organización que permite la máxima flexibilidad de los efectivos, permite asegurar un mayor índice de producción con la mitad del capital y entre un 40 y un 80% menos de empleos. Ejemplos no faltan: de los 90 millones de empleos que suministra el sector privado de los EEUU, alrededor de 25 millones podrían ser suprimidos, según el insos pechado Wall Street Journal; cada año las empresas norteamericanas suprimen más de dos millones de empleos, según la estadística de la revista Fortune; en Alemania, 9 millones de empleos, sobre un total de 33, desaparecerán en los próximos años, según las cifras del Instituto de Estadística McKinsey, con lo que la tasa de desempleo sería de casi el 40%. En la escala mundial existen hoy entre 800 y 1000 millones de desempleados y que, en el plazo de aquí al 2025, habría que crear alrededor de 1.500 millones de empleos para aquellas personas que entrarán, por primera vez, al mercado laboral, según datos del Banco Mundial. La sociedad salarial fordista tiene muy pocas promesas o esperanzas para estos problemas. En el caso particular argentino, si el sujeto es el movimiento, el movimiento es una totalidad sintetizada en la figura del posfordismo, el obrero social. ¿qué obrero social en la Argentina? ¿qué composición de clase en el "Capital-Parlamentarismo"? Organización y composición de clase son una misma dimensión, un mundo bifronte, decisivo para la estrategia y la táctica del movimiento. Con datos de octubre del 2001 (el benemérito INDEC) tenemos para todos los aglomerados urbanos un 34% de ocupados, de los cuales un 72% son asalariados, de los cuales un 38% son autónomos, valga la paradoja. Si a esto se le suma un 18,3% de desocupación oficial, más un 16,4% de subocupación demandante y no demandante (lo que significa que casi un 35% fue o quiere ser asalariado) nos da un total de 79,3% de la fuerza de trabajo sobre la población actual. La desagregación nos da el siguiente resultado: 13,8% en la industria, 7% en la construcción, 23,7% en comercio, 46,9% en servicios y 7,9% en tra nsporte.

Pero hay más: para una cantidad cada vez mayor de argentinos, la discusión sobre si conviene un sistema previsional de reparto o de capitalización es ociosa. Son quienes, más allá del modelo que sea impulsado, no podrán jubilarse ni alcanzar una magra pensión no contributiva. En sólo siete años más, es decir, en 2010, cuatro de cada diez personas de 65 años o más no tendrán acceso ni a una jubilación ni a una pensión. De ellas, el 80% vivirá en hogares pobres. Hoy la exclusión afecta al 34,5% de la población que ya cumplió la edad del retiro laboral. El postfordismo es un estado de excedencia, de exclusión sistémica: esto es lo que debe discutir una verdadera estrategia de izquierda. La estimación surge de un trabajo de la consultora Equis. El estudio señala que mientras que hoy son 1.237.000 los mayores desprotegidos, en 2010 serán 1.600.000, si es que continúa el ritmo de crecimiento de la informalidad, y aun cuando haya leves caídas de los índices de pobreza y de sempleo. Así, mientras que la población total de 65 años o más crecería un 11,5% hasta 2010, la cantidad de personas sin cobertura aumentaría un 29,3 por ciento. El informe aporta un dato que revela la fuerza del deterioro de la situación en los últimos años: en 1991, la falta de cobertura afectaba al 24,7% de los mayores, por lo que el índice creció, en 10 años, un 39,6 por ciento. Los datos corresponden a los censos poblacionales realizados por el Indec. Si bien por un efecto lógico de la distribución poblacional el mayor número de personas desprotegidas vive en la provincia de Buenos Aires, la ciudad de Buenos Aires y la provincia de Santa Fe, las jurisdicciones con porcentajes más elevados de personas sin jubilación son Formosa (55,9%), Misiones (54,6%), Chaco (51%) y Corrientes (50,9 por ciento). En el otro extremo se ubican la ciudad de Buenos Aires, con el 25,4% de sus habitantes mayores sin jubilación ni pensión, y La Rioja, donde los que no tienen cobertura son el 2 7,3 por ciento. El trabajo de Equis analiza qué ocurre en la raíz del problema, definida como la falta de aportes durante la vida laboral, la otra cara de las relaciones de producción postfordistas. Entre 1990 y 2003, destaca, el trabajo informal pasó del 25,3 al 45,1%, en tanto que el desempleo pasó del 6 al 21,4% (si no se considera como ocupados a quienes reciben planes sociales), y el subempleo subió del 8,1 al 18,8 por ciento. La relación entre las condiciones del mercado laboral postfordista y el acceso a un haber jubilatorio es indiscutible. Por eso, cuando los especialistas en la materia y los funcionarios del "Capital- Parlamentarismo" afirman que una reforma previsional debe tender a ampliar la cobertura también advierten que difícilmente ello pueda lograrse sólo a partir de una nueva ley jubilatoria. Porque el derecho en el capitalismo sigue al mercado. Si bien se prevé la conveniencia de otorgar prestaciones asistenciales, se señala que ésa no es la solución real a un problema que tiene su raíz en la alta informalidad del mercado laboral. Las personas subsidiadas, como las que hoy cobran, por el plan Adultos Mayores, un ingreso mensual de $ 150, son, entre los pasivos, el equivalente a lo que representan en la población activa los desocupados y los trabajadores que están en negro.

El informe de Equis destina un capítulo a analizar la relación entre pobreza y falta de acceso a un haber previsional. Según los datos de la encuesta de hogares del Indec de mayo pasado, en la franja que agrupa al 40% más pobre de los trabajadores, más del 70% no realiza aportes jubilatorios, en tanto que en el grupo que reúne al 20% que tiene mejores ingresos, el índice cae al 20,4 por ciento. Según los resultados de la encuesta, el 28,3% de los mayores (1.012.060 personas) es pobre, en tanto que en diciembre de 2001, antes de la devaluación, el índice era del 15,6%. Si se cumple el pronóstico sobre población no cubierta en 2010, el trabajo de Equis estima que la pobreza en este segmento de la población se elevaría al 32,8%. El trabajo concluye también que el 60% de la pobreza de los habitantes del país mayores de 65 años se explica por la falta de ingresos jubilatorios. Como la evasión previsional debe ser considerada un problema dentro de la evasión impositiva en general, "aunque no existieran impuestos al trabajo y sí otras altas cargas impositivas, una empresa probablemente evitaría declarar trabajadores para ser consistente con la no declaración (o subdeclaración) de su actividad". La afirmación es parte de las conclusiones de un reciente trabajo del economista Ruffo, del Ieral. Según el informe, además de la presión tributaria general, hay al menos otros dos factores que explican el alto índice de trabajo en negro y la consecuente baja tasa de cobertura de la seguridad social: las regulaciones laborales impuestas por viejos convenios y el costo diferencial que implica generar un puesto formal en relación con uno informal (es decir: uno fordista versus uno postfordista). Respecto de este último aspecto, Ruffo señala que "un puesto declarado implica un 70% más de costo frente a una relación informal". Pero agrega que estos costos, si bien constituyen un incentivo a no declarar, no explicarían el incremento de la informalidad, porque las contribuciones cayeron fuertemente entre 1993 y 2000. El diferencial de costos se amplía, según el economista, en etapas recesivas: en esos momentos el sector formal provoca una expulsión neta de trabajadores y los desempleados se vuelcan al sector informal, lo que provoca, a su vez, que caigan los salarios en negro.

El informe advierte que la decisión del Gobierno de incrementar los salarios del sector privado es una medida que, lejos de mejorar la distribución del ingreso, la empeora, porque privilegia al sector formal por encima del informal. También expone cuestionamientos al plan de controles del trabajo en negro, ya que, según señala, si no se acompaña con medidas de incentivo a la formalidad se corre el riesgo de que algunas empresas no puedan subsistir "o eviten tomar más trabajadores". El trabajo del Ieral no sólo hace referencia a la falta de cobertura futura de esos trabajadores. Hace hincapié en las falencias que se sufren en la etapa activa por estar al margen de beneficios como el de un plan de salud, el seguro de accidentes laborales y la posibilidad de cobrar el seguro de desempleo.

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En la maquila: luchar todo el tiempo

Daniel Romero, presidente del Consejo Nacional de la Industria Maquiladora de Exportación, está muy preocupado. En declaraciones publicadas en la prensa hace unas semanas, Romero aseveró que la fuga de empresas maquiladoras de capital extranjero con sede en territorio mexicano va a continuar mientras aquí no haya certidumbre fiscal, regulatoria y jurídica para los inversionistas. Su advertencia ha sido contundente. Los integrantes del sector maquilador deberán darse "por bien servidos"(1) si logran conservar el millón setenta mil empleos que existen.

Con esta declaración se está planteando el inicio de una campaña del sector maquilador para asegurar una mayor fragmentación de las relaciones laborales y un incremento en la sobreexplotación de la mano de obra.

Esta inesperada fuga de capital hacia países centro-americanos o asiáticos, principalmente hacia China, comenzó hace algunos años y tiene diversas explicaciones. Una de ellas, la más clara, es que difícilmente se puede encontrar en el mundo mano de obra más barata que la de los trabajadores chinos, que puede ser hasta de 20 centavos de dólar por hora. Otra es que una gran cantidad de las empresas maquiladoras que se asentaron en México en décadas pasadas son de compañías que tenían sus oficinas centrales en países de Asia, lugar donde ahora se asienta el auge maquilador. Y bien, parece que ante la posibilidad de pagar hasta cinco veces menos de lo que pagaban aquí en México (y que era ya diez veces menos de lo que habrían tenido que pagar en Estados Unidos), un gran número de industriales de la maquila ha decidido salir en estampida en busca de mejores condiciones de explotación humana.

De la misma manera que los empresarios, el gobierno de Vicente Fox está muy preocupado por la salida de estas empresas, verdaderos centros de maquinización de la persona, en los que había puesto sus esperanzas como paliativo para el grave desempleo que azota a nuestro país. Y es que si revisamos un poco la historia de la vida industrial en las últimas décadas veremos que las maquiladoras se habían convertido en la gran oferta gubernamental de trabajo para más de un millón de personas, sin importar que éste se diera en condiciones infrahumanas.

Los hombres y, sobre todo, mujeres que trabajan en los niveles de producción de las empresas maquiladoras son responsables de la fabricación de un sinnúmero de elementos indispensables para el funcionamiento de una vida moderna "agradable": aparatos electrodomésticos, ropa, contenedores de alimentos. Sin embargo, las ventajas de la modernidad no son algo que esté presente en sus vidas cotidianas.

En los últimos años, las condiciones mecanizadas del trabajo en la maquila, que llegan al grado de restringir al mínimo el tiempo que necesita una persona para ir al baño, han tras-pasado el entorno de la fábrica y han salido a buscar un espacio dentro de la opinión pública nacional e internacional.

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La democracia ¿un gobierno del pueblo o un arma del poder?

Adriana López Monjardin

Declaramos que en este territorio gobierna y gobernarán siempre nuestras autoridades autónomas, porque a ellos los necesitamos, porque nos respetan, porque los conocemos y nos conocen, porque nos obedecen y los sabemos obedecer […] Nosotros que ya decidimos luchar, sabemos muy bien que nuestra lucha es justa y necesaria para todos los pobres, que aunque nieguen y lo renieguen, la lucha será para los hijos y su futuro, y es nuestra tarea ganarla, para dejarles un mundo más justo, que ahorita no hay, pero que estamos aprendiendo a construir. Por eso tenemos problemas y por eso luchamos. Ahorita para nosotros que estamos luchando, sólo nos queda la cárcel y la muerte, ahí lo demuestran las acciones de los poderosos ¿y ustedes hermanos? ¿Qué están haciendo? ¿Dónde están dirigiendo su lucha? Luchar junto al poderoso los llevará siempre a un camino más cómodo y menos cansado, sin tantos sufrimientos, pero luchar al lado del pueblo, hay muchos sufrimientos, tristezas y cansancios porque allí hay rebeldía y resistencia, pero con la esperanza de un nuevo amanecer de libertad, justicia y democracia.

Discurso de Claribel durante la manifestación en defensa del municipio autónomo Tierra y Libertad, 11 de mayo de1998.

La democracia es inseparable de la ética, la libertad y la justicia. Sin embargo muchas veces, a lo largo de su milenaria historia, ha sido degradada, restringida y aprisionada por los poderosos, que la esgrimen como un arma contra otros seres humanos hasta hacer estallar sus sentidos más elementales: cuando el ejército más terrible del planeta lanza bombas de fragmentación sobre el pueblo de Bagdad, envía misiles contra los periodistas y condena a una muerte lenta, dolorosa y prematura incluso a niños que todavía no nacen, al sembrar de municiones de uranio empobrecido los campos y los barrios de su patria.

En nombre de la democracia se libran y enmascaran todo tipo de batallas en todo el mundo. "La democracia sería una palabra muy pobre si no fuera definida por los campos de batalla en los que tantos hombres y mujeres combatieron por ella", dice Alain Touraine. Se trata de una palabra, una idea, una utopía cargada de significados. La historia de la ambigüedad y la polisemia del término (es decir, su capacidad para contener múltiples sentidos) es tan antigua como el concepto mismo. No obstante, sus significados no flotan libremente. Si bien flotan, naufragan y chocan entre sí, lo hacen atados a los intereses, los agravios y las esperanzas de muy variados pilotos y tripulantes.

Ya decía Aristóteles que la democracia es el gobierno del pueblo y suena bien siempre y cuando uno se olvide de que ese supuesto pueblo se reducía a un puñado de ciudadanos libres que creían tener el derecho de ser propietarios de otros seres humanos; de los que eran arrancados por la fuerza de sus pueblos, hablaban otras lenguas y vivían otras culturas: los esclavos, quienes no eran considerados como parte del pueblo ni tenían derecho a formar parte de la ciudadanía.

Desde entonces quedó abierta una interrogante sobre el sentido ético de la democracia y, desde entonces, la democracia ha servido tanto para liberar como para oprimir: para constituir ciudadanos guiados por la búsqueda de la libertad y la justicia y para armar y encubrir a los tiranos que esclavizan. Los pueblos han emprendido batallas en su nombre, buscando conquistar la autonomía y la libre determinación. Los poderosos han buscado reconstruir la opresión y la exclusión, simulando que siguen arropados bajo el manto prestigioso de la democracia.

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La multitud y la metrópoli

Toni Negri

Artículo publicado en el número 5 de la revista POSSE

1. “Generalizar” la huelga. Ha sido interesante observar, con ocasión de las luchas de la primavera y del verano del 2002 en Italia, cómo el proyecto de “generalizar” la huelga por parte de los movimientos de los precarios, de los obreros sociales, mujeres y hombres había parecido deslizarse de manera inocua e inútil a través de la “huelga general” de los trabajadores. Después de esta experiencia muchos compañeros que han participado en la lucha, han comenzado a darse cuenta que, mientras la huelga obrera “hacía daño” al patrón, la huelga social pasaba, por así decirlo, a través los pliegues de la jornada laboral global, sin hacer daño al patrón sino más bien a los trabajadores movibles flexibles. Esta constatación plantea un problema: el de comprender cómo lucha el obrero social, cómo puede concretamente destruir en el espacio metropolitano la subordinación productiva y la violencia de la explotación. Se trata de preguntarse cómo la metrópoli se presenta ante la multitud y si es correcto decir que la metrópoli es a la multitud como la fabrica fue a la clase obrera. De hecho esta hipótesis se nos presenta como problema. Ello no ha sido simplemente planteado desde las evidentes diferencias de eficacia inmediata entre luchas sociales y luchas obreras, sino también desde una cuestión mucho más pertinente y general: si la metrópoli es investida de la relación capitalista de valorización y de explotación, ¿cómo se puede, en su interior, aferrar el antagonismo de la multitud metropolitana? En los años sesenta y setenta a estos problemas, a medida que surgían en relación a las luchas de clase obrera y a las mutaciones de los estilos de vida metropolitanos, se le dieron varias respuestas, a menudo muy eficaces. Pronto las resumiremos. Aquí basta con subrayar cómo aquellas respuestas guardaban una relación externa entre la clase obrera y los otros estratos metropolitanos del trabajo asalariado y/o intelectual. Hoy el problema se presenta de manera diversa porque las varias secciones de la fuerza de trabajo se presentan en el híbrido metropolitano como relación interna e inmediatamente como multitud: un conjunto de singularidades, una multiplicidad de grupos y de subjetividades, que ponen en forma (antagonista) el espacio metropolitano.

2. Anticipaciones teóricas. Entre los estudiosos de la metrópoli (arquitectos y urbanistas), ha sido Koolhaas quien nos ha dado, de manera delirante, hacia finales de los setenta, una primera nueva imagen de la metrópoli. Aludimos, evidentemente, a Delirious New York. ¿En qué consistía la tesis central de este libro? Consistía en dar una imagen de la metrópoli que, más allá y a través de las planificaciones (siempre, de manera más o menos coherente, desarrollada), vivía todavía de dinámicas, conflictos y superposiciones potentes de estratos culturales, de formas y de estilos de vida, de una multiplicidad de hipótesis y de proyectos sobre el porvenir. Se debía mirar esta complejidad, esta microfisica de potencias desde dentro, para comprender la ciudad. New York, en particular, era el ejemplo de un extraordinario acumularse histórico y político, tecnológico y artístico, de varias formas de programación urbana. Pero no bastaba. Era necesario añadir que la metrópoli era más fuerte que lo urbano. Los intereses especulativos y las resistencias de los ciudadanos imponían y arrollaban a un tiempo, las prescripciones del poder y las utopías de los opositores. El hecho es que la metrópoli confundía y mezclaba los términos del discurso urbanístico: a partir de una cierta intensidad urbana, la metrópoli constituía nuevas categorías, era una nueva maquina proliferante. La medida se desmesuraba. Se trataba pues, a un tiempo, de dar de la metrópoli, de New York, un análisis microfísico, que fuese al encuentro ya sea de los miles y miles agentes singulares, ya sea de las formas de represión y bloqueo que la potencia de la multitud encontraba. Es así que la arquitectura de Koolhaas se eleva a través de grandes medidas de convivencia urbana, que vienen luego revueltas, mutadas y mezcladas en otras formas arquitectónicas… Es una gran narración la que la arquitectura de Koolhaas expresa, la gran narración de la destrucción de la ciudad occidental, para dar lugar a una metrópoli mestiza. No es relevante (aunque útil para comprender) que en Koolhaas el desarrollo arquitectónico sea clasificado de manera funcional a las varias técnicas de la organización del trabajo de construcción. Lo que interesa es exactamente lo contrario: también a través de una corporativización industrial de los agentes de la producción, aquí se percibe cuanto ahora ya la metrópoli se organiza sobre niveles continuos aunque distorsionados, fieles al Welfare aunque híbridos. La metrópoli es mundo común. Es el producto de todos -no voluntad general sino aleatoriedad común. Así la metrópoli se quiere imperial. Los postmodernos débiles son golpeados por Koolhaas. Koolhaas anticipa efectivamente, buscando en la genealogía de la metrópoli, una operación que en el postmoderno maduro deviene fundamental: el reconocimiento de la dimensión global como más productiva y más generosa desde el punto de vista de las figuras económicas y de los estilos de vida. Este esfuerzo critico no es solitario ni neutralizante. Al contrario produce otra critica, la confiada al movimiento real. Por ejemplo, cuando nosotros introducimos elementos diferenciales y antagonistas en el saber de la ciudad, y hacemos de éstos el motor de la construcción metropolitana, componemos también nuevos enfoques del vivir y del luchar -comunes. Todavía un ejemplo entre otros: un propósito de metrópoli y colectivización. Esta vieja palabra socialista está ciertamente ya obsoleta y totalmente superada en la consciencia de las nuevas generaciones. Pero éste no es el problema. El proyecto no es el de colectivizar sino el de reconocer y organizar el común. Un común hecho de un patrimonio riquísimo de estilos de vida, de posibilidades colectivas de comunicación y reproducción de la vida y, sobretodo, del exceso de la expresión común de la vida en los espacios metropolitanos. Disfrutamos de una segunda generación de vida metropolitana, creativa de cooperación y excedente en los valores inmateriales, relacionales, lingüísticos que produce. Esta es la metrópoli de la multitud singular y colectiva. Hay muchos postmodernos que rechazan la posibilidad de considerar la metrópoli de la multitud como espacio colectivo y singular, resistentemente común y subjetivamnte maleable y siempre nuevamente inventada. Estos rechazos sustituyen al analista por el bufón o el sicofante del poder. De hecho nosotros hemos recuperado la idea de las economías externas, de las dinámicas inmateriales, los ciclos de lucha y todo aquello que compone la multitud. New York es postmoderna, en la medida en que ha participado en todas condiciones del moderno, y ahí ha, por así decirlo, consumado en la crítica y en la prefiguración de otro: el resultado es un híbrido, el híbrido metropolitano como figura espacial y temporal de las luchas, plano de la microfísica de los poderes.

3. Metrópoli y espacio global. Es Saskia Sassen quien, antes y después de cualquier otro, nos ha enseñado a ver la metrópoli, todas las metrópolis, no solo, desde Koohlaas, como un agregado híbrido e interiormente antagonista, sino como figura homologa de la estructura general que el capitalismo ha asumido en la fase imperial. Las metrópolis expresan e individualizan el consolidarse de la jerarquía global, en sus puntos más articulados, en un complejo de formas y ejercicio de comando. Las diferencias de clase y la programación genérica en la división del trabajo ya no se hacen más entre naciones sino entre centro y periferia, en las metrópolis. Sassen va a observar los rascacielos para sacar lecciones implacables. Arriba está el que manda y abajo el que obedece; en el aislamiento de los que están más alto está la conexión con el mundo, mientras en la comunicación de los que están más abajo, están los puntos móviles, los estilos de vida y renovadas funciones de la recomposición metropolitana. Por esto nosotros debemos atravesar los espacios posibles de la metrópoli, si queremos reanudar los trazos de lucha, para descubrir los canales y las formas de conexión, los modos en que los sujetos están juntos. Sassen nos propone observar los rascacielos como estructura de la unificación imperial. Pero al mismo tiempo insinúa la sutil provocativa propuesta de imaginar los rascacielos no como un todo sino como un arriba y un abajo. Entre el arriba y el abajo corre la relación de comando, de explotación, y por tanto la posibilidad de rebelión. Los temas de Sassen son recorridos nuevamente fuertemente, en Europa, en los años noventa, cuando, con alguna dificultad, todavía sin embargo eficazmente, algunas fuerzas antagonistas han comenzado a ver en la estructura de la metrópoli reflejarse las contradicciones de la globalización. De hecho, que fuesen rascacielos o no, de todos modos el orden global restablecía un alto y un abajo en la metrópoli, que era la de una relación de explotación que se extendía sobre el horizonte interno de la sociedad urbana. Sassen mostraba los lugares y las relaciones de la explotación y disolvía la multitud devolviéndola al ejercicio disperso de actividad material. De otra parte está el comando. Blade Runner deviene una ficción científica.

4. Anticipaciones históricas. Pero las metrópolis de los rascacielos y del Impero otros las perciben sobretodo como lugares de lucha, que pueden revelar aspectos comunes y sobretodo pueden encarnar formaciones y organizaciones de resistencia y de subversión. El ejemplo que inmediatamente viene a la mente, a este propósito, es el de las luchas parisinas del invierno del ’95-’96. Estas luchas vienen recordadas porque en aquella ocasión los proyectos de privatización de los transportes públicos parisinos fueron rechazadas, no sólo por los sindicatos, sino por las luchas conjuntas de gran parte de la población metropolitana. Estas luchas, sin embargo, no habrían alcanzado nunca la intensidad y la importancia que tuvieron si no fuesen estado atravesadas, y ya primero de algún modo prefiguradas, por las luchas de los sans-papiers, sans-logement, sans-travail etc… Vale decir que el máximo de la complejidad metropolitana abre vías de fuga a toda la povertà urbana: es aquí que la metrópoli, también aquella imperial, se despierta al antagonismo. En los años setenta estos desarrollos y estos antagonismos habían sido anticipados: en Alemania, en los EE.UU., en Italia. El gran pasaje desde el frente de lucha de la fabrica a la metrópoli, de la clase a la multitud, ha sido visto y organizado, teóricamente y prácticamente, desde muchísimas vanguardias. “Tomemos la ciudad” era una parola d’ordine italiana, insistente, importante, arrolladora. Palabras similares atravesaron las Bürger-initiativen alemanas, pero también las experiencias de los okupas en casi todas las metrópolis europeas. Los obreros fabriles se reconocían en este desarrollo, mientras las dirigencias sindicales y las de los partidos del movimiento obrero lo ignoraron. La huelga del billete en los transportes, las ocupaciones masivas de casas, la toma de los barrios para organizar el tiempo libre y la seguridad de los trabajadores contra la policía y los recaudadores fiscales, etc… , en definitiva la toma de zonas de la ciudad, fue un proyecto (per)seguido con mucha atención. Estas zonas se llamaban entonces “bases rojas”, aunque frecuentemente no eran lugares, sino espacios urbanos, sitios de opinión publica. Alguna vez también sucedía que eran decididamente no-lugares: eran manifestaciones de masa que en movimiento recorrían y ocupaban plazas y territorios. Así la metrópoli comenzó a ser reconstruida por una alianza extraña: obreros de fabrica y proletarios metropolitanos. Aquí comenzamos a ver cuánto fue potente esta alianza. Junto a estas experiencias políticas estaba también otro y más amplio experimento teórico. Se comenzaba efectivamente, desde el inicio de los años setenta, a ver cómo la metrópoli no fuera sólo invadida por la mundialización a partir de la cima de los rascacielos, sino también como fuera así constituida desde las transformaciones del trabajo que estaban realizándose. Alberto Magnaghi, y sus compañeros, publicaron en los años setenta, una formidable revista (Quaderni del territorio) que mostraba, a cada número de manera más convincente, como el capital estaba invistiendo la ciudad, transformando cada vía en un flujo productivo de mercancías. La fábrica se encontraba, por tanto, en y sobre la sociedad: esto era evidente. Pero también era evidente que este investimento productivo de la ciudad modificaba radicalmente la lucha de clases.

5. Policía y guerra. En los años noventa que la gran transformación de las relaciones productivas, que invisten las metrópolis, llega al limite cuantitativo, configurando una nueva fase. La recomposición capitalista de la ciudad, mejor, de la metrópoli, se da en toda la complejidad de la nueva configuración de las relaciones de fuerza en el Impero. Ha sido Mike Davis quien, primero, nos ha dado una caracterización apropiada de los fenómenos característicos de la metrópoli postmoderna. La erección de muros para limitar zonas intransitables a los pobres, la definición de espacios para ghettos donde los desesperados de la tierra pudieran/puedan hacinarse, el disciplinamiento de las líneas de circulación y de control que tuvieran orden, un preventivo análisis y practica de contención y de persecución de las eventuales interrupciones del ciclo: hoy, en la literatura imperial, cuando se habla de la continuidad entre guerra y policía global, lo que se olvida decir es que las técnicas continuas y homogéneas de guerra y policía han sido inventadas en la metrópoli. “Tolerancia cero” deviene una parola d’ordine, mejor, el dispositivo de prevención que inviste estratos sociales enteros, también ensañándose con sus opositores o excluidos individuales. El color de la raza o el credo religioso, las costumbres de vida o la diversidad de clase, vienen, de vez en vez, asumidos como elementos que definen la zona represiva en el interior de la metrópoli. La metrópoli se construye sobre estos dispositivos. Como decíamos a propósito del trabajo de la Sassen, las dimensiones espaciales, anchura y altura, de los edificios y de los espacios públicos, están completamente subordinados a la lógica del control. Dónde es esto posible: donde en cambio el capital inmobiliario determina rentas demasiado altas para poder ser sometidas a instrumentos de control directo, a través de la aplicación de procesos urbanísticos pesados, el paisaje metropolitano está cubierto por redes de control electrónico, y recorrido, y excavado, por representaciones de peligro que televisiones o helicópteros diseñan. Dentro de poco sobre cada ciudad se condensaran aquellos instrumentos automáticos de control, aéreos sin piloto, clones policíacos que los ejércitos están normalmente utilizando en las guerras. Pronto las [restricciones] y las zonas rojas se instalarán sobre la lógica de los vuelos de control: el urbanismo deberá interiorizar las formas del control a partir de una globalidad aérea, presupuesta a la libertad de desarrollar espacios y sociedad. Es evidente que, describiendo esto, nosotros exasperamos algunas líneas de tendencia que están de todos modos limitadas y representan solo una parte del desarrollo metropolitano. Efectivamente, también aquí (como en la teoría de la guerra) la enorme capacidad de desarrollar violencia por parte del poder, la así llamada asimetría total, genera respuestas adecuadas: el fantasma de David contra la realidad de Goliat. Del mismo modo la planificación del control sobre la ciudad, la “tolerancia cero”, producen nuevas formas de resistencia. La red metropolitana es continuamente interrumpida, a veces destruida, por redes de resistencia. La recomposición capitalista de la metrópoli construye trazos de recomposición por la multitud. El hecho es que, para darse, el control debe el mismo reconocerse, o hasta construir, en los esquemas transindividuales de ciudadanía. Toda la sociología urbana, desde la Escuela de Chicago hasta nuestros días, sabe que incluso dentro de un marco de individualismo extremo, los conceptos y los esquemas de interpretación deben asumir dimensiones transindividuales, casi comunitarias. Es al desarrollo de estas formas de vida que el análisis debe aplicarse. Se descubren así, en la metrópoli, espacios definidos, localizaciones determinadas de los movimientos de la multitud. Determinaciones espaciales y temporales del hábitat y del salario (consumo), diseñan de nuevo los contornos de los barrios y a caracterizar los comportamientos de las poblaciones. La guerra como legitimación del orden, la policía como instrumento del orden –estas potencias que asumen una función constituyente en la metrópoli, sustituyendo a los ciudadanos y a los movimientos- no consiguen pasar. De nuevo el análisis de la metrópoli remite aquí a la percepción del exceso de valor que es producida por la cooperación del trabajo inmaterial. La crisis de la metrópoli es, pues, desplazada mucho más adelante

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La ocasión constituyente en Argentina: entre Marat y Virilio

Nada es menos pasivo que una fuga. Nada es menos falto de creatividad que un escape absoluto. Nada menos irracional que una crítica social sin presupuestos. Argentina y su nuevo movimiento social, cuyo punto de inflexión fue el levantamiento de diciembre del 2001, vive una temporalidad kairológica, un tempo de ritmo y vivencia novísimo. La dimensión de la mutación rebelde es que no sólo se protesta a viva voz, sino, sobre todo, la gente defecciona de las reglas del sistema. Ya no mera “voice” (que exige una lealtad hasta el final) y si “exit”. Cinismo revolucionario con pasión por lo colectivo. Nueva praxis huérfana de teorías, que anula la reproducción del capitalismo. El grito “¡Qué se vayan todos!” es la gramática furiosa de la multitud. El movimiento se extiende saliendo y plegándose sobre sí mismo, modifica la arena de la contienda, anula la autonomía vacía de lo político. Instintivamente se opone con rabia a una farsa electoral vacía. El éxodo y revalorización de lo social, su puesta en escena, es una invención desprejuiciada, un “uso” de la imaginación constituyente que enloquece la brújula del enemigo, introduce caos en la maquinaria gótica del "Capital-Parlamentarismo". El éxodo ontológico de asambleas, piquetes, okupas, autogestión en fábricas, listas sindicales clasistas y servicios es una defensa que ataca, una estrategia indirecta de poder, una abundancia material y virtual (con gasto intensivo de Internet) que cristaliza en un nivel altísimo de antagonismo. Es Marat (la densidad social de la revolución francesa) más Virilio. Es 1793 en código binario. Es el valor y afecto del “cara-a-cara”, “sans-culotte” con la E-democracy de las redes. Es el “uso” micropolítico de la virtualidad y macropolítico de la calle. Se usa y abusa de redes informales, alternativas, impolíticas, a contracorriente de los flujos de la entropía del sistema. La nueva “Weltanschauung” es absolutamente negativa: la defección, el “exit” por sobre la “voice”, le otorga una expresión autónoma, anti-institucional, prefigurativa de nuevos niveles de comunidad y sociabilidad. Virtuosismo que construye día a día el nexo colectivo entre institución e historia. Se trata, de los que los vivimos en lo cotidiano, de la fundación de una verdadera “Comunidad” en la cual la potencia social, el contrapoder material, sean ya no mediación, ya no referencia, ya no representación, sino una verdadera función ontológica y constituyente de la multitud posfordista. "La multitud es más sabia y más constante que el Príncipe” es nuestro lema. Unidad constituyente del instinto social por sobre la forma política, el principio constituyente del movimiento como cerebro colectivo de la potencia social. ¿Una Oceana en el Sur? ¿Será la ocasión constituyente abierta en Argentina una hipótesis de la libertad futura?

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La política como resistencia

Arturo Anguiano

A Rosario Ibarra, precursora de la lucha por los derechos humanos en México,incansable y resuelta guerrera de la esperanza libertaria

La crisis como política

Se ha convertido en lugar común decir que la política está en crisis, que se desdibujan los contornos de lo político, que ha venido a menos la centralidad del Estado (y de la política) que se construyó durante la era del sistema de Estados-nación a través de un largo y complejo proceso histórico, y que en su lugar se impuso incuestionablemente la centralidad de la economía. Esto simboliza la preponderancia de los intereses particulares, puramente egoístas y parciales, es decir de lo privado, frente al bien común y lo público, o en otros términos, de lo individual frente a lo colectivo, del mercado sobre el Estado. La economía y la política parecen haber revertido sus relaciones tradicionales, quedando atrapada e incluso subsumida la segunda por el peso avasallador de la primera.

Esta situación sería resultado de la mundialización del capital, de la producción y del mercado impulsada en todo el mundo desde los años ochenta del siglo XX y que expresa la hegemonía alcanzada por el capitalismo neoliberal luego de la crisis mundial de la deuda y de la caída del Muro de Berlín. En el Norte como en el Sur del planeta, los procesos de reestructuración económica y social quedaron determinados por el fin de las regulaciones múltiples del Estado y el pretendido universalismo de un mercado libre de toda reglamentación, conduciendo no sólo a la crisis estatal, sino igualmente a la disgregación de las sociedades (entendidas en tanto comunidad) y a la descomposición de las formas de convivencia y acción que estaban en la naturaleza de la política(1). La mundialización capitalista, así, ha profundizado la crisis del conjunto de los paradigmas políticos predominantes.

Es significativo, entonces, que la crisis de la política devenga universal y que por todas partes pierdan credibilidad y eficacia las formas de representación, los actores políticos como los partidos y en general los procesos políticos y el entramado institucional del Estado, cuya legitimidad se erosiona.

La mercantilización y privatización de los distintos espacios públicos promovida por el neoliberalismo a ultranza (y su variante socialdemócrata), así como la estatización y confiscación de los mismos que implicaba el socialismo real, descompusieron el ámbito y la naturaleza de lo político. Los espacios de la política se pierden como los lugares del pensar y el hacer colectivos, socavando (o de plano anulando) las libertades sobre las que se sostienen y nutren.

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La política y la guerra: las hermanas siamesas del neoliberalismo

"En la época moderna el Estado Nacional es un castillo de naipes frente al viento neoliberal. Las clases políticas locales juegan a que son soberanas en la decisión de la forma y altura de la construcción, pero el Poder económico hace tiempo que dejó de interesarse en ese juego y deja que los políticos locales y sus seguidores se diviertan, con una baraja que no les pertenece. Después de todo, la construcción que interesa es la de la nueva Torre de Babel, y mientras no falten materias primas para su construcción (es decir, territorios destruidos y repoblados con la muerte), los capataces y comisarios de las políticas nacionales pueden continuar con el espectáculo (por cierto el más caro del mundo y el de menor asistencia).

En la nueva Torre, la arquitectura es la guerra al diferente, las piedras son nuestros huesos y la argamasa es nuestra sangre. El gran asesino se esconde detrás del gran arquitecto (que si no se autonombra "Dios" es porque no quiere pecar de falsa modestia)"(1)

La reciente intervención militar de los Estados Unidos y sus aliados en contra del pueblo Irak ha puesto a la orden del día la discusión sobre el significado de esta nueva forma de la guerra y de su importancia para redefinir la hegemonía dentro de los que se mueven en la esfera de la dominación capitalista.

Hace ya varios años Carlos Marx y Federico Engels explicaron lo siguiente: "La burguesía no puede subsistir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y por lo tanto las relaciones de producción y con ellos, el conjunto de las relaciones sociales"(2). Pues bien, ahora bajo la agudización de la competencia y la omnipresencia de las trasnacionales en el poder directo de los diversos gobiernos, la guerra se convierte en el nuevo factor que busca sobredeterminar a todos los otros. La formulación actual sería: El neoliberalismo no puede subsistir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y por lo tanto las relaciones de producción y con ello el conjunto de las relaciones sociales y para lograr todo esto se está utilizando a la guerra como elemento definitorio.

Desde el 11 de septiembre, el gobierno de Bush, como fiel representante del poder de las trasnacionales, en especial las petroleras, pero también las vinculadas a la industria militar, han decidido utilizar esta acción terrorista para reorganizar la hegemonía mundial. Para lograr lo anterior han implementado una concepción de la guerra que, desde luego, tiene elementos de continuidad con otras guerras pretéritas, pero también tiene elementos nuevos que es indispensable clarificar. Aquí solamente abordaremos tres conceptos claves de la teoría de la guerra:

a) "La guerra es una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios"(3). b) "La guerra es la ausencia de la paz". c) La lucha es por "la paz perpetua"(4).

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