Un punto de encuentro para las alternativas sociales

¡El FMI está de fiesta!

Julio Gambina

jgambina@imfc.coop

El gobierno argentino anunció la cancelación de la deuda pública con el FMI por un monto de 9.810 millones de dólares. El pago se hará con recursos propios, provenientes de las reservas internacionales. La medida expresa la continuidad y profundización de la política que se venía aplicando en materia de endeudamiento externo desde que Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003, privilegiando el pago a los organismos financieros internacionales. La Argentina nunca estuvo en default con estos acreedores internacionales, pues el compromiso con ellos fue siempre el riguroso pago, claro que pronunciando críticos discursos al FMI.

Teníamos razón cuando sosteníamos que la Argentina tenía recursos para hacer frente a las necesidades sociales postergadas. Anualmente se gastan 1.000 millones de dólares en financiar el plan de jefes y jefas de hogar para 1.700.000 personas. Ahora y en un pago se aplican recursos 10 veces más para cancelar acreencias con el FMI. Otros podrían haber sido los usos de ese dinero. Se prefirió pagar al FMI aún conociendo ampliamente las necesidades sociales insatisfechas en alimentos, salud, educación, vivienda, empleo, desarrollo local y productivo que hace a la calidad de vida deteriorada de una gran parte empobrecida del pueblo de la Argentina.

Se comunicó la medida en el mismo momento en que la Cámara de Diputados aprobaba el Presupuesto del 2006, donde se incluía una suma destinada al pago de la deuda y que ahora no tendría destino, pues el acreedor será satisfecho antes de finalizar el presente año. ¿Qué ocurrirá con esos fondos aprobados por los parlamentarios? ¿Se encargará el poder ejecutivo de su reasignación para el pago de otras acreencias, o tendrá otro destino? Más allá de los interrogantes, la realidad es que otra vez se pasa por alto la Constitución Nacional que sostiene que es el Parlamento el que debe “arreglar” la deuda.

¿Quién quería el desendeudamiento?

Desde el gobierno se pretende instalar que se trata de una medida soberana y que quita la posibilidad de condicionamiento externo a la política económica local. Nos permitimos dudar de esa reflexión, ya que curiosamente los grandes deudores del FMI siguen el mismo camino. Cuando estalla la crisis argentina en el 2001 los grandes deudores del FMI eran Rusia, Turquía, Brasil y Argentina. Salvo Turquía, los demás cancelaron la totalidad de las acreencias con el organismo internacional, con Brasil y Argentina anunciando el pago con 48 horas de diferencia. Es mucha la casualidad de “estrategias soberanas” planteadas en simultáneo. Mejor es pensar que el FMI quería bajar la exposición financiera con esos grandes deudores y en rigor, era el mandato del principal accionista del Fondo: EEUU.

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De la precariedad laboral a la precariedad social

María Cecilia Fernández

Chainworkers, entrevistados por María Cecilia Fernández El movimiento obrero novecentista se organizaba en torno a la fábrica a través de espacios de agregación social y apoyo mutuo. La s del sindicato, pero paralelamente construía sociedades de resistencia. La producción capitalista era entendida no sólo como un problema económico sino al mismo tiempo social. La lucha contra el capitalismo significaba una lucha contra las formas de vida mercantiles, más allá de la reivindicación sindical y los derechos laborales. Actualmente, el proceso de valorización capitalista ha incorporado como fuerza de trabajo las capacidades cognitivas, comunicativas y afectivas de lo humano. Una de las dimensiones más dinámicas de la producción social es un tipo de fuerza de trabajo inmaterial. Operadores de informática, diseñadores de páginas web, publicistas, artistas, comunicadores sociales, son parte de la actual composición social del trabajo. Las nuevas formas del trabajo, en el marco del modo de producción postfordista, han puesto en discusión cuáles serían las formas de organización social que harían frente a la situación de flexibilidad, movilidad y precariedad laboral, pero también a las formas de vida que producen las relaciones sociales capitalistas. En Italia, el colectivo milánes Chainworkers lleva años trabajando sobre estos aspectos de la precariedad laboral y social. Chainworkers comenzó dirigiéndose a los empleados de las cadenas comerciales, lo que significó, por un lado, un acercamiento a la figura precaria emblemática de los años noventa: el empleado estilo McDonald´s, sin ningún derecho ni representación sindical, que no se percibe a sí mismo como trabajador en un sentido clásico; pero también, por otro lado, el colectivo abordaba estrategias de comunicación innovadoras con el objetivo no sólo de dar información sobre los derechos labores en situación precaria, sino también intentar crear formas de agregación y conflicto social más allá de la sindicalización. María Cecilia Fernández (MCF): ¿Qué análisis hacen de su primer recorrido? Frenchi (F): Al principio, al interior del movimiento toda la cuestión del trabajo venía expresada con retóricas que denotaban impotencia, pero no capacidad de intervención [“Stop al precariado”, etc.]. En nuestro caso, una de las características iniciales fue el odio a las cadenas de negocios, no como lugar de consumo, sino como instituciones. Pero éramos muy inocentes, porque pensábamos que la condición neoesclavista de los trabajadores de las cadenas comerciales sería una condición “no imitable”, y que se estaban creando zonas de marginalidad muy amplias entendidas como una cierta reproducción del mercado fordista. Pero estábamos equivocados: todo el mundo del trabajo tendía a esta condición neoesclavista. La precariedad, como concepto, surge en el 2002, al caer en la cuenta de que no es un nuevo subproletariado el que estaba naciendo, no era sólo un mecanismo laboral lo que estaba en juego, sino una nueva relación social más compleja entre vida y trabajo. MCF: ¿Cómo definen entonces precariedad social? F: Es un mecanismo de control, división del trabajo, repartición de los recursos humanos y selección que genera ganancias y plusvalor para las empresas, que muta y modifica su propia conformación. Este pasaje de la precariedad laboral a la precariedad social pone entre interrogantes nuestra capacidad de intervenir, y también cuestiona reivindicaciones que cuentan con un pasado muy fuerte: por ejemplo, las del movimiento autónomo italiano de los setenta, con su rechazo al trabajo y la reapropiación del tiempo; también el derecho a una vida digna a través de una serie de derechos civiles y sociales históricamente conquistados. MCF: ¿Qué significa para ustedes crear comunidad? F: Crear relaciones solidarias concientes con un fuerte vínculo relacional, capacidad de comunicación entre todos los sujetos que están en esta comunidad. Capacidad de generar una producción autónoma muy cooperativa, muy horizontal aun asumiendo la división de competencias, muy ligada a la capacidad innegable que uno reconoce en los demás. Comunidad de individuos solidaria y de amigos, pero sobre todo una comunidad en el momento en que logra producir y cooperar y darse sentido a sí misma. MCF: ¿Cualés son los planos de intervención de esta comunidad? F: Son muchos. Un primer plano es la autoformación colectiva. Estar en una comunidad es una situación que ya de por sí te defiende. Entonces, hay un aspecto social, un aspecto de comunidad, un aspecto de comunicación, un aspecto lúdico, y también un aspecto de autorédito. Todo esto incluye varios factores: comunidad, socialización, formación, intervención política, relaciones preferenciales con algunos grupos, es decir una conciencia fuerte del territorio y de mecanismos que regulan este territorio. Esta es la comunidad que estamos creando. MCF: ¿En su experiencia, cómo ha tomado cuerpo esa idea de producción de comunidad y qué significa en la práctica el concepto de autorédito? Bombo (B): Mi formación profesional nació en un centro social, el Depósito Bulk en Milán. Allí logré algo que ni la universidad ni un puesto de trabajo hubieran podido darme. Siguiendo la filosofía Do it yourself (hazlo tú mismo) de los centros sociales, hice la formación profesional que actualmente aplico a mis trabajos: el discurso del free software (sistemas informáticos abiertos), la idea de compartir conocimientos, me permitieron no sólo acometer una reivindicación cultural, sino seguir trabajando en el sector de la informática con el objetivo no de producir mejor y ganar más, sino de manera alternativa a las propuestas del mundo comercial de la informática. Más tarde, comenzamos a pensar el Centro Social La Pérgola como un posible lugar para construir infraestructuras útiles para nuestro trabajo, así como para crear espacios de intervención en la ciudad: desde herramientas y espacio telemático hasta un lugar de alojamiento nocturno que fuera extremadamente accesible frente a la oferta en Milán, y de aquí nace la hostería autogestiva. Abrir una hostería nos metió en un proyecto que sobre la base del voluntariado no iba a funcionar, y que solucionamos creando puestos de trabajo que no siguen las reglas tradicionales, sino que consideramos un tipo de servicio social. MCF: Ustedes comenzaron en el 2001 manifestándose el 1 de Mayo, pero resignificándolo como el día de la precariedad. ¿Cuál es el objetivo y cómo se expresa esta intervención comunicativa? F: Unos años atrás, para nuestros gobernantes, hablar de precariedad estaba al límite del terrorismo. La MayDay sirvió como acto comunicativo para desarrollar una nueva conciencia. Con el San Precario, por ejemplo, hacemos subvertising [técnica de desvío y reapropiación del propio lenguaje de la publicidad para generar un efecto de sentido opuesto o diferente] sobre un tejido social que es muy católico. Aunque seamos laicos, en Italia hay un pasado popular ultra católico. El santo fue tomado de la cultura popular para insertarlo en una situación no religiosa. Y cada icono que está debajo de la imagen de San Precario indica los cinco ases de la no precariedad: debemos tener dinero, casa, relaciones afectivas y derecho a la comunicación y al transporte. MCF: ¿Cuál es la inserción de la figura del precario en el discurso sindical? F: No lo tiene, porque la precariedad es extorsión, chantaje, y difícilmente entendible a través de las formas sindicales clásicas. Hablando de la renovación en las formas de lucha, creemos que eso también implica renovación en las instituciones de la lucha, es decir del sindicalismo, el arte sindical y las acciones sindicales. Actualmente estamos construyendo los “puntos de San Precario”, que se coordinan en una red que llamamos biosindical. La concepción de biosindicato parte de la siguiente premisa: si la precariedad es social e invade toda nuestra vida, es obvio que nuestra acción sindical debe partir de cada uno de los puntos en que se desarrolla nuestra vida, internos y externos al lugar de trabajo. Los puntos de San Precario serán lugares simultáneamente de servicios legales, autoformación, comunidad solidaria y defensa. Serán todo lo que sepamos ir construyendo para que nuestras acciones de conflicto sean incisivas, golpeen a la empresa y a su imagen. Serán el intento de organizar una defensa, un contraataque. Al final, el individuo es precario porque no tiene acceso siquiera a la información que debería sobre las condiciones del propio contrato. Y, sobre todo, está aislado en relación a los otros en su lugar de trabajo. Necesitamos romper este aislamiento, crear comunidad. MCF: ¿Qué piensan de la lucha en el plano de los derechos laborales? F: Estamos convencidos de que la situación actual no puede ser modificada al interior del discurso político-judicial. La relación de precariedad social supera la relación legal-laboral y es directamente explotación, fuerza y potencia de la empresa sobre la vida de cada uno. Si llega a haber una modificación de las leyes laborales, será como siempre ha sido: gracias a la capacidad de crear conflicto y, sobre todo, de crear conflicto potente, fuerte e inteligente. A las leyes que se concretan las llamamos “amortizadoras”: reconocemos que doscientos euros más o menos al mes cambian la situación. Ahora bien, si ese dinero es el motivo para que no construyas una estrategia política que vaya más allá de los doscientos euros, caés en una monetarización de los derechos. Una estrategia política inteligente debe perseguir aumento salarial, redistribución, asistencia o subvención, pero sin perder de vista que el problema de la precariedad es cuando te llaman a medianoche para decirte “mirá que mañana tenés que trabajar” y vos ya habías hecho planes para ir a Lugano a visitar a tu familia.

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El problema és què fer i com fer-ho.

Joan Tafalla

En la meva opinió els documents presentats poden ser aprovats sense cap tipus de problema. Contenen elements d’anàlisi interessants, amb els que coincideixo força i d’altres en que coincideixo menys. Però és indiferent allò que aprovem com a document polític o les millores que es podrien fer a aquests documents via esmenes, via debat.

El problema que tenim no és de programa. Tenim superàvit de programa, sobretot si ens atenem a les forces que tenim per a aplicar-lo. El problema que tenim no és de document polític. Podríem posar una fàbrica de documents polítics. El problema no és simplement d’organització de la subjectivitat política. La crisi del moviment comunista a l’estat espanyol i arreu fa molt anys que dura. No es tracta, simplement, d’una crisi de direcció, no es tracta, simplement, d’una crisi d’organització. Si fora així, qualsevol “avantguarda” dotada de la “veritable ciència marxista” ja hagués ocupat l’espai a força de voluntarisme. Per exemple, el PCC o el PCPE. Per exemple, el PRT.

Encara que de crisi de direcció i de crisi d’organització n’hi ha. Però és una crisi subsidiària d’un problema major: la crisi de subjecte social. No reconèixer que el tema essencial es la crisi de subjecte social, el canvi radical d’aquest subjecte, la seva metamorfosi absoluta, significa equivocar-se de forma greu en allò que és el més important: el què fer. Allò més important ara no és què escriure, si no què fer i també, com fer-ho.

Tronar-se a equivocar en això significa seguir posant el carro davant dels bous, significa equivocar-se de nou en l’apreciació del moment, que no és encara de construcció política si no de re- constitució de classe, per tant d’acumulació de forces, de lluita ideològica y cultural, de construcció de noves formes de socialització. Vull dir que no cal estar organitzats? Qui afirmi que jo dic això em difama gratuïtament. I hi ha gent que ho està fent.

La classe obrera industrial ja no és allò que era en els anys seixanta y setanta. La classe obrera, el proletariat ha canviat radicalment. Les úniques lluites obreres industrials que veiem són lluites defensives quan no resignades, de negociació dels tancaments, de les indemnitzacions, de les pre- jubilacions. El tèxtil català tanca tot, sencer, o gairebé, en el silenci, i això canvia les nostres ciutats i la nostra societat: de la ciutat- fàbrica passem a les metròpolis com a reservori de força de treball. El Sabadell, Terrassa, Igualada, Mataró que coneixíem ja no són els mateixos. Tanca el metall: tanquen la UH a Sabadell, i la AEG a Terrassa. Empreses del metall que varem ser el bressol de tota una generació del moviment obrer i popular dels barris.

Quan els xinesos ens venguin els seus cotxes magnífics, moderns, a preus d’ entre 3000 i 6000 € on quedarà la SEAT i la seva industria auxiliar? Així mateix, quines possibilitats reals tenim d’intervenir en aquesta lluita des de fora? Amb la simple impressió que les nostres fulles “han estat ben acollides”?

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La lucha por la hegemonía en el frente intelectual: la práctica política de Manuel Sacristán Luzón

Joaquín Miras Albarrán

“El pecado del intelectual es echar un velo sobre la realidad”

M.S.L.

El propósito de esta ponencia es facilitar una primera aproximación a la obra de Manuel Sacristán Luzón para un posible  lector novel, imbuido, como Sacristán, de inquietud moral revolucionaria. Toda introducción esclarecedora  a la obra  de Manuel Sacristán Luzón debe comenzar refiriéndose a su compromiso político como comunista. Manuel Sacristán se organizó –es el término apropiado- en el Partido Comunista en Cataluña, el PSUC, en 1956, y fue hasta el final de su vida un Comunista y un marxista.

Como podemos leer en la penúltima conferencia que pronunció, sobre Lukacs, menos de 4 meses antes de su muerte,  al final de su vida seguía reiterándose en sus principios y reconociéndose públicamente comunista y marxista, aunque matizaba la primera palabra, y se decía “comunista de izquierdas” [1] .

Es necesario resumir  -hoy como siempre, por lo demás- lo que significa ser comunista. Más si se tiene la pretensión de que el texto sirva como aproximación hermenéutica a la obra de Sacristán por parte de las generaciones jóvenes actuales. El comunismo es una corriente de la tradición de la democracia que se caracteriza por considerar que la explotación económica y la dominación humanas sólo pueden ser resueltas mediante la lucha de clases y la transformación revolucionaria de la sociedad. Esta ruptura con el orden político y económico capitalista tiene como objetivo la socialización de los medios de producción y cambio, que deben convertirse en propiedad de la comunidad, es decir, en propiedad o cosa pública. En este proceso de lucha, el Estado debe comenzar a ser reabsorbido por la Sociedad Civil, pues se fundamenta en la división jerárquica, burocrática de la actividad entre los hombres –mandar/obedecer-  y reproduce la dominación.

Estas ideas eran compartidas por Manuel Sacristán. Consiguientemente, Sacristán militó, como ya he escrito en un partido comunista –el PSUC-. Conviene aclarar estas dos palabras subrayadas. Un partido comunista, tal como lo entendía Sacristán, no es una organización formada por profesionales de la política que elaboran programas electorales y ejecutan su actividad política desde las instituciones del Estado, a modo de ingeniería social, usando de los recursos financieros y humanos puestos a su alcance por el propio Estado. Este tipo de actividad política, basada en la división jerárquica del trabajo, aun cuando se impulse en nombre de ideales emancipatorios, se hace siempre por cuenta y a beneficio del capital, y no es sino un ejercicio de lo que Gramsci denominó Revolución Pasiva: El Estado atiende a la resolución de aquellas necesidades más exacerbadamente sentidas por los explotados a condición de que estos renuncien a su condición de ciudadanos y permanezcan desorganizados y políticamente inactivos, en lugar de ejercer su soberanía y constituirse en poder organizado.

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El problema es que hacer y como hacerlo

Joan Tafalla

En mi opinión los documentos presentados pueden ser aprobados sin ningún tipo de problema. Contienen elementos de análisis interesantes, con los que coincido, mientras que hay otros en los que coincido menos. Pero es indiferente aquello que aprobemos como documento político o las mejoras que se podrían hacer a estos documentos vía enmiendas o por la vía del debate.

El problema que tenemos no es de programa. Tenemos superávit de programa, sobretodo si nos atenemos a las fuerzas que tenemos para aplicarlo. El problema que tenemos no es de documento político. Podríamos poner una fábrica de documentos políticos. El problema no es simplemente de organización de la subjetividad política. La crisis del movimiento comunista en el estado español dura hace ya muchos años. No se trata, simplemente, de una crisis de dirección, no se trata, simplemente, de una crisis de organización. Si fuera así, cualquier “vanguardia” dotada de la “verdadera ciencia marxista” ya hubiese ocupado el espacio a fuerza de voluntarismo. Por ejemplo, el PCC o el PCPE. Por ejemplo, el PRT.

Es cierto que crisis de dirección y crisis de organización hay. Pero es una crisis subsidiaria de un problema mayor: la crisis del sujeto social. No reconocer que el tema esencial es la crisis del sujeto social, el cambio radical de este sujeto, su metamorfosis absoluta, significa equivocarse de modo grave en lo que es más importante: el que hacer. Lo que es más importante ahora no es que escribir, sino que hacer y también, como hacerlo.

Volverse a equivocar en eso significa seguir poniendo el carro delante de los bueyes, significa equivocarse de nuevo en la apreciación del momento, que no es todavía de construcción política si no de reconstitución de clase, por tanto de acumulación de fuerzas, de lucha ideológica y cultural, de construcción de nuevas formas de socialización. ¿Quiere decir que no debemos estar organizados? Quién afirme que yo digo eso me difama gratuitamente. Hay gente que lo está haciendo.

La clase obrera industrial ya no es lo que era en los años sesenta y setenta. La clase obrera, el proletariado ha cambiado radicalmente. Las únicas luchas obreras industriales que vemos son luchas defensivas cuando no resignadas, de negociación de los cierres, de las indemnizaciones, de las prejubilaciones. El textil catalán cierra todo, entero o casi, en el silencio, y eso cambia nuestras ciudades y nuestra sociedad: de la ciudad-fábrica pasamos a las metrópolis como una reserva de fuerza de trabajo. Las Sabadell, Terrassa, Igualada, Mataró que conocimos ya no son los mismas. Cierra el metal: cierran la UH en Sabadell, y la AEG en Terrassa. Empresas del metal que fueron la cuna de toda una generación del movimiento obrero y popular de los barrios.

Cuando los chinos nos vendan sus coches magníficos, modernos, a precios de entre 3000 y 6000 ¿donde quedará la SEAT y su industria auxiliar? Así mismo, ¿qué posibilidades reales tenemos de intervenir en esta lucha desde fuera? Con la simple impresión de que nuestras hojas “han sido bien acogidas”.

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El liberalismo igualitario de los jacobinos

Jean-Pierre Gross

Los jacobinos no elegían entre la libertad y la igualdad. Afirmaban una gracias a la otra, y unían una a la otra con el cemento de la fraternidad. Preocupados a la vez por no “alarmar a la propiedad” y no “ofender a la justicia”, juzgaban que la prosperidad de los ricos jamás debía contradecir la subsistencia de los pobres. Hoy, incluso esta moderación, aparece de nuevo revolucionaria…

Destacar el ideal igualitario de los jacobinos es un lugar común. Discípulos de Rousseau, se aplicaron a erradicar las desigualdades heredadas del Antiguo Régimen: si 1789 consagró la igualdad ante la ley, 1793 debía inaugurar la era de la igualdad real. Pero destacar, al mismo tiempo, el liberalismo de los jacobinos, discípulos de Montesquieu, parece una paradoja. ¿Acaso libertad e igualdad no son, a priori, incompatibles? Cuanto más libertad existe, la competencia tiende a engendrar más desigualdades e, inversamente, si se desea impulsar la igualdad, se tiende a caer en una limitación de la libertad, al redistribuir riqueza o ventajas. Por esto Montesquieu, en su proyecto de sociedad, se esforzó en dosificar estos dos ingredientes, siendo la libertad para él más deseable que la igualdad, y la desigualdad un mal menor frente al despotismo. A este dilema filosófico se agrega la problemática histórica del Terror. ¿Los autores modernos no nos han señalado que este fue también, además de un régimen represivo impuesto por las “circunstancias” y que llevaba a una necesaria restricción de las libertades, una ideología igualitaria cuyo objetivo era la regeneración moral, y la uniformidad de la sociedad? En este sentido, Luc Ferry y Alain Renaut 1 condenan el jacobinismo por su visión voluntarista y ética de los derechos del hombre, en la que el riesgo inherente a tal visión era la política del Terror, “históricamente verificable”. François Furet y Mona Ozouf 2, por su parte, han estimado que el consentimiento a la coacción fue la verdadera línea divisoria en la Convención: al desear imponer la igualdad a los ricos y al “forzarlos a ser honestos”, Robespierre y sus seguidores inauguraron la era totalitaria, el culto de la violencia, que únicamente esperaba “el injerto bolchevique” para transformarse, en el siglo XX, en necesidad revolucionaria.

Debe admitirse que los enfoques de los historiadores de izquierda favorecieron esta percepción de una inexorable continuidad histórica. ¿Acaso Albert Mathiez no veía en Robespierre al cómplice de Babeuf, en un momento en que éste último era reivindicado como el antepasado ilustre de la revolución proletaria? Cuando escribía en 1928, en la época de la “dekulakización” de la URSS, Albert Mathiez presentaba la política agraria de los jacobinos franceses del año II como una vasta tentativa de expropiación de una clase en beneficio de otra. Si bien esta interpretación fue sensiblemente modificada por sus sucesores, no es menos cierto que, a través del prisma marxista, la experiencia jacobina aparecía aún como una prefiguración de las luchas ideológicas de los tiempos modernos.

Tales asimilaciones, y las reservas que ellas suscitan, llaman a reflexionar. Revelan un profundo desprecio en cuanto a la naturaleza del igualitarismo jacobino, nacido del individualismo de 1789 y de la lógica de los derechos del hombre. La Declaración de derechos de 1793, redactada conjuntamente por Girondinos y Montañeses ( esencialmente por Condorcet y Robespierre), proclama los derechos naturales que son “la igualdad, la libertad, la seguridad y la propiedad”.

Ni laissez-faire ni dirigismo

Estos derechos emergieron de las tesis de Locke, padre del liberalismo moderno, que definía el derecho de propiedad como englobando “la vida, la libertad, los bienes”, comprendiendo en ello la facultad de acumular las riquezas y gozar de ellas; pero que afirmaba también la igualdad natural y el “derecho igual a la libertad”, implicando, según el principio de reciprocidad, el deber de respetar el derecho del otro a la libertad. Como lo hace notar Amartya Sen, teórico del utilitarismo norteamericano, la igualdad es no solo una característica esencial de las concepciones liberales de organización social (libertad igual para todos, igual consideración para todos), sino que la oposición entre libertad e igualdad es ficticia e inexacta, en cuanto que al ser la libertad uno de los posibles campos de aplicación de la igualdad, la igualdad forma parte de los esquemas de distribución posibles de la libertad.

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Arthur Rosenberg, un pensador proscrito

Joaquín Miras Albarrán

PRÓLOGO

El autor de la presente obra, que se traduce por primera vez al castellano, es uno de los pocos, verdaderos, grandes pensadores políticos del siglo XX, y un revolucionario. El lector puede quedar sorprendido ante este juicio, e incluso abrigar sospechas  por cuanto Arthur Rosenberg, que falleció hace seis decenios, es un perfecto desconocido.

Es cierto, Rosenberg ha sido, desde su muerte, ignorado por todas las corrientes  del pensamiento político. Desde luego, por la derecha, pero también por las diversas escuelas y corrientes de la izquierda. Dejamos de lado el olvido en que lo tiene la academia, de la que fue un miembro ilustre. La razón: en primer lugar su radicalidad política y su independencia de criterio político durante todo el periodo que va de 1918 hasta su muerte a comienzos de los cuarenta. En segundo lugar, y esto puede resultar esclarecedor para el lector, por ser uno de los pocos, grandes historiadores cuya obra intelectual se especializa en la investigación sobre la democracia –sobre lo que verdaderamente es la democracia-. La tradición política de la democracia está por completo reñida con el estatismo y con la separación de política y sociedad; con  la delegación de la actividad política en elites, y con la falta de participación organizada permanente de los de abajo en política. No faltan razones, pues, para comprender su destierro del mundo intelectual: no sólo el ostracismo en el que lo mantiene la academia y la política burguesa, sino también el silencio y excomunión que hace pesar sobre él la propia izquierda.

Lo cierto es que Rosenberg no ha sido reclamado nunca por ninguna corriente política organizada de la izquierda.

Breve Semblanza

Arthur Rosenberg nació en Berlín en 1889 y falleció en Nueva York en 1943. Estudió en la universidad de Berlín, donde se especializó en Historia Antigua –Roma y Grecia- y fue alumno de otro gran especialista de la historia clásica, Eduard Meyer. Durante su juventud estuvo alejado del pensamiento de izquierdas, y en concreto, del marxismo, pensamiento al que se aproximaría tan sólo al final de la Primera Guerra Mundial. Antes de la Gran Guerra había llegado a ser ya una figura de primer rango  en la universidad del Reich.

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Mais-valia e mais-gozar

Slavoj Zizek

Eis aqui a diferença do marxismo: na perspectiva marxista predominante, o olhar ideológico e um olhar parcial, que deixa escapar a totalidade das relações sociais, ao passo que, na perspectiva lacaniana, a ideologia designa, antes, a totalidade empenhada em apagar os vestígios de sua própria impossibilidade. Essa diferença corresponde à que distingue as noções de fetichismo em Freud e em Marx: no marxismo, o fetiche oculta a rede positiva de relações sociais, ao passo que, em Freud, o fetiche oculta a falta ("castração") em torno da qual se articula a rede simbólica.

Na medida em que concebemos o Real como aquilo que "sempre retorna ao mesmo lugar", podemos deduzir outra diferença não menos crucial. Do ponto de vista marxista, o método ideológico por excelência é o da "falsa" eternização e/ou universalização: um estado que depende de uma conjuntura histórica concreta afigura-se um traço eterno e universal da condição humana; o interesse de uma classe particular disfarça-se como um interesse humano universal… e a meta da "crítica da ideologia" é denunciar essa falsa universalidade, identificar por trás do homem em geral o indivíduo burguês, por trás dos direitos universais do homem, a forma que possibilita a exploração capitalista, por trás*da "família nuclear" como constante trans-histórica, uma forma historicamente especificada e limitada de relações de parentesco, e assim por diante.

Na perspectiva lacaniana, devemos modificar os termos e apontar como método ideológico mais "astuto" o oposto diametral da eternização: a historicização ultra-rápida. Tomemos um dos lugares-comuns da crítica marxista-feminista à psicanálise, a idéia de que sua insistência no papel crucial do complexo de Édipo e do triângulo da família nuclear transforma uma forma historicamente condicionada de família patriarcal num traço da condição humana universal: não será esse esforço de historicizar o triângulo familiar precisamente uma tentativa de eludir o "núcleo sólido" que se anuncia através da "família patriarcal" — o Real da Lei, a rocha da castração? Em outras palavras, se a universalização ultra-rápida produz uma Imagem quase universal, cuja função é cegar-nos para sua determinação sócio-simbólica histórica, a historicização ultra-rápida cega-nos para o verdadeiro núcleo que retorna como o mesmo através de diversas historicizações/simbolizações.

O mesmo se dá com um fenômeno que aponta com muita exatidão o avesso "perverso" da civilização do século XX: os campos de concentração. Todas as diferentes tentativas de ligar esse fenômeno a uma imagem concreta ("Holocausto", "Gulag" etc), de reduzi-lo a um produto de uma ordem social concreta (fascismo, stalinismo etc), que são elas senão um punhado de tentativas de eludir o fato de estarmos lidando, nesse fenômeno, com o "real" de nossa civilização, que retorna como o mesmo núcleo traumático em todos os sistemas sociais? (Não devemos esquecer que os campos de concentração foram uma invenção da Inglaterra "liberal", que data da Guerra dos Bôeres; que também foram usados nos EUA para isolar a população japonesa, e assim por diante.)

O marxismo, portanto, não conseguiu levar em conta ou chegar a um acordo com o objeto-a-mais, com o resto do Real que escapa à simbolização — fato que é ainda mais surpreendente ao lembrarmos que Lacan pautou sua noção do mais-gozar na idéia marxista da mais-valia. A prova de que a mais-valia marxista efetivamente anuncia a lógica do objeto pequeno a lacaniano, como encarnação do mais-gozar, já é fornecida pela fórmula decisiva que Marx utilizou, no terceiro volume de O capital, para designar o limite lógico-histórico do capitalismo: "o limite do capital é o próprio capital, isto é, o modo de produção capitalista".

Essa fórmula pode ser lida de 4uas maneiras. A primeira, a leitura historicista-evolucionista habitual, concebe-a, de acordo com o lamentável paradigma da dialética das forças produtivas e das relações de produção, como o modelo do "conteúdo" e da "forma". Esse paradigma segue aproximadamente a metáfora da cobra, que troca periodicamente de pele, quando esta fica apertada demais: postula-se como ímpeto último do desenvolvimento social — como sua constante "natural" e "espontânea" (por assim dizer) — o crescimento incessante das forças produtivas (em geral, reduzidas ao desenvolvimento técnico); esse cresci mento "espontâneo" é então seguido, com maior ou menor grau de atraso, pelo momento inerte e dependente, a relação de produção. Assim, temos épocas em que as relações de produção estão de acordo com as forças produtivas; depois, essas forças se desenvolvem e ficam grandes demais para sua "roupagem social", o contexto das relações; esse contexto torna-se um obstáculo a seu desenvolvimento ulterior, até que a revolução social torna a coordenar as forças e as relações, substituindo as antigas relações por novas, que correspondem ao novo estado das forças.

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La reproducción ampliada del poder mafioso. La segunda etapa del gobierno de Kirchner.

Jorge Beinstein

Gradualmente el gobierno argentino se va desprendiendo de la máscara progresista y comienza a mostrar su verdadero rostro mafioso. Una sucesión de acontecimientos aparentemente sin vinculación entre si señalan el despegue de la nueva etapa oficial. Las denuncias póstumas del ex ministro de interior Gustavo Beliz daban pistas muy claras sobre los vínculos entre el Poder Ejecutivo y funcionarios de la SIDE (Secretaría de Informaciones del Estado) cuya trama se remonta a la última dictadura militar. Luego se precipitaron hechos como la acusación de Arslanián (ministro de seguridad de la Provincia de Buenos Aires) acerca del apoyo presidencial al brote neofascista encabezado por el empresario Blumberg o la impunidad judicial establecida en el caso AMIA (difícil de ser concretada sin algún tipo de guiño desde el poder). Y luego una seguidilla represiva sincronizada con una abrumadora campaña mediática digitada desde la Casa Rosada. Esto forma parte de una realidad más amplia que incluye el fracaso de la operación transversal que pretendía dotar a Kirchner de un movimiento político propio, y su consecuencia lógica: la recomposición de la alianza con las camarillas políticas tradicionales. Pero principalmente el fin de la endeble recuperación de la economía atravesada por la lógica depredadora del sistema que exige nuevas transferencias de ingresos hacia arriba lo que requiere en primer lugar la eliminación de las protestas sociales y su radicalización política. La descalificación mediática de los piqueteros y la movilización fascista de las clases altas son dos componentes imprescindibles de la estrategia represiva en curso. Es un momento decisivo para el gobierno que deberá enfrentar a una oposición de izquierda cuya onda ascendente puede ser muy grande a mediano plazo si la situamos en un contexto socioeconómico marcado por la extensión de la miseria. La profundización de este modelo de ajuste perpetuo obliga al régimen a arrojar lastre progresista, el preservativo rosado ya cumplió su cometido principal, fue muy útil para el restablecimiento de la gobernabilidad, ha llegado la hora de arrojarlo al basurero (el presidente preferiría hacerlo en cómodas cuotas). En síntesis; Kirchner con un juego propio cada vez más restringido debe cogobernar con camarillas políticas repudiadas por el grueso de la población. Y articuladas con tramas mafiosas que se extienden al conjunto del sistema bajo el monitoreo del FMI. La nueva Argentina Este cambio de imagen de la era k no es más que un instante en la larga marcha de la decadencia nacional, de la que emergen mutaciones, algunas de difícil visualización, que van conformando una nueva realidad social imponiendo su presencia más allá de la dinámica confusa de los interminables embrollos en la superficie del tembladeral. Un observador perspicaz hubiera percibido a comienzos de la década de 1940 que en nuestro país se estaban produciendo transformaciones destinadas a repercutir tarde o temprano en el escenario político. Un abanico de grupos sociales nuevos asociados a la industrialización irrumpían desbordando a la vieja sociedad oligárquica: obreros y burgueses industriales, capas medias urbanas ascendentes, se superponían, desplazaban o se combinaban con un conjunto no menos complejo proveniente del anterior ascenso económico de signo agroexportador. Se trataba de un proceso de integración al capitalismo local en crecimiento. Ahora nos encontramos ante un fenómeno de signo opuesto iniciado hace cerca de medio siglo con la Revolución Libertadora (1955), acelerado desde 1976 y dando un salto decisivo en el colapso de 2001. Lo ocurrido aquí en los años 40 empalmó con (terminó formando parte de) un gigantesco movimiento de regeneración y expansión de la economía mundial que se prolongó durante varias décadas. Uno de cuyos rasgos distintivos fue el liderazgo estatal, tanto en Occidente que devino keynesiano como en la mayor parte de la periferia; desde el estatismo nacionalista burgués de Perón o Nasser hasta el socialismo de estado de la URSS, Europa del Este o China. El mundo actual es otro, luego de casi treinta años de ascenso del parasitismo financiero y desaceleración productiva global, con numerosos estados periféricos colapsados, la desaparición de la Unión Soviética, la exclusión creciente de poblaciones en las áreas subdesarrolladas. Atravesado por el fracaso ideológico del neoliberalismo y la irrupción de formas embrionarias de re-autonomización periférica. Mientras nuestra (lumpen) burguesía local sobrevive como mafia, es posible detectar algunos fenómenos que pueden ayudarnos a construir un cuadro de situación medianamente racional del país, entre ellos me parece importante señalar cinco: Primero: agonía del peronismo Convertido en el principal sostén político del sistema, completamente vaciado de su vieja mística, reducido a su raíz burguesa en el peor sentido del término. Refugio de camarillas cada vez más alejadas del pueblo. Diciembre de 2001 las incluyó en el lapidario que-se-vayan-todos, Kirchner intentó torpemente superar el problema fabricando desde arriba una suerte de renovación transversal (más allá del Partido Justicialista que lo engendró) con náufragos de la segunda línea del sistema político. Fracasó porque los desechos humanos reclutados, sin base social significativa y aplicando la estrategia del FMI, se limitaron a entonar melodías setentistas y reproducir las prácticas mafiosas de sus viejos jefes. Que concluida la modesta aventura del presidente volvieron al estrado; Duhalde dando su visto bueno a la represión antipiquetera y Alfonsín, como de costumbre, denunciando un futuro golpe de estado de derecha contra un gobierno también de derecha. Los politicólogos suelen llamar a esto crisis de representatividad , pero es mucho más que eso, se trata de la desintegración de la política burguesa en un proceso de largo plazo, con idas y venidas, renovaciones frustradas, grandes vacíos duraderos (fenómeno institucional profundo vinculado a la declinación del estado). Segundo: ilegitimidad del poder Que incluye al fenómeno anterior extendiéndose al conjunto del régimen (jueces, policías, medios de comunicación, grandes empresarios…); el sistema de poder es visto por los de abajo como un conjunto de bandas de ladrones. Se trata de la agudización de lo ocurrido luego de 1955 cuando fue impuesto un esquema político restringido (proscripción del peronismo), que generó formas extra institucionales de oposición popular (entre ellas la lucha armada contra dictaduras militares y gobiernos civiles de escasa representatividad). La brecha fue aparentemente cerrada en 1983, pero la democracia elitista que se instauró formó parte del proceso de concentración de ingresos, degradación del estado y del tejido productivo, desnacionalización económica y desintegración social. Lo que desató a comienzos de la década actual el repudio masivo de los mecanismos institucionales en su forma colonial concreta, degradada. La breve era progre del gobierno de K no consiguió mejorar la situación, por el contrario su fracaso y sinceramiento mafioso profundiza la ilegitimidad del Poder, su separación respecto del grueso de la población, al mismo tiempo que relegitima las más diversas formas de oposición, en especial las que se colocan fuera del sistema. Tercero: debilidad cultural de las clases altas Luego del fin del triunfalismo neoliberal (privatista, individualista, pronorteamericano), la elitización social no encuentra un discurso ideológico que la justifique. El neoliberalismo de los años 90 prometía prosperidad para todos aunque con sacrificios iniciales ineludibles (Menem: ‘estamos mal pero vamos bien’), el sistema actual donde se acelera la desigualdad y la miseria de millones de personas carece de ilusiones. Solo le queda el exabrupto neofascista, el manotazo defensivo de los privilegios fundado en la cultura del apartheid. Los medios de comunicación pueden producir golpes de efecto eficaces, pero al poco tiempo pierden influencia bajo el peso de la realidad. El caso Blumberg es ilustrativo, la campaña mediática exigiendo mano dura contra el delito amalgamándolo con la delincuencia social y desde allí con la rebeldía de los pobres, terminó por chocar contra hechos evidentes como la asociación entre crimen organizado y mafia policial-judicial o la trama delictiva de políticos y empresarios exitosos. Además las clases altas movilizadas (incluido Blumberg) no pueden evitar sus exaltaciones reaccionarias ahuyentando a numerosos seguidores, finalmente la cruzada apareció como le que realmente era: un ensayo de consenso social para el disciplinamiento represivo de los de abajo. La instauración de una cultura de apartheid, de segregación policial-judicial de los excluidos, que eventualmente podría reemplazar al neoliberalismo como discurso legitimador del sistema, enfrenta problemas de difícil solución. El principal de ellos es la crisis desarticuladora de la vieja integración social cuya dinámica no se ha detenido empujando a crecientes sectores medios y bajos hacia la oposición al régimen. Otro escollo no menos importante es la podredumbre del Estado a la que es necesario agregar el caos gansteril de las élites económicas. Distinta ha sido la situación en Europa occidental luego de la crisis de los años 1970 donde un amplio espectro de clases privilegiadas relativamente estables constituyeron la base del neofascismo de apartheid contra trabajadores provenientes de la periferia y otros grupos reprimidos. Cuarto: presencia de la izquierda Aparece desafiante, por primera vez luego de un largo ostracismo, con cada vez más extendida inserción en los sectores sumergidos (hasta hace poco coto cerrado del peronismo) y también creciendo en ciertos segmentos las capas medias empobrecidas. La irrupción piquetera ha sido hasta ahora su expresión más destacada ganando la calle y en el centro de los conflictos sociales, relegando a las burocracias sindicales. En un primer momento el fenómeno fue subestimado, sobre todo por la dirigencia peronista que había congelado la vieja imagen de la izquierda marginal implantada en la pequeña burguesía. Pero también fue mal interpretado por el progresismo que compartía los prejuicios peronistas a los que agregaba teorizaciones perversas acerca de la inevitable fascistización del conjunto de las clases medias arruinadas y otras predicciones derrotistas por el estilo. Para sorpresa del establishment la izquierda protagoniza el descontento popular pasando a constituir un auténtico hecho maldito: no se institucionaliza como lo desearían los manipuladores del sistema, volcando toda su energía en una interminable carrera desde el llano hasta su banalización burguesa. Carece de capacidad para institucionalizarse porque emerge como un movimiento de rechazo al capitalismo subdesarrollado, realmente existente, y no como la pretensión históricamente imposible de integración al mismo. Es inepta para competir en el terreno de la politiquería del régimen pero (recientemente) demostró su habilidad para echar raíces entre los de abajo a través de una multiplicación incesante de organizaciones, tendencias y facciones de todo tamaño y de muy variadas orientaciones teóricas. Es su forma específica, plural, de crecer y consolidarse. Detrás de esa apariencia caótica se van gestando de manera irregular embriones de articulación estratégica. Los políticos tradicionales deberían recordar la definición de Hipólito Irigoyen:’todo taller de forja se parece a un mundo que se derrumba’. Quinto: extrema fragilidad económica Componente esencial del sistema, superendeudado, dependiente de superávits comerciales inciertos basados en el aplastamiento de las importaciones (es decir del mercado interno) y de la obtención de grandes superávits fiscales gracias a fuertes presiones tributarias directas o indirectas contra las clases medias y bajas, devaluaciones, y sobre todo salarios superbajos y masas crecientes de excluidos. Con un contexto regional turbulento y formando parte de un imperio acosado por sus fracasos militares y económicos. Con ese horizonte a la vista no es posible estabilizar el esquema de superexplotación impuesto desde 2002, los pagos de deuda externa y los superbeneficios de las empresas privatizadas, los bancos y los grandes exportadores reducen a cero la perspectiva de un crecimiento durable y por consiguiente de bloqueo o reversión de la desintegración social. Ello torna ilusorios los proyectos de gobernabilidad en el largo plazo incluidos los de carácter elitista-autoritario porque todos ellos carecen entre otras cosas de una retaguardia económica mínimamente estable, lo que anticipa la reproducción al infinito de peleas salvajes por el reparto del botín al interior de las clases dominantes y el rebrote inevitable de rebeldías en las masas sumergidas. La historia continúa En última instancia el futuro de la decadencia (es decir de la continuidad del régimen) depende del desarrollo del antisistema, de la izquierda pensada como desarrollo insurgente, como catalizador de una posible avalancha de los pobres. Esa eventualidad le quita el sueño al poder, que oscila entre la disuasión más o menos legal (judicialización y aislamiento mediático de las organizaciones populares) y la represión salvaje. Sabiendo que la ruptura cultural de diciembre de 2001 esta viva, se reproduce (misteriosamente) y aguarda una nueva oportunidad para expresarse. Esto lleva a la reflexión sobre los caminos de la revolución necesaria, de la liquidación de un régimen que no admite reformas, cuyo nivel de podredumbre hace descartar cualquier ilusión de cambio desde el interior de la institucionalidad colonial. Por ahora el gobierno se dedica a hacer buena letra represiva y a garantizar la rapiña, aunque tratando de reducir al máximo el costo político de sus decisiones. Kirchner sabe (o debería saber) que su margen de maniobra se va agotando, si no endurece su política tal como lo exigen el FMI, los grandes grupos económicos, la derecha caníbal; será descartado por la mafia que lo engendró, aunque si lo hace desatará la bronca del pueblo, lo que a su vez lo convertirá en un objeto inservible en el juego de las clases dominantes que no dudará ni un instante en arrojarlo a las fieras (su amigo Alfonsin le puede contar experiencias muy esclarecedoras). Un verdadero círculo vicioso.

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