Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Primera vuelta de las elecciones municipales 2004: pérdidas y ganancias

La campaña

El carácter sui generis de la campaña electoral se debe no solo al hecho de que el Partido de los Trabajadores (PT) intervino por primera vez como gobierno y el Partido del Frente Liberal (PFL), como oposición, sino también a que el PT se presentó por primera vez con su nueva cara, la del gobierno de Lula, con su política económica conservadora. Esto se reflejó, por un lado, en la disminución de la participación de la militancia en las campañas, mucho más profesionalizadas que antes y, por otro, en la gran cantidad de recursos para los candidatos, tanto a las elecciones mayoritarias como a las proporcionales. Pero a pesar de esta nueva cara conservadora, resultado de las políticas del gobierno de Lula, fue significativa la actitud, prácticamente generalizada, de oposición de los grandes medios de comunicación a los candidatos del PT. En São Paulo, en particular, la preferencia por el candidato del Partido Social Demócrata Brasileño, PSDB (José Serra), y la hostilidad con la administración petista -que puso en práctica un buen programa de políticas sociales para las periferias de la ciudad- quedó manifiesta. Queda la impresión de que las élites tradicionales se identifican más directamente con los candidatos del PSDB y del PFL. Esto es, incluso con su nueva cara, el PT no gana la simpatía de esas élites, especialmente en el caso de las políticas municipales, donde no se incluye la política económica del gobierno de Lula -punto de apoyo de esas élites al gobierno federal-, pero se concentra en políticas sociales -en general prioritarias en los gobiernos petistas a nivel local. Ganancias del PT

Como era de esperar, para un partido que triunfa por primera vez en las elecciones presidenciales, el PT amplió enormemente los cargos municipales conquistados a nivel nacional. Esto sucedió anteriormente con el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) y con el PSDB y, por si solo, no representa ninguna novedad. El alcance de esta victoria del PT aún está por verse, conforme se realice la cuantificación, pero la previsión de multiplicar por cinco el número de alcandías, que ya fue corregida anteriormente, no será alcanzada. Sin embargo, en estados como Minas Gerais, donde la presencia del PT era localizada, ahora se extiende y en el total del país se puede multiplicar por tres el número de alcaldes del partido. El avance en las regiones más atrasadas del país, al centro y al norte -con triunfos en la primera vuelta en Rio Branco, Macapá y Palmas- es también significativo en un partido que, estando en el gobierno dispone de la capacidad de alianzas, de captación de líderes existentes y de promoción de las campañas mediante recursos. El PT que puede decir que salió triunfante en la primera vuelta es el PT de la mejor tradición del partido de administración municipal, que realiza buenas políticas sociales. Fue así que se obtuvo la reelección en la primera vuelta en Recife, en Belo Horizonte y en Aracaju. Incluso si en otras ciudades donde esas políticas fueron puestas igualmente en práctica, como Porto Alegre, Belém y Sao Paulo, la segunda vuelta se presenta con dificultades, particularmente en estos dos últimos casos. Una sorpresa favorable a la izquierda fue el paso de Luzianne Lins a la segunda vuelta en Fortaleza. Vencedora de la convención interna del PT, contra la voluntad de la dirección nacional del partido, que privilegió abiertamente en la campaña al candidato del Partido Comunista de Brasil (PCdoB), a quien deseaba que el PT apoye -a cambio del retiro de Jandira Fegali en Rio y el apoyo a Bittar-, ella superó en el resultado final al candidato del PCdoB -que comenzó liderando las encuestas- y llega a la segunda vuelta con buenas posibilidades de victoria. Para esto Luizianne contará con el apoyo del PT en su totalidad, del PCdoB y de los votos de sectores disidentes de las élites tradicionales. Perteneciente a una corriente de izquierda -Democracia Socialista-, ella contó con la participación de cinco ministros del gobierno de Lula, mientras otros dirigentes – entre ellos Genoino y José Dirceu- apoyaban al candidato del PCdoB, permitiendo quizás que el PT vuelva al gobierno de Fortaleza, después del gobierno traumático de Maria Luisa Fontenelle en 1985. Pérdidas del PT

En comparación con esas candidaturas, las que representaban más directamente al gobierno federal, sin defender mandatos existentes, pero marcando la presencia del gobierno de Lula, tuvieron los peores resultados. Fueron los casos paradigmáticos de Rio de Janeiro, de Salvador y de Ribeirão Preto -aunque en esta se defendía un mandato-. En estas tres ciudades fue determinante el hecho de que Jorge Bittar y Nelson Pellegrino representasen al gobierno federal, por haber ocupado cargos en ese gobierno y en el caso de Ribeirao Preto por tratarse del vicealcalde de Antonio Palocci. En la ciudad de Rio de Janeiro, Lula había obtenido su mejor votación en la segunda vuelta, con más del 80% de los votos. Jorge Bittar, que ocupa un cargo de secretario del gobierno de Lula, quedó en quinto lugar, con el 6% de los votos. Fue el peor resultado de la izquierda en toda su historia, ya que sumados esos votos a los de Jandira Fegali, suman 13%. El contrapeso puede venir de las probables victorias de Godofredo en Niteroi, vicealcalde que heredó el mandato e hizo un buen gobierno, y de Lindberg Faria en Nova Iguaçu, si consigue efectivamente perforar el bloqueo local y llevar, por primera vez al PT a una alcaldía importante en Baixada Fulmínense. Pero en su conjunto, la dirección que Bittar y Benedita dieron al PT en Rio llega a una situación límite, la del más bajo perfil en la ciudad desde que el partido surgió.

En Salvador, Lula había obtenido su segunda mejor votación en la segunda vuelta. Pellegrino, que fue líder del gobierno en la Cámara cuando las polémicas votaciones de la reformas de previsión social y tributaria, y había estado delante en la encuestas antes de la campaña, llegó en tercer lugar, sin lograr pasar a la segunda vuelta. Se quiebra así una trayectoria ascendente del PT en Salvador, que proyectaba una victoria en estas elecciones, antes de la nueva fisonomía del PT en el gobierno de Lula.

En Ribeirao Preto, incluso con la participación de Palocci, su sucesor llegó en tercer lugar. El gobernador de Mato Grosso do Sul, Zeca, por su parte, el más moderado de los dirigentes con cargo ejecutivo del PT, directamente identificado con el giro conservador del gobierno federal, también sufrió una grave derrota de su candidato a la alcaldía de la capital, donde perdió en la primera vuelta -marcando así un cuadro negativo para los candidatos que más directamente expresaron vínculos con el gobierno federal.

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Elecciones en Brasil

Las elecciones municipales que acaban de realizarse en Brasil revelan un avance poco espectacular del Partido de los Trabajadores de Lula. Esto se explica por la ausencia de una línea política coherente con la percepción popular de su programa y de su comportamiento político. Brasil desperdicia así una oportunidad excepcional para avanzar hacia un nuevo modelo político en América Latina.

Las elecciones municipales no reflejan necesariamente las tendencias nacionales. Pero cuando un partido de origen popular asume el gobierno, las elecciones locales tienden a reflejar la tendencia al cambio manifestada en esta oportunidad. En el Chile de Allende, por ejemplo, las elecciones municipales de 1971, elevaron del 33% al 51% la votación de la Unidad Popular. El pueblo chileno expresaba así su voluntad de cambio.

En el caso de Brasil postelectoral de Lula podríamos esperar un avance similar si el gobierno Lula demostrara la misma coherencia que Allende. Su política económica y la adopción de principios neoliberales en su plan social dieron señales negativas a la población, contrastando solamente con su política internacional, de carácter claramente progresista.

Al mismo tiempo, el comportamiento político del gobierno, al buscar alianzas demasiado amplias con fuerzas conservadoras reconocidas como corruptas, enajenaron importantes sectores del Partido de los Trabajadores y provocaron confusión en su base política de izquierda y de centro. De cualquier forma, provocó una enorme frustración en amplios sectores que apoyaron su propuesta de cambio social.

De esta forma, las elecciones municipales en curso están muy por detrás de lo que esperaba la dirección nacional del PT que llegó a anunciar la victoria del Partido en cerca de 800 a 1000 municipios del país que cuenta con cerca de 5700 municipios dispersos en 8,5 millones de kilómetros cuadrados. Para alcanzar este objetivo, el PT creó directorios locales o direcciones provisionales en casi todos los municipios del país. Sin embargo, según los datos de las elecciones realizadas el domingo 3 de octubre e inmediatamente computadas por sistema electrónico, el PT difícilmente alcanzará la victoria en 500 municipios en todo el país. Esto representa un gran avance en relación a cerca de 200 municipios que detentaba hasta antes de esta elección. Pero muy poco en relación a las aspiraciones del PT de convertirse en el mayor partido nacional.

Es necesario señalar, sin embargo, que los resultados de la primera vuelta realizada el 3 de octubre dan al PT cerca de 10 millones de votos, lo que le da la condición de partido más bien votado en el país. Empero su principal rival, el PSDB del derrotado Fernando Henrique Cardoso tiene cerca de 9 millones de votos y el PMDB obtuvo cerca de 8 millones de votos. El PT no tiene, por lo tanto, una mayoría suficiente para gobernar solo. No puede renunciar a la alianza con varios partidos para formar una mayoría parlamentaria razonable.

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La memoria del genocidio alemán

Publicado en Memoria 186 agosto 2004 | Prieto, Jimena A. | Reflexiones

“Historia monumental” llama Nietzsche, en la segunda de sus Consideraciones Intempestivas, al acto de rememoración que los pueblos hacen de su propio pasado; ya sea a través de monumentos nacionales o de conmemoraciones oficiales, en esencia, se trata de representaciones destinadas a reflejar un tiempo lejano, fijándolo inamoviblemente como fundamento mítico de la nación.

Mientras que la historia misma está marcada con el sello de lo irrepetible, la memoria colectiva de un pueblo se encarga de escenificar aquel tiempo digno de ser conjurado y elevado a heroico pasado nacional.

A pesar de lo oscuro de su historia, a principios del siglo XXI, Alemania ha logrado hacerse de una “historia monumental”. Podremos ver materializada esta empresa en el “Monumento Nacional a los Judíos Europeos Asesinados” que en octubre de este año comienza a construirse en el corazón de la nueva capital, Berlín. No deja de sorprender este momento cumbre de escenificación política, sobre todo al tener presente que la historia posterior al nacionalsocialismo se caracteriza por el peso de la propia culpa. Sin embargo, podemos entender la especificidad de este monumento al tomar en cuenta que toda conmemoración en torno al nacionalsocialismo lleva en su seno su propia negación. Ya sean recintos del recuerdo o fechas conmemorativas, estos espacios sólo pueden configurarse en términos opuestos a los que otras naciones celebran afirmativamente su propio pasado; Alemania recuerda sus propios crímenes, de ahí el carácter de luto como momento constitutivo de la memoria colectiva.

Este artículo, en el que se recorre la historia de Alemania desde el momento de su derrota, pretende dar una visión general del complejo proceso de formación de la memoria colectiva. Se necesitarán varios decenios para comprender que el genocidio no constituye únicamente una etapa de totalitarismo y criminalidad, sino una radical “ruptura civilizatoria”, que tiene lugar a mediados del siglo XX, en una nación que representa en su tradición humanística uno de los puntos más elevados del pensamiento ilustrado europeo. Se necesitará también el esfuerzo de una nueva generación para consolidar las bases de un proceso de saber cada vez más diferenciado en torno al genocidio. Una auténtica cultura de la memoria sólo será posible una vez que los jóvenes de los años sesenta exijan a la generación anterior la confrontación crítica y reflexiva con el pasado. El genocidio se convertirá entonces en objeto de saber popular, en el “Holocausto”, y comenzará a multiplicarse indefinidamente toda suerte de representaciones comerciales y artísticas, tanto en Alemania como en otros países. Un punto final de la historia de la representación del genocidio puede verse en la puesta en escena oficial del discurso de las víctimas, cuyo máximo monumento podrá ser visitado en 2004, en Berlín.

Todos y cada uno de estos momentos reflejan una historia desgarrada entre la necesidad de olvido y la obsesión por recordar el pasado nazi, búsqueda histórica de absolución y de confrontación constante con la culpa alemana.

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Barbarie y modernidad en el siglo XX

Michael Löwy

La palabra "bárbaro" es de origen griego. Ella designaba, en la Antigüedad, a las naciones no griegas, consideradas primitivas, incultas, atrasadas y violentas. La oposición entre civilización y barbarie es, entonces, antigua. La misma encuentra una nueva legitimidad en la filosofía de los iluministas y será heredada por la izquierda. El término "barbarie" tiene, según el diccionario, dos significados distintos, pero relacionados: "falta de civilización" y "crueldad del bárbaro". La historia del siglo XX nos obliga a disociar esas dos acepciones y a reflexionar sobre el concepto -aparentemente contradictorio, más de hecho perfectamente coherente- de "barbarie civilizada". ¿En qué consiste el "proceso civilizatorio"? Como bien demostró Norberto Elias, uno de sus aspectos más importantes es que la violencia no es ejercida de manera espontánea, irracional y emocional por los individuos, sino que es monopolizada y centralizada por el Estado, más precisamente por las fuerzas armadas y la policía. Gracias al proceso civilizador, las emociones son controladas, el camino de la sociedad es pacificado y la coerción física queda concentrada en las manos del poder político. Lo que Elias parece no haber percibido es el reverso de esa brillante moneda: el formidable potencial de violencia acumulado por el Estado que, inspirado por una filosofía optimista del progreso, todavía podía escribir en 1939: "comparada con el furor del combate abisinio (…) o de aquellas tribus de la época de las grandes migraciones, la agresividad de las naciones más belicosas del mundo civilizado parece moderada (…), ella sólo se manifiesta en su fuerza brutal y sin límites en sueños y en algunos fenómenos que nosotros calificamos de ‘patológicos’".1 Algunos meses después de que esas líneas fueron escritas, comenzaba una guerra entre naciones "civilizadas" cuya "fuerza brutal y sin límites" es simplemente imposible de comparar con el pobre "furor" de los combatientes etíopes: tamaña es la desproporción. El lado siniestro del "proceso civilizador" y de la monopolización estatal de la violencia se manifestó en toda su terrible potencia. Si nos referimos al segundo sentido de la palabra "bárbaro" -actos crueles, inhumanos, la producción deliberada de sufrimiento y de muerte deliberada de no combatientes (en particular, niños)-, ningún siglo de la historia conoce manifestaciones de barbarie tan extensas, tan masivas y tan sistemáticas como el siglo XX. Ciertamente, la historia humana es rica en actos de barbarie, cometidos tanto por las naciones "civilizadas" como por las tribus "salvajes". La historia moderna, después de la conquista de América, parece una sucesión de actos de ese género: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de negros, las guerras coloniales. Se trata de una barbarie "civilizada", esto es, conducida por los imperios coloniales económicamente más avanzados, acumulación del capital.2 En El Capital, Karl Marx era uno de los críticos más feroces de esos tipos de prácticas maléficas y destructoras de la modernidad, que para él están asociadas a las necesidades de acumulación capitalista. Especialmente en el capítulo sobre la acumulación primitiva, se encuentra una crítica radical de los horrores de la expansión colonial: la esclavitud o el exterminio de los indígenas, las guerras de conquista o el tráfico de negros. Esas "barbaries y atrocidades execrables" -que, según Marx, citado de modo favorable por M. W. Howitt, no tienen paralelo en cualquier otra era de la historia universal, en ninguna raza por más salvaje, grosera , impiadosa y sin pudor que ella haya sido"- no fueron simplemente interpretadas como ganancias y pérdidas del progreso histórico, sino debidamente denunciadas como una "infamia".3 Considerando algunas de las manifestaciones más siniestras del capitalismo, como las leyes de los pobres o los worhouses – esas "fortalezas de obreros"-, Marx escribe en 1847 este pasaje sorprendente y profético, que parece anunciar a la Escuela de Frankfurt: "La barbarie reaparece, pero esta vez ella es engendrada en el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella. Es una barbarie leprosa, la barbarie como la lepra de la civilización". 4 Pero con el siglo XX, un límite es transgredido y se pasa a un nivel superior; la diferencia es cualitativa. Se trata de una barbarie específicamente moderna, del punto de vista de su etos, de su ideología, de sus medios y su estructura. Más adelante, volveremos a ese punto. La Primera Guerra Mundial inauguró esa nueva fase de barbarie civilizada. Dos autores, los primeros, dieron la señal de alarma en 1914: Rosa Luxemburgo y Franz Kafka. A pesar de sus evidentes diferencias, tienen en común el hecho de haber tenido la intuición -cada uno a su manera- de que en el curso de aquella guerra estaba por constituirse algo sin precedentes. Al usar una frase del orden "socialismo o barbarie", Rosa Luxemburgo en La crisis de la socialdemocracia, en 1915 (firmada con el seudónimo "Junius"), rompe con la concepción -de origen burguesa pero adoptada por la Segunda Internacional- de la historia como progreso irresistible, inevitable, "garantizado" por leyes "objetivas" del desenvolvimiento económico o de la evolución social. Esta frase está sugerida en ciertos textos de Marx o de Engels, pero es Rosa Luxemburgo quien le da esa formulación explícita y elaborada que implica una percepción de la historia como un proceso abierto, como una serie de "bifurcaciones" donde el "factor subjetivo" -conciencia, organización, iniciativa- de los oprimidos se torna decisivo. No se trata más de esperar que el fruto "madure", según las "leyes naturales" de la economía o de la historia, sino de actuar antes de que sea demasiado tarde. El otro término de la alternativa es un siniestro peligro: la barbarie. En un primer momento, ella parece considerar una "recaída en la barbarie" como "la aniquilación de la civilización", una decadencia análoga a aquella de la Roma antigua5. Pero luego se da cuenta de que no se trata de un "regresión" imposible a un pasado tribal, primitivo o "salvaje", sino más bien de una barbarie eminentemente moderna, de la cual la Primera Guerra Mundial brinda un ejemplo sorprendente, mucho peor en su asesina inhumanidad que las prácticas guerreras de los conquistadores "bárbaros" de fines del Imperio Romano. Jamás en el pasado tecnologías tan modernas -los tanques, los gases tóxicos, la aviación militar- habían sido colocadas al servicio de una política imperialista de masacre y agresión en una escala tan inmensa. Las intuiciones de Kafka son de una naturaleza totalmente diferente. Es bajo una forma literaria e imaginaria como él describe la nueva barbarie. Se trata de una novela titulada La colonia penal: en una colonia francesa, un soldado "indígena" es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la quintaesencia de lo arbitrario: "la culpabilidad no debe ser jamás colocada en duda". Su ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina de tortura que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que lo atraviesan la frase "Honra a tus superiores". El personaje central de la novela no es un viajero que observa los acontecimientos con una hostilidad muda, ni el prisionero que no reacciona de ninguna forma, ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la colonia. Es la misma máquina. Todo el relato gira en torno de ese siniestro aparato (Apparat), que parece más y más, en el curso de la detallada explicación que el oficial brinda al viajero, como un fin en sí mismo. El aparato no está allí para ejecutar al hombre sino al contrario, el hombre está para la máquina, para proporcionarle un cuerpo sobre el cual ella pueda escribir su estética obra maestra, su sangrienta inscripción ilustrada con "muchos adornos floridos". El oficial mismo es apenas un servidor de la Máquina y, finalmente, él también se sacrifica a ese insaciable Moloch6. ¿En qué "máquina de poder" bárbara, en que "aparato de autoridad" sacrificador de vidas humanas pensaba Kafka? La colonia penal fue escrita en octubre de 1914, tres meses después de la eclosión de la gran guerra. Hay pocos textos en la literatura universal que presentan de manera tan penetrante la lógica mortífera de la barbarie moderna como un mecanismo impersonal. Esos presentimientos parecen perderse en los años de posguerra. Walter Benjamin es uno de esos raros pensadores marxistas que entiende que el progreso técnico e industrial puede ser portador de catástrofes sin precedentes. De ahí proviene su pesimismo no fatalista, pero sí activo y revolucionario. En un artículo de 1929, él definía la política revolucionaria como "la organización del pesimismo", un pesimismo en todas las líneas: desconfianza en cuanto al destino de la libertad, desconfianza en cuanto al destino del pueblo europeo. Y añade irónicamente: "confianza ilimitada solamente en IG Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe".7 Ahora bien, el mismo Benjamin, el más pesimista de todos, no podía adivinar hasta qué punto esas dos instituciones iban a mostrar, algunos años más tarde, la capacidad maléfica y destructiva de la modernidad.8 Puede definirse como propiamente moderna la barbarie que presenta las siguientes características: Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del homicidio. Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta. Impersonalidad de la masacre. Poblaciones enteras -hombre y mujeres, niños y ancianos- son "eliminadas" con el menor contacto personal posible entre quien es el que toma la decisión y las víctimas. Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, "racional" (en términos instrumentales) de los actos de barbarie. Ideología legitimadora de tipo moderno: "biológica", "higiénica", "científica" (no religiosa ni tradicionalista). Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX no son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc., asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas. Las cuatro masacres que encarnan de manera más acabada la modernidad de la barbarie son el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba atómica en Hiroshima, el Gulag estalinista y la guerra norteamericana en Vietnam. Los dos primeros son probablemente los más integralmente modernos: la cámara de gas de los nazis y la muerte atómica norteamericana contienen prácticamente todos los ingredientes da la barbarie tecnoburocrática moderna. Auschwitz representa la modernidad no solamente por su estructura de fábrica de muerte, científicamente organizada y que utiliza las técnicas más eficaces: el genocidio de judíos y gitanos es también, como observa el sociólogo Zygmunt Bauman, un producto típico de la cultura racional burocrática, que elimina de las gestión administrativa toda interferencia moral. Es, desde este punto de vista, uno de los posibles resultados del proceso civilizador en cuanto a racionalización y centralización de la violencia y como producto social de indiferencia moral. "Como toda otra acción conducida de manera moderna -racional, planificada, científicamente informada, dirigida de forma eficaz y coordinada- el Holocausto dejó atrás todos sus pretendidos equivalentes premodernos, revelándolos en comparación como primitivos, antieconómicos e ineficaces… Se eleva muy por encima de los episodios de genocidios del pasado, de la misma forma que la fábrica industrial moderna está muy por encima de la oficina artesanal".9 La ideología legitimadora del genocidio es también de tipo moderno, seudocientífico, biológico, antropométrico, eugenista. La utilización obsesiva de fórmulas seudomédicas es la característica del discurso antisemita de los dirigentes nazis, lo cual puede ser notado en sus conversaciones privadas. En una carta a Himmler en 1942, Adolfo Hitler insistía: "La batalla en la cual estamos comprometidos hoy es del mismo tipo que la batalla liderada en el siglo pasado por Pasteur y Koch. Cuántas dolencias tuvieron su origen en el virus judío… Nosotros no encontraremos nuestra salud sin eliminar a los judíos".10 En su notable ensayo sobre Auschwitz11, Enzo Traverso destaca, con palabras sobrias, precisas y lúcidas, el contexto del genocidio. No se trata de una simple "resistencia irracional a la modernización" ni de un residuo de antigua barbarie, sino de una manifestación patológica de la modernidad, del rostro escondido, infernal, de la civilización occidental, de una barbarie industrial, tecnológica, "racional" (del punto de vista instrumental). Tanto la motivación decisiva del genocidio -una biología racial- como sus formas de realización -las cámaras de gas- eran perfectamente modernas. Si la racionalidad instrumental no basta para explicar Auschwitz, ella es su condición necesaria e indispensable. En los medios de exterminio nazis, se encuentra una combinación de diferentes instituciones típicas de la modernidad: al mismo tiempo, la prisión descripta por Foucalt, la fábrica capitalista de la cual hablaba Marx, "la organización científica del trabajo", de Taylor, la administración racional/burocrática según Max Weber. Este último había intuido, de manera muy convincente, la transformación de la razón occidental en fuerza destructiva. Su análisis de la burocracia como máquina "deshumanizada", impersonal, sin amor ni pasión, indiferente a todo aquello que no es su tarea jerárquica, es esencial para comprender la lógica reificada de los campos de la muerte. Eso vale también para la fábrica capitalista, que estaba presente en Auschwitz, al mismo tiempo que en las oficinas de trabajo esclavo de la empresa IG Farben y en las cámaras de gas, lugares de producción de asesinados "en cadena". Pero la "solución final" es irreductible a toda lógica económica: la muerte no es una mercancía ni una fuente de lucro. Traverso critica, de manera muy convincente, las interpretaciones -inspiradas, en un grado u otro, por la ideología del progreso- del nazismo y del genocidio como producto de la historia del irracionalismo alemán (George Lucács), de una "salida" de Alemania por fuera de la cuna occidental (Jürgen Habermas) o de un movimiento de "descivilización" (Entzivilisierung) inspirado por una ideología "preindustrial" (Norbert Elias). Si el proceso civilizatorio significa, ante todo, la monopolización por el Estado de la violencia -como lo muestran, después de Hobbes, tanto Weber como Elias-, es necesario reconocer que la violencia del Estado está en el origen de todos los genocidios del siglo XX. Auschwitz no representa una "regresión" en dirección al pasado, a una edad bárbara primordial, pero es realmente uno de las caras posibles de la civilización industrial occidental. Constituye al mismo tiempo una ruptura con la herencia humanista e universalista de los Iluministas y un ejemplo terrible de las potencialidades negativas y destructivas de nuestra civilización. Si el exterminio de los judíos por el Tercer Reich es comparable con otros actos bárbaros, no por eso deja de ser un evento singular. Es necesario rechazar las interpretaciones que eliminan las diferencias entre Auschwitz y los campos soviéticos, las masacres coloniales o los progroms, etc.12 El crimen de guerra que tiene más afinidades con Auschwitz es Hiroshima, como comprendieron tan bien Günther Anders y Dwight MacDonald: en los dos casos, se delega la tarea a una máquina de muerte formidablemente moderna, tecnológica y "racional". Pero las diferencias son fundamentales. Inicialmente, las autoridades americanas no tuvieron jamás como objetivo -como aquellas del Tercer Reich- realizar el genocidio de toda una población: en el caso de las ciudades japonesas, la masacre no era, como en los campos nazis, un fin en sí mismo, sino un simple "medio" para alcanzar objetivos políticos. El objetivo de la bomba atómica no era el exterminio de la población japonesa como fin autónomo. Se trataba, sobre todo, de acelerar el fin de la guerra y demostrar la supremacía militar norteamericana frente a la Unión Soviética. En un informe secreto de mayo de 1945 al presidente Truman, el Target Comittee -o "Comité Blanco", compuesto por los generales Groves, Norstadt y el matemático Von Neuman- observa fríamente: "La muerte y la destrucción no solamente intimidarán a los japoneses sobrevivientes y los presionarán para aceptar la capitulación, sino también (como una ganancia extra) asustarán a la Unión Soviética. En síntesis, EU podría terminar más rápidamente la guerra y, al mismo tiempo, ayudar a moldear el mundo de posguerra" 13. Para obtener esos objetivos políticos, la ciencia y la tecnología más avanzada fueron utilizadas en centenares de miles de civiles inocentes; hombres, mujeres y niños fueron masacrados, sin hablar de la contaminación por las radiaciones nucleares de las generaciones futuras. Otra diferencia con Auschwitz es, sin duda, un número muy inferior de víctimas. Pero la comparación de las dos formas de barbarie burocráticomilitar es muy pertinente. Los propios dirigentes norteamericanos eran conscientes del paralelo con los crímenes nazis: en una conversación con Truman el 6 de junio de 1945, el secretario de Estado, Stimson, relataba sus sentimientos: "dije a Truman que estaba inquieto con ese aspecto de la guerra… porque yo no quería que los americanos ganaran la reputación de sobrepasar a Hitler en atrocidades" 14. En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de modernidad, tanto por la novedad científica y tecnológica representada por la bomba atómica, como por el carácter todavía más lejano, impersonal, puramente "técnico" del acto exterminador: presionar un botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear. En el contexto particular y aséptico de muerte atómica entregada por vía aérea, se dejaron atrás ciertas formas manifiestamente arcaicas del Tercer Reich, como las explosiones de crueldad, el sadismo y la furia asesina de los oficiales de la SS. Esa modernidad se encuentra en la cúpula norteamericana que toma -después de haber pesado cuidadosa y "racionalmente" los pros y las contras- la decisión de exterminar la población de Hiroshima y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo compuesto por científicos, generales, técnicos, funcionarios y políticos tan grises como Harry Truman, en contraste con los accesos de odio irracional de Adolfo Hitler y sus fanáticos. En el curso de los debates que precedieron a la decisión de lanzar la bomba, ciertos oficiales, como el general Marshall, manifestaron sus reservas, en la medida en que ellos defendían el antiguo código militar, o sea, una concepción tradicional de la guerra que no admitía la masacre intencional de civiles. Estos oficiales fueron derrotados por un nuevo punto de vista, más "moderno", fascinado por la novedad científica y técnica del arma atómica, un punto de vista que no tenía nada que ver con códigos militares arcaicos y que no se interesaba sino por el cálculo de ganancias y pérdidas, esto es, en criterios de eficacia político-militar15. Sería necesario agregar que un cierto número de científicos que habían participado, por convicción antifascista, en los trabajos de preparación del arma atómica, protestaron contra la utilización de sus descubrimientos sobre la población civil de las ciudades japonesas. Una palabra sobre el Gulag estalinista: si bien tiene mucho en común con Auschwitz -campos de concentración, régimen totalitario, millones de víctimas-, se distingue por el hecho de que el objetivo de los campos soviéticos no era el exterminio de los prisioneros sino su explotación brutal como fuerza de trabajo esclava. En otras palabras puede compararse Kolyma y Buchenwald, pero no Gulag y Treblinka. Ninguna contabilidad macabra -como aquella fabricada por Stéphane Courtios y otros anticomunistas profesionales- puede negar esa diferencia. El Gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que estaba burocráticamente administrado por un Estado totalitario y colocado al servicio de proyectos estalinistas faraónicos de "modernización" económica de la Unión Soviética. Pero se caracteriza también por trazos más "primitivos": corrupción, ineficacia, arbitrariedad, "irracionalidad". Por esta razón, se sitúa en un grado de modernidad inferior al sistema de campos de concentración del Tercer Reich. En fin, la guerra estadunidense en Vietnam, el atroz número de víctimas exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones colectivas constituye, en varios aspectos, una interveción extremadamente moderna: fundada sobre una planificación "racional" -con la utilización de computadoras y de un ejército de especialistas-, moviliza un armamento muy sofisticado, usando tecnología de punta del progreso técnico de los años sesenta-setenta: napalm, herbicidas, bombas de fragmentación, etcétera. 16 Esa guerra no fue un conflicto colonial como los otros: basta recordar que la cantidad de bombas y explosivos lanzados sobre el Vietnam fue superior a la utilizada por todos los beligerantes durante la Segunda Guerra Mundial. Como en el caso de Hiroshima, la masacre no era un objetivo en sí, sino un medio político y, si bien la cifra de muertos es muy superior a la de las dos ciudades japonesas, no se encuentra en Vietnam aquella perfección de modernidad técnica e impersonal, aquella abstracción científica de la muerte que caracteriza a la muerte atómica.17 La naturaleza contradictoria del "progreso" y de la "civilización" moderna se encuentra en el corazón de las reflexiones de la Escuela de Frankfurt. En La Dialéctica del Iluminismo (1944), Adorno y Horkheimer constatan la tendencia de la racionalidad instrumental a transformarse en locura asesina: la "luminosidad helada" de la razón proyectista "acarrea la simiente de la barbarie". En una nota redactada en 1945 para Minima Moralia, Adorno utiliza la expresión "progreso regresivo" tratando de dar cuenta de la naturaleza paradojal de la civilización moderna.18 Entretanto, esas expresiones también son tributarias, a pesar de todo, de la filosofía del progreso. En verdad, Auschwitz e Hiroshima no constituyen para nada una "regresión a la barbarie" o, por lo mismo, una "regresión": no hay nada en el pasado que sea comparable a la producción industrial, científica, anónima y racionalmente administrada de la muerte en nuestra época. Basta comparar Auschwitz e Hiroshima con las prácticas guerreras de las tribus bárbaras del siglo IV para darse cuenta de que no tienen nada en común: la diferencia no es solamente de escala, sino de naturaleza. ¿Es posible comparar las prácticas más "feroces" de los "salvajes" (muerte ritual del prisionera de guerra, canibalismo, reducción de cabezas, etcétera) con una cámara de gas o una bomba atómica? Son fenómenos enteramente nuevos, que no serían posibles fuera del siglo XX. Las atrocidades en masa, tecnológicamente perfeccionadas y burocráticamente organizadas, pertenecen únicamente a nuestra civilización industrial avanzada. Auschwitz e Hiroshima no constituyen "regresiones": son crímenes irremediable y exclusivamente modernos. Existe entretanto un dominio específico de "barbarie civilizada" en la que se puede efectivamente hablar de regresión: se trata de la tortura. Como destaca Eric Hobsbawn en su admirable ensayo de 1994, Barbarie: una guía para el usuario: "A partir de 1782, la tortura fue formalmente eliminada del procedimiento judicial de los países civilizados. En teoría, no era más tolerada en los aparatos coercitivos del Estado. Un preconcepto contra esa práctica era tan fuerte que la misma no podría retornar después de la derrota de la Revolución Francesa que la había abolido… Puede sospecharse que en los reductos de la barbarie tradicional que resisten al progreso moral -por ejemplo, las prisiones militares u otras instituciones análogas- la tortura de hecho no desapareció…" Ahora, en el siglo XX, bajo el fascismo o el estalinismo, en las guerras coloniales (Argelia, Irlanda, etcétera) y en las dictaduras latinoamericanas, la tortura es empleada de nuevo a gran escala.19 Los métodos son diferentes -la electricidad substituye al fuego y los torniquetes-, pero la tortura de prisioneros políticos se tornó en el curso del siglo XX una práctica rutinaria -e igualmente oficial- de regímenes totalitarios, dictatoriales y también, en ciertos casos (las guerras coloniales), "democráticos". En ese caso, el término "regresión" es pertinente, en la medida en que la tortura era practicada en innumerables sociedades premodernas, y también en la Europa de la Edad Media y durante el siglo XVIII. Una metodología bárbara que el proceso civilizador parecía haber suprimido en el curso del siglo XIX retornó en el XX, bajo una forma más moderna -desde el punto de vista de las técnicas-, pero no menos inhumana. Considerar la barbarie moderna del siglo XX exige el abandono de la ideología del progreso lineal. Eso no quiere decir que el progreso técnico y científico sea intrínsecamente portador de maleficios ni tampoco lo inverso. Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista moderna o de su copia "socialista" burocrática. Tampoco se trata de reducir la historia del siglo XX a sus momentos de barbarie: esa historia conoce también la esperanza, las sublevaciones de los oprimidos, las solidaridades internacionales, los combates revolucionarios: México, 1914; Petrogrado, 1917; Budapest, 1919; Barcelona, 1936; París, 1944; Budapest, 1956; La Habana, 1961; París, 1968; Lisboa, 1974; Managua, 1979; Chiapas, 1994. Esos fueron algunos de los momentos fuertes -y también efímeros- de esa dimensión emancipadora del siglo. Ellos constituyen preciosos puntos de apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad humana y solidaria. Notas 1 Norbert Elias, La Dynamyque de l´Occident, Calmann-Lévy, Paris, 1975, pp. 181-190. Una referencia al combate abisinio suena extraña en el momento en que Etiopía combatía por su libertad contra la invasión colonial del fascismo italiano, portador de una pretendida misión "civilizadora". 2 Norbert Elias, La civilisation des moeurs, Calmann-Lèvy, Paris, 1973, p. 280. 3 Marx, Le Capital, vol. I, p.557-558,563 4 Marx, "Arbeitslohn", 1847, Kleine Ökonomische Schriften, Berlin, Dietz Verlag, 1955, p. 245 5 R. Luxemburgo, A crise da social-democracia, 1915. 6 Kafka, In del Strafkolonie, Erzählung und kleine Prosa, N. York, Schocken Books, 1946, pp. 181-113. 7 W. Benjamin, "O surrealismo. O último instante de inteligência européia", 1929, en Mythe et violence, Paris, Letras Novas, 1971, p. 312. 8 Recordemos que el gran trust químico IG Farben no solamente utilizó mano de obra esclava en Auschwitz, sino que también produjo el gas Zyklotron B, que servía para exterminar las víctimas de los campos de concentración nazis. 9 Zygmut Bauman, Modernity and the Holocaust, London, Polity Press, 1989, pp. 15 y 28 . 10 Citado por Zygmunt Bauman, obra citada en nota precedente, p. 71. 11 Enzo Traverso, L’Histoire dèchirèe. Essai sur Auschwitz et les intellectuels, Paris, Cerf. 1997. 12 Sobre ese asunto, remito a la excelente contribución de Enzo Traverso "La singularidad de Auschwitz. Hipótesis, problemas y derivaciones de la pesquisa histórica", Pour une critique de la barbarie modernes. Ecrits sur l’histoire des juifs e de l’antisémitisme, Lausanne, Ed. Page deux, 1997. 13 Citado de los archivos históricos recientemente abiertos al público en Barton J. Bernstein, "The Atomic Bombings Reconsidered", Foreign Affairs, febrero de 1995, p. 143. 14 Ib., p. 146 . 15 Sobre las reservas de Marshall, cf. Barton J. Bernstein, nota 13, p.143 . 16 De hecho, es enteramente racional si "razón" significa racionalidad instrumental, aplicar la fuerza militar norteamericana, los B-52, el napalm y todo el resto en Vietnam "bajo dominación comunista" (claramente una "causa indeseable") como un "operador" para transformarlo en "causa deseable". Joseph Weizenbaum, "Computer Power and Human Reason", en From Judgemente to Calculation, S. Francisco, W. H. Freeman, 1976, p. 252. 17 Otras guerras coloniales tuvieron lugar en el siglo XX ( Indochina, Argelia, Africa colonial portuguesa) pero ninguna alcanzó el grado de modernidad de la de Vietnam. En comparación parecen arcaicas, primitivas. 18 T. W. Adorno, M. Horkheimer, La Dialectique de la raison, Gallimard, Paris, 1974, p. 48, y T. W. Adorno, Minima Moralia, Payot, Paris, 1983, p.134. 19 E. Hobsbawn, Barbarism: An User Guide. On History, Weidenfelds and Nicholson, London, 1997, pp. 259-263 . Michael Löwy, brasileño, sociólogo e investigador del Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia y autor, entre otros, de Sublevación de melancolía: el romanticismo de contramano con la modernidad. Traducción, Elena Raimondi; colaboración, María Elena Saludas .

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El «totalitarismo», una teoría política qué no tiene la aprobación de todos

Anne Morellinos

La historiadora Anne Morellinos transmitió este texto en reacción a los extractos de la introducción del Libro negro del comunismo publicado en el número 31 de La Revista Aide- Memoire, p. 5) leer <http: // www.territoires-memoire.be/am/affArt.ph p? Artid=313>.

Hoy lo políticamente correcto es amalgamar nazismo y comunismo, englobándolos en una categoría " pardo roja " que los programas de historia, por ejemplo, exigen a los profesores estigmatizar designándolos como los "totalitarismos".

Estos regímenes aborrecibles tendrían en común normas severas y ideológicas, la ausencia de libertad de expresión realmente disidente, el control del aparato judicial y policíaco, un régimen de partido único y el aparato dirigente poderoso. Habrían tenido entre otras cosas la pretensión de ser – cada uno – el único régimen que puede aportarle la felicidad al grupo al cual se dirigían.

Además de que podría ser un ejercicio intelectualmente saludable preguntarse si el Congo colonial, o el liberalismo (dicho más llanamente el capitalismo) no responden a estos criterios de "totalitarismo"[1], es interesante anotar que este término invadió el espacio público y que se puso tan de moda que casi no nos interrogamos sobre su función política. Pero esa función es evidente. Se trata, tras 1989 de "demostrar" cualquier intento de poner en causa el capitalismo es, en potencia, criminal y puede llevar sólo al fascismo.

Aquellos que mantienen esa proposición política pretenden pues, difundir la idea de una igualdad total entre comunismo y nazismo o, como lo dicen hábilmente, entre fascismo rojo y pardo, quien no se adhiere a esta condena de los principios como de las prácticas del comunismo será tachado en seguida como “negacionista ". Antiguos comunistas arrepentidos, cómo Stéphane Courtois o Annie Kriegel, esuvieron entre los defensores más feroces de esta teoría del totalitarismo. Sin duda, ellos tenían que demostrar tanto de encarnizamiento en la defensa de esa igualdad en la medida en que debían demostrar que se habían desprendido totalmente de su amor juvenil para reintegrarse a la honorable sociedad de los investigadores políticamente correctos.

“El libro negro del comunismo”, dirigido por Stéphane Courtois, es el arquetipo de la explotación de este concepto. Pretende probar por la "revelación" de los crímenes del comunismo que éste es criminal por naturaleza, y justificar así la teoría política del totalitarismo.

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Sobre el memorandum anticomunista.

Mikis Theodorakis

Document nº 1

Mikis Theodorakis, sobre el memorandum anticomunista.

Declaración del célebre compositor griego, Mikis Theodorakis, sobre el memorandum anticomunista

Los héroes comparados con los criminales

El Consejo de Europa ha decidido cambiar la historia. Quiere deformarla confundiendo a los agresores con las victimas, a los héroes con los criminales, a los liberadores con los conquistadores, a los comunistas con los nazis.

Considera que los más grandes enemigos del nazismo, es decir los comunistas, son criminales, ¡que incluso igualan a los nazis!. Y se inquieta y protesta hoy porque, mientras que los hitlerianos han sido condenados por la comunidad internacional, esto no ha pasado aún con los comunistas. Es por esto, por lo que propone que esta condena tenga lugar durante la sesión plenaria de la asamblea parlamentaria del Consejo de Europa que tendrá lugar del 24 al 27 de enero próximos.

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Un Fantasma que no deja de incomodar. Crítica al «Libro negro del comunismo» ANTICOMUNISMO NECROFÍLICO

Wolfgang Wippermann

En tiempos de creciente „malestar“ en la Europa del “bienestar”, donde partidos políticos se sirven de hechos históricos para legitimarse y afirmarse ante los tímidos vaivenes en las preferencias del electorado, se pareciera querer asestar el golpe de gracia a un antiguo fantasma: al ideal comunista. A fines del año pasado aparece en París “El Libro Negro del Comunismo. Crímenes, Terror, Opresión”, en el que bajo la labor compiladora del historiador Stéphane Courtois se reúne una serie de ensayos que pretenden documentar los crímenes de los llamados sistemas y movimientos comunistas y hacer una evaluación ética de los mismos. Su leitmotiv es satanizar toda práctica política que haya tenido como emblema el ideal de Marx. “El Libro …” no sólo ha generado airadas protestas, como la del Primer Ministro de Francia, Lionel Jospin, sino que ha motivado una fuerte polémica entre historiadores, básicamente en Francia y en Alemania. En Alemania, este libro ha sido recibido con beneplácito no solamente por la mayoría de historiadores, sino por amplios sectores del quehacer político y de la opinión pública: qué mejor manera de absolver los crímenes propios o los de padres y abuelos que consolándose con que otros fueron peores que los nuestros. La discusión en torno al “Libro…” trae consigo, pues, cuestionar el procesamiento histórico, político y ético del holocausto en la Alemania nazi; un país que se ufana de sus sólidas estructuras democráticas y donde sin embargo refugiados bosnios son sacados a la fuerza de sus alojamientos durante la madrugada y embarcados en aviones sin retorno. Ejemplo solamente de un pasado con una solución de continuidad hasta el presente. Hay quienes, sin embargo, rechazan estas expresiones de propaganda ideológica. Entre ellos se encuentra el autor del artículo que sigue a continuación, Wolfgang Wippermann, profesor de Historia Moderna en la Universidad Libre de Berlín, reconocido investigador del nacionalsocialismo, y quien a pesar de su filiación socialdemócrata es un crítico radical de los crímenes del nazismo. Es asimismo tenaz opositor de la llamada „Teoría del Totalitarismo“, que relativiza los crímenes del fascismo equiparándolos con los pretendidamente cometidos por „dictaduras comunistas“, omitiendo todo análisis de las estructuras ideológicas y políticas, y restando importancia a las particularidades de la ideología rascista -sustentando con ello su continuidad en nuestra época-. Con ello lo que se persigue es condenar toda forma de “dictadura”, buscando legitimar la democracia liberal, obviando cualquier crítica a sus fundamentos teóricos y prácticos sin mencionar, por ejemplo, que (se) sustenta (en) la desigualdad del libre mercado o que en su nombre se comete crímenes de lesa humanidad (ver Vietnam o la Cantuta). (*)

Crítica al «Libro negro del comunismo»

ANTICOMUNISMO NECROFÍLICO

Por: Wolfgang Wippermann

"¡Todos los caminos del marxismo llevan a Moscú!"- se podía leer en los años 50, en una propaganda de la CDU (Unión Democrático Cristiana). Y en el "Libro negro del comunismo" se lee que "la URSS de Lenin y Stalin" era "la matriz del comunismo moderno". ¿Qué es el comunismo? ¿No hubo ninguna diferencia entre Stalin y Gorbachov, y entre Dubcek y Pol Pot? ¿No hay que distinguir entre el comunismo al que se aspira y el "socialismo realmente existente"?. Tales diferencias o les son desconocidas, a los autores del "Libro negro…", o les da igual. No quieren reconocer que en otros análisis se diferencia con precisión entre "bolchevismo", "stalinismo", "trotskismo", "titoísmo", "maoísmo", "eurocomunismo", "reformismo", etcétera. En vez de esto, parten de la existencia de un comunismo único. Este es su primer error.

Los trucos baratos de Courtois

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Vietnam no se rendirá nunca

Ho Chi Minh

Publicado en Memoria 166 diciembre 2002 | Hacer Memoria | Memoria

A su excelencia Lyndon B. Johnson,

Presidente de los Estados Unidos de América

Excelencia:

Recibí su mensaje el día 10 de febrero de 1967. Esta es mi respuesta.

Vietnam se encuentra a miles de kilómetros de Estados Unidos. Los vietnamitas nunca han hecho ningún daño a EU, pero EU ha intervenido de forma continuada en Vietnam, en abierta contradicción con las promesas realizadas por su representante en la Conferencia de Ginebra de 1954, y ha intensificado la agresión militar contra Vietnam del Norte para prolongar la división de nuestro país y convertir a Vietnam del Sur en una colonia y en una base militar. Desde hace dos años, el gobierno de Estados Unidos mantiene una guerra contra la República Democrática de Vietnam, un país independiente y soberano, con el apoyo de sus fuerzas aéreas y navales.

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El reinado del poder confuso (América Latina en la trampa progresista)

Jorge Beinstein

jorgebeinstein@yahoo.com

Cartón lleno, la ola progresista está a punto de cubrir lo esencial de la geografía latinoamericana, si López Obrador llega a imponerse en Méjico, la vieja derecha neoliberal habrá quedado reducida a unos pocos remanentes de los años 1990. Sin embargo desde el punto de vista de los intereses económicos dominantes en la región muy poco ha cambiado, tampoco se han producido mejoras en el plano social, el proceso de concentración de ingresos y empobrecimiento masivo continua su marcha. Aunque se han producido mutaciones decisivas en las retóricas oficiales, ahora plagadas de alusiones humanistas y de críticas a las multinacionales o al FMI (que no se dan por aludidos y prosiguen su labor). ¿Que es en realidad el progresismo latinoamericano?, ¿que rasgos definen a un gobierno como tal?, ¿en que se diferencia de los regímenes anteriores?, ¿como puede ser que en Washington, donde gobierna la extrema derecha, no aparezca ni la menor señal de preocupación por estos cambios?.

 

Fronteras borrosas

Ensayar una tipificación del centroizquierda regional no es tarea sencilla, pululan señales híbridas, contradictorias, discursos opuestos a los hechos, promesas incumplidas. Sus fronteras son borrosas, en ciertos casos es difícil establecer si algunos de sus integrantes realmente pertenecen o no al espacio, su heterogeneidad ideológica y de origen político es desconcertante. Lula fue un dirigente obrero partidario del socialismo aunque apenas llegó al gobierno aclaró que no era un hombre de izquierda, Kirtchner  fue en la década pasada un decidido gobernador de provincia neoliberal, amasó su primera fortuna durante la dictadura militar, pero ahora ha decidido borrar ese pasado, se proclama progresista y recuerda lejanos nebulosos antecedentes en la ‘izquierda peronista’ (y aplica una política favorable a la hegemonía de las multinacionales). Bachelet es al mismo tiempo ‘heredera’ del partido socialista de Salvador Allende y firme defensora del sistema económico forjado bajo la dictadura de Pinochet. Y tanto ella como Tabaré Vazquez (de vieja trayectoria en la izquierda y acompañado por funcionarios ex tupamaros) están entre los más fieles aliados de los Estados Unidos.

Algo que los marca a casi todos es su dedicación prioritaria a las manipulaciones mediáticas, el mundo ilusorio de los medios de comunicación es la ‘tierra firme’  cuya dinámica sobredetermina buena parte de sus actos, toda esa venta y reventa de ilusiones cubre un pragmatismo próximo a la amoralidad absoluta. Su común denominador es un cierto izquierdismo ‘cultural’ (moderado) combinado con políticas económicas conservadoras que preservan las reformas neoliberales de los años 1980-1990. Aunque en materia de política internacional en algunos casos van más allá  de los discursos y practican un juego que afloja los tradicionales lazos de sujeción al Imperio y anuda vínculos con otros sistemas de poder. En fin, la rápida decrepitud de las privatizaciones los lleva a veces a reasumir el control público de algún sector enajenado en ruinas, lo que les permite animar unos pocos shows nacionalistas (muy acotados).

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Los nuevos espacios de lucha. El movimiento obrero y sus posibilidades para el siglo XXI

Carlos Gutiérrez

(Corriente Roja/Espai Marx)

No cabe ninguna duda de que nos encontramos, al menos en los países centrales del sistema capitalista, en plena transición entre el sistema de organización de la producción fordista y uno nuevo al que podemos calificar de post-fordista. Este hecho no excluye la convivencia del nuevo sistema, en las mismas metrópolis urbanas de los países desarrollados, con otros modelos como aún el fordista, y en algunos casos con formas de trabajo más similares a la semi-esclavitud. Utilizando términos gramscianos podríamos decir que nos encontramos ante una segunda "revolución pasiva" del capital -considerando como primera revolución pasiva la implantación del sistema taylor-fordista-.

Si la primera de estas revoluciones llevadas a cabo por el capital tenía como claro objetivo evitar el peligro que para el propio sistema suponía que los nuevos trabajadores industriales -en su mayoría herederos del tipo de trabajo artesanal y deudos de un específico modelo de cultura proletaria- fueran capaces de controlar completamente el proceso productivo, esta segunda va directamente dirigida a acabar con toda la serie de casamatas defensivas conquistadas por el movimiento obrero durante largos años de lucha. Un movimiento obrero que había sabido responder a la ofensiva del modelo fordista: separación entre ideación, ejecución y control, verticalidad, concentración, extrema especialización, gigantismo, etc., y que había hecho de el mismo lugar de la explotación, la fábrica fordista, lugar privilegiado para la socialización de experiencias y organización de las luchas.

Si hay una enseñanza que el movimiento obrero debe tener clara a través de su larga experiencia de lucha es la capacidad del capitalismo para adaptarse y para tratar de neutralizar al propio movimiento, bien con la cooptación de las distintas direcciones, bien abordando distintos cambios en los modelos organizativos y en los procesos de producción. El objetivo último de todos estos cambios es siempre "disciplinar" al proletariado y moldear una clase obrera -dócil y fragmentada a poder ser- que resulte idónea para los planes de los explotadores. Ya en los albores de la organización fordista del trabajo se realizaban estudios, por parte de los capitalistas, sobre las costumbres y la vida cotidiana -incluso sexual- de los trabajadores, para tratar de adecuarlas al tipo de trabajo simple y repetitivo propio de la época.

Partiendo del reconocimiento de la centralidad de la contradicción capital-trabajo, no debemos en ningún momento caer en la tentación de descalificar, o de calificar de revisionistas, aquellos análisis que intentan describir cuales son los cambios que han ocurrido en la morfología del capitalismo y su correspondiente correlato en el movimiento obrero. Deberemos, al contrario, ser muy críticos con aquellos que pretenden convencernos de que, obviando el uso de una herramienta tan fundamental como el materialismo histórico y cayendo en una suerte de "presentismo", nada ha cambiado y nos encontramos ante un capitalismo y una clase obrera que contienen las mismas características y posibilidades que las existentes a principios del siglo XX. En esta falta de comprensión de la ofensiva capitalista, más que en la traición de las direcciones, que la habido, y en la falta de análisis y de alternativas ante ella, se halla la base genética de la profunda crisis en la que se encuentra sumido el movimiento obrero y la izquierda en general.

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