Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (XXIV)

Salvador López Arnal

«El desfase estratégico comunista aumentó a partir de la segunda mitad de los ochenta, hasta producir una crisis de identidad.»

José Luis Martín Ramos es catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus investigaciones se han centrado en la historia del socialismo y el comunismo. Sus últimas obras son El Frente Popular: victoria y derrota de la democracia en España (2016) y Guerra y revolución en Cataluña, 1936-1939 (2018). Acaba de publicar en El Viejo Topo: La Internacional Comunista y la cuestión nacional en Europa (1919-1939).

Centramos nuestra conversación en Historia del PCE, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2021, 254 páginas.

Estamos en el tercer capítulo de la 3ª parte del libro. Lo has titulado: «¿Qué democracia?». Lo has dividido en los siguientes apartados: 1. «La última ofensiva». 2. «Transición, no ruptura». 3. «Desilusión y primeras fracturas». 4. «Anguita o la supervivencia del PCE».  5. «El reto de recuperar los orígenes y la tradición». Estábamos en el tercer apartado, en el asunto de la concentración democrática. Antes de entrar de ello, permíteme que me autocritique por no recordar un asunto, importante sin duda, en el que no debería haber habitado mi olvido: la Unión Militar Democrática. ¿Qué fue la UMD? ¿Qué relación hubo, si la hubo, entre la UMD y el PCE? ¿Un intento del Partido de infiltrarse en el aparato militar franquista? ¿Eran simpatizantes del partido?

La UMD fue una organización independiente y su constitución no se produjo a iniciativa del PCE. Julio Busquets, uno de sus principales promotores, había tenido relación personal con militantes del FOC-FLP y más adelante estuvo vinculado al Partido Socialista; Luis Otero, otro de los impulsores era independiente, lo mismo que Gabriel Cardona.

Ni siquiera eran simpatizantes del partido, y las primeras relaciones políticas que tuvieron fueron con Ruiz Giménez y con Joan Reventós.

¿Qué acciones llevaron a término?

Su actuación se centró en defender la transición hacia la democracia. Nunca se les pasó por la cabeza ninguna acción de fuerza, sino un trabajo de concienciación y de puente hacia la oposición democrática

Cojo el hilo de nuevo. ¿En qué consistía esa propuesta del Partido de concentración democrática?

Era una reconversión de las propuestas del pacto por la libertad y el gobierno provisional de concentración, que se habían hecho antes de junio de 1977, que suponía que había de mantenerse una amplia alianza de fuerzas democráticas, en las Cortes y en el Gobierno, sin reconocer que el resultado de junio de 1977 además de consagrar la reforma negociada, había creado un nuevo escenario político en el que el PCE había de asumir lo antes posible la posición de oposición que en él había de tener.

Desde luego que el PCE seguiría participando en el proceso constituyente, pero no estaría en la toma de decisiones sobre su gestión. Era una consigna vacía de realidad, cuyo mayor problema no era en lo que consistía, sino en lo que no tenía en cuenta.

A lo que obligaba el momento, señalas poco después, era a desmenuzar hasta el fondo las razones de ese cambio de correlación de fuerzas, que trastocaba la que se había producido en la movilización contra el franquismo. Reducirlas a la irrupción del PSOE, al peso cultural del anticomunismo y al papel de los poderes mediáticos era, afirmas, una insuficiencia palmaria. ¿Se hizo, se intentó hacer ese desmenuzamiento al que aludes?

No estoy inventando nada, desde la crítica interna se reclamó ese retorno a una mirada estratégica. Tú conoces bien a alguien que hizo ese reclamo, Manuel Sacristán. Pero el PCE no asumió tal necesidad hasta que la transición fue historia; y aún así, en mi opinión, está todavía por hacer. El desfase estratégico comunista aumentó a partir de la segunda mitad de los ochenta, hasta producir una crisis de identidad que en partidos comunistas importantes llevó a la extinción e incluso al suicidio, con perdón por esa expresión.

No se me escapa tu referencia al PCI. ¿Y cuáles fueron en tu opinión las claves básicas del cambio en la correlación de fuerzas?

No es que no existieran esas razones que daba Carrillo. La irrupción del PSOE significaba un nuevo competidor para el PCE entre las clases trabajadoras y populares. El papel de la televisión fue extraordinario en aquellas elecciones, y también en el de la prensa de la época, que se leía más de lo que se hace ahora. Pero sobre todo la televisión, la única televisión que llegaba a todos y que fue la que todos miraron. Sin ella, el «puedo prometer y prometo» habría carecido de la imagen de convicción, Felipe González habría seguido siendo un desconocido. El del anticomunismo cultural creo que incidió mucho menos entre el potencial electorado del PCE; por otra parte, existía ya en tiempos de la dictadura, e incluso estaba presente en gente de la izquierda que procedía del mundo católico y se había formado inicialmente en Maritain y Mounier, y eso no había sido impedimento para que el PCE llevara la iniciativa en la lucha contra la dictadura.

Más importante, en realidad la clave de ese cambio estuvo por el lado en la pérdida de la iniciativa política a partir de 1976, cuando el PCE arrastra los pies detrás de la evidencia de que no se iba a producir una ruptura política, se empeña cada vez más en las correlaciones políticas y va descuidando su principal poder, la movilización de masas. Que no se me entienda mal, no estoy considerando estrictamente la cuestión de la movilización obrera, huelguística, sino la movilización cultural a la que había dado importancia durante la lucha contra la dictadura y a la que descuida cuando esa lucha toca a su fin. El desprecio hacia las demandas de reflexiones estratégicas forma parte de la desmovilización cultural, en este caso en el seno de la propia organización. Una manifestación concreta de esa pérdida de iniciativa y ese descuido de la movilización cultural fue la pésima formación de candidaturas electorales, en las que se primó la presentación de viejos dirigentes a la inclusión de líderes activos en las luchas del momento.

Se comentó críticamente esta arista que señalas…

El propio partido se dio a sí mismo una imagen de partido viejo. La otra clave fue no reconocer a tiempo las diferencias sustantivas de la dinámica política en tiempos de oposición y en tiempos de democracia institucional; en tiempos de oposición la política comunista no tenía más barreras que la represión, en tiempos de democracia las propias estructuras institucionales imponían unos límites, que no podías subvertir pero sí sortear.

Asunto complejo, nada fácil.

La cuestión es mucho más compleja de lo que puedo expresar aquí, desde luego; pero el sentido de lo que quiero decir es que las razones del cambio de correlación, sobre las que tenia que reflexionar el PCE y sobre las que podía intervenir, no eran externas al partido, en parte la producida dependía de lo que se podía haber hecho mal –cosa que no se quiso reconocer– y la posibilidad de revertirla en su favor dependía no solo de ese reconocimiento sino de a asunción de cuál había de ser la posición y la política de un partido comunista en una democracia institucional, para orientar esta hacia una transición –una etapa de transición– al socialismo.

Haces referencia a Santiago Carrillo y a la opción que impulsó que, en tu opinión, anclaba el partido en el tacticismo y lo abocaba a que la desmoralización y la riña interna fueran los sucesores inmediatos de la decepción. ¿En qué se concretó la opción de Carrillo?

La negativa a la reflexión estratégica, la consigna huera de «concentración democrática» y las exageraciones, para justificarla, de que los Pactos de la Moncloa eran una manifestación de esa concentración, el agudo aumento de la desconfianza ante los que disentían de él, o le discutían simplemente –algo que siempre estuvo presente en la manera de ser de Carrillo–, todo ello y algunas cosas más, conformaron una posición defensiva, inmovilista, de Carrillo, ante el cambio de realidad y ante el propio partido.

Desde tu punto de vista, así lo afirmas, en este última deriva incidió también la escasa reflexión de la organización sobre el partido de masas. ¿A qué tipo de reflexión te refieres? ¿Sobre qué hubieran tenido que reflexionar cuando ya no eran, de hecho, tan partido de masas como antes?

Es una cuestión clave en la historia del movimiento comunista, como ser vanguardia social no porque se vaya delante de las masas, guiándolas en una misión mosaica, sino por formar parte de la sociedad, organizando sociedad. Como pasar del partido de revolucionarios profesionales al partido abierto a todos los que aspiran al cambio revolucionario y están dispuestos a trabajar por él, cada uno desde el lugar que ocupa en la sociedad. No es un paso fácil, aunque mi recuerdo sobre el Partido Comunista Italiano de los sesenta y setenta era el de una organización que había reconocido el paso y había sabido empezar a hacerlo.

Frecuentemente, lo que se produjo fue una superposición de partidos dentro del partido: el partido de los cuadros y el partido de los afiliados; no era simplemente una cuestión de base y dirección, como se dice frecuentemente, los cuadros estaban en la dirección y en la base. El partido de los cuadros era el que actuaba políticamente y decidía; el de los afiliados seguía, y acababa convirtiéndose en, por así decirlo, electorado de las diferentes posiciones que se daban en el partido de los cuadros. Esa situación se agravaba, como le pasó al PCE en dos ocasiones históricas, en los tiempos del Frente Popular y en los de la Transición, cuando aumentó exponencialmente su afiliación, sin desarrollar un trabajo cultural y militante entre los contingentes de nuevos afiliados y sin adaptar a ese crecimiento las relaciones entre cuadros y afiliados, estableciendo un flujo entre ambos.

El abandono, precipitado en tu opinión, de la organización por sectores sociales en beneficio de las secciones territoriales acordado en 1977, alejó, así lo señalas, al partido de las movilizaciones sociales (dejadas a los sindicatos) y primó en él la cantidad a la cualidad de la militancia. Para remarcar tu argumento señalas que «rebasar los 200.000 militantes en el IX Congreso de abril de 1978 no tuvo futuro, la crisis de los cuadros hizo descender esa militancia a 160.000 en el X Congreso en 1981». ¿Fue Carrillo el responsable de ese cambio de política? ¿Qué se pretendía con ella?

La respuesta está en lo que te comentaba antes. El crecimiento, en sí mismo, no era negativo; todo lo contrario. De lo que fue responsable Carrillo, es decir la dirección del partido, fue de no desarrollar un trabajo de digestión de ese crecimiento y de reproducción ampliada de cuadros, tanto para digerir el crecimiento como para aliviar el peso de trabajo y responsabilidad de los cuadros «viejos», llevándolos a la crisis que comento en el libro.

Por lo demás, ¿no fue aquella una época de fuerte desencanto generalizado, de pérdida del deseo de militar, momento de finalizar estudios pendientes dejados por un activismo (a veces excesivo), incluso de miedo tras el 23F?

Habría que precisar el momento y las razones del desencanto. Yo pienso que en el caso del PCE tuvo que ver con el empeño de Carrillo de disfrazar, edulcorar, la realidad, de no saber dar los motivos para mantener la militancia en democracia, una militancia por otra parte no más difícil sino mucho más fácil por las nuevas condiciones de libertad. No tiene que haber un divorcio entre vida personal, profesional y militancia, sino una adaptación de una cosa u otra. La realidad no puede encantar o desencantar, lo que lo hace es el falseamiento de la realidad. En la extrema izquierda ese desencanto tuvo claramente que ver con la expectativa revolucionaria autocreada en ella, que obviamente obligó a sobreesfuerzos y sacrificios que después aparecieron como vacíos de sentido.

No te olvidas del anuncio de Carrillo, desde la Universidad de Yale en noviembre de 1977, de abandono del término «leninismo» en la definición del partido. ¿Una simple ocurrencia, poco meditada, o un intento de mostrarse ante la opinión pública nacional (e internacional) como un partido moderado, no ortodoxo, euro, no revolucionario?

Poco meditada, seguro que no. Fue un indicio del camino erróneo que Carrillo tomó para que el PCE recuperara posiciones, de la superficialidad con la que respondió al nuevo reto; tanta superficialidad como pretender situarse en la respuesta adecuada invocando lemas del pasado, y no precisamente los más afortunados, los lemas de los «ismos», de los catecismos, de las tres reglas básicas, etc. etc.

La preservación crítica de la tradición, su uso práxico, es para mí una tarea fundamental de la izquierda, muy adanista en su desorientación actual; no venimos de ninguna parte, ni de cualquier lado, se ha acumulado pensamiento y experiencia. Pero esa tradición es la de Marx, de Engels, de Rosa Luxemburg, de Kautsky, de Bauer, de Lenin, de Martov, de Trotsky, de cientos de partidos, millones de militantes, sin «ismos», y menos sin aberrantes cócteles de «ismos», como lo quería Francisco Fernández Buey.

Recuerdo el título de su libro: Marx (sin ismos), lo sigue reeditando El Viejo Topo. Tomemos un descanso si te parece.

Me parece.

Entradas anteriores:

Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (I): “El Frente Popular y la lucha antifranquista son los periodos de mayor influencia social”.

Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (II).

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