Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (XXVI)

Salvador López Arnal

«Acertó de todas todas y el tiempo dio la razón a las críticas que el PCE formuló al contenido del tratado de Maastricht y a la manera como se impuso, por arriba, a la población europea»

José Luis Martín Ramos es catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus investigaciones se han centrado en la historia del socialismo y el comunismo. Sus últimas obras son El Frente Popular: victoria y derrota de la democracia en España (2016) y Guerra y revolución en Cataluña, 1936-1939 (2018). Acaba de publicar en El Viejo Topo: La Internacional Comunista y la cuestión nacional en Europa (1919-1939).

Centramos nuestra conversación en Historia del PCE, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2021, 254 páginas.

Seguimos en el tercer capítulo de la 3ª parte del libro, nos habíamos quedado en este punto. ¿Qué fue lo más esencial del X Congreso del Partido desde tu punto de vista? Señalas que la cuestión más corrosiva fue la del modelo del partido.

Me refería en este caso al modelo territorial del partido. El PSUC, el PC de Euskadi, es decir su dirección en aquel momento encabezada por Roberto Lertxundi, y también la corriente de los denominados «renovadores», plantearon que la mejor adaptación al nuevo estado de las autonomías era la reconstitución del PCE sobre una base organizativa federal; no que defendiera el federalismo como modelo de estado, que eso lo había venido haciendo, sino que la organización se federalizase. Y resultó corrosivo porque puso en el seno del debate sobre la organización del partido la cuestión nacional y no la relación entre el partido y la sociedad, empezando por las clases trabajadoras. Además, se mezclaba con el conflicto de poder entre una dirección a la defensiva y el abanico de críticos que no constituían un frente homogéneo. El debate fue letal para el PC de Euskadi, que se partió en dos. Y la incorporación de la propuesta de federalización del partido que hicieron los «renovadores» no les ayudó a sumar apoyos dentro del partido. En vez de afinar mejor la relación entre el PSUC y el PCE en la nueva etapa, lo que se hizo fue enfatizar las diferencias y plantear al partido un salto de modelo organizativo, cuyo contenido era incierto (el federalismo admites variantes en los modelos de estado), un salto no suficientemente justificado por un modelo territorio, el autonómico, que no era federal.

El prestigio del PSUC en los últimos años de la Dictadura y el que hubiese salido mucho mejor parado que el PCE en la nueva contienda política electoral llevó a una suerte de carrera por «psuquizar» las organizaciones comunistas de las nacionalidades históricas, cediendo por cierto a la falsa idea de que la unificación de 1936 había tenido como motivo fundamental la cuestión nacional y no la unidad entre socialistas y comunistas. La iniciativa partió de los sectores nacionalistas de izquierda de Galicia y el País Vasco, pero no tuvo recorrido en el primer caso por el rechazo de los comunistas gallegos.

¿Qué significaban políticamente los renovadores? ¿Cuáles eran propiamente sus tesis renovadoras?

En el ámbito político la orientación eurocomunista, y en el organizativo el relevo generacional y la defensa de la democracia interna, con el reconocimiento de la pluralidad interna y la superación del modelo jerárquico común a los partidos comunistas –y no solo a ellos–, que en el caso del PCE se agravaba por el personalismo de Carrillo.

Señalas que Carrillo cometió un error de libro constituyendo un secretariado monolítico (con la exclusión de Carlos Alonso Zaldívar, Pilar Bravo y Manuel Azcárate). ¿Una muestra de una pulsión desmesurada de poder y control?

Una muestra de desconexión con la nueva realidad de la sociedad española y la del partido también. Y una manifestación más de debilidad que de fuerza. Reforzar el PCE pasaba por reforzar su unidad, y eso no se conseguía marginando a la minoría, importante minoría, de la máxima instancia operativa del partido. Su presencia no habría alterado la correlación interna, pero seguro que habría mejorado el debate interno y la capacidad de reflexión del organismo de dirección. Carrillo, otra vez, confundió la lealtad al partido con la lealtad a su persona.

¿Nos cuentas brevemente qué paso en el PC de Euskadi? ¿Qué papel desempeñó en la crisis Roberto Lertxundi?

Los nacionalistas de izquierda de Galicia y de Euskadi, Esquerda Galega de Camilo Nogueira y Euskadiko Ezkerra, plantearon a las organizaciones comunistas de sus territorios una fusión orgánica en un partido nuevo, independiente del PCE, que establecería con éste relaciones supuestamente semejantes a las que tenía con el PSUC, en cualquier caso tendente a un modelo de liga confederal, como el de los comunistas yugoslavos. En Galicia, el PC Galego no lo aceptó, pero en el País Vasco la dirección comunista encabezada por Roberto Lertxundi compartió el proyecto, contra la opinión de una parte importante de la organización en la que predominaba la componente obrera. La condición dirigente de Lertxundi daba a su posición una mayoría aritmética, pero aun así la oposición al fusionismo y a la creación de un partido diferente era fuerte y, desde luego, estaba apoyada por la dirección del PCE. En mi criterio, Lertxundi y Onaindia se equivocaron desoyendo la propuesta de Solé Tura, aceptada por Carrillo, de establecer una forma de unidad que no significara necesariamente la orgánica en un nuevo partido y sobre esa base hacer un camino juntos antes de plantear algo que tenía que debatirse en todo el comunismo español, y no por partes. El resultado fue una fractura en la que Euskadiko Ezquerra absorbió a una parte importante de la militancia comunista, sin que eso le supusiera ningún crecimiento electoral sustantivo. No cumplió su expectativa de competir con HB y acabó derivando hacia posiciones socialdemócratas, para diluirse diez años más tarde en el PSOE. El PC de Euskadi se mantuvo como denominación del PCE en el País Vasco, pero acusó la pérdida con un retroceso electoral y de incidencia política. La obsesión por la fusión orgánica en un partido independiente jugó una muy mala pasada.

Comentas, como no podía ser de otro modo, el desastre de las elecciones de 1982. Más allá de los errores, discusiones y expulsiones, ¿era posible otro resultado teniendo en cuenta lo sucedido en febrero de 1981, el miedo que muchos sentían y los trajes de izquierda con los que el PSOE se cubrió en algunos momentos (campaña contra la entrada en la OTAN, por ejemplo)?

No fue en absoluto un resultado inesperado. El PSOE, además, como señalas, se presentó como alternativa de gobierno con grandes posibilidades y lo hizo con un programa que invocaba al pacto de la unidad de la izquierda en Francia; ejemplo de ello era la parte económica elaborada bajo la dirección de Enrique Barón. Pero cuando ganó el PSOE y Felipe formó gobierno, en vez de poner a Barón al frente de la política económica del gobierno puso a Boyer.

Carrillo presentó su dimisión de la secretaría general en junio de 1983. ¿Por convicción, por presiones, por sentirse mayor, para que las nuevas generaciones del Partido tomaran las riendas?

A la vista de su comportamiento parece que no pudo evitar dar un paso atrás, aunque pensó que seguiría orientando la política del partido a través del nuevo secretario general, Gerardo Iglesias. Se equivocó. Gerardo Iglesias asumió la secretaría general con personalidad y con ideas claras, que no eran las de Carrillo y fue él quien impulsó la propuesta de Izquierda Unida y reorientó al PCE, frenando la descomposición organizativa y política en la que lo había metido Carrillo.

¿Qué pretendió Carrillo con lo del Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista (¡Unidad Comunista!)? ¿Fue un desvarío político? ¿Se llevó con él a muchos cuadros y militantes del PCE?

Quizás pensara que retendría una parte notable de la militancia y el electorado comunista. Se llevó cuadros, creo que sobre todo en Andalucía. Y restó votos al PCE, que no andaba sobrado de ellos. Sin embargo, no aportó nada ni a la izquierda, ni a la política española y murió por consunción en 1991, yendo sus restos a parar al PSOE, en el que se diluyeron, y Carrillo a la jubilación política.

¿Qué alcance tuvo el PCPE (Partido Comunista de los Pueblos de España) de Ignacio Gallego? ¿Qué sentido tenía la nueva formación? ¿Financiado tal vez por el PCUS?

El PCPE fue fundado en 1984 por la fusión del sector denominado «prosoviético» del PCE en 1983, liderado por Ignacio Gallego, que dejó el PCE tras el congreso que eligió a Gerardo Iglesias, el Partit dels Comunistes de Catalunya y otros grupos menores, entre ellos el Movimiento de Recuperación del PCE, de Madrid. Su mejor momento lo vivió durante la época en que formó parte de Izquierda Unida, hasta 1989. Cuándo se constituyó no se sabía por dónde iba a tirar el PCE de Gerardo Iglesias, y si iba a poder sobrevivir o no, y debió ser ante el interrogante de esa expectativa que se constituyó el partido, que obtuvo el reconocimiento del PCUS, sin que este se lo retirara al PCE. Es obvio que tuvo apoyo financiero del PCUS, como lo había tenido el Partit dels Comunistes de Catalunya; y resulta significativo de ello que cuando en 1988 asume la secretaría general del PCE Julio Anguita y se pone como objetivo la reunificación de los comunistas que forman parte de IU lo primero que hace, según él mismo le contara a Juan Andrade, fue ir a la URSS a comentarlo a los soviéticos. Gallego, que se había resistido abandonar el PCE a diferencia de otros «prosoviéticos» como Líster que lo había abandonado en 1973, encabezó al sector del PCPE que propuso reingresar en el PCE y lo hizo en enero de 1989. Una parte del PCC, minoritaria, se reincorporó al PSUC.

El resultado de las elecciones anticipadas de 1986, a pesar de la gran movilización antiotánica y los buenos resultados en el referéndum de marzo (no fue ni mucho menos una derrota aplastante), no fue el esperado. ¿Cómo explicar esos 935.500 votos, pocos más que los de 1982?

Para comparar los votos hay que tener en cuenta los que les restó en 1986 el partido de Carrillo, que en esas elecciones obtuvo casi 230.000 votos. Sin esa escisión habrían sido bastantes más. Por otra parte, una cosa era votar contra el ingreso en la OTAN, cosa que hicieron no solo electores de los grupos adheridos a la Plataforma Anti-OTAN, y otra votar la opción política IU.

La otra explicación de que el crecimiento no fuera grande es que aquel año la participación electoral descendió diez puntos, en perjuicio del PSOE y en perjuicio de IU. Aunque algunos descontentos con el rumbo de Felipe González dejaron de votar al PSOE, todavía no fueron a votar a IU y quizás no fueron a votar a nadie muchos de ellos. La situación cambia en 1989, cuando con el mismo bajo porcentaje que en las elecciones anteriores (un 70% raspado), IU da un salto y duplica los votos. Una parte de ese aumento fue recuperación del voto comunista que había votado a Carrillo en 1986;, otro, voto nuevo, y otro, voto ganado al PSOE.

Gerardo Iglesias, tras los resultados, decidió abandonar la secretaría del Partido. ¿Decisión propia o presiones? ¿Fue él el máximo responsable del mal resultado obtenido?

Preciso. No dejó la secretaría general inmediatamente, sino en el XII Congreso del PCE, en febrero de 1988. Poco antes, en junio de 1987, se habían celebrado las elecciones europeas en las que el crecimiento electoral no prosiguió, aunque eso tampoco era sorprendente teniendo en cuenta el descenso de participación habitual en las europeas (en estas fue del 68,5 %). Pero tampoco fue un mal resultado y en cualquier caso él no era responsable de ningún retroceso, sino de todo lo contrario. En el PCE todavía había mucha inercia de batalla interna y parece que algunas partes reclamaron a Gerardo Iglesias un giro de confrontación más radical frente al PSOE.

No sé que hubieran fuertes presiones, al menos no públicas. La idea que me queda, en este caso de espectador externo, es que Gerardo Iglesias no quiso entrar en una nueva batalla y prefirió dejar la secretaría general, aunque se mantuvo un año más como coordinador general de IU.

Mi opinión es que no sólo fue un buen secretario general, sino que sacó al PCE del atolladero y lo que vino después se desarrolló sobre la base de lo que él había impulsado. En pocos años hizo mucho, y también pudo quemarse personalmente mucho. Y su salida de la dirección y el regreso a la mina fue ejemplar. Otros expolíticos con mejores empleos de partida no regresaron a ellos, que ya les sabían a poco, cuando se retiraron.

Señalas que Felipe Alcaraz, secretario general de los comunistas andaluces, propuso la secretaría general del PCE a Paco Frutos y que este no aceptó. ¿Y eso por qué? Años después lo sería.

La prueba de que el cambio se precipitó sin que hubiese una preparación previa puede ser esa propuesta. No sé por qué Paco Frutos no aceptó en ese momento; a lo mejor tampoco le apeteció sustituir a Gerardo Iglesias. Cuando sí lo hizo ya estaba en un escenario diferente.

¿Por qué se pensó en Julio Anguita, que hasta entonces no era miembro de la dirección del PCE? ¿Por ser el único alcalde comunista de capital de provincia, por su popularidad en Andalucía, por sus dotes de dirección?

Son cuestiones sobre las que solo puedo hacer preguntas. De entrada, su condición de político popular en Andalucía lo reforzaba. Más que de dirección creo que había demostrado dotes de liderazgo, y eso es lo que siguió demostrando. En el menosprecio que se le hacía cuando se le llamaba «el califa» está implícito el reconocimiento de su carisma.

Dicho eso no sé precisar qué razones concretas esgrimieron quienes le hicieron la propuesta y por qué razones concretas la aceptó.

Hablas de su carácter fuerte y decidido «en el que destacaba el mantenimiento de las posiciones de principio, algo que se venía echando en falta desde las renuncia de la Transición». ¿A qué te refieres con «posiciones de principio»?

Posiciones tomadas a partir de los principios asumidos, coherencia entre la opción y la decisión, no caer en el tacticismo que había dominado la última etapa de Carrillo. Presentar también al PCE como un partido de principios, no oportunista.

Hablas de Salvador Jové en el equipo próximo a Julio Anguita. ¿Qué papel jugó Jové, el ex miembro del comité de Universidad del PSUC en tiempos del SDEUB, en la nueva dirección?

Formó parte de la dirección de Gerardo Iglesias y Anguita lo mantuvo. Creo que su principal intervención estuvo en el ámbito de la política europea, y más concretamente en el de la política económica.

Lo conozco desde hace tiempo, es una persona sensata y trabajadora, con muy importantes conocimientos sobre la economía agraria. Luego entre 1994 y 2004 fue eurodiputado y no lo siguió siendo porque fue desplazado por una cuestión de cuotas de organizaciones en favor de Romeva. Todos perdimos con el cambio.

Efectivamente, casi todos perdimos. ¿Qué repercusión tuvo en el PCE la opción de abandono de la tradición comunista por parte de un partido tan cercano como el PCI? ¿No hubo colectivos en el partido que apoyaron también esa opción?

La reconversión del PCI en PDI y su alineamiento inicial con la socialdemocracia –vaya a saber con qué está alineado ahora– fue defendido en los sectores renovadores, que insistieron en su postura tras el golpe de agosto de 1991 en la URSS que significó la ilegalización del PCUS y el inicio del fin del estado soviético.

Es obvio que esa posición resultó minoritaria en el conjunto del PCE, que es el partido del que estamos hablando.

En el caso del PSUC, donde la influencia italiana fue muy importante desde finales de los sesenta, la cosa cambia. Es obvio que la superposición de la plataforma organizativa Iniciativa per Catalunya y la hibernación –no por razones políticas, sino administrativas– del PSUC estuvo en la línea de la transformación del PCI en PDI y en el abandono de la tradición comunista como un activo de presente.

Un resumen: ¿cuáles fueron las principales conclusiones del XIII Congreso del Partido?

El triunfo pleno de la posición encabezada por Anguita de mantenimiento del PCE, y de impulso de IU como movimiento unitario amplio; aunque la minoría renovadora que había defendido la disolución del PCE obtuvo un 25% en el congreso suponía todavía un contingente importante, que daría lugar a la corriente Nueva Izquierda en Izquierda Unida. En congruencia con aquella decisión principal, los estatutos del partido introdujeron un cambio significativo: substituir el objetivo del «socialismo democrático» por el de «socialismo», no por rechazo de la democracia sino por la identificación de aquel sintagma con la democracia y su legitimación de hecho de la subsistencia del capitalismo.

El Tratado de Maastricht del 7 de febrero de 1992, ¿dividió al Partido? ¿Y a IU? ¿Acertó la dirección del Partido cuando se manifestó muy crítica al Tratado?

La pregunta es política y mi respuesta también: acertó de todas todas y el tiempo dio la razón a las críticas que el PCE formuló al contenido del tratado y a la manera como se impuso, por arriba, a la población europea. En una clave más estrictamente de análisis histórico, diría que otra manifestación habría vuelto a romper la unidad del partido.

El PSOE perdió la mayoría absoluta en las elecciones de 1993. ¿Por qué González y sus alrededores no pensaron en una alianza con Izquierda Unida y se orientaron, como haría el PP tres años después, al pacto con los nacionalistas catalanes, con CiU? Todas las especulaciones, señalas, «defendidas por Carrillo y la corriente de Nueva Izquierda de un acuerdo inevitable con el primer partido de la izquierda quedaron rotundamente desmentidas». ¿Reconocieron su error?

Como escribo en el libro. Anguita le propuso a Felipe González pactar su apoyo, pero este no quiso ni siquiera tomarla en consideración. Desde que González, con el acuerdo de Narcís Serra, desactivó la crítica del PSC a Pujol por el caso de Banco Catalana, la dirección del socialismo español se abrió una puerta al entendimiento don CiU, manteniendo cerrada la del acuerdo con los comunistas. De manera que la respuesta de 1993 estaba tomada de antemano. Carrillo y el sector de Nueva Izquierda se movían en el vacío, pero no recuerdo que reconocieran entonces su error. Carrillo no era mucho de reconocer errores propios.

Tomemos un descanso si te parece.

Me parece.

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