Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (XXV)

Salvador López Arnal

«Carrillo en su defensiva, en el rechazo a la crítica, se llevó por delante a toda iniciativa que no partiera de la secretaría general del partido.»

José Luis Martín Ramos es catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus investigaciones se han centrado en la historia del socialismo y el comunismo. Sus últimas obras son El Frente Popular: victoria y derrota de la democracia en España (2016) y Guerra y revolución en Cataluña, 1936-1939 (2018). Acaba de publicar en El Viejo Topo: La Internacional Comunista y la cuestión nacional en Europa (1919-1939).

Centramos nuestra conversación en Historia del PCE, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2021, 254 páginas.

Estamos en el tercer capítulo de la 3ª parte del libro: «¿Qué democracia?». Lo has dividido en los siguientes apartados: 1. «La última ofensiva». 2. «Transición, no ruptura». 3. «Desilusión y primeras fracturas». 4. «Anguita o la supervivencia del PCE». 5. «El reto de recuperar los orígenes y la tradición». Nos habíamos quedado en el tema del abandono del leninismo.

¿Por qué desde tierras usamericanas? ¿Para dar mayor sensación de «responsabilidad», de partido institucional, de futuro partido de gobierno?

Pues ese detalle concreto no te lo sé responder. Pudo haber tenido en cuenta muchos y muy diversos factores, o aprovechar una situación que le pudo parece propicia para sentar cátedra, sin tener nadie que se lo discutiera enfrente en aquel momento.

Te cito: sea como fuere, señalas, Carrillo colocó el debate sobre una vía autodestructiva, al servicio de las preocupaciones políticas inmediatas: «desacticar la persistencia del anticomunismo y hacer posible la “concentración democrática”, y atraer votante popular, de las clases trabajadoras y de las clases medias, que había optado en las elecciones de junio de 1977 por el PSOE». En tu opinión, así lo señalas, no consiguió nada de eso, «pero sí dar una bandera a las voces críticas que empezaban a levantarse y generar un equívoco de enfrentamientos entre viejos y nuevos, dogmáticos y renovadores, prosoviéticos y antileninistas, disyuntivas todas ellas inexactas que prolongaron el retraso en abordar los problemas reales». ¿Se puede inferir de ello, lo infieres acaso, que Carrillo había perdido una buena parte parte de su ascendencia sobre la militancia y los cuadros? ¿Era un secretario general tocado?

La respuesta es sí a las dos preguntas.

¿Por qué fue tan importante de la discusión de la tesis XV –«un partido marxista revolucionario y democrático que se inspira en las teorías del desarrollo social elaboradas por los fundadores del socialismo científico Marx y Engels y en su método de análisis»– en el IX Congreso del Partido (del 19 al 23 de abril de 1978) y en las conferencias territoriales? ¿Solo por la no definición del partido como organización marxista-leninista? ¿Había algo más?

Fue importante no porque se discutiera, sino porque focalizó el debate no en el análisis de la realidad española y la del PCE, sino en una cuestión doctrinal, vaciada al no llevar inmediatamente a cabo el análisis que se invocaba. Mención aparte merece el latiguillo del «socialismo científico», una simpleza dogmática que corta a Marx y Engels de su propia tradición y experiencia y los santifica como fundadores de pensamiento, en la más idealista consideración del pensamiento.

Por cierto, volviendo a la pregunta anterior, esto de «pelearse» y «dividirse» en familias, subfamilias, tendencias y grupitos, ¿no ha sido un signo singular de los partidos comunistas? ¿Prueba de debate y democracia internas o más bien indicio evidente de canibalismo político y de querer tener la razón siempre?

Se ha enfatizado mucho el faccionalismo en el movimiento comunista; no creo que sea exclusivo de él, pensemos en el anarquismo, o en las pugnas internas que se dan en partidos de todas las corrientes ideológicas. Eso de querer tener la razón siempre es un mal común. Sí creo, que la pésima interpretación del centralismo democrático ha dejado escasas opciones a la permanencia de la disidencia en los partidos comunistas, forzando a la ruptura como única salida para mantener la propia posición. El funcionamiento congruente de un partido de masas no excluye la disciplina, pero exige el respeto efectivo, operativo, de la pluralidad interna.

Hablas de la disidencia del PSUC respecto al PCE. ¿Cuáles eran los motivos de fondo? ¿Una crítica desde la izquierda?

No era una disidencia general, por tanto no era de fondo, ni desde la izquierda sin más. Eran desacuerdos concretos sobre decisiones políticas y formas de ejercer la dirección por parte de Carrillo, en la que convergían posiciones diferentes. Para detallar todo esto tendríamos que pasarnos de libro, de la historia del PCE a la del PSUC.

Un asunto desconocido por mi parte. Por aquellas fechas, comentas, estamos en octubre de 1980, Carrillo planteó que el PSUC se integrara en el PCE como una federación (con apoyos en el PSUC, los de Pere Ardiaca y Josep Serradell por ejemplo). ¿Por qué no cuajó la iniciativa? ¿Qué argumentos se esgrimieron en la discusión? ¿No fue una idea que apareció y desapareció también en otros momentos?

Porque la dirección del PSUC la rechazó de entrada y de plano, y ya no avanzó más la cuestión en el seno del partido.

Fue una propuesta que apareció de manera recurrente, casi desde el origen del PSUC, pero que siempre fue rechazada por la inmensa mayoría. Ardiaca la planteó ya en 1939 junto con dirigentes del PCE, pero lo rechazó la dirección de la Internacional Comunista, admitiendo al PSUC en la IC en un compromiso formal, estatutario, de unidad política (una sola política y dos partidos); se planteó de nuevo en 1943, en el exilio, cuando se disolvió la Internacional, pero se volvió a descartar; en 1944, cuando Carrillo llegó a Francia y tomó el control de la organización comunista en este país y en España ratificó la división de organizaciones; lo volvió a sugerir, provocadoramente, Pasionaria ante las diferencias de línea política que estaba planteando Comorera en 1947-1949; y por lo que yo recuerdo, se planteó también a mediados de los años sesenta, con el mismo resultado negativo, de nuevo por la oposición de Carrillo a modificar una fórmula que funcionaba (una sola política, dos partidos) en detrimento de la presencia social de los comunistas en Cataluña.

Que Carrillo lo hiciera en 1980 es una muestra de hasta que punto estaba a la defensiva y había perdido el buen criterio.

Haciendo una valoración del IX Congreso y de las votaciones sobre la tesis XV (248 en contra y a favor de la propuesta de Paco Frutos), señalas que la discusión, ideológicamente estéril, empezó a reventar las costuras internas. ¿Por qué estéril? ¿La discusión (y acuerdo posterior sin malas historias) no es, no debería ser, el élan vital de los partidos verdaderamente democráticos?

Cuando se discute sobre la realidad sí lo es; cuando la discusión es doctrinal y no se vincula a la realidad –es más, de hecho la deja en un segundo plano– es estéril.

Hablando de las elecciones municipales de 1979, haces referencia a los pactos de gobierno del PSC-PSOE, PSUC y Convergència i Unió. ¿Por qué con CDC, por qué una alianza con una fuerza ya entonces marcadamente nacionalista y conservadora? ¿No quedaba otra?

Eran las primeras elecciones municipales y el gobierno de la ciudad tenía que iniciar una nueva gestión democrática perdurable, con el mayor apoyo social posible. El pacto final es resultado de factores que se cruzan, en ese marco de defensa del pacto más fuerte posible. Teóricamente había otras, pero no eran posibles en términos políticos reales. El ganador de las elecciones, el PSC-PSOE no tenía mayoría absoluta y era impensable en gobierno constituyente en minoría. Sus posibilidades de alianza eran con el PSUC o/y con CiU, que tenían prácticamente el mismo número de concejalías y que cada uno de ellos, por separado, daba la mayoría al gobierno de la ciudad. Ahora bien, el PSC-PSOE, que era en quien recaía la responsabilidad, era un partido que recién salía del congreso de unificación de tres formaciones (PSC-Congrés, PSC-Reagrupament y Federación Catalana del PSOE), en el que había posiciones anticomunistas y antinacionalistas; existían oposiciones tanto a una alianza, a la francesa, con el PSUC como a hacerla con CiU, de manera que la única manera de llegar a un acuerdo que no generase una fractura interna en los socialistas era hacerlo con los dos al propio tiempo.

El PSUC y CiU, que no habrían formado coalición conjunta ellos solos, ni por razones aritméticas ni tampoco políticas, se avinieron a un pacto que les permitía a ambos participar en ese proyecto municipal constituyente.

¿Qué significó para el conjunto de la izquierda española el abandono del marxismo del PSOE propuesto (con éxito) por don Felipe González?

En ese momento el socialismo europeo, en particular en el mundo mediterráneo, se debatía entre un proyecto socialista, socialdemócrata, que siguiera reivindicando a Marx como uno de sus referentes principales, como había hecho el francés tras su refundación por Mitterrand, y el proyecto social-keynesiano del socialismo alemán. Este último era el que dominaba en el conjunto del europeo y ese abandono del marxismo situó definitivamente al español en el mismo campo que el alemán. Significaba además la ratificación de Felipe González y el núcleo dirigente principal del PSOE (Guerra, Múgica, los Solana,…) como dirección del partido, frente a quienes defendían posiciones de izquierda, abiertos a la alianza con el PCE.

La historia posterior ha confirmado la orientación socio-liberal del PSOE, la aceptación de hecho de las políticas neoliberales, y el rechazo a cualquier pacto unitario de la izquierda de carácter general.

Te vuelvo a citar: «El PCE se disociaba de toda acción de clase [rechazando la propuesta de Camacho de impulsar una huelga general puntual en protesta por el retroceso salarial y del proyecto de Estatuto de los trabajadores presentado por la UCD] y limitaba la movilización obrera al sindicalismo, al que también reducía a la lucha económica defensiva, olvidando por completo los postulados iniciales de CCOO como movimiento sociopolítico». ¿Cómo se explica esta, digamos, derechización? ¿No es algo excesivo eso que señalas: «se disociaba de toda acción de clase»? ¿Tenían razón entonces, aunque fuera en parte, los críticos del V Congreso del PSUC cuando afirmaron que el eurocomunismo era, en fondo, «parar las huelgas»?

Eso último que señalas era una caricatura, y las caricaturas no «tienen» la razón; cómo máximo aíslan un hecho y lo deforman para subrayarlo. El eurocomunismo era más cosas y creo que lo hemos comentado en otras entrevistas. El PCE se disociaba de toda acción de clase, negándose a comprometerse en una movilización social por una razón general, en ese episodio, y no para siempre, obviamente. Desnaturalizaba la responsabilidad de clase del partido, derivando defensas de reivindicaciones sociales fundamentales, como era el Estatuto de los Trabajadores al sindicalismo, como si el sistema de relaciones laborales no tuvieran un contenido político fundamental.

Desde tu punto de vista, así lo indicas, el comunismo español entro en barrena a lo largo de 1981. ¿Por errores propios? ¿Consecuencias de las difíciles circunstancias del momento (23F)? ¿Cambios sociales y culturales por fuerte apoliticismo generalizado?

No creo que fuera consecuencia de las circunstancias del momento, que por cierto le proporcionaron a Carrillo uno de sus últimos momentos de gloria pública. Lo fue por la propia deriva, consecuencia del enquistamiento de Carrillo en su defensiva, en el rechazo a la crítica, lo que se llevó por delante el rechazo a toda iniciativa que no partiera de la secretaría general del partido,

Te pregunto ahora sobre el V Congreso del PSUC: ¿fueron los llamados prosoviéticos los únicos «malos» de la película? La dimisión (provisional, para volver triunfantes) de López Raimundo y el Guti, ¿no fue, en cierta medida, una acción chantajista que recordaba la de Felipe González y el marxismo? ¿Por qué se encendieron todas las alarmas del PSUC (y de una buena parte del establishment) cuando el Congreso, democráticamente, rechazó la formulación eurocomunista de la formación?

Eso de «malos» sería una manera coloquial de hablar.

Sí, desde luego, es una manera coloquial de hablar.

No creo que, desde luego, fueran en absoluto los únicos responsables de la crisis que se precipitó hasta la fractura interna. López Raimundo y Antoni Gutiérrez Diaz no actuaron como dirigentes de partido, sino como dirigentes de parte. Un sector importante de los delegados les pidió que siguieran en sus responsabilidades. No solo se negaron sino que fue público que pasaron a hacer, con despacho propio y todo, el tipo de trabajo fraccional que recriminaron a los llamados «prosoviéticos». Nunca me sorprendió en el caso de Gutiérrez Díaz, pero sí en el de Gregorio López Raimundo. Y las alarmas se encendieron porque obviamente se estaba abriendo una fractura con la línea política mayoritaria en el PCE, que amenazaba a la unidad de todos los comunistas de España, a la fórmula que he citado antes.

¿El mal resultado del PSUC (y del PCC) en las elecciones de 1982 tiene como explicación central la ruptura de la formación en Cataluña y los malos modos usados?

No creo que quepa ninguna duda. No solo por la pésima imagen dada –que los medios de comunicación amplificaron todo lo que pudieron, recuerdo las «incisivas» crónicas de Alfons Quintá– sino por la desmovilización de militantes y simpatizantes que produjo la ruptura. Es un clásico de la democracia parlamentaria que las divisiones internas tienen costos electorales, cuando menos en el plazo inmediato.

Hablas del hundimiento del comunismo en Cataluña en los primeros años ochenta. Pero si sumamos el resultado de ambas formaciones, los del PSUC y los del PCC, los votos alcanzados en las autonómicas de 1984 fueron 231 mil. No parece un total desastre aunque la cifra estuviera muy lejos del medio millón de votos de 1980.

Fue un desastre. Si quieres, el total llegó con la gestión posterior del desastre y la disolución de PSUC en Iniciativa de Catalunya, pero fue un desastre. Viniendo de donde se venía, de la posición ocupada por el PSUC en los sesenta y setenta, de las expectativas que mantenía todavía tras las elecciones de 1977 y que reforzó en las elecciones municipales de 1979, que en toda esa trayectoria se había mantenido en torno al medio millón amplio de votos. El PSUC, propiamente dicho, pasaba de medio millón a ciento sesenta mil votos; el nuevo partido, el PCC, solo consiguió setenta y un mil. La suma solo tendría un sentido aritmético, porque políticamente ya no sumaban. Los votos del PCC no le valieron para conseguir ningún diputado y los del PSUC solo para obtener seis. En 1980 los comunistas tenían en el Parlament de Cataluña 25 diputados. Esa caída no ha tenido hasta ahora recuperación, fue una caída definitiva.

Permíteme que insista, un desastre aritmético y un desastre total político.

¿Quiénes decidieron hibernar al PSUC en 1990? ¿Por qué? Aunque me imagino la respuesta, ¿una buena decisión desde tu punto de vista?

El promotor de la propuesta fue Rafel Ribó, pero tuvo un seguimiento muy mayoritario dentro del PSUC. No se llegó a liquidar formalmente el PSUC, como hicieron los comunistas italianos con su partido, por razones de gestión patrimonial, pero lo enterraron de manera a efectos políticos.

¿Fue una buena decisión? En mi opinión personal no. Y los hechos posteriores no lo avalan: en las elecciones de 1988 consiguieron poco más de doscientos mil votos y en las de 1992, tras esa decisión, cayeron a algo más de setenta un mil. Los repuntes posteriores fueron frutos de ampliación de alianzas hacia Esquerra Unida i Alternativa y más adelante a las nuevas izquierdas surgidas, más o menos, del movimiento del 15 M.

Hoy es un cadáver que nadie reclama.

¿La formación del PSUC-viu en 1997 (Tono Lucchetti, López Raimundo) fue un acto de desesperación?

Fue una decisión tardía. No la consideraría de desesperación, aunque sí de decepción por la imposibilidad de revertir la aniquilación de la tradición comunista en el seno de Iniciativa. No se les podrá acusar nunca de haber querido precipitar una escisión. Sus razones estaban implícitas en la decisión de 1990, pero tras las experiencias pasadas de rupturas internas no lo hicieron hasta que no consideraron que su derrota interna era absoluta e irremediable.

Dejémoslo en este punto si te parece.

Me parece.

 

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Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (I): “El Frente Popular y la lucha antifranquista son los periodos de mayor influencia social”.

Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (II).

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